Los panes negros

Pan-negro

Los panes negros

xeeds2n aquel tiempo, Nicolás Nerli era banquero en la noble ciudad de Florencia. A la hora de tercia se encontraba ya sentado ante su pupitre, y a la hora de nona aún estaba allí sentado, haciendo cuentas todo el día en sus tablillas. Nicolás Nerli prestaba dinero al Emperador y al Papa. Y si no le prestaba dinero al diablo era porque temía hacer malos negocios con el que nombramos el Maligno y que no carece de artimañas.

Era audaz y desconfiado. Había adquirido grandes riquezas y despojado a mucha gente. Por ello era respetado en la ciudad de Florencia. Vivía en un palacio en el que la luz que Dios creó no entraba sino por estrechas ventanas; eso era por prudencia, pues la mansión de un rico debe ser como una ciudadela y los que poseen grandes bienes hacen bien en defender por la fuerza lo que han adquirido por la astucia.

El palacio de Nicolás Nerli se encontraba pues provisto de rejas y cadenas. En su interior, los muros estaban decorados con pinturas de expertos maestros que habían representado en ellas las Virtudes como mujeres, los patriarcas, los profetas y los reyes de Israel. Los tapices expuestos en las habitaciones ofrecían a la vista las historias de Alejandro y de Tristán tal como las cuentan en los libros. Nicolás Nerli hacía brillar su riqueza en toda la ciudad por medio de fundaciones piadosas.

Había mandado construir un hospital en la zona de extramuros cuyo friso, esculpido y pintado, representaba las acciones más honorables de su vida; en reconocimiento por las sumas de dinero que había donado para acabar Santa María la Nueva, su retrato se hallaba expuesto en el coro de esta iglesia. Se le veía en él arrodillado, con las manos juntas, a los pies de la Santísima Virgen. Se le reconocía por su gorro de lana roja, su abrigo forrado, su rostro rollizo y sus ojillos despiertos. Su buena esposa, Mona Bismantova, con expresión honesta y triste, que se podría pensar que jamás nadie hubiera obtenido de ella algún placer, se hallaba al otro lado de la Virgen, en humilde actitud orante. Aquel hombre era uno de los primeros ciudadanos de la República; como no había hablado jamás mal de las leyes y no se preocupaba en absoluto de los pobres ni de aquellos a los que los poderosos del momento condenan a pagar multas o al exilio, no había disminuido nada, en la opinión de los magistrados, la estima que había adquirido a sus ojos por su gran riqueza.

Una noche de invierno, al regresar a su palacio algo más tarde de lo habitual, fue rodeado ante el umbral de su puerta por un grupo de mendigos medio desnudos que le tendían la mano. Los apartó con duras palabras. Pero el hambre hace a los hombres ariscos y osados como los lobos: formaron un círculo a su alrededor y le pidieron pan con voz quejumbrosa y ronca. Estaba inclinándose ya para recoger piedras y lanzárselas, cuando vio llegar a uno de sus criados que llevaba sobre la cabeza una cesta de panes de centeno, destinados a los empleados de las cuadras, de la cocina y de los jardines.

Hizo una señal al de los panes para que se acercara, y, sacándolos de la cesta con ambas manos, les arrojó los panes a los menesterosos. Luego, entró en su casa, se acostó y se quedó dormido. Mientras dormía, sufrió un ataque de apoplejía y murió tan de repente que creía que se encontraba aún en su lecho cuando vio, en un rincón oscuro, a San Miguel iluminado por el resplandor que irradiaba de su propio cuerpo. El arcángel, con la balanza en la mano, estaba cargando los platillos. Al reconocer en el platillo que pesaban más las joyas de las viudas que guardaba como fianza, la multitud de recortes de escudos indebidamente retenidos y algunas piezas de oro muy bellas, que sólo él poseía y que había adquirido por usura o por fraude, Nicolás Nerli reconoció que era su vida, ya finalizada, lo que san Miguel estaba pesando en su presencia. Miró atento y preocupado.

-Señor San Miguel -le dijo-, si ponéis en un platillo todas las ganancias que he obtenido en mi vida, colocad en el otro, os lo ruego, las hermosas fundaciones con las que he puesto de manifiesto mi piedad. No olvidéis la cúpula de Santa María la Nueva a la que contribuí financiando la tercera parte, ni el hospital de extramuros, que he construido por completo con mi dinero.

-No temáis, Nicolás Nerli -respondió el arcángel-. No me olvidaré de nada.

Y con sus manos gloriosas colocó en el otro platillo la cúpula de Santa María la Nueva y el hospital con el friso esculpido y pintado. Pero el platillo no se movió. El banquero sintió gran inquietud.

-Señor san Miguel -dijo de nuevo-, buscad bien. No habéis colocado en ese platillo de la balanza ni mi hermosa pila del agua bendita de San Juan, ni el púlpito de San Andrés, en donde está representado el bautismo del Nuestro Señor a tamaño natural. Es una obra que me costó muy cara.

El arcángel colocó el púlpito y la pila encima del hospital en el platillo, que tampoco se movió. Nicolás Nerli empezó a notar que su frente se inundaba de un sudor frío.

-Señor arcángel -preguntó-, ¿estáis seguro de que vuestra balanza funciona correctamente?

San Miguel respondió sonriendo que, al no ser la balanza como las que usan los lombardos de París ni como las que usan los cambistas de Venecia, aquélla no carecía en absoluto de exactitud.

-¡Cómo! -suspiró Nicolás Nerli, completamente lívido-, ¿la cúpula, el púlpito, la pila, el hospital con todas sus camas, no pesan, pues, más que una brizna de paja o que el plumón de un pájaro?

-Ya lo estáis viendo, Nicolás -dijo el arcángel-, y, hasta el momento, el peso de vuestras iniquidades es muy superior al peso ligero de vuestras buenas acciones.

-Voy a ir al infierno, pues -dijo el florentino. Y sus dientes castañeteaban de espanto.

-¡Tened paciencia, Nicolás Nerli -prosiguió el pesador celeste-, paciencia! No hemos terminado aún. Nos queda esto.

Y el bienaventurado Miguel tomó los panes de centeno que el rico les había lanzado a los pobres la víspera. Los colocó en el platillo de las buenas obras, que descendió de repente, mientras que el otro subía, quedando ambos platillos al mismo nivel. El fiel de la balanza no se inclinaba ni a la derecha ni a la izquierda y la aguja indicaba la igualdad perfecta de los dos pesos. El banquero no podía creer lo que veían sus ojos. El glorioso arcángel le dijo:

-Como estás viendo, Nicolás Nerli, no eres apto ni para el cielo ni para el infierno. ¡Anda, regresa a Florencia! Multiplica en tu ciudad esos panes que diste con tus manos, de noche, sin que nadie te viera, y serás salvo. Pues no basta con que el cielo se abra para el ladrón que se arrepiente y para la prostituta que llora. La misericordia de Dios es infinita: es capaz de salvar incluso a un rico. Sé tú ese rico. Multiplica los panes cuyo peso puedes ver en mi balanza. ¡Anda!

Nicolás Nerli se despertó en su lecho. Decidió seguir el consejo del arcángel y multiplicar el pan de los pobres para lograr entrar en el reino de los cielos.

Durante los tres años que pasó sobre la tierra después de su primera muerte, fue caritativo con los menesterosos y muy generoso en limosnas.

 Anatole France  (1895)

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Amarme

¿Si yo no soy para mí, quién será para mí?

¿Si sólo soy para mí, quién soy yo?

¿Y si no ahora, cuándo?

Rabí Hillel

Niño geopolítico mirando el nacimiento del hombre nuevo,obra de Salvador Dalí

Niño geopolítico mirando el nacimiento del hombre nuevo,obra de Salvador Dalí

Amarme

Independientemente de nuestro género sexual, todos poseemos un aspecto femenino y un aspecto masculino internos y la relación entre éstos – la pareja interior – tiende a reproducirse en nuestros vínculos.

Solemos relacionarnos con los aspectos exteriores de la vida a través de su correspondencia con nuestros patrones internos. Así, cuando nos atrae otra persona, la misma está espejando aspectos tanto conscientes como inconscientes de nuestro propio ser.

Habitualmente esperamos que el otro/a nos proporcione aquello de lo que carecemos, o creemos carecer. Muchos de los conflictos que atravesamos en la vida tienen una trastienda de baja autoestima. En las dificultades dentro del ámbito de la pareja, en el plano laboral, en las relaciones con familiares y amigos existen siempre zonas profundas en las que no confiamos. Algunas tienen que ver con creencias de base, que desmoronan la fe en nosotros mismos de manera visible y obvia; otras son creencias que subyacen bajo capas de un aparente “todo está bien”.

Construir la propia autoestima es plantar las semillas para amarse a sí mismo, la base para cualquier relación amorosa con otra persona.

Al mencionar la idea de amarse más y mejor a sí mismo podríamos temer caer en un amor narcisista que, más que acercarnos, nos aparte del resto de la humanidad. Esta propuesta no implica quedarnos, como Narciso, prendidos al propio reflejo en el estanque, embelesados con nuestra imagen. Se trata más bien de reconocer y revalorizar todo lo que tenemos de positivo. Cuando nos conectamos con nuestras partes más luminosas y amorosas absorberemos la energía necesaria para ingresar también en los rincones más oscuros, construyendo así una percepción más plena de quién somos verdaderamente.

La forma en que nos describimos colorea todas nuestras experiencias. ¿Quién sabe desde cuándo o desde quién comenzamos a definirnos de determinada manera? Lo cierto es que todas nuestras ideas y pensamientos producen resultados, y nuestros diálogos internos son la base sobre la cual construimos nuestra experiencia de la realidad. Todo cuanto consideremos real o verdadero se convierte, eventualmente, en una realidad para nosotros.

Es clásico el ejemplo de quien cree que es rechazado por otros. Sin proponérselo, su actitud y su expresión hacen que efectivamente lo rechacen. Si tengo la idea de que no soy lo suficientemente valiosa como mujer y que debido a ello mi pareja me abandonará, comenzaré a aferrarme, a exigir, a reprochar y controlar, y estas reacciones lo inducirán eventualmente a distanciarse y/o a abandonarme, confirmando así mi creencia.

Estas son las famosas profecías auto-cumplidas, en las que terminamos creando lo temido, atrayendo hacia nosotros precisamente aquello que tratábamos de evitar.

A todos nos hubiera gustado escuchar frases amorosas de nuestros padres, y nos gustaría que nuestra pareja y amigos nos dijesen cuánto valemos. Sin embargo, nos cuesta decírnoslo a nosotros mismos.

Tendemos a esperar que sean los demás quienes retruquen nuestra percepción negativa con halagos, felicitaciones y miradas de aprobación. Sin duda es agradable recibir alabanzas, pero esa dosis de autoestima foránea no es duradera ni suficiente.

Lamentablemente, vivimos con la sensación de que el amor está fuera de nosotros, que es algo que nos dan o nos quitan, un regalo, un premio, algo que merecemos o dejamos de merecer en función de que cumplamos con determinados requisitos (ser jóvenes, delgados, atractivos, inteligentes, exitosos, carismáticos, etc.)

Desde pequeños recibimos una serie de mensajes sobre el amor que nos condicionaron, haya sido esto debido a actos, frases escuchadas o sensaciones corporales basadas en acontecimientos vividos, y/o en la interpretación personal que realizamos en función de éstos.

Hoy, ya adultos, necesitamos redefinir nuestra noción del amor.

Para ello, puede ser útil formularnos y responder a las siguientes preguntas:

¿Cuánto soy capaz de amarme a mí mismo?

¿Cuánto me disgusto, critico, condeno, amonesto?

¿Cuánto soy capaz de cuidarme y darme lo que necesito?

¿Cuánto placer me permito tener en mi vida cotidiana?

¿De qué formas me descuido y me abandono?

¿Cuán desarrollada está mi capacidad para dar y recibir? ¿Cuál me resulta más fácil, y por qué? (Frecuentemente preferimos dar a recibir ya que esto último implica mayor vulnerabilidad).

¿Cuán desarrollada está mi capacidad para mostrarme auténticamente? ¿Cuándo me expreso como realmente soy y cuándo muestro una de mis máscaras?

¿Cuál es la creencia personal que más necesito modificar para poder aceptarme y amarme sin condiciones ni exigencias inalcanzables?

Cuando logro darme cuenta de que soy mi propia fuente de amor, todo cambia de dirección – yo soy responsable de transformarme y darme aquello que espero del afuera.

El amor no existe afuera de nosotros – debemos buscarlo en su morada íntima que es nuestro propio corazón.

¿Quién si no yo puede aceptarme y amarme con todas mis características? ¿Quién si no yo conoce la historia de mi niño interno, no para lamentarme sino para sanar mis propias heridas? ¿Quién si no yo tiene en su poder el pasaje de ida y vuelta hacia lo profundo de mi corazón?

Trabajar para construir la propia autoestima es un acto de amor – amor hacia uno mismo que se traduce luego en una mayor capacidad de amar realmente a los demás.

Alicia Schmoller

 

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La voz a ti debida

Y mientras siguen dando vueltas y vueltas, entregándose, engañándose, tus rostros, tus caprichos y tus besos, tus delicias volubles, tus contactos rápidos con el mundo, haber llegado yo al centro puro, inmóvil, de ti misma, y verte cómo cambias, y lo llamas vivir, en todo, en todo si, menos en mí, dónde te sobrevives. Pedro Salinas

“Hypatia”, cuadro de Alfred Seifert.

La voz a ti debida

Tú vives siempre en tus actos.
Con la punta de tus dedos
pulsas el mundo, le arrancas
auroras, triunfos, colores,
alegrías: es tu música.
La vida es lo que tú tocas.

De tus ojos, sólo de ellos,
sale la luz que te guía
los pasos. Andas
por lo que ves. Nada más.

Y si una duda te hace
señas a diez mil kilómetros,
lo dejas todo, te arrojas
sobre proas, sobre alas,
estás ya allí; con los besos,
con los dientes la desgarras:
ya no es duda.
Tú nunca puedes dudar.

Porque has vuelto los misterios
del revés. Y tus enigmas,
lo que nunca entenderás,
son esas cosas tan claras:
la arena donde te tiendes,
la marcha de tu reloj
y el tierno cuerpo rosado
que te encuentras en tu espejo
cada día al despertar,
y es el tuyo. Los prodigios
que están descifrados ya.

Y nunca te equivocaste,
más que una vez, una noche
que te encaprichó una sombra
-la única que te ha gustado-.
Una sombra parecía.
Y la quisiste abrazar.
Y era yo.

Pedro Salinas

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Anécdota de Nelson Mandela en un restaurante

“La gente tiene que aprender a odiar, y si ellos pueden aprender a odiar, también se les puede enseñar a amar, el amor llega más naturalmente al corazón humano que su contrario”. Nelson Mandela

Anécdota de Nelson Mandela en un restaurante

Después de convertirme en presidente, le pedí a mi escolta que fueramos a almorzar a un restaurante. Nos sentamos y cada uno de nosotros pedimos lo que quiso.

En la mesa frente, había un hombre, esperando ser atendido. Cuando fue servido, le dije a uno de mis soldados: ve a pedirle a ese señor que se una a nosotros. El soldado fue y le transmitió mi invitación. El hombre se levantó, cogió su plato y se sentó justo a mi lado.

Mientras comía sus manos temblaban constantemente y no levantaba la cabeza de su comida. Cuando terminamos, se despidió de mí sin apenas mirarme, le di la mano y se marchó.

El soldado me comentó:

Madiva, ese hombre debía estar muy enfermo, ya que sus manos no paraban de temblar mientras comía.-

¡No, en absoluto! la razón de su temblor es otra.

Entonces les conté:

-Ese hombre era el guardián de la cárcel donde estuve. Después de que me torturaba, yo gritaba y lloraba pidiendo un poco de agua y él venía me humillaba, se reía de mí y en vez de darme agua, orinaba en mi cabeza.

No estaba enfermo, estaba asustado esperando que yo, ahora presidente de Sudáfrica, lo mandase a encarcelar y le hiciese lo mismo que él me hizo. Pero yo no soy así, esa conducta no forma parte de mi carácter, ni de mi ética.

“Las mentes que buscan venganza destruyen los estados, mientras que las que buscan la reconciliación construyen naciones. Al salir por la puerta hacia mi libertad supe que, si no dejaba atrás toda la ira, el odio y el resentimiento, seguiría siendo prisionero.”

Nelson Mandela.

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Reglas para la construcción de una vivienda

 “Un hogar debe ser una empalizada, un refugio de las flechas en llamas de la ansiedad, la tensión y la preocupación.”
Wilfred Peterson

Reglas para la construcción de una vivienda

Los suelos de madera de algunos pueblos del norte son agradables de pisar e íntimos para convivir, pero en verano se vuelven insoportables, es preferible la solución romana de suelos fríos de baldosas o mármoles, que en invierno pueden cubrirse como los cuerpos hermosos con paños orientales.

      Las ventanas no deben ser estrechas y altas como las de los templos sino amplias y horizontales, para estar a cubierto de la luz divina que siempre es vertical e implacable.

      Las paredes han de ser anchas para que apaguen el eco de nuestros errores y blancas y luminosas para poder proyectar nuestros recuerdos más queridos y que reverberen en ellas los olvidados.

      Las habitaciones deben tener dos ventanas abiertas a diferente orientación, para mantener al menos dos visiones distintas del mismo paisaje.

      Los techos altos como los deseos cumplidos.

      La alcoba sencilla y fresca como el amor.

      La biblioteca ha de ser lo más abundante y transparente posible para que impregne el aire de filosofía.

      Hay que ser espartano en el adorno, pero sensible a su forma, que como las caricias se sienten más cuando son secretas.

      Se debe procurar que los patios sean silenciosos para percibir claramente nuestras fiestas interiores.

      No se debe abusar de las columnas que agobian el espíritu como la falsa elocuencia.

      El jardín debe estar rodeado de árboles centenarios que absorban nuestras pasiones y de flores vírgenes como pensamientos que nos las reaviven. Se eliminarán los rincones umbríos donde el dolor y las madreselvas tienden a rebrotar.

      En fin, estas son las reglas mínimas que deben tenerse en cuenta cuando se aborda la construcción de una vivienda, pero ha de saberse que no sirven de nada si la casa permanece vacía.

Sextus Piscius Caecilianus (Roma, 75 – 4 a.d.C.)

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El reencuentro entre el águila y el cóndor

 “… Una vez en Victoria,vi una casa muy grande. Me dijeron que era un banco y que los hombres blancos colocaban su dinero allí para ser atendidos, y que lo recuperaban con intereses. Somos indios y no tenemos dicho banco; pero cuando tenemos un montón de mantas,las regalamos a los jefes y las personas, y poco a poco nos las devuelven con intereses,la humildad,la sonrisa y un canto a la Madre Tierra,eso son los intereses y nuestro corazón se siente bien,por que nos enseñaron de niños el gozo de dar lo que más deseábamos sin esperar nada a cambio.Nuestra manera de dar es nuestro banco…”. Jefe Maquinna

El reencuentro entre el águila y el cóndor

El planeta Tierra está en un franco y peligroso declinar, debido a la agresión sistemática de los últimos siglos. La irrupción de la Covid-19, afectando directamente a todo el planeta y exclusivamente a la especie humana, es una de las serias señales que la Tierra viva nos está enviando: nuestro modo de vida es demasiado destructivo y lleva a la muerte a millones de seres humanos y a otros seres de la naturaleza. Tenemos que cambiar nuestro modo de producir, de consumir y de vivir en esta nuestra única Casa Común; en caso contrario podemos conocer un armagedón ecológico-social.

Curiosamente, a contracorriente de ese proceso, considerado por algunos como la inauguración de una nueva era geológica –el antropoceno y el necroceno– es decir, la sistemática destrucción de vidas perpetradas por el propio ser humano, irrumpen los pueblos originarios, portadores de una nueva conciencia y de una vitalidad reprimida durante siglos. Están rehaciéndose biológicamente y surgiendo como sujetos históricos. Su manera de relacionarse amigablemente con la naturaleza y la Madre Tierra los hace nuestros maestros y doctores. Se sienten tan unidos a estas realidades que al defenderlas se están defendiendo a sí mismos.

Fue un gran error de los invasores europeos llamarlos “indios”, como si fuesen habitantes de una región de la India que todos buscaban. Ellos, en realidad, se llamaban con diferentes nombres: Tawantinsuyo, Anauhuac, Pindorama, entre otros. Prevaleció el nombre de Abya Yala, dado por el pueblo Kuna del norte de Colombia y de Panamá que significa “tierra madura, tierra viva, tierra que florece”. Eran pueblos con sus nombres: taínos, tikunas, zapotecas, aztecas, mayas, olmecas, toltecas, mexicas, aymaras, incas quechuas tapajós, tupís, guaranís, mapuches… y cientos de otros. La adopción del nombre común, Abya Yala, forma parte de la construcción de una identidad común, en la diversidad de sus culturas, y expresa las articulaciones que los unen en un inmenso movimiento que va del norte al sur del continente americano. En 2007 celebraron la Cumbre de los Pueblos de Abya Yala.

Pero sobre ellos pesa una vasta sombra que fue el exterminio infligido por los invasores europeos. Ocurrió uno de los mayores genocidios de la historia. Por guerras de exterminio o por enfermedades traídas por los blancos contra las cuales no tenían inmunidad, por trabajos forzados y mestizaje forzado, murieron cerca de 70 millones de representantes de estos pueblos. Los datos más seguros han sido recogidos por la socióloga y educadora Moema Viezzer y por el sociólogo e historiador canadiense radicado en Brasil, Marcelo Grondin. El libro, impresionante, con prefacio de Ailton Krenak lleva como título «Abya Yala: genocidio, resistencia y supervivencia de los pueblos originarios de las Américas» (Editora Bambual, Rio de Janeiro 2021). Recoge los datos del genocidio de las dos Américas. Demos un pequeño resumen:

En 1492, cuando llegaron los colonizadores había en el Caribe cuatro millones de indígenas. Años después no había ninguno. Fueron muertos todos, especialmente en Haití.

En 1500 había en México 25 millones de indígenas (aztecas, toltecas y otros); setenta años después quedaban sólo dos millones.

En 1532 poblaban los Andes 15 millones de indígenas; en pocos años quedó sólo un millón.

En América Central en 1492 en Guatemala, Honduras, Belize, Nicaragua, El Salvador, Costa Rica y Panamá había entre 5,6 y 13 millones de indígenas, el 90% de los cuales fueron muertos.

En Argentina, en Chile, en Colombia y en Paraguay murieron, en promedio, en algunos países más y en otros menos, cerca de un millón de indígenas.

Las Antillas menores, como en las Bahamas, Barbados, Curação, Granada, Guadalupe, Trinidad-Tobago e Islas Vírgenes, conocieron el mismo exterminio casi total.

En Brasil, cuando los portugueses atracaron en estas tierras, había cerca de 6 millones de pueblos originarios de decenas de etnias con sus lenguas. El desencuentro violento los redujo a menos de un millón. Hoy, lamentablemente, debido al descuido por parte de las autoridades, ese proceso de muerte continúa, víctimas del coronavirus. Un sabio de la nación yanomami, el pajé Davi Kopenawa, Yanomamy, relata en el libro La Caída del Cielo lo que los chamanes de su pueblo están vislumbrando: que la carrera de la humanidad se dirige hacia su fin.

En Estados Unidos vivían en 1607 cerca de 18 millones de habitantes de pueblos originarios; tiempo después sobrevivían sólo dos millones.

En Canadá había en 1492 dos millones de habitantes originarios, y en 1933 apenas se contaban 120 mil.

El libro no sólo narra esta inconmensurable tragedia, sino especialmente las resistencias y las cúpulas organizadas modernamente entre esos pueblos originarios del sur y del norte de las Américas. Con ello se refuerzan mutuamente, rescatan la sabiduría ancestral de los chamanes, las tradiciones y las memorias.

Una leyenda-profecía expresa el reencuentro de esos pueblos: la del Águila, representando a América el Norte y el Cóndor, a América del Sur. Ambos, engendrados por el Sol y por la Luna, vivían felices volando juntos. Pero el destino los separó. El Águila dominó los espacios y casi llevó al exterminio al Cóndor.

Sin embargo, quiso ese mismo destino que a partir de la década de 1990, al iniciarse las grandes cumbres entre los distintos pueblos originarios del sur y del norte, el Cóndor y el Águila se reencontraran, y empezaran a volar juntos. Del amor de ambos nació el Quetzal de América Central, una de las aves más bellas de la naturaleza, ave de la cosmovisión maya, que expresa la unión del corazón con la mente, del arte con la ciencia, de lo masculino con lo femenino. Es el comienzo del tiempo nuevo de la gran reconciliación de los seres humanos entre sí, como hermanos y hermanas, cuidadores de la naturaleza, unidos por un mismo corazón pulsante y habitando en la misma y generosa Pachamama, la Madre Tierra.

Quién sabe si en medio de las tribulaciones del tiempo presente, en que nuestra cultura ha encontrado sus límites insuperables y se siente urgida a cambiar de rumbo, esta profecía pueda ser la anticipación de un fin bueno para todos. Todavía volaremos juntos, el Águila del Norte con el Cóndor del Sur, bajo la benéfica luz del Sol que nos mostrará el mejor camino.

Leonardo Boff, 6 de Junio de 2021, en su Columna Semanal de Sevicios Koinonia.  

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“Poema del árbol”

“La rama rota”

Vengo de tu jardín de altos aromas,
con esta flor que embriaga como un vino.
Quizás por eso fue que en el camino
me siguió una bandada de palomas.

Y ahora, en mi huerto, en esta entristecida
paz del que nada odia y nada ama,
me tropiezan los pies con una rama
seca y rota, lo mismo que mi vida.

Y, como quien regresa del olvido
y se hermana al dolor de otra derrota,
pongo la flor sobre la rama rota
para hacerle creer que ha florecido.

José Ángel Buesa

“Poema del árbol”

Árbol, buen árbol, que tras la borrasca
te erguiste en desnudez y desaliento,
sobre una gran alfombra de hojarasca
que removía indiferente el viento.

Hoy he visto en tus ramas la primera
hoja verde, mojada de rocío,
como un regalo de la primavera,
buen árbol del estío.

Y en esa verde punta
que está brotando en ti de no sé dónde,
hay algo que en silencio me pregunta
o silenciosamente me responde.

Sí, buen árbol; ya he visto como truecas
el fango en flor, y sé lo que me dices;
ya sé que con tus propias hojas secas
se han nutrido de nuevo tus raíces.

Y así también un día,
este amor que murió calladamente,
renacerá de mi melancolía
en otro amor, igual y diferente.

No; tu augurio risueño,
tu instinto vegetal no se equivoca:
Soñaré en otra almohada el mismo sueño,
y daré el mismo beso en otra boca.

Y, en cordial semejanza,
buen árbol, quizá pronto te recuerde,
cuando brote en mi vida una esperanza
que se parezca un poco a tu hoja verde…

José Ángel Buesa

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Preceptos para vivir tranquilos

 La ira: un ácido que puede hacer más daño al recipiente en la que se almacena que en cualquier cosa sobre la que se vierte. Lucio Anneo Séneca

Retrato de Séneca según modelo de la antigüedad, por Lucas Vorsterman I (1638). Biblioteca Nacional de Francia.

Preceptos para vivir tranquilos

Te indicaré las normas que debes observar para vivir más seguro. Pero te aconsejo que escuches estos preceptos como si te enseñase la forma de proteger tu salud en tus dominios junto a Árdea. Considera cuáles son los motivos que impulsan al hombre a causar daño a otro hombre: descubrirás que son la esperanza, la envidia, el odio, el temor, el desprecio.

De todos ellos el desprecio es hasta tal punto el más leve, que muchos se han refugiado en él con el fin de protegerse. Al que uno desprecia, ciertamente lo pisotea, pero luego pasa de largo; al hombre despreciado nadie lo daña con ensañamiento, nadie con empeño; incluso el soldado que yace en el campo de batalla es dejado de lado, se combate con el que está en pie.

Evitarás los deseos de los malvados si no tienes nada que excite la injusta codicia de los demás, si no posees nada llamativo: en verdad se ambicionan aun las cosas de poco valor, si son poco conocidas, si son raras. Rehuirás la envidia si no te expones a las miradas de los otros, si no haces ostentación de tus bienes, si aprendes a alegrarte en tu intimidad. El odio o es el resultado de una injuria (esto lo evitarás no provocando a nadie), o es injustificado, del cual te protegerá el sentido común. Tal odio resultó peligroso a muchos: algunos se han ganado el odio sin tener enemigo.

Una modesta fortuna y un carácter dulce lograrán que no infundas temor: los hombres deben saber que eres de tal condición que pueden herirte sin riesgo de represalias; que la reconciliación contigo sea fácil y segura. Ser temido es, en verdad, tan enojoso entre la familia, como fuera de ella, tanto por los siervos, como por los hombres libres: no existe ninguno que no tenga fuerza suficiente para hacer daño. Añade ahora que el que infunde temor teme a su vez: nadie ha podido ser temible sin inquietud.

Queda el desprecio, cuya medida la tiene a su disposición quien se lo ha procurado, quien es menospreciado porque ha querido, no porque lo ha merecido. Las incomodidades de éste las desvanecen las buenas costumbres y las amistades de aquellos que son influyentes ante algún poderoso, a los que conviene acercarse, pero no encadenarse para que el remedio no sea más costoso que el peligro.

Sin embargo, nada aprovechará tanto como estar tranquilo y hablar muy poco con los demás y muchísimo consigo mismo. Existe un cierto encanto en la conversación que se insinúa y halaga y, no de otra suerte que la embriaguez y el amor, descubre los secretos. Nadie silenciará lo que ha escuchado, nadie comunicará sólo cuanto ha escuchado. Quien no silencie el hecho, no silenciará al autor. Cada cual tiene alguien en quien confiar tanto cuanto a él se ha confiado; por más que modere su locuacidad y se contente con los oídos de uno solo, hará pública la noticia; así lo que poco ha era secreto, ahora es voz popular.

Una gran parte de nuestra seguridad radica en no cometer injusticia alguna: los prepotentes llevan una vida turbia y desordenada; temen en la misma medida en que hacen daño y no descansan en ningún momento. En verdad, tiemblan cuando han obrado el mal y andan perplejos. Su conciencia no les permite ocuparse, de otra cosa y en seguida les obliga a responder ante su juicio. El castigo lo expía quien lo espera y lo espera quien lo ha merecido.

Ciertos delitos dejan a uno tranquilo en medio del remordimiento, pero ninguno le deja seguro; en efecto, piensa que si aún no ha sido descubierto, puede serlo, y durante el sueño se agita y, cuantas veces habla del crimen de alguno, recuerda el suyo; no le parece bastante olvidado, ni bastante oculto. El culpable tiene a veces la suerte, mas nunca la certeza de mantenerse oculto.

Lucio Anneo Séneca (4 a. C. – 65 d. C.).

Cartas filosóficas (Epístolas morales a Lucilio), ca. 65 d. C. Traducción: Ismael Roca Meliá.

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Espectadores de una sociedad ineficaz

Dran, artista callejero´´, conocido como el “Banksy francés”, ambos comparten una visión crítica de la sociedad, de las personas en el poder, y no temen exponer sus creencias públicamente

Espectadores de una sociedad ineficaz

De todas las enseñanzas que la vida me ha proporcionado, la más acerba, más inquietante, más irritante para mí ha sido convencerme de que la especie menos frecuente sobre la tierra es la de los hombres veraces. Yo he buscado en torno, con mirada suplicante de náufrago, los hombres a quienes importase la verdad, lo que las cosas son por sí mismas, y apenas he hallado alguno.

Sí; congoja de ahogo siento, porque un alma necesita respirar almas afines, y quien ama sobre todo la verdad necesita respirar aire de almas veraces. No he hallado en derredor sino políticos, gentes a quienes no interesa ver el mundo como él es, dispuestos solo a usar de las cosas como les conviene.

Hace falta, pues, afirmarse de nuevo en la obligación de la verdad, en el derecho de la verdad.

Vivimos entre antítesis; la religión se opone a la ciencia, la virtud al placer, la sensibilidad fina y estudiada al buen vivir espontáneo, la idea a la mujer, el arte al pensamiento… Alguien, al ponernos sobre el planeta, ha tenido el propósito de que sea nuestro corazón una máquina de preferir. Nos pasamos la vida eligiendo entre lo uno o lo otro. ¡Un penoso destino! ¡Prolongado, insistente tragedia!… y aunque elijamos lo que nos parece mejor, siempre dejamos en nuestra apetencia un hueco que debió llenarse con aquel otro bien propuesto. Ahora bien, las gentes suelen mostrarse demasiado presurosas en decidirse por lo mejor: olvidan que cada acto de preferencia abre, a la vez, una oquedad en nuestra alma. No, no prefiramos; mejor dicho, prefiramos no preferir. No renunciemos de buen ánimo a gozar de lo uno o lo otro; religión y ciencia, virtud y placer, cielo y tierra… Cada hombre debe pensar que es él el llamado a resolverlas.

El triunfar en la sociedad es un síntoma, a veces, inequívoco de una cierta clase de virtudes: al hombre que lo consigue solemos llamar eficaz, decimos que sirve, y la eficacia es un valor positivo, que estoy muy lejos de negar. Pero me parece una perversión de nuestro tiempo que ese valor sea el único estimado o, cuando menos, el más estimado. Merced a ello hemos desalojado del mundo todo lo exquisito, porque todo lo exquisito – ¡qué le vamos a hacer! – es socialmente ineficaz. La virtud de emocionarse delicadamente es, por ejemplo, una de las cosas más altas que cabe imaginar; pero en la mecánica que hoy rige las sociedades humanas solo es útil para sucumbir. Quien acierta a escribir sin retórica es un gran escritor. Esto es, en ética como en estética, la esencia del pecado: querer ser tenido por lo que no se es. Y la retórica es ese pecado de no ser fiel a sí mismo, la hipocresía en arte.

La democracia, como democracia, es decir, estricta y exclusivamente como norma del derecho político, parece una cosa óptima. Pero la democracia exasperada y fuera de sí, la democracia en religión o arte, la democracia en el pensamiento y en el gesto, la democracia en el corazón y la costumbre, es el más peligroso morbo que puede padecer una sociedad. Como la democracia es una forma jurídica, al hacer de ella principio integral de la existencia se engendran las mayores extravagancias. Lo que hoy se llama democracia es una degeneración de los corazones.

Vivimos rodeados de gente que no se estiman a sí mismas… quisieran que a toda prisa fuese decretada la igualdad entre los hombres, ambicionan la declaración de que todos los hombres somos iguales en talento, sensibilidad, delicadeza y altura cordial.

Periodistas, profesores y políticos sin talento componen, por tal razón, el Estado Mayor de la envidia. Lo que hoy llamamos “opinión pública” y “democracia” no es en gran parte sino la purulenta secreción de esas almas rencorosas.

El hombre de tacto se complace en faltar de cuando en cuando a las normas que él mismo se ha impuesto, en quebrar su efectiva ejemplaridad, a fin de dejar un breve hueco entre su vida y la perfección abstracta que le sirve de meta. Nuestra existencia no debe ser un paradigma, sino un sesgado curso entre los modelos que a la vez nos aproxima a ellos y gentilmente los evita.

Cuando no hay alegría el alma se retira a un rincón de nuestro cuerpo y hace de él su cubil. De cuando en cuando da un aullido lastimero o enseña los dientes a las cosas que pasan. Y todas las cosas me parece que hacen camino rendidas bajo el fardo de su destino y que ninguna tiene vigor bastante para danzar con él sobre los hombros. La vida nos ofrece un panorama de universal esclavitud. Ni el árbol trémulo, ni la sierra que incorpora vacilante su pesadumbre, ni el viejo monumento que perpetúa en vano su exigencia de ser admirado, ni el hombre que, ande por donde ande, lleva siempre el semblante de estar subiendo una cuesta, nada, nadie manifiesta mayor vitalidad que la estrictamente necesaria para alimentar su dolor y sostener en pie su desesperación.

Muy especialmente si la falta de alegría proviene de un dolor físico, percibimos con extraña evidencia la línea negra que limita cada ser y lo encierra dentro de sí, sin ventanas hacia fuera. Y como la gracia y la alegría y el lujo de las cosas consisten en los reflejos innumerables que las unas lanzan sobre las otras y de ellas reciben, la sospecha de su soledad radical parece rebajar el peso del mundo… y presentimos que hay dondequiera oculto un vacío que alguien se entretiene en punzar rítmicamente. En la estrella, en la ola marina, en el corazón del hombre da su latido a compás el dolor inagotable.

No podemos ver nada claro en este sublime asunto de la felicidad –decidme: ¿hay otro, por ventura, más importante? –, si no comenzamos por advertir que frente a las cosas es el sujeto una pura actividad. Llámesele alma, conciencia, espíritu o como se quiera, eso que somos consiste en un haz de actividades, de las cuales unas se ejecutan y otras aspiran a ejercerse. Consistimos, pues, en un potencial de actos: vivir es ir dando salida a ese potencial, es ir convirtiéndolo en actuación. Dicho de otra manera: somos un poder ver, un poder gustar y oír, un poder recordar, un poder entristecernos y alegrarnos, llorar o reír, un poder amar y odiar, imaginar, saber, dudar, creer, desear y temer.

¿Cómo es posible que imaginemos la felicidad con el semblante del sueño, que es la negación de todo eso?

Si en los momentos de infelicidad, cuando el mundo nos parece vacío y todo sin sugestiones, nos preguntan qué es lo que más ambicionamos, creo yo que contestaríamos: salir de nosotros mismos, huir de este espectáculo del yo agarrotado y paralítico. Y envidiamos los seres ingenuos, cuya conciencia nos parece verterse íntegra en lo que están haciendo, en el trabajo de su oficio, en el goce de su juego o de su pasión. La felicidad es estar fuera de sí –pensamos–.

De lo que llevo dicho se desprende que en ese estar fuera de sí consiste precisamente el vivir espontáneo, el ser, y que, al entrar dentro de sí, el hombre deja de vivir y de ser, y se encuentra frente a frente con el lívido espectro de sí mismo.

El hombre no puede vivir plenamente si no hay algo capaz de llenar su espíritu hasta el punto de desear morir por ello. ¿Quién no descubre dentro de sí la evidencia de esta paradoja? Lo que no nos incita a morir, no nos excita a vivir. Ambos resultados, en apariencia contradictorios son, en verdad, los dos haces de un mismo espíritu. Solo nos empuja irresistiblemente hacia la vida lo que por entero inunda nuestra cuenca interior. Renunciar a ello sería para nosotros mayor muerte que con ello fenecer. Por esta razón, yo no he podido sentir nunca hacia los mártires admiración, sino envidia. Es más fácil lleno de fe morir que exento de ella arrastrarse por la vida.

La muerte regocijada es el síntoma de toda cultura vivaz y completa, donde las ideas tienen eficacia para arrebatar los corazones.

José Ortega y Gasset, en su libro “El Espectador” (1916).

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Obesidad: ¿veleidad o realidad?

Cuadro del artsta surrealista polaco Igor Morsky.

Obesidad: ¿veleidad o realidad?

La obesidad, que amenaza a más del 30% del mundo occidental, es la epidemia del siglo XXI.

Estamos, casi todos, demasiado gordos… excepto quienes padecen hambre crónica. Paradójicamente la pobreza mundial se manifiesta con alta mortalidad por hambrunas… o por gorduras. En el “Primer Mundo” se nos dice que la obesidad mata más gente que el cáncer. En EE.UU. 300.000 muertes anuales se imputan a la gula y a la falta de ejercicio, el 30.4% de la población es obeso, el 64% tiene sobrepeso y se anuncia que la obesidad puede ser ya la primera causa de mortalidad. Pero quizá la noticia sólo sea atribuible a que el mercado de la dietética supera al negocio de la alimentación, y que los intereses de las multinacionales aconsejan sugerirnos que adelgazamos… lo que antes nos hicieron engordar.

Porque fue el poderoso lobby de los productores de cereales, con amplia representación en el Congreso norteamericano, quien históricamente consiguió suculentos subsidios para sus plantaciones, lo que les permitió vender a precios sumamente bajos a ganaderos bovinos y avícolas. Luego la Unión Europea, igualmente sobreprotegió al sector primario, por lo que la superproducción de alimentos, que difícilmente puede acumularse por largos períodos y que nadie traslada solidariamente al “Tercer Mundo”, sólo puede ser consumida con publicidad agresiva que instala hábitos anglosajones de “comida basura” (fast food) entre la población mundial menos informada. Todo ello ha provocado un aumento desbordante de las raciones que nos ofrecen, así como de las personas que no pueden combatir el consumismo fomentado.

Los datos comparativos son escalofriantes. Se han entre duplicado o quintuplicado el peso y las calorías de los productos en unas pocas décadas: Una hamburguesa ha pasado de 79 gramos a 122, subiendo sus calorías desde 202 a 210; las patatas fritas que le acompañan, de 68 a 198 gramos, esto es de 210 a 610 calorías; las chocolatinas, de 57 a 198 gramos, o de 297 a 1000 calorías; el botellín de refresco de cola, de 192 a 473 mililitros, de 79 a 194 calorías; y, en el caso límite de las palomitas se decuplica su masa, pasando de 174 a 1.700 calorías.

Lo más preocupante es que esta pandemia de grandes raciones y sobrepeso está afectando de lleno a los más pequeños, ofreciéndose datos incontestables como el incremento en adolescentes de la diabetes tipo 2, quedando expuestos a complicaciones como enfermedades cardíacas y renales, ceguera o degeneración neurológica de las extremidades. 

Nos conviene aplicarnos urgentemente algunos consejos de los nutricionistas, fundamentalmente por razones sanitarias, además de las económicas (las compañías de seguros comienzan a elevar sus primas a los “gruesos”) o estéticas (que pueden llevar a la anorexia). Algunas recomendaciones básicas para una alimentación sana, avaladas por las agencias gubernamentales más fiables, son las siguientes:


1º Huir de la publicidad agresiva, tanto de productos alimenticios como adelgazantes. El mercado no es un consejero fiable para la salud: Mejor consultar cada caso concreto con el médico o el especialista.

2º Hacer tres comida diarias, sin olvidar el desayuno, consumiendo con moderación alimentos naturales variados, con preferencia a los de origen vegetal (o marino).

3º Comer cinco piezas diarias de frutas y hortalizas crudas o cocidas, como núcleo central de una dieta equilibrada y saludable que sacia y aporta nutrientes esenciales con pocas calorías.

4º Beber mucha agua, al despertarse y al acostarse, antes y después de las comidas, hasta un total diario en torno a los 1,5 litros. 

5º Disminuir el consumo de sal, alcohol y alimentos energéticos ricos en grasas saturadas (normalmente de origen animal, mantequilla, margarina, grasas, carne roja,…) o azúcares refinados (dulces y bollería industrial).

6º Aprovechar el tiempo de las comidas para el encuentro y el diálogo con familiares y amigos.

Mikel Agirregabiria Agirre

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“Leyenda esquimal”

“No puede haber una revelación más intensa del alma de una sociedad que la forma en la que trata a sus niños”. Nelson Mandela

Fotografía de Margaret Bourke-White

“Leyenda esquimal”

Ésta es la historia de un miserable huérfano, un niño abandonado que vivía con un grupo de gente cruel y desalmada. Kagsagsuk había sido adoptado por una anciana tan pobre como él. A duras penas sobrevivían a la entrada del iglú donde se reunían los demás y tenían que acostarse a dormir en el pasadizo de entrada, buscando el calor de los perros para no morir de frío, porque ni siquiera por la noche  los dejaban entrar en la casa.

Cuando empezaba el día y los látigos de los hombres despertaban a los perros para atarlos a los trineos, más de un latigazo daba contra las espaldas del muchachito. Y no por error, sino por puro placer malvado.

Después de una buena caza, la gente del iglú se daba un banquete de piel de morsa o carne helada. Entonces el pequeño Kagsagsuk se asomaba a mirar desde la entrada. Si alguno de los comensales lo veía, lo levantaba de allí y lo metía dentro agarrándolo con los dedos de los agujeros de la nariz. Así, los agujeros de su nariz fueron creciendo y haciéndose cada vez más grandes, mientras el resto de su cuerpo seguía pequeño. A veces le daban un pedazo de carne helada pero no le prestaban un cuchillo, y se burlaban de sus esfuerzos por trocear un pedazo con los dientes. Si estaban muy aburridos, le arrancaban un diente para divertirse, con la excusa de que comía demasiado.

Su madre adoptiva le hizo un par de botas y le consiguió una pequeña lanza de hueso de oso para que pudiera jugar con los otros chicos. Pero los niños eran tan crueles como sus padres. Lo hacían rodar por la nieve, le metían la lanza dentro de la ropa, lo golpeaban entre varios. Las niñas lo cubrían de excrementos y porquerías mientras se burlaban de él.

–Ha llegado la hora de que sepas un secreto –le dijo una vez la anciana que lo cuidaba–, Kagsagsuk: estás destinado a grandes hazañas. Ahora tienes que aprender a defenderte. El Señor de las Fuerzas te protegerá.

Desde entonces Kagsagsuk buscó la soledad de las montañas para realizar sus conjuros. Y un día, el Señor de las Fuerzas se presentó ante él: era un monstruo inmenso que lo rodeó con su cola, apretándolo hasta hacer crujir sus huesos. Cinco veces el Amarok lo derribó y lo constriñó, y las cinco veces el muchachito escuchó un golpeteo sobre la nieve: huesecillos de foca salían de su cuerpo. Y cada vez se sentía más fuerte. La quinta vez escapó de un salto de la cola de Amarok.

–Son estos huesecillos mágicos los que no te dejaban crecer ni tener fuerzas –le dijo Amarok–. Ahora tienes que venir a verme todos los días para volverte más fuerte. Pero nadie debe saberlo hasta que estés listo.

Kagsagsuk hacía su vida de siempre. Dormía con los perros, soportaba las torturas y las burlas de grandes y chicos. Pero cada vez que volvía de ver a Amarok, corría más y más rápido, apartando a patadas las piedras del camino. Si se tiraba al suelo y se dejaba rodar pendiente abajo, el impacto de su cuerpo todavía pequeño hacía volar enormes rocas por los aires. Llegó un momento en que el mismo Amarok no pudo derribarlo con su inmensa cola.

–Ahora ningún hombre podría vencerte –le dijo el Señor de la Fuerza–. Y sin embargo, debes guardar el secreto hasta que el mar se hiele.

Con su cuerpo pequeño y los enormes agujeros de su nariz, Kagsagsuk continuó soportándolo todo hasta que volvió el invierno. El mar se heló por completo y los hombres tuvieron que renunciar a seguir cazando focas. Un día llegaron varios cazadores al iglú y contaron que habían visto tres osos trepando la ladera de un iceberg. Pero nadie se atrevía a salir para atacarlos.

Entonces Kagsagsuk se ajustó sus viejas botas y sus andrajosas ropas y partió. Todos se burlaron de él y propusieron aumentar su velocidad impulsándolo a patadas.

Pero Kagsagsuk echó a correr. Pasaba entre los demás como si fueran un cardumen de pececitos. Corría a tal velocidad que los talones parecían llegar a la altura de su cuello y la nieve pulverizada a su paso formaba un arco iris. La gente del iglú lo miraba con enorme asombro. Varios lo siguieron, aunque no lo pudieron alcanzar.

El muchacho llegó a donde estaba el primer oso, que levantó una de sus garras hacia él. De un solo golpe podría haberlo despedazado. Pero Kagsagsuk lo agarró de las patas delanteras y lo arrojó contra la pared del Iceberg con tanta fuerza que lo partió en dos.

–¡Arrancad la piel, tomad la grasa, dividid la carne! –gritó a los que le miraban asombrados.

Todos esperaban que los otros dos osos lo mataran. Sin embargo, Kagsagsuk los levantó por las patas traseras y los revoleó hasta matarlos, golpeando con sus cuerpos a los espectadores.

–Este hombre me trató muy mal –gritaba–. ¡Y éste todavía peor!

Cuando Kagsagsuk llegó al iglú, todos estaban aterrados. Él se quedó parado como siempre a la entrada del pasadizo y se negó a entrar a menos que alguien lo levantara de los agujeros de la nariz. Sólo su madre adoptiva se atrevió a hacerlo.

Ahora todos eran amables con él. Le ofrecían el mejor lugar para sentarse, donde una espesa piel cubría el banco. Las muchachas se peleaban por ofrecerle sus tejidos, todos querían cederle el sitio de honor.

Después de la cena una jovencita se acercó para ofrecerle agua. Kagsagsuk tomó un trago, la atrajo con suavidad agradeciéndole la gentileza y finalmente la abrazó. Con tanta fuerza la abrazó que la sangre le salió a borbotones de la boca.

–Me parece que reventó –observó Kagsagsuk.

–No importa –le dijeron muy asustados los padres de la muchacha-. No servía más que para traer agua.

Después, cuando los más jóvenes entraron a la cabaña, Kagsagsuk los llamó a su lado.

–¡Qué grandes cazadores de focas serán! –les dijo. Y comenzó a estrujar algunos hasta la muerte, mientras a otros les arrancaba los brazos y los pies.

–No importa –decían los padres–. Éste no servía para nada. Sólo sabía disparar un poquito.

Pero tanta cortesía llegaba tarde. Kagsagsuk fue matando uno por uno a todos los ocupantes del iglú, hasta que no quedó ninguno vivo. Solamente perdonó a su madre adoptiva y a los pocos que no le habían atormentado cuando no podía defenderse.

Se quedó a vivir allí, de las provisiones que habían almacenado para el invierno. Con las mejores canoas aprendió a navegar y a cazar. Kagsagsuk recorrió el sur y el norte con su kayak, asombrando a todo el país de los Inuit con su enorme fuerza y sus hazañas extraordinarias.

Ana María Shua

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Los beneficios de la Luna

“Desconfiad de la luna y de las estrellas, de la Venus de Milo, de los lagos, de las guitarras, de las escaleras de cuerda y de todas las novelas y novelerías. ¡Pero amad vigorosamente, arrogantemente, ferozmente, a la mujer que améis!” Charles Baudelaire

“La Luna” obra de Marina Mika

Los beneficios de la Luna

La Luna, que es el capricho mismo, se asomó por la ventana mientras dormías en la cuna, y se dijo: “Esa criatura me agrada.”

Y bajó muellemente por su escalera de nubes y pasó sin ruido a través de los cristales. Luego se tendió sobre ti con la ternura flexible de una madre, y depositó en tu faz sus colores. Las pupilas se te quedaron verdes y las mejillas sumamente pálidas. De contemplar a tal visitante, se te agrandaron de manera tan rara los ojos, tan tiernamente te apretó la garganta, que te dejó para siempre ganas de llorar.

Entretanto, en la expansión de su alegría, la Luna llenaba todo el cuarto como una atmósfera fosfórica, como un veneno luminoso; y toda aquella luz viva estaba pensando y diciendo: “Eternamente has de sentir el influjo de mi beso. Hermosa serás a mi manera. Querrás lo que quiera yo y lo que me quiera a mí: al agua, a las nubes, al silencio y a la noche; al mar inmenso y verde; al agua informe y multiforme; al lugar en que no estés; al amante que no conozcas; a las flores monstruosas; a los perfumes que hacen delirar; a los gatos que se desmayan sobre los pianos y gimen como mujeres, con voz ronca y suave.

“Y serás amada por mis amantes, cortejada por mis cortesanos. Serás reina de los hombres de ojos verdes a quienes apreté la garganta en mis caricias nocturnas; de los que quieren al mar, al mar inmenso, tumultuoso y verde; al agua informe y multiforme, al sitio en que no están, a la mujer que no conocen, a las flores siniestras que parecen incensarios de una religión desconocida, a los perfumes que turban la voluntad y a los animales salvajes y voluptuosos que son emblema de su locura.”

Y por esto, niña mimada, maldita y querida, estoy ahora tendido a tus pies, buscando en toda tu persona el reflejo de la terrible divinidad, de la fatídica madrina, de la nodriza envenenadora de todos los lunáticos.

Charles Baudelaire, Poema número 37 de El spleen de París (Los pequeños poemas en prosa).

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