Los panes negros

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Los panes negros

xeeds2n aquel tiempo, Nicolás Nerli era banquero en la noble ciudad de Florencia. A la hora de tercia se encontraba ya sentado ante su pupitre, y a la hora de nona aún estaba allí sentado, haciendo cuentas todo el día en sus tablillas. Nicolás Nerli prestaba dinero al Emperador y al Papa. Y si no le prestaba dinero al diablo era porque temía hacer malos negocios con el que nombramos el Maligno y que no carece de artimañas.

Era audaz y desconfiado. Había adquirido grandes riquezas y despojado a mucha gente. Por ello era respetado en la ciudad de Florencia. Vivía en un palacio en el que la luz que Dios creó no entraba sino por estrechas ventanas; eso era por prudencia, pues la mansión de un rico debe ser como una ciudadela y los que poseen grandes bienes hacen bien en defender por la fuerza lo que han adquirido por la astucia.

El palacio de Nicolás Nerli se encontraba pues provisto de rejas y cadenas. En su interior, los muros estaban decorados con pinturas de expertos maestros que habían representado en ellas las Virtudes como mujeres, los patriarcas, los profetas y los reyes de Israel. Los tapices expuestos en las habitaciones ofrecían a la vista las historias de Alejandro y de Tristán tal como las cuentan en los libros. Nicolás Nerli hacía brillar su riqueza en toda la ciudad por medio de fundaciones piadosas.

Había mandado construir un hospital en la zona de extramuros cuyo friso, esculpido y pintado, representaba las acciones más honorables de su vida; en reconocimiento por las sumas de dinero que había donado para acabar Santa María la Nueva, su retrato se hallaba expuesto en el coro de esta iglesia. Se le veía en él arrodillado, con las manos juntas, a los pies de la Santísima Virgen. Se le reconocía por su gorro de lana roja, su abrigo forrado, su rostro rollizo y sus ojillos despiertos. Su buena esposa, Mona Bismantova, con expresión honesta y triste, que se podría pensar que jamás nadie hubiera obtenido de ella algún placer, se hallaba al otro lado de la Virgen, en humilde actitud orante. Aquel hombre era uno de los primeros ciudadanos de la República; como no había hablado jamás mal de las leyes y no se preocupaba en absoluto de los pobres ni de aquellos a los que los poderosos del momento condenan a pagar multas o al exilio, no había disminuido nada, en la opinión de los magistrados, la estima que había adquirido a sus ojos por su gran riqueza.

Una noche de invierno, al regresar a su palacio algo más tarde de lo habitual, fue rodeado ante el umbral de su puerta por un grupo de mendigos medio desnudos que le tendían la mano. Los apartó con duras palabras. Pero el hambre hace a los hombres ariscos y osados como los lobos: formaron un círculo a su alrededor y le pidieron pan con voz quejumbrosa y ronca. Estaba inclinándose ya para recoger piedras y lanzárselas, cuando vio llegar a uno de sus criados que llevaba sobre la cabeza una cesta de panes de centeno, destinados a los empleados de las cuadras, de la cocina y de los jardines.

Hizo una señal al de los panes para que se acercara, y, sacándolos de la cesta con ambas manos, les arrojó los panes a los menesterosos. Luego, entró en su casa, se acostó y se quedó dormido. Mientras dormía, sufrió un ataque de apoplejía y murió tan de repente que creía que se encontraba aún en su lecho cuando vio, en un rincón oscuro, a San Miguel iluminado por el resplandor que irradiaba de su propio cuerpo. El arcángel, con la balanza en la mano, estaba cargando los platillos. Al reconocer en el platillo que pesaban más las joyas de las viudas que guardaba como fianza, la multitud de recortes de escudos indebidamente retenidos y algunas piezas de oro muy bellas, que sólo él poseía y que había adquirido por usura o por fraude, Nicolás Nerli reconoció que era su vida, ya finalizada, lo que san Miguel estaba pesando en su presencia. Miró atento y preocupado.

-Señor San Miguel -le dijo-, si ponéis en un platillo todas las ganancias que he obtenido en mi vida, colocad en el otro, os lo ruego, las hermosas fundaciones con las que he puesto de manifiesto mi piedad. No olvidéis la cúpula de Santa María la Nueva a la que contribuí financiando la tercera parte, ni el hospital de extramuros, que he construido por completo con mi dinero.

-No temáis, Nicolás Nerli -respondió el arcángel-. No me olvidaré de nada.

Y con sus manos gloriosas colocó en el otro platillo la cúpula de Santa María la Nueva y el hospital con el friso esculpido y pintado. Pero el platillo no se movió. El banquero sintió gran inquietud.

-Señor san Miguel -dijo de nuevo-, buscad bien. No habéis colocado en ese platillo de la balanza ni mi hermosa pila del agua bendita de San Juan, ni el púlpito de San Andrés, en donde está representado el bautismo del Nuestro Señor a tamaño natural. Es una obra que me costó muy cara.

El arcángel colocó el púlpito y la pila encima del hospital en el platillo, que tampoco se movió. Nicolás Nerli empezó a notar que su frente se inundaba de un sudor frío.

-Señor arcángel -preguntó-, ¿estáis seguro de que vuestra balanza funciona correctamente?

San Miguel respondió sonriendo que, al no ser la balanza como las que usan los lombardos de París ni como las que usan los cambistas de Venecia, aquélla no carecía en absoluto de exactitud.

-¡Cómo! -suspiró Nicolás Nerli, completamente lívido-, ¿la cúpula, el púlpito, la pila, el hospital con todas sus camas, no pesan, pues, más que una brizna de paja o que el plumón de un pájaro?

-Ya lo estáis viendo, Nicolás -dijo el arcángel-, y, hasta el momento, el peso de vuestras iniquidades es muy superior al peso ligero de vuestras buenas acciones.

-Voy a ir al infierno, pues -dijo el florentino. Y sus dientes castañeteaban de espanto.

-¡Tened paciencia, Nicolás Nerli -prosiguió el pesador celeste-, paciencia! No hemos terminado aún. Nos queda esto.

Y el bienaventurado Miguel tomó los panes de centeno que el rico les había lanzado a los pobres la víspera. Los colocó en el platillo de las buenas obras, que descendió de repente, mientras que el otro subía, quedando ambos platillos al mismo nivel. El fiel de la balanza no se inclinaba ni a la derecha ni a la izquierda y la aguja indicaba la igualdad perfecta de los dos pesos. El banquero no podía creer lo que veían sus ojos. El glorioso arcángel le dijo:

-Como estás viendo, Nicolás Nerli, no eres apto ni para el cielo ni para el infierno. ¡Anda, regresa a Florencia! Multiplica en tu ciudad esos panes que diste con tus manos, de noche, sin que nadie te viera, y serás salvo. Pues no basta con que el cielo se abra para el ladrón que se arrepiente y para la prostituta que llora. La misericordia de Dios es infinita: es capaz de salvar incluso a un rico. Sé tú ese rico. Multiplica los panes cuyo peso puedes ver en mi balanza. ¡Anda!

Nicolás Nerli se despertó en su lecho. Decidió seguir el consejo del arcángel y multiplicar el pan de los pobres para lograr entrar en el reino de los cielos.

Durante los tres años que pasó sobre la tierra después de su primera muerte, fue caritativo con los menesterosos y muy generoso en limosnas.

 Anatole France  (1895)

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Amarme

¿Si yo no soy para mí, quién será para mí?

¿Si sólo soy para mí, quién soy yo?

¿Y si no ahora, cuándo?

Rabí Hillel

Niño geopolítico mirando el nacimiento del hombre nuevo,obra de Salvador Dalí

Niño geopolítico mirando el nacimiento del hombre nuevo,obra de Salvador Dalí

Amarme

Independientemente de nuestro género sexual, todos poseemos un aspecto femenino y un aspecto masculino internos y la relación entre éstos – la pareja interior – tiende a reproducirse en nuestros vínculos.

Solemos relacionarnos con los aspectos exteriores de la vida a través de su correspondencia con nuestros patrones internos. Así, cuando nos atrae otra persona, la misma está espejando aspectos tanto conscientes como inconscientes de nuestro propio ser.

Habitualmente esperamos que el otro/a nos proporcione aquello de lo que carecemos, o creemos carecer. Muchos de los conflictos que atravesamos en la vida tienen una trastienda de baja autoestima. En las dificultades dentro del ámbito de la pareja, en el plano laboral, en las relaciones con familiares y amigos existen siempre zonas profundas en las que no confiamos. Algunas tienen que ver con creencias de base, que desmoronan la fe en nosotros mismos de manera visible y obvia; otras son creencias que subyacen bajo capas de un aparente “todo está bien”.

Construir la propia autoestima es plantar las semillas para amarse a sí mismo, la base para cualquier relación amorosa con otra persona.

Al mencionar la idea de amarse más y mejor a sí mismo podríamos temer caer en un amor narcisista que, más que acercarnos, nos aparte del resto de la humanidad. Esta propuesta no implica quedarnos, como Narciso, prendidos al propio reflejo en el estanque, embelesados con nuestra imagen. Se trata más bien de reconocer y revalorizar todo lo que tenemos de positivo. Cuando nos conectamos con nuestras partes más luminosas y amorosas absorberemos la energía necesaria para ingresar también en los rincones más oscuros, construyendo así una percepción más plena de quién somos verdaderamente.

La forma en que nos describimos colorea todas nuestras experiencias. ¿Quién sabe desde cuándo o desde quién comenzamos a definirnos de determinada manera? Lo cierto es que todas nuestras ideas y pensamientos producen resultados, y nuestros diálogos internos son la base sobre la cual construimos nuestra experiencia de la realidad. Todo cuanto consideremos real o verdadero se convierte, eventualmente, en una realidad para nosotros.

Es clásico el ejemplo de quien cree que es rechazado por otros. Sin proponérselo, su actitud y su expresión hacen que efectivamente lo rechacen. Si tengo la idea de que no soy lo suficientemente valiosa como mujer y que debido a ello mi pareja me abandonará, comenzaré a aferrarme, a exigir, a reprochar y controlar, y estas reacciones lo inducirán eventualmente a distanciarse y/o a abandonarme, confirmando así mi creencia.

Estas son las famosas profecías auto-cumplidas, en las que terminamos creando lo temido, atrayendo hacia nosotros precisamente aquello que tratábamos de evitar.

A todos nos hubiera gustado escuchar frases amorosas de nuestros padres, y nos gustaría que nuestra pareja y amigos nos dijesen cuánto valemos. Sin embargo, nos cuesta decírnoslo a nosotros mismos.

Tendemos a esperar que sean los demás quienes retruquen nuestra percepción negativa con halagos, felicitaciones y miradas de aprobación. Sin duda es agradable recibir alabanzas, pero esa dosis de autoestima foránea no es duradera ni suficiente.

Lamentablemente, vivimos con la sensación de que el amor está fuera de nosotros, que es algo que nos dan o nos quitan, un regalo, un premio, algo que merecemos o dejamos de merecer en función de que cumplamos con determinados requisitos (ser jóvenes, delgados, atractivos, inteligentes, exitosos, carismáticos, etc.)

Desde pequeños recibimos una serie de mensajes sobre el amor que nos condicionaron, haya sido esto debido a actos, frases escuchadas o sensaciones corporales basadas en acontecimientos vividos, y/o en la interpretación personal que realizamos en función de éstos.

Hoy, ya adultos, necesitamos redefinir nuestra noción del amor.

Para ello, puede ser útil formularnos y responder a las siguientes preguntas:

¿Cuánto soy capaz de amarme a mí mismo?

¿Cuánto me disgusto, critico, condeno, amonesto?

¿Cuánto soy capaz de cuidarme y darme lo que necesito?

¿Cuánto placer me permito tener en mi vida cotidiana?

¿De qué formas me descuido y me abandono?

¿Cuán desarrollada está mi capacidad para dar y recibir? ¿Cuál me resulta más fácil, y por qué? (Frecuentemente preferimos dar a recibir ya que esto último implica mayor vulnerabilidad).

¿Cuán desarrollada está mi capacidad para mostrarme auténticamente? ¿Cuándo me expreso como realmente soy y cuándo muestro una de mis máscaras?

¿Cuál es la creencia personal que más necesito modificar para poder aceptarme y amarme sin condiciones ni exigencias inalcanzables?

Cuando logro darme cuenta de que soy mi propia fuente de amor, todo cambia de dirección – yo soy responsable de transformarme y darme aquello que espero del afuera.

El amor no existe afuera de nosotros – debemos buscarlo en su morada íntima que es nuestro propio corazón.

¿Quién si no yo puede aceptarme y amarme con todas mis características? ¿Quién si no yo conoce la historia de mi niño interno, no para lamentarme sino para sanar mis propias heridas? ¿Quién si no yo tiene en su poder el pasaje de ida y vuelta hacia lo profundo de mi corazón?

Trabajar para construir la propia autoestima es un acto de amor – amor hacia uno mismo que se traduce luego en una mayor capacidad de amar realmente a los demás.

Alicia Schmoller

 

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El monje y el helado de chocolate

“El ego es como tu perro. El perro tiene que seguir al amo y no el amo al perro. Hay que hacer que el perro te siga. No hay que matarlo, sino que domarlo”.         Alejandro Jodorowsky

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El monje y el helado de chocolate

xjhgfoel había llegado hacía ya tres años a una de las más antiguas comunidades budistas del Tibet y allí ansiaba ser ordenado para convertirse en un monje ejemplar.

Todos los días, a la hora de la cena, le preguntaba a su maestro si al día siguiente se celebraría la ceremonia de su ordenación. “Todavía no estás preparado, primero debes trabajar la humildad y dominar tu ego”, le respondía su mentor.

¿Ego? El joven no entendía por qué el maestro se refería a su ego. Pensaba que merecía ascender en su camino espiritual ya que meditaba sin descanso y leía a diario las enseñanzas del Buda.

Un día, al maestro se le ocurrió una manera de demostrarle a su discípulo que todavía no estaba preparado. Antes de dar comienzo a la sesión de meditación anunció: “Quién medite mejor tendrá como premio un helado”. “De chocolate”, añadió el anciano.

Tras un breve alboroto, los jóvenes de la comunidad comenzaron a meditar. Joel se propuso ser el que mejor meditara de todos sus compañeros. “De esta forma, le demostraré al maestro que estoy preparado para la ordenación. Y me comeré el helado”, concluyó el discípulo.

Joel consiguió centrarse en su respiración, pero al mismo tiempo visualizaba un gran helado de chocolate que iba y venía como subido en un columpio. “No puede ser, tengo que dejar de pensar en el helado u otro lo ganará”, se repetía.

Con mucho esfuerzo, Joel lograba meditar por varios minutos en los que simplemente seguía el compás de su respiración, pero enseguida se imaginaba a uno de los monjes chuperreteando el helado de chocolate. “¡Maldición!, debo ser yo quién lo consiga!”, pensaba el joven angustiado.

Cuando la sesión finalizó, el maestro explicó que todos lo habían hecho bien, salvo alguien que había pensado demasiado en el helado, es decir, en el futuro. Joel se incorporó antes de decir:

-Maestro, yo pensé en el helado. Lo admito. ¿Pero cómo puede saber que fui yo quien pensó demasiado?

-No puedo saberlo. Pero sí puedo ver que te has sentido tan aludido como para levantarte e intentar situarte por encima de tus compañeros. Así, querido Joel, es como actúa el ego: se siente atacado, cuestionado, ofendido… y pretende tener razón en el juego de ser superior a los demás.

Aquel día, Joel aprendió que todavía le quedaba mucho camino por recorrer. Trabajó su humildad y los impulsos del ego. Vivió en el presente y no intentó quedar por encima de los demás. También entendió que no le convenía identificarse con sus logros.

Así, con trabajo y paciencia, llegó el gran día. Fue aquel en el que el maestro llamó a su puerta para anunciarle que por fin estaba preparado para lo que tanto había ansiado.

Cuando llegó al templo no encontró a nadie allí. Solo una pequeña tarima y sobre ella… un helado de chocolate. Joel consiguió disfrutar del helado agradecido, sin sentirse decepcionado. Y a continuación, le ordenaron.

Mar Pastor

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Mahatma Gandhi, el violento

“Gandhi y la rueca”. Una fotografía de Margaret Bourke-White (1946).

“Gandhi y la rueca” (1946), fotografía de Margaret Bourke-White.

Mahatma Gandhi, el violento

Mahatma Gandhi observaba y cultivaba la no-violencia. Pero he examinado con detenimiento su vida y era uno de los hombres más violentos que el siglo XX haya conocido. Pero su violencia es muy refinada, tan sofisticada que casi parece no-violencia. Su violencia tiene expresiones tan sutiles que no se detecta fácilmente. Entra por la puerta de atrás, nunca por la puerta principal. No la encontrarás en la sala. Se instala en algún lugar entre las habitaciones de los sirvientes, en la parte trasera de la casa, a donde nadie va. Pero sigue ejerciendo su influencia desde allá.

Por ejemplo: cuando alguien se enfada, se enfada con la persona que provocó su malestar. Mahatma Gandhi se enfadaba consigo mismo, no con la otra persona. Volcaba su ira contra sí mismo, la introvertía. Así es muy difícil detectarla. Ayunaba, contemplaba el suicidio, se torturaba. De una manera sutil, al torturarse torturaba a los demás.

En su ashram, si se encontraba a alguien bebiendo té… El té es algo tan inocente, pero en el ashram de Gandhi era un pecado. Los ashram existen para generar culpa en las personas; no pierden la más mínima oportunidad de generar culpa. Ése es su secreto. Basta un té. Si se encuentra a alguien bebiendo té, se le considera un pecador. Está cometiendo un crimen, más que un crimen, pues un pecado es algo más profundo que un crimen.

Pero la gente bebía té. Lo bebían en secreto; tenían que esconderse. Sólo para tomar té tenían que convertirse en ladrones, impostores, hipócritas! Eso es lo que las así llamadas religiones han hecho a millones de personas. En lugar de convertirlas en personas espirituales, las han reducido a hipócritas.

Fingían que no bebían té, pero de vez en cuando las encontraban in in fraganti. Gandhi andaba observando, buscando; tenía informantes para averiguar quién violaba las reglas. Y cuando alguien era descubierto, se le convocaba… y Gandhi ayunaba para castigarse. Preguntarás: ‘¿Qué clase de lógica es ésa?’ Es una lógica muy simple que se ha observado en la India durante siglos. El truco está en que Gandhi decía: ‘Debo ser un Maestro imperfecto todavía para que un discípulo logre engañarme. Debo purificarme. Me pudiste engañar porque aún no soy un maestro perfecto. Nadie me engañaría si fuera un maestro perfecto. Alguien puede imaginarse engañar a un maestro perfecto? Entonces la imperfección está en mí’.

Gandhi se torturaba y comenzaba a ayunar. Ayunaba porque tú te habías tomado una taza de té. Cómo te sentirías? Un ayuno de tres días sólo por ti, por una sola taza de té! Te pesaría. Si Gandhi te hubiera dado un golpe en la cabeza no te pesaría tanto. Si te hubiera insultado, castigado, ordenado ayunar durante tres días, hubiera sido mucho más fácil, y mucho más compasivo. Pero el viejo está ayunando, se está torturando, y cada ojo en el ashram te mira mal, te condena. Todos te perciben como un gran pecador: ‘Es por culpa tuya está sufriendo el maestro! Por una taza de té! Qué bajo has caído!’ 22

Y el culpable se postraba ante el maestro, le acariciaba los pies sollozando, pero Gandhi no escuchaba. Tenía que purificarse. Todo aquello es violencia. Yo no lo llamo no-violencia. Es violencia con venganza, pero de una manera tan sutil que es difícil detectarla.

Osho, en el libro “El Hombre que Amaba las Gaviotas y Otros Relatos”.

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Las casas embrujadas

“¿Sabes ese momento en el que te das cuenta que la casa en la que has vivido ya no es tu casa? De repente, aunque tengas un sitio donde poner tus cosas, la idea de casa desaparece.
– Yo aún me siento a gusto en mi casa.
– Un día cuando te vayas te pasará, y ya no habrá vuelta atrás. Ya no lo recuperarás jamás. Es como sentir nostalgia de un sitio que ya no existe. Tal vez sea ley de vida. Y no volverás a sentir lo mismo hasta que crees tu propio hogar, para ti, para tus hijos, para la familia que formes. Es como un ciclo. No sé, yo lo echo de menos. A lo mejor eso es una familia. Unas personas que echan de menos el mismo lugar imaginario.”

Del film “Algo en común” (Garden State), dirigidaa por Zach Braff en 2004.

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Las casas embrujadas

 Todas las casas en donde los hombres han vivido y muerto
Son casas embrujadas. A través de las puertas abiertas
Los fantasmas inofensivos en su misión se deslizan,
Con los pies que no hacen ruido en los pisos.

Nos encontramos con ellos en la entrada, en la escalera,
A lo largo de los pasillos ellos van y vienen,
Con impresiones impalpables en el aire,
Una sensación de que algo se movía de aquí para allá.

Hay más invitados a la mesa que anfitriones
Invitados: el vestíbulo iluminado
Se llena de tranquilidad, fantasmas inofensivos,
Tan silenciosos como los cuadros en la pared.

El desconocido en mi hogar no puede ver
Las formas que veo ni oye los sonidos que escucho;
Él sin embargo percibe lo que es, mientras que a mí
Todo aquello ha sido visible y claro.

No tenemos títulos de propiedad de casa o tierras;
Los propietarios y ocupantes de fechas anteriores
Desde tumbas olvidadas estiran sus manos polvorientas,
Y mantienen en manos muertas todavía sus antiguas propiedades.

El mundo del espíritu en torno a este mundo de los sentidos
Siempre queda como una atmósfera, y en todas partes
Ráfagas a través de estas nieblas terrestres y vapores densos
Un soplo vital de aire más etéreo.

Nuestras pequeñas vidas se mantienen en equilibrio
Por atracciones y deseos opuestos;
La lucha del instinto que disfruta,
Y el más noble instinto a que aspira.

Estas perturbaciones, este jarro perpetuo
De deseos terrenales y aspiraciones elevadas,
Van desde la influencia de una estrella invisible
A un planeta sin descubrir en nuestro cielo.

Y como la luna de alguna puerta oscura de nubes
Deja sobre el mar un puente flotante de luz,
A través de cuyos tablones oscilantes nuestra profusión de fantasías
En el reino del misterio y la noche, –

Así que desde el mundo de los espíritus de allí descendieron
Un puente de luz, que se conecta con esto,
En cuyo suelo inestable, que se balancea y se dobla,
Deambule por nuestros pensamientos sobre el oscuro abismo.

Henry Wadsworth Longfellow

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La influencia de Schreber

“Quizás la más grande y mejor lección de la historia es que nadie aprendió las lecciones de la historia”. Adolf Hitler

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La influencia de Schreber

¿Ha oído hablar de un hombre que fue muy famoso en Alemania? Todavía se ven estatuas de él y algunas plazas y calles aún llevan su nombre. Se llama Daniel Gottlieb Schreber. Fue el verdadero fundador del fascismo. Murió en 1861 pero preparó el terreno para la llegada de Adolf Hitler, desde luego, sin saberlo.

Este hombre tenía ideas muy definidas sobre cómo educar a los niños. Escribió muchos libros sobre el tema, que fueron traducidos a muchos idiomas. Algunos de ellos han llegado a unas cincuenta reediciones. Sus libros son muy conocidos, apreciados y respetados porque sus puntos de vista no eran excepcionales; eran muy corrientes. Decía cosas que todo el mundo ha pensado a lo largo de los siglos. Era el vocero de la mente común y corriente, de la mente mediocre.

Se establecieron centenares de clubes y sociedades para perpetuar su filosofía, sus ideas, y cuando murió se construyeron muchas estatuas de él y a muchas calles se les dio su nombre. Creía en disciplinar a los niños desde que alcanzaban los seis meses, pues decía que si no se disciplina a un niño cuando tiene seis meses, se pierde la mejor oportunidad de hacerlo.

Cuando un niño es aún muy tierno y maleable, ignorante de lo que ocurre en el mundo, es posible crear una huella profunda que él siempre seguirá. Y nunca se dará cuenta de que ha sido manipulado. Pensará que está haciéndolo todo por su propia voluntad, pues cuando un niño tiene seis meses no tiene voluntad; ésta surgirá más tarde, y la disciplina vendrá antes que la voluntad. De esta manera, la voluntad pensará siempre: ‘Esta idea es mía, propia’

Schreber llamaba a esto disciplina, como lo hacen todos los padres. Escribió que en el momento mismo en que apareciera la voluntad propia había que detenerla, matarla de inmediato. Cuando se observa que el niño se está haciendo persona, se está convirtiendo en individuo, se debe destruir esa primera manifestación de individualidad inmediatamente, sin perder un solo instante.

Cuando aparece el primer indicio de voluntad propia, ‘…hay que intervenir de manera positiva… con palabras severas, ademanes amenazantes, golpeando su cama… con amonestaciones físicas repetidas insistentemente hasta que el niño se calme o se duerma’.

‘Este tratamiento se requerirá sólo una o dos veces, máximo tres’, le decía el doctor a la gente. Asusta al niño, sacúdelo hasta sus raíces! Pero esas raíces son aún muy tiernas, se trata de un niño de seis meses. Amenázalo con ademanes, con un odio profundo, con miradas hostiles, como si fueras a destruirlo. Haz que le quede claro al niño que sólo uno puede vivir: él o su voluntad propia, pero no ambos. Si quiere preservar su voluntad propia, él tendrá que morir. Una vez que el niño se da cuenta de que sólo puede vivir a costa de su voluntad, dejará a un lado la voluntad y optará por la sobrevivencia. Es obvio. Sobrevivir es lo esencial; todo lo demás es secundario. 29

‘De esa manera uno se convierte en el amo del niño para siempre. De ese momento en adelante, una mirada, una palabra o un solo gesto amenazador basta para dominar al niño’.

A todos les gustaban sus propuestas. En todo el mundo los padres se entusiasmaron y todo el mundo comenzó a disciplinar a sus hijos. Es así, según Schreber, que toda Alemania fue disciplinada. Un país tan bello, tan inteligente, se convirtió en víctima de un tonto casi demente; y éste llegó a dominar todo el país.

Qué ocurrió con sus propios hijos? A nadie le preocupó. Una de sus hijas era melancólica y su médico sugirió recluirla en un asilo de locos. Uno de sus hijos sufrió un colapso nervioso y fue internado en una institución. Se recuperó, pero ocho años más tarde sufrió una recaída y murió en un manicomio. Su otro hijo se enloqueció y se suicidó’. Las autopsias de los dos hijos revelaron que no tenían ningún defecto físico en el cerebro y, sin embargo, ambos se volvieron locos: uno murió en un manicomio y el otro se suicidó.

Qué ocurrió? Físicamente sus cerebros eran perfectos, pero sicológicamente estaban lesionados. Su padre demente destruyó a todos sus hijos. Y es eso lo que le ocurrió a la humanidad entera.

Osho, del libro “El Hombre que Amaba las Gaviotas y Otros Relatos”.

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Niño Jesús de la Bola de Briones

Hoy me apetece hacer una entrada sobre un tema que surgió inesperadamente en clase de Yoga. Nuestra profesora comenzó hablando de La Virgen de Valvanera, patrona de La Rioja, hermosa talla considerada de un románico primitivo, de finales del siglo XI o comienzos del siglo XII. Dado que ella es natural de Briones, pueblo considerado por los torrecillanos como el segundo pueblo más bello de La Rioja, le comenté sobre la maravillosa talla del “Niño Jesús de la Bola”, que tenían en su pueblo.

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Niño Jesús de la Bola(1623), obra del escultor riojano Ernando de Murillas, Sacristía de la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción de Briones (La Rioja). Foto J.L.Soba

Niño Jesús de la Bola de Briones

Niño de la Bola o Santo Niño de la Bola, es una advocación de Jesucristo y una de sus formas de representación artística con iconografía convencional. Estas imágenes del Niño,  se popularizaron durante el renacimiento por España y por Europa con una gran devoción. Esencialmente es un Santo Niño, Niño Jesús o Niño Dios que lleva en su mano un orbe real (la bola) como símbolo de su poder sobre el mundo; puede representársele en solitario o en el regazo de la Virgen María (que en ese caso simboliza su trono); con o sin corona; desnudo, con paño de pureza o con vestiduras reales.

Entre los Niños Jesús de la Bola más conocidos están “El Niño Jesús de Praga” (cuyo origen se dice fué un monasterio, entre Córdoba y Sevilla). En España, es muy venerado “El Niño de la Bola” de Cuellar ( Segovia), bella talla barroca de mediados del siglo XVII. En estas tallas como otras muchas de el Niño Jesús de la Bola, el niño sostiene la bola en la mano izquierda. Es de destacar también “El Niño de la Bola” de Vallelado ( Segovia), de autor desconocido, de la segunda mitad del siglo XVI.

Pero he de decir que a mi, sin ninguna duda, la que más me gusta, es la talla del “Niño Jesús de la Bola”, que está en la sacristía de la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción de Briones, edificio construido en el siglo XVI en sillería de estilo Reyes Católicos y renacimiento, de tres naves, una de las iglesias más bella, espaciosa y equilibrada de nuestra Rioja querida.

Cuando conocí la talla, me sorprendió gratamente por su belleza, originalidad y entorno, pues se halla en la Sacristía, entre muchas obras de arte: Una magnífica cajonera, romanista de fines del siglo XVI y barroca del siglo XVIII. Seis lienzos con escenas de la vida de la Virgen e infancia de Jesús de Mateo Cerezo hacia 1636. Cristo de la flagelación, quizá del mismo autor del siglo XVII.

Todavía no entiendo como esta imagen no tiene más repercusión, ya que es imposible encontrar una imagen de ella en Internet, y sólo conozco la publicada por José Manuel Ramírez y la que aporto a esta entrada, que hice en una visita en Julio de 2003. Aparte de su belleza, la originalidad de esta talla, radica en que el resto de Niños Jesús de la Bola que conocemos, tienen la bola en la mano izquierda, y este la tiene pisada con el pié derecho.

José Manuel Ramírez Martínez, amigo, historiador y experto en arte riojano, además de aportar una foto de su anterior emplazamiento en un retablo de los testeros de las naves laterales, en el lado del Evangelio, nos cuenta al hablar sobre los tesoros artísticos que contiene la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción de Briones, respecto a esta talla, en su libro Briones y sus Monumentos (1995), en su página 43: “También aquí tiene cabida una imagen de un Niño Jesús de la Bola convertido en San Juanito, en cuya peana figura la siguiente leyenda: “Yzome de madera por su devoción Ernando de Murillas, 1623 años”. Es decir, que aparte de ser de momento la única obra que se conserva firmada  de un famoso escultor riojano, fue tallada por Hernando de Murillas el Viejo en las postrimerías de su vida con arreglo a los ideales romanistas con los que tan identificado se sentía”.

 

El niño Jesús de Praga en su altar

El Niño Jesús de Praga en su altar

“El niño de la bola” de cuellar, barroca de mediados del siglo xvii

“El Niño de la Bola” de Cuellar (Segovia), talla barroca de mediados del siglo XVII.

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El Niño de la Bola de Vallelado (Segovia)

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Otzumi

Kuan-yin, diosa budista de la misericordia

Otzumi

xeerurase un bonzo joven que tenia gran fama como artista. Sus superiores le encargaron que hiciese una estatua de la diosa Kawanon, la de las cien manos, la todopoderosa todomisericordiosa.

Un día, en una fiesta popular, encontróse con la cortesana Otzumi y se prendó de su belleza.

Durante muchas noches no pudo dormir, pensando en ella. Al fin, loco de deseos, decidióse a ir en su busca al Yosiwara, y para comprar sus caricias le robó a la santa imagen de Kawanon su corona de oro.

Al volver su bonceria, después de haber pasado una semana con la cortesana, fue asesinado por un ronin.

iPobre pecador! En pleno pecado y sin los seis rin que se pagan por atravesar el Aqueronte amarillo, debió haber ido al infierno inmediatamente. Pero por fortuna el dios de los muertos conocía su genio artístico y admiraba su imagen de Kawanon.

—Vuelve a tierra -le dijo—, vuelve a tu templo, y conságrate a concluir la divina estatua.

ltsari obedeció. Meses y meses, años y años, trabajo sin descanso. La imagen estaba ya casi terminada. Las cien manos, en la actitud de la oración, elevabanse hacia el cielo, y eran tan delicadas, que los que las veían no podían menos que adorarlas.

Al fin, una noche, cuando ya creía su labor concluida, sentóse el pobre bonzo ante su obra. De pronto una mujer entró en la estancia. Era una admirable oirán, vestida de ricas sedas.

-¡Otzumi! —exclamó ltsari.

—Yo misma . . . yo que te amo aún.

Sus manos se juntaron. Sus labios se buscaron.

Al día siguiente, los bonzos encontraron muertos al pie de la estatua al escultor y a la cortesana. Y sin duda hubieran pensado que aquella muerte repentina era un castigo por haberse amado. Pero no fue posible creerlo. Las cien manos de la diosa, que la víspera hacían el ademán de orar vueltas hacia el cielo, habíanse tornado hacia la tierra y bendecían a los amantes muertos.

Enrique Gómez Carrillo

 

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La aceptación, clave para la oportunidad

“Un momento de reflexión, un sencillo descubrimiento pueden mover la trayectoria de nuestra vida unos humildes grados y, sin embargo, con el tiempo esta mínima desviación es capaz de conducirnos a un nuevo y apasionante destino.“ Mario Alonso Puig

“Autorretrato en cubos” obra de John S. Dickstra

“Autorretrato en cubos” obra de John S. Dickstra

La aceptación, clave para la oportunidad

“La vida está interesada en que aprendamos de sus lecciones  para que así, poco a poco, despleguemos nuestro verdadero potencial y reconozcamos la esencia que se oculta tras la apariencia”.

Cuando nos ocurre algo que no nos gusta, inmediatamente dotamos a ese evento de un significado. Este significado es el que tiene el poder para poner en marcha emociones negativas como la ira, la frustración o la angustia.

Capturados por la emoción, es muy difícil salir de ella si no entendemos la raíz de lo que ha ocurrido y, por eso, la palabra clave es la aceptación, que no es sino la reconciliación con la realidad.

La aceptación nada tiene que ver con la resignación, entre otras cosas porque la resignación lleva a la inacción dolorosa al considerar que no hay nada que uno pueda hacer para darle la vuelta a las cosas.

La aceptación logra lo que nunca puede lograr la resignación, ya que, a diferencia de ésta, la aceptación impulsa a la acción, a la toma de responsabilidad, a ser uno plenamente consciente de que sí que es capaz de dar una respuesta a lo sucedido.

En la aceptación, la acción que se pone en marcha no es para rebelarse con lo ocurrido, sino para rebelarse ante la idea de que uno no tiene opción de respuesta.

En el momento en que yo me abro a la posibilidad de aceptar algo, también me estoy abriendo a la posibilidad de considerar que puede haber una oportunidad oculta en esa situación y que puedo buscar el otro lado de la moneda.

Las mejores opciones para que se abra la puerta de la oportunidad no están en dejarnos atrapar por reacciones o automatismos, por lógicos y razonables que me parezcan. La mejor oportunidad está en preguntarme: “¿Qué puede haber de valor en lo que me está ocurriendo”?

Hay otro elemento que puede ayudarnos mucho a reducir la tensión en la que vivimos. Me refiero al agradecimiento por todo lo valioso que hay en nuestras vidas y no dejarnos invadir por unos sentimientos que solo pueden tener su origen en una visión parcial de las cosas.

No tiene sentido que nos desgastemos tanto queriendo cambiar las cosas que, de entrada, están fuera de nuestro alcance, y que nos sintamos tan impotentes a la hora de gestionar nuestros propios estados de ánimo.

Decirle sí a la vida tiene que ver mucho con dejar de adoptar el papel de víctimas, dedicando nuestro valioso tiempo y energía a buscar culpables, y tomar responsabilidad a la hora de dar una respuesta a lo que nos sucede.

Frente a la resistencia o la resignación, están la aceptación y el agradecimiento. Tal vez porque ni la aceptación ni el agradecimiento parecen razonables, es por lo que nos permiten acceder a lo que tampoco parece posible.

Mario Alonso Puig, en su libro”Reinventarse. Tu segunda oportunidad”.

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