Los panes negros

Pan-negro

Los panes negros

xeeds2n aquel tiempo, Nicolás Nerli era banquero en la noble ciudad de Florencia. A la hora de tercia se encontraba ya sentado ante su pupitre, y a la hora de nona aún estaba allí sentado, haciendo cuentas todo el día en sus tablillas. Nicolás Nerli prestaba dinero al Emperador y al Papa. Y si no le prestaba dinero al diablo era porque temía hacer malos negocios con el que nombramos el Maligno y que no carece de artimañas.

Era audaz y desconfiado. Había adquirido grandes riquezas y despojado a mucha gente. Por ello era respetado en la ciudad de Florencia. Vivía en un palacio en el que la luz que Dios creó no entraba sino por estrechas ventanas; eso era por prudencia, pues la mansión de un rico debe ser como una ciudadela y los que poseen grandes bienes hacen bien en defender por la fuerza lo que han adquirido por la astucia.

El palacio de Nicolás Nerli se encontraba pues provisto de rejas y cadenas. En su interior, los muros estaban decorados con pinturas de expertos maestros que habían representado en ellas las Virtudes como mujeres, los patriarcas, los profetas y los reyes de Israel. Los tapices expuestos en las habitaciones ofrecían a la vista las historias de Alejandro y de Tristán tal como las cuentan en los libros. Nicolás Nerli hacía brillar su riqueza en toda la ciudad por medio de fundaciones piadosas.

Había mandado construir un hospital en la zona de extramuros cuyo friso, esculpido y pintado, representaba las acciones más honorables de su vida; en reconocimiento por las sumas de dinero que había donado para acabar Santa María la Nueva, su retrato se hallaba expuesto en el coro de esta iglesia. Se le veía en él arrodillado, con las manos juntas, a los pies de la Santísima Virgen. Se le reconocía por su gorro de lana roja, su abrigo forrado, su rostro rollizo y sus ojillos despiertos. Su buena esposa, Mona Bismantova, con expresión honesta y triste, que se podría pensar que jamás nadie hubiera obtenido de ella algún placer, se hallaba al otro lado de la Virgen, en humilde actitud orante. Aquel hombre era uno de los primeros ciudadanos de la República; como no había hablado jamás mal de las leyes y no se preocupaba en absoluto de los pobres ni de aquellos a los que los poderosos del momento condenan a pagar multas o al exilio, no había disminuido nada, en la opinión de los magistrados, la estima que había adquirido a sus ojos por su gran riqueza.

Una noche de invierno, al regresar a su palacio algo más tarde de lo habitual, fue rodeado ante el umbral de su puerta por un grupo de mendigos medio desnudos que le tendían la mano. Los apartó con duras palabras. Pero el hambre hace a los hombres ariscos y osados como los lobos: formaron un círculo a su alrededor y le pidieron pan con voz quejumbrosa y ronca. Estaba inclinándose ya para recoger piedras y lanzárselas, cuando vio llegar a uno de sus criados que llevaba sobre la cabeza una cesta de panes de centeno, destinados a los empleados de las cuadras, de la cocina y de los jardines.

Hizo una señal al de los panes para que se acercara, y, sacándolos de la cesta con ambas manos, les arrojó los panes a los menesterosos. Luego, entró en su casa, se acostó y se quedó dormido. Mientras dormía, sufrió un ataque de apoplejía y murió tan de repente que creía que se encontraba aún en su lecho cuando vio, en un rincón oscuro, a San Miguel iluminado por el resplandor que irradiaba de su propio cuerpo. El arcángel, con la balanza en la mano, estaba cargando los platillos. Al reconocer en el platillo que pesaban más las joyas de las viudas que guardaba como fianza, la multitud de recortes de escudos indebidamente retenidos y algunas piezas de oro muy bellas, que sólo él poseía y que había adquirido por usura o por fraude, Nicolás Nerli reconoció que era su vida, ya finalizada, lo que san Miguel estaba pesando en su presencia. Miró atento y preocupado.

-Señor San Miguel -le dijo-, si ponéis en un platillo todas las ganancias que he obtenido en mi vida, colocad en el otro, os lo ruego, las hermosas fundaciones con las que he puesto de manifiesto mi piedad. No olvidéis la cúpula de Santa María la Nueva a la que contribuí financiando la tercera parte, ni el hospital de extramuros, que he construido por completo con mi dinero.

-No temáis, Nicolás Nerli -respondió el arcángel-. No me olvidaré de nada.

Y con sus manos gloriosas colocó en el otro platillo la cúpula de Santa María la Nueva y el hospital con el friso esculpido y pintado. Pero el platillo no se movió. El banquero sintió gran inquietud.

-Señor san Miguel -dijo de nuevo-, buscad bien. No habéis colocado en ese platillo de la balanza ni mi hermosa pila del agua bendita de San Juan, ni el púlpito de San Andrés, en donde está representado el bautismo del Nuestro Señor a tamaño natural. Es una obra que me costó muy cara.

El arcángel colocó el púlpito y la pila encima del hospital en el platillo, que tampoco se movió. Nicolás Nerli empezó a notar que su frente se inundaba de un sudor frío.

-Señor arcángel -preguntó-, ¿estáis seguro de que vuestra balanza funciona correctamente?

San Miguel respondió sonriendo que, al no ser la balanza como las que usan los lombardos de París ni como las que usan los cambistas de Venecia, aquélla no carecía en absoluto de exactitud.

-¡Cómo! -suspiró Nicolás Nerli, completamente lívido-, ¿la cúpula, el púlpito, la pila, el hospital con todas sus camas, no pesan, pues, más que una brizna de paja o que el plumón de un pájaro?

-Ya lo estáis viendo, Nicolás -dijo el arcángel-, y, hasta el momento, el peso de vuestras iniquidades es muy superior al peso ligero de vuestras buenas acciones.

-Voy a ir al infierno, pues -dijo el florentino. Y sus dientes castañeteaban de espanto.

-¡Tened paciencia, Nicolás Nerli -prosiguió el pesador celeste-, paciencia! No hemos terminado aún. Nos queda esto.

Y el bienaventurado Miguel tomó los panes de centeno que el rico les había lanzado a los pobres la víspera. Los colocó en el platillo de las buenas obras, que descendió de repente, mientras que el otro subía, quedando ambos platillos al mismo nivel. El fiel de la balanza no se inclinaba ni a la derecha ni a la izquierda y la aguja indicaba la igualdad perfecta de los dos pesos. El banquero no podía creer lo que veían sus ojos. El glorioso arcángel le dijo:

-Como estás viendo, Nicolás Nerli, no eres apto ni para el cielo ni para el infierno. ¡Anda, regresa a Florencia! Multiplica en tu ciudad esos panes que diste con tus manos, de noche, sin que nadie te viera, y serás salvo. Pues no basta con que el cielo se abra para el ladrón que se arrepiente y para la prostituta que llora. La misericordia de Dios es infinita: es capaz de salvar incluso a un rico. Sé tú ese rico. Multiplica los panes cuyo peso puedes ver en mi balanza. ¡Anda!

Nicolás Nerli se despertó en su lecho. Decidió seguir el consejo del arcángel y multiplicar el pan de los pobres para lograr entrar en el reino de los cielos.

Durante los tres años que pasó sobre la tierra después de su primera muerte, fue caritativo con los menesterosos y muy generoso en limosnas.

 Anatole France  (1895)

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Amarme

¿Si yo no soy para mí, quién será para mí?

¿Si sólo soy para mí, quién soy yo?

¿Y si no ahora, cuándo?

Rabí Hillel

Niño geopolítico mirando el nacimiento del hombre nuevo,obra de Salvador Dalí

Niño geopolítico mirando el nacimiento del hombre nuevo,obra de Salvador Dalí

Amarme

Independientemente de nuestro género sexual, todos poseemos un aspecto femenino y un aspecto masculino internos y la relación entre éstos – la pareja interior – tiende a reproducirse en nuestros vínculos.

Solemos relacionarnos con los aspectos exteriores de la vida a través de su correspondencia con nuestros patrones internos. Así, cuando nos atrae otra persona, la misma está espejando aspectos tanto conscientes como inconscientes de nuestro propio ser.

Habitualmente esperamos que el otro/a nos proporcione aquello de lo que carecemos, o creemos carecer. Muchos de los conflictos que atravesamos en la vida tienen una trastienda de baja autoestima. En las dificultades dentro del ámbito de la pareja, en el plano laboral, en las relaciones con familiares y amigos existen siempre zonas profundas en las que no confiamos. Algunas tienen que ver con creencias de base, que desmoronan la fe en nosotros mismos de manera visible y obvia; otras son creencias que subyacen bajo capas de un aparente “todo está bien”.

Construir la propia autoestima es plantar las semillas para amarse a sí mismo, la base para cualquier relación amorosa con otra persona.

Al mencionar la idea de amarse más y mejor a sí mismo podríamos temer caer en un amor narcisista que, más que acercarnos, nos aparte del resto de la humanidad. Esta propuesta no implica quedarnos, como Narciso, prendidos al propio reflejo en el estanque, embelesados con nuestra imagen. Se trata más bien de reconocer y revalorizar todo lo que tenemos de positivo. Cuando nos conectamos con nuestras partes más luminosas y amorosas absorberemos la energía necesaria para ingresar también en los rincones más oscuros, construyendo así una percepción más plena de quién somos verdaderamente.

La forma en que nos describimos colorea todas nuestras experiencias. ¿Quién sabe desde cuándo o desde quién comenzamos a definirnos de determinada manera? Lo cierto es que todas nuestras ideas y pensamientos producen resultados, y nuestros diálogos internos son la base sobre la cual construimos nuestra experiencia de la realidad. Todo cuanto consideremos real o verdadero se convierte, eventualmente, en una realidad para nosotros.

Es clásico el ejemplo de quien cree que es rechazado por otros. Sin proponérselo, su actitud y su expresión hacen que efectivamente lo rechacen. Si tengo la idea de que no soy lo suficientemente valiosa como mujer y que debido a ello mi pareja me abandonará, comenzaré a aferrarme, a exigir, a reprochar y controlar, y estas reacciones lo inducirán eventualmente a distanciarse y/o a abandonarme, confirmando así mi creencia.

Estas son las famosas profecías auto-cumplidas, en las que terminamos creando lo temido, atrayendo hacia nosotros precisamente aquello que tratábamos de evitar.

A todos nos hubiera gustado escuchar frases amorosas de nuestros padres, y nos gustaría que nuestra pareja y amigos nos dijesen cuánto valemos. Sin embargo, nos cuesta decírnoslo a nosotros mismos.

Tendemos a esperar que sean los demás quienes retruquen nuestra percepción negativa con halagos, felicitaciones y miradas de aprobación. Sin duda es agradable recibir alabanzas, pero esa dosis de autoestima foránea no es duradera ni suficiente.

Lamentablemente, vivimos con la sensación de que el amor está fuera de nosotros, que es algo que nos dan o nos quitan, un regalo, un premio, algo que merecemos o dejamos de merecer en función de que cumplamos con determinados requisitos (ser jóvenes, delgados, atractivos, inteligentes, exitosos, carismáticos, etc.)

Desde pequeños recibimos una serie de mensajes sobre el amor que nos condicionaron, haya sido esto debido a actos, frases escuchadas o sensaciones corporales basadas en acontecimientos vividos, y/o en la interpretación personal que realizamos en función de éstos.

Hoy, ya adultos, necesitamos redefinir nuestra noción del amor.

Para ello, puede ser útil formularnos y responder a las siguientes preguntas:

¿Cuánto soy capaz de amarme a mí mismo?

¿Cuánto me disgusto, critico, condeno, amonesto?

¿Cuánto soy capaz de cuidarme y darme lo que necesito?

¿Cuánto placer me permito tener en mi vida cotidiana?

¿De qué formas me descuido y me abandono?

¿Cuán desarrollada está mi capacidad para dar y recibir? ¿Cuál me resulta más fácil, y por qué? (Frecuentemente preferimos dar a recibir ya que esto último implica mayor vulnerabilidad).

¿Cuán desarrollada está mi capacidad para mostrarme auténticamente? ¿Cuándo me expreso como realmente soy y cuándo muestro una de mis máscaras?

¿Cuál es la creencia personal que más necesito modificar para poder aceptarme y amarme sin condiciones ni exigencias inalcanzables?

Cuando logro darme cuenta de que soy mi propia fuente de amor, todo cambia de dirección – yo soy responsable de transformarme y darme aquello que espero del afuera.

El amor no existe afuera de nosotros – debemos buscarlo en su morada íntima que es nuestro propio corazón.

¿Quién si no yo puede aceptarme y amarme con todas mis características? ¿Quién si no yo conoce la historia de mi niño interno, no para lamentarme sino para sanar mis propias heridas? ¿Quién si no yo tiene en su poder el pasaje de ida y vuelta hacia lo profundo de mi corazón?

Trabajar para construir la propia autoestima es un acto de amor – amor hacia uno mismo que se traduce luego en una mayor capacidad de amar realmente a los demás.

Alicia Schmoller

 

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Señor, enséñame…..

“Si no puedes volar, corre, si no puedes correr, camina, si no puedes caminar, gatea. Sin importar lo que hagas sigue avanzado hacia adelante.” Martin Luther King

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Maravilloso Teide, foto J.L.Soba

Señor, enséñame…..

A pensar y actuar como un vencedor, un campeón y un luchador.

A vencer el miedo con acción, siempre daré el primer paso.

A convertir mis sueños en acción, nada pasará sino actúo.

A tener disciplina para vencer mis malos hábitos.

A nunca dejar de soñar, nunca dejar de luchar, nunca dejar de reintentar.

A que mi determinación sea superior a cualquier obstáculo.

A mantener puestos los ojos en mis metas.
Nada es imposible de alcanzar.

A ser sereno y paciente, el éxito me llegará si soy persistente.

A ver siempre una luz de esperanza, cuando todo parece perdido.

A evitar quita tiempos, a concentrarme en lo importante.

A ver oportunidades en donde aparentemente sólo hay problemas.

A comprender que si no aprovecho las oportunidades, alguien más las aprovechará.

A planificar mi vida, no dejar nada para la suerte ya que ésta no existe.

A persistir, persistir y persistir.
Donde todos huyen, mi lucha comienza.

A triunfar o fracasar, pero nunca me quedaré sin haberlo intentado.

A sobreponerme a los sentimientos negativos, a la depresión y a la tristeza.

A no permitir que las críticas me desanimen.

A evitar contemplarme y excusarme en lugar de buscar respuestas.

A comprender que siempre vendrán tiempos mejores.

A olvidar las penas y errores del pasado, de nada sirve mortificarme.

A entregar amistad sincera sin esperar nada a cambio.
Ser servicial y colaborador.

A evitar buscar errores en los demás,
cultivar la Bondad, la sencillez y el amor verdadero.

A valorar las pequeñas cosas de la vida.

Carlos Humberto Bardales Castañeda

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Madre Nieve  

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Hermoso día de Nieve en Torrecilla en Cameros (La Rioja).

Madre Nieve  

xhhhhvfabía una vez una viuda que tenía dos hijas – una de ellas era linda y laboriosa, mientras la otra era fea y ociosa. Pero la viuda era muy cariñosa con la fea y ociosa, porque era su propia hija; y la otra, quién era una hijastra, era  obligada a hacer todo el trabajo y ser la Cenicienta de la casa. Cada día la pobre muchacha tenía que sentarse en el camino junto a un pozo a hilar con el huso, y girar y girar hasta ver sus dedos sangrados.

Ahora resultó que un día el huso se manchó con su sangre, y entonces para limpiarlo lo introdujo en el pozo, pero resbaló de su mano y cayó al fondo del pozo. Ella comenzó a llorar, y corrió donde su madrastra y le contó la desgracia. Pero ella la reprendió bruscamente, y fue muy despiadada al decirle,

-“Ya que usted ha dejado caer el huso, usted debe sacarlo de allí.”-

Entonces la muchacha volvió al pozo, y no sabía que hacer; y con la pena en su corazón, brincó dentro del pozo para conseguir el huso. Ella perdió sus sentidos; y cuando despertó volviendo en sí, se vio en un prado encantador donde el sol brillaba y miles de flores crecían. Corrió a lo largo de esta pradera, y por fin llegó a un horno de panadería lleno de pan, y el pan gritaba,

-“¡Hey, sáqueme! ¡sáqueme o me quemaré!; ¡he sido horneado mucho tiempo!”-

Entonces se acercó, y sacó todos los panes uno tras otro con la pala del pan. Después de esto continuó hasta llegar a un árbol cubierto de manzanas, que la llamaron,

-“¡Hey, sacúdame! ¡sacúdame! ¡estamos todas maduras!”-

Y sacudió el árbol hasta que las manzanas cayeron como la lluvia, y continúo sacudiendo para que todas vinieran abajo, y luego de amontonarlas, continuó su camino.

Por fin llegó a una pequeña casa, en la cual vio a una anciana; pero tenía tales dientes tan grandes que la muchacha se asustó, y estuvo a punto de salir corriendo.

 
Pero la anciana la llamó,

-“¿De qué tienes miedo, querida niña? Permanece  conmigo; si haces todo el trabajo en la casa correctamente, estarás mejor por eso. Sólo debes tener cuidado de hacer bien mi cama, y sacudirla a fondo hasta que las plumas vuelen; entonces habrá nieve en la tierra. Soy la Madre Nieve.”-

Como la anciana le habló tan amablemente, la muchacha tomó valor y consintió en entrar en su servicio. Ella se ocupó de atender satisfactoriamente todo lo que le solicitaba su patrona, y siempre sacudía su cama tan enérgicamente que las plumas volaban parecidas a copos de nieve. Entonces ella tenía una vida agradable con ella; nunca una palabra enojada; y hervían o asaban carne cada día.

Ella se quedó algún tiempo con la Madre Nieve, pero al cabo de algún tiempo se sintió triste. Al principio no sabía lo que le sucedía, pero al fin reconoció  que era la nostalgia: aunque ella estuviera miles de veces mejor aquí que en casa, de todos modos ella tenía un deseo de volver allá. Por fin le dijo a la anciana,

-“Tengo un gran deseo de ir a casa; y a pesar de estar muy bien aquí abajo, no puedo quedarme más tiempo; debo subir otra vez donde mi propia gente.”-

La Madre Nieve dijo,

-“Estoy contenta que quieras volver a tu casa otra vez, y como me has servido tan correctamente, yo misma te llevaré de regreso.”-

Con eso ella la tomó de la mano, y la condujo a una puerta grande. La puerta se abrió, y como la doncella estaba de pie bajo la entrada, una gran lluvia de oro  cayó, y todo el oro se le adhería a ella, de modo que quedó completamente cubierta con él.

-“Tendrás esto porque has sido muy laboriosa”-, dijo la Madre Nieve, y al mismo tiempo le devolvió el huso que se le había caído en el pozo.

Con eso la puerta se cerró, y la doncella se encontró encima sobre la tierra, no lejos de la casa de su madrastra.
Y cuando entraba al predio, el gallo que estaba junto al pozo gritó:
-“¡Quiquiriquí!”-
-“¡Su niña bonita está aquí!”-
Entonces fue donde la madrastra, y cuando llegó así cubierta de oro, fue muy bien acogida, tanto por ella como por su hermana.

La muchacha contó todo que le había pasado; y tan pronto como la madre oyó como había adquirido tanta riqueza, quedó muy ansiosa por obtener la misma buena suerte para la hija fea y perezosa. Ella tenía que sentarse por el pozo e hilar; y con el fin de que su huso pudiera quedar manchado con sangre, pegó su mano en un arbusto de espinas y pinchó su dedo. Entonces lanzó el huso en el pozo, y luego brincó detrás de él.

Llegó, como la otra, al prado hermoso y anduvo a lo largo del mismo camino. Cuándo ella llegó al horno con el pan, éste estaba otra vez gritando,

-“¡Hey, sáqueme! ¡sáqueme! o me quemaré!; ¡he sido horneado mucho tiempo!”-

Pero la perezosa contestó,

-“¿Acaso tengo algún deseo de ensuciarme?”- y se fue.

Pronto llegó al manzano, que gritó,

-“¡Hey, sacúdame! ¡sacúdame! ¡las manzanas estamos todas maduras!”-

Pero ella contestó,

-“¡Las prefiero allí! una de ustedes podría caerse en mi cabeza.”- y continuó su camino.

Cuando llegó a la casa de la Madre Nieve no tuvo miedo, ya que había oído de sus dientes grandes, y entonces se puso a su servicio inmediatamente.

El primer día ella se dedicó a trabajar diligentemente, y obedeció a la Madre Nieve cuando ella le pedía hacer algo, ya que pensaba en todo el oro que le daría. Pero durante el segundo día comenzó a ser perezosa, y durante el tercer día todavía más, y luego no despertaría por la mañana en absoluto. Tampoco hizo la cama de la Madre Nieve como debería, y no la sacudió haciendo volar las plumas. La Madre Nieve se cansó de su proceder, y le dio su aviso para que se marchara. La muchacha perezosa estuvo deseosa de irse, y pensó que ahora vendría la lluvia de oro. La Madre Nieve la condujo también a la gran puerta; pero mientras estaba de pie bajo ella, en vez del oro, una gran olla de barro fue vaciada sobre ella.

-“Esta es la recompensa por su servicio”-, dijo la Madre Nieve, y cerró la puerta.

Entonces la muchacha perezosa se fue a casa; pero iba completamente cubierta de barro, y el gallo que estaba por el pozo, tan pronto como la vio, gritó,

-“¡Quiquiriquí!”-
-“¡Su muchacha sucia está aquí!”-
Y el barro se pegó rápido a ella, y no le pudo ser quitado mientras vivió.

Jacob y Whilhelm Grimm

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La frágil vasija

Kannon meditating in Asakusa, Tokyol templo Sensoji (浅草寺) es el templo budista más antiguo de Tokio. Situado en el barrio de Asakusa, está dedicado a Kannon, la deidad de la misericordia. Cuenta la leyenda que se construyó aquí

Kannon meditando, en el templo Sensoji, el templo budista más antiguo de Tokio. Situado en el barrio de Asakusa, está dedicado a Kannon, la deidad de la misericordia. Cuenta la leyenda que se construyó aquí cuando en el siglo VII dos hermanos encontraron una estatua de Kannon en el río Sumida y se decidió consagrarla en un pequeño templo para que todos los habitantes pudieran adorarla. La historia llamó la atención de muchos peregrinos de todo Japón y poco a poco el templo fue ganando en fama e importancia.

La frágil vasija

xeeeryu n una esquina de la ciudad había un local de objetos de arte. Y entre la calle y el frente del local una estatua de cerámica de la deidad budista Kannon[1], con la altura de una niña de doce años.

Cuando el tren pasaba, el gélido cutis de Kannon se estremecía, al igual que el vidrio de la puerta del negocio. Cada vez que yo pasaba por allí, temía que la estatua se cayera. Éste es el sueño que tuve: El cuerpo de Kannon caía directamente sobre mí.

De pronto Kannon estiraba sus largos y blancos brazos, que hasta entonces pendían a lo largo de su cuerpo, y me envolvía el cuello con ellos. Yo saltaba hacia atrás con desagrado por lo sobrenatural de sus brazos inanimados cobrando vida y por el frío toque de su piel de cerámica.

Sin un ruido, Kannon se rompía en miles de fragmentos al costado de la calle.

Una muchacha recogía algunos de los pedazos. Se detenía un instante, pero rápidamente volvía a juntar los pedazos diseminados, los fragmentos de cerámica reluciente. Su irrupción me tomaba por sorpresa. Y cuando estaba por abrir la boca para ofrecer alguna disculpa, me desperté.

Parecía que todo hubiera sucedido en el preciso instante posterior a la caída de Kannon.

Intenté una interpretación del sueño.

“Honra a la mujer tanto como a la más frágil vasija.” Desde entonces recuerdo este versículo de la Biblia[2] con frecuencia. Siempre establecí una asociación entre una “frágil vasija” y una vasija de porcelana. Y más tarde, entre ambas y la muchacha del sueño.

Nada tan frágil como una joven. En cierto sentido, el hecho de amar representa la caída de una muchacha. Es lo que yo pienso.

Y así, en mi sueño, ¿no estaría la joven recogiendo apresuradamente los fragmentos de su propia caída?

Yasunari Kawabata

 

[1] Bodhisattva de la Compasión, representado con forma de mujer.

[2] Primera Epístola de San Pedro, parte III, Sobre el matrimonio: “Ustedes, maridos, lleven la vida en común con comprensión, como al lado de una vasija muy frágil, la mujer (…)”.

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Nasrudín y el miedo

“Trata de entender lo que es el miedo. Y si tienes miedo, entonces acéptalo. Está ahí. No intentes esconderlo. No trates de crear lo contrario. Si tienes miedo, entonces tienes miedo. Acéptalo como parte de tu ser. Si puedes aceptarlo, ya ha desaparecido. A través de la aceptación, el miedo desaparece; a través de la negación, el miedo se acrecienta”.

Osho

Nasrudín, personaje mítico de la tradición popular sufí.

Nasrudín, personaje mítico de la tradición popular sufí.

Nasrudín y el miedo

xu235na noche de luna Nasrudín transitaba por un solitario camino, cuando oyó un ronquido que provenía de alguna parte, aparentemente localizado debajo de sus pies. De pronto sintió miedo y estaba a punto de echar a correr cuando tropezó con un derviche que yacía en una cavidad semi subterránea que él mismo se había cavado.

Quién es usted ? —tartamudeó el Mulá.

—Soy un derviche y éste es mi lugar de contemplación.

—Tendrá que permitirme que lo comparta con usted. Su ronquido me atemorizó al punto de hacerme perder los sentidos y esta noche no puedo continuar mi camino.

—Entonces tome el otro extremo de esta frazada —dijo el derviche sin entusiasmo— y acuéstese aquí. Por favor quédese callado, pues yo estoy de vigilia. Es parte de una complicada serie de ejercicios. Mañana debo cambiar el esquema y no puedo soportar interrupciones.

Nasrudín se quedó dormido por un rato. Luego se despertó muy sediento.

—Tengo sed —le dijo al derviche.

—Entonces vuelva al camino. Allí encontrará un arroyo.

—No, aún tengo miedo.

—Entonces yo iré —dijo el derviche—. Después de todo, proveer agua es una obligación sagrada en Oriente. —No, no vaya; si me quedo solo tendré miedo. —Tome este cuchillo para defenderse.

Mientras el derviche se hallaba ausente, Nasrudín se dejó invadir aun más por el miedo, sumergiéndose en un estado de creciente ansiedad, que trató de contrarrestar imaginando cómo atacaría a cualquier demonio que lo amenazara.

Al poco tiempo el derviche regresó.

—¡Manténgase a distancia o lo mataré! —dijo Nasrudín.

-Pero si soy el derviche —dijo el derviche.

—No me importa quién sea usted. Puede ser un demonio disfrazado. ¡Además, usted tiene afeitadas su cabeza y sus cejas! Los derviches de esa Orden se afeitan la cabeza y las cejas.

—Pero he venido a traerle agua, ¿no se acuerda? ¡ Usted tiene sed!

—¡No trate de congraciarse conmigo, demonio! —¡Pero es mi celda la que usted está ocupando! —Qué mala suerte la suya ¿no? Tendrá que buscarse otra.

—Eso supongo —dijo el derviche—, pero realmente no sé qué pensar de todo esto.

—Hay algo que puedo decirle —acotó Nasrudín—, y es que el miedo tiene múltiples direcciones.

—Sin duda parece ser más fuerte que la sed, la cordura o las propiedades de otras personas —dijo el derviche.

—Y no es necesario padecerlo para tener que sufrir por culpa de él —agregó Nasrudín.

Cuento de la tradición sufí.

 

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Eres el resultado de ti mismo

All Heart

Todo corazón, obra de Eduardo Martinez

Eres el resultado de ti mismo

 Nunca culpes a nadie, nunca te quejes de nada ni nadie, porque tú has hecho tu vida.

Acepta la responsabilidad de edificarte a ti mismo, a ti misma, y el valor de acusarte en el fracaso para volver a empezar corrigiéndote.

A veces, el triunfo del verdadero hombre, de la verdadera mujer, surge de las cenizas del error. Si puedes evitar algunos mejor.

Nunca te quejes de tu ambiente o de lo que te rodea, hay quienes en tu mismo ambiente vencen. Las circunstancias son buenas o malas según la voluntad y la fortaleza de tu corazón.

Aprende a convertir toda situación difícil en un arma para triunfar.

No te quejes por tu pobreza o por tu salud, o por tu “suerte”. Enfréntalas con valor y acepta que de una u otra manera, es el resultado de tus actos y la prueba que has de ganar.

No te quejes por la falta de dinero. No te amargues con tus propios fracasos ni se los cargues a otros, acepta ahora. O siempre seguirás justificándote como un niño, como una niña.

Recuerda que cualquier momento es bueno para comenzar y que ninguno es tan malo para fracasar, empieza ahora mismo.

Deja de engañarte, eres la causa de ti mismo, de ti misma, de tu tristeza, de tu necedad, de tu dolor, de tu fracaso. Tú decidiste construirte de esa manera.

Si tú aprendes a hacer nuevamente desde el dolor, a ser más grande que el más grande de los obstáculos, dentro de ti encontrarás un hombre, una mujer, que todo lo puede hacer.

La causa de tu presente es tu pasado, como la causa de tu futuro será tu presente.

Aprende de los fuertes, de los activos, de los audaces, imita a los valientes, a los energéticos, a los vencedores, a quienes no aceptan situaciones imposibles, a quienes no les atrae las cosas fáciles y a cambio aceptan el reto de lo exigente pero realizable; a quienes vencieron a pesar de todo.

Piensa menos en tus problemas y más en tu trabajo interior y tus problemas sin aliento morirán.

Mírate en tu espejo, comienza a ser sincero, contigo mismo, contigo misma, reconócete por tu valor y por tu voluntad y no por tu debilidad para justificarte.

Conociéndote a ti mismo, a ti misma, serás libre, fuerte y dejaras de ser títere de las circunstancias. Porque tú mismo, tú misma, eres el conductor, la conductora, de tu destino y nadie puede sustituirte.

¡Levántate!. Mira la mañana llena de luz y de fuerza, respira esa luz del amanecer. Tú eres parte de la fuerza de tu vida.

¡Despiértate, camina, muévete, lucha, decídete!

Y triunfarás en la vida.

Thich Nhat Hanh

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Los tres hombres ricos

“No me juzgues hasta que no me comprendas. No puedes comprenderme si ya me has juzgado.” Orson Scott Card.

Camello al atardecer en Jaisalmer. Foto de Divs Sejpal

Camello al atardecer en Jaisalmer. Foto de Divs Sejpal

Los tres hombres ricos

En un lejano país hubo una vez una época de gran pobreza, donde sólo algunos ricos podían vivir sin problemas. Las caravanas de tres de aquellos ricos coincidieron durante un viaje y, juntas, llegaron a una aldea donde la pobreza era extrema. Era tal su situación, que provocó distintas reacciones a cada uno de ellos, y todas muy intensas.

El primer rico no pudo soportar ver aquello, así que tomó todo el oro y las joyas que llevaba en sus carros, que eran muchas, y los repartió entre las gentes del campo. A todos ellos les deseó la mejor de las suertes y partió.

El segundo rico, al ver su desesperada situación, paró con todos sus sirvientes, y quedándose con lo justo para llegar a su destino, entregó a aquellos hombres toda su comida y bebida, pues veía que el dinero de poco les serviría. Se aseguró de que cada uno recibiera su parte y tuviera comida para cierto tiempo, y se despidió.

El tercero, al ver aquella pobreza, aceleró y pasó de largo, sin siquiera detenerse. Los otros ricos, mientras iban juntos por el camino, comentaban su poca decencia y su falta de solidaridad. Menos mal que allí habían estado ellos para ayudar a aquellos pobres…

Pero, tres días después, se cruzaron con el tercer rico, que viajaba ahora en la dirección opuesta. Seguía caminando rápido, pero sus carros habían cambiado el oro y las mercancías por aperos de labranza, herramientas y bolsas de distintas semillas y grano, y se dirigía a ayudar a luchar a la aldea contra la pobreza.

Cuento de origen Anónimo

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Crear una cultura de no-violencia y respeto por la vida

La violencia es un animal incontrolable, que suele terminar atacando a su propio amo”. Renny Yagosesky

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“Los horrores de la guerra” (1637-1638), obra de Pedro Pablo Rubens, Galería Palatina del Palacio Pitti, en Florencia.

Crear una cultura de no-violencia y respeto por la vida

¿Es posible crear un mundo que esté libre de todo sufrimiento e intranquilidad? Hoy en día, la violencia y la guerra alcanzan cada rincón de este planeta. La violencia a menudo se presenta también en el lugar de trabajo y en el hogar. ¿Es simplemente parte de la naturaleza humana? ¿O es posible una mejor calidad de vida para los habitantes de este planeta?

Si queremos conseguir un mundo no-violento, el primer paso es reconocer la diferencia entre la violencia y la no-violencia. Debido a que podemos verificar inmediatamente el sufrimiento que causa, la agresión física es fácilmente reconocible como violencia. Las palabras basadas en la ira o el odio también son violencia. El dolor que causan las palabras puede durar años o toda la vida. Sin embargo, el que es violento hacia los demás, en primera instancia es violento hacia sí mismo. Esta es una forma más sutil y básica de violencia, que necesitamos comprender.

Violencia hacia uno mismo

La violencia hacia nuestro propio ser es la primera violencia. Se produce cuando no permitimos que se expresen las cualidades originales del ser (amor, paz, felicidad, sabiduría, fortaleza). Los siguientes estados del ser bloquean estas cualidades originales:

– Falta de auto-respeto.
– Falta de fe en el ser.
– Falta de valoración de uno mismo.
– Depresión.
– Egoísmo.
– Miedo de los demás.
– Depender de las personas, posesiones o circunstancias para obtener una sensación de felicidad.

Para hacernos no-violentos, el primer paso es desarrollar pensamientos positivos y llenos de amor hacia nuestro ser, de forma que nos valoremos profundamente y desarrollemos un sentimiento de bienestar interior. Cuando promovemos la expresión de nuestras cualidades originales, entonces ya no puede persistir ninguna violencia hacia nuestro ser ni hacia los demás. Necesitamos practicar una actitud de no-violencia hacia nosotros mismos y ver cómo ésta afecta positivamente nuestras relaciones con los demás.

Brahma Kumaris

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