Los panes negros

Pan-negro

Los panes negros

xeeds2n aquel tiempo, Nicolás Nerli era banquero en la noble ciudad de Florencia. A la hora de tercia se encontraba ya sentado ante su pupitre, y a la hora de nona aún estaba allí sentado, haciendo cuentas todo el día en sus tablillas. Nicolás Nerli prestaba dinero al Emperador y al Papa. Y si no le prestaba dinero al diablo era porque temía hacer malos negocios con el que nombramos el Maligno y que no carece de artimañas.

Era audaz y desconfiado. Había adquirido grandes riquezas y despojado a mucha gente. Por ello era respetado en la ciudad de Florencia. Vivía en un palacio en el que la luz que Dios creó no entraba sino por estrechas ventanas; eso era por prudencia, pues la mansión de un rico debe ser como una ciudadela y los que poseen grandes bienes hacen bien en defender por la fuerza lo que han adquirido por la astucia.

El palacio de Nicolás Nerli se encontraba pues provisto de rejas y cadenas. En su interior, los muros estaban decorados con pinturas de expertos maestros que habían representado en ellas las Virtudes como mujeres, los patriarcas, los profetas y los reyes de Israel. Los tapices expuestos en las habitaciones ofrecían a la vista las historias de Alejandro y de Tristán tal como las cuentan en los libros. Nicolás Nerli hacía brillar su riqueza en toda la ciudad por medio de fundaciones piadosas.

Había mandado construir un hospital en la zona de extramuros cuyo friso, esculpido y pintado, representaba las acciones más honorables de su vida; en reconocimiento por las sumas de dinero que había donado para acabar Santa María la Nueva, su retrato se hallaba expuesto en el coro de esta iglesia. Se le veía en él arrodillado, con las manos juntas, a los pies de la Santísima Virgen. Se le reconocía por su gorro de lana roja, su abrigo forrado, su rostro rollizo y sus ojillos despiertos. Su buena esposa, Mona Bismantova, con expresión honesta y triste, que se podría pensar que jamás nadie hubiera obtenido de ella algún placer, se hallaba al otro lado de la Virgen, en humilde actitud orante. Aquel hombre era uno de los primeros ciudadanos de la República; como no había hablado jamás mal de las leyes y no se preocupaba en absoluto de los pobres ni de aquellos a los que los poderosos del momento condenan a pagar multas o al exilio, no había disminuido nada, en la opinión de los magistrados, la estima que había adquirido a sus ojos por su gran riqueza.

Una noche de invierno, al regresar a su palacio algo más tarde de lo habitual, fue rodeado ante el umbral de su puerta por un grupo de mendigos medio desnudos que le tendían la mano. Los apartó con duras palabras. Pero el hambre hace a los hombres ariscos y osados como los lobos: formaron un círculo a su alrededor y le pidieron pan con voz quejumbrosa y ronca. Estaba inclinándose ya para recoger piedras y lanzárselas, cuando vio llegar a uno de sus criados que llevaba sobre la cabeza una cesta de panes de centeno, destinados a los empleados de las cuadras, de la cocina y de los jardines.

Hizo una señal al de los panes para que se acercara, y, sacándolos de la cesta con ambas manos, les arrojó los panes a los menesterosos. Luego, entró en su casa, se acostó y se quedó dormido. Mientras dormía, sufrió un ataque de apoplejía y murió tan de repente que creía que se encontraba aún en su lecho cuando vio, en un rincón oscuro, a San Miguel iluminado por el resplandor que irradiaba de su propio cuerpo. El arcángel, con la balanza en la mano, estaba cargando los platillos. Al reconocer en el platillo que pesaban más las joyas de las viudas que guardaba como fianza, la multitud de recortes de escudos indebidamente retenidos y algunas piezas de oro muy bellas, que sólo él poseía y que había adquirido por usura o por fraude, Nicolás Nerli reconoció que era su vida, ya finalizada, lo que san Miguel estaba pesando en su presencia. Miró atento y preocupado.

-Señor San Miguel -le dijo-, si ponéis en un platillo todas las ganancias que he obtenido en mi vida, colocad en el otro, os lo ruego, las hermosas fundaciones con las que he puesto de manifiesto mi piedad. No olvidéis la cúpula de Santa María la Nueva a la que contribuí financiando la tercera parte, ni el hospital de extramuros, que he construido por completo con mi dinero.

-No temáis, Nicolás Nerli -respondió el arcángel-. No me olvidaré de nada.

Y con sus manos gloriosas colocó en el otro platillo la cúpula de Santa María la Nueva y el hospital con el friso esculpido y pintado. Pero el platillo no se movió. El banquero sintió gran inquietud.

-Señor san Miguel -dijo de nuevo-, buscad bien. No habéis colocado en ese platillo de la balanza ni mi hermosa pila del agua bendita de San Juan, ni el púlpito de San Andrés, en donde está representado el bautismo del Nuestro Señor a tamaño natural. Es una obra que me costó muy cara.

El arcángel colocó el púlpito y la pila encima del hospital en el platillo, que tampoco se movió. Nicolás Nerli empezó a notar que su frente se inundaba de un sudor frío.

-Señor arcángel -preguntó-, ¿estáis seguro de que vuestra balanza funciona correctamente?

San Miguel respondió sonriendo que, al no ser la balanza como las que usan los lombardos de París ni como las que usan los cambistas de Venecia, aquélla no carecía en absoluto de exactitud.

-¡Cómo! -suspiró Nicolás Nerli, completamente lívido-, ¿la cúpula, el púlpito, la pila, el hospital con todas sus camas, no pesan, pues, más que una brizna de paja o que el plumón de un pájaro?

-Ya lo estáis viendo, Nicolás -dijo el arcángel-, y, hasta el momento, el peso de vuestras iniquidades es muy superior al peso ligero de vuestras buenas acciones.

-Voy a ir al infierno, pues -dijo el florentino. Y sus dientes castañeteaban de espanto.

-¡Tened paciencia, Nicolás Nerli -prosiguió el pesador celeste-, paciencia! No hemos terminado aún. Nos queda esto.

Y el bienaventurado Miguel tomó los panes de centeno que el rico les había lanzado a los pobres la víspera. Los colocó en el platillo de las buenas obras, que descendió de repente, mientras que el otro subía, quedando ambos platillos al mismo nivel. El fiel de la balanza no se inclinaba ni a la derecha ni a la izquierda y la aguja indicaba la igualdad perfecta de los dos pesos. El banquero no podía creer lo que veían sus ojos. El glorioso arcángel le dijo:

-Como estás viendo, Nicolás Nerli, no eres apto ni para el cielo ni para el infierno. ¡Anda, regresa a Florencia! Multiplica en tu ciudad esos panes que diste con tus manos, de noche, sin que nadie te viera, y serás salvo. Pues no basta con que el cielo se abra para el ladrón que se arrepiente y para la prostituta que llora. La misericordia de Dios es infinita: es capaz de salvar incluso a un rico. Sé tú ese rico. Multiplica los panes cuyo peso puedes ver en mi balanza. ¡Anda!

Nicolás Nerli se despertó en su lecho. Decidió seguir el consejo del arcángel y multiplicar el pan de los pobres para lograr entrar en el reino de los cielos.

Durante los tres años que pasó sobre la tierra después de su primera muerte, fue caritativo con los menesterosos y muy generoso en limosnas.

 Anatole France  (1895)

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Amarme

¿Si yo no soy para mí, quién será para mí?

¿Si sólo soy para mí, quién soy yo?

¿Y si no ahora, cuándo?

Rabí Hillel

Niño geopolítico mirando el nacimiento del hombre nuevo,obra de Salvador Dalí

Niño geopolítico mirando el nacimiento del hombre nuevo,obra de Salvador Dalí

Amarme

Independientemente de nuestro género sexual, todos poseemos un aspecto femenino y un aspecto masculino internos y la relación entre éstos – la pareja interior – tiende a reproducirse en nuestros vínculos.

Solemos relacionarnos con los aspectos exteriores de la vida a través de su correspondencia con nuestros patrones internos. Así, cuando nos atrae otra persona, la misma está espejando aspectos tanto conscientes como inconscientes de nuestro propio ser.

Habitualmente esperamos que el otro/a nos proporcione aquello de lo que carecemos, o creemos carecer. Muchos de los conflictos que atravesamos en la vida tienen una trastienda de baja autoestima. En las dificultades dentro del ámbito de la pareja, en el plano laboral, en las relaciones con familiares y amigos existen siempre zonas profundas en las que no confiamos. Algunas tienen que ver con creencias de base, que desmoronan la fe en nosotros mismos de manera visible y obvia; otras son creencias que subyacen bajo capas de un aparente “todo está bien”.

Construir la propia autoestima es plantar las semillas para amarse a sí mismo, la base para cualquier relación amorosa con otra persona.

Al mencionar la idea de amarse más y mejor a sí mismo podríamos temer caer en un amor narcisista que, más que acercarnos, nos aparte del resto de la humanidad. Esta propuesta no implica quedarnos, como Narciso, prendidos al propio reflejo en el estanque, embelesados con nuestra imagen. Se trata más bien de reconocer y revalorizar todo lo que tenemos de positivo. Cuando nos conectamos con nuestras partes más luminosas y amorosas absorberemos la energía necesaria para ingresar también en los rincones más oscuros, construyendo así una percepción más plena de quién somos verdaderamente.

La forma en que nos describimos colorea todas nuestras experiencias. ¿Quién sabe desde cuándo o desde quién comenzamos a definirnos de determinada manera? Lo cierto es que todas nuestras ideas y pensamientos producen resultados, y nuestros diálogos internos son la base sobre la cual construimos nuestra experiencia de la realidad. Todo cuanto consideremos real o verdadero se convierte, eventualmente, en una realidad para nosotros.

Es clásico el ejemplo de quien cree que es rechazado por otros. Sin proponérselo, su actitud y su expresión hacen que efectivamente lo rechacen. Si tengo la idea de que no soy lo suficientemente valiosa como mujer y que debido a ello mi pareja me abandonará, comenzaré a aferrarme, a exigir, a reprochar y controlar, y estas reacciones lo inducirán eventualmente a distanciarse y/o a abandonarme, confirmando así mi creencia.

Estas son las famosas profecías auto-cumplidas, en las que terminamos creando lo temido, atrayendo hacia nosotros precisamente aquello que tratábamos de evitar.

A todos nos hubiera gustado escuchar frases amorosas de nuestros padres, y nos gustaría que nuestra pareja y amigos nos dijesen cuánto valemos. Sin embargo, nos cuesta decírnoslo a nosotros mismos.

Tendemos a esperar que sean los demás quienes retruquen nuestra percepción negativa con halagos, felicitaciones y miradas de aprobación. Sin duda es agradable recibir alabanzas, pero esa dosis de autoestima foránea no es duradera ni suficiente.

Lamentablemente, vivimos con la sensación de que el amor está fuera de nosotros, que es algo que nos dan o nos quitan, un regalo, un premio, algo que merecemos o dejamos de merecer en función de que cumplamos con determinados requisitos (ser jóvenes, delgados, atractivos, inteligentes, exitosos, carismáticos, etc.)

Desde pequeños recibimos una serie de mensajes sobre el amor que nos condicionaron, haya sido esto debido a actos, frases escuchadas o sensaciones corporales basadas en acontecimientos vividos, y/o en la interpretación personal que realizamos en función de éstos.

Hoy, ya adultos, necesitamos redefinir nuestra noción del amor.

Para ello, puede ser útil formularnos y responder a las siguientes preguntas:

¿Cuánto soy capaz de amarme a mí mismo?

¿Cuánto me disgusto, critico, condeno, amonesto?

¿Cuánto soy capaz de cuidarme y darme lo que necesito?

¿Cuánto placer me permito tener en mi vida cotidiana?

¿De qué formas me descuido y me abandono?

¿Cuán desarrollada está mi capacidad para dar y recibir? ¿Cuál me resulta más fácil, y por qué? (Frecuentemente preferimos dar a recibir ya que esto último implica mayor vulnerabilidad).

¿Cuán desarrollada está mi capacidad para mostrarme auténticamente? ¿Cuándo me expreso como realmente soy y cuándo muestro una de mis máscaras?

¿Cuál es la creencia personal que más necesito modificar para poder aceptarme y amarme sin condiciones ni exigencias inalcanzables?

Cuando logro darme cuenta de que soy mi propia fuente de amor, todo cambia de dirección – yo soy responsable de transformarme y darme aquello que espero del afuera.

El amor no existe afuera de nosotros – debemos buscarlo en su morada íntima que es nuestro propio corazón.

¿Quién si no yo puede aceptarme y amarme con todas mis características? ¿Quién si no yo conoce la historia de mi niño interno, no para lamentarme sino para sanar mis propias heridas? ¿Quién si no yo tiene en su poder el pasaje de ida y vuelta hacia lo profundo de mi corazón?

Trabajar para construir la propia autoestima es un acto de amor – amor hacia uno mismo que se traduce luego en una mayor capacidad de amar realmente a los demás.

Alicia Schmoller

 

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“Elogio de la paciencia”

Se ha dicho hartas veces que el problema de España es un problema de cultura. Urge, en efecto, si queremos incorporarnos a los pueblos civilizados, cultivar intensamente los yermos de nuestra tierra y de nuestro cerebro, salvando para la prosperidad y enaltecimiento patrios todos los ríos que se pierden en el mar y todos los talentos que se pierden en la ignorancia. Santiago Ramón y Cajal

Santiago Ramón y Cajal, el artista-científico, en su estudio

“Elogio de la paciencia”

«Santiago Ramón y Cajal, nuestro insigne científico, fue un ejemplo insuperable de paciencia. A pesar de una vida dedicada al estudio anatómico e histológico, era un absoluto desconocido fuera de España. Trabajador incansable, había ganado por oposición la cátedra de Anatomía General y Descriptiva de la Universidad de Valencia en 1883, la de Histología y Anatomía Patológica de la Universidad de Barcelona en 1887 y la de Madrid en 1892. 

Harto de ver que en revistas extranjeras, a las que él no tenía ningún acceso, se publicaban estudios sobre el sistema nervioso que eran incorrectos y molesto al comprobar que ciertos científicos manifestaban haber hecho descubrimientos que Cajal había hecho mucho antes, tomó una firme resolución. Cajal decidió asistir en 1889 al Congreso de la Sociedad Anatómica Alemana que se celebraba en Berlín. Por entonces, Alemania era la cuna de la ciencia en el mundo. 

Este congreso era el más relevante de todos y entre los asistentes estaría el famoso profesor Kölliker. Cajal pidió ayuda a la universidad española para que le pagaran el billete de tren. La universidad le contestó que no, que para qué iba a ir un español como él a Alemania. 

Cajal no se dio por vencido y habló con doña Silveria, su mujer. Utilizando sus mínimos ahorros, Cajal se pagó su viaje a Berlín. Allí, en una mesa colocó su microscopio, regalo de las autoridades españolas por la labor tan extraordinaria que hizo durante la epidemia de cólera que hubo en Valencia. 

Nadie se acercaba a la mesa de este absoluto desconocido. Los científicos se agolpaban alrededor de figuras como Kölliker. Cajal decidió entrar en acción. Él no había llegado hasta allí para irse de vacío. Cajal se acercó a las mesa del profesor Kölliker y, agarrándole literalmente de la manga de su levita, se lo llevó hasta la mesa donde tenía el microscopio con las preparaciones del sistema nervioso. El sabio alemán, que no entendía nada, posiblemente se dejó llevar por una mezcla de temor y curiosidad. 

En un pobre francés, Cajal le pidió a Kölliker que mirara por el microscopio. El científico miró y no pudo dar crédito a lo que veía. Ante sus ojos aparecía un universo que hasta entonces solo Cajal había contemplado. Jamás nadie había sido capaz de hacer unas preparaciones histológicas donde se vieran con tanta claridad y nitidez las neuronas y sus intrincadas conexiones. Kölliker levantó su mirada y le preguntó Cajal: 

– ¿Quién es usted? 

– Santiago Ramón y Cajal, de España. 

Entonces, Kölliker se alzó y, dirigiéndose a la multitud de personas que le habían seguido, les dijo con voz solemne: 

– Quiero que sepan todos que yo, el profesor Kölliker, soy quien ha descubierto a Cajal y que seré yo también quien se encargue de que el mundo entero le descubra. 

A partir de aquel momento sublime, Cajal pudo publicar en las mejores revistas del mundo y empezó a ser invitado por las más selectas universidades. En 1900 recibió en París el célebre premio Moscú. En 1905 recibió la Medalla de Oro de Helmholz, la máxima distinción en su campo. En 1906 recibió en Estocolmo el Premio Nobel de Medicina.» 

 Dr. Mario Alonso Puig, de su libro “La respuesta”

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Tienes un amigo

«You’ve Got a Friend» es una preciosa canción escrita por Carole King, perteneciente a su álbum «Tapestry, publicado en 1971. Otra exitosa versión es la que publicó James Taylor en su álbum «Mud Slide Slim and the Blue Horizon«. Las dos versiones se grabaron en 1971 con músicos compartidos e interpretándola juntos, como en el concierto en directo para la BBC de ese mismo año.

Comparto el video del concierto para la BBC de Carole King y James Taylor, interpretando en directo «You’ve Got a Friend«, así como una traducción de la letra, que espero os resulten tan gratos como a mi. J.L.Soba ​

James Taylor & Carole King, interpretando «You’ve Got A Friend», en un concierto en directo para la BBC, en 1971

«Tienes un amigo»

Cuando estés triste y preocupado
y necesites algo de cuidado amoroso
y nada, nada esté bien
cierra tus ojos y piensa en mí
y pronto estaré ahí
para iluminar incluso tu noche más obscura.

Tu solo grita mi nombre
y tu sabes que donde sea que esté
vendré corriendo a verte otra vez.
Invierno, primavera, verano o otoño
todo lo que tienes que hacer es llamar
y estaré ahí
Tienes un amigo

Si el cielo sobre ti
se hace más oscuro y se llena de nubes
y ese viejo viento del norte empieza a soplar

Mantén la calma
y llámame en voz alta
pronto me escucharás golpeando a tu puerta

Tu solo grita mi nombre
y tu sabes que donde sea que esté
vendré corriendo a verte otra vez
Invierno, primavera, verano o otoño
todo lo que tienes que hacer es llamar
y estaré ahí
¿No es bueno saber que tienes un amigo?

Cuando la gente puede ser tan fría
te lastimarán y te abandonarán
y se llevarán tu alma si los dejas
oh, pero no los dejes

Tu solo grita mi nombre
y tu sabes que donde sea que esté
vendré corriendo a verte otra vez
Invierno, primavera, verano o otoño
todo lo que tienes que hacer es llamar
y estaré ahí
Tienes un amigo

¿No es bueno saber que tienes un amigo?

Carole King

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Matrimonios vegetarianos

Matrimonios vegetarianos

El “Weekly Advertíser” de Londres, es un periódico famoso por sus anuncios matrimoniales. Columna tras columna, en páginas enteras, hombres y mujeres de todas edades, colores, estaturas y condiciones económicas y sociales se ofrecen como si fueran automóviles de segunda mano o solicitan contraer matrimonio con personas de determinadas características. Hace unos días, por ejemplo, apareció el siguiente aviso:

“Vegetariano, rubio de treinta y cinco años de edad, contraería matrimonio con vegetariana morena de veinticinco”.

Nosotros no somos vegetarianos, y Dios mediante nunca esperamos serlo, pero ello no significa que no le tengamos gran consideración a los partidarios de las legumbres cocidas. En primer lugar, porque todas las convicciones sinceramente sentidas nos merecen respeto, y en segundo, porque entre más vegetarianos haya en el mundo, más filetes nos tocarán a los carnívoros.

Consecuentemente, hemos visto con gran simpatía el anuncio del vegetariano rubio que desea contraer matrimonio con una vegetariana morena, puesto que es síntoma de que se reproducirá la especie, y no sólo por proselitismo. Uno de los grandes problemas con que siempre han tropezado los vegetarianos, aparte del de no encontrar zanahorias hervidas en un momento determinado, es el de hallar pareja adecuada.

Se puede pensar que en el caso de un matrimonio mixto, en que el marido sea vegetariano y la mujer no, bastará con que cada uno de los cónyuges siga su propio régimen alimenticio para que todo esté arreglado. Pero no. Si el esposo, por ejemplo, ve a su mujer comiéndose un suculento solomillo o unas chuletas de puerco y piensa sincera y honradamente que la señora se está envenenando, ¿puede reprochársele que intente llevarla por el buen camino, tratando de convencerla de que sólo las lechugas son saludables? Y si, por complacerlo, a la esposa carnívora le dan vértigos de debilidad al cabo de una semana de no comer más que acelgas y colecitas de Bruselas, ¿se le puede censurar que se rebele contra los propósitos de su marido, de convertirla al vegetarianismo, y acabe tirándole una remolacha a la cabeza?

La diferencia de convicciones sobre la nutrición puede constituir un semillero de discordias en el matrimonio. Aparte de los agarrones cada vez que la pareja se sienta a la mesa, llegado el momento de la crianza y educación de los hijos se tropezará con el problema de si debe dárseles manzana rallada o carne picada, coliflor hervida o caldito de pollo. El padre vegetariano que encuentra a su hijo royendo un hueso y se lo quita de un manotazo, crea en el niño un tremendo complejo, ya que el chiquillo irá a refugiarse con su madre, y ésta -que fue quien le dio la pata de pollo en primer lugar- se pondrá de su parte y en contra del marido, con más encono cuanto cabe suponer que la señora ya estará hasta la coronilla de verdolagas y calabacitas. La criatura crecerá con una terrible confusión psicológica y alimenticia, y al cabo de los años a la mejor se convierte en antropófago por reacción neurótica, empezando por merendarse a su propio padre vegetariano. Con su poquito de sal y pimienta, pues estará medio desabrido.

En cambio, cuando ambos cónyuges son vegetarianos, se asegura una coincidencia básica. Luego podrán venir las diferencias superficiales que son la salsa de todo matrimonio, pero lo fundamental ya estará conseguido: vegetariano él, y vegetariana ella. Ambos completamente convencidos de los daños que acarrean al organismo humano el lomo de ternera y los tacos de buche, y del bien que, en cambio, le produce el chayote. Los dos seguros de que la longaniza es un veneno, y que no hay mejores entremeses que unas rebanadas de [jitomate con sus trocitos de apio…

De este modo no habrá discusiones en la mesa, y el rubio y la morena del anuncio podrán contemplarse con ternura por encima de un humeante plato de coliflores cocidas, sin discrepancias sustanciales que enturbien su vegetariana felicidad.

Marco A. Almazán

Al-Ma’arri by Kahlil Gibran

Ya no le robo a la naturaleza

Estás enfermo en entendimiento y religión.
Ven a mí, puede que escuches alguna verdad profunda.
No comas injustamente los peces que el agua ha entregado,
y no desees como comida al cuerpo de animales matados,
O la blanca leche de las madres que intentaron dar sus nobles tragos a sus bebés, no las nobles damas.
Y no aflijas a las confiadas aves tomando sus huevos;
pues la injusticia es el peor de los crímenes.
Y prescinde de la miel que laboriosamente extraen las abejas
de las flores de plantas perfumadas;
porque ellas no la guardan para que pueda pertenecer a otros,
ni la comparten para que sirvan de recompensa o regalos.
Lavé mis manos de todo esto; y ojalá
hubiera percibido mi camino antes
de ver mi pelo encanecer.  

Al-Ma’arri

Poeta árabe medieval Abu ‘L’Ala Ahmad ibn ‘Abdallah al-Ma’arri, conocido como Al-Ma’arri. Nació en el año 973 y murió en el 1057. Era ciego.

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El taparabos

Lo malo es que la mayoría equipara la felicidad con conseguir el objeto de su apego, y no quiere saber que la felicidad está precisamente en la ausencia de los apegos, y en no estar sometido al poder de ninguna persona o cosa. Anthony de Mello

B.K.S. Iyengar

El taparabos

Un gurú quedó tan impresionado por el progreso espiritual de su discípulo que, pensando que ya no necesitaba ser guiado, le permitió independizarse y ocupar una pequeña cabaña a la orilla del río.

Cada mañana, después de efectuar sus abluciones, el discípulo ponía a secar su taparrabos, que era su única posesión. Pero un día quedó consternado al comprobar que las ratas lo habían hecho trizas. De manera que tuvo que mendigar entre los habitantes de la aldea para conseguir otro. Cuando las ratas también destrozaron éste, decidió hacerse con un gato, con lo cual dejó de tener problemas con las ratas, pero, además de mendigar para su propio sustento, tuvo que hacerlo para conseguir leche para el gato.

“Eso de mendigar es demasiado molesto”, pensó, “y demasiado oneroso para los habitantes de la aldea. Tendré que hacerme con una vaca”. Y cuando consiguió la vaca, tuvo que mendigar para conseguir forraje. “Será mejor que cultive el terreno que hay junto a la cabaña”, pensó entonces. Pero también aquello demostró tener sus inconvenientes, porque le dejaba poco tiempo para la meditación. De modo que empleó a unos peones que cultivaran la tierra por él. Pero entonces se le presentó la necesidad de vigilar a los peones, por lo que decidió casarse con una mujer que hiciera esa tarea. Naturalmente, antes de que pasara mucho tiempo se había convertido en uno de los hombres más ricos de la aldea.

Años más tarde, acertó a pasar por allí el gurú, que se sorprendió al ver una suntuosa mansión donde antes se alzaba la cabaña. Entonces le preguntó a uno de los sirvientes: “¿No vivía aquí un discípulo mío?

” Y antes de que obtuviera respuesta, salió de la casa el propio discípulo. “¿Qué significa todo esto, hijo mío?”, preguntó el gurú.

“No va usted a creerlo, señor”, respondió éste, “pero no encontré otro modo de conservar mi taparrabos”.

Así crecen las organizaciones espirituales.

Anthony de Mello. en su libro “La oración de la rana «.

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Los hijos infinitos

Tú eres el arco del cual tus hijos,
como flechas vivas,
son lanzados.
Deja que la inclinación,
en tu mano de arquero,
sea para la felicidad.

Khalil Gibran

Maternidad (1952) obra del pintor jienense Rafael Zabaleta Fuentes.

Los hijos infinitos

Cuando se tiene un hijo,

se tiene al hijo de la casa y al de la calle entera,

se tiene al que cabalga en el cuadril de la mendiga

y al del coche que empuja la institutriz inglesa

y al niño gringo que carga la criolla

y al niño blanco que carga la negra

y al niño indio que carga la india

y al niño negro que carga la tierra.

Cuando se tiene un hijo, se tienen tantos niños

que la calle se llena

y la plaza y el puente

y el mercado y la iglesia

y es nuestro cualquier niño cuando cruza la calle

y el coche lo atropella

y cuando se asoma al balcón

y cuando se arrima a la alberca;

y cuando un niño grita, no sabemos

si lo nuestro es el grito o es el niño,

y si le sangran y se queja,

por el momento no sabríamos

si el ¡ay! es suyo o si la sangre es nuestra.

Cuando se tiene un hijo, es nuestro el niño

que acompaña a la ciega

y las Meninas y la misma enana

y el Príncipe de Francia y su Princesa

y el que tiene San Antonio en los brazos

y el que tiene la Coromoto en las piernas.

Cuando se tiene un hijo, toda risa nos cala,

todo llanto nos crispa, venga de donde venga.

Cuando se tiene un hijo, se tiene el mundo adentro

y el corazón afuera.

Y cuando se tienen dos hijos

se tienen todos los hijos de la tierra,

los millones de hijos con que las tierras lloran,

con que las madres ríen, con que los mundos sueñan,

los que Paul Fort quería con las manos unidas

para que el mundo fuera la canción de una rueda,

los que el Hombre de Estado, que tiene un lindo niño,

quiere con Dios adentro y las tripas afuera,

los que escaparon de Herodes para caer en Hiroshima

entreabiertos los ojos, como los niños de la guerra,

porque basta para que salga toda la luz de un niño

una rendija china o una mirada japonesa.

Cuando se tienen dos hijos

se tiene todo el miedo del planeta,

todo el miedo a los hombres luminosos

que quieren asesinar la luz y arriar las velas

y ensangrentar las pelotas de goma

y zambullir en llanto ferrocarriles de cuerda.

Cuando se tienen dos hijos

se tiene la alegría y el ¡ay! del mundo en dos cabezas,

toda la angustia y toda la esperanza,

la luz y el llanto, a ver cuál es el que nos llega,

si el modo de llorar del universo

el modo de alumbrar de las estrellas.

Andrés Eloy Blanco Meaño, Giraluna (1955)

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La cabeza del Rawí

¡Día de dolor
aquel en que vuela
para siempre el ángel
del primer amor!

Rubén Darío

La cabeza del Rawí

(Cuento oriental)

A Emelina.

I

¿Cuentos quieres, niña bella?

Tengo muchos que contar:

de una sirena de mar,

de un ruiseñor y una estrella,

de una cándida doncella

que robó un encantador,

de un gallardo trovador

y de una odalisca mora,

con sus perlas de Bassora

y sus chales de Lahor.

II

Cuentos dulces, cuentos bravos,

de damas y caballeros,

de cantores y guerreros,

de señores y de esclavos;

de bosques escandinavos

y alcázares de cristal;

cuentos de dicha inmortal,

divinos cuentos de amores

que reviste de colores

la fantasía oriental.

III

Dime tú: ¿de cuáles quieres?

Dicen gentes muy formales

que los cuentos orientales

les gustan a las mujeres;

así, pues, si eso prefieres

verás colmado tu afán,

pues sé un cuento musulmán

que sobre un amante versa,

y me lo ha contado un persa

que ha venido de Hispahán.

IV

Enfermo del corazón

un gran monarca de Oriente,

congregó inmediatamente

los sabios de su nación;

cada cual dio su opinión,

y sin hallar la verdad

en medio de su ansiedad,

acordaron en consejo

llamar con presura a un viejo

astrólogo de Bagdad.

V

Emprendió viaje el anciano;

llegó, miró las estrellas;

supo conocer en ellas

las cuitas del soberano;

y adivinando el arcano

como viejo sabidor,

entre el inmenso estupor

de la cortesana grey,

le dijo al monarca: !Oh Rey!

Te estás muriendo de amor.

VI

Luego, el altivo monarca,

con órdenes imperiosas

llama a todas las hermosas

mujeres de la comarca

que su poderío abarca;

y ante el viejo de Bagdad,

escoge su voluntad

de tanta hermosura en medio,

la que deba ser remedio

que cure su enfermedad.

VII

Allí ojos negros y vivos;

bocas de morir al verlas,

con unos hilos de perlas

en rojo coral cautivos;

allí rostros expresivos;

allí como una áurea lluvia,

una cabellera rubia;

allí el ardor y la gracia,

y las siervas de Circasia

con las esclavas de Nubia.

VIII

Unas bellas, adornadas

con diademas en las frentes,

con riquísimos pendientes

y valiosas arracadas;

otras con telas preciadas

cubriendo su morbidez;

y otras, de marmórea tez,

bajas las frentes y mudas,

completamente desnudas

en toda su esplendidez.

IX

En tan preciada revista,

ve el Rey una linda persa

de ojos bellos y piel tersa,

que al verle baja la vista;

el alma del Rey conquista

con su semblante la hermosa,

y agitada y ruborosa

tiembla llena de temor

cuando el altivo Señor

le dice: Serás mi esposa.

X

Así fue. La joven bella

de tez blanca y negros ojos,

colmó los reales antojos

y el Rey se casó con ella.

¿Feliz, dirás, tal estrella,

Emelina? No fue así:

no es feliz la Reina allí

la linda persa agraciada,

porque ella está enamorada

de Balzarad el rawí.

XI

Balzarad tiene en verdad

una guzla en la garganta,

guzla dúlcida que encanta

cuando canta Balzarad.

Viole un día la beldad

y oyó cantar al rawí;

de sus labios de rubí

brotó un suspiro temblante…

Y Balzarad fue el amante

de la celestial hurí.

XII

Por eso es qué triste se halla

siendo del monarca esposa,

y el tiempo pasa quejosa

en una interior batalla.

Del Rey la cólera estalla,

y así le dice una vez:

—Mujer llena de doblez:

di si amas a otro, falaz.

Y entonces de ella en la faz

surgió vaga palidez.

XIII

Sí, le dijo, es la verdad;

de mi destino es la ley:

yo no puedo amarte, ¡Oh Rey!

porque adoro a Balzarad.

El Rey, en la intensidad,

de su ira, entonces, calló;

mudo, la espalda volvió;

más se vía en su mirada

del odio la llamarada,

la venganza en que pensó.

XIV

Al otro día la hermosa

de parte de él recibió

una caja que la envió

de filigrana preciosa;

abriola presto curiosa

y lanzó, fuera de sí,

un grito; que estaba allí

entre la caja, guardada,

lívida y ensangrentada

la cabeza del rawí.

XV

En medio de su locura

y en lo horrible de su suerte,

avariciosa de muerte

ponzoñoso filtro apura.

Fue el Rey donde la hermosura,

y estaba allí la beldad

fría y siniestra, en verdad,

medio desnuda y ya muerta,

besando la horrible y yerta

cabeza de Balzarad.

XVI

El Rey se puso a pensar

en lo que la pasión es,

y poco tiempo después

el Rey se volvió a enfermar.

Rubén Darío, Epístolas y poemas (1885)

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Tú eres el milagro más grande del mundo

“Date cuenta de que la verdadera felicidad reside en tu interior. No malgastes tiempo y esfuerzo buscando la paz, alegría y gozo en el mundo exterior. Recuerda que no hay felicidad en tener o en conseguir, sino solo en dar. Comparte, sonríe, abraza.” Og Mandino

Roble Gordo o de las Palomas, declarado como Árbol Singular de La Rioja, de 15 metros de altura, perímetro de casi 7 metros y una antigüedad estimada de 600 años, siendo considerado como el de mayor tamaño de La Rioja.

Tú eres el milagro más grande del mundo

¿Estás ciego? ¿Sale y se mete el Sol sin que tú lo atestigües? No. Puedes ver, y los cien millones de receptores que deposité en tus ojos te permiten gozar de la magia de una hoja, de un copo de nieve, de un estanque, una águila, un niño, una nube, una estrella, una rosa, el arco iris… y la mirada del amor. Anota un don.

¿Estás sordo? ¿Puede reír o llorar un bebé sin que te des cuenta? No. Puedes oír, y los veinticuatro mil filamentos que puse en cada uno de tus oídos vibran con el viento de la arboleda, con las mareas que chocan contra las rocas, con la majestuosidad de una ópera, con el canto del petirrojo, con el juego de los niños y con la palabra te amo. Anota otro don.

¿Eres mudo? ¿Se mueven tus labios y sólo emiten saliva? No. Puedes hablar. Ninguna otra de mis criaturas puede hacerlo y tus palabras pueden calmar al enojado, animar al abatido, estimular al cobarde, alegrar al triste, acompañar al solitario, premiar al valeroso, alentar al vencido, enseñar al ignorante y decir te amo. Anota otro don.

¿Estás paralítico? ¿Ocasiona tu invalidez que te despojen de tu tierra? No. Te puedes mover. No eres un árbol condenado a una pequeña porción de tierra, mientras el mundo y el viento abusan de ti. Puedes pasear, correr, bailar y trabajar, ya que dentro de tu ser he diseñado quinientos músculos, doscientos huesos y siete mil nervios que están sincronizados para obedecerte. Anota otro don.

¿Es débil tu corazón? ¿Tiene que luchar y esforzarse para mantenerte con vida? No. Tu corazón es fuerte. Pon tu mano sobre el pecho y siente su ritmo, bombeando hora tras hora, día y noche, treinta y seis millones de latidos al año, año tras año, despierto o dormido, impulsando la sangre a través de cien mil kilómetros de venas y arterias, llevando más de dos millones de litros de sangre al año. El hombre jamás fue creado como una máquina. Anota otro don.
¿Está envenenada tu sangre? ¿Está diluida por el agua y la supuración?

¿Eres retrasado mental? ¿No puedes pensar por ti mismo? No

Dentro de tu ser existe la suficiente fuerza atómica para destruir cualquiera de las grandes naciones del mundo…, y para reconstruirla… Eres una creación única en el mundo.

Mírate, piensa en las elecciones que has hecho en tu vida y recuerda ahora aquellos momentos amargos en los que caerías de rodillas, si tan sólo tuvieras la oportunidad de elegir nuevamente.

Lo pasado, pasado está. Por eso, usa sabiamente tu poder de elección:
Elige amar, en lugar de odiar.
Elige reír, en lugar de llorar.
Elige crear, en lugar de destruir.
Elige perseverar, en lugar de renunciar.
Elige alabar, en lugar de criticar.
Elige curar, en lugar de herir.
Elige dar, en lugar de robar,
Elige bendecir, en lugar de blasfemar.
Elige vivir, en lugar de morir…

Nunca te menosprecies. No te rebajes por las cosas insignificantes de la vida. ¡Nunca ocultes tus talentos de ahora en adelante! Y recuerda que eres el milagro más grande del mundo.

Og Mandino

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Lo que lleva el Rey Baltasar

Adoración de los Reyes. Altorrelieve hispano-flamenco tallado en Amberes en 1554 en estilo romanista. En un pequeño,pero bello retablo, en cuya predela, se guardan 4 cráneos enfundados de santos no identificados, de la Capilla de los Reyes de la Concatedral de Santa María de la Redonda (Logroño). Fotografía de J.L. Soba.

Lo que lleva el Rey Baltasar

«Los tres reyes han salido de sus palacios. Los tres son viejecitos. El rey Melchor es alto, con una barba blanca, con sus ojos azules, con sus anteojos de oro. El rey Baltasar es bajo, un tantico encorvado, con un bigote largo y una perilla más larga todavía. El rey Gaspar no usa nada en la cara; va afeitado, pulcro, correcto, pero su nariz cae un poco en gancho sobre la boca, y en la comisura de sus labios hay algo como una sonrisa equívoca, inquietante, como una ironía vaga, desconsoladora. Yo os digo desde este instante, pequeños amigos míos, que no perdáis de vista a este viejecito….

Los tres reyes van caminando durante la noche por un camino largo; las estrellas brillan, serenas, rutilantes, en la bóveda negra; abajo, en la tierra, tal vez en la lejanía remota, se oye un grito perdido o se ve el resplandor incierto de una lucecita. Esta lucecita indica una ciudad. Los reyes han llegado ya a esta ciudad. Ya van a detenerse ante las casas; ya van a meter las manos en sus grandes arcaces; ya van a dejar en los balcones sus dádivas ansiadas. Pero los tres se detienen un momento antes de penetrar en la ciudad. Antes ya lo habréis oído contar-, estos reyes eran muy ricos y les ponían regalos a todos los niños de todas las casas, de todas las ciudades; pero el tiempo ha corrido mucho; las circunstancias han cambiado mucho para los reyes, y estos tres excelentes monarcas, a fuerza de prodigar sus dones, han venido a ver grandemente mermado su caudal. Quiero deciros que Gaspar, que Baltasar y que Melchor se ven todos los años en el terrible compromiso de no dejar sus recuerdos preciosos si no a tales o cuales niños que el azar les designa.

Los tres reyes se han detenido a las puertas de la ciudad. Melchor, el de la barba blanca y los ojos azules -no creáis a quien os lo pinta con la tez negra-, tiene delante de sí una gran arca, que él ha abierto para inspeccionar qué es lo que queda en ella. Baltasar, el de la perilla y el bigote -reíros de los que os lo representan de otro modo-, tiene también su arca, y en ella, con el mismo fin, ha hecho su recuento. Gaspar, pequeños amigos míos, no tiene arca, no tiene equipaje, no tiene ningún camello, ni caballo, ni asno en que llevar lo que ha de regalar a los niños, pero tiene una nariz un poco encorvada y unos labios que expresan una ironía suave, vaga, inquietadora.

Los tres reyes han hecho ya su arqueo y se disponen a entrar en la ciudad. Como van siendo ya pobres, ellos no llenan las cestas que hay en todos los balcones, si no que, según la comodidad o el capricho, dejan sus mercedes y regalos en unos -que son pocos- y pasan de largo ante otros -que son muchos-. He de deciros que, para que sean más los niños favorecidos, los tres reyes han convenido, no en donar los tres sus regalos a todos los niños elegidos, si no en que cada uno haga su donación a cada niño. Y así, de tarde en tarde, Melchor se para delante de una casa y abre su arcón; luego deja en la ventana su dádiva. Lo que este rey de la barba blanca regala se llama: Inteligencia. Al cabo de un largo rato, Baltasar se detiene ante otra casa y mete la mano en su tesoro; después pone su dádiva en la ventana. Lo que este rey del bigote y de la perilla dona tiene por nombre: Bondad.

Y solo este histórico rey Gaspar, este rey de la nariz picuda y de los labios apretados, sólo este rey pasa, y pasa, y pasa ante los balcones y no se detiene si no ante uno, o dos, o tres de cada ciudad. Y ¿qué es lo que hace entonces el rey Gaspar?. ¿Qué es lo que regala este rey?. ¿Por qué es tan sórdido, tan avaro, tan riguroso en sus regalos?. Todo el tesoro de este rey está en una diminuta caja de plata que él lleva en uno de los bolsillos de su levita -no olvidad que los reyes usan ahora levita-. Cuando Gaspar se detiene ante un balcón, allá, muy de tarde en tarde, él echa mano de su pequeña caja, la abre con cuidado y pone su donativo en el balcón. No es nada lo que ha puesto; es una cosa insignificante; es como humo que se disipa al menor viento; pero este niño favorecido con tal regalo gozará de él durante toda su vida y no se separarán de él ni la felicidad ni la alegría.

El rey Gaspar ha depositado ya su regalo. Sus ojos verdes -no os he dicho antes que eran verdes- brillan fosforescentes; su nariz parece que baja más sobre la boca, y en los labios se dibuja con más profundidad su ironía vaga. Acercaos, pequeños amigos míos; yo os quiero decir lo que el rey Gaspar lleva en su caja. Sobre la tapa, con letras diminutas, pone: Ilusiones.

Azorín (José Martínez Ruiz)

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20 sabios consejos de los nativos americanos

Antes de juzgar a alguien, camina 3 lunas con sus mocasines”. Proverbio Sioux

        Elsie Vance Chestuen, Joven Chiricahua Apache (1873-1898) 

20 sabios consejos de los nativos americanos

1. Levántate con el sol para orar. Ora sol@. Ora frecuentemente. El Gran Espíritu te oirá, ciertamente, si le hablas.

2. Sé tolerante con aquellos que han perdido el camino. La ignorancia, la presunción, la ira, los celos y la avaricia o la codicia, provienen de un alma perdida. Ora para que ellos encuentren guía.

3. Búscate a ti mismo, por tus propios medios. No permitas que otros hagan tu camino por ti. Es tu senda, y sólo tuya. Otros pueden caminar contigo, pero nadie puede andar el camino por ti.

4. Trata a los huéspedes en tu casa con mucha consideración. Sírveles la mejor comida, dales la mejor cama y trátalos con respeto y honor.

5. No tomes lo que no es tuyo, sea de una persona, una comunidad, de la selva o de una cultura. No fue dado ni ganado. No es tuyo.

6. Respeta todas las cosas que están sobre esta tierra, sean personas, animales o plantas.

7. Honra los pensamientos, deseos y palabras de todas las personas. Nunca los irrumpas, ni te burles de ellos, ni los imites de manera grosera. Permite a cada persona el derecho a su expresión personal.

8. Nunca hables de los demás de mala manera. La energía negativa que pones en el universo se multiplicará cuando retorne a ti.

9. Todas las personas comenten errores. Y todos los errores pueden ser perdonados.

10. Malos pensamientos causan enfermedad a la mente, al cuerpo y al espíritu. Practica el optimismo.

11. La naturaleza no es PARA nosotros. Es PARTE de nosotros. Ella es parte de tu familia y de tu mundo.

12. Los niños son las semillas de nuestro futuro. Siembra amor en sus corazones y riégalos con sabiduría y lecciones de vida. Cuando crezcan, dales espacio para crecer.

13. Evita herir los corazones de los demás. El veneno de tu sufrimiento retornará a ti.

14. Sé verdadero y honesto todo el tiempo. La honestidad es la prueba de la voluntad de uno en este universo.

15. Consérvate balanceado. Tú persona Mental, tú persona Espiritual, tú persona Emocional, y tú persona Física: todas tienen la necesidad de ser fuertes, puras y saludables. Ejercita al cuerpo para fortalecer la mente. Crece mucho espiritualmente para curar enfermedades emocionales.

16. Toma decisiones conscientes acerca de quién serás y acerca de cómo reaccionarás. Sé responsable de tus propios actos.

17. Respeta la privacidad y el espacio personal de los demás. No toques la propiedad personal de los demás, especialmente los objetos sagrados y los objetos religiosos. Esto está prohibido.

18. Sé verdadero ante ti mismo primero que todo. No puedes nutrir y ayudar a otros si no puedes nutrirte y ayudarte a ti mismo primero.

19. Respeta las creencias religiosas de los demás. No impongas en los demás tus propias creencias.

20. Comparte tu buena fortuna con los demás. Participa de la caridad y se generoso.

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Cavaco

Hoy comparto un relato de Miguel Torga, seudónimo de Adolfo Correia da Rocha (1907- 1995), novelista, articulista y poeta portugués, que espero os saque a flote tantas emociones como a mi. J.L.Soba

Cavaco

El Ronda era el hombre más pobre de Vilele. Pero le dio tal alegría saber que a Julio, su hijo, le habían dado sobresaliente en su primer examen escolar que le juró por su alma que le regalaría algo por Navidad. El muchacho oyó la promesa con desconfianza. A pesar de sus diez años, ya conocía la vida. ¡Un regalo, cuando ni siquiera tenían dinero para borona! De todos modos, y por si acaso, no dejó enfriar el asunto, y ya en diciembre, la víspera de la feria mensual del día veintitrés, se decidió a preguntarle a su padre:

-¿Sigue pensando en ir a la Vila?

-Sí.

-¿Y va a traerme el regalo?

-¡Claro!

Se hizo un silencio. Habían cenado sopa de coles y castañas cocidas. Nada más. Hacía una noche de perros. Sobre el tejado caían cortinas de agua. Y como la casa era de piedra suelta y teja hueca y estaba llena de rendijas, el viento, que parecía el diablo, soplaba húmedo sobre la llama del candil, que se retorcía toda, y desaparecía por debajo de la puerta como un fantasma. Pero como en la lumbre estaba ardiendo corteza de castaño y su padre le había asegurado tan firmemente que cumpliría su promesa, todo parecía tener un color dorado de abundancia y bienestar.

-¿Qué va a ser el regalo?

-No te lo voy a decir…

-¡Dígamelo!

Tuvo que intervenir la madre y dar la conversación por terminada con las oraciones y la cama.

-Infinitas gracias te sean dadas, Señor y Dios mío…

Las palabras salían de su boca, límpidas, cálidas, solemnes. Y el chiquillo, que ya había oído esa cantinela miles de veces, y cayéndose siempre de sueño, se despabiló para intentar comprender el sentido íntimo de cada invocación.

-A san Andrés Avelino, para que nos libre de una mala muerte…

Padre e hijo respondían a una:

-Padrenuestro que estás en los cielos…

-A san Bartolomé, para que nos libre de las tentaciones del demonio, de los malos vecinos, de los momentos difíciles…

-Padrenuestro…

A pesar de todo, la atención del pequeño no tardó en cansarse. Al tercer misterio su voz vacilaba, y en la Salve, bóveda del solemne rito, dormía como un tronco.

Ya iba a desplomarse sobre el banco de la cocina, cuando el amén definitivo le hizo volver a la vida. Abrió los párpados con todas sus fuerzas y consiguió dirigir la mirada hacia su padre, para hacerle una última pregunta.

-¿De verdad que me lo va a traer? ¿De verdad?

Pero su madre no dejó que le arrancase la confirmación deseada. Lo cogió por el brazo y, adormilado, lo levantó, lo llevó casi a rastras hasta la habitación, y poco después Julio caía en un sueño profundo, entoldado únicamente por la incertidumbre con que se había quedado dormido.

Por la mañana, cuando se despertó, el padre ya había salido. La Vila estaba a tres leguas y la feria comenzaba temprano. Entonces se fue a atar la cabra, con una preocupación sabrosa, tibia, que le hacía detenerse morosamente en todas las encrucijadas, extasiado ante las zarzas y las piedras.

-Muchacho, andas como atontado…

Su madre no podía comprender lo que para él significaba recibir un regalo: extender la mano y ver en ella, en lugar del plato de sopa habitual, algo inesperado y gratuito, que representaba la irrealidad de la riqueza en la realidad de una pobreza tangible. Por eso se enfadó cuando vio que hacía ascos a la sota de maíz del desayuno y que al mediodía no comía más que una sardina.

¡Vaya por Dios! ¡Solo le faltaba que el crío se le pusiese enfermo!, ¡tener en casa una boquita escogida que desdeñase lo que había para comer!

¡Pobrecilla! Lo quería mucho… Solo que… ¡Era tan fácil de entender!

Cuando la noche empezó a caer del lado de san Cibrão, cansado ya de vigilar el camino viejo por el que, desde que el mundo es mundo, se regresaba de la Vila, le pidió a su madre que le dejase ir a esperar a su padre. Solo hasta la Castanheira. ¡Que si no se daba cuenta de la niebla que había! ¡Que si no había oído el toque de ánimas! ¡Que fuese bueno!

Se quedó mirando a su madre. ¡Tanto como lo quería y ahora no era capaz de entenderlo!
Se resignó. Se quedaría allí hasta que su padre asomase por la Silveirinha. Y en cuanto lo viera, ¡pies para qué os quiero! Pero, ¿qué sería el regalo? ¿Qué sería?

La niebla, que no cubría más que el monte de san Romão cuando su madre le había hecho la advertencia, se posaba ahora espesa y húmeda sobre el pueblo. Y con ella también había llegado la noche.

Desde la puerta solo se veía la oscuridad. Además, a la lluvia se había unido el viento y el frío para helarlo todo. Estaba tiritando y se acercó a la lumbre.

-Padre se está atrasando…

-En ir a la Vila y volver todavía se tarda…

Se notaba que ella también estaba inquieta. ¿No sería que, al igual que él, estaba esperando un regalo?

Ya era noche cerrada. Ahora estaba lloviendo a cántaros. Por las grietas de la casa el viento iba dando puñaladas traicioneras.

-¡Ay Dios mío!

El lamento de la madre terminó de llenar la cocina, ya inundada de humo.

-¡Qué noche! ¡Y ese hombre por ahí!

Se quedó mirándola con los ojos enrojecidos por la hoguera de leña verde.

De repente, a la idea del regalo que le había acompañado alegremente durante todo el día, se unió otra, triste, imprecisa, que le daba miedo.

-También ha ido el tío Adriano, ¿no?

-Sí.

Se hizo de nuevo el silencio entre ellos. Pero duró poco.

-Cena y vete a dormir, que ya es hora…

-¡Yo quería esperar a padre!

-Cena y vete a dormir…

A pesar de que su madre le obligaba no pudo tragarse la sopa ni, ya en la cama, podía quedarse dormido. La oía llorar en la oscuridad y oía cómo martilleaban en el tejado las gotas de lluvia gruesas y pesadas.

Súbitamente oyó pasos en el huerto. ¡Por fin! ¡Era su padre! ¿Qué sería el regalo?

El que llegaba golpeó la puerta suavemente y llamó a la madre en voz baja:

-María…

-¿Quién es? -preguntó la madre.

-Soy yo, Adriano…

Le dio un vuelco el corazón. ¿Así que el tío Adriano había regresado solo? Aguzó el oído, como un animalito asustado.

Y así se enteró de que, en una reyerta, habían matado a su padre de una puñalada y que allí se había quedado, tirado en el suelo, junto a un cavaco que traía para él.

Miguel Torga, en su libro “Cuentos de la montaña”, 1941

Cavaco. Nombre de una pequeña guitarra de cuatro cuerdas portuguesa. Instrumento musical de cuerda pulsada parecido a la guitarra, pero de menor tamaño y de cuatro cuerdas, que produce sonidos muy agudos. 

Es curioso observar cómo el regalo que espera el niño protagonista es el mismo que el autor, que también procedía de una familia muy humilde, recibió de pequeño, como dejó escrito en su  Diario: “Cuando hice el examen para acceder al cuarto grado y quedé destacado, mi padre, un pobre labrador muy sensible, lloró de alegría y me compró un cavaquiño en el bazar de “Três Vinténs”. Fue el primer regalo que recibí…”

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