Los panes negros

Pan-negro

Los panes negros

xeeds2n aquel tiempo, Nicolás Nerli era banquero en la noble ciudad de Florencia. A la hora de tercia se encontraba ya sentado ante su pupitre, y a la hora de nona aún estaba allí sentado, haciendo cuentas todo el día en sus tablillas. Nicolás Nerli prestaba dinero al Emperador y al Papa. Y si no le prestaba dinero al diablo era porque temía hacer malos negocios con el que nombramos el Maligno y que no carece de artimañas.

Era audaz y desconfiado. Había adquirido grandes riquezas y despojado a mucha gente. Por ello era respetado en la ciudad de Florencia. Vivía en un palacio en el que la luz que Dios creó no entraba sino por estrechas ventanas; eso era por prudencia, pues la mansión de un rico debe ser como una ciudadela y los que poseen grandes bienes hacen bien en defender por la fuerza lo que han adquirido por la astucia.

El palacio de Nicolás Nerli se encontraba pues provisto de rejas y cadenas. En su interior, los muros estaban decorados con pinturas de expertos maestros que habían representado en ellas las Virtudes como mujeres, los patriarcas, los profetas y los reyes de Israel. Los tapices expuestos en las habitaciones ofrecían a la vista las historias de Alejandro y de Tristán tal como las cuentan en los libros. Nicolás Nerli hacía brillar su riqueza en toda la ciudad por medio de fundaciones piadosas.

Había mandado construir un hospital en la zona de extramuros cuyo friso, esculpido y pintado, representaba las acciones más honorables de su vida; en reconocimiento por las sumas de dinero que había donado para acabar Santa María la Nueva, su retrato se hallaba expuesto en el coro de esta iglesia. Se le veía en él arrodillado, con las manos juntas, a los pies de la Santísima Virgen. Se le reconocía por su gorro de lana roja, su abrigo forrado, su rostro rollizo y sus ojillos despiertos. Su buena esposa, Mona Bismantova, con expresión honesta y triste, que se podría pensar que jamás nadie hubiera obtenido de ella algún placer, se hallaba al otro lado de la Virgen, en humilde actitud orante. Aquel hombre era uno de los primeros ciudadanos de la República; como no había hablado jamás mal de las leyes y no se preocupaba en absoluto de los pobres ni de aquellos a los que los poderosos del momento condenan a pagar multas o al exilio, no había disminuido nada, en la opinión de los magistrados, la estima que había adquirido a sus ojos por su gran riqueza.

Una noche de invierno, al regresar a su palacio algo más tarde de lo habitual, fue rodeado ante el umbral de su puerta por un grupo de mendigos medio desnudos que le tendían la mano. Los apartó con duras palabras. Pero el hambre hace a los hombres ariscos y osados como los lobos: formaron un círculo a su alrededor y le pidieron pan con voz quejumbrosa y ronca. Estaba inclinándose ya para recoger piedras y lanzárselas, cuando vio llegar a uno de sus criados que llevaba sobre la cabeza una cesta de panes de centeno, destinados a los empleados de las cuadras, de la cocina y de los jardines.

Hizo una señal al de los panes para que se acercara, y, sacándolos de la cesta con ambas manos, les arrojó los panes a los menesterosos. Luego, entró en su casa, se acostó y se quedó dormido. Mientras dormía, sufrió un ataque de apoplejía y murió tan de repente que creía que se encontraba aún en su lecho cuando vio, en un rincón oscuro, a San Miguel iluminado por el resplandor que irradiaba de su propio cuerpo. El arcángel, con la balanza en la mano, estaba cargando los platillos. Al reconocer en el platillo que pesaban más las joyas de las viudas que guardaba como fianza, la multitud de recortes de escudos indebidamente retenidos y algunas piezas de oro muy bellas, que sólo él poseía y que había adquirido por usura o por fraude, Nicolás Nerli reconoció que era su vida, ya finalizada, lo que san Miguel estaba pesando en su presencia. Miró atento y preocupado.

-Señor San Miguel -le dijo-, si ponéis en un platillo todas las ganancias que he obtenido en mi vida, colocad en el otro, os lo ruego, las hermosas fundaciones con las que he puesto de manifiesto mi piedad. No olvidéis la cúpula de Santa María la Nueva a la que contribuí financiando la tercera parte, ni el hospital de extramuros, que he construido por completo con mi dinero.

-No temáis, Nicolás Nerli -respondió el arcángel-. No me olvidaré de nada.

Y con sus manos gloriosas colocó en el otro platillo la cúpula de Santa María la Nueva y el hospital con el friso esculpido y pintado. Pero el platillo no se movió. El banquero sintió gran inquietud.

-Señor san Miguel -dijo de nuevo-, buscad bien. No habéis colocado en ese platillo de la balanza ni mi hermosa pila del agua bendita de San Juan, ni el púlpito de San Andrés, en donde está representado el bautismo del Nuestro Señor a tamaño natural. Es una obra que me costó muy cara.

El arcángel colocó el púlpito y la pila encima del hospital en el platillo, que tampoco se movió. Nicolás Nerli empezó a notar que su frente se inundaba de un sudor frío.

-Señor arcángel -preguntó-, ¿estáis seguro de que vuestra balanza funciona correctamente?

San Miguel respondió sonriendo que, al no ser la balanza como las que usan los lombardos de París ni como las que usan los cambistas de Venecia, aquélla no carecía en absoluto de exactitud.

-¡Cómo! -suspiró Nicolás Nerli, completamente lívido-, ¿la cúpula, el púlpito, la pila, el hospital con todas sus camas, no pesan, pues, más que una brizna de paja o que el plumón de un pájaro?

-Ya lo estáis viendo, Nicolás -dijo el arcángel-, y, hasta el momento, el peso de vuestras iniquidades es muy superior al peso ligero de vuestras buenas acciones.

-Voy a ir al infierno, pues -dijo el florentino. Y sus dientes castañeteaban de espanto.

-¡Tened paciencia, Nicolás Nerli -prosiguió el pesador celeste-, paciencia! No hemos terminado aún. Nos queda esto.

Y el bienaventurado Miguel tomó los panes de centeno que el rico les había lanzado a los pobres la víspera. Los colocó en el platillo de las buenas obras, que descendió de repente, mientras que el otro subía, quedando ambos platillos al mismo nivel. El fiel de la balanza no se inclinaba ni a la derecha ni a la izquierda y la aguja indicaba la igualdad perfecta de los dos pesos. El banquero no podía creer lo que veían sus ojos. El glorioso arcángel le dijo:

-Como estás viendo, Nicolás Nerli, no eres apto ni para el cielo ni para el infierno. ¡Anda, regresa a Florencia! Multiplica en tu ciudad esos panes que diste con tus manos, de noche, sin que nadie te viera, y serás salvo. Pues no basta con que el cielo se abra para el ladrón que se arrepiente y para la prostituta que llora. La misericordia de Dios es infinita: es capaz de salvar incluso a un rico. Sé tú ese rico. Multiplica los panes cuyo peso puedes ver en mi balanza. ¡Anda!

Nicolás Nerli se despertó en su lecho. Decidió seguir el consejo del arcángel y multiplicar el pan de los pobres para lograr entrar en el reino de los cielos.

Durante los tres años que pasó sobre la tierra después de su primera muerte, fue caritativo con los menesterosos y muy generoso en limosnas.

 Anatole France  (1895)

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Amarme

¿Si yo no soy para mí, quién será para mí?

¿Si sólo soy para mí, quién soy yo?

¿Y si no ahora, cuándo?

Rabí Hillel

Niño geopolítico mirando el nacimiento del hombre nuevo,obra de Salvador Dalí

Niño geopolítico mirando el nacimiento del hombre nuevo,obra de Salvador Dalí

Amarme

Independientemente de nuestro género sexual, todos poseemos un aspecto femenino y un aspecto masculino internos y la relación entre éstos – la pareja interior – tiende a reproducirse en nuestros vínculos.

Solemos relacionarnos con los aspectos exteriores de la vida a través de su correspondencia con nuestros patrones internos. Así, cuando nos atrae otra persona, la misma está espejando aspectos tanto conscientes como inconscientes de nuestro propio ser.

Habitualmente esperamos que el otro/a nos proporcione aquello de lo que carecemos, o creemos carecer. Muchos de los conflictos que atravesamos en la vida tienen una trastienda de baja autoestima. En las dificultades dentro del ámbito de la pareja, en el plano laboral, en las relaciones con familiares y amigos existen siempre zonas profundas en las que no confiamos. Algunas tienen que ver con creencias de base, que desmoronan la fe en nosotros mismos de manera visible y obvia; otras son creencias que subyacen bajo capas de un aparente “todo está bien”.

Construir la propia autoestima es plantar las semillas para amarse a sí mismo, la base para cualquier relación amorosa con otra persona.

Al mencionar la idea de amarse más y mejor a sí mismo podríamos temer caer en un amor narcisista que, más que acercarnos, nos aparte del resto de la humanidad. Esta propuesta no implica quedarnos, como Narciso, prendidos al propio reflejo en el estanque, embelesados con nuestra imagen. Se trata más bien de reconocer y revalorizar todo lo que tenemos de positivo. Cuando nos conectamos con nuestras partes más luminosas y amorosas absorberemos la energía necesaria para ingresar también en los rincones más oscuros, construyendo así una percepción más plena de quién somos verdaderamente.

La forma en que nos describimos colorea todas nuestras experiencias. ¿Quién sabe desde cuándo o desde quién comenzamos a definirnos de determinada manera? Lo cierto es que todas nuestras ideas y pensamientos producen resultados, y nuestros diálogos internos son la base sobre la cual construimos nuestra experiencia de la realidad. Todo cuanto consideremos real o verdadero se convierte, eventualmente, en una realidad para nosotros.

Es clásico el ejemplo de quien cree que es rechazado por otros. Sin proponérselo, su actitud y su expresión hacen que efectivamente lo rechacen. Si tengo la idea de que no soy lo suficientemente valiosa como mujer y que debido a ello mi pareja me abandonará, comenzaré a aferrarme, a exigir, a reprochar y controlar, y estas reacciones lo inducirán eventualmente a distanciarse y/o a abandonarme, confirmando así mi creencia.

Estas son las famosas profecías auto-cumplidas, en las que terminamos creando lo temido, atrayendo hacia nosotros precisamente aquello que tratábamos de evitar.

A todos nos hubiera gustado escuchar frases amorosas de nuestros padres, y nos gustaría que nuestra pareja y amigos nos dijesen cuánto valemos. Sin embargo, nos cuesta decírnoslo a nosotros mismos.

Tendemos a esperar que sean los demás quienes retruquen nuestra percepción negativa con halagos, felicitaciones y miradas de aprobación. Sin duda es agradable recibir alabanzas, pero esa dosis de autoestima foránea no es duradera ni suficiente.

Lamentablemente, vivimos con la sensación de que el amor está fuera de nosotros, que es algo que nos dan o nos quitan, un regalo, un premio, algo que merecemos o dejamos de merecer en función de que cumplamos con determinados requisitos (ser jóvenes, delgados, atractivos, inteligentes, exitosos, carismáticos, etc.)

Desde pequeños recibimos una serie de mensajes sobre el amor que nos condicionaron, haya sido esto debido a actos, frases escuchadas o sensaciones corporales basadas en acontecimientos vividos, y/o en la interpretación personal que realizamos en función de éstos.

Hoy, ya adultos, necesitamos redefinir nuestra noción del amor.

Para ello, puede ser útil formularnos y responder a las siguientes preguntas:

¿Cuánto soy capaz de amarme a mí mismo?

¿Cuánto me disgusto, critico, condeno, amonesto?

¿Cuánto soy capaz de cuidarme y darme lo que necesito?

¿Cuánto placer me permito tener en mi vida cotidiana?

¿De qué formas me descuido y me abandono?

¿Cuán desarrollada está mi capacidad para dar y recibir? ¿Cuál me resulta más fácil, y por qué? (Frecuentemente preferimos dar a recibir ya que esto último implica mayor vulnerabilidad).

¿Cuán desarrollada está mi capacidad para mostrarme auténticamente? ¿Cuándo me expreso como realmente soy y cuándo muestro una de mis máscaras?

¿Cuál es la creencia personal que más necesito modificar para poder aceptarme y amarme sin condiciones ni exigencias inalcanzables?

Cuando logro darme cuenta de que soy mi propia fuente de amor, todo cambia de dirección – yo soy responsable de transformarme y darme aquello que espero del afuera.

El amor no existe afuera de nosotros – debemos buscarlo en su morada íntima que es nuestro propio corazón.

¿Quién si no yo puede aceptarme y amarme con todas mis características? ¿Quién si no yo conoce la historia de mi niño interno, no para lamentarme sino para sanar mis propias heridas? ¿Quién si no yo tiene en su poder el pasaje de ida y vuelta hacia lo profundo de mi corazón?

Trabajar para construir la propia autoestima es un acto de amor – amor hacia uno mismo que se traduce luego en una mayor capacidad de amar realmente a los demás.

Alicia Schmoller

 

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Influencia de la música en las emociones humanas

En la música es acaso donde el alma se acerca más al gran fin por el que lucha cuando se siente inspirada por el sentimiento poético: la creación de la belleza sobrenatural. Edgar Allan Poe

El canto de los ángeles (1881), obra de William Bouguereau.

Influencia de la música en las emociones humanas

     El sonido y la música siempre han estado ligados al ser humano y por tanto unidos a las emociones.  Nuestros primeros antepasados empleaban los sonidos y la música como herramienta de supervivencia y de comunicación.

     En “El origen de las especies”, Darwin defiende que “los sonidos musicales han sentado una de las bases más importantes para el desarrollo del lenguaje, ya que tanto el ritmo como la cadencia de la oratoria poseen rasgos musicales”.

     Una de las razones más simples y cotidianas que justifican la compañía de la música en nuestras vidas, es que nos ayuda a liberar tensiones, emocionarnos,  relajarnos y evocar recuerdos.

     En la juventud o en la vejez, más cerca o más lejos, la música marca nuestra vida.  Se puede observar su influencia en los bebés cuando duermen mejor al oír el arrullo tranquilizador de su madre o en los niños pequeños que se mueven, saltan y bailan cuando escuchan canciones rítmicas.

     La música proporciona sensaciones placenteras, endulza nuestras vidas.  Un potente crescendo orquestal puede conmovernos y emocionarnos, así como la banda sonora de una película puede ser proveedora de una increíble carga emotiva.

     Este apego a la música tiene sus raíces en nuestro pasado remoto, en los albores de la cultura.  Hace más de 30.000 años, el hombre utilizaba flautas de hueso e instrumentos de percusión como medio de comunicación y expresión emocional. Por tanto, se puede afirmar que todas las sociedades cuentan con su propia música.

DESARROLLO

     Como afirma J. Jauset en su libro “Música y cerebro, una pareja saludable: las claves de la neurociencia musical”,  la música es una actividad que requiere grandes y múltiples recursos cognitivos, es un poderoso estimulante del diálogo que mantienen los hemisferios cerebrales favoreciendo un equilibrio dinámico entre las capacidades de ambos.  Tanto la percepción como la producción musical, movilizan diversas áreas corticales (auditiva, motora) y subcorticales (respuestas emocionales) que implican, de hecho, a la totalidad del encéfalo.

     Algunos estudios la consideran como una de las actividades más complejas que la mente humana puede llevar a cabo e, incluso, algunos autores indican que de todas las artes, la música es la que es capaz de modificar la consciencia de manera más poderosa.

     La música es clave para estudiar las capacidades y funcionalidades del cerebro, especialmente las relacionadas con las emociones, algo realmente complejo que moviliza todos nuestros recursos y que está en permanente estado de investigación, además, permite indagar acerca de la organización cerebral, siendo una inestimable oportunidad para estudiar las funciones más desarrolladas del ser humano.

     La unidad presente en el fenómeno musical, se refleja en todas sus dimensiones (física, emocional, vivencial y cognitiva) y se corresponde con la unificación e integración de los procesos cerebrales. No sorprende, pues, que la música sea considerada como un poderoso estímulo multisensorial.

     A pesar de los numerosos estudios y avances realizados en los últimos años, aún no son conocidos con todo detalle los roles de las diferentes partes del cerebro en el proceso de las emociones.  Una de las ventajas de la música, es que permite evocar un amplio rango de emociones, resultando ser una excelente herramienta para el estudio de las respuestas generadas.  No deja de ser curioso que “algo” que en principio puede parecer tan banal como unas simples notas musicales, pueden ser una herramienta eficaz para modular las emociones e influir en nuestros actos cognitivos y conductuales.  Si estamos alegres, nuestro optimismo aumentará, podremos ser más creativos y estaremos más predispuestos a la acción, a llevar a cabo nuestros proyectos y a utilizar más eficazmente nuestros propios recursos. Si por el contrario estamos deprimidos, cualquier acción, por pequeña que sea, será misión imposible.  En definitiva, la música constituye una importante herramienta que facilita el equilibrio entre la mente y las emociones.

     Ante la escucha plácida de una obra musical, hay momentos en los que podemos llegar a sentir un placer sublime acompañado por los conocidos escalofríos.  Es una sensación que definimos expresando que “nos pone el vello de punta”, pero ¿qué está ocurriendo en esos instantes en nuestro cerebro?. Nuestro organismo está respondiendo con multitud de reacciones con una evidente repercusión fisiológica que, entre otros, altera los ritmos cardíaco, respiratorio y electromiográficos.

     Hay pasajes musicales que parece que resuelven pero no lo hacen, añaden crescendos, cambios de tempo, de tonalidad, de ritmo, de intensidad… todo pensado para estimular y retardar el instante o momento cumbre, el final de la resolución tan deseada.

     Cerebralmente, este “juego” se traduce en un baile de dopamina, con sus repercusiones biológicas, fisiológicas y emotivas.

     El placer que se obtiene al escuchar música y su influencia en nuestras emociones, tienen claros fundamentos biológicos que nacen en una zona situada por debajo el tálamo.  La liberación de dopamina en este nivel, es la que genera respuestas de reforzamiento positivo y de recompensa, tal y como se ha podido evidenciar en los casos de conductas adictivas y de consumo de sustancias psicoactivas.  Otro punto interesante a considerar es la conexión del núcleo accumbens con la ínsula y el hipotálamo, dos estructuras que regulan la actividad del sistema nervioso autónomo (SNA) y que serán las responsables de los cambios fisiológicos asociados con una respuesta relajante de la música, tales como las disminuciones de la frecuencia cardíaca, de la presión arterial, del ritmo respiratorio, de la actividad cerebral y de la conductancia de la piel.

     Podríamos concluir diciendo que la música puede evocar experiencias placenteras o alegres y todas ellas, aunque no lleguen a producirnos los escalofríos musicales, están asociadas con los circuitos de recompensa (hipotálamo, área tegmental ventral y núcleo accumbens).  Es evidente que en toda esta activación, los neurotransmisores o mensajeros químicos que son los responsables de que exista la transmisión entre las neuronas tienen un rol fundamental.

CONCLUSIONES

     A lo largo de la historia y en todas las culturas, la música se ha empleado como vínculo entre los sentidos y el espíritu, dejando huellas indelebles en la vida de las personas, pues es una compañera fiel a lo largo de la existencia. Existe una historia individual, una banda sonora vital y un patrimonio musical personal que pueden repercutir positivamente en nuestro desarrollo, nuestras capacidades cognitivas y nuestro bienestar general1.

     Grandes personajes de la historia como Platón y Aristóteles destacaron a través de sus propias experiencias las propiedades e influencia de la música en las emociones humanas. Una de las razones más simples y cotidianas que justifican la compañía de la música en nuestras vidas, es el hecho de que nos ayuda a expresar nuestras emociones, evocar recuerdos, liberar tensiones o influir en nuestro estado de ánimo. Algunos planteamientos teóricos como también prácticos y psicopedagógicos, han logrado a través de la música resultados sorprendentes, no sólo en estimular la creatividad y fomentar la expresión y el bienestar emocional de las personas, sino en desarrollar las habilidades cognitivas y los valores humanos.

J. León Pineda, en “El poder de la música: plenitud; buena salud y gozo espiritual”. Editorial Christian .

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La Pastorcilla Cieguecita

La joven pastora (1866), de Johann Baptist Hofner

La Pastorcilla Cieguecita

Hace muchos años vivía en un país, de cuyo nombre no quiero acordarme, una sencilla y humilde pastorcilla a quien sus padres habían bautizado con el dulce nombre de Aida, en memoria de Wagner, ya que los papas de la pastorcilla, gente sencilla y humilde como ella, no sabían que el autor de Aida era Verdi.

Aida salía cada mañana con su rebaño de ovejas y, después de caminar leguas, cruzando arroyos, bosques y volcanes, llegaba al prado donde las amapolas, movidas por la brisa, parecían un mar rojo.

La pobre niña, además de ser humilde y sencilla, era cieguecita; así que podéis imaginar, amiguitos, las penurias que pasaba la pastorcilla para no caer en las aguas frías de algún arroyo o en el cráter ardiente de un volcán. Tenía, por suerte, una oveja de nombre Estrellita que le servía de lazarillo; así, si la niña debía torcer a la derecha, la ovejita balaba dos veces, y tres cuando debía torcer a la izquierda.

Siempre que se sentaba en el prado, y mientras las ovejitas pastaban, la pastorcilla gozaba del olor de las amapolas y de las margaritas, porque Aida, no obstante ser humilde, sencilla y cieguecita, tenía olfato.

Todas las noches, cuando regresaba a su casa después de que las ovejitas hubieran pastado, Aida comía un trozo de queso y un vaso de agua y dormía hasta el día siguiente, en que de nuevo salía con su rebaño.

Los padres de Aida sufrían mucho viendo a la pobre niña cieguecita; pero como eran tan humildes, sólo podían llorar, que como todos sabemos es gratis.

Un día en que la pastorcilla caminaba hacia el prado se vio sorprendida por una tormenta. Naturalmente, no podía ver los rayos, ni los relámpagos, ni el agua; pero como se estaba mojando y escuchaba los truenos, se dio cuenta de que había una tormenta espantosa. Durante unos minutos estuvo dudando de si debía seguir caminando o esperar a que pasara la tormenta; Estrellita, su oveja lazarillo, no balaba, y esto desconcertó más a la pobre niña, que comenzó a llamar a la oveja desesperadamente; pero la oveja no respondía a sus llamadas, lo que alarmó mucho a la pastorcilla, que comenzó a llorar. Pero hete aquí que repentinamente cesaron los truenos y la lluvia y todo el prado se iluminó con un extraño resplandor. La niña, en ese instante, comprobó que podía ver, y aunque en principio pensó que todo era fruto de su imaginación, poco a poco se fue dando cuenta de que era realidad. Se vio los pies y las manos, y mirando a su alrededor pudo ver los árboles y las flores y también los pájaros y los conejos que volaban y corrían, respectivamente, a su alrededor. La niña, contenta, comenzó a saltar, hasta que en uno de los saltos fue a parar junto a una cosa blanca que estaba tirada sobre el pasto verde. Al principio no sabía si aquello era un perro, un gato o un conejo, porque, como había sido cieguecita de nacimiento, no podía guiarse nada más que por el ruido, por el tacto y por el olor. Después de tocarla y olerla se dio cuenta de que era su fiel ovejita, que había sido fulminada por un rayo. Inútil es describir el llanto de la niña ante semejante tragedia; abrazada a la ovejita, lloraba desconsoladamente. Pero hete aquí, amiguitos, que la ovejita se convirtió en un apuesto y hermoso príncipe que, tomándola de la mano, le dijo:

-Hace años fui maldecido por una mala bruja y convertido en oveja, y sólo si me mataba un rayo volvería a mi forma natural. A cambio de ello podía pedir un deseo, y pedí que te fuera dado el don de ver.

Después, el hermoso príncipe acompañó a la niña hasta su casa y les contó a sus padres lo que había pasado. Los padres se pusieron muy contentos y colmaron de atenciones al joven príncipe, dentro de su modestia, pero le dieron queso y agua hasta que no quiso más.

Por supuesto que el hermoso príncipe no se casó con Aida, por la diferencia de edad y porque él era de sangre real y ella no; pero de todas formas se portó bien, ya que la niña pudo ver desde ese día y no corrió el riesgo de caer en las aguas frías de algún arroyo o en el cráter ardiente de un volcán.

Miguel Gila

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El Alegato a favor de la lectura de Bruno Le Maire, Ministro de Economía, Finanzas y Recuperación de Francia.

Hoy comparto vídeo y texto de una interesante reflexión sobre los beneficios que conlleva dedicar más tiempo a la lectura y menos a las pantallas y redes sociales. Siempre es bien recibido un buen consejo, venga de donde venga, en este caso, es Bruno Le Maire Ministro de Economía, Finanzas y Recuperación de Francia, el que nos incita a disfrutar y crecer con la lectura. J.L.Soba.

El Alegato a favor de la lectura de Bruno Le Maire, Ministro de Economía, Finanzas y Recuperación de Francia.

Leed. No os imagináis el placer que vais a sentir.

Lo digo con mucha convicción porque tengo hijos, uno de ellos va al instituto, y lo de la lectura se ha convertido en un combate.

Y este combate lo llevamos a cabo con Marc Ladreit de Lacharrière, con Luce Perrot, con Éric Reinhart, que está aquí, con todos los periodistas que están presentes aquí y escriben.

No es para molestaros, no es para daros lecciones de moral, no es para obligaros a hacer actividades duras.

La lectura es un placer inmenso que va a desarrollar vuestra imaginación, que os va a permitir abriros a mundos radicalmente nuevos, en los que no habríais entrado si no fuera por las palabras,

Que os va a permitir entender quiénes sois, que va a poner palabras a aquello que sentís y que ni siquiera sabéis sobre vosotros.

Y que una persona totalmente desconocida a la cual nunca habéis visto y a la que probablemente nunca veáis os susurrará al oído, en el silencio de la lectura, cosas que nunca habríais comprendido sobre vosotros si no las hubierais leído.

Aprendemos más sobre el deseo de aventura leyendo “Robinsón Crusoe” que yéndonos de viaje.

Aprendemos más sobre el deseo y los celos, a veces en la base del deseo, leyendo “Albertine desaparecida” o “La Prisionera” que por la experiencia propia.

Y cuando uno mismo tenga celos porque quiere a alguien que no le quiere a él, basta con leer a Proust para entender ese sentimiento, para ponerle palabras.

Y esas palabras os van a colmar porque os harán comprender que formáis parte de una comunidad que siente las mismas cosas, no estáis solos.

Esa es la singularidad de la lectura:

Es una actividad solitaria que os abre al resto del mundo.

Estáis solos, pero nunca estáis tan cerca de los demás como cuando leéis un libro.

A todos los jóvenes que nos escuchan:

Leed, apartaros de las pantallas.

Salid de las pantallas.

Las pantallas os devoran, la lectura os alimenta. Esa es la diferencia.

Las pantallas os vacían, los libros os llenan. Esa es la diferencia.

Está claro que es un combate. Porque las pantallas son lo fácil, captan tu atención, te atrapan, y además están muy bien organizadas.

Saben daros como a las ratas, pequeños estímulos nerviosos cada 5 segundos, cada 10 segundos, que os obligan a seguir pegados a la pantalla.

Pero por desgracia, eso no os permitirá desarrollar vuestra libertad.

La literatura es un arma de libertad.

Y las pantallas… no todas, aquí no hablo de pantallas de cine, hablo de las pantallas de los gigantes digitales, pueden convertirse muchas veces en Instrumentos de sometimiento.

Las pantallas os pueden someter en vuestro consumo, en vuestro comportamiento, en vuestras prácticas o en vuestros gestos para orientar vuestros pensamientos.

La literatura os da libertad.

Las palabras os dan libertad para construiros y ser quienes sois.

Se lo digo a todos los estudiantes que nos escuchan:

Cada uno de vosotros es único.

La literatura y los libros os permitirán descubrir hasta qué punto sois únicos.

Cada persona es única, y es la literatura la que nos lo enseña.

Bruno Le Maire, Ministro de Economía, Finanzas y Recuperación de Francia.

Bruno Le Maire (Neuilly-sur-Seine, 15 de abril de 1969), político y diplomático francés, actual Ministro de Finanzas de Francia desde 2017. Previamente se desempeñó como Secretario de Estado para Asuntos Europeos entre 2008 y 2009, como así también Ministro de Agricultura entre 2009 y 2012. Estudió en la  Universidad de La Sorbona, donde consiguió un grado en literatura francesa. Se casó con la pintora Pauline Doussau de Bazignan, quien es la madre de sus cuatro hijos. ​Habla, además de francés, inglés, italiano y alemán.

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Honremos la vida

Tu presencia es un regalo para el mundo.
Eres singular y único en tu especie.
Tu vida puede ser todo lo que quieres que sea.
Toma los días de uno en uno.
Alin Austin

Obra de Alphonse Mucha.

Honremos la vida


Muchos tenemos un mapa de carreteras que indica el curso que imaginamos que deberían tomar nuestras vidas.

Es importante avanzar en la dirección correcta, pero si quedamos atrapados por las preocupaciones sobre nuestro destino final, olvidamos disfrutar del paisaje, de cada nuevo día.

Recuerda que algunas de las secretas alegrías de la vida no se encuentran en afanarse en ir desde el punto A hasta el punto B, sino, en inventar algunos otros puntos imaginarios a lo largo del camino.

El viaje que estás realizando, es magnífico.

No temas explorar territorio desconocido.

Si llegas a perderte, vas a tropezar con algunos de los descubrimientos más interesantes que puede hacer.

Deambula por caminos que nunca has recorrido
o por otros que jamás volverás a tener la oportunidad de recorrer
la vida no es una guía de viaje que debes seguir,
es una aventura que hay que emprender.

Alin Austin

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Sólo por hoy seré feliz

“Los hábitos son más seguros que las reglas; no tienes que verlos. Ni tampoco tienes que mantenerlos. Te mantienen a ti” Frank Crane

Fotografía de Sebastiao Salgado

Sólo por hoy seré feliz

Sólo por hoy seré feliz. La felicidad es algo interior, no es asunto de fuera.

Sólo por hoy trataré de ajustarme a lo que es y no trataré de ajustar todas las cosas a mis propios deseos. Aceptaré a mi familia, mis negocios y mi suerte como son y procuraré encajar en todo ello.

Sólo por hoy cuidaré de mi organismo. Lo ejercitaré, lo atenderé, lo alimentaré, no abusaré de él ni lo abandonaré, procurando que sea una máquina perfecta para mis cosas.

Sólo por hoy, trataré de vigorizar mi espíritu, aprenderé algo útil, no seré un haragán mental, leeré algo que requiera esfuerzo, meditación y concentración.

Sólo por hoy ejercitaré mi alma de tres modos: Haré a alguien algún bien sin que lo descubra, y haré dos cosas que no me agrade hacer, sólo por ejercitarme.

Sólo por hoy seré agradable, tendré el mejor aspecto posible, me vestiré con la mayor corrección a mi alcance, hablaré en voz baja, me mostraré cortés, seré generoso en la alabanza, no criticaré a nadie ni encontraré defectos en nada, y no intentaré dirigir la plana ni enmendar los planes del prójimo.

Sólo por hoy trataré de vivir únicamente este día, sin abordar a la vez todo el problema de mi vida. Puedo hacer en doce horas cosas que me espantarían si tuviera que seguir haciéndolas toda mi vida.

Sólo por hoy tendré un programa. Consignaré por escrito lo que espero hacer cada hora. Cabe que no siga exactamente el programa, pero lo tendré. De esta manera eliminaré dos plagas: la prisa y la indecisión.

Sólo por hoy tendré media hora tranquila de soledad y descanso. En esa media hora pensaré a veces en lo Divino, a fin de conseguir una mayor perspectiva para mi vida.

Sólo por hoy no tendré miedo y especialmente no tendré miedo de ser feliz, de disfrutar de lo bello, de amar y de creer que los que amo, me aman.

Frank Crane

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No pude detener los elefantes

Después de haberme pasado toda mi vida en África, es lógico que los elefantes despierten en mí un sentimiento muy cercano a un gran afecto. Cada vez que me los encuentro en la sabana moviendo sus trompas y sus grandes orejas, una sonrisa irresistible asoma a mis labios. Su misma enormidad, su torpeza, su gigantismo representan una masa de libertad que me hace soñar. En el fondo, son los últimos individuos. Las raíces del cielo” (1956), Romain Gary

Fotografía de Sebastiao Salgado.

No pude detener los elefantes

Puedo jurar que yo hice lo posible. Lo imposible tal vez. Pero su fuerza fue más poderosa. Aparecían de todas partes de la ciudad. Se asomaban por todos los escaparates. Brotaban de los cristales fríos y dispersos con un ritmo de marcha militar. El ángel de la independencia se asombró también cuando pasaron. No sé si fueron tres seis, diez elefantes; pero una vez reunidos, tuve que alimentar su espíritu con complicados cuentos de la selva. Se entusiasmaron mucho con mis historias y sus asambleas adquirieron un carácter universal. Por más que traté de poner fin a sus reuniones no quisieron seguir mi consejo; y un día de año nuevo astral, decidieron marchar en dirección a tu casa. Me prometieron darte suerte en el dinero. Yo había escuchado que multiplican la fortuna; pero que deben tener la trompa para arriba. El hecho es que yo no pude detener los elefantes.

Créeme que lo siento de verdad. Yo sé que los regalos te disgustan. Sobre todo esa clase de regalos. Pero ellos decidieron irse contigo por unanimidad.

Yo les advertí que a ti podría darte pena, que sobre todo no tendrías tiempo de atenderlos. Me imagino que son capaces hasta de hacer perder el tiempo nuevamente a Marcel Proust. Ellos no me hicieron el menor caso y emprendieron el camino hacia tus dominios; además dijeron que aquí no podrían permanecer por más tiempo, que este lugar estaba lleno de gatos sagrados y minotauros escapados del laberinto.

A manera de consuelo te diré que nunca han sido elefantes de circo, ni sentido la aspereza de la prisión sobre su piel. Tampoco son los elefantes sofisticados de las películas de Tarzán. Estos elefantes nacieron para ser tuyos, no para ser libres no esclavos. Llevan la marca de que son de tu propiedad en el pie derecho, o tal vez en el izquierdo, no me fijé.

Podrás apreciar que no se trata de elefantes pesados. Pueden danzar con música de Mozart, siempre que no recuerden que a este músico le faltaba el dinero. Puedes bañarlos con cualquier detergente. Debes pedirles el oro de las minas de Salomón. Y en las noches de luna, acuérdate de poner sobre sus lomos una bailarina de papel, como aquella que estaba enamorada del soldadito de plomo.

Cuando sientas que están cansados, promételes que les tomarás fotografías, que les harás una película especial, y que serán famosos. Ya verás que enseguida se reaniman. No les hables jamás de la memoria, porque eso se los menciona toda la gente.

Que nunca vayan a pensar que estás triste, porque a estos elefantes a menudo les da por llorar. No les cuentes historias de amor, llegarían a ponerse celosos. Ellos han aprendido a quererte tanto como yo.

Los elefantes te presienten cuando se acerca la primavera. Con gusto te llevarían a dar la vuelta al mundo. Cuando sientas un muro que te angustia, ellos tendrán un gran placer en derribarlo; aplastarán gozosos todos los obstáculos que se interfieran en tu camino. De ser necesario, me aplastarán incluso a mí.

Nunca se sabe cuando tienen sed, pero les dije que sólo podrías invitarlos a tomar alguna bebida tropical y les pareció perfecto. No pusieron ninguna objeción. No les dije qué música prefieres, pero ellos ya sabían que entre los poetas te gustaba mucho Baudelaire.

Si llegara el día en que no te sirvan para nada, puedes olvidarlos; mas no trates jamás de detenerlos, porque su paso lento y decisivo, lleva en sí los ritmos más hondos, y los más poderosos secretos del corazón.

Carmen Alardín

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Amor Incondicional

Los sentimientos con que hemos vivido y que nos hicieron vivir como éramos, nacieron de los ojos que teníamos, sin ojos serían diferentes los sentimientos, no sabemos cómo, no sabemos cuales. José Saramago, en su libro “Ensayo sobre la ceguera”.

Amor Incondicional

Los pasajeros del ómnibus, la observaron compasivamente cuando la atractiva joven del bastón blanco subió con cuidado los escalones. Le pagó al conductor y, usando las manos para percibir la ubicación de los asientos, caminó por el pasillo y encontró el asiento que, según él le había dicho, estaba vacío. Luego se acomodó, colocó su maletín sobre las rodillas y apoyó el bastón contra su pierna.

 Hacía un año que Susan, de treinta y cuatro años, se había quedado ciega. Debido a un diagnóstico equivocado, había perdido la vista, y de repente se había sentido arrojada a un mundo de oscuridad, rabia, frustración y auto conmiseración. Dado que antes había sido una mujer orgullosamente independiente, ahora Susan se sentía condenada, por esta terrible vuelta del destino, a ser una carga impotente y desvalida para todos los que la rodeaban. “¿Cómo pudo pasarme esto?”, se quejaba, con el corazón lleno de cólera. Pero a pesar de cuanto llorase o despotricase o rezara, ella sabía cuál era la dolorosa verdad: Nunca más volvería a ver.

 Una nube de depresión se cernía sobre el espíritu de Susan, antes tan optimista. El solo hecho de vivir cada día era un ejercicio de frustración y cansancio. Y sólo podía aferrarse a su esposo, Mark.

 Mark era un oficial de la Fuerza Aérea, y amaba a Susan con todo su corazón. Al perder ella la vista, notó cómo se hundía en la desesperación y decidió ayudarla a reunir las fuerzas y la confianza necesarias para volver a ser independiente. La experiencia militar de Mark, lo había entrenado muy bien para manejar situaciones delicadas, pero él sabía que aquella era la batalla más difícil que iba a enfrentar.

 Finalmente, Susan se sintió preparada para volver a su trabajo, ¿pero como llegaría hasta allí? Acostumbrada a tomar el ómnibus, pero ahora estaba demasiado asustada como para ir por la ciudad por sí sola. Mark se ofreció a llevarla en el auto todos los días, aún cuando trabajaban en extremos opuestos de la ciudad. Al principio, esto reconfortó a Susan y cubrió la necesidad de Mark de proteger a su esposa ciega, que se sentía tan insegura para realizar la acción más insignificante. Sin embargo, Mark pronto se dio cuenta de que ese arreglo no funcionaba… Era problemático y costoso. “Susan tendrá que empezar a tomar el ómnibus de nuevo”, admitió ante sí mismo. Pero sólo pensar en mencionárselo lo hacía estremecer.  Ella todavía estaba tan frágil, tan llena de rabia. ¿Cómo reaccionaría?

 Tal cómo Mark había previsto, Susan se horrorizó ante la idea de volver a tomar el ómnibus.

 -¡Estoy ciega!- explicó con amargura -. ¿Cómo se supone que voy a saber adónde me dirijo?

 Siento que me estás abandonando.

 A Mark se le rompió el corazón al oír esas palabras, pero él sabía lo que debía hacerse. Le prometió a Susan que, por la mañana y por la noche la acompañaría en el ómnibus todo el tiempo que fuera necesario hasta que ella se sintiera segura.

 Y eso fue exactamente lo que ocurrió. Durante dos semanas enteras, Mark con uniforme militar y todo, acompañó a Susan en el viaje de ida y vuelta al trabajo. Le enseñó cómo apoyarse en sus otros sentidos, en especial el oído, para determinar dónde se encontraba y cómo adaptarse a su nuevo entorno.

 La ayudó a trabar amistad con los conductores, quienes se ocuparían de ella y le guardarían un asiento. La hizo reír, incluso en aquellos días no tan buenos en que tropezaba al bajar del ómnibus, o tiraba su maletín lleno de papeles en el pasillo.

 Todas las mañanas hacían el recorrido juntos y Mark tomaba un taxi para volver a su oficina.

 Aunque esta rutina resultaba mas cara y cansadora que la anterior, Mark sabía que sólo era cuestión de esperar un tiempo más antes que Susan estuviera capacitada para viajar en ómnibus por su cuenta.

 Creía en ella, en la Susan que él había conocido antes de que perdiera la vista, la que no le temía a ningún desafío y jamás se rendía.

 Por fin, Susan decidió que estaba lista para hacer el intento de viajar sola. Llegó la mañana del lunes y, antes de irse, ella abrazó a Mark, su compañero de viajes en ómnibus, su esposo, y su mejor amigo.

 Tenía los ojos llenos de lágrimas de gratitud por su lealtad, su paciencia, su amor. Se despidieron y, por primera vez, cada uno tomó un camino distinto.

 Lunes, martes, miércoles, jueves… todos los días le fue muy bien, y Susan jamás se sintió mejor. ¡Lo estaba haciendo! Estaba yendo a trabajar por su cuenta.

 El viernes por la mañana, Susan tomó el ómnibus como de costumbre. Al pagar el boleto, el conductor le dijo:

 – Caramba, de veras la envidio.

 Susan, no supo si le estaba hablando a ella o no.

 Después de todo, ¿quien iba a envidiar a una ciega que había encontrado el coraje de vivir durante el año anterior? Intrigada preguntó al conductor:

 – ¿Por qué dice que me envidia? –

 – El conductor respondió:

 – ¿Sabe? Todas las mañanas durante la semana pasada, un caballero de muy buen aspecto, con uniforme militar, ha estado parado en la esquina de enfrente, observándola mientras usted baja del ómnibus. Se asegura que cruce bien la calle y la vigila hasta que entra en su edificio de oficinas. Luego le tira un beso, le hace un pequeño gesto de saludo y se va. Usted es una mujer afortunada.

 Lágrimas de felicidad rodaron por las mejillas de Susan. Porque aunque ella no podía verlo físicamente siempre había sentido la presencia de Mark. Era afortunada, muy afortunada, pues él le había hecho un regalo más poderoso que la vista, un regalo que ella no necesitaba ver para creer en su existencia… El regalo del amor que puede llevar la luz donde ha habido oscuridad.

Sharon Wadja en su libro “Chocolate caliente para el  Alma de la Pareja”

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 “El que quiera ser amado, que ame”….

“Hay dos tipos de poderes, uno es obtenido por el miedo al castigo, y el otro por actos de amor. El poder basado en amor es más efectivo y permanente que el miedo al castigo”.    Mahatma Gandhi

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“El que quiera ser amado, que ame”….

Le preguntaron a Mahatma Gandhi:

¿cuáles son los factores que destruyen al ser humano?

Él respondió así:

La Política sin principios

El Placer sin compromiso

La Riqueza sin trabajo

La Sabiduría sin carácter

Los Negocios sin moral

La Ciencia sin humanidad

Y la Oración sin caridad.

La vida me ha enseñado que

La gente es amable, si yo soy amable;

Que las personas están tristes, si yo estoy triste;

Que todos me quieren, si yo los quiero;

Que todos son malos, si yo los odio;

Que hay caras sonrientes, si yo les sonrío;

Que hay caras amargas, si yo estoy amargado;

Que el mundo está feliz, si yo soy feliz;

Que la gente es enojona, si yo soy enojón;

Que las personas son agradecidas, si yo soy agradecido.

La vida es como un espejo:

Si yo sonrío, el espejo me devuelve la sonrisa.

La actitud que yo tome frente a la vida, es la misma que la vida tomará ante mí.

“El que quiera ser amado, que ame”….

 Mahatma Gandhi

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El ángel del amor

“Aprendemos a amar no cuando encontramos a la persona perfecta, sino cuando llegamos a ver de manera perfecta a una persona imperfecta” Sam Keen

Psique revivida por el beso del amor (1787-1793) Antonio Canova, , Muséo del Louvre, Paris.

El ángel del amor

El ángel del amor tiene algodón en las alas,

¿no sentís su suave aleteo

como una dulce brisa rozándoos la cara?

El ángel del amor tiene la melena dorada:

¿no sentís cómo se agita

en forma de rayos de sol cada mañana?

El ángel del amor tiene estrellas en los ojos;

¿no sentís desde el cielo

cada noche su mirada?

El ángel del amor tiene el pecho de cristal;

¿no habéis visto su tierno corazón

reflejarse en forma de arco iris,

cuando la lluvia se para?

El ángel del amor tiene los brazos de espuma;

¿no habéis notado su abrazo juguetón

a través de cada ola

que se posa en vuestra espalda?

El ángel del amor tiene labios de amapola;

¿no habéis notado su beso

cada vez que habéis vivido

con el alma enamorada?

¿Me decís que no, que no siempre es así?

¿que habéis visto también

muchas veces sus alas de metal

y su melena rapada?

¿qué habéis visto muchas veces en sus ojos

miradas de dolor y en sus brazos dos espadas?

¿qué no siempre veis su corazón

en forma de arco iris

sino sólo un cielo gris cuando la lluvia se para?

Me decís, ¿qué muchas veces

no os han abrazado las olas

sino que han roto violentamente

llenado de moratones vuestra espalda?.

¿qué, muchas veces, al poco tiempo

después de enamoraros

los besos se volvieron agrios

y las caricias amargas?

¿Estáis seguros de que visteis

al ángel del amor?

¿no sería algún demonio al que quizá,

sin daros cuenta, permitisteis

entrar en vuestra casa?

Ni el bien ni el mal tienen las llaves

de vuestro corazón

pero ambos tienen vuestras señas,

y a ambos les gusta tocar el timbre

para que se les abra.

Sin embargo, todas las puertas tienen mirillas

para que antes de abrir

podamos saber quién llama.

¿Queréis que repasemos otra vez

el aspecto que tienen el amor y el bien

para dejar que sea sólo él,

el que franquee la entrada?

El amor, como os decía, tiene alas de algodón

y el demonio, de madera o de hojalata.

El amor tiene una sonrisa dulce, muy dulce

hecha de labios rosados y dentadura nevada,

y el demonio tiene más bien pinta de cobrador:

ceño cuarteado…, sonrisa de circunstancia.

El amor, como os decía, tiene melena dorada

y el demonio, una peluca de esparto

para taparse la calva.

El amor tiene el pecho de cristal

y la mirada de plata,

y el demonio lleva un escudo de acero

y un casco de caballero medieval

en el que esconde la cara.

El amor tiene las manos abiertas

como flores desplegadas,

tiene los brazos de espuma

como olas besando la playa,

y el demonio muestra siempre

sus puños alzados

igual que puntas de lanza

y, aunque grite por fuera libertad,

por dentro pide venganza.

En fin, el demonio os pide a cambio

de sus engañosas promesas

que le vendamos el alma.

El ángel del amor no pide nada,

ni siquiera que le amemos.

Él se aposta pacientemente y en silencio

en el umbral de la entrada

con su corazón abierto,

esperando… esperando que algún día

el nuestro también se abra.

José María Blanco y Aintzane Zabala

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Hablando en castellano

Monasterio de Suso (de arriba), en San Millán de la Cogolla (La Rioja), foto J.L.Soba

“Quiero fer una prosa en román paladino

en cual suele el pueblo fablar con so vecino,

ca non so tan letrado por fer otro latino,

bien valdrá, como creo, un vaso de bon vino”.

Gonzalo de Berceo

Monasterio de Yuso (de abajo), en San Millán de la Cogolla (La Rioja), foto J.L.Soba
Hablando en castellano
Hablando en castellano,
mordiendo erre con erre por lo sano,
la materia verbal, con rabia y rayo,
lo pone todo en claro.
Y al nombrar doy a luz de ira mis actos. Hablando en castellano,
con la zeta y la jota en seco zanjo
sonidos resbalados por lo blando,
zahondo el espesor de un viejo fango,
cojo y fijo su flujo. Basta un tajo.

Hablando en castellano,
el “poblo, puoblo, puablo”, que andaba desvariando,
se dice por fin pueblo, liso y llano,
con su nombre y conciencia bien clavados
para siempre, y sin más puestos en alto.

Hablando en castellano,
choco, che, te, ¡zas!, ¿ca? Canto claro
los silbidos y susurros de un murmullo que a lo largo
del lirismo galaico siempre andaba vagando
sin unidad hecha estado.

Hablando en castellano,
tan sólo con hablar, construyo y salvo,
mascando con cal seca y fuego blanco,
dando diente de muerte en lo inmediato,
el estricto sentido de lo amargo.

Hablando en castellano,
las sílabas cuadradas de perfil recortado,
los sonidos exactos, los acentos airados
de nuestras consonantes, como en armas, en alto,
atacan sin perdones, con un orgullo sano.

Hablando en castellano,
las vocales redondas como el agua son pasmos
de estilo y sencillez. Son lo rústico y sabio.
Son los cinco peldaños justos y necesarios
y de puro elementales, parecen cinco milagros.

Hablando en castellano,
mal o bien, pues que soy vasco, lo barajo y desentraño,
recuerdo cómo Unamuno descubrió su abecedario
y extrajo del hueso estricto su meollo necesario,
ricamente substanciando.

Hablando en castellano,
ya sé qué es poesía. Leyendo el Diccionario
reconozco cómo todo quedó bien dicho y nombrado.
Las palabras más simples son sabrosas, son algo
sabiamente sentido y calculado…

Hablando en castellano,
decir tinaja, ceniza, carro, pozo, junco, llanto,
es decir algo tremendo, ya sin adornos, logrado,
es decir algo sencillo y es mascar como un regalo
frutos de un largo trabajo.

Hablando en castellano,
no hay poeta que no sienta que pronuncia de prestado.
Digo mortaja o querencia, digo al azar pena o jarro.
Y parece que tan sólo con decirlo, regustando
sus sonidos, los sustancio.

Hablando en castellano,
en ese castellano vulgar y aquilatado
que hablamos cada día, sin pensar cuánto y cuánto
de lírico sentido, popular y encarnado
presupone, entrañamos.

Hablando en castellano,
recojo con la zarpa de mi vulgar desgarro
las cosas como son y son sonando.
Mallarmé estaba inventado
el día que nuestro pueblo llamó raso a lo que es raso.

Hablando en castellano,
los nombres donde duele, bien clavados,
más encarnan que aluden en abstracto.
Hay algo en las palabras, no mentante, captado,
que quisiera, por poeta, rezar en buen castellano.

Gabriel Celaya, en su libro “Cantos Íberos”  
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