Los viernes chiste: Cargar el corzo

“La potencia intelectual de un hombre se mide por la dosis de humor que es capaz de utilizar”. Friedrich Nietzsche

corzo macho

Cargar el corzo

 “Estaba Javi, un torrecillano a la orilla del camino a las zapateras, sentado en una piedra, bajo la sombra de un frondoso nogal; se le miraba triste, meditando y cabizbajo.
Casi, casi a punto de soltar el llanto. Así lo encontró Daniel, su compadre y amigo de toda la vida, quien al verlo en semejante situación, le preguntó cuál era el motivo para estar en un trance tan desesperante.
– Ay amigo, ¡¡ es mi mujer!! Ella es la culpable de mi situación. Esta noche, se lo digo, no aguanto más, me quiero divorciar.

– No digas eso Javi, mejor dime por qué te quieres divorciar; a lo mejor yo puedo ayudarte… a encontrar una mejor solución al problema.

Javi después de respirar profundo y conseguir la calma, empezó su relato: “Mira Daniel, tú sabes que somos muy pobres y en mi humilde casa la única forma de acompañar los caparrones es con un pedazo de carne que consigo en el monte cuando salgo de cacería. Me voy con mi escopeta, paso varios días de penalidades, arriesgándome con los peligros del monte, esquivando víboras y animales salvajes, soportando la terrible comezón que me producen las garrapatas, los piquetes de mosquitos, aguantando el frío de las noches que se mete hasta los huesos. Luego, por fin, si la suerte me socorre, logro cazar un corzo; pero aún así, tengo que cargarlo a mis espaldas todo el largo camino de regreso al pueblo y subir la cuesta de Campillo hasta llegar a mi casa. Todavía no termino de llegar, cuando aparece mi señora con el cuchillo en la mano e inmediatamente, dada su extrema bondad, empieza a repartir el corzo entre  vecinos y familiares. Que una pierna para la Montse, que otra para la Juli, que este lomito para mi mamá, que las costillitas para mi hermana, que esto para mi hermano, que esto para el cura que viene de Senegal y ha pasado mucha hambre y a los dos o tres días de nuevo sin nada que comer el tonto, otra vez de cacería. Pero ya me cansé y esta noche se lo digo, me divorcio.”

Su amigo Daniel después de meditar un momento, le dió la solución: “Invita a tu mujer a cargar el corzo.”
-¡¿Qué?!

– Sí llévate a tu mujer de cacería, no le digas las penurias que pasas para llevar el corzo a casa. No le hables de los caminos empredrados, ni los mosquitos, ni los peligros, ni del frío. Invítala a la cacería para que disfruteis juntos de los bellos paisajes de Torrecilla, del esplendor de las estrellas que cobijan la noche, de los manantiales cristalinos que reflejarían románticamente sus imágenes, de la graciosa manera en que caminan los corzos, como si fueran bailarines de ballet; del dulce canto de los grillos y pájaros silvestres … en fin, píntale bonita la cosa.

Javi siguió el consejo de su amigo y por supuesto la convenció.

Ella, entusiasmada fue con falda larga hasta el tobillo, que poco a poco se le desgarraba con las púas en el camino; la blusa le quedó toda dañada, los zapatos se le rompieron por las piedras y las espinas la hicieron sangrar. El cabello se le maltrató: le quedó tieso como estropajo. Se le pegaron por todas partes garrapatas y bichos. Las manos llenas de ampollas y llagas que se le hicieron al abrirse paso entre el espeso monte y estuvo a punto de sufrir un infarto al toparse con una enorme víbora.

Por fin, después de tantos martirios encontraron un corzo. El hombre sigiloso se acercó a su presa, localizó el blanco justo para liquidar al escurridizo animal; con agilidad pasmosa disparó y el corzo cayó muerto. La mujer no cabía de júbilo pensando en que su sufrimiento había terminado, pero no era así.

– Ahora mi amor, quiero que cargues el corzo para que veas la sensación tan buena que sientes, y cómo a los pocos días, cuando se acabe la carne, vas a querer repetir la experiencia; le dijo Javier masticando con una expresión rabiosa cada una de sus palabras.

La mujer casi se desmaya ante la mirada asesina de su marido, pero ante la desesperación por regresar a su casa, ni para protestar tuvo alientos. Cargó el corzo en su espalda hasta su casa, casi muerta con las piernas temblando, jadeando y a punto de reventársele el corazón; al llegar tiró el animal en la sala de su casa.

Sus hijos y vecinos salieron a recibir a la pareja de cazadores y acostumbrados a la repartición, gritaron con alegría:
– ¡¡¡ Vamos a repartir el corzo!!!

La mujer tirada en el piso, hizo un esfuerzo sobrehumano para levantar la cabeza y con los ojos inyectados de sangre, volteó a los vecinos y agarrando aire hasta por las orejas, les gritó:

– ¡¡¡ El que me toque ese corzo, lo mato!!!

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