Chiyono

xChiyono

Chiyono

xC chinahiyono era una mujer bella.

Aunque en su interior atesoraba el amor más puro y hermoso, la mayoría de los hombres que se acercaron a su vida buscaban disfrutar del deseo que les despertaba la perfección de su cuerpo.

Y Chiyono descubrió que no había hombre que pudiera corresponder a su amor; que el único amante que podía ver lo que los ojos velaban era el amor divino. Y vagó de monasterio en monasterio, y en todos recibió la misma negativa. Su belleza sólo podría alterar la tranquilidad de los monjes, y hasta era posible que consiguiera con su sola presencia que más de uno abandonara la austeridad y el silencio.

Chiyono, cansada de ser valorada sólo por su aspecto, deformó su cuerpo sometiéndolo a dolorosas quemaduras. Su rostro, de piel aterciopelada y blanco perla, era ahora carne viva y purulenta. Tras recuperarse de sus heridas, decidió volver a visitar los monasterios que antes le habían cerrado sus puertas.

Al ver su aspecto y conocer el porqué de su estado, los monjes aceptaron respetuosamente su presencia y valoraron su deseo de volcar su vida al despertar divino.

Cuando pudo por fin dedicarse a lo que quería, estuvo años -década tras década-realizando las mismas rutinas, pacientemente, intentando mantenerse alerta a las indicaciones de los maestros y a sus propias experiencias. Su vida era bien sencilla; pero había aprendido que no eran las actividades en sí las que daban plenitud y sentido a la vida, sino la actitud con que éstas se realizaban. De sus maestros había aprendido también a observarse al caminar

… al fregar el suelo… al preparar la comida… al meditar sentada frente a un muro carente de objetos… Observaba su aburrimiento, su tristeza, su ira, su sueño… y sabía que en la realidad iluminada nada de esto era de ella… Si se aburría, se decía: ―el aburrimiento está pasando por mí‖… Si reaccionaba con ira, no la reprimía ni justificaba; se observaba y se decía: ―la ira está pasando por mí‖.

Y así estuvo años y más años, intentando ir más allá de la aparente repetición de la rutina, para descubrir la cualidad de frescura y espontaneidad que tenía, no lo acción en sí (fuera o no fuera nueva), sino la vivencia constante en el

eterno presente.

Una noche, realizando una de las tareas propias de su rutina, fue a buscar agua a un pozo cercano. Tras llenar el destartalado cubo, se dispuso a llevarlo con calma y cuidado para no perder parte de su preciado contenido durante el camino. La noche, de nubes y claros, estaba tenuemente iluminaba por el resplandor de una hermosa luna llena. Chiyono alternaba su vista en el suelo, la Luna y el reflejo oscilante de ésta en el agua del balde.

De repente, mientras observaba el reflejo de la luna en el agua, tropezó, cediendo las asas y rompiéndose al impactar contra el suelo.

Durante unos instantes, la monja Chiyono permaneció inmóvil, observando los restos del cubo y cómo el agua se filtraba poco a poco en las porosidades del suelo… Luego, miró directamente a la luna… Y en ese sencillo percance, tras años de esfuerzo, paciencia y tenacidad, Chiyono se iluminó.

Rememorando lo que sintió en ese instante, escribió:

“De un modo y otro traté de mantener el cubo íntegro, esperando que el débil bambú nunca se rompiera. De repente, el fondo se cayó. No más agua; no más reflejo de la luna en el agua: vaciedad en mi mano”.

Cuentos y Fabulas de BUDA, Recopilaciones  de Sri Deva Fénix.

Prof. Félix Eduardo Díaz, mejor conocido por su nombre espiritual como Maestro Sri Deva Fénix, nació en Caracas, Venezuela, el 31 de diciembre de 1952

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Mi patria es…

 

Planisferio terrestre (composición de fotos satelitales).

Planisferio terrestre (composición de fotos satelitales). Wikipedia, la enciclopedia libre.

Mi patria es…

Buscando una respuesta más universal a esta clásica pregunta de identidad, que históricamente ha producido tantas desgracias a la Humanidad.

El sentimiento patriótico de cada uno es algo que puede compartirse con otras muchas personas –con la misma o diferente patria-. La patria es siempre motivo de orgullo propio y nunca debiera ser causa de conflictos. La patria que sentimos como nuestra debiera ser abierta, acogedora e imponernos únicamente la responsabilidad de cuidar de sus lenguas y de sus culturas asociadas, sin desconocer las ajenas y respetando a los restantes idiomas y civilizaciones.

Porque no fueron los políticos quienes mejor definieron qué era la patria, sino los poetas. Ilustres rapsodas dictaron versos gloriosos como “mi patria es mi lengua”, “mi patria es mi infancia”, “mi patria es la Tierra”,… Qué fácil es proclamar con ellos las mismas verdades: MI PATRIA ES… la memoria, o el pensamiento, o mi hogar, o una nube, o la intemperie, o un baúl de recuerdos en el desván, o el huerto de mi abuela,…

Cómo no compartir con Baudelaire que “mi patria es mi infancia”, o con Antoine de Saint-Exupery que “La infancia es la patria de todos”. Este axioma es reiterado por pensadores con Rainer María Rilke, “la verdadera patria del hombre es su infancia” o Miguel Delibes, “la infancia es la patria común de todos los mortales, de ahí que el lector se identifique de inmediato con un personaje infantil sea de donde sea”.

Muchos literatos, desde tiempos remotos, señalaron otro aspecto prosaico -pero innegable- de qué entendemos a veces como patria. Aristófanes manifestó que “allí donde se está bien es la patria” y Benjamín Franklin que “allí está mi patria, donde mi libertad”. Múltiples proverbios apuntan en la misma dirección, desde los aforismos franceses “para un comerciante la patria es la bolsa (o su bolsillo)”, hasta el adagio árabe “el pobre es un extranjero en su patria”, destacando el apotegma sueco que “la patria está allí donde uno es útil”.

La patria es un concepto noble, pero el patriotismo mal entendido ha sido causa de muchas aberraciones bélicas cuando es un instinto que odia, y no una virtud que prefiere. Guy de Maupassant escribió que “el patriotismo es el huevo de donde nacen las guerras” y Samuel Johnson que “el patriotismo es el último refugio de los canallas”. Inaceptable es cualquier patriotismo que empuja al campo de batalla para matar o morir, en lugar del amor a lo propio que nos enseña a vivir en comunidad con los próximos y con los lejanos.

La inmensa mayoría de nosotros somos pacíficos y creemos, desde las incontables y peculiares identidades patrióticas y desde la individual libertad, que el respeto mutuo entre personas, lenguas y culturas nos hace más grandes y libres a todos los seres humanos. Suscribimos también las palabras de Séneca, “amamos la patria no porque sea grande, sino porque es nuestra” y las de Fatos Arapi, “donde me halle, soy un pedazo del paisaje de mi patria”.

En estos tiempos de interculturalidad e inmigraciones masivas, allí donde cada persona constituye su familia, allí está su verdadera patria. Todos podemos parafrasear a François Mitterrand cuando dijo que “Francia era su patria y Europa nuestro futuro”. Ojalá pronto cada uno tenga su patria pequeña y “el mundo sea el futuro de toda la raza humana”.

En medio del actual plurilingüismo prima más la máxima de Alfred Tennyson “quien más ama a su patria es el mejor cosmopolita”, que la desafortunada frase de Eça de Queiroz, “una prueba de patriotismo es hablar mal cualquier idioma que no sea el nuestro”.

Creo sinceramente que mi patria se escribe con minúscula, como algo importante pero nunca de valor absoluto. Mi patria convencional probablemente la comparto sólo con uno o dos millones de personas, pero mi Patria Grande, que puede ser la Patria de todos, se llama Inocencia, Tiempo y Vida. 

Mikel Agirregabiria Agirre 

Mikel Agirregabiria Agirre (Bilbao, 1953) es un físico teórico, con estudios avanzados de Ingeniería Industrial e Informática y un máster en Museología. Profesor Titular de Didáctica de las Matemáticas y las Ciencias Experimentales en la UPV-EHU, en excedencia voluntaria. Director de Formación en EITB durante ocho años, y su periplo por la administración vasca abarca cuatro Departamentos: Educación donde fue Jefe de Servicio de Tecnología y Educación; Cultura como asesor de Ciencia, Tecnología e Informática; Presidencia en Prevención de Drogodependencias e Industria como Jefe de Servicio de Euskadi en la Sociedad de la Información. Actualmente es el Jefe de Servicio Responsable de Innovación Educativa en el Gobierno Vasco.

Autor de numerosas publicaciones, ponencias, programas y obras, desde el primer libro escrito sobre Logo (Urmo, 1984), editor de la compendio “Tecnología y Educación” (Narcea,1988), hasta redactor de planes institucionales y políticos, como Hezkuntza XXI: Una educación para el Siglo XXI (2006).

Activo e influyente blogger, es miembro de Aprendices, fundador de Ikasbloggers, presidente deGetxoBlog y promotor de BlogEu, premio honorífico 2014 de Internet&Euskadi, mejor blogger DEIA 2015, además de estar presente en todas las redes sociales.

Ha participado y organizado numerosas conferencias, dirigido cursos de verano, siempre sobre innovación, educación, personas en las organizaciones,… Entre sus intereses actuales destacan la transformación digital en los diversos ámbitos de aprendizaje, así como en los entornos culturales, sociales, sindicales y políticos.

Wikipedia, La Enciclopedia Libre.

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La mujer de luto

Hoy comparto un relato de  Lisa Vargas Padín, autora muy interesante, pero de la que apenas he encontrado dato alguno, sólo que está publicado en “La bicicleta” Periodico USC, de Michael Vargas, y que me ha gustado mucho, por su forma de narrar y de mantener el interés por el desenlace de la historia. Espero que os guste.

MUJER DE LUTO

 La mujer de luto

xlla ciudad estaba fuera de control. Una mujer de gran influencia en la sociedad, que había enviudado meses antes, era la causa. Todo comenzó cuando Elena Torregrosa, mujer muy elegante, perdió a su marido en una carrera de autos. La viuda, en honor a su amado compañero, decidió seguir la antigua tradición de llevar el duelo vistiendo únicamente de negro. Echó a un lado su fabuloso ajuar para dar paso al luto.

La acongojada mujer visitó las tiendas más distinguidas de la ciudad y escogió la ropa que utilizaría el tiempo que fuese necesario. Al ser conocida por todos, importantes diseñadores se acercaron a ella para ofrecerle servicios de alta costura. El día en que la viuda se presentó a la primera actividad pública después de la muerte de su esposo, todos se maravillaron. Elena vestía un moderno vestido negro que rebasaba las últimas tendencias de moda y llevaba un fino velo que cubría ligeramente su rostro. Parecía triste, pero a su vez emanaba sensualidad.

Las mujeres la miraban con curiosidad y los hombres con asombro. La prensa y los medios televisivos resaltaron por varios días, la elegancia con que la viuda llevaba su ajuar de luto. A esa primera actividad siguieron otras más, en las cuales, cuando Elena llegaba, deslumbraba a todos con su encantador aspecto afligido. La joven mujer no sonreía, no bailaba y apenas probaba algún entremés durante dichos eventos. Simplemente se sentaba, cruzaba sus largas piernas y dejaba a la vista las modernas sandalias negras de tacón alto. La admiración de las mujeres crecía cada vez más y, en secreto, deseaban parecerse a ella.

Al cabo de un tiempo, la viuda realizó una actividad benéfica en su casa e invitó a mucha gente. El único requisito para asistir era ir vestido de negro. Al llegar, los invitados se sorprendieron de que la mayoría de los objetos en la residencia de la señora Torregrosa fueran tan oscuros como su ropa. Los sofisticados platos en que se sirvieron los entremeses eran del mismo color de su vestido. Igual sucedía con las elegantes copas donde se servía el vino. Los manteles, los cojines que adornaban los muebles, las cortinas que cubrían las largas ventanas, era todo de color negro.

Elena, por su parte, lucía glamorosamente triste en su vestido negro de mangas transparentes y fino brocado. Un delicado velo oscuro, de tul bordado, cubría su exquisito rostro triste. Esa noche la viuda fue la envidia de todas las mujeres y el sueño oculto de muchos hombres.

Luego de esa actividad, que resultó exitosa al recaudarse bastante dinero, los dueños de las tiendas del área notaron que la clientela solicitaba muebles de color negro. Por varias semanas la mercancía de tonalidades rojo, amarillo y verde quedó rezagada por el nuevo gusto de los compradores por el sombrío color. Los dueños de las tiendas por departamento estaban preocupados y se vieron obligados a ordenar objetos en tonos oscuros en tiendas de ciudades más distantes. Tuvieron que vender la mercancía de colores brillantes a precios ridículamente bajos, por temor a perderla.

Las mujeres comenzaron a vestir de negro. Las tiendas de ropa no daban abasto con la limitada mercancía de ese color. Los dueños se vieron obligados a solicitar ropa y calzado de color negro en otras tiendas para suplir la exigencia de los compradores. Las escuelas recibieron solicitudes de estudiantes que demandaban que el color de sus uniformes escolares fuera cambiado de azul a negro. Los recién nacidos salían del hospital vestidos en fina estopilla negra.

Todas las mujeres querían lucir tan fascinantemente compungidas como la viuda Torregrosa. Muchos hombres también sucumbieron a la moda de vestir en ese color.
La cuidad parecía estar de luto.

El alcalde del distrito estaba de plácemes, pues la ciudad comenzó a recibir más turistas que de costumbre. Los visitantes manifestaban que viajaban hasta allí movidos por la curiosidad de conocer el lugar en que sus habitantes parecían estar en duelo.

Luego de varios meses, una inquietud se apoderó de algunas mujeres. Era el hecho de que aunque llevaban tiempo vistiendo de negro, no lucían tan fascinantemente sugestivas como la viuda. Una tarde, varias mujeres estaban reunidas en un café y el tema de la viuda Torregrosa salió a relucir.

–La razón por la que no nos vemos tan deslumbrantes como ella es porque no somos viudas –dijo una de ellas.

– Es cierto. No podemos imitar su dolor ni su sufrimiento. Solo siendo viudas podríamos lucir un rostro tan afligido como el de ella –dijo Nora, la mayor del grupo.

Ninguna de las mujeres presentes dijo nada más, pero algunas de ellas, aunque no lo confesaran, de manera secreta deseaban ser viudas para lucir un rostro tan enigmático como el de la señora Torregrosa.

Aunque para las mujeres el deseo de ser viuda había sido solo un pensamiento oscuro que cruzó sus mentes, para Nora no lo fue. Esta mujer casada era la más temperamental del grupo.

Cuando Nora llegó a su casa, una idea se apoderó de ella. Se le había ocurrido deshacerse de su marido para entonces pasar a ser viuda como Elena. Luego de elaborar un plan para acabar con la vida de su esposo, lo puso en marcha y logró su propósito. Fue ordenada una autopsia, la cual reflejó de inmediato la causa de muerte del hombre. Aunque la mujer creía que había logrado el crimen perfecto, ante la presión de los investigadores, confesó. Fue encarcelada aunque alegaba y juraba que había sido en defensa propia. Dijo que había matado a su marido porque este solía maltratarla. Cuando las otras mujeres supieron de la alegación de maltrato de la acusada, acudieron en su ayuda. Todas iban vestidas de negro, con más razón en ese momento en el que había otra viuda en la localidad. Al acercarse la fecha del juicio, una de las mujeres preparó una carta y, luego de recoger firmas, la envió a la señora Torregrosa. En la misiva le solicitaban que, por tener ella tanta influencia en la ciudad, se presentara a la corte en apoyo a Nora.

El abogado de la acusada utilizaría la causal de locura temporal para defender a su cliente. Por otra parte, el fiscal señalaría que la mujer había matado a su esposo solo para lograr el aspecto afligido de la señora Torregrosa. Argumentaría que la acusada había cometido dicho delito para sobresalir entre las mujeres que, al igual que ella, llevaban la moda del luto. Insistiría en que Nora se había obsesionado con la idea de vestir a manera de duelo, pero quería hacerlo con la misma gracia y distinción que la viuda.

Elena leyó la carta tan pronto fue puesta en sus manos. Luego de analizar la situación decidió asistir a la corte. Tan pronto las personas se enteraron de que la viuda más comentada de la ciudad estaría en el juicio, se prepararon para la ocasión. La ciudad recibió aun más turistas. Todos querían ver a la elegante Elena Torregrosa entrar en la corte y, por supuesto, apreciar el modelo de vestido que llevaría puesto en esa ocasión.

Las mujeres abarrotaron las tiendas en busca del vestido negro perfecto. Los diseñadores estuvieron bastante ocupados confeccionando trajes de ese color y asegurándose de que el diseño de sus clientas fuera exclusivo.

El día del juicio las aceras frente a la corte estaban repletas de gente vestida de color negro. Las carreteras estaban llenas de autos. Los periodistas se apostaban en el lugar para ser los primeros en entrevistar a la señora Torregrosa. Empleados de varios canales de televisión tenían sus cámaras listas para fotografiar a la viuda.

–Hay rumores de que la mujer había dicho en una ocasión que para lucir tan fascinante como la viuda Torregrosa era preciso ser viuda –dijo una turista.

–Estoy seguro de que no lo mató en defensa propia –dijo el esposo de la turista.

–En realidad todos vienen a ver a la viuda que es famosa por ser una enigmática mujer que al parecer no desea abandonar el luto.

Faltando diez minutos para comenzar el juicio, el chofer de la señora Torregrosa detuvo el auto frente al edificio de la corte.

–¡Llegó! ¡Llegó la famosa viuda!

–¡Avanza, avanza, quiero retratarla!

Los miembros de la prensa y televisión corrieron hasta el vehículo de la distinguida mujer. Varios policías que ponían el orden entre los presentes se movieron hacia el área para escoltar a la viuda.

Uno de los oficiales se apostó frente al lugar para lograr espacio de manera que la mujer pudiera salir. Al abrir la puerta, Elena Torregrosa salió del auto y los asistentes, sorprendidos, soltaron exclamaciones de asombro.

–¡Oh!

–¡Increíble!

Elena Torregrosa se hizo paso entre la concurrencia mostrando su atractivo rostro sin velo y ataviada con un deslumbrante vestido fucsia.

Al día siguiente, el juicio contra Nora Suárez era un tema olvidado.

Lisa Vargas Padín

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La cruz

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Santo Cristo de las Animas, (1553 – 1564), Arnao de Bruselas , Santa María de Palacio, Logroño.


La cruz

La cruz que llevamos nos parece la más pesada. Creemos que somos los únicos
que caminamos por el mundo con ella a cuestas. A veces su peso nos ahoga,
sentimos que el pecho se cierra y nos deja sin aire en cada intento de seguir, pesa… sí, pesa…

La cruz que nadie desea llevar… la que queremos abandonar… la que nos
tocó en suerte…

La cruz que hizo añicos nuestra felicidad, que oscureció nuestra morada, que
lastimó nuestro cuerpo y nuestro espíritu…

La cruz de los problemas, de la infelicidad, de la soledad, del abandono, de la infancia sin juguetes, de la niñez sin padres, del crecimiento a solas, del hogar destruido, de los hijos abandonados, de la mentira, de la estafa, de los que ya no están y dejan en nosotros el dolor de la ausencia…

La cruz de la infidelidad, del engaño, del divorcio, de la humillación, de la perdida de autoestima, del sentir que no somos valiosos…

La cruz de la envidia, de la gula, de la codicia, del egoísmo…

La cruz de la enfermedad que no encuentra su cura, del miedo…

La cruz del trabajo perdido, de la búsqueda incierta…

La cruz de la necesidad, del hambre, de la incertidumbre…

¡Mi cruz es la más pesada!¿Por qué a mi? ¿por qué…? ¿por qué…? ¿por qué…?

Mira a tu alrededor, hay miles caminando contigo, todos llevan una cruz más
grande, más chica, más liviana, más pesada…

Algunos caminan arrastrándose porque ya no soportan más su peso, se doblan
sus rodillas, porque llevan años cargándola en sus hombros y están lastimados…pero no gritan, no piden ayuda, ni siquiera piensan en detenerse… Siguen… Llevan una sonrisa y la palabra de aliento a quienes la necesitan… Utilizan su experiencia para ayudar a otros… Siembran esperanza en cada lugar por el que pasan…

Mira a tu alrededor…

¿Es tu cruz la más pesada?

Esa cruz que es el símbolo de la vida.

Tu cruz, mi cruz… No son prestadas, son nuestras.

En cada marca de esa cruz se esconde el interior de quien la carga.

La verdadera vida es sólo de aquellos que aprendieron a llevar su cruz con
valentía, esfuerzo, voluntad, y por sobre todo con amor, con verdadero amor
aún cuando la cruz pesó tanto que se sintieron desfallecer y hoy son ejemplos y modelos para quienes los acompañan en este camino.

Graciela De Filippis

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La vida es un milagro

Vivir no es sólo existir,
sino existir y crear,
saber gozar y sufrir
y no dormir sin soñar.
Descansar, es empezar a morir.

Gregorio Marañón

xMarten de Vos, Alegoría de la vida y de la muerte.

“Alegoría de la vida y de la muerte”, obra de Marten de Vos.

La vida es un milagro

Nunca reflejes el mundo con el reflector de tu herida, sino con las bujías del amor.

Nunca te muevas tanto que llegues a todas partes menos a tu alma.

Nunca sueñes el matrimonio sólo con rosas. Ponle también sueños a los sacrificios y nudos al deber.

Nunca mires una dificultad como imposible: siempre habrá un espacio para seguir.

Nunca es tan importante lo que ha sido tu obra, como lo que llevó dentro tu proceder.

Nunca deslumbres con lo que digas, hasta estar seguro de no desencantar con lo que hagas.

Nunca intentes dominar a nadie, pero imponte a los demás hasta el punto que le permitirías a los demás que se te impusieran a ti.

Nunca esperes éxito completo: hay muchos tramos de fracasos antes de llegar al triunfo.

Nunca te apenes porque personas que te deben mucho, te paguen mal: aparecen otras que no te deben nada y te pagan con abundancia.

Nunca entres a la vida de nadie con exceso de confianza. Todos tenemos un espacio íntimo al que nadie debe penetrar sin ser invitado.

No te sorprenda sentir soledad en tus días nublados: la gente llega cuando el sol está en su apogeo.

No decidas con la mente apasionada. Espera, para tomar tus conclusiones, la serenidad de una reflexión lógica.

No desperdicies el agua de tu cántaro; es necesario llevarlo lleno para cuando la vida se nos haga un desierto y la sed nos suba desde el corazón.

Nunca te menosprecies por ser una florecita silvestre: sin ti, las grandes rosas no se notarían.

Nunca te pongas el timón en las manos sin meterte en el barco de Dios.

Nunca nutras el amor con grandes aguaceros: es mejor el rocío constante.

Nunca hay derrota tan triste como la que se da antes de comenzar.

Nunca desprecies la vejez: ella es el ojo de la historia, el cofre de los recuerdos, las lágrimas de sus dolores y el sometimiento de sus limitaciones.

Nunca te dejes vencer por la naturaleza para justificar lo torcido.

No te desanimes, y ajusta la vida a lo que tienes que vivir, más que a lo que gustaría tener para vivirla.

No busques felicidad en lo que compres ni en lo que estudies. Las cosas más importantes de la vida no son las más palpables ni las más demostrables.

No te confundas con el amor. Si las heridas no necesitan curas, ni las lágrimas pañuelo, ni el corazón recompensa, ¡estás amando!

Nunca consideres a Dios como un amarre, sino como la libertad que uno se impone por su propio gusto.

Nunca te quejes mientras tengas facultades, amor, amistad, sustento y poder para reconstruirte. Ama la vida para no morir antes de tiempo.

No te des por vencido, que detrás de ti hay siempre una oportunidad esperando.

No te rindas, ¡porque la vida es un milagro!

Zenaida Bacardí de Argamasilla

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Carta de San Francisco a los gobernantes de los pueblos

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San Francisco predicando a las aves,(1788 – 1789), obra de Antonio Carnicero Mancio, Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado

Carta de San Francisco a los gobernantes de los pueblos

Casi al final de su vida, Francisco de Asís escribió una carta abierta a los gobernantes de los pueblos. Más de mil franciscanos, venidos de todo el mundo, reunidos e mediados de octubre en Brasilia intentaron reescribirla. Aporté mi colaboración (prohibida por el obispo local) en estos términos:

«A todos los jefes de Estado y portadores de poder de este mundo, yo fray Francisco de Asís, vuestro pequeñuelo y humilde siervo, deseo Paz y Bien.

Os escribo este mensaje con el corazón en la mano y los ojos dirigidos a lo alto en súplica.

Oigo, viniendo de todas partes, dos clamores que suben hasta el cielo. Uno es el grito de la Madre Tierra, terriblemente devastada. El otro es la queja lacerante de millones y millones de hermanas y hermanos nuestros hambrientos, enfermos y excluidos, los seres más amenazados de la creación.

Es el clamor de la injusticia ecológica y de la injusticia social que implora ser escuchado urgentemente.

Mis hermanos y hermanas constituidos en poder: en nombre de aquel que se anunció como el «soberano amante de la vida» (Sabiduría 11,26) os suplico: hagamos una alianza global en pro de la Tierra y de la vida.

Tenemos poco tiempo, y nos falta sabiduría. La rueda del calentamiento global del Planeta está girando y ya no podemos detenerla. Pero podemos disminuir su velocidad e impedir sus efectos catastróficos.

No queremos que nuestra Madre Tierra, para salvar otras vidas amenazadas por nosotros, se vea obligada a excluirnos de su propio cuerpo y de la comunidad de los seres vivos.

Durante demasiado tiempo nos hemos comportado como un Satán, explotando y devastando los ecosistemas, cuando nuestra vocación es ser el Ángel Bueno, el Cuidador y el Guardián de todo lo que existe y vive.

Por eso, mis señoras y mis señores, os aconsejo firmemente que penséis no solamente en el desarrollo sostenible de vuestras regiones, os aconsejo que penséis en el Planeta como un todo, como la única Casa Común que tenemos para vivir, para que siga teniendo vitalidad e integridad y preserve las condiciones para nuestra existencia y para la de toda la comunidad terrenal.

La tecnociencia que ayudó a destruir, puede ayudarnos a rescatar. Y será salvadora si la razón viene acompañada de sensibilidad, de corazón, de compasión y de reverencia.

Os advierto humildemente, hermanas y hermanos míos, que si no hacéis esta alianza sagrada de cuidado y hermandad universal, deberéis rendir cuentas ante el tribunal de la humanidad y enfrentaros al Juicio del Señor de la historia.

Queremos que nuestro tiempo sea recordado como un tiempo de responsabilidad colectiva y de cuidado amoroso con la Madre Tierra y con toda la vida.

Finalmente, hermanos y hermanas, modeladores y modeladoras de nuestro futuro común: recordad que la Tierra no nos pertenece. Nosotros le pertenecemos a ella, que nos gestó como hijas e hijos queridos. Cuesta aceptar que después de tantos millones y millones de años sobre este planeta esplendoroso, tengamos que ser expulsados de él.

Por la iluminación que me viene de lo Alto, presiento que no estamos ante una tragedia de final desastroso. Estamos dentro de una crisis que nos acrisolará, nos purificará y nos hará mejores. La vida está llamada a la vida. Nacidos del polvo de las estrellas, el Señor del universo nos creó para brillar y cantar la belleza, la majestad y la grandeza de la Creación que es el espacio del Espíritu y el templo de la Santísima Trinidad, del Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Si observáis todo esto que Dios me ha inspirado y os he comunicado en breves palabras, os aseguro que la Tierra volverá nuevamente a ser el Jardín del Edén y nosotros sus dedicados jardineros y cuidadores».

Firmado: F. de Asís.

Leonardo Boff, (31-10-2008), en su columna semanal en servicios Koinonia

 

 

 

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A un hombre joven

En estos días en los que nos están bombardeando con información “tóxica” por todas partes, no está de más recordar las palabras del pensador filosófico espiritual y  precursor del cambio positivo en la sociedad global, Jiddu Krishnamurti:

“El mundo está tan lleno de opiniones como lo está de personas. Y usted sabe qué es una opinión. Uno dice esto, y algún otro dice aquello. Cada cual tiene una opinión, pero la opinión no es la verdad; por lo tanto, no escuche una mera opinión, no importa de quién sea, sino descubra por sí mismo qué es lo verdadero. La opinión puede cambiar de la noche a la mañana, pero no podemos cambiar la verdad.” 

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A un hombre joven

XEE6589817007d6a353b75c535069352d85e88ra un hombre joven, recién casado, y dijo que el trabajo que tenía no era muy bueno pero les daba a él y a su esposa dinero suficiente para vivir. Se había educado en una universidad, tenía una mente en cierto modo aguda y pertenecía a una de esas antiguas comunidades para las que una vida religiosa era mucho más significativa que la que ofrecía el mundo.

“Mi educación”, continuó diciendo, “ha hecho que mi mente sea más bien lerda. Esa educación ha cultivado mi memoria y probablemente nada más. He recibido varios títulos pero todo eso me ha dejado un poco árido y vacío. Me parece estar perdiendo todo sentimiento, todo interés, y creo que estoy cayendo en una rutina; y puedo ver que mis actividades sexuales también se están volviendo parte del mismo patrón. No sé qué hacer. Después de escucharlo el otro día, pensé que tal vez conversando de estas cosas con usted podría librarme del peso muerto de mi trabajo y de mis hábitos cotidianos. Como soy bastante joven podría cambiar mi trabajo, pero sé que por interesante que el otro pudiera ser, pronto se convertiría en una rutina. Mi esposa y yo hemos conversado sobre esto. Ella no pudo venir esta mañana, así que hablo por ella tanto como por mí mismo”. Él tenía una sonrisa agradable y la sociedad todavía no lo había destruido.

La rutina y el hábito constituyen nuestra vida de todos los días. Algunos son conscientes de sus hábitos, otros no. Si uno llega a darse cuenta de los hábitos ‑el movimiento repetitivo de la mano o de la mente-, puede ponerles fin con relativa facilidad. Pero lo importante en todo esto es comprender, no intelectualmente, el mecanismo de la formación de hábitos que gradualmente destruye o embota todo sentimiento. Este mecanismo es el enorme letargo que forma parte de nuestra herencia, tal como ocurre con la tradición. No queremos que se nos perturbe y es este letargo el que genera la rutina. Una vez que hemos aprendido algo, funcionamos conforme a lo que ya conocemos, añadiendo más a lo ya conocido o modificándolo.

El miedo al cambio fortalece el hábito, no sólo físicamente sino también en las mismas células cerebrales. Así, una vez que nos hemos establecido en una rutina continuamos en ella, como una vagoneta a lo largo de sus rieles. Damos las cosas por sentadas en todas las relaciones y éste es uno de los mayores factores de insensibilidad. De ese modo, el hábito se convierte en algo natural. Entonces decimos: ¿Por qué debe uno prestar atención a estas cosas que hacemos todos los días? Y así, la inatención cultiva el hábito y entonces estamos atrapados. Después comienza el problema de cómo librarnos del hábito. Y entonces hay conflicto. ¡Y de esta manera el conflicto se vuelve el estilo de vida que aceptamos naturalmente!

Así, cuando vemos todo esto ‑todas las modalidades del hábito, que implica funcionar según la memoria establecida, operar desde esa memoria-, cuando nos damos cuenta claramente de esto, entonces nos encontramos con el placer. Porque, después de todo, lo que deseamos profundamente es el placer y todos nuestros valores se basan en él. El placer es el factor constante por el cual estamos dispuestos al sacrificio, el que defendemos, por el que aceptamos ser violentos, etcétera. Pero, si observamos el placer, pronto veremos que también éste se convierte en un hábito y, cuando ese hábito del placer es negado, hay inquietud, pena y sufrimiento. Y para evitar esto caemos en otra trampa del placer. Uno puede acostumbrarse a la belleza o a la fealdad, a la belleza de un árbol o a la suciedad del camino. Colgamos una pintura en la habitación y la contemplamos, y pronto ello se ha vuelto un hábito. O, como hacen muchas personas, cambiamos la pintura esperando con eso mantener la agudeza de visión. Este es meramente otro truco para vencer la insensibilidad.

Éste es, pues, el modo de vida que hemos aceptado. Es lo que está ocurriendo con nosotros de la mañana a la noche y también durante la noche. Así que la totalidad de la conciencia es mecánica en el sentido de que es un movimiento, una actividad constante dentro de los límites del placer y el dolor. Para ir más allá de estos límites el hombre ha intentado muchas vías diferentes. Pero pronto de reduce todo a la monotonía del hábito y el placer; y si uno dispone de energía, se vuelve exteriormente muy activo. Ahora bien, todo el sentido de esto es ver, de hecho, no verbalmente, qué es lo que de verdad ocurre. Ver no verbalmente significa ver sin el observador, porque el observador es la esencia del hábito y la contradicción, que son memoria. De modo que el ver jamás es habitual, porque el ver no se acumula. Cuando vemos desde la acumulación, vemos a través de los hábitos. Por lo tanto, el ver es acción sin hábito.

Después de todo, el amor no es un hábito, mientras que el placer lo es. Así que el acto de ver es la única cosa natural; ver la natural herencia animal en nosotros, que es violenta, agresiva y competitiva. Si uno puede comprender esta única cosa que es realmente de importancia primordial ‑el acto de ver-, entonces no hay acumulación como el “yo”, lo “mío”, entonces no hay formación de hábitos, con la rutina y el fastidio que todo ello implica. Por consiguiente si logramos, ver lo que es, podemos amar.

Jiddu Krishnamurti, Encuentro con la vida, del Boletín 36 (KF), 1979

 

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