Una historia cualquiera

Este sábado veraniego me parece muy apropiado para compartir “un día cualquiera”, singular relato de Arturo Martínez Galindo, escritor hondureño, natural de Tegucigalpa, donde nació en el año 1900. “Sombras” es su libro más conocido, una obra de cuentos con gran contenido sociológico. Fruto de sus discrepancias con el régimen que gobernaba su país, al que se oponía con sus escritos, utilizando el pseudónimo de Julio Sol, fué asesinado en Sabá, Colón en 1940. J.L.Soba

Realismo mágico de la hondureña Leticia Banegas

Realismo mágico de la pintora hondureña Leticia Banegas.

Una historia cualquiera

I

xnfgdnos conocíamos desde niños. Yo la había amado allá por los albores de mi adolescencia, cuando todavía jugábamos al escondite o correteábamos tras las mariposas. Me enloquecían sus grandes ojos y sus rizos castaños. Recuerdo una mañanita azul en que ella me regaló un magnífico botón de rosas tanto como los bombones. Por muchos años durmieron los pétalos marchitos de aquella flor entre las páginas de un mi libro de leyendas de cuando las hadas salían de aventuras por los caminos.

Julia nunca supo de mi amor, porque a los diez años estas cosas no pueden decirse. Pero evoco una tarde lejana en que me pareció que comprendía.

Era en el viejo huerto donde solíamos jugar; ella corría agitada y yo pugnaba en vano por darle alcance; de pronto, la ví tropezar y caer; se hizo mucho daño y las lágrimas quisieron humedecer sus ojos; yo, no sabiendo qué hacer ,la estreché fuertemente entre mis brazos; ella se me quedó mirando con fijeza y ya no lloró. Creí entonces que mis abrazos tenían un gran poder consolador y, con los años, he confirmado esta creencia.

Julia fue muy precoz y esta precocidad me la robó. Ya a los quince años usaba tacones altos, poníase brillantina en los párpados, bailaba al tango y el fox-trot y se dejaba decir. Yo apenas era por esos tiempos un ávido estudiante del Instituto. El recuerdo de Julia me traía, de vez en vez, cierta tristeza, una cruel sensación de algo perdido, un vago perfume como el de los pétalos marchitos que conservé por muchos años en mi viejo libro de leyendas. Pero hasta éste fue apagándoseme día tras día, porque nada hay como el tiempo para dejarnos vacío el corazón.

II

Cuando abandoné la Universidad la volví a encontrar. Fue en el salón de baile de un club social aristocrático; la invité y nos instalamos frente a una minúscula mesa de mimbres, propicia a la intimidad. Al evocar nuestros primeros juegos y nuestras risas, nos pusimos tristes, porque hace daño al alma recordar los buenos tiempos que se han ido. Yo busqué, en aquella mujercita de veintiún años, algo de la chica lejana que hizo vibrar intensamente la cuerda de oro de mi corazón.

Nada encontré. Julia habíase mustiado en el ambiente impropicio de los soireés de los teatros; me pareció vencida…

De no haber tenido en mí la imagen de una muñeca de bucles castaños, con mucho asombro en los ojos y mucha verdad en el rubor, me habría entusiasmado esta nueva Julia que me invitaba con su aliento de mentas y anís; el cansancio que adormecía sus ojos le venía muy bien; había una suerte de desilusión en sus gestos, muy chic, y , en toda ella, un desfallecimiento disimulado pero cruel.

Julia debió encontrarme muy otro. Mi rudo empeño por desigualarme me había enfermado de libros y llenado de vacío. A la edad en que otros van yo venía. Una sed infinita de ser me empujaba, pero un asco invencible por todo lo que es me retenía; luchaba en mí la ambición terrena y el divino desprecio por las glorias humanas. Pensé muchas veces: lo quiero todo; pero me interrogué en seguida: ¿para qué?

Y al través de todos mis vuelos y en medio de todas mis luchas, mi escepticismo entrevió la ironía de esta incógnita, el contorno burlesco de esta pregunta: ¿para qué? Pero por sobre esta nulidad a que me hubieran reducido las fuerzas iguales que luchaban y se destruían en mí, mi orgullo, mi magnífico orgullo me obligaba a subir. No me estimulaba un ansia de cumbre, sino un miedo de tierras bajas, un asco de montón, una vehemencia de no convivir y de sentirme solo. ¡Ah! ¡Cómo odiaba este concepto: los demás! Y me regocijaba porque tenía el convencimiento de ir muy alto, no como el que conquista porque tiene ambición, sino como el que se aleja porque tiene orgullo. El orgullo es un exquisito miedo de contacto, una noble hambre de soledad.

Aunque Julia estaba cansada del flirt ligero de los salones, debió sentirse irritada ante mi sequedad. Yo, a mi vez, protesté en mi interior de esta figulina, interesante para una aventura, pero en la que no podría encontrar a la nena, gárrula y traviesa, que perdí al disiparse la nubecilla de mi primera ilusión.

Era ya muy tarde. La música, las flores y el champagne ponían en las almas una nota de artificiosa alegría. Como languidecía la charla, metí los ojos en las parejas que danzaban. Julia de espaldas al regocijo, parecía rencorosa en su silencio. Pronto me olvidé de ella porque el torbellino de fox-trot que se arremolinaba en el local distraía mi atención y no hube de atender a su presencia hasta que ella se puso de pie y mientras se arrebujaba en sus pieles, me dijo con la mayor indiferencia:

-Las tres de la mañana… ¿Te quedas?

Me incorporé; ceremoniósamente le tendí mi mano y respondí:

-Me ha complacido conocerte.

Dudó un momento, luego comprendió y murmuró vengativa:

-Tú también me has parecido un extraño…

La vi reunirse a los suyos y en seguida perderse en la escalinata.

 

Arturo Martínez Galindo en “Cuentos Completos”

 

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Las siete bastardas de Apolo

Hoy ocupa el ambigú la fábula “Las siete bastardas de Apolo”, publicada originalmente en 1903, del nicaraguense Rubén Darío,  poeta, periodista y diplomático, considerado como el máximo representante del modernismo literario en lengua española. J.L.Soba

El Parnaso (Las musas con Apolo) año 1761, obra de Anton Raphael Mengs, Museo del Hermitage, San Petesburgo.

El Parnaso (Las musas con Apolo) año 1761, obra de Anton Raphael Mengs, Museo del Hermitage, San Petesburgo.

Las siete bastardas de Apolo

I

Siete figuras aparecieron cerca de mí. Todas vestidas de bellas sedas; sus gestos eran ritmos, y sus aspectos armoniosos encantaban.
Al hablar, sus lenguajes eran música; y si hubiesen sido nueve, habría creído seguramente que eran las musas del sagrado Olimpo. Había en ellas luz y melodía y atraían como un imán supremo.
Yo me adelanté hacia el grupo mágico, y dije:
–Por vuestra belleza, por vuestro atractivo, ¿seréis acaso los siete pecados capitales, o quizá los siete colores del iris, o las siete virtudes, o las siete estrellas que forman la constelación de la Osa?
–¡No! –me contestó la primera figura–. No somos virtudes, ni estrellas, ni colores, ni pecados. Somos siete hijas bastardas del rey Apolo; siete princesas nacidas en el aire, del seno misterioso de nuestra madre la Lira.

II

Y adelantándose la primera, me dijo:
–Yo soy Do. Para ascender al trono de mi madre, la sublime reina, hay siete escalones de oro purísimo. Ya estoy en el primero.
Otra me dijo:
–Mi nombre es Re. Yo estoy en el segundo escalón del trono. Mi estatura es mayor que la de mi hermana Do. Pero la irradiación de nuestros cabellos es la misma.
Otra me dijo:
–Mi nombre es Mi. Tengo un par de alas de paloma, y revuelo sobre mis compañeras, desgranando un raudal de trinos de oro.
Otra dijo:
–Mi nombre es Fa. Me deslizo entre las cuerdas de las arpas, bajo los arcos de las violetas, y hago vibrar los sonoros pechos de los bajos.
Otra me dijo:
–Mi nombre es Sol. Tengo nombre de astro y resplandezco ciertamente entre el coro de mis hermanas. Para abrir el secreto del trono, en la puerta de plata y en la puerta de oro, hay dos llaves misteriosas. Mi hermana Fa tiene la una; yo tengo la otra.
Otra dijo:
–Mi nombre es La, penúltima del poema de Mallarmé. Soy despertadora de los dormidos o titubeantes instrumentos, y la divina y aterciopelada Filomena descansa entre mis senos.
La última estaba silenciosa, y yo le dije:
–¡Oh, tú, que estás colocada en el más alto de los escalones de tu madre la Lira: eres buena, eres bella, eres fascinadora; deberás tener entonces un nombre suave como una promesa, fino como un trono, claro como un cristal:
Y ella contestó sonriente:
–Sí.

Rubén Darío

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La herida

Hoy comparto un texto de reconciliación, muy apropiado para estos días convulsos que vivimos, de Ángel Guache, nacido en Luanco (Asturias) en 1950, vive en Madrid desde los 18 años,  y que como dice Javier Rodríguez Marcos en su blog de El país, es un músico que dejó la poesía lírica y un poeta humorístico que dejó la pintura.

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La Reconciliación de Esaú y Jacob (1624), cuadro de Peter Paul Rubens, Staatsgalerie Schleissheim, Múnich.

La herida

A los ochenta años, casi al final de su vida (se iría a los ochenta y tres), mi padre conoció al individuo que le había pegado un tiro en el último año de la guerra. Disparo que estuvo a punto de enviarlo al otro mundo antes de tiempo. Era un catalán que estaba de paso. Se tomaron juntos unos vinos y al hablar sobre la guerra, a la que ambos habían ido adolescentes, descubrieron que habían combatido en los mismos lugares del frente del Ebro. Cuando mi padre empezó a describir dónde y cómo le habían pegado un tiro, el catalán continuó con el relato pormenorizadamente. Reconoció que después de pegarle el tiro, siguió disparando a todo aquel que intentara acercarse a auxiliarlo. Mi padre no se desangró gracias a que tuvo la feliz idea de atarse la pierna con el cinturón. Después de esperar en campo abierto toda la tarde, al llegar la noche, ya semiinconsciente, se le acercó un compañero que consiguió arrastrarlo hasta su zona. Luego se sucedieron años de hospital y, cuando llegó a la casa familiar, se encontró con que su madre, a quien tanto quería, había muerto. Aquel tiro, al final de la guerra, había cambiado su vida. Y ahora tenía ante él al responsable. Mi padre y el catalán del disparo se lo pasaron maravillosamente recordando aquellos terribles años. Brindaron, bebieron, se emborracharon, hablaron interminablemente y se hicieron amigos. Mi padre volvió a casa entusiasmado: había rescatado unos años de su juventud.

 Ángel Guache

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El Jardinero (LXVIII)

“Ayuda a que la barca de tu hermano pase al otro lado, y verás como tú también llegarás a la orilla”. Proverbio Hindú

Sarcófago de los Dos Hermanos. (siglo IV) Museos Vaticanos, Roma

Sarcófago de los Dos Hermanos (siglo IV), Museos Vaticanos, Roma

El Jardinero (LXVIII)

Hermano, nadie es eterno y nada perdura. Tenlo presente en tu corazón y alégrate, hermano.

También otros soportaron el antiguo peso de la vida, y otros hicieron también este largo viaje.

Un poeta no puede cantar siempre la misma canción antigua.

La flor se mustia y muere, pero quien la llevaba no ha de llorar siempre su suerte.

Hermano, tenlo presente en tu corazón y alégrate.

Es preciso un gran silencio para ensayar una perfecta armonía.

Cuando se pone el sol la vida declina y se pierde en las doradas sombras.

El amor debe abandonar sus juegos para apurar la copa del dolor y renacer en el cielo de las lágrimas.

Hermano, tenlo presente en tu corazón y alégrate.

Nos apresuramos a recoger nuestras flores, temiendo que se las lleve el viento.

Apoderarnos de un beso que se desvanecería en la espera enciende nuestra sangre y aviva la mirada.

Nuestra vida es intensa y nuestros deseos fervientes, pues suena en el tiempo la campana de la separación.

Hermano, tenlo presente en tu corazón y alégrate.

La belleza nos es dulce, porque su ligero ritmo es el mismo que el de nuestra vida.

La sabiduría nos es preciosa, porque nunca conseguiremos poseer la ciencia suprema. Todo se hace y acaba en la Eternidad.

Pero las flores terrenales de la ilusión conservan con la muerte su eterna lozanía.

Hermano, tenlo presente en tu corazón y alégrate.

Rabindranath Tagore

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El reglamento

“Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor; si perdonas, perdonarás con amor. Si tienes el amor arraigado en ti, ninguna otra cosa, sino amor, serán tus frutos”, San Agustín de Hipona.

GEORGY KURASOV 1958 CUBISTA (URSS)

Cuadro del pintor cubista ruso Georgy Kurasov.

El reglamento

xlkoiplevaban casados tres años y pasaban estrecheces económicas. Es por ello que, cuando en su empresa convinieron en admitir a diez nuevas secretarias, se lo dijo a su mujer. Ésta superó las pruebas de aptitud y obtuvo la plaza. Al rellenar los impresos declaró ser “soltera” y dio como domicilio el de sus padres. Estaba prohibido terminantemente en la empresa que trabajaran marido y mujer. Todo fue bien. Se ignoraban mutuamente cuando se veían en los pasillos y despachos y se evitaban a la salida. Cada uno iba a su casa por caminos diferentes. Un día de verano no pudieron resistir la tentación y fueron sorprendidos por una compañera en el sofá de la sala de visitas, en la hora de descanso asignada para el almuerzo, en postura muy comprometedora. La empresa juzgó que la culpable era ella (él llevaba quince años en la misma, demostrando una conducta intachable) y la despidió. Él siguió en su puesto, aguantando las miradas irónicas y sonrisas maliciosas de sus compañeros y sobre todo las cartas anónimas que le dirigían a su mujer. “Tenga cuidado. Es un sinvergüenza”, decía una de ellas. Y contaba lo ocurrido…

Alonso Ibarrola

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Patio de los Leones

Poema de la taza de los leones 

«Bendito sea Aquél que otorgó al imán Mohamed
las bellas ideas para engalanar sus mansiones.
Pues, ¿acaso no hay en este jardín maravillas
que Dios ha hecho incomparables en su hermosura,
y una escultura de perlas de transparente claridad,
cuyos bordes se decoran con orla de aljófar?
Plata fundida corre entre las perlas,
a las que semeja belleza alba y pura.
En apariencia, agua y mármol parecen confundirse,
sin que sepamos cuál de ambos se desliza.
¿No ves cómo el agua se derrama en la taza,
pero sus caños la esconden enseguida?
Es un amante cuyos párpados rebosan de lágrimas,
lágrimas que esconde por miedo a un delator.
¿No es, en realidad, cual blanca nube
que vierte en los leones sus acequias
y parece la mano del califa, que, de mañana,
prodiga a los leones de la guerra sus favores?
Quien contempla los leones en actitud amenazante,
(sabe que) sólo el respeto (al Emir) contiene su enojo.
¡Oh descendiente de los Ansares, y no por línea indirecta,
herencia de nobleza, que a los fatuos desestima:
Que la paz de Dios sea contigo y pervivas incólume
renovando tus festines y afligiendo a tus enemigos!»

Lisan al-Din ibn al-Jatib (1313-1375)

Patio de los Leones en La Alhambra de Granada, por Gustavo Doré en 1862.

Patio de los Leones en La Alhambra de Granada (1862), ilustrción del francés Gustavo Doré.

Leyenda del Patio de los Leones

Cuenta la leyenda que hubo una vez, hace ya bastantes años, una princesa árabe llamada Zaira. Era bella, inteligente y sensible; pero su padre, el rey, era todo lo contrario: frío, cruel, malvado, tacaño. La princesa, junto a su padre, viajó a Al-Andalus, y se alojó en la Alhambra de Granada. La princesa estaba tan encantada con pisar Granada, que todo le parecia un sueño. En cambio,a su padre se le revolvía el estómago con cada paso. Al rey, solo con pisar Granada, le entraban nauseas; mientras que a la princesa cada paso que daba le parecía un sueño.

Zaira se sentía más granadina que africana, ya que su país le parecía un infierno. El rey prohibía a Zaira salir a la calle y relacionarse con la gente. Sólo tenía la compañía de un talisman que le colgaba del cuello. Solía pasar la mayor parte del tiempo en un patio muy iluminado. Un día se vió sorprendida por un muchacho que saltó la valla, y que le dijo que la había visto desde afuera y que la quería mucho. Ella le instó a que se fuera, porque si se enteraba su padre, no dudaría en cortarle la cabeza, él o uno de sus 11 hombres de confianza. Entonces se fué el muchacho, llamado Arturo, con la promesa de volver.

El día en el que volvió Arturo, el rey lo vió y lo encerró en las mazmorras. Poco después la princesa, abatida, porque su amado podía morir, encontró en una habitación, el diario de su padre. Pensó que no debía leerlo, pero algo en su interior la impulsó a abrirlo. Lo hizo y en una de las páginas, escrita cuando ella tenía tan solo un año de edad, leyó lo siguiente: “Ya he matado al rey y a la reina. De la princesa Zaira me he apiadado. Gracias a mis 11 hombres, he conseguido ocupar el trono. Ahora creerá que yo soy su padre. Espero que la princesa no se entere nunca del maleficio de su talismán.”

Zaira, confusa, llamó al rey y a sus 11 hombres y los reunió en el patio donde ella solía estar. Llorando, le preguntó al rey si aquello era verdad. El rey, convencido de que con sus 11 hombres al lado, Zaira no podía ni tan siquiera tocarlo, le dijo que era verdad. En ese mismo instante, Zaira recordó que su madre, le había echado un maleficio a su talisman: el día que Zaira supiera la verdad, al rey y a sus 11 hombres, les pasaría algo terrible. En ese momento el amuleto se activó. Zaira, sentía la rabia de un león, y eso dió lugar a que el talisman convirtiera al rey y a sus 11 hombres, en leones de piedra.

Desde entonces, a ese patio se le llama el “Patio de los Leones” y su fuente tiene 12 leones alrededor que son el rey, y sus 11 hombres, que al ser convertidos en leones de piedra llevan ahí desde entonces. Como no podía ser de otro modo, Zaira rescató a Arturo y vivieron felices para siempre.

Antigua Leyenda de Al Ándalus

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El jardinero XII

“No ensucies la fuente donde has apagado tu sed”. William Shakespeare

Tipos de las provincias vascongadas Becquer, Valeriano 1876

Tipos de las provincias vascongadas (1876) de Valeriano Becquer.

El jardinero XII

Si, por hacer algo, quieres llenar tu cántaro, ven, ven a mi lago.

El agua envolverá tus pies y te murmurará su secreto.

La sombra de la lluvia cercana se extiende sobre las dunas y las nubes bajas descansan en la línea azul de los árboles, como tu pesada cabellera sobre tus cejas.

Conozco el ritmo de tus pasos, que resuena en mi corazón.

Si debes llenar tu cántaro, ven, ven a mi lago.

Si quieres permanecer sentada, perezosamente, y dejar que tu cántaro flote sobre el agua, ven, ven a mi lago.

La hierba de la orilla es verde y por doquier se abren innumerables flores silvestres.

Tus pensamientos emigrarán de tus ojos oscuros como los pájaros de sus nidos.

Tu velo caerá a tus pies.

Si debes permanecer ociosa, ven, ven a mi lago.

Si, abandonando tus juegos de siempre, quieres zambullirte en el agua pura, ven, ven a mi lago.

Deja en la playa tu manto azul, y el agua más azul te envolverá.

Las olas se dulcificarán para acariciar tu cuello y susurrar a tu oído.

Ven, ven a mi lago si quieres zambullirte en él.

Si, insensata, buscas la muerte, ven, ven a mi lago. Es frío e insondable.

Es sombrío como una noche sin ensueños.

Rabindranath Tagore

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