La sencillez

“Cuentan nuestros mayores que estando Nasrudín visitando en Turquía a un amigo, una noche, se sentaron fuera, bajo el cielo estrellado. Enseguida, el mulá empezó a dar sonoras muestras de aprobación.

—Su amigo asombrado, le preguntó:¿Por qué haces “¡ooh!” y “¡aah!”?

—Estaba admirando tu cielo y me asombraba de la maestría de los pintores de cielos de aquí. Han hecho una copia perfecta de las estrellas que tenemos en mi tierra natal”.

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 “La sencillez”
La sencillez es esencial, sólo puede surgir cuando empezamos a comprender el significado del conocimiento propio.
Creemos que es una expresión externa, pocas posesiones, ropas, cosas, pero eso no es sencillez. La verdadera sencillez sólo puede originarse interiormente,y de ahí proviene la expresión externa. Lo que uno es en su interior fluye al exterior.
Interiormente somos prisioneros, aunque en lo externo parezcamos muy sencillos.
Deseos, apetitos, ideales, de innumerables móviles somos esclavos.
Y, para encontrar la sencillez debemos ser libres.
Al investigar nuestro ser nos hacemos cada vez más libres y más sensibles.
Cualquier forma de autoridad o coacción, interna o externa, contribuye a la insensibilidad. Ninguna forma de coacción puede conducir a la sencillez, al contrario, cuanto más reprimís, sustituís, sublimáis, menos sencillez existe, aunque exista cierta apariencia.
Si uno no es sencillo no puede ser sensible a los árboles, a los pájaros, a las montañas, al viento, a todas las cosas que existen en el mundo que nos rodea.
Y si no hay sencillez, uno no puede ser sensible al mensaje interno de las cosas.
La mayoría de nosotros vive muy superficialmente, en el nivel superior de la conciencia (la mente). Allí tratamos de ser reflexivos e inteligentes, lo cual es sinónimo de religiosidad; allí tratamos de que nuestra mente sea sencilla, mediante la coacción, mediante la disciplina. Pero eso no es sencillez.
Cuando forzamos la mente superficial a ser sencilla, tal imposición no la torna ágil, flexible, rápida, sino que sólo consigue endurecerla.
Ser sencillo en todo el proceso de nuestra conciencia es extremadamente arduo.
Porque no debe existir ninguna reserva interior, tiene que haber ansia por averiguar, por descubrir el comportamiento de nuestro ser.
Y eso significa estar alerta a toda insinuación, a toda sugerencia, darnos cuenta de nuestros temores, de nuestras esperanzas, investigar y liberarnos de todo eso constantemente. Sólo entonces, cuando la mente y el corazón son realmente sencillos, cuando están limpios de sedimentos, seremos capaces de resolver los múltiples problemas que se nos plantean.
El saber no resolverá vuestros problemas. Es sólo mediante la experiencia directa como se resuelven nuestros problemas; y para tener experiencia directa ha de haber sencillez, lo cual significa que debe haber sensibilidad.
El peso del saber embota la mente. También la embotan el pasado y el futuro. Sólo una mente capaz de ver lo que es, el presente, de instante en instante, puede hacer frente a las poderosas influencias y presiones que ejerce constantemente sobre nosotros todo lo que nos rodea.
Por eso el hombre religioso no es, en realidad, el que viste una túnica o el que ha hecho votos, sino aquél que es interiormente sencillo, aquél que no está “transformándose” en algo. Una mente así es capaz de una extraordinaria receptividad, porque no tiene barreras, no tiene miedo, no va en pos de nada y es, por lo tanto, capaz de recibir la gracia, de recibir a Dios,la verdad o como os plazca llamarlo. Sólo entonces puede haber felicidad, porque la felicidad no es un fin, es la expresión de la realidad.
A partir de aquí surge una sencillez, una humildad que no es virtud ni disciplina.
La humildad que se consigue deja de ser humildad. Una mente que se vuelve humilde ya no es humilde. Sólo cuando se tiene humildad (no una humildad cultivada) puede uno hacer frente a las cosas apremiantes de la vida; porque entonces no es uno mismo lo importante, no mira uno a través de las propias presiones y del sentido de la propia importancia. Uno observa el problema tal cual es y entonces puede resolverlo.
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Los que os ofrecen algo “positivo” son unos explotadores. Valoramos todas sus formas externas, tales como las pocas posesiones, pero esto no es sencillez. Creemos que es sencillez tener sólo un taparrabos.
Deseamos los signos externos de simplicidad y eso nos engaña fácilmente.
No es una mente sencilla la que piensa en recompensas y temores, la que está cargada de conocimientos y creencias, la que se identifica, la que se entretiene con la música, los ritos, Dios o las mujeres…
¿Qué es sencillez?
¿Es la búsqueda de los elementos esenciales y el rechazo de los que no lo son?
Sencillez no es la búsqueda de lo esencial y del rechazo de lo que no los es.
Esto significaría un proceso de opción de la mente y, toda opción de la mente se basa en el deseo y así lo que llamáis esencial es lo que os brinda satisfacción, placer. La mente es confusión y su elección también lo es. Así la opción entre lo esencial y lo no esencial no es sencillez; es un conflicto, y la mente confusa en conflicto nunca puede ser sencilla.
Cuando de verdad observéis y veáis todas las cosas falsas y los ardides de la mente, cuando observéis eso y lo percibáis muy claramente, entonces sabréis que es simplicidad.
La sencillez es la acción que no resulta de una idea, es creatividad y mientras no haya sencillez somos como polos de atracción para el daño, el sufrimiento y la destrucción.
No se puede buscar y experimentar, llega como una flor que se abre en el momento justo, cuando uno comprende todo el proceso de la existencia y la vida de relación.
No hay que buscarla, surge tan sólo cuando no hay “yo”, cuando la mente no está atrapada en especulaciones, en conclusiones, en creencias, en imaginaciones (Acción que no es resultado de una idea). Sólo una mente libre puede hallar la verdad, recibir aquello que es inconmensurable, que no puede nombrarse. Eso es sencillez.
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Es extraño el deseo de alardear ante los demás, de ser alguien.
La envidia es odio y la vanidad corrompe. Parece tan difícil e imposible ser sencillo, ser lo que somos y no presumir.
Ser lo que uno es resulta en sí mismo muy arduo, ser lo que uno es sin tratar de llegar a ser esto o aquello, lo cual no es demasiado difícil.
Siempre puede uno aparentar, ponerse una máscara, pero ser lo que es constituye una cuestión muy compleja; porque uno está siempre cambiando, nunca es el mismo y cada instante revela una nueva faceta, una nueva profundidad, una superficie nueva. No es posible ser en un instante todo eso, porque cada instante conlleva su propio cambio.
De modo que si uno es siquiera un poco inteligente, renuncia a ser esto o aquello.
Cada uno de nosotros piensa que es muy sensitivo, y un incidente cualquiera, un pensamiento fugaz, demuestra que no lo es; piensa que talentoso, instruido, artístico, moral, pero al volver la esquina se encuentra con que no es ninguna de estas cosas sino profundamente ambicioso, envidioso, inepto, brutal e impaciente.
Alternativamente uno es todas estas cosas y desea algo que tenga continuidad, permanencia (por supuesto, sólo aquello que sea provechoso, agradable).
Así es como corremos tras de ello, y todos nuestros otros “yoes” claman por salirse con la suya, para lograr su propia realización.
De este modo, cada uno de nosotros se convierte en un campo de batalla en el cual generalmente triunfa la ambición con todos sus placeres y su infortunio, su envidia y su temor. A ello se le añade la palabra “amor” en aras de la respetabilidad y para mantener la integridad de la familia; pero uno mismo está atrapado en los propios compromisos y actividades, aislado, clamando por reconocimiento y fama: yo y mi país, yo y mi partido, yo y mi dios consolador.
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La sencillez atrae al instinto, la intuición y el discernimiento para crear pensamientos con esencia y sentimientos de empatía.
Sencillez es la conciencia que llama a las personas a replantearse sus valores.
La sencillez crece en las raíces sagradas, personificando una riqueza de virtudes y valores espirituales que se manifiestan en las actitudes, las palabras, las actividades y el estilo de vida. La sencillez es hermosa y, como la luna, irradia frescura, en contraste con el resplandor del sol. La sencillez es natural.
Puede tener una apariencia corriente y carente de atractivo para aquellos cuya visión está acostumbrada a lo superficial, o a lo erudito.
Sin embargo, para aquellos que poseen el discernimiento sutil de un artista, un vislumbre de sencillez es suficiente para reconocer la obra maestra.
La sencillez combina la dulzura y la sabiduría. Es claridad en la mente e intelecto, ya que surge del alma. Los que personifican la sencillez están libres de pensamientos extenuantes, complicados y extraños.
El intelecto es agudo y despierto. La sencillez invoca al instinto, la intuición y el discernimiento para crear pensamientos con esencia y sentimientos de empatía. En la sencillez hay altruismo, el que personifica esa virtud ha renunciado a la posesividad y está libre de los deseos materiales que distraen el intelecto haciéndolo divagar hacia territorios inútiles. Carecer de deseos no significa arreglárselas sin nada, o tener la vida de un asceta. Al contrario, uno lo tiene todo, incluyendo la satisfacción interna. Esto se refleja en el rostro -libre de perturbaciones, debilidades e ira- y en la conducta, con una elegancia y una majestad extraordinarias, pero a la vez ingenua.
Sencillez es ser el niño inocente y el maestro sabio.
Nos enseña a vivir con sencillez y a pensar de forma elevada.
Las personas que viven con sencillez, generalmente disfrutan de una relación cercana con la naturaleza.
Su moral proviene de las tradiciones perennes que funcionan en armonía con las leyes de la naturaleza. Las hierbas se convierten en sus remedios naturales.
La luna y las estrellas son las lámparas que los alumbran.
El mundo natural es el aula en la que estudian.
Esto no significa que todos debamos adoptar este estilo de vida.
Sin embargo, se puede aprender de la naturaleza.
Cuando se observa la ética de la sencillez, casi no hay desperdicio.
Todos los recursos se valoran: el tiempo, los pensamientos, las ideas, el conocimiento, el dinero y las materias primas.
De la sencillez surge la generosidad. La generosidad es compartir con un espíritu altruista los ingresos ganados a pulso.
Compartir los propios recursos conjuntamente y de forma cuidadosa es recuperar para las actividades humanas, el sentido de la familia.
La sencillez es algo más que ofrecer dinero y posesiones materiales, es dar de uno mismo aquello que no tiene precio: paciencia, amistad y apoyo.
Con el espíritu de dar prioridad a los demás, los que adoptan la sencillez ofrecen su tiempo gratuitamente. Esto lo hacen con amabilidad, sinceridad, e intuiciones puras, sin expectativas ni condiciones.
Como resultado, esas personas cosechan frutos abundantes de las semillas que se sembraron con sus acciones generosos. Nada esperaron pero…
La sencillez es verdad. La belleza de la verdad es tan sencilla que funciona como la alquimia. No importa cuántos disfraces se presenten ante ella, la luz de la verdad no puede permanecer escondida; alcanzará a las masas con un lenguaje muy sencillo y, al mismo tiempo profundo. Los mensajeros de la verdad siempre han personificado formas comunes, han llevado vidas sencillas, y han adoptado medios simples para impartir sus mensajes.
Viven y dicen la verdad, ofreciendo belleza a las vidas de los demás.
Su sencillez y esplendor pueden compararse al joyero.
Fiel a la integridad de su profesión, el joyero hace todas y cada una de sus joyas preciosas y perfectas, pero él sigue siendo sencillo.
Hoy en día la belleza está definida por las industrias de la moda y la estética, propagada por los ricos y los famosos y aceptada por las masas.
La belleza, sin embargo, no se encuentra sólo en la apariencia, como dice el proverbio. La belleza, en su forma más sencilla, elimina la arrogancia de las ropas caras y de vivir de forma extravagante.
Va más allá del rico y del pobre. Es apreciar las pequeñas cosas de la vida que a veces no son visibles ni aparentes para el resto del mundo.
Sencillez es apreciar la belleza interna y reconocer el valor de todos los actores, incluso del más pobre o desafortunado. Es considerar que todas las tareas, incluso la más humilde, tienen valor y dignidad.
La sencillez reduce la diferencia entre “lo que tengo” y “lo que me falta” demostrando la lógica de la verdadera economía: ganar, ahorrar, invertir y compartir los sacrificios así como la prosperidad, de manera que pueda haber una mejor calidad de vida para todos los seres humanos, independientemente de donde hayan nacido.
Sencillez es la conciencia que dirige una llamada a la gente para que replantee sus valores.
Jiddu Krishnamurti
img-20161228-wa0012-copia_optFotos de un hermoso día de niebla desde el Castillo de Viguera (La Rioja), de David Soba.
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“Precipitación”

“El hombre que no medita y obra con precipitación, no podrá evitar grandes fracasos.”

Confucio

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Bugatti T-41 Royale (1928, Francia)

“Precipitación”

xeee25ntre Hendaya y Biarritz, hay, sobre todo antes de San Juan de Luz, algún buen trozo de carretera, sin poblados inmediatos, sin caseríos que borden el camino. La cinta blanca de éste ondula recamada por los árboles y los céspedes; se encorva a veces violentamente, asciende y desciende.
Nos cogió el crepúsculo por allí, y, como si la obscuridad progresiva no fuera bastante, vino la lluvia… y a mayor abundamiento, una panne.
El automóvil, abierto, magnífica máquina de cincuenta caballos, se detuvo justo en el punto en que la carretera comenzaba a descender.
Cogimos un reflector lateral de acetileno y a su luz empezamos a buscar en el organismo de acero la parte enferma. El desperfecto, acaso leve, era, sin embargo, en aquel momento, de difícil diagnóstico. Mientras dimos con él, y lo remediamos, vino la noche.
Consultamos los relojes: eran las siete y media.
–¡Demonio! –exclamó mi amigo–; yo tengo invitados a comer. Es preciso que esté a las ocho y cuarto, a más tardar, en el hotel, para vestirme y bajar al comedor a las nueve menos cuarto. De otra suerte mi mujer se pondrá furiosa… ¿Qué dice usted? ¿qué le parece que hagamos?
–Mire usted –insinué prudentemente–, yo creo que lo esencial es llegar, aun cuando no lleguemos para la comida, y si usted se empeña en estar en el Palais a las ocho y cuarto, lo probable es que ya no esté usted nunca!
–¡Hombre!, ¡hombre!
–¡Claro; porque estará usted en la eternidad!
–Pero… ¿y mi mujer?
–Su mujer se pondrá, sin duda, furiosa, si la hace usted esperar con sus invitados; pero acaso se ponga más furiosa si mañana, tras una noche de mortal angustia, van a decirla que se ha matado usted en el camino.
–¿Tiene usted miedo?
–¿Yo? ¡No! Yo no tengo miedo a nada en este mundo, sobre todo desde que me he convencido de que el tener miedo no sirve para maldita la cosa…
–Pues si no tiene usted miedo, vamos a correr un poco, ¿eh? Prefiero esto a hacer esperar a mis invitados.
–Como usted guste.

Y nos pusimos a devorar kilómetros. La lluvia nos azotaba cruelmente el rostro; no nos veíamos ni las manos.
Apenas si adivinábamos la blancura espectral del trozo de camino que alumbraba el acetileno.
En rededor surgían y desvanecíanse como sombras hoscas las masas obscuras del paisaje, fundidos árboles y colinas en la misma negrura.
La bocina sonaba sin descanso. Varios automóviles que volvían de Biarritz, a toda velocidad también, estuvieron a punto de chocar con el nuestro, porque no llevaban muy ortodoxamente su derecha. Recuerdo que el ondulante y largo velo de una mujer me rozó el rostro y me dejó una ráfaga de perfume… Reconocí este perfume: Floris de Londres.
De pronto surgió un bulto en la carretera. La bocina carraspeó desesperadamente.
El bulto se movió apenas.
Mi amigo frenó, frenó… Pero como íbamos a cien a la hora, todo fue inútil.
Prodújose el choque: una vaca búdhica, contemplativa, había sido el obstáculo…
Yo sentí como si sobre mi cabeza se desplomara el cosmos… Después, nada… Más tarde (lo mismo hubiera podido ser una hora que una eternidad) me invadió cierta sensación de humedad, de frío; un dolor muy agudo en el hombro derecho…
Oí voces que decían: «¡Par ici, par ici!»
Me hirió en los ojos la viva luz de un reflector de acetileno. Unos brazos robustos me alzaron. Pusiéronme en una camilla.

–¿Y mi amigo? –pregunté en cuanto volví plenamente a la conciencia.
–«¡Ah, quel malheur, monsieur, il a une jambe cassée!
–«¡Une jambe cassée!…»
Y al oír la terrible frase vino a mi imaginación la escena que poco antes, en el camino, había yo suscitado con mi advertencia; vi a la señora en el hall del Hotel du Palais, con su espléndida toaleta, rodeada por los fracs solícitos… Los minutos transcurrían interminables… Empezó a campanillear el teléfono. Iban y venían los criados.., Y por último la frase trágica:
–¡Monsieur le comte s’est cassé une jambe!…

Muchas veces he recordado esta historia, que se repite, más terrible aún que entonces, cuando un hombre nervioso quiere ir de prisa…
En Madrid, por ejemplo, un buen señor alemán corre a la estación del Norte a despedir a un matrimonio, antiguo amigo suyo. Falta un minuto, cuando llega, para que se vaya el tren. Nuestro hombre atropella al revisor.., ya está en el andén… Salta al estribo del coche, en el instante en que el tren empieza a moverse; ofrece el ramo a la señora, resbala, cae… ¡y las ruedas le seccionan las dos piernas!
En la Place du Pont Neuf de París, un gran sabio quiere atravesar de prisa hacia la acera opuesta: se interpone un camión cargado de rieles. Un riel saliente le pega en la nuca… La humanidad ha perdido de esta suerte al gran Curie…
En Rouen, un gran poeta, después de brillante conferencia sobre su Bélgica mártir, pretende alcanzar un tren… Echa a correr; cae entre las ruedas y muere horriblemente destrozado. Se llama Verbaeren…
Y junto a estos, muchos otros ilustres, como Catulle Mendès o anónimos: todos por ganar un minuto…
¡Terrible privilegio el de los nervios!
El sistema nervioso nos ha dado a los hombres el cetro de la creación; pero es como un acumulador eléctrico formidable. ¡Ay del que desconsideradamente lo hace funcionar en un instante dado!
¡Por ganar unos segundos, resbala… y cae en el abismo de la muerte!

Amado Nervo

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Los Tres Cráneos

“El único símbolo de superioridad que conozco es la bondad”. Ludwig van Beethoven

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Alegoría de la vanidad, de Antonio de Pereda, (1636) Museo de Historia del Arte, Viena.

Los Tres Cráneos

xeeeee5n el Techo del Mundo, o sea en el Tíbet, un peregrino, con motivo de una larga peregrinación a uno de los santuarios más sagrados, encontró tres cráneos.
La noticia se extendió por todas partes y llegó hasta el rey. Los tres cráneos se habían encontrado juntos y nadie sabía de su procedencia. El rey sintió gran curiosidad por el suceso y ordenó que le trajeran los cráneos. Los colocó ante sí, los observó y se preguntó: «¿A quiénes pertenecerían estos cráneos? ¿Qué clase de personas serían sus propietarios?» Y quedó pensativo y se dijo: « Me gustaría saber cual de las tres personas era la más bondadosa».
El monarca era un hombre joven, que valoraba la benevolencia en los seres humanos. Aquellos cráneos le intrigaban. ¿Cómo investigar algo sobre ellos? Entonces le hablaron de un lama‑médico forense.
‑ Hacedle venir ‑ordenó el rey‑. Quiero ver a ese lama‑médico lo antes posible.
Unos días después, procedente de su monasterio en remotas tierras del País de las Nieves, llegó el lama‑médico.
‑ Tengo conocimiento de que eres no sólo un piadoso lama, sino un gran forense. No te voy a entregar una tarea fácil, pero confío en ti. Mira estos tres cráneos. Los encontró un peregrino en una de sus peregrinaciones. Estaban juntos y yo no he podido dejar de preguntarme cuál de ellos pertenecía a la mejor persona entre las tres. ¿Podrás averiguarlo?
‑Necesito unos días, majestad‑dijo el lama serenamente‑. En ese tiempo espero poder traeros una respuesta que os satisfaga.
‑ También yo lo espero ‑concluyó el rey.
El lama‑médico se llevó los cráneos con él. Durante unos días se encerró en la celda de un monasterio a investigar minuciosamente sobre los mismos. En principio no era una tarea sencilla.
Unos días después, el lama‑médico acudió a visitar al monarca. El rey no podía disimular su impaciencia.
‑ ¿Has descubierto algo?
‑ Sí, señor, tengo la respuesta.
Colocó los tres cráneos sobre una mesa y señaló uno de ellos.
‑ Éste, seguro, era el cráneo de la persona más bondadosa.
‑ ¿Seguro? preguntó escéptico el rey-Quiero una explicación convincente.
El lama‑médico se expresó así:
‑ Cogí uno de los cráneos y pasé un alambre por uno de los oídos y observé que el alambre salía directamente por el otro oído. Sin duda se trataba de una persona a la que lo escuchado a los demás le entraba por un oído y le salía por el otro.
El médico retiró ese cráneo y añadió:
‑ Mirad, majestad, este otro cráneo. Lo investigué afondo. Introduje un alambre por el oído y el mismo salió directamente por la boca. Era el cráneo de una persona que, indiscretamente, contaba en el acto todo lo que había escuchado.
El monarca no pudo reprimir la risa. Luego se puso serio y dijo:
‑ ¿Y el tercer cráneo?
El lama‑médico tomó entre sus manos el tercer cráneo y añadió:
‑ Señor, este cráneo es el que pertenecía a la persona más bondadosa. ¿Por qué? Os lo explicaré. Recurrí de nuevo a la prueba del alambre.
Inserté el alambre por uno de los oídos y éste apareció por el corazón. Así se evidencia que esta persona escuchaba con amor a los demás y sabía guardar sus secretos. No era solamente la más bondadosa, sino también la más sabia y prudente.
El monarca, muy complacido, dijo:
‑ Si eres tan buen lama como forense, no dudo de que alcanzarás la iluminación.
El lama‑médico no quiso ninguna recompensa. En una humilde mulilla regresó a su monasterio.

Cuento Tradicional del Tíbet

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“Alcanza tu sueño”

Hoy comparto un bello y motivador poema-reflexión de Mohandas Karamchand Gandhi, (1868-1948), abogado, pensador, político y dirigente espiritual indio. Conocido como Mahatma Ghandi, (Maha:grande y atma:alma), sobrenombre con el que le bautizó el gran poeta indio Rabindranath Tagore. Alcanza tu sueño, más que un poema, es como un mantra que debiéramos de leer a menudo para concienciarnos del potencial que podemos llegar a desarrollar, y que me hace recordar esa motivadora frase que acuñó Albert Einstein: “La mente es como un paracaídas… Sólo funciona si la tenemos abierta”. J.L.Soba

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Taj Mahal, en Agra, India

“Alcanza tu sueño”

Sé firme en tus actitudes y perseverante en tu ideal. Pero sé paciente, no pretendiendo que todo te llegue de inmediato. Haz tiempo para todo, y todo lo que es tuyo vendrá a tus manos en el momento oportuno. Aprende a esperar el momento exacto para recibir los beneficios que reclamas. Espera con paciencia a que maduren los frutos para poder apreciar debidamente su dulzura. 

No seas esclavo del pasado y los recuerdos tristes. No revuelvas una herida que está cicatrizada. No rememores dolores y sufrimientos antiguos. ¡Lo que pasó, pasó! .De ahora en adelante, procura construir una vida nueva, dirigida hacia lo alto y camina hacia delante, sin mirar hacia atrás.

Haz como el sol que luce cada día sin acordarse de la noche que pasó. Sólo contempla la meta y no veas que tan difícil es alcanzarla. No te detengas en lo malo que has hecho; camina en lo bueno que puedes hacer. No te culpes por lo que hiciste, más bien decídete a cambiar.

No trates que otros cambien; Sé tú el responsable de tu propia vida y trata de cambiar tú. Deja que el amor te toque y no te defiendas de él. Vive cada día, aprovecha el pasado para bien y deja que el futuro llegue a su tiempo. No sufras por lo que viene, recuerda que “cada día tiene su propio afán”. Busca a alguien con quien compartir tus luchas hacia la libertad; una persona que te entienda, te apoye y te acompañe en ella.

Si tu felicidad y tu vida dependen de otra persona, despréndete de ella y ámala, sin pedirle nada a cambio. Aprende a mirarte con amor y respeto, piensa en tí como en algo precioso. Desparrama en todas partes la alegría que hay dentro de ti. Que tu alegría sea contagiosa y viva para expulsar la tristeza de todos los que te rodean. La alegría es un rayo de luz que debe permanecer siempre encendido, iluminando todos nuestros actos y sirviendo de guía a todos los que se acercan a nosotros. Si en tu interior hay luz y dejas abiertas las ventanas de tu alma, por medio de la alegría, todos los que pasan por la calle en tinieblas, serán iluminados por tu luz.

Trabajo es sinónimo de nobleza. No desprecies el trabajo que te toca realizar en la vida. El trabajo ennoblece a aquellos que lo realizan con entusiasmo y amor. No existen trabajos humildes. Sólo se distinguen por ser bien o mal realizados. Da valor a tu trabajo, cumpliéndolo con amor y cariño y así te valorarás a ti mismo.

El universo nos ha creado para realizar un sueño. Vivamos por él, intentemos alcanzarlo. Pongamos la vida en ello y si nos damos cuenta que no podemos, quizás entonces necesitemos hacer un alto en el camino y experimentar un cambio radical en nuestras vidas. Así con otro aspecto, con otras posibilidades y con la ayuda del universo, lo haremos.

No te des por vencido, piensa que si estamos aquí, es porque podemos vivir esta  vida que nos ha tocado vivir. El éxito en la vida no se mide por lo que has logrado, sino por los obstáculos que has tenido que enfrentar en el camino.

Tú y sólo tú escoges la manera en que vas a afectar el corazón de otros y esas decisiones son de lo que se trata la vida.

“Que este día sea el mejor de tu vida”

Mahatma Ghandi

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Historia de Abdula, el mendigo ciego

Hoy comparto “Historia de Abdula, el mendigo ciego”, perteneciente a “Las mil y una noches”, célebre recopilación de cuentos tradicionales del Oriente Medio, la mayoría de cuyas historias están basadas en un antiguo libro persa llamado mil leyendas”. La   recopilación y traducción de estas historias  al árabe, se atribuye alrededor del año 850, a Abu Abd-Allah Muhammad el-Gahshigar, reputado contador de historias que vivió en el siglo IX. J.L.Soba

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Las Mil y una Noches, iIlustración de Thomas Dalziel para la edición inglesa de 1865.

Historia de Abdula, el mendigo ciego

xeee25l mendigo ciego que había jurado no recibir ninguna limosna que no estuviera acompañada de una bofetada, refirió al Califa su historia:

-Comendador de los Creyentes, he nacido en Bagdad. Con la herencia de mis padres y con mi trabajo, compré ochenta camellos que alquilaba a los mercaderes de las caravanas que se dirigían a las ciudades y a los confines de tu dilatado imperio.

Una tarde que volvía de Bassorah con mi recua vacía, me detuve para que pastaran los camellos; los vigilaba, sentado a la sombra de un árbol, ante una fuente, cuando llegó un derviche que iba a pie a Bassorah. Nos saludamos, sacamos nuestras provisiones y nos pusimos a comer fraternalmente. El derviche, mirando mis numerosos camellos, me dijo que no lejos de ahí, una montaña recelaba un tesoro tan infinito que aun después de cargar de joyas y de oro los ochenta camellos, no se notaría mengua en él. Arrebatado de gozo me arrojé al cuello del derviche y le rogué que me indicara el sitio, ofreciendo darle en agradecimiento un camello cargado. El derviche entendió que la codicia me hacía perder el buen sentido y me contestó:

-Hermano, debes comprender que tu oferta no guarda proporción con la fineza que esperas de mí. Puedo no hablarte más del tesoro y guardar mi secreto. Pero te quiero bien y te haré una proposición más cabal. Iremos a la montaña del tesoro y cargaremos los ochenta camellos; me darás cuarenta y te quedarás con otros cuarenta, y luego nos separaremos, tomando cada cual su camino.

Esta proposición razonable me pareció durísima, veía como un quebranto la pérdida de los cuarenta camellos y me escandalizaba que el derviche, un hombre harapiento, fuera no menos rico que yo. Accedí, sin embargo, para no arrepentirme hasta la muerte de haber perdido esa ocasión.

Reuní los camellos y nos encaminamos a un valle rodeado de montañas altísimas, en el que entramos por un desfiladero tan estrecho que sólo un camello podía pasar de frente.

El derviche hizo un haz de leña con las ramas secas que recogió en el valle, lo encendió por medio de unos polvos aromáticos, pronunció palabras incomprensibles, y vimos, a través de la humareda, que se abría la montaña y que había un palacio en el centro. Entramos, y lo primero que se ofreció a mi vista deslumbrada fueron unos montones de oro sobre los que se arrojó mi codicia como el águila sobre la presa, y empecé a llenar las bolsas que llevaba.

El derviche hizo otro tanto, noté que prefería las piedras preciosas al oro y resolví copiar su ejemplo. Ya cargados mis ochenta camellos, el derviche, antes de cerrar la montaña, sacó de una jarra de plata una cajita de madera de sándalo que según me hizo ver, contenía una pomada, y la guardó en el seno.

Salimos, la montaña se cerró, nos repartimos los ochenta camellos y valiéndome de las palabras más expresivas le agradecí la fineza que me había hecho, nos abrazamos con sumo alborozo y cada cual tomó su camino.

No había dado cien pasos cuando el numen de la codicia me acometió. Me arrepentí de haber cedido mis cuarenta camellos y su carga preciosa, y resolví quitárselos al derviche, por buenas o por malas. El derviche no necesita esas riquezas -pensé-, conoce el lugar del tesoro; además, está hecho a la indigencia.

Hice parar mis camellos y retrocedí corriendo y gritando para que se detuviera el derviche. Lo alcancé.

-Hermano -le dije-, he reflexionado que eres un hombre acostumbrado a vivir pacíficamente, sólo experto en la oración y en la devoción, y que no podrás nunca dirigir cuarenta camellos. Si quieres creerme, quédate solamente con treinta, aun así te verás en apuros para gobernarlos.

-Tienes razón -me respondió el derviche-. No había pensado en ello. Escoge los diez que más te acomoden, llévatelos y que Dios te guarde.

Aparté diez camellos que incorporé a los míos, pero la misma prontitud con que había cedido el derviche, encendió mi codicia. Volví de nuevo atrás y le repetí el mismo razonamiento, encareciéndole la dificultad que tendría para gobernar los camellos, y me llevé otros diez. Semejante al hidrópico que más sediento se halla cuanto más bebe, mi codicia aumentaba en proporción a la condescendencia del derviche. Logré, a fuerza de besos y de bendiciones, que me devolviera todos los camellos con su carga de oro y de pedrería. Al entregarme el último de todos, me dijo:

-Haz buen uso de estas riquezas y recuerda que Dios, que te las ha dado, puede quitártelas si no socorres a los menesterosos, a quienes la misericordia divina deja en el desamparo para que los ricos ejerciten su caridad y merezcan, así, una recompensa mayor en el Paraíso.

La codicia me había ofuscado de tal modo el entendimiento que, al darle gracias por la cesión de mis camellos, sólo pensaba en la cajita de sándalo que el derviche había guardado con tanto esmero.

Presumiendo que la pomada debía encerrar alguna maravillosa virtud, le rogué que me la diera, diciéndole que un hombre como él, que había renunciado a todas las vanidades del mundo, no necesitaba pomadas.

En mi interior estaba resuelto a quitársela por la fuerza, pero, lejos de rehusármela, el derviche sacó la cajita del seno, y me la entregó.

Cuando la tuve en las manos, la abrí. Mirando la pomada que contenía, le dije:

-Puesto que tu bondad es tan grande, te ruego que me digas cuáles son las virtudes de esta pomada.

-Son prodigiosas -me contestó-. Frotando con ella el ojo izquierdo y cerrando el derecho, se ven distintamente todos los tesoros ocultos en las entrañas de la tierra. Frotando el ojo derecho, se pierde la vista de los dos.

Maravillado, le rogué que me frotase con la pomada el ojo izquierdo.

El derviche accedió. Apenas me hubo frotado el ojo, aparecieron a mi vista tantos y tan diversos tesoros, que volvió a encenderse mi codicia. No me cansaba de contemplar tan infinitas riquezas, pero como me era preciso tener cerrado y cubierto con la mano el ojo derecho, y esto me fatigaba, rogué al derviche que me frotase con la pomada el ojo derecho, para ver más tesoros.

-Ya te dije -me contestó- que si aplicas la pomada al ojo derecho, perderás la vista.

-Hermano -le repliqué sonriendo- es imposible que esta pomada tenga dos cualidades tan contrarias y dos virtudes tan diversas.

Largo rato porfiamos; finalmente, el derviche, tomando a Dios por testigo de que me decía la verdad, cedió a mis instancias. Yo cerré el ojo izquierdo, el derviche me frotó con la pomada el ojo derecho. Cuando los abrí, estaba ciego.

Aunque tarde, conocí que el miserable deseo de riquezas me había perdido y maldije mi desmesurada codicia. Me arrojé a los pies del derviche.

-Hermano -le dije-, tú que siempre me has complacido y que eres tan sabio, devuélveme la vista.

-Desventurado -me respondió-, ¿no te previne de antemano y no hice todos los esfuerzos para preservarte de esta desdicha? Conozco, sí, muchos secretos, como has podido comprobar en el tiempo que hemos estado juntos, pero no conozco el secreto capaz de devolverte la luz. Dios te había colmado de riquezas que eras indigno de poseer, te las ha quitado para castigar tu codicia.

Reunió mis ochenta camellos y prosiguió con ellos su camino, dejándome solo y desamparado, sin atender a mis lágrimas y a mis súplicas. Desesperado, no sé cuántos días erré por esas montañas; unos peregrinos me recogieron.

Anónimo,  “Las mil y una noches”

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La Ley del Dar y Recibir

Dar con los ojos cerrados. Recibir con los ojos abiertos. José Narosky

domino

La Ley del Dar y Recibir

El universo opera mediante un flujo dinámico. Dar y Recibir son aspectos diferentes del flujo de la energía en el universo. Si estamos dispuestos a dar aquello que buscamos, mantendremos la abundancia en el universo circulando por nuestras vidas. La ley espiritual del éxito es la Ley del Dar. También podría llamarse la Ley del Dar y Recibir, porque el universo opera por medio de un intercambio dinámico; nada estático.

Nuestro cuerpo está en un constante estado dinámico con el cuerpo del universo, nuestra mente mantiene una interacción dinámica con la mente del cosmos. El flujo de la vida no es otra cosa que la interacción armoniosa de todos los elementos y las fuerzas que estructuran el campo de la existencia. Esta interacción de las fuerzas y los elementos de la vida opera a través de la Ley del Dar. Puesto que nuestro cuerpo, nuestra mente y el universo mantienen un constante y dinámico intercambio, frenar la circulación de la energía es como frenar el flujo sanguíneo. Cuando la sangre deja de circular comienza a coagularse y estancarse.

Por eso debemos dar y recibir a efecto de mantener la afluencia y la riqueza, o cualquier otra cosa que deseemos en la vida, circulando permanentemente. La palabra afluencia viene de la raíz affluere, que significa fluir hacia. La palabra afluencia significa fluir en abundancia. El dinero es un símbolo de la energía vital que intercambiamos y de la energía vital que utilizamos como consecuencia del servicio que le prestamos al universo. Al dinero también se le llama moneda corriente, nombre que refleja igualmente la naturaleza fluida de la energía. La palabra corriente viene del latín cúrrere que significa correr o fluir. Por tanto si impedimos la circulación del dinero y nuestra única intención es acaparar el dinero y aferrarnos a él, impediremos también, puesto que el dinero es energía vital, que éste vuelva a circular en nuestra vida. Para que esa energía fluya constantemente hacia nosotros debemos mantenerla constantemente en circulación. Al igual que un rio el dinero debe mantenerse en movimiento o de lo contrario comienza a estancarse, a obstruir a sofocar y a estrangular su propia fuerza vital; la circulación lo mantiene vivo y vital.

Toda relación es una relación de dar y recibir. El dar engendra el recibir y el recibir engendra el dar. Lo que sube debe bajar y lo que se va debe volver. En realidad recibir no es lo mismo que dar porque dar y recibir son aspectos diferentes del flujo de la energía en el universo, aunque muy complementarios; si detenemos el flujo de alguno de los dos obstaculizamos el flujo de la inteligencia de la naturaleza. En toda semilla esta la promesa de miles de bosques pero la semilla no debe de ser acaparada; ella debe dar su inteligencia al suelo fértil, a través de su acción de dar su energía invisible fluye para convertirse en una manifestación material. Cuanto más demos más recibiremos poque mantendremos la abundancia del universo circulando en nuestra vida. En realidad todo lo que tiene valor en la vida se multiplica únicamente cuando es dado. Lo que no se multiplique a través del dar, ni vale la pena darlo, ni vale la pena recibirlo.

Si al dar sentimos que hemos perdido algo, entonces el regalo no ha sido dado en realidad y no generará abundancia. Cuando damos a regañadientes, no hay energía positiva detrás de nuestra acción de dar. En el dar y recibir lo más importante es la intención, la intención debe de ser crear felicidad para quien da y para quien recibe, porque la felicidad sustenta y sostiene la vida, y por tanto, genera abundancia. La retribución es directamente proporcional a lo que se da, cuando el acto es incondicional y sale del corazón. Por eso el acto de dar debe ser alegre; la actitud mental debe ser tal que se sienta en el acto la alegría de dar. De esa manera la energía que hay en el acto de dar aumenta muchas veces más. En realidad practicar la ley del dar es muy sencillo: si.

Me comprometeré a mantener la abundancia dando y recibiendo los dones más preciados de la vida: cariño, aprecio, afecto y amor. Cada vez que me encuentre con alguien le desearé en silencio felicidad, alegría y bienestar. Que dios me ayude en ese intento y nos bendiga siempre.

Deepak Chopra.

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“La lágrima”

Hoy hago un hueco en el ambigú al poeta romántico Lord Byron, uno de los que más influencia tuvieron en mi juventud. Su vida fue de una total integridad y siempre consecuente con su forma de ver la vida, por lo que generaba la admiración de todo aquel que lo conocía o leía su obra. Entre las obras que más me influenciaron, destaco Horas ociosas (1807), Corsario y Lara (1814), Manfredo (1817), Mazeppa (1818) y Don Juan (1819-1824), su última e inacabada obra.

Fue seguramente sin quererlo, precursor de los clubs de fans, su esposa Annabella, lo definía como “byromanía”, pues tenía muchos seguidores tanto anónimos como famosos (Goethe, Poe, Bécquer, Víctor Hugo, Lamartine, Alejandro Dumas, etc.). Sus poemas inspiraron y fueron musicados por compositores románticos como Felix Mendelssohn, Robert Schumann o Héctor Berlioz entre otros.

A pesar de ser noble, se posicionó a favor de los más débiles y apoyó a España frente a la invasión napoleónica, a las naciones suramericanas en su independencia y a la libertad de Grecia, a la que quería con pasión.

Siempre frecuentaba  la compañía de animales, se cuenta que Byron, mientras estudiaba en Cambridge, donde estaban prohibidos los animales domésticos, guardaba un oso. Tuvo un halcón, una garza, una grulla egipcia, un águila, una garza, un tejón, un zorro, gatos, monos, loros, gallinas, gansos, etc. Hay un hecho que define a la perfección el amor de Byron por los animales: En 1803 le regalaron un cachorro de perro de raza Terranova de nombre “Boatswain”, y fue un fiel acompañante durante sus viajes. En una ocasión, el perro se cayó por la borda del barco donde viajaban, exigiendo Byron al capitán que detuviese la nave para poder recogerlo.

En 1808 Boatswain murió a causa de la rabia y Lord Byron lo enterró en la Abadía de Newstead, de su propiedad, con un epitafio en su honor que reza:

“Cerca de este lugar reposan
los restos de quien poseyó
belleza sin vanidad
fuerza sin insolencia, 
valentía sin ferocidad,
y todas las virtudes del hombre sin sus vicios.
Este elogio sería un halago sin sentido
si fuera grabado sobre cenizas humanas.
Pero es un justo tributo a la memoria de Boatswain, un perro”

la-mujer-que-llora-de-pablo-picasso

La Mujer Que Llora, obra de Pablo Picasso.

“La lágrima” 

Cuando el amor o la amistad debieran
el alma a la ternura,
y ésta debiera aparecer sincera
en los ojos,
podrán los labios engañar fingiendo
una sonrisa seductora y falsa;
pero la prueba de emoción se muestra
en una lágrima.

Una sonrisa puede ser
un artificio que el temor encarna;
con ella puede revestirse el odio
que nos engaña;
mas yo prefiero para mí un suspiro
cuando los ojos, expresión del alma,
se oscurece por un momento
con una lágrima.

El hombre surca el desconocido Océano
con el hálito del viento que lo arrastra,
entre olas bramadoras que se alzan;
se inclina,
y en las olas tempestuosas
que terribles sobre su nave avanzan,
mira el abismo, y en sus aguas turbias
mezcla una lágrima.

En la carrera de la noble gloria,
el valiente capitán se afana
por ganar con su muerte una corona
en las batallas;
pero levanta al que postró en el suelo
y sus heridas piadoso baña,
una por una, en el sangriento campo,
con una lágrima.

Y cuando vuelve, henchido de ese orgullo
que hace latir el pecho que avasalla;
cuando teñida en enemiga sangre
cuelga su espada,
la recompensan todas sus fatigas
al abrazar a su consorte amada,
al darle un beso en sus mejillas húmedas
con una lágrima.

Dulce mansión de mi niñez perdida,
donde la sinceridad y la amistad gozaba;
donde en medio del amor vi deslizarse
las horas rápidas;
yo te dejé con un hondo sentimiento,
volví hacia ti mis últimas miradas,
y apenas puede percibir tus torres
detrás una lágrima.

Aunque no puedo repetir, como antes,
mi juramento a mi María adorada,
a la que fuera en otro tiempo
el fuego del alma,
recuerdo los felices días
en que, aún infantes, tanto me amaba,
cuando ella respondía a mis promesas
con una sencilla lágrima.

¿En otros brazos puede ser dichosa?
¿Conserva el recuerdo de su edad pasada?
Mi corazón respetará ese nombre
que tanto amaba.
Y así dije adiós a mi esperanza loca,
siempre, con una lágrima.

Cuando el imperio de la noche eterna
reclame para siempre mi alma;
cuando mi cuerpo exánime repose
bajo una lápida,
si por ventura os acercáis un día
donde mi triste sepultura se halla,
humedeced apenas mis cenizas
con una lágrima.

Yo no ambiciono el mármol, monumento
que la la vanidad levanta;
manto suntuoso con que el necio orgullo
cubre su nada;
no darán sus emblemas a mi nombre
el falso orgullo ni la gloria vana;
lo que yo quiero, lo único que pido,
es una lágrima.

Lord Byron, de su libro Horas ociosas (1807)

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