Oración a Doña Petrona

Hoy comparto una bella oración gastronómica de Tabaré de Paula (1934-1985), poeta poco conocido pero de gran talento, nacido en Argentina pero que vivió la mayor parte de su vida en Uruguay. J.L.Soba

La lecheraJohannes Vermeer(1658-1660)Rijksmuseum, Ámsterdam, Flag of the Netherlands.svg Países Bajos

La lechera(1658-1660), obra de Johannes Vermeer, Rijksmuseum, Ámsterdam,Holanda.

 Oración a Doña Petrona

Doña Petrona que estás en los platos,
santificadas sean tus mayonesas
con precios baratos
y amor en las mesas.

Que en tu reino de la cocina
todas las manos sepan dónde están
la ternura y la harina
para amasar un pan.

Que se cumplan fielmente tus recetas
y el sabor no dependa de un salario,
que florezcan las fetas
de esperanza y peceto solidario.

Quiero que no hayan ollas
vacías de cariño,
que lloren las cebollas, que por hambre
no llore ningún niño.

Que perdonen las deudas, las demoras,
los que nos han fiado alguna vez;
nosotros perdonamos las auroras
que brillan solamente a fin de mes.

Quiero un mundo de azúcar impalpable
coronado de luz y vainilla,
donde ninguna mano miserable
ahogue la ilusión de una semilla.

Que no ganen batallas
el vinagre o la sal,
que el fuego cante en todas las hornallas
en llama fraternal.

Que un rocío de aceite generoso
impregne la lechuga, las almas, el tomate;
que el cuchillo que hiere el asado jugoso
no mate, nunca mate.

Déjanos caer en la tentación de la dulzura
de escurrir de los platos el dolor,
de levantar banderas de dicha y de verdura
y de servir a punto la sopa del amor.

Doña Petrona nuestra de cada día,
yo también
fabrico una receta de carne y poesía
para que todos coman. Gracias.

Y amén.

Tabaré de Paula

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Morir en la pavada

Hoy nos visita en el ambigú, Mamerto Menapace, monje benedictino y escritor argentino, nacido en 1942 en el norte de la provincia de Santa Fe. Es escritor de cuentos, poesías, ensayos bíblicos, narraciones, reflexiones. Tiene influencias del Cura Brochero. En 1994 recibió el Premio Konex – Diploma al Mérito como uno de los cinco máximos exponentes de la Literatura Juvenil. Os dejo con una reflexiva parábola suya. J.L.Soba

Espécimen hembra de Cóndor andino, valle del Colca, Perú

Espécimen hembra de Cóndor andino, valle del Colca, Perú

Morir en la pavada

xuuujhna vez un catamarqueño, que andaba repechando la cordillera, encontró entre las rocas de las cumbres un extraño huevo. Era demasiado grande para ser de gallina. Además hubiera sido difícil que este animal llegara hasta allá para depositarlo. Y resultaba demasiado chico para ser de avestruz.

No sabiendo lo que era, decidió llevárselo. Cuando llegó a su casa, se lo entregó a la patrona, que justamente tenía una pava empollando una nidada de huevos recién colocados. Viendo que más o menos eran del tamaño de los otros, fue y lo colocó también a éste debajo de la pava clueca.

Dio la casualidad que para cuando empezaron a romper los cascarones los pavitos, también lo izo el pichón que se empollaba en el huevo traído de las cumbres. Y aunque resultó un animalito o del todo igual, no desentonaba demasiado del resto de la nidada. Y sin embargo se trataba de un pichón de cóndor. Sí señor, de cóndor, como usted oye. Aunque había nacido al calor de la pava clueca, la vida le venía de otra fuente.

Como no tenía de donde aprender otra cosa, el bichito imitó lo que veía hacer. Piaba como los otros pavitos, y seguía a la pava grande en busca de gusanitos, semillitas y desperdicios. Escarbaba la tierra, y a los saltos trataba de arrancar las frutitas maduras del tuitá. Vivía en el gallinero, y le tenía miedo a los cuzcos lanudos que muchas veces venían a disputarle lo que la patrona tiraba en el patio de tras, después de las comidas. De noche se subía a las ramas del algarrobo por miedo de las comadrejas y otras alimañas. Vivía totalmente en la pavada, haciendo lo que veía hacer a los demás.

A veces se sentía un poco extraño. Sobre todo cuando tenía oportunidad de estar a solas. Pero no era frecuente que lo dejaran solo. El pavo no aguanta la soledad, ni soporta que otros se dediquen a ella. Es bicho de andar siempre en bandada, sacando pecho para impresionar, abriendo la cola y arrastrando el ala. Cualquier cosa que los impresione, es inmediatamente respondida con una sonora burla. Cosa muy típica de estos pajarones, que a pesar de ser grandes, no vuelan.

Un mediodía de cielo claro y nubes blancas allá en las altura, nuestro animalito quedó sorprendido al ver unas extrañas aves que planeaban majestuosas, casi sin mover las alas. Sintió como un sacudón en lo profundo de su ser. Algo así como un llamado viejo que quería despertarlo en lo íntimo de sus fibras. Sus ojos acostumbrados a mirar siempre al suelo en busca de comida, no lograban distinguir lo que sucedía en las alturas. Pero su corazón despertó a una nostalgia poderosa. ¿y él, porqué no volaba así? El corazón le latió, apresurado y ansioso.

Pero en ese momento se le acercó una pava preguntándole lo que estaba haciendo. Se rió de él cuando sintió su confidencia. Le dijo que era un romántico, y que se dejara de tonterías. Ellos estaban en otra cosa. Tenía que ser realista y acompañarla a un lugar donde había encontrado mucha frutita madura y todo tipo de gusanos.

Desorientado el pobre animalito se dejó sacar de su embrujo y siguió a su compañera que lo devolvió a la pavada. Retomó su vida normal, siempre atormentado por una profunda insatisfacción interior que lo hacía sentir extraño.

Nunca descubrió su verdadera identidad de cóndor. Y llegado a viejo, un día murió. Sí, lamentablemente murió en la pavada como había vivido.

¡Y pensar que había nacido para las cumbres!

Mamerto Menapace

 

 

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Máscaras

El hombre de las máscaras, obra del majicano Carlos Orduña Barrera

El hombre de las máscaras, obra del artista mejicano Carlos Orduña Barrera

Máscaras

No me gustan las máscaras exóticas
ni siquiera me gustan las más caras
ni las máscaras sueltas ni las desprevenidas
ni las amordazadas ni las escandalosas

no me gustan y nunca me gustaron
ni las del carnaval ni las de tribunos
ni las de la verbena ni las del santoral
ni las de la apariencia ni las de la retórica

me gusta la indefensa gente que da la cara
y le ofrece al contiguo su mueca más sincera
y llora con su pobre cansancio imaginario
y mira con sus ojos de coraje o de miedo

Me gustan los que sueñan sin careta
y no tienen pudor de sus tiernas arrugas
y si en la noche miran / miran con todo el cuerpo
y cuando besan / besan con sus labios de siempre

las máscaras no sirven como segundo rostro
no sudan / no se azoran / jamás se ruborizan
sus mejillas no ostentan lágrimas de entusiasmo
y el mentón no les tiembla de soberbia o de olvido

¿quién puede enamorarse de una faz delegada?
no hay piel falsa que supla la piel de la lascivia
las máscaras alegres no curan la tristeza
no me gustan las máscaras he dicho.

Mario Benedetti

de su libro “La vida ese paréntesis” Ed. Planeta, 1998

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El viejo que hacía florecer los árboles

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Selva de Irati (Navarra), foto J.L.Soba

El viejo que hacía florecer los árboles

xhgface muchos un viejo leñador que vivía en una pequeña aldea a la orilla de un gran bosque salió por la mañana a cortar unos árboles. Cuando estaba a medio camino observó un pequeño perro blanco que estaba tumbado a la vera del sendero. El animal estaba muy delgado y no tardaría mucho tiempo en morir de hambre y de frío. El leñador lo cogió en sus manos, lo puso tiernamente en el regazo de su quimono, se volvió a casa y se lo mostró a su mujer.

—¡Pobre perrito! —exclamó ella enternecida—. ¿Quién ha podido ser tan cruel contigo? ¡Y qué inteligente pareces ser con tus claros y brillantes ojos y tus orejas vivas y alertas! Nosotros te cuidaremos.Se pusieron enseguida a curarlo y, con sus cariñosos cuidados, el perro sanó: sus ojos brillantes resplandecían, sus orejas se enderezaban al más mínimo ruido, su hocico estaba siempre moviéndose con curiosidad y su pelo se cubrió de tal blancura que la anciana pareja lo llamaba Shiro, que significa blanco. Y como los ancianos no tenían hijos, Shiro fue tan querido para ellos como un hijo y el animal los seguía adonde quiera que iban.

Un día de invierno el anciano cogió el azadón, lo echó sobre su hombro y marchó al huerto a coger unas verduras. Shiro saltó y brincó alrededor de su amo y cuando llegaron al campo echó a correr tan locamente como siempre y ladró de placer al revolcarse en la maleza.

De repente se detuvo. Sus orejas se pusieron rectas y todo su cuerpo se tensó. Con el hocico en tierra echó a andar lentamente hacia la empalizada que había cerca de una de las esquinas del huerto, olfateando en un montoncito de tierra. De pronto, empezó a escarbar intensamente: apartaba la tierra y la echaba para atrás con sus patas. Sus fuertes ladridos atrajeron la atención del anciano y pensó que Shiro tenía que haber descubierto algo muy extraordinario para que se comportase de aquella manera.

El hombre cogió su azadón y empezó a cavar en el agujero que había abierto Shiro y de repente una lluvia de monedas de oro empezó a manar como de un manantial invisible . El anciano se echó para atrás sorprendido y volvió corriendo a su casa para que su mujer viera el milagro.

Sin embargo su vecino, un hombre avaricioso y de mal genio que también había sido atraído por los ladridos de Shiro, había presenciado esta maravilla increíble desde la otra parte de la cerca de bambú que separaba sus campos. Sus ojos resplandecieron de codicia y no pudo controlar sus crispadas manos. Muy astutamente adoptó una voz amable y rogó a los ancianos que le prestaran el perro durante un día. Como eran muy bondadosos, el anciano levantó a Shiro por encima de la empalizada y se lo entregó al vecino.

Sin embargo, Shiro se dio cuenta de la maldad de aquel hombre, se negó a seguirlo y tembloroso se tumbó en el suelo. El vecino lo acarició y le gritó, pero sólo consiguió que el temor de Shiro aumentara más. Entonces ató una cuerda alrededor del cuello de Shiro y lo arrastró hasta un rincón de su huerto. Allí, lo ató a un árbol y su garganta quedó tan apretada por la cuerda que ni su verdadero amo podía oír sus débiles ladridos.

—Ahora —dijo el malvado vecino—, dime dónde está enterrado el tesoro. Búscamelo o te mataré.

Furioso, golpeó la tierra ante el hocico de Shiro. La hoja del azadón se hundió y chocó contra algún objeto metálico. En un instante estaba arañando la tierra con ambas manos en medio de un frenesí de avaricia. Sin embargo, al no poder desenterrar nada más que viejos andrajos, trozos de madera y tejas rotas, su furia se desató, agarró el azadón y golpeó salvajemente a Shiro. El golpe hirió cruelmente al animal, pero también cortó la cuerda que le sujetaba, por lo que el perro echó a correr en angustiados círculos, aullando de dolor. Su verdadero amo, atraído ahora por sus ladridos, corrió y, al ver lo que estaba ocurriendo, se llenó de pena. Shiro atravesó la cerca y su amo lo cogió cariñosamente en sus brazos.

—Shiro, mi pobre Shiro, ¡qué cosa tan terrible te ha ocurrido! ¿Podrás perdonarme mi cruel error? —lloriqueó el anciano. Y Shiro, tembloroso, se apretaba contra él.

El hombre, muy triste, regresó con Shiro a su casa. Allí lo bañó y curó su herida y le dio de comer. Pero, a pesar de todos sus esfuerzos, el azadón del malvado vecino le había herido tan gravemente que el animal murió aquella misma noche.

Los ancianos quedaron trastornados con su pérdida. Aquella noche no pudieron dormir y por la mañana temprano, con gran dolor y tristeza, lo enterraron en el rincón del huerto donde había ocurrido el milagro de Shiro. Sobre su tumba el anciano puso una pequeña lápida y junto a ella plantó un pino joven. Todos los días la anciana pareja iba a la tumba y de pie, con las cabezas inclinadas, lamentaban la pérdida de su amigo.

El árbol creció con una rapidez increíble. En una semana sus ramas daban sombra a la tumba de Shiro; a los quince días ya se necesitaban dos personas con los brazos extendidos para poder rodear su tronco; y al cabo del mes las hojas de su copa parecían barrer el cielo. Todos los días el anciano se asombraba ante esta nueva maravilla y decía:

—Mujer, esto es sin duda otro milagro. Nuestro pequeño Shiro ha muerto, pero su espíritu se ha convertido en la savia de este magnífico árbol y está brincando alegremente en sus hojas y ramas-. Y miraban al árbol con renovado asombro.

La noticia del rápido crecimiento del árbol se extendió enseguida. Desde los lejanos valles y montañas acudían diariamente gentes con el propósito de contemplarlo. Movían sus cabezas y se susurraban unos a otros que no podía ser, pero luego volvían a levantar las cabezas para mirar otra vez y no podían dudar de lo que estaban viendo sus ojos.

Un día de invierno la anciana dijo a su marido:

—Marido, ¿te acuerdas de cuánto le gustaban a nuestro pequeño Shiro los pastelillos de arroz? ¿No sería una buena idea confeccionar un buen mortero del tronco del árbol de Shiro y hacer pastelillos de arroz para ofrecérselos en su tumba?

—¡Es una buena idea! —replicó excitado el marido—. Lo haremos como tú dices.

Durante la mañana, la tarde y el día siguiente estuvo trabajando, cortando lentamente el enorme tronco con su afilada hacha hasta que el majestuoso árbol crujió y cayó a tierra con un rugido tan poderoso que se tuvo que oír en los rincones más apartados del Japón. De las hábiles manos del anciano salía poco tiempo después un bonito y elegante mortero, dispuesto para recibir y moler el resplandeciente y blanco arroz.

Con los corazones llenos de amor y cariño a la memoria de su pequeño amigo, la anciana pareja empezó a machacar el arroz en el mortero para convertirlo en harina antes de cocerlo. Pero apenas habían machacado poco más que una cazuela llena de granos de arroz, cuando, ante sus asombrados ojos, todo el puñado de granos se convirtió en un resplandeciente montón de monedas de oro.

Cuando los vecinos se enteraron, se alegraron muchísimo de la buena fortuna de los ancianos. Bueno, todos los vecinos menos uno, el hombre malvado que tan cruelmente había matado al pequeño Shiro. Al oír la historia del mortero mágico, apenas pudo contener su avaricia y al día siguiente fue a la casa de la anciana pareja, los aduló, los lisonjeó y fingió gran pena al decir:

—Desde la muerte de vuestro pequeño perro estoy lleno de remordimientos porque sé que yo fui el culpable. De noche y de día pienso que si sólo existiera una manera de demostraros lo que siento y de probaros de alguna forma lo arrepentido que estoy, lo haría de buena gana,. Hoy, con toda humildad, he venido a pediros perdón. Me agradaría muchísimo hacer pastelillos de arroz para depositarlos en la tumba del pequeño Shiro. Pero ¡ay! mi mortero es demasiado viejo, y yo demasiado pobre para comprar uno nuevo. ¿No me prestaríais, bondadosos amigos, vuestro mortero para que yo pueda hacer mi pequeña ofrenda a nuestro amiguito?

El afecto y la credulidad de los ancianos quedaron conmovidos profundamente ante las mentirosas palabras de su vecino y, creyendo que estaba sinceramente arrepentido, permitieron al sutil bribón que llevara consigo el mortero.

Al llegar a su casa no perdió tiempo en monsergas y se puso a preparar las tortas. Junto a su esposa, igualmente avariciosa, echó el arroz en el mortero y los dos se pusieron a machacarlo. Siguieron y siguieron machacando pero el oro no apareció y los dos gritaron furiosamente;

—¡Miserables granos, transformaos en oro, transformaos en oro!

Y machacaron más vigorosamente que antes. Los granos volaban en todas direcciones y de ellos no salía ni una sola moneda de oro, pero de repente el arroz molido empezó a moverse y a transformarse.

—¡Está cambiando! —dijo el viejo avaricioso.

—¡Seremos ricos! —gritó su esposa.

Y se pusieron a bailar de placer alrededor del mortero. Pero en lugar de aparecer un brillante montón de oro, vieron con horror que no salían sino viejos andrajos, trozos de madera y tejas rotas, exactamente igual a lo desenterrado en el campo. Tanta rabia le dio al hombre que agarró su hacha y de un solo golpe partió en dos el mortero y entre los dos convirtieron en pedacitos sus restos; después encendieron un fuego, arrojaron en él los trozos y se pusieron a contemplar cómo se convertían en cenizas.

Al día siguiente el anciano fue a pedirles el mortero, pero el vecino le respondió:

—El mortero se rompió y quedó inservible. Al primer golpe de mi mano, se partió por la mitad, así que lo hice leña y lo eché al fuego hasta que se convirtió en cenizas. Si éstas te sirven de algo, cógelas. Están en el horno.

Con estas mentirosas palabras el vecino le volvió la espalda y se negó a decir nada más.

El anciano estaba desolado. Primero miró a su vecino y luego al horno. No había cólera en su corazón, sólo una profunda tristeza.

—Primero mi querido Shiro, ahora mi maravilloso y nuevo mortero —se lamentó para sí—. ¡Hombre insensible y sin sentimientos!, pero ya nada puede devolvérmelos. Sólo quedan las cenizas, pero son las cenizas de mi pequeño perro, porque ciertamente el mortero estaba hecho con su maravilloso espíritu. Las cogeré y las enterraré junto a él.

El anciano recogió las cenizas en un pequeño saco y se volvió lentamente a su casa. Apenas había andado la mitad del camino cuando de un pinar cercano se levantó una suave brisa que danzó momentáneamente entre los árboles. Después empezó a dar vueltas alrededor del saquito, lo levantó y expandió las cenizas en el aire. La brisa murió con tanta rapidez como se había levantado y las cenizas flotaron como copos de nieve sobre las frías y desnudas ramas de los árboles invernales.

Y sucedió otra cosa maravillosa: allá donde se posaban las cenizas, en las ramas desnudas nacían una profusión de hojas y flores. Enseguida, por todos los alrededores del anciano la tristeza del invierno se transformó en la alegría de la primavera y el aire se llenó del perfume de las flores abiertas. El anciano se volvió lentamente para presenciar este nuevo milagro. Alargó su mano para tocar las hojas y los pétalos y asegurarse de su realidad. Lentamente, empezó a dar vueltas, con los ojos sumergidos en el tierno verdor y su olfato se lleno de la fragancia de mayo. De repente, echó a correr excitado hacia su aldea.

—¡Mirad, mirad! ¡El viejo jardinero puede hacer florecer los árboles! ¡El viejo jardinero puede hacer florecer los árboles! ¡Mirad, mirad! —gritaba, mientras que seguía cogiendo cenizas y poniéndolas sobre cada árbol y arbusto y viendo cómo éstos abrían sus capullos donde caía la ceniza.

Y sucedió que el Señor de la provincia, acompañado de sus ayudantes, estaba haciendo un viaje de inspección. Atraído por los gritos del viejo y por la multitud que le rodeaba, el Señor detuvo su caballo y mandó a uno de sus criados que fuese a enterarse de lo que pasaba.

Mientras tanto el anciano, cuya alegría se había desatado con el nuevo y maravilloso poder que poseía, se había subido a un cerezo y al tiempo que cantaba arrojaba la ceniza en cada rama para que las flores rojas y blancas mostrasen ante ellos todo su esplendor.

El criado del Señor lo llamó. El anciano descendió del árbol y fue llevado a su presencia. Humilde y simplemente relató su historia, y cuando demostró el milagro de la ceniza el Señor se llenó de gran contento y dijo:

—¡Maravilloso! ¡Verdaderamente maravilloso! Un hombre que hace que las flores le sigan como una sombra. ¿Dónde habrá otro que posea un don de tanta belleza? Anciano, te voy a recompensar.

Un ayudante trajo una mesa y sobre ella colocó una bolsa de brocado llena de monedas de oro. El mismo Señor se la ofreció al anciano quien, inclinándose primero hasta el suelo, la tomó con humilde reverencia.

Como apenas podía esperar más para irse a su casa y contarle a su esposa el milagro de las cenizas y el honor que le había dispensado el Señor de la provincia, echó a correr llevando fuertemente asida la bolsa.

Pero el codicioso y malvado vecino que había sido testigo de todo lo ocurrido, volvió corriendo a su casa y abrió la puerta del horno. Pensó que dentro habrían quedado rastros de las cenizas y quizás también en el suelo. Llamó a su esposa y juntos recogieron en otro saquito todo lo que había quedado. Echó a correr y esperó a la orilla del camino por el que habían de pasar el Señor y su séquito, se subió al árbol más cercano y empezó a gritar:

—¡El viejo jardinero puede hacer florecer los árboles, el viejo jardinero puede hacer florecer los árboles! ¡Mirad, mirad!

El Señor llegó con su caballo hasta el árbol y dijo:

—¡Qué! Este no es ciertamente el mismo viejo que he visto antes. ¿También tú puedes hacer florecer los árboles? Si es así, demuéstramelo.

—Sí, mi Señor, lo haré enseguida.

Rápidamente empezó a dispersar las cenizas sobre las ramas. Pero en vez de hacer brotar flores, las cenizas se dispersaron en todas las direcciones y envolvieron al Señor y a sus criados en una sofocante nube de polvo que penetró e inflamó sus ojos, asustó al caballo del Señor y el animal se desbocó.

Los ayudantes arrastraron furiosos al estúpido y lo pusieron de rodillas ante su indignado Señor. El hombre se arrastró miserablemente y se golpeó la frente contra el suelo llorando amargamente.

—¡He sido malo y ruin! —gritó desesperado—. Maté al perro de mi vecino y destruí su mortero. No ha habido sino envidia y avaricia en mi corazón y debido a eso he causado muchísimo daño a mi buen vecino. Ahora he ofendido a mi Señor. ¡Perdonadme! ¡Perdonadme! Me arrepiento y, si me perdonáis, cambiaré de vida.

El señor, muy disgustado, reprendió severamente al hombre, pero al final lo perdonó con la condición de que, si no se enmendaba, sería severamente castigado.

A medida que pasaban las semanas y los meses la anciana pareja se serenaba más y era más feliz, y su buena fortuna iba también en aumento. Su vecino y la esposa de éste fueron cambiando lentamente.. Su envidia dejó sitio a la bondad; su mal genio a la amabilidad y a una amistad afectuosa con los vecinos. En cada fiesta y aniversario los cuatro iban juntos al templo y a la tumba de Shiro para ofrecer oraciones y pastelillos de arroz a la eterna paz de su espíritu, y el resto de sus días lo emplearon en generosa y buena voluntad los unos con los otros y con todo el pueblo de la aldea.

Cuento popular japonés, recogido por El Barón de Redestale, Algernon Bertram Freeman-Mitford, en su antología de cuentos “Tales of Old Japan “(1871).

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La fuerza de la costumbre

“Las diminutas cadenas de los hábitos son generalmente demasiado delgadas para sentirlas, hasta que llegan a ser demasiado fuertes para romperlas.” Samuel Johnson

xcuadro de Luis Burgos

Cuadro del pintor riojano Luis Burgos.

La fuerza de la costumbre 

¡Amé ya antes de ahora, mas ahora es cuando amo!
Antes era el esclavo; ahora el servidor soy.
De todos el esclavo en otro tiempo era;
a una beldad tan solo mi vasallaje doy;
que ella también me sirve, gustosa, a fuer de arnante,
¿cómo con otra alguna a complacerme voy?

¡Creer imaginaba, pero ahora es cuando creo!
Y aunque raro parezca y hasta vituperable,
a la creyente grey muy gustoso me adhiero;
que al través de mil fuertes duras contrariedades,
de muy graves apuros e inminentes peligros,
todo de pronto leve se me hizo y tolerable.

¡Comidas hacía antes, pero ahora es cuando como!
Buen humor y alegría bulléndome en el cuerpo,
al sentarme a la mesa todo pesar olvido.
Engulle aprisa el joven y se va de bureo;
a mí, en cambio, me place yantar en sitio alegre;
saboreo los manjares y en su olor me recreo.

¡Antaño bebí, hoy es cuando bebo a gusto!
El vino nos eleva, nos hace soberanos
y las lenguas esclavas desata y manumite.
Sí, sedante bebida no escatiméis, hermanos,
que si del rancio vino los toneles se agotan,
ya en la bodega el nuevo mosto se está enranciando.

La danza practiqué e hice su panegírico,
y en cuanto oía sonar la invitación al baile
ya estaba yo marcando mis honestas posturas.
Y aquel que muchas flores cortó primaverales,
por más que todas ellas a guardar no acertara,
siempre le queda, al menos, un ramo razonable.

¡Sus, y a la obra de nuevo! No pienses ni caviles;
que quien amar no sabe a las floridas rosas
solo encuentra después espinas que le pinchen.
Del sol, hoy como ayer, fulge la enorme antorcha;
de las cabezas bajas aléjate prudente,
y haz que tu vida empiece de nuevo a cada hora.

Johann Wolfgang von Goethe

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El miedo

Para realizar mi aportación a la semana de meditación y reflexión sobre el miedo, que nuestra profesora de Yoga ha creído conveniente realizar, comparto un cuento corto del gallego universal y autor  entre otros bellos relatos de las famosas “Sonatas”, Don Ramón María del Valle-Inclán (1866-1936). J.L.Soba

miedo

El miedo

xeerdse largo y angustioso escalofrío que parece mensajero de la muerte, el verdadero escalofrío del miedo, sólo lo he sentido una vez. Fue hace muchos años, en aquel hermoso tiempo de los mayorazgos, cuando se hacía información de nobleza para ser militar. Yo acababa de obtener los cordones de Caballero Cadete. Hubiera preferido entrar en la Guardia de la Real Persona; pero mi madre se oponía, y siguiendo la tradición familiar, fui granadero en el Regimiento del Rey. No recuerdo con certeza los años que hace, pero entonces apenas me apuntaba el bozo y hoy ando cerca de ser un viejo caduco. Antes de entrar en el Regimiento mi madre quiso echarme su bendición. La pobre señora vivía retirada en el fondo de una aldea, donde estaba nuestro pazo solariego, y allá fui sumiso y obediente. La misma tarde que llegué mandó en busca del Prior de Brandeso para que viniese a confesarme en la capilla del Pazo. Mis hermanas María Isabel y María Fernanda, que eran unas niñas, bajaron a coger rosas al jardín, y mi madre llenó con ellas los floreros del altar. Después me llamó en voz baja para darme su devocionario y decirme que hiciese examen de conciencia:

-Vete a la tribuna, hijo mío. Allí estarás mejor…

La tribuna señorial estaba al lado del Evangelio y comunicaba con la biblioteca. La capilla era húmeda, tenebrosa, resonante. Sobre el retablo campeaba el escudo concedido por ejecutorias de los Reyes Católicos al señor de Bradomín, Pedro Aguiar de Tor, llamado el Chivo y también el Viejo. Aquel caballero estaba enterrado a la derecha del altar. El sepulcro tenía la estatua orante de un guerrero. La lámpara del presbiterio alumbraba día y noche ante el retablo, labrado como joyel de reyes. Los áureos racimos de la vid evangélica parecían ofrecerse cargados de fruto. El santo tutelar era aquel piadoso Rey Mago que ofreció mirra al Niño Dios. Su túnica de seda bordada de oro brillaba con el resplandor devoto de un milagro oriental. La luz de la lámpara, entre las cadenas de plata, tenía tímido aleteo de pájaro prisionero como si se afanase por volar hacia el Santo.

Mi madre quiso que fuesen sus manos las que dejasen aquella tarde a los pies del Rey Mago los floreros cargados de rosas como ofrenda de su alma devota. Después, acompañada de mis hermanas, se arrodilló ante el altar. Yo, desde la tribuna, solamente oía el murmullo de su voz, que guiaba moribunda las avemarías; pero cuando a las niñas les tocaba responder, oía todas las palabras rituales de la oración. La tarde agonizaba y los rezos resonaban en la silenciosa oscuridad de la capilla, hondos, tristes y augustos, como un eco de la Pasión. Yo me adormecía en la tribuna. Las niñas fueron a sentarse en las gradas del altar. Sus vestidos eran albos como el lino de los paños litúrgicos. Ya sólo distinguía una sombra que rezaba bajo la lámpara del presbiterio. Era mi madre, que sostenía entre sus manos un libro abierto y leía con la cabeza inclinada. De tarde en tarde, el viento mecía la cortina de un alto ventanal. Yo entonces veía en el cielo, ya oscura, la faz de la luna, pálida y sobrenatural como una diosa que tiene su altar en los bosques y en los lagos…

Mi madre cerró el libro dando un suspiro, y de nuevo llamó a las niñas. Vi pasar sus sombras blancas a través del presbiterio y columbré que se arrodillaban a los lados de mi madre. La luz de la lámpara temblaba con un débil resplandor sobre las manos que volvían a sostener abierto el libro. En el silencio la voz leía piadosa y lenta. Las niñas escuchaban. y adiviné sus cabelleras sueltas sobre la albura del ropaje y cayendo a los lados del rostro iguales, tristes, nazarenas. Habíame adormecido, y de pronto me sobresaltaron los gritos de mis hermanas. Miré y las vi en medio del presbiterio abrazadas a mi madre. Gritaban despavoridas. Mi madre las asió de la mano y huyeron las tres. Bajé presuroso. Iba a seguirlas y quedé sobrecogido de terror. En el sepulcro del guerrero se entrechocaban los huesos del esqueleto. Los cabellos se erizaron en mi frente. La capilla había quedado en el mayor silencio, y oíase distintamente el hueco y medroso rodar de la calavera sobre su almohada de piedra. Tuve miedo como no lo he tenido jamás, pero no quise que mi madre y mis hermanas me creyesen cobarde, y permanecí inmóvil en medio del presbiterio, con los ojos fijos en la puerta entreabierta. La luz de la lámpara oscilaba. En lo alto mecíase la cortina de un ventanal, y las nubes pasaban sobre la luna, y las estrellas se encendían y se apagaban como nuestras vidas. De pronto, allá lejos, resonó festivo ladrar de perros y música de cascabeles. Una voz grave y eclesiástica llamaba:

-¡Aquí, Carabel! ¡Aquí, Capitán…!

Era el Prior de Brandeso que llegaba para confesarme. Después oí la voz de mi madre trémula y asustada, y percibí distintamente la carrera retozona de los perros. La voz grave y eclesiástica se elevaba lentamente, como un canto gregoriano:

-Ahora veremos qué ha sido ello… Cosa del otro mundo no lo es, seguramente… ¡Aquí, Carabel! ¡Aquí, Capitán…!

Y el Prior de Brandeso, precedido de sus lebreles, apareció en la puerta de la capilla:

-¿Qué sucede, señor Granadero del Rey?

Yo repuse con voz ahogada:

-¡Señor Prior, he oído temblar el esqueleto dentro del sepulcro…!

El Prior atravesó lentamente la capilla. Era un hombre arrogante y erguido. En sus años juveniles también había sido Granadero del Rey. Llegó hasta mí, sin recoger el vuelo de sus hábitos blancos, y afirmándome una mano en el hombro y mirándome la faz descolorida, pronunció gravemente:

-¡Que nunca pueda decir el Prior de Brandeso que ha visto temblar a un Granadero del Rey…!

No levantó la mano de mi hombro, y permanecimos inmóviles, contemplándonos sin hablar. En aquel silencio oímos rodar la calavera del guerrero. La mano del Prior no tembló. A nuestro lado los perros enderezaban las orejas con el cuello espeluznado. De nuevo oímos rodar la calavera sobre su almohada de piedra. El Prior se sacudió:

-¡Señor Granadero del Rey, hay que saber si son trasgos o brujas!

Y se acercó al sepulcro y asió las dos anillas de bronce empotradas en una de las losas, aquella que tenía el epitafio. Me acerqué temblando. El Prior me miró sin despegar los labios. Yo puse mi mano sobre la suya en una anilla y tiré. Lentamente alzamos la piedra. El hueco, negro y frío, quedó ante nosotros. Yo vi que la árida y amarillenta calavera aún se movía. El Prior alargó un brazo dentro del sepulcro para cogerla. La recibí temblando. Yo estaba en medio del presbiterio y la luz de la lámpara caía sobre mis manos. Al fijar los ojos las sacudí con horror. Tenía entre ellas un nido de culebras que se desanillaron silbando, mientras la calavera rodaba por todas las gradas del presbiterio. El Prior me miró con sus ojos de guerrero que fulguraban bajo la capucha como bajo la visera de un casco:

-Señor Granadero del Rey, no hay absolución… ¡Yo no absuelvo a los cobardes!

Y con rudo empaque salió sin recoger el vuelo de sus blancos hábitos talares. Las palabras del Prior de Brandeso resonaron mucho tiempo en mis oídos. Resuenan aún. ¡Tal vez por ellas he sabido más tarde sonreír a la muerte como a una mujer!

Ramón María del Valle-Inclán

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“Para ver el mundo en un grano de arena”

La felicidad eterna (1813), de José de Madrazo, Museo del Prado, Madrid.

La felicidad eterna (1813), de José de Madrazo, Museo del Prado, Madrid.

“Para ver el mundo en un grano de arena”

Para ver el mundo en un grano de arena,
Y el Cielo en una flor silvestre,
Abarca el infinito en la palma de tu mano
Y la eternidad en una hora.

Aquel que se liga a una alegría
Hace esfumar el fluir de la vida;
Aquél quien besa la joya cuando esta cruza su camino
Vive en el amanecer de la eternidad.

Tú, rubio ángel de la noche
Ahora, cuando el sol descansa sobre las montañas, la luz
abrillanta la antorcha del amor; tu radiante corona
¡ ponla y sonríe sobre nuestro lecho nocturno !
Sonríe a nuestros amores,
y mientras echas las azules cortinas del cielo,
esparce tu helada de plata sobre cada flor que cierra sus dulces ojos
con oportuno sueño.

Deja que tu viento del este duerma sobre el lago;
habla el silencio con tus parpadeantes ojos,
Y lava la oscuridad con plata. Pronto, muy pronto,
te retiras, entonces el lobo se enfurece,
y el león se queda a través del bosque pardo,
Las pelajes de nuestros rebaños están cubiertos con tu sagrada helada,
protégelos con tu influencia.

El árbol que mueve algunos a lágrimas de felicidad,
en la Mirada de otros no es más que un objeto Verde
que se interpone en el camino.
Algunas personas Ven la Naturaleza como algo Ridículo y Deforme,
pero para ellos no dirijo mi discurso;
y aun algunos pocos no ven en la naturaleza nada en especial.

Pero para los ojos de la persona de imaginación,
la Naturaleza es imaginación misma.
Así como un hombre es, ve.
Así como el ojo es formado, así es como sus potencias quedan establecidas.

“No poseo nombre:
pero nací hace dos días.”
¿Cómo te llamaré?
“Soy feliz.

William Blake

 

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