Historia de un hijo y de magia

Todos somos magos, ¿te das cuenta? Cuando crezcas, crecerá tu propia magia.

Cuando se nace se rompe el cordón umbilical que te ata a tu madre. Cuando se

crece ha de desprenderse uno de la magia de los padres para ir armando el mago

mundo de cada cual.

Carta al buzón para los Reyes Magos, grabado de Pedrero-Estevan, siglo XIX.

Carta al buzón para los Reyes Magos, grabado de Pedrero-Estevan, siglo XIX.

 

Historia de un hijo y de magia

xttt (2)e contaré la historia de un mago.

Érase un rey que adoraba a su hijo el príncipe y lo educaba con la didáctica más

esmerada.

El rey le enseñó que no existen las islas, que no hay Dios, y que tampoco

existen sirenas de mar. El hijo aprendió eso y todo lo demás que su padre le había

enseñado.

Cuando creció, su padre lo envió a recorrer el mundo para que acrecentara sus

conocimientos y su experiencia de la vida.

Navegando por los mares el barco del príncipe fue a recalar en un grupo de islas

cerca de Australia. Ahí se detuvieron.

El príncipe descendió con su cortejo. Un hombre grande, con una galera alta, y

un manto negro de mangas anchas, blancas por dentro, salió a su encuentro.

—¿Qué es esto? —preguntó el príncipe.

—Una isla —respondió el hombre.

—¿Y tú quién eres?  —Yo soy Dios —dijo el hombre.

El príncipe miró a su alrededor. De pronto avistó, entre la vegetación,

mujeres hermosas, con la mitad del cuerpo en forma de pez.

—¿Y ésas quiénes son?

—Son sirenas —dijo el hombre.

—No puede ser. Me has mentido. Mi padre me enseñó que no hay islas ni Dios

ni sirenas.

—Vuelve a tu casa y dile a tu padre que él te ha mentido. Dile que lo has visto

todo con tus propios ojos y repróchale a él su mentira.

El príncipe se embarcó.

Regresó a su casa. Corriendo fue a ver a su padre y con furia le gritó:

—¿Padre, por qué me has mentido?

—No te he mentido, hijo. ¿Por qué estás tan agitado?

—Me has mentido. En mi viaje encontré islas, sirenas, y también a Dios.

—¿Quién era Dios?

—Era el hombre que estaba en la isla.

—¿Y cómo estaba vestido?

—Con una galera alta, un abrigo negro, grande, de anchas mangas, negras por

fuera y blancas por dentro.

—No era Dios. Era un mago. Te engañó con su magia, hijo. Ahora vuelve y dile

que es un mago, y que es un mentiroso.

Así se hizo.

Cuando el príncipe retornó a la isla le dijo al hombre:

—Mi padre me dijo que eres un mentiroso, que eres un mago, y que todo lo que

has hecho es trucos de ilusión y que…

Estaba tan enojado que las palabras lo asfixiaban y no podía terminar de hablar.

El hombre sonrió con dulzura.

—Esta vez tu padre te dijo la verdad. Es cierto, soy un mago. Pero…

—¿Pero qué? —gritó el muchacho, ansioso, angustiado.

—Pero hay algo que tu padre no te dijo.

—¿Qué cosa?

—Que también él es un mago…

Desconcertado, cabizbajo, hundido bajo su perplejidad, retornó el príncipe a su

casa y le transmitió al padre el mensaje del mago.

—¡Dice que también tú eres un mago! *

—Es cierto, hijo, es cierto…

—Entonces —exclamó con la voz teñida de llanto—, entonces no hay islas, no

hay Dios, no hay sirenas, lo he perdido todo, padre, todo…

—No, hijo, no lo has perdido. Estás creciendo. Hasta ahora viviste en el mundo

por mí construido. Ahora tendrás que ser tú mismo un mago, y de tu magia

dependerá el mundo que tengas…

Jaime Barylko, en su libro “Los hijos y los limites”

 

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El arte de callar

Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar. Ernest Hemingway

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El arte de callar

Callar es mucho más que un simple cerrar la boca.

El silencio no es un amordazar nuestra lengua sino un liberarnos del ego y de la necesidad compulsiva de decir algo, de manifestar algo sobre nosotros o sobre el mundo que consideramos “propio”.

Callar es ceder la palabra a nuestro rostro, a nuestra mirada, a nuestra postura, a nuestro movimiento, sobre todo cuando éste acaba conformando el gesto de la quietud.

Callar es la pareja por excelencia de la palabra en la danza de la conversación, la nota relevante en la sinfonía de las relaciones, la no pincelada que resalta los otros colores del lienzo.

El arte de callar es un paradójico arte de hablar: el arte de un silencio que significa, que expresa, que comunica, que toca al otro, “tras-tocándolo”. El silencio toca en una hondura a la que las palabras no pueden alcanzar.

Lo indecible, lo difícil de decir, puede decirse simplemente callando.

Callar nunca puede ser el resultado de un mandato o de una imposición.

Callar es un latido del corazón que no se precipita, que late en calma; el silencio es un imperativo del alma.

Hay un aforismo ya clásico que dice: “sólo se debe dejar de callar cuando se tiene algo que decir más valioso que el silencio”.

En las palabras que no brotan y son abrazadas por el silencio uno está ante el riesgo de perderse, de derramarse y disiparse.

El silencio es un cerrar la boca que mantiene el corazón bien abierto y la mente bien despejada y libre: libre de toda pretensión, afán o expectativa.

Ya en el siglo XVII, el abate Dinouart  escribía: “Hay formas de callar sin cerrar el corazón; de ser discreto, sin ser sombrío y taciturno; de ocultar algunas verdades, sin cubrirlas de mentiras”. Y en la escala de la sabiduría, el grado más bajo sería “hablar mucho, sin hablar mal ni demasiado”; el segundo grado consistiría en “saber hablar poco y moderarse en el discurso”. El primer grado de la sabiduría hace referencia a“saber callar”.

El silencio habla el lenguaje del corazón. El arte de callar es un arte del corazón: “lo esencial es indecible. Sólo se habla y se escucha bien con el corazón”.

José María Toro, en su libro “ La sabiduría de vivir”.

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El Rey y el vino

Por estas privilegiadas tierras riojanas, andamos inmersos en la vendimia de las uvas, que con una maestría sin igual, los riojanos convertimos en ese néctar de los dioses que es el vino de Rioja. Por ello creo apropiado compartir un antiguo cuento que combina la generosidad del vino con la codicia y el egoísmo humano, y que nos hace recapacitar sobre la importancia de nuestra actitud individual, que muy bien resume el sabio refrán popular: “Un grano no hace granero, pero ayuda al compañero”. J.L.Soba

xVanitas Oro, de Víctor Manuel Ausínprimer premio del XIX Concurso de Fotografía El Rioja y los 5 Sentidos

Vanitas Oro, de Víctor Manuel Ausínprimer, premio del XIX Concurso de Fotografía El Rioja y los 5 Sentidos

El Rey y el vino

xh2abía una vez un rey en un pequeño país, con un reino lleno de viñedos donde todos sus súbditos se dedicaban a la fabricación de vino.

Exportaban a otros países y las 15.000 familias que habitaban este reino ganaban suficiente dinero como para vivir bastante bien, pagar los impuestos y permitirse algunos lujos.

El Rey llevaba varios años estudiando las finanzas del reino. El monarca era justo y comprensivo, y no le gustaba “la sensación de tocar los bolsillos de sus habitantes”. El rey estudiaba la posibilidad de rebajar o eliminar los impuestos.

Un día tuvo la gran idea. El rey decidió abolir los impuestos, pero  como única contribución para solventar los gastos del estado, el Rey pediría a cada uno de sus súbditos que una vez por año, en la época en que se envasaran los vinos, se acercaran a los jardines del palacio con una jarra de un litro del mejor de su cosecha, lo vaciarían en un gran tonel que se construiría para ese fin y estaría listo para esa fecha.

De la venta de esos 15.000 litros de vino se obtendría el dinero necesario para el presupuesto de la corona, los gastos de salud y educación del pueblo. La noticia corrió rápidamente  por el reino en bandos y pegada de carteles en las principales calles de las ciudades. La alegría de la gente fue indescriptible.

En todas las casas se alabó al rey y se cantaron canciones en su honor.

En cada taberna se levantaron las copas y se brindó por la salud y la prolongada vida del buen rey.

Y por fin llegó el día de la contribución. Toda esa semana en los barrios y en los mercados, en las plazas y en las iglesias, los habitantes se recordaban y recomendaban unos a otros no faltar a la cita.

La conciencia cívica seria la justa retribución al gran gesto del soberano.

Desde temprano, empezaron a llegar de todo el reino las familias enteras con su jarra. Uno por uno subía la larga escalera hasta el tope del enorme tonel real, vertía su jarra y bajaba por otra escalera al pie de la cual, el tesorero del reino colocaba en la solapa de cada campesino, un escudo con el sello del rey.

A media tarde, cuando el último de los campesinos vació su jarra, se supo que nadie había faltado. El enorme barril de 15.000 litros estaba lleno, del primero al último de los súbditos habían pasado a tiempo por los jardines y vaciado sus jarras en el tonel.

El rey estaba orgulloso y satisfecho; y al caer el sol, cuando el pueblo se reunió en la plaza frente al palacio, el monarca salió a su balcón aclamado por su gente. Todos estaban felices. En una hermosa copa de cristal, herencia de sus ancestros, el rey mandó a buscar una muestra del vino recogido. Con la copa en camino, el soberano les habló y les dijo:

“Querido y maravilloso pueblo: Tal como lo imaginé, todos los habitantes del reino han estado hoy en el palacio. Me llena de orgullo y satisfacción compartir con vosotros la alegría de la corona, al confirmar que la lealtad del pueblo con su rey, es igual que la lealtad del rey con su pueblo y no se me ocurre mejor homenaje que brindar por vosotros con la primera copa de este vino, que será sin dudas un néctar de dioses, la suma de las mejores uvas del mundo, elaboradas por las mejores manos del mundo y regadas con el mayor bien del reino, el amor del pueblo”.

Todos lloraban y vitoreaban al rey. Uno de los sirvientes acercó la copa a éste, quien la levantó para brindar por el pueblo que aplaudía eufórico… pero la sorpresa detuvo su mano en el aire, el rey notó al levantar el vaso que el líquido era transparente e incoloro; lentamente lo acercó a su nariz, entrenada para oler los mejores vinos, y confirmó que no tenía olor ninguno.

Catador como era, llevó la copa a su boca casi automáticamente y bebió un sorbo. ¡El vino no tenía gusto a vino, ni a ninguna otra cosa…! El rey mandó a buscar una segunda copa del vino del tonel, y luego otra y por último a tomar una muestra desde el borde superior. Pero no hubo caso, todo era igual: inodoro, incoloro e insípido.

Fueron llamados con urgencia los alquimistas del reino para analizar la composición del vino. La conclusión fue unánime: El tonel estaba lleno de ¡AGUA!, purísima agua y cien por cien agua.

Enseguida el monarca mandó reunir a todos los sabios y magos del reino, para que buscaran con urgencia una explicación para este misterio. ¿Qué conjuro, reacción química o hechizo había sucedido para que esa mezcla de vinos se transformara en agua? Preguntó.

El más anciano de sus ministros de gobierno se acercó y le dijo al oído:

“¿Milagro? ¿Conjuro? ¿Alquimia? Nada de eso, majestad, nada de eso. Vuestros súbditos son humanos, majestad, eso es todo”.

“No entiendo” dijo el rey.

“Tomemos por caso a uno de sus súbditos, cualquiera que  tenga un enorme viñedo que abarque desde el monte hasta el río. Las uvas que cosecha son de las mejores cepas del reino y su vino es el primero en venderse y al mejor precio. Esta mañana, cuando se preparaba con su familia para bajar al pueblo, una idea le pasó por la cabeza…

¿Y si yo pusiera agua en lugar de vino, quién podría notar la diferencia?

Una sola jarra de agua en 15.000 litros de vino, nadie notaría la diferencia.

¡Nadie!…Y nadie lo hubiera notado, salvo por un detalle, majestad, salvo por un detalle:¡TODOS PENSARON LO MISMO!

 

Actualísimo Antiguo Cuento Medieval

 

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Estatuto del Vino

“Para conservar la salud y cobrarla si se pierde, conviene alargar en todo y en todas maneras el uso del beber vino, por ser, con moderación, el mejor vehículo del alimento y la más eficaz medicina ”.  Francisco de Quevedo y Villegas.

-vinos-

Estatuto del Vino

xccvbuando a regiones, cuando a sacrificios
manchas moradas como lluvias caen,
el vino abre las puertas con asombro,
y en el refugio de los meses vuela
su cuerpo de empapadas alas rojas.

Sus pies tocan los muros y las tejas
con humedad de lenguas anegadas,
y sobre el filo del día desnudo
sus abejas en gotas van cayendo.

Yo sé que el vino no huye dando gritos
a la llegada del invierno,
ni se esconde en iglesias tenebrosas
a buscar fuego en trapos derrumbados,
sino que vuela sobre la estación,
sobre el invierno que ha llegado ahora
con un puñal entre las cejas duras.

Yo veo vagos sueños,
yo reconozco lejos,
y miro frente a mí, detrás de los cristales,
reuniones de ropas desdichadas.

A ellas la bala del vino no llega,
su amapola eficaz, su rayo rojo
mueren ahogados en tristes tejidos,
y se derrama por canales solos,
por calles húmedas, por ríos sin nombre,
el vino amargamente sumergido,
el vino ciego y subterráneo y solo.

Yo estoy de pie en su espuma y sus raíces,
yo lloro en su follaje y en sus muertos,
acompañado de sastres caídos
en medio del invierno deshonrado,
yo subo escalas de humedad y sangre
tanteando las paredes,
y en la congoja del tiempo que llega
sobre una piedra me arrodillo y lloro.

Y hacia túneles acres me encamino
vestido de metales transitorios,
hacia bodegas solas, hacia sueños,
hacia betunes verdes que palpitan,
hacia herrerías desinteresadas,
hacia sabores de lodo y garganta,
hacia imperecederas mariposas.

Entonces surgen los hombres del vino
vestidos de morados cinturones
y sombreros de abejas derrotadas,
y traen copas llenas de ojos muertos,
y terribles espadas de salmuera,
y con roncas bocinas se saludan
cantando cantos de intención nupcial.

Me gusta el canto ronco de los hombres del vino,
y el ruido de mojadas monedas en la mesa,
y el olor de zapatos y de uvas
y de vómitos verdes:
me gusta el canto ciego de los hombres,
y ese sonido de sal que golpea
las paredes del alba moribunda.

Hablo de cosas que existen, Dios me libre
de inventar cosas cuando estoy cantando!
Hablo de la saliva derramada en los muros,
hablo de lentas medias de ramera,
hablo del coro de los hombres del vino
golpeando el ataúd con un hueso de pájaro.

Estoy en medio de ese canto, en medio
del invierno que rueda por las calles,
estoy en medio de los bebedores,
con los ojos abiertos hacia olvidados sitios,
o recordando en delirante luto,
o durmiendo en cenizas derribado.

Recordando noches, navíos, sementeras,
amigos fallecidos, circunstancias,
amargos hospitales y niñas entreabiertas:
recordando un golpe de ola en cierta roca,
con un adorno de harina y espuma,
y la vida que hace uno en ciertos países,
en ciertas costas solas,
un sonido de estrellas en las palmeras,
un golpe del corazón en los vidrios,
un tren que cruza oscuro de ruedas malditas
y muchas cosas tristes de esta especie.

A la humedad del vino, en las mañanas,
en las paredes a menudo mordidas por los días de invierno
que caen en bodegas sin duda solitarias,
a esa virtud del vino llegan luchas,
y cansados metales y sordas dentaduras,
y hay un tumulto de objeciones rotas,
hay un furioso llanto de botellas,
y un crimen, como un látigo caído.

El vino clava sus espinas negras,
y sus erizos lúgubres pasea,
entre puñales, entre mediasnoches,
entre roncas gargantas arrastradas,
entre cigarros y torcidos pelos,
y como ola de mar su voz aumenta
aullando llanto y manos de cadáver.

Y entonces corre el vino perseguido
y sus tenaces odres se destrozan
contra las herraduras, y va el vino en silencio,
y sus toneles, en heridos buques en donde el aire muerde
rostros, tripulaciones de silencio,
y el vino huye por las carreteras,
por las iglesias, entre los carbones,
y se caen sus plumas de amaranto,
y se disfraza de azufre su boca,
y el vino ardiendo entre calles usadas,
buscando pozos, túneles, hormigas,
bocas de tristes muertos,
por donde ir al azul de la tierra
en donde se confunden la lluvia y los ausentes.

Pablo Neruda

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“Changfamei”

Cascada y Bailarinas, obra de realismo mágico del canadiense Rob Gonsalves

Cascada y Bailarinas, obra de realismo mágico del canadiense Rob Gonsalves

“Changfamei”

Cuento de la nacionalidad dong

xeeeeeen la ladera de la montaña Dougao hay una gran cascada cuya forma se semeja a una mujer acostada de modo tal que el agua que corre hacia abajo pareciera su largo pelo blanco. La gente del lugar ha llamado a esa cascada “Baifashui”, que significa agua del pelo blanco. Allí se cuenta la historia de Changfamei.

Hace mucho, mucho tiempo en los alrededores de la montaña Dougao no había agua. Tanto el agua para beber como para el regadío de los cultivos dependía de la lluvia. En caso de que no lloviera había que ir a buscarla a un pequeño río que quedaba a siete li del lugar. Allí, el agua era tan preciosa como el aceite.

En una aldea cercana a las montañas Dougao vivía una muchacha cuyo cabello, que le llegaba hasta los talones, era de un negro oscurísimo: todo el mundo la llamaba Changfamei.

Changfamei y su madre, que estaba postrada en la cama debido a una parálisis, vivían de la cría de cerdos, de la cual se encargaba la muchacha.

Changfamei iba todos los días al río que quedaba a siete li de distancia a cargar agua y luego tenía que ir a la montaña a traer comida para los cerdos, de modo que estaba ocupada de la mañana hasta la noche.

Un día, Changfamei, cargando su cesta de bambú se dirigió a la montaña a recoger comida para los cerdos. Trepó la ladera, atravesó un precipicio y luego vio un apetitoso rábano de hojas muy verdes que crecía en la piedra. “Si arranco este rábano y lo cocino en casa seguramente será muy sabroso” – pensó la muchacha.

Entonces hizo fuerza y de un tirón arrancó el rábano redondo, rojo y del tamaño de una taza de té. En la pared de la roca apareció un orificio de donde comenzó a salir agua cristalina. En un momento, el rábano ¡zás! se le voló de las manos y volvió a introducirse en la roca. De esta forma el agua dejó de salir.

Changfamei tenía mucha sed y quería beber, por lo que volvió a arrancar el rábano: del orificio salió agua. Ella acercó su boca y bebió hasta hartarse. El líquido era fresco y dulce, parecía jugo de pera helado. Apenas su boca se apartó del hueco el rábano volvió a volar de sus manos y a meterse en la roca, obstaculizando la salida del agua.

Changfamei se quedó sobre el precipicio observando. De súbito se levantó un gran viento que la arrastró hasta una cueva. Allí, sobre una piedra, estaba sentado un viejo con todo el cuerpo cubierto de pelos rubios, quien le dijo rencorosamente:

– Has descubierto el secreto de la fuente de la roca. No debes decírselo a nadie. Si lo haces te mataré. Yo soy el dios de la montaña, ¡recuérdalo!

Otro viento se levantó y arrastró a Changfamei hasta el pie de la montaña; la muchacha volvió desolada a su casa. No se atrevía a contarle el secreto a su madre y menos aún a los aldeanos.

Observó la tierra resquebrajada por la sequía y el sudor que bañaba los rostros de hombres y mujeres, jóvenes y viejos, cuando iban hasta el río para traer, jadeantes, algo de agua. Ella quería decirle a la gente: “En la montaña Dougao hay una fuente. Sólo hace falta arrancar un rábano, romperlo y luego agrandar el hoyo donde estaba el rábano para que el agua corra”. Pero al recordar al terrible hombre de pelos amarillos las palabras no osaban salir de su boca.

¡Qué triste estaba! No comía ni dormía y parecía una muda o una tonta. Sus ojos ya no eran cristalinos sino oscuros. Sus mejillas ya no eran sonrosadas, se habían vuelto color de cera, y su cabello, otrora negrísimo, se veía como marchito.

Su madre le tomó la delgada mano y le dijo:

– Hija, ¿qué enfermedad tienes?

Pero Changfamei se mordió los labios y no dijo ni pío.

Así fueron pasando los días y los meses. Los cabellos de la muchacha se volvieron blancos. Como no tenía ánimo para peinarse ni arreglarse se lo dejaba suelto.

– ¡Qué curioso! Una muchacha tan joven y con la cabellera cana – comentaban a escondidas todos.

Changfamei se sentaba en la puerta de su casa y se quedaba como tonta mirando el ir y venir de la gente. De pronto murmuraba “En la montaña Dougao hay…”. Pero llegaba hasta aquí y se mordía los labios hasta que quedaba en ellos un hilo de sangre.

Un día que Changfamei estaba parada en la puerta de su casa vio a un  anciano de barba blanca que venía del río, tambaleando con su carga de agua. En un descuido, el viejo tropezó con una piedra y cayó al suelo. El agua se derramó completamente, los cubos se rompieron y el hombre se lastimó una pierna, de la cual corría la sangre sin parar.

Ella corrió a ayudarlo. Se arrancó un pedazo de tela de su ropa y le vendó la herida. Mientras oía los quejidos del anciano, observó que sus ojos cerrados y su cara se crispaban sin cesar.

Entonces se dijo a sí misma: “Changfamei, ¡tú le tienes miedo a la muerte! ¡Porque tú tienes miedo a morir la tierra está reseca y los cultivos se han marchitado! ¡Es porque tú le temes a la parca que el sudor baña el rostro de los aldeanos exhaustos! ¡Porque tú le temes a la muerte este abuelito se ha lastimado la pierna! ¡Tú!…”.

No se contenía más y de pronto gritó:

– ¡Abuelo, en la montaña hay agua de fuente! Sólo hay que arrancar un rábano, romperlo, agrandar el orificio de donde sale el agua y ésta correrá a manantiales. ¡De verdad! ¡Yo lo he visto con mis propios ojos!

La muchacha no esperó que el viejo respondiera, sino que se levantó y salió corriendo con su cabello desplegado gritando por todo el pueblo:

– ¡En la montaña Dougao hay agua de fuente! ¡Vayan todos rápido!

Y a continuación les contó cómo había descubierto el agua, pero sin mencionar al dios de la montaña.

Los pueblerinos siempre habían considerado a Changfamei como una persona de buen corazón y todos le creyeron. La gente, unos con cuchillos de cocina y otros con cinceles siguieron a Changfamei atravesando la montaña y llegaron al precipicio. Ella arrancó con sus manos el rábano, lo tiró sobre una piedra y dijo:

– ¡Rápido! ¡Rápido! Aplasten este rábano.

Unos cuantos cuchillos hicieron picadillo al rábano y el agua del orificio empezó a salir, pero como el orificio era muy pequeño salía muy poca.

– ¡Agranden el hueco con las herramientas! ¡Rápido! ¡Rápido! – dijo Changfamei.

Perforando y perforando, en un rato el hueco quedó del tamaño de un tazón. Luego ya alcanzaba el tamaño de un cubo y al final quedó tan grande como una tinaja.

El agua comenzó a fluir por la montaña y los aldeanos rieron de alegría. Justo en ese momento se levantó un gran viento y Changfamei desapareció.

Como todo el mundo estaba contento mirando el agua nadie se dio cuenta de que ella ya no estaba.
Luego, alguien preguntó:

– ¿Y Changfamei? – Y otro contestó enseguida: “Seguramente se volvió primero a darle la feliz noticia a su madre enferma”.

Muy contentos los hombres cruzaron el precipicio y bajaron de la montaña. Pero Changfamei no había vuelto a su casa sino que había sido secuestrada por el dios de la montaña, quien le recriminó a gritos:

– Te advertí que no lo dijeras a nadie y tú te llevas a la gente a arrancar el rábano y a perforar un gran agujero. ¡Ahora te voy a matar!

Changfamei, con los cabellos desplegados, contestó fríamente:

– Si es por los demás, no me importa morir.

El dios de la montaña, apretando los dientes, le anunció:

– No voy a dejar que mueras tan fácilmente. Voy a hacer que te acuestes en el precipicio y que el agua que cae a chorros de la montaña te embista, ¡así sufrirás mucho tiempo!

– Si es por los demás, quiero sufrir ese tormento – respondió la muchacha –. Pero te suplico que me dejes volver primero a mi casa y encargarle a alguien que cuide de mi madre y de los cerdos.

El dios lo pensó y dijo:

– ¡Te dejo que vayas, pero si no regresas sellaré la salida del agua y mataré a todos los aldeanos! Cuando regreses te acuestas tú misma en el precipicio, ¡no quiero que vuelvas a molestarme!

Changfamei asintió con la cabeza y un viento la arrastró al pie de la montaña.

Mirando el agua corriendo de la montaña, los campos regados y el verdor de los cultivos, la muchacha rió a carcajadas.

Pero una vez en su casa no osaba contarle la verdad a su madre. – Mamá, en la montaña hay agua de fuente, ya no hay que preocuparse más por el agua – le dijo – las hermanitas de la aldea vecina me han invitado a que vaya a divertirme con ellas unos días, así que le voy a encargar a la tía que vive al lado que se ocupe en este tiempo de ti y de los cerdos.

– Bien – la madre sonrió.

Changfamei habló con la vecina y volvió junto a su madre:

– Mamá, no sé en verdad si estaré en la aldea vecina más de diez días, tú…

– Si te diviertes, quédate, la vecina es una buena persona y me cuidará bien.

Changfamei acarició el rostro y las manos de su madre y las lágrimas le rodaron por la mejilla.

Luego fue donde los cerdos, les palmeteó las cabezas y las colas y las lágrimas volvieron a correr por sus ojos.

– Mamá, me voy – dijo desde la puerta y sin esperar respuesta se dirigió a la montaña con su pelo suelto.

En la mitad del camino se hallaba un baniano. La muchacha pasó por debajo de él, acarició el tronco, y dijo:

– Gran baniano, ¡ya no podré venir a tomar el fresco bajo tu sombra!

De pronto, un anciano muy grande salió detrás del árbol. Tenía pelo verde, barbas verdes y ropa del mismo color.

– ¿A dónde vas, Changfamei? – le preguntó.

Ella lanzó un suspiro, bajó la cabeza y no contestó.

– Ya sé lo que te sucede. Eres una buena persona y yo quiero salvarte. He hecho una figura de piedra, igual a ti. Ve a verla, está detrás de la aldea.

Changfamei fue hasta allí y vio una muchacha hecha de piedra, muy parecida a ella misma, sólo que no tenía pelo. Se quedó estupefacta.

– El dios de la montaña quiere que te recuestes en el precipicio a recibir la embestida del agua. Ese tormento es insufrible. Hay que cargar esta piedra hasta el precipicio a recibir la embestida del agua. Ese tormento es insufrible. Hay que cargar esta piedra hasta el precipicio y hacer que ella te reemplace en el castigo. Pero falta el pelo largo. ¡Muchachita, aguanta el dolor!

Voy a tirar de tu pelo y a ponerlo en la cabeza de piedra. De este modo el dios de la montaña no sospechará.

El viejo no esperó respuesta, le arrancó la cabellera a la muchacha y la colocó sobre la imagen de piedra. Y ¡qué curioso!, al ponerlo echó raíces.

Changfamei quedó calva y la estatua de piedra lucía cabellera blanca.

– Muchachita, vuelve a casa. Ahora hay agua en la aldea y tú podrás sembrar junto con los aldeanos. ¡De ahora en adelante la vida mejorará cada vez más! – y dicho esto el anciano cargó la piedra y corrió hacia la montaña. Luego colocó la imagen en el precipicio haciendo que el agua la embistiera. El agua corría por el cuerpo a través de la cabellera, blanquísima y larga.

Changfamei se recostó contra el árbol como atontada. Sintió que la cabeza le picaba y cuando levantó la mano para tocarse, notó que el pelo le estaba creciendo. ¡Ah! ¡El pelo crecía y le iba cayendo por la espalda! Se trajó hacia adelante un mechón con la mano y vio que su pelo era negrísimo. Entonces saltó de la alegría.

Esperó un buen rato bajo el árbol, pero el viejo de ropas verdes no volvía. En eso sopló una brisa, se movieron las hojas del baniano y se oyó un sonido:

– El malvado dios de la montaña ha sido engañado. Vuelve a casa tranquila.

Changfamei miró la cascada “del cabello blanco” en la montaña Douguao observó el verdor de los cultivos en los campos, los vecinos alegres en el campo, el baniano de hojas verdes, y regresó a los saltos con su negra cabellera desplegada.

 

Cuentos populares chinos, Primera edición 1984, Traducido del chino por Laura A. Rovetta

 

 

 

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Críticos, creativos cuidadores

“En la crítica seré valiente, severo y absolutamente justo con amigos y enemigos. Nada cambiará este propósito.” Edgar Allan Poe

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Críticos, creativos cuidadores

Se ha dicho acertadamente que educar no es llenar una vasija vacía sino encender una luz. En otras palabras, educar es enseñar a pensar y no sólo enseñar a tener conocimientos. Éstos nacen del hábito de pensar con profundidad. Hoy en día conocemos mucho pero pensamos poco lo que conocemos. Aprender a pensar es decisivo para situarnos autónomamente en el interior de la sociedad del conocimiento y de la información. En caso contrario, seremos simplemente sus lacayos, condenados a repetir modelos y fórmulas que se superan rápidamente. Para pensar, de verdad, necesitamos ser críticos, creativos y cuidadores.

Somos críticos cuando situamos cada texto o evento en su contexto biográfico, social e histórico. Todo conocimiento implica también intereses, que crean ideologías, que son formas de justificación y a veces de encubrimiento. Ser crítico es quitar la máscara de los intereses escondidos y sacar a la superficie las conexiones ocultas. La buena crítica también es siempre autocrítica. Sólo así se abre espacio para un conocimiento que corresponde mejor a lo real, siempre cambiante. Pensar críticamente es dar buenas razones de aquello que queremos e implica también situar al ser humano y al mundo en el marco general de las cosas y del universo en evolución.

Somos creativos cuando vamos más allá de las fórmulas convencionales e inventamos maneras sorprendentes de expresarnos a nosotros mismos y de pronunciar el mundo; cuando establecemos relaciones nuevas, introducimos diferencias sutiles, identificamos potencialidades de la realidad y proponemos innovaciones y alternativas consistentes. Ser creativo es dar alas a la imaginación, \”la loca de la casa\”, que sueña con cosas aún no ensayadas, pero sin olvidar la razón que nos pone los pies en la tierra y nos garantiza el sentido de las mediaciones.

Somos cuidadores cuando prestamos atención a los valores que están en juego, atentos a lo que realmente interesa, y preocupados por el impacto que nuestras ideas y acciones pueden causar en los demás. Somos cuidadores cuando no nos contentamos solamente con clasificar y analizar datos, sino cuando sabemos distinguir a personas, destinos y valores que están detrás de ellos. Por eso, somos cuidadores cuando discernimos lo que es urgente y lo que no lo es, cuando establecemos prioridades y aceptamos los procesos. En otras palabras, ser cuidador es ser ético, persona que pone el bien común por encima del bien particular, que se hace corresponsable de la calidad de vida social y ecológica, y que da valor a la dimensión espiritual, importante para el sentido de la vida y de la muerte.

La tradición ilustrada de educación ha enfatizado mucho la dimensión crítica y la creativa, pero menos la cuidadora. Ésta es urgente hoy. Si no somos colectivamente cuidadores vaciaremos la crítica y la creatividad, y podemos echar todo a perder; o bien viviremos en una sociedad con una justicia mínima y una paz amenazada y unas frágines condiciones de la biosfera, sin las que no hay vida…

Albert Einstein despertó a la dimensión cuidadora de todo saber cuando Krishnamurti le interpeló: ¿En qué medida, Sr. Einstein, su teoría de la relatividad ayuda a disminuir el sufrimiento humano? Einstein, perplejo, guardó discreto silencio. Pero cambió. A partir de ahí se comprometió por la paz y contra las armas nucleares.

En todos los ámbitos de la vida, necesitamos personas críticas, creativas y cuidadoras. Es condición para una ciudadanía plena y para una sociedad que no cesa de renovarse. Tarea de la educación hoy es crear tal tipo de personas.

Leonardo Boff, en su columna semanal de Servicios Koioinia.

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La bandada de estorninos

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Bandada de estorninos en Rodezno (La Rioja), foto J.L.Soba

La bandada de estorninos

xee47l hombre había acudido a un retiro de espiritualidad para intentar aclararse
con su vida. Como existía la posibilidad de tener un encuentro personal con el
Maestro, decidió concertar una cita para hablar con él.

Salieron juntos a pasear por la explanada cercana al monasterio y el hombre se
sinceró directamente con su Maestro.

-“Maestro, me siento perdido. No tengo grandes problemas en mi vida pero no
encuentro sentido a mi existencia. ¿Qué puedo hacer?”

El Maestro se quedó en silencio escuchándole y siguió andando por el camino.
A lo alto, en el cielo, una bandada de estorninos iniciaba su migración hacia las
tierras cálidas del sur. El maestro se quedó contemplándolos.

-“¿Ves esos pájaros como van volando hacia las zonas cálidas? Si no sabes
A dónde vas te da igual ir por un camino que por otro. Busca como los pájaros
hacia dónde quieres ir, a qué das importancia y la vida te irá mostrando el
camino.”

El hombre escuchó en silencio las palabras de su Maestro, guardándolas en su
corazón. “Busca hacia dónde quieres ir…”eran palabras que resonaban en su
interior despertando en él inquietudes que creía dormidas.

Entonces se dio cuenta de que había vivido sin más pretensión que pasar los
días, sin más inquietud que hacer lo de cada día sin sentirse motivado en lo
que hacía. Ahora entendía que necesitaba sentir hacia dónde quería ir para
encontrar la motivación y el sentido de su vida.

Belén Casado Mendiluce, licenciada en psicología, en el blog de diariovasco.com, la psicóloga en casa.

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