La Posada de la Cinco Campanas

 

Hoy toca reflexionar sobre el cambio, y para ello, nada mejor que estos dos pequeños cuentos-reflexiones del maestro Anthony de Mello (1931-1987), sacerdote jesuita indio, y psicoterapeuta, conocido por sus libros y conferencias sobre espiritualidadal, y que como siempre, después de muerto y poco a poco se le está haciendo justicia y reconociendo su gran contribución al crecimiento personal y espiritual de todos los que hemos tenido la suerte de conocer su obra. J.L.Soba

 

El cambio

A un discípulo que siempre estaba quejándose de los demás le dijo el Maestro:
– “Si es paz lo que buscas, trata de cambiarte a ti mismo, no a los demás. Es más fácil calzarse unas zapatillas que alfombrar toda la tierra.”
Anthony de Mello

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“La Posada de la Cinco Campanas”

xh547ace mucho tiempo, había una posada llamada «La estrella de plata». El posadero, a pesar de que hacía cuanto podía por atraer a la clientela esforzándose en hacer la posada confortable, atender cordialmente a los clientes y cobrar unos precios razonables, se las veía y se las deseaba para que le alcanzara el dinero. Desesperado, acudió a consultar a un sabio.

El sabio, tras escuchar sus lamentos, le dijo: “Es muy sencillo. Lo único que tienes que hacer es cambiar el nombre de la posada.”

“¡Imposible!”, dijo el posadero. “¡Se ha llamado «La estrella de plata» durante generaciones, y así se la conoce en todo el país!”

“No”, replicó el Sabio enérgicamente. “A partir de ahora debes llamarla «Las cinco campanas» y colgar seis campanas sobre la entrada.”

“¿Seis campanas? ¡Eso es absurdo! ¿Para qué va a servir?”

“Inténtalo, y lo verás”, le respondió el Sabio sonriendo.

El posadero hizo lo que se le había dicho y sucedió lo siguiente: todo viajero que pasaba por delante de la posada entraba en ella para advertir al posadero acerca del error, creyendo que nadie hasta entonces había reparado en ello. Una vez dentro, quedaba tan impresionado por la cordialidad del servicio que se alojaba en la posada, con lo que el posadero llegó a amasar la fortuna que durante tanto tiempo había buscado en vano.

Hay pocas cosas que satisfagan más nuestro ego que el corregir los errores de los demás.

Anthony de Mello, de su libro “La oración de la rana”.

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El sudor

“La suerte es un beneficio del sudor. Cuanto más sudor, más suerte obtienes” Ray Kroc

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El sudor (1989), obra del burgalés universal José Vela Zanetti.

El sudor

En el mar halla el agua su paraíso ansiado
y el sudor su horizonte, su fragor, su plumaje.
El sudor es un árbol desbordante y salado,
un voraz oleaje.

Llega desde la edad del mundo más remota
a ofrecer a la tierra su copa sacudida,
a sustentar la sed y la sal gota a gota,
a iluminar la vida.

Hijo del movimiento, primo del sol, hermano
de la lágrima, deja rodando por las eras,
del abril al octubre, del invierno al verano,
aureas enredaderas.

Cuando los campesinos van por la madrugada
a favor de la esteva removiendo el reposo,
se visten una blusa silenciosa y dorada
de sudor silencioso.

Vestidura de oro de los trabajadores,
adorno de las manos como de las pupilas.
Por la atmósfera esparce sus fecundos olores
una lluvia de axilas.

El sabor de la tierra se enriquece y madura:
caen los copos del llanto laborioso y oliente,
maná de los varones y de la agricultura,
bebida de mi frente.

Los que no habéis sudado jamás, los que andáis yertos
en el ocio sin brazos, sin música, sin poros,
no usaréis la corona de los poros abiertos
ni el poder de los toros.

Viviréis maloliendo, moriréis apagados:
la encendida hermosura reside en los talones
de los cuerpos que mueven sus miembros trabajados
como constelaciones.

Entregad al trabajo, compañeros, las frentes:
que el sudor, con su espada de sabrosos cristales,
con sus lentos diluvios, os hará transparentes,
venturosos, iguales.

Miguel Hernández

De su libro Viento del Pueblo (1936-1937)

 

 

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Desde altas montañas

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Valle de San Millán en La Rioja, foto J.L.Soba

Desde altas montañas

¡Oh mediodia de la vida! ¡Tiempo solemne!
¡Oh jardín de verano!
Inquieta felicidad de estar de pie y atisbar y aguardar: –
A los amigos espero impaciente, preparado día y noche,
¿Dónde permanecéis, amigos? ¡Venid! ¡Ya es tiempo!
[¡Ya es tiempo!

¿No ha sido por vosotros por quienes el gris del glaciar
Se ha adornado hoy de rosas?
A vosotros os busca el arroyo, y hoy el viento y la nube
Anhelantes se elevan, se empujan hacia el azul,
Para atisbaros a vista lejanisima de pájaro.

En lo más alto estaba preparada mi mesa para vosotros: –
¿Quién habita tan cerca
De las estrellas, quién tan cerca de las pardísimas lejanias
[del abismo?
Mi reino – ¿qué reino se ha extendido más que él?
Y mi miel – ¿quién la ha saboreado?

-¡Ahi estáis ya, amigos! – Ay, ¿es que no es a mí
A quien queríais llegar?
Titubeáis, os quedáis sorprendidos – ¡ay, preferible sería que sintierais rencor
¿Es que yo – ya no soy yo? ¿Es que están cambiados
mi mano, mi paso, mi rostro?
¿Es que lo que yo soy, eso, para vosotros, – no lo soy?

¿Es que me he vuelto otro? ¿Y extraño a mí mismo?
¿Es que me he evadido de mí mismo?
¿Es que soy un luchador que se ha domeñado demasiadas
[veces a sí mismo?
¿Que demasiadas veces ha contendido con su propia fuerza,
Herido y estorbado por su propia victoria?

¿Es que yo he buscado allí donde más cortante sopla el  viento?
¿Es que he aprendido a habitar
Donde nadie habita, en desiertas zonas de osos polares,
y he olvidado el hombre y Dios, la maldición y la plegaria?
¿Es que me he convertido en un fantasma que camina
[sobre glaciares?

– ¡Vosotros viejos amigos! ¡Mirad! ¡Pero os habéis quedado pálidos,
Llenos de amor y de horror!
No,marchaos! ¡No os enojéis! ¡Aquí – vosotros no
[podríais tener vuestra casa!:
Aquí, en el lejanísimo reino del hielo y de las rocas, –
Aquí es necesario ser cazador e igual que las gamuzas.

¡En un perverso cazador me he convertido! – ¡Ved cuán tirante
Se tensa mi arco!
El más fuerte de todos fue quien logró tal tirantez – -:
¡Pero ay ahora! Peligrosa es la flecha
Como ninguna otra, fuera de aqui! ¡Por vuestro bien!…

¿Os dais la vuelta? – Oh corazón, has soportado bastante,
Fuerte permaneció tu esperanza:
¡Mantén abiertas tus puertas para nuevos amigos!
¡Deja a los viejos! ¡Abandona el recuerdo!
Si en otro tiempo fuiste joven, ahora – ¡eres joven de
un modo mejor!

Lo que en otro tiempo nos ligó, el lazo de una misma
esperanza, –
¿Quién continúa leyendo los signos
Que un día el amor grabó, los pálidos signos?
Yo te compare al pergamino, que la mano
Tiene miedo de agarrar, – como él ennegrecido, tostado.

¡Ya no son amigos, son – ¿qué nombre darles?-
Sólo fantasmas de amigos!
Sin duda ellos continúan golpeando, por la noche, en mi
corazón y en mi ventana,
Me miran y dicen: «¿es que no hemos sido amigos?»-
– ¡Oh palabra marchita, que en otro tiempo olió a rosas!

¡Oh anhelo de juventud, que se malentendió a sí mismo!
Aquellos a quienes yo anhelaba,
A los que yo imaginaba afines a mí, cambiados como yo,
El hecho de hacerse viejos los ha alejado de mi:
Sólo quien se transforma permanece emparentado conmigo.

¡Oh mediodía de la vida! ¡Segunda juventud!
iOh jardín de verano!
¡Inquieta felicidad de estar de pie y atisbar y aguardar!
A los amigos espero impaciente, preparado día y noche,
¡A los nuevos amigos! ¡Venid! ¡Ya es tiempo !Ya es tiempo!

Esta canción ha terminado, – el dulce grito del anhelo
Ha expirado en la boca:
Un mago la hizo, el amigo a la hora justa,
El amigo de mediodía – ¡no!, no preguntéis quién es –
Fue hacia el mediodía cuando uno se convirtió en dos…

Ahora nosotros, seguros de una victoria conjunta, celebramos
La fiesta de las fiestas:
¡El amigo Zaratustra ha llegado, el huésped de los huéspedes!
Ahora el mundo ríe, el telón gris se ha rasgado,
El momento de las bodas entre luz y tinieblas ha venido…

Friedrich Nietzsche

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Wisława Szymborska

Hoy comparto dos hermosos poemas, que me ha costado separar, de  Wisława Szymborska (Kórnik, 2 de julio de 1923 – Cracovia, 1 de febrero de 2012) poeta, ensayista y traductora polaca, considerada uno de los exponentes más creativos de la poesía contemporánea de su país, ganadora del Premio Nobel de Literatura en 1996, reconocida por su ironía al plasmar la condición humana en su escasa obra, que como dicen sus estudiosos “cabe entera en un tomo de trescientas páginas”, pues escribía un par de poemas al año ya que como decía “no le gustaban las prisas”.J.L.Soba

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“Nada dos veces”

“Nada ocurre dos veces y no ocurrirá.
Por esta razón nacimos sin práctica y moriremos sin rutina.
Aunque fuéramos los más torpes alumnos en la escuela del mundo
no repetiríamos ningún invierno ni verano.

Ningún día se repetirá,
no hay dos noches parecidas
dos besos iguales
ni dos miradas idénticas en los ojos”

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“Una del montón”

Soy la que soy.
Casualidad inconcebible
como todas las casualidades.

Otros antepasados
podrían haber sido los míos
y yo habría abandonado
otro nido,
o me habría arrastrado cubierta de escamas
de debajo de algún árbol.

En el vestuario de la naturaleza
hay muchos trajes.
Traje de araña, de gaviota, de ratón de monte.
Cada uno, como hecho a la medida,
se lleva dócilmente
hasta que se hace tiras.

Yo tampoco he elegido,
pero no me quejo.
Pude haber sido alguien
mucho menos individuo.
Parte de un banco de peces, de un hormiguero, de un enjambre,
partícula del paisaje sacudida por el viento.

Alguien mucho menos feliz,
criado para un abrigo de pieles
o para una mesa navideña,
algo que se mueve bajo un cristal de microscopio.

Árbol clavado en la tierra,
al que se aproxima un incendio.

Hierba arrollada
por el correr de incomprensibles sucesos.

Un tipo de mala estrella
que para algunos brilla.

¿Y si despertara miedo en la gente,
o sólo asco,
o sólo compasión?

¿Y si hubiera nacido
no en la tribu debida
y se cerraran ante mí los caminos?

El destino, hasta ahora,
ha sido benévolo conmigo.

Pudo no haberme sido dado
recordar buenos momentos.

Se me pudo haber privado
de la tendencia a comparar.

Pude haber sido yo misma, pero sin que me sorprendiera,
lo que habría significado
ser alguien completamente diferente.

Wisława Szymborska

Versión al castellano de Gerardo Beltrán

Cuadros que ilustra la entrada, obras de Maruja Mallo

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“El grano de granada”

 

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“El grano de granada”

x-hhhhhabía una vez un zapatero muy pobre que, aunque se pasaba el día trabajando, muchas noches no tenía nada que dar de cenar a sus hijos.

Un día pasó junto a una panadería de la que salía un delicioso olor a pan recién hecho. “Voy a llevarme uno”, pensó de pronto. “Mis hijos lo necesitan, y el panadero ni siquiera se dará cuenta. Cuando reúna unas cuantas monedas, vendré a pagarlo”.

El zapatero agarró una hogaza, pero el pan se le resbaló y el panadero empezó a gritar:

-¡Al ladrón, al ladrón!

Llegaron dos guardias, arrestaron al zapatero, y lo encerraron en una celda en la que no entraba más que un poco de luz procedente de una minúscula ventana enrejada.

Una mañana, el zapatero notó un golpe en la mejilla. Un caballo que pasaba por la calle le había dado una patada a una granada que estaba en el suelo; y el fruto, tras pasar por la reja de la celda, se había estrellado contra la cara del zapatero. Cuando estaba a punto de comérsela, se le ocurrió una idea. De pronto empezó a decir en voz alta:

-Si el sultán supiera mi secreto, seguro que me perdonaría la vida, y a los guardias que me llevasen, les daría una magnífica recompensa.

Los guardias, al oír aquellas palabras, llevaron al zapatero ante el sultán, que preguntó inmediatamente al prisionero:

-¿Es verdad que guardas un secreto maravilloso?

-Si, señor.

-¿Y de qué se trata?

-De un regalo que mi hizo mi padre. Él lo heredó de mi abuelo, y mi abuelo lo recibió de mi tatarabuelo. Se trata de este grano de granada. Si uno lo planta al anochecer, a la mañana siguiente tendrá en su jardín un granado crecido y cargado de frutos. Y lo más asombroso es que cada uno de los granos de esas granadas será tan prodigioso como éste que os estoy enseñando.

-Te diré lo que vamos a hacer: al atardecer nos encontraremos en los jardines de mi palacio y plantaremos el grano. Si mañana por la mañana se ha convertido en un árbol cargado de frutos, te dejaré en libertad. Pero si me has mentido, mandaré que te encarcelen para siempre.

-Me parece muy bien -dijo el zapatero con una gran sonrisa.

Los guardias se llevaron al zapatero al calabozo, pero al atardecer volvieron por él y lo condujeron hasta los jardines de palacio. Enseguida apareció el sultán, acompañado por sus ministros, y le hizo una señal al zapatero para que plantara la semilla. El zapatero cavó un hoyo, se agachó ante él, pero, cuando parecía a punto de arrojar el grano, levantó la cabeza y dijo:

-¡Oh sultán! Mi padre me advirtió que, para que el granado crezca durante la noche y dé fruto por la mañana, es preciso que sea plantado por un hombre honrado. Yo no puedo plantarlo, pues he robado una hogaza de pan para dar de comer a mis pobres hijos, que están muertos de hambre…

Nada más decir estas palabras, el zapatero se volvió hacia el gran visir y añadió:

-Vos, en cambio, que sois el hombre de confianza del sultán, sí que podéis plantar la semilla. La gente os tiene por la persona más honrada del reino…

El visir permaneció callado unos instantes, y luego dijo en voz muy baja:

-Ehhh… No soy digno de plantar ese grano, pues, una vez, hace años, me apropié de un consejo que alguien me dio para el sultán y lo hice pasar por mío. Gracias a ese consejo, me ascendieron y obtuve una recompensa por mis servicios. Por tanto, no puedo decir que sea un hombre completamente honrado.

Entonces, el zapatero se volvió hacia el tesorero y le tendió el grano.

-Vos sois un hombre muy importante y respetable -le dijo-. El sultán os confía su fortuna. Sin duda sois una persona honrada. Hacednos, pues, el honor de plantar la semilla para que mañana podamos probar las granadas del árbol.

El tesorero inclinó la cabeza y susurró:

-Por desgracia, creo que yo tampoco puedo plantarla. Hace algún tiempo, el sultán me ordenó que le diera una espléndida recompensa a un buen hombre que se la merecía y me guardé una parte del dinero para mí sin decírselo a nadie.

El zapatero se dirigió entonces al sultán.

-¡Oh, sultán! -le dijo-. No hay duda de que Su Majestad es el hombre más honrado del reino. Tomad esta semilla y plantadla con vuestras manos.

El sultán bajó la mirada y susurró:

-Por desgracia, creo que yo tampoco puedo plantar la semilla. Más de una vez he declarado la guerra a otros pueblos sin más propósito que el de enriquecerme…

-¡Oh sultán! -dijo entonces el zapatero-. Vos y vuestros ministros habéis alcanzado un alto grado de poder y riquezas, pero aun así no sois lo bastante honrados para plantar este grano de granada. ¿Qué hay, pues, de horrible en que un pobre zapatero como yo robara una hogaza de pan para sus pobres hijos? Cierto es que robar está mal, pero debéis entender mi situación…

De pronto, el sultán soltó una gran carcajada y exclamó:

-¡Eres un hombre inteligente, zapatero, y nos has enseñado a todos una lección muy importante! Te prometo que ni tú no los tuyos volveréis a pasar hambre nunca más. Te devolveré la libertad y te dejaré marchar a tu casa con una buena recompensa.

El zapatero volvió a casa muy contento, montado en un carruaje del sultán. Y, nada más llegar, apareció el tesorero, quien le entregó tres cosas: un cofrecillo lleno de monedas de oro, un documento en el que el sultán le nombraba zapatero real y una cesta enorme llena de vistosas granadas.

Peninnah Schram, de su libro “El rey de los mendigos y otros cuentos hebreos”.

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Con el alma en un hilo

En ausencia de una cantidad suficiente de personas auténticamente necesitadas, es preciso inventarlas, de modo que la nivelación de la riqueza hacia abajo, hasta un promedio normal que satisface las injusticias sociales, se pueda justificar con frases moralizantes. El lenguaje del antiguo gobierno paternal sigue en uso, lo mismo que sus categorías, pero todo ello se está convirtiendo en una pantalla que oculta la nueva cruzada en contra de todo lo que ose exceder el promedio, ya sea en ingresos, riqueza o desempeño. Wilhelm Röpke.

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Evolución, obra de Michael Cheval.

Con el alma en un hilo

La causa de la justicia no avanza hacia buen fin.
La oscuridad aumenta. Las fuerzas disminuyen.
Ahora, después de tantos años de lucha,
estamos peor que cuando comenzamos.

En cambio, el enemigo es más fuerte que nunca;
ostenta su poder con mayor fuerza
y mira a todos lados con ojos invencibles.

Sin embargo debemos reconocerlo:
Fueron nuestros errores los que lo hicieron fuerte.

Cada vez somos menos;
las consignas son confusas.
Nos robaron las palabras y las han retorcido
hasta volverlas irreconocibles.

Preguntas hoy: ¿qué está mal de lo que dijimos entonces?
¿una parte o todo?
¿con quién se puede contar aún?
¿y nosotros, estos pocos que permanecen en la vigilia,
hemos sido expulsados del río de la vida?
¿quedaremos atrás,
sin entender a nadie ya,
sin que nadie nos entienda?
¿se trata de tener suerte o no?
¿o de tener razón o no?

Así preguntas. Espera…
Sólo tendrás la respuesta de tu conciencia,
frente al sufrimiento de la mayoría.
Y al dejar el mundo,
no te preocupe saber si fuiste bueno,
sino si el mundo que dejas es mejor.

Bertolt Brecht

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“El caballero del cisne”

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“El caballero del cisne”

xee68staba Ninín con sus papás en el Teatro real, viendo la representación de una ópera, y,

como los artistas cantaban en italiano, el niño se aburría extraordinariamente de no comprender ni una palabra.

Acabó la representación, y, al volver a casa, le dijo su papá:

— ¿Te ha gustado la representación?

— No, señor; porque no he comprendido nada de los gritos y cantos de la función. Vi que salían hombres y mujeres, y que había estocadas y mandobles, pero ni sé a qué venían ni en qué paraban.

— Pues, oye — dijo D. Saturnino a su hijo, — y te enterarás del argumento de la ópera que acabas de oír:

Una vez había una princesa llamada Elsa, la cual había sido desposeída de sus estados por cierto príncipe usurpador y primo suyo, nombrado Rodolfo, que, sin reparar en nada, dijo delante del emperador que Elsa era incapaz para regir sus territorios. Y como lo que decía estaba dispuesto a probarlo con las armas, no era cosa de que cualquiera se metiese a redentor; porque el tal príncipe tenía unos terribles bigotazos y una fuerza capaz de poner miedo en cualquier pecho no muy esforzado.

Se contaba de él que desbarrigaba a un toro de un puntapié; y que, sujetando a un caballo en cierta ocasión, le arrancó una pata; en fin, que era muy bruto en punto a fuerzas, por lo cual nadie quería exponerse a hacer el papel del buey o del caballo.

Elsa, la pobre, muy afligida de cuanto le pasaba, apeló en vano a los caballeros de la corte para que la defendieran de su primo Rodolfo. Todos dijeron que nones, haciéndose los disimulados para ocultar el miedo que tenían a aquel gigantón. Entonces la princesa pidió protección a Dios, que nunca la niega, y al momento ella y sus cortesanos vieron venir por el río un cisne que tiraba de una barca en la cual iba un caballero armado de punta en blanco. La sorpresa fue tremenda, porque no se ven todos los días cisnes de aquella catadura, y toda la corte, que estaba agrupada a la orilla del río, aguardó a que el caballero de la barca arribase y dijera a qué venía. Desembarcó el desconocido, y en cuanto pisó tierra se volvió al cisne diciéndole:

— iOh lindo animalito de toda mi consideración y aprecio! Muchas gracias por haberme servido de remolcador sin haberme llevado un céntimo. Verdad es que de otro modo no me hubieras traído, porque no tengo un cuarto, ni recuerdo haberlo tenido en la vida.

Después dijo que venía a defender a la princesa contra el malandrín de su primo, y que, si el tal primo tenía valor de combatir con él, le daría algo que contar durante una temporada. Esto es, que pensaba rebanarlo como a una zanahoria.

El gigantón cobró algún miedo al ver al caballero del cisne tan puesto en sus puntos y tan bravo; mas porque no se dijera que se amilanaba, salió espada en mano a ver si todas aquellas bravatas eran de boquilla y todo quedaba en conversación.

Tardó un rato en desenvainar la espada, diciendo a cada momento que iba a atravesar al caballero del cisne como si fuera de manteca.

— Vuélvete a tu barco — le decía, — y no te vengas con bromitas, porque a mí se me figura que la espada que traes es como la de Bernardo, que ni corta ni pincha.

—Mira tú si corta— exclamó el caballero,— que me afeito con ella todos los días, y que parte un pelo en el aire; pero además está encantada, y, como te coja de lleno, te reviento. Conque menos conversación y más pelea.

Al oír el príncipe usurpador que la espada de su contrario cortaba más que una navaja barbera, se le puso la carne de gallina, diciendo para sus adentros:

— Este tío me va a hacer la barba.

Sin embargo, empuñó un largo espadón y se dispuso a combatir como mejor pudiera, teniendo la esperanza de rebanar de un tajo a su adversario.

Pero no fue así; porque a las primeras de cambio, y en cuanto cruzaron las espadas, el caballero del cisne aplicó al buen Rodolfo un cintarazo que le hizo ver las estrellas; y, como la espada del caballero estaba encantada, y además el brazo con que la esgrimía era muy fuerte, el buen príncipe rodó por el suelo sin que le valiera de nada su fortaleza.

Elsa fue proclamada princesa de Brabante, y los caballeros de la corte felicitaron al vencedor, del cual decían que tenía la mano un poco dura para barbero. Además, fue cosa resuelta que el valiente caballero se casara con la princesa. Y aquí viene la dificultad. ¿Cómo se iba a casar Elsa con un caballero desconocido que se negaba a dar su nombre? Y a todo cuanto acerca de su origen se preguntaba al caballero, éste respondía que no se metieran en saber su nombre, porque había hecho promesa formal, es decir, poniéndose serio, de no revelarlo sino para marcharse.

— Si Elsa quiere ser mi esposa sin saber cómo me llamo, bien; si no, me voy con viento fresco. Para tranquilidad de ustedes, básteles saber que soy un caballero muy decente. No debo nada a nadie, y me juego la vida a cara o cruz con el que salga.

— Usted dispense, amigo — le dijeron. — Un hombre de su clase fue nacido para hacer lo que le dé la gana.

Y, en efecto, a poco se celebraron las bodas de Elsa y el desconocido, sin duda por un nuevo sistema.

El caballero dijo a Elsa muy en serio:

— Que no se te ocurra nunca preguntarme quién soy, porque te dejaré abandonada al aire libre en cuanto me molestes.

Elsa se resignó, ¡qué había de hacer la pobre!, y ofreció no preocuparse de un detalle tan insignificante para una esposa como el de ignorar el nombre de su marido. Y ahora viene lo trágico. Aquel príncipe Rodolfo, que había sido tan malamente herido por el caballero del cisne, tenía una esposa y no sé cuántos hijos, y a la pobre le estaban doliendo los estacazos que su marido recibiera. Así fue que proyectó tomar de ellos una cumplida venganza. ¿Y va y qué hace? Pues en cuanto tiene un momento de lugar, después de limpiar la loza de su casa, se va a la de Elsa, con el fin de hacer que riña con el caballero del cisne. Para eso le dice:

— Ten cuidado, hija mía, que, según me aseguran personas que están muy bien enteradas, tu marido es un golfo sin familia ni hogar, que en Madrid dormía en los bancas del Prado por no tener dónde recogerse, y aun hay quien asegura que en sus ratos de ocio se entretenía en coger puntas de cigarros para hacer colección.

Tan escamada se puso Elsa con tales advertencias, que aquella misma noche dijo a su esposo:

— ¡Vaya, esto no puede seguir así! Ahora mismo vas a decirme quién eres o me enfado.

Pero el que se enfadó fue el valiente caballero, el cual le dijo:

— Por la boca muere el pez, y por tu boca vas a perder la dicha. Voy a decirte quién soy, pero ten en cuenta que me largo inmediatamente como dos y dos son cuatro, porque yo debo estar encantado, y mi encanto me impide decir mi nombre sin tomar soleta. Pues verás: me llamo Lohengrin, y soy de una tierra desconocida. Un día, cierta voz misteriosa me hizo coger las armas y embarcarme en una lancha pescadora para venir a defenderte. Ese cisne, que es mi hermano por parte de padre, me sirvió de remolcador… y ahí tienes todo lo que sé de mi propia historia.

Entonces apareció de nuevo el cisne con el barquito; Elsa se desmayó y se arrepintió de su curiosidad; pero Lohengrin desapareció entre la niebla del río, abrigándose con su capa por temor a un reuma o a un catarro gripal.

El público le ve alejarse con sorpresa, haciendo comentarios acerca de cómo mueve el cisne la colita y con esto queda terminada la obra.

Ése es el asunto de la ópera de Wagner, llamada Lohengrin, que algunos de vosotros habréis oído; pero lo que de fijo no sabéis es de dónde tomó el gran músico alemán Wagner el argumento; pues sencillamente de un libro español escrito en 1280 por el rey Alfonso X el Sabio, en donde se cuenta la historia del caballero del cisne.

Saturnino Calleja Fernández

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