El paraíso o el infierno

“Todos llevamos dentro el cielo y el infierno.” Oscar Wilde

Cuadro hiperealista del pintor mejicano Juan Medina

Cuadro hiperealista del pintor mejicano Juan Medina

El paraíso o el infierno

Hacer un paraíso de nuestra vida o hacer un infierno… Pasamos mucho tiempo
de nuestra vida buscando culpables. Ante los errores, los fracasos, los
desaciertos no nos centramos en nosotros, no tratamos de asumir nuestros
errores ya que es más fácil descargarlos en los demás. De esta forma nos
sentimos más livianos. Culpamos, acusamos, lastimamos y en forma inmediata
empezamos a ser generadores de un sentimiento que se potencializa día a día
y que lleva al hombre a su propia destrucción: el odio.

Todo cambiaría y sería mejor si el hombre hiciera un pequeño cambio en su
vida y antes de levantar el dedo acusador pensara si eso lo conduce por un
camino mejor. Lo mismo ocurre con la culpa, si en vez de depositarla en otra
persona asumiéramos nuestros errores y tratáramos de mejorar.

Aprender a vivir en el amor parece hoy ridículo ya que somos testigos a
diario de todo lo contrario. Pero si poco a poco vos como yo empezamos a
cambiar y apostamos a hacer un paraíso de nuestras vidas, de nuestro pequeño
mundo yo creo que podemos lograr que otros nos copien y dejen de lado el
infierno para que el mundo cambie y sea mejor.

Para reencontrarse con su verdadero ser, el hombre debe despojarse, debe
deshacerse por completo de todo aquello que lo ubica en la superficie. Debe
desprenderse del odio, de la envidia, del rencor, de la ambición
desmesurada, para dar paso al amor, a la solidaridad, a la entrega. Y así
ir en busca de las raíces de su ser, de su esencia. Cuando eso ocurra,
cuando las personas vuelvan a comunicarse consigo mismas, el mundo será
mucho mejor…

El paraíso o el infierno… La elección es tuya.

Graciela De Filippis

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La visita del obispo

“La aceptación de la opresión por parte del oprimido acaba por ser complicidad; la cobardía es un consentimiento; existe solidaridad y participación vergonzosa entre el gobierno que hace el mal y el pueblo que lo deja hacer”. Víctor Hugo

 

El Arzobispo de Constantinopla (1929), obra de Maruja Mallo.

El Arzobispo de Constantinopla (1929), obra de la pintora surrealista lucense Maruja Mallo.

La visita del obispo

xccvbvravatte, se refugió en la montaña. Ocultóse algún tiempo con sus bandidos, penetró una noche en la catedral y robó la sacristía. Sus latrocinios desolaban el país. Lanzóse en su persecución la gendarmeria, pero en vano: se escapaba siempre; y algunas veces resistía a viva fuerza. Era un audaz miserable.

En medio del temor que suscitaba llegó el obispo, que iba a hacer su visita al Chastelar. El alcalde salió a recibirle y le suplicó que se volviese: Cravatte era dueño de la montaña hasta el Arche, y aun más allá; había peligro en andar por allí aun con escolta; era exponer inútilmente tres o cuatro gendarmes.

-Siendo así –dijo el obispo- iré sin escolta.

-¿Pensáis en eso, monseñor? -exclamó el alcalde.

-Y tanto, que no quiero que venga conmigo ningún gendarme, y que pienso marchar dentro de una hora.

-¡Marchar!

-Marchar.

-¿Solo?

-Solo.

-Monseñor, no haréis lo que decís.

-Hay allá en la montaña –replícó el obispo- una pequeña feligresía, tan grande casi como la palma de la mano, la cual no he visitado hace tres años. Son grandes amigos míos aquellos buenos y honrados pastores; de cada treinta cabras que guardan, una es suya; hacen muy bonitos cordones de lana de diversos colores, y tocan los aires de sus montañas en unos pequeños pitos con seis agujeros. Necesitan que de cuando en cuando se les hable del buen Dios. ¿Qué dirían de un obispo que tuviese miedo? ¿Qué dirían de mí si no fuese por allá?

-Pero, monseñor, ¿y los ladrones?

-Calle –dijo el obispo-, ahora caigo. Tenéis razón, puedo encontrarlos, y ellos también deben necesitar que se les hable de Dios.

-Monseñor, esa gente es una banda de forajidos, un rebaño de lobos.

-Señor alcalde, precisamente de ese rebaño es de quien acaso Jesús me hizo pastor. ¿Quién sabe cuáles son las miras de la providencia?

-Monseñor, os robarán.

-Nada tengo.

-Os matarán.

-A un pobre y anciano sacerdote que pasa la vida mascullando sus rezos, ¿para qué?

-¡Oh, Dios mío! ¡Si llegáis a encontrarlos!

-Les pediré limosna para mis pobres.

-Monseñor, no vayáis. En nombre del cielo no expongáis vuestra vida.

-Señor alcalde –dijo el obispo-, ¿no es más que eso? No vivo ni estoy en el mundo para guardar mi vida, sino para guardar las almas.

Fue preciso acceder a su voluntad y marchó acompañado solamente de un niño que se ofreció a servirle de guía. Su obstinación metió ruido en el país y causó no poco susto.

No quiso llevar consigo ni a su hermana ni a la señora Magloire. Atravesó la montaña en una mula; a nadie encontró, y llegó sano y salvo al territorio de sus “buenos amigos” los pastores.

Permaneció allí quince días, predicando, administrando, enseñando y moralizando. Cuando se acercó el día de su marcha, resolvió cantar pontificalmente un Te Deum. Habló de ello al cura, pero ¿qué hacer careciendo de ornamentos episcopales? No se podía proporcionarle más que el servicio de una mala sacristía de aldea, y algunas viejas casullas de damasco, muy usadas y adornadas con galones falsos.

-¡Bah! –dijo el obispo-. No nos apuremos. Señor cura, anunciad desde el púlpito nuestro Te Deum. Ya se arreglará.

Buscaron ornamentos en las iglesias de los alrededores. Todas las magnificencias de aquellas humildes parroquias no hubieran bastado para vestir convenientemente a un chantre de una catedral.

Hallábanse sin saber cómo salir del paso, cuando dos hombres desconocidos, montados en sendos caballos, llevaron y dejaron en casa del cura un gran cajón para el obispo. Abriose éste y se vio que contenía una capa de tisú de oro, un magnífico báculo y todas las vestiduras episcopales robadas.

Marché llevando sólo mi esperanza puesta en Dios-dijo el obispo-, y vuelvo trayendo el tesoro de una catedral.

Por la noche antes de acostarse volvió a decir:

-No temamos nunca ni a los ladrones ni a los asesinos: ésos son los peligros exteriores, los pequeños peligros. Temámonos a nosotros mismos. Las preocupaciones, ésas son los ladrones; los vicios, ésos son los asesinos. Los grandes peligros existen dentro de nosotros. ¿Qué importa lo que amenaza a nuestra cabeza o a nuestra bolsa? Pensemos con preferencia en lo que amenaza a nuestra alma.

Después volviéndose a su hermana dijo:

-Hermana mía, nunca por parte del sacerdote debe tomarse precaución alguna contra el prójimo. Lo que el prójimo hace, Dios lo permite. Limitémonos a rogar a Dios, cuando creamos que nos amenaza un peligro. Roguémosle, pidámosle, no por nosotros, sino por nuestro hermano, que va a caer en falta por causa nuestra.

Victor Hugo

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Nunca te ates

Un apego no es un hecho. Es una creencia, una fantasía de tu mente, adquirida mediante una “programación”. Si esa fantasía no existiera en tu mente, no estarías apegado. Amarías las cosas y a las personas y disfrutarías de ellas; pero, al no existir la creencia, disfrutarías de ellas sin atadura de ningún tipo. Anthony De Mello

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“Nunca te ates”

La imposición ata; el entendimiento, fusiona.

Atar es la presión de la fuerza; entenderse es la caricia de la convicción.

Atar es adherir dos unidades usando una fuerza externa para que permanezcan juntas. Una fuerza que a veces se llama poder, a veces conveniencia o necesidad, y en los casos más tristes, brutalidad o temor obsceno.

Atar siempre es un ejercicio perecedero, porque por potentes y enrevesados que sean los nudos, cuando con voluntad irrompible el adherido desea deshacerlos, tarde o temprano los acaba desligando.

Atan los faltos de plumas en el alma y sobrados de arena en el cerebro. Todas las ataduras acaban podridas. Como las cuerdas.

Entenderse es acoplarse hasta encajar, es sostenerse mutuamente hasta fusionarse.

Entenderse es renunciar a la rigidez propia y estar dispuesto a oír, discernir y valorar la opinión ajena. Es tratar de igual a quien le dices que es tu otro igual.

No le mientes porque vas sobrado de la energía que da el saber escuchar para entender. Porque tu triunfo no es dominar para sostener, es el encajar para sostenerse. Como los arcos de medio punto, esas construcciones hechas con piedras que se unen a la perfección y lo aguantan todo por los años de los años, sin otro ensamblaje que su perfecto encaje de las unas con las otras.

Su fuerza para sostenerse y sostener empieza y acaba en ellas mismas, en su magistral acoplamiento. No es fuerza atada, es entendimiento fusionado.

Ángela Becerra

 

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La tierra de Alvargonzález

 

Este sábado pasado de un caluroso mes de agosto, mi hijo realizó una excursión a la Laguna Negra, en tierras sorianas. Este hecho me hace recordar las múltiples veces que he visitado este bello lugar, pues es muy querido y visitado por los riojanos. Me viene también a la memoria el relato “La tierra de Alvargonzález” de Antonio Machado,  que  leí y releí de jóven.

Este relato se gestó en septiembre de 1910, cuando el poeta sevillano Antonio Machado, y unos amigos, realizaron una excursión al nacimiento del Duero. Se dirigieron en una diligencia de Soria a Cidones; luego caminaron a pie desde Cidones hasta Vinuesa, y a caballo hasta Covaleda. Subieron a la cima del Pico Urbión, bajaron hasta la Laguna Negra y visitaron la localidad de Vinuesa.

El interés por esta historia, le vino al poeta tras las palabras que le dijo un lugareño:  “Por aquel sendero —me dijo el campesino, señalando a la diestra—, se va a las tierras de Alvargonzález; campos malditos hoy; los mejores, antaño, de esta comarca”.

El poema nos cuenta la historia del crimen cometido por los hijos mayores de Alvargonzález, que deciden matar al padre para quedarse con su hacienda. Tras herredar las tierras, malditas, se vuelven estériles. El hijo pequeño, que había colgado los hábitos y marchado a América, vuelve como indiano rico. Compra las tierras que fueron de su padre, que en sus manos volverán a ser fértiles. El fantasma del padre aparece por las noches para cuidar las tierras. Los dos hermanos asesinos, acosados por su conciencia caen y mueren en la Laguna Negra, donde arrojaron el cuerpo de su padre.

La primera versión en prosa del relato, que es la que comparto, se publicó en enero de 1912 en la revista “Mundial Magacine”. El romance se publicaría tres meses más tarde en la revista “La Lectura”.

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La Laguna Negra, Vinuesa (Soria) foto David Soba.

La tierra de Alvargonzález

(Versión en prosa)

xuuuiyhna mañana de los primeros días de octubre, decidí visitar la fuente del Duero tomé en Soria el coche de Burgos que había de llevarme hasta Cidones. Me acomodé en la delantera cerca del Mayoral y entre dos viajeros: un indiano que tornaba de Méjico á su aldea natal, escondida en tierra de pinares, y un viejo campesino que venía de Barcelona donde embarcara á dos de sus hijos para La Plata. No cruzaréis la alta estepa de Castilla sin encontrar gentes que os hablen de tierras de Ultramar.

Tomamos la ancha carretera de Burgos, dejando á nuestra izquierda el camino de Osma, bordeado de chopos que el otoño comenzaba á dorar. Soria quedaba á nuestra espalda entre grises colinas y cerros pelados. Soria, mística y guerrera, guardaba antaño la puerta de Castilla, como una barba cana hacia los reinos moros que cruzó el Cid en su destierro. El Duero, en torno á Soria, forma una curva de ballesta. Nosotros llevábamos la dirección del venablo. 

El indiano me hablaba de Veracruz, mas yo escuchaba al campesino que discutía con el mayoral sobre un crimen reciente. En los pinares de Duruelo, una joven vaquera había aparecido cosida á puñaladas y violada después de muerta. El campesino acusaba á un rico ganadero de Valdeavellano, preso por indicios en la cárcel de Soria, como autor indudable de tan bárbara fechoría, y desconfiaba de la justicia porque la víctima era pobre. En las pequeñas ciudades, las gentes se apasionan del juego y de la política, como en las grandes, del arte y de la pornografía, — ocios de mercaderes — pero en los campos, sólo interesan las labores que reclaman la tierra y los crímenes de los hombres.

— ¿Va Vd. muy lejos ? pregunté al campesino.

— A Covaleda, señor, me respondió, ¿Y Vd.?

— El mismo camino llevo, porque pienso Subir á Urbión y tomaré el valle del Duero. A la vuelta bajaré á Vinuesa por el puerto de Sta. Inés.

— Mal tiempo para subir á Urbión. Dios le libre de una tormenta por aquella sierra.

Llegados á Cidones, nos apeamos el campesino y yo, despidiéndonos del indiano que continuaba su viaje en la diligencia hasta San Leonardo, y emprendimos en sendas caballerías el camino de Vinuesa.

Siempre que trato con hombres del campo, pienso en lo mucho que ellos saben y nosotros ignoramos, y en lo poco que á ellos importa conocer cuanto nosotros sabemos.

El campesino cabalgaba delante de mí, silencioso. El hombre de aquellas tierras, serio y taciturno, habla cuando se le interroga, y es sobrio en la respuesta. Cuando la pregunta es tal que pudiera excusarse, apenas se digna contestar. Solo se extiende en advertencias útiles sobre las cosas que conoce bien, ó cuando narra historias de la tierra.

Volví los ojos al pueblecillo que dejábamos á nuestra espalda. La iglesia con su

alto campanario coronado por un hermoso nido de cigüeñas, descuella sobre unas cuantas casuchas de tierra. Hacia el camino real destácase la casa de un indiano, contrastando con el sórdido caserío. Es un hotelito moderno y mundano, rodeado de jardín y verja. Frente al pueblo se extiende una calva serrezuela de rocas grises, surcadas de grietas rojizas.

Después de cabalgar dos horas, llegamos á la Muedra, una aldea á medio camino entre Cidones y Vinuesa, y á pocos pasos cruzamos un puente de madera sobre el Duero.

— Por aquel sendero, me dijo el campesino señalando á su diestra, se va á las tierras de Alvargonzález; campos malditos hoy; los mejores, antaño, de esta comarca.

— ¿Alvargonzález es el nombre de su dueño? le pregunté.

— Alvargonzález, me respondió, fué un rico labrador; mas nadie lleva ese nombre por estos contornos. La aldea donde vivió se llama como él se llamaba: Alvargonzález, y tierras de Alvargonzález á los páramos que la rodean. Tomando esa vereda llegaríamos allá antes que á Vinuesa por este camino. Los lobos, en invierno, cuando el hambre les echa de los bosques, cruzan esa aldea y se les oye aullar al pasar por las majadas que fueron de Alvargonzález, hoy vacías y arruinadas.

Siendo niño, oí contar á un pastor la historia de Alvargonzález, y sé que anda inscrita en papeles y que los ciegos la cantan por tierras de Berlanga.

Roguéle que me narrase aquella historia, y el campesino comenzó así su relato:

Siendo Alvargonzález mozo, heredó de sus padres rica hacienda. Tenía casa con huerta y colmenar, dos prados de fina hierba, campos de trigo y de centeno, un trozo de encinar no lejos de la aldea, algunas yuntas para el arado, cien ovejas, un mastín y muchos lebreles de caza.

Prendóse de una linda moza en tierras del Burgo, no lejos de Berlanga, y al año de conocerla la tomó por mujer. Era Polonia, de tres hermanas, la mayor y la más hermosa, hija de labradores que llaman los Peribáñez, ricos en otros tiempos, entonces dueños de menguada fortuna.

Famosas fueron las bodas que se hicieron en el pueblo de la novia y las tornabodas que celebró en su aldea Alvargonzález. Hubo vihuelas, rabeles, flautas y tamboriles, danza aragonesa y fuegos al uso valenciano. De la comarca que riega el Duero, desde Urbión, donde nace, hasta que se aleja por tierras de Burgos, se habla de las bodas de Alvargonzález, y se recuerdan las fiestas de aquellos días, porque el pueblo no olvida nunca lo que brilla y truena.

Vivió feliz Alvargonzález con el amor de su esposa y el medro de sus tierras y ganados. Tres hijos tuvo, y, ya crecidos, puso el mayor á cuidar huerta y abejar, otro al ganado, y mandó al menor á estudiar en Osma, porque lo destinaba á la iglesia.

Mucha sangre de Caín tiene la gente labradora. La envidia armó pelea en el hogar de Alvargonzález. Casáronse los mayores, y el buen padre tuvo nueras que antes de darle nietos, le trajeron cizaña. Malas hembras y tan codiciosas para sus casas, que sólo pensaban en la herencia que les cabria á la muerte de Alvargonzález, y por ansia de lo que esperaban, no gozaban lo que tenían.

El menor, á quien los padres pusieron en el seminario, prefería las lindas mozas, á rezos y latines, y colgó un día la sotana, dispuesto á no vestirse más por la cabeza. Declaró que estaba resuelto á embarcarse para las Américas. Soñaba con correr tierras y pasar los mares, y ver el mundo entero.

Mucho lloró la madre, Alvargonzález vendió el encinar, y dio á su hijo cuanto había de heredar.

— Toma lo tuyo, hijo mío, y que Dios te acompañe. Sigue tu idea y sabe que mientras tu padre viva, pan y lecho tienes en esta casa; pero á mi muerte, todo será de tus hermanos.

 Ya tenía Alvargonzález la frente arrugada, y por la barba le plateaba el bozo azul de la cara. Eran sus hombros todavía robustos y erguida su cabeza, que sólo blanqueaba en las sienes.

Una mañana de otoño salió sólo de su casa, no iba como otras veces, entre sus finos galgos, terciada á la espalda la escopeta. No llevaba arreo de cazador ni pensaba en cazar. Largo camino anduvo bajo los álamos amarillos de la ribera, cruzó el encinar y, junto á una fuente que un olmo gigantesco sombreaba, detúvose fatigado. Enjugó el sudor de su frente, bebió algunos sorbos de agua y acostóse en la tierra.

Y á solas hablaba con Dios Alvargonzález, diciendo: «Dios, mi señor, que colmaste las tierras que labran mis manos, á quien debo pan en mi mesa, mujer en mi lecho y por quien crecieron robustos los hijos que engendré, por quien mis majadas rebosan de blancas merinas y se cargan de fruto los árboles de mi huerto y tienen miel las colmenas de mi abejar; sabe, Dios mío, que sé cuanto me has dado, antes que me lo quites.

Se fué quedando dormido mientras así rezaba; porque la sombra de las ramas y el agua que brotaba la piedra, parecían decirle: Duerme y descansa.

Y durmió Alvargonzález, pero su ánimo no había de reposar porque los sueños aborrascan el dormir del hombre.

Y Alvargonzález soñó que una voz le hablaba, y veía como Jacob una escala de luz que iba del cielo á la tierra. Sería tal vez la franja de sol que filtraban las ramas del olmo.

Difícil es interpretar los sueños que desatan el haz de nuestros propósitos para mezclarlos con recuerdos y temores. Muchos créen adivinar lo que ha de venir estudiando los sueños. Casi siempre yerran, pero alguna vez aciertan. En los sueños malos, que apesadumbran el corazón del durmiente, no es difícil acertar. Son estos sueños memorias de lo pasado, que teje y confunde la mano torpe y temblorosa de un personaje invisible: el miedo.

Soñaba Alvargonzález en su niñez. La alegre fogata del hogar, bajo la ancha y negra campana de la cocina y en torno al fuego, Sus padres y sus hermanos. Las nudosas manos del viejo acariciaban la rubia candela. La madre pasaba las cuentas de un negro rosario. En la pared ahumada, colgaba el hacha reluciente, con que el viejo hacía leña de las ramas de roble.

Seguía soñando Alvargonzález, y era en sus mejores días de mozo. Una tarde de verano y un prado verde tras de los muros de una huerta. A la sombra, y sobre la yerba, cuando el sol caía, tiñendo de luz anaranjada las copas de los castaños, Alvargonzález levantaba el odre de cuero y el vino rojo caía en su boca, refrescándole la seca garganta. En torno suyo estaba la familia de Peribáñez: los padres y las tres lindas hermanas. De las ramas de la huerta y de la yerba del prado se elevaba una armonía de oro y cristal, como si las estrellas cantasen en la tierra antes de aparecer dispersas en el cielo silencioso. Caía la tarde y sobre el pinar obscuro, aparecía, dorada y jadeante, la luna llena, la hermosa luna del amor, sobre el campo tranquilo.

Como si las hadas que hilan y tejen los sueños, hubiesen puesto en sus ruecas un mechón de negra lana, ensombrecióse el soñar de Alvargonzález, y una puerta dorada abrióse lastimando el corazón del durmiente.

Y apareció un hueco sombrío y al fondo, por tenue claridad iluminada, el hogar desierto y sin leña. En la pared colgaba de una escarpia el hacha bruñida y reluciente.

El sueño abrióse al día claro. Tres niños juegan á la puerta de la casa. La mujer vigila, cose, y á ratos sonríe. Entre los mayores brinca un cuervo negro y lustroso de ojo acerado.

 — ¿Hijos, que hacéis? les pregunta.

Los niños se miran y callan.

— Subid al monte, hijos míos, y antes que caiga la noche, traedme un brazado deleña.

 Los tres niños se alejan. El menor, que ha quedado atrás, vuelve la cara y su madre lo llama. El niño vuelve hacia la casa y los hermanos siguen su camino hacia el encinar.

Y es otra vez el hogar, el hogar apagado y desierto, y en el muro colgaba el hacha reluciente.

Los mayores de Alvargonzález vuelven del monte con la tarde, cargados de estepas. La madre enciende el candil y el mayor arroja astillas y jaras sobre el tronco de roble, y quiere hacer el fuego en el hogar. Cruje la leña y los tueros, apenas encendidos, se apagan. No brota la llama en el lar de Alvargonzález. A la luz del candil brilla el hacha en el muro, y esta vez parece que gotea sangre.

— Padre, la hoguera no prende; está la leña mojada.

Acude el Segundo y también se afana por hacer lumbre. Pero el fuego no quiere brotar.

El más pequeño echa sobre el hogar un puñado de estepas, y una roja llama alumbra la cocina. La madre sonríe, y Alvargonzález coge en brazos al niño y lo sienta en sus rodillas, á la diestra del fuego.

Aunque el último has nacido, tú eres el primero en mi corazón y el mejor de mi casta; porque tus manos hacen el fuego.

Los hermanos pálidos como la muerte se alejan por los rincones del sueño. En la diestra del mayor brilla el hacha de hierro.

Junto á la fuente dormía Alvargonzález, cuando el primer lucero brillaba en el azul, y una enorme luna teñida de púrpura se asomaba al campo ensombrecido. El agua que brotaba en la piedra parecía relatar una historia vieja y triste; la historia del crimen en el campo.

Los hijos de Alvargonzález caminaban silenciosos, y vieron al padre dormido junto á la fuente. La sombras que alargaban la tarde llegaron al durmiente antes que los asesinos. La frente de Alvargonzález tenía un tachón sombrío entre las cejas, como la huella de una segur sobre el tronco de un roble. Soñaba Alvargonzález que sus hijos venían á matarle, y al abrir los ojos vio que

era cierto lo que soñaba.

Mala muerte dieron al labrador, los malos hijos, á la vera de la fuente. Un hachazo en el cuello y cuatro puñaladas en el pecho pusieron fin al sueño de Alvargonzález. El hacha que tenían de sus abuelos y que tanta leña cortó para el hogar, tajó el robusto cuello que los años no habían doblado todavía, y el cuchillo con que el buen padre cortaba el pan moreno que repartía á los suyos en torno de la mesa, hendido había el más noble corazón de aquella tierra. Porque Alvargonzález era bueno para su casa, pero era también mucha su caridad en la casa del pobre. Como padre habían de llorarle cuantos alguna vez llamaron á su puerta, ó alguna vez le vieron en los umbrales de las suyas.

Los hijos de Alvargonzález no saben lo que han hecho. Al padre muerto arrastran hacia un barranco, por donde corre un río que busca al Duero. Es un valle sombrío lleno de heléchos, hayedos y pinares.

Y lo llevan á la Laguna Negra, que no tiene fondo, y allí lo arrojan con una piedra atada á los piés. La laguna está rodeada de una muralla gigantesca de rocas grises y verdosas, donde anidan las águilas y los buitres. Las gentes de la sierra en aquellos tiempos no osaban acercarse á la laguna ni aun en los días claros. Los viajeros que, como Vd., visitan hoy estos lugares, han hecho que se les pierda el miedo.

Los hijos de Alvargonzález tornaban por el valle, entre los pinos gigantescos y las hayas decrépitas. No oían el agua que sonaba en el fondo del barranco. Dos lobos asomaron, al verles pasar. Los lobos huyeron espantados. Fueron á cruzar el río, y el río tomó por otro cauce, y en seco lo pasaron. Caminaban por el bosque para tornar á su aldea con la noche cerrada, y los pinos, las rocas y los heléchos por todas partes les dejaban verada como si huyesen de los asesinos. Pasaron otra vez junto á la fuente, y la fuente, que contaba su vieja historia, calló mientras pasaban, y aguardó á que se alejasen para seguir contándola.

Así heredaron los malos hijos la hacienda del buen labrador que una mañana de otoño salió de su casa, y no volvió ni podía volver. Al otro día se encontró su manta cerca de la fuente y un reguero de sangre camino del barranco. Nadie osó acusar el crimen á los hijos de Alvargonzález, porque el hombre del campo teme al poderoso, y nadie se atrevió á sondar la laguna, porque hubiera sido inútil. La laguna jamás devuelve lo que se traga. Un buhonero que erraba por aquellas tierras fué preso y ahorcado en Soria, á los dos meses, porque los hijos de Alvargonzález le entregaron á la justicia, y con testigos pagados lograron perderle.

La maldad de los hombres es como la Laguna Negra, que no tiene fondo.

La madre murió á los pocos meses. Los que la vieron muerta una mañana, dicen que tenía cubierto el rostro entre las manos frías y agarrotadas.

 El sol de primavera iluminaba el campo verde, y las cigüeñas sacaban á volar á sus hijuelos en el azul de los primeros días de mayo. Crotoraban las codornices entre los trigos jóvenes; verdeaban los álamos del camino y de las riberas, y los ciruelos del huerto se llenaban de blancas flores. Sonreían las tierras de Alvargonzález á sus nuevos amos, y prometían cuanto había rendido al viejo labrador.

Fué un año de abundancia en aquellos campos. Los hijos de Alvargonzález comenzaron á descargarse del peso de su crimen, porque á los malvados muerde la culpa cuando temen al castigo de Dios ó de los hombres; pero si la fortuna ayuda y huye el temor, comen su pan alegremente, como si estuviera bendito.

Mas la codicia tiene garras para coger, pero no tiene manos para labrar. Cuando llegó el verano siguiente, la tierra empobrecida, parecía fruncir el ceño á sus señores. Entre los trigos había más amapolas y hierbajos, que rubias espigas. Heladas tardías habían matado en flor los frutos de la huerta. Las ovejas morían por docenas porque una vieja, á quien se tenía por bruja, les hizo mala hechicería. Y si un año era malo, otro peor le seguía. Aquellos campos estaban malditos, y los Alvargonzález venían tan á menos, como iban á más querellas y enconos entre las mujeres. Cada uno de los hermanos tuvo dos hijos que no pudieron lograrse, porque el odio había envenenado la leche de las madres.

Una noche de invierno, ambos hermanos y sus mujeres rodeaban el hogar, donde ardía un fuego mezquino que se iba extinguiendo poco á poco. No tenían leña, ni podían buscarla á aquellas horas. Un viento helado penetraba por las rendijas del postigo, y se le oía bramar en la chimenea. Fuera, caía la nieve en torbellinos. Todos miraban silenciosos las ascuas mortecinas, cuando llamaron á la puerta.

— ¿Quién será á estas horas? dijo el mayor. Abre tú.

Todos permanecieron inmóviles sin atreverse á abrir.

Sonó otro golpe en la puerta y una voz que decía:

— Abrid, hermanos.

— ¡Es Miguel! Abrámosle.

Cuando abrieron la puerta, cubierto de nieve y embozado en un largo capote entró Miguel, el menor de Alvargonzález, que volvía de las Indias.

Abrazó á sus hermanos, y se sentó con ellos cerca del hogar. Todos quedaron silenciosos. Miguel tenía los ojos llenos de lágrimas, y nadie le miraba frente á frente. Miguel, que abandonó su casa siendo niño, tornaba hombre y rico. Sabía las desgracias de su hogar, mas no sospechaba de sus hermanos. Era su porte, caballero. La tez morena, algo quemada, y el rostro enjuto, porque las fiebres de Ultramar dejan siempre huella, pero en la mirada de sus grandes ojos brillaba la juventud. Sobre la frente, ancha y tersa, su cabello castaño caía en finos bucles. Era el más bello de los tres hermanos, porque al mayor le afeaba el rostro lo espeso de las cejas velludas, bajo la estrecha frente, y al segundo, los ojos pequeños, inquietos y cobardes, de hombre astuto y cruel.

Mientras Miguel permanecía mudo y abstraído, sus hermanos le miraban al pecho, donde brillaba una gruesa cadena de oro.

El mayor rompió el silencio, y dijo :

— ¿Vivirás con nosotros?

— Si queréis, contestó. Mi equipaje llegará mañana.

— Unos suben y otros bajan, añadió el segundo. Tú traes oro y nosotros, ya ves, ni leña tenemos para calentarnos.

El viento batía, la puerta y el postigo, y aullaba en la chimenea. El frío era tan grande, que estremecía los huesos.

Miguel iba á hablar cuando llamaron otra vez á la puerta. Miró á sus hermanos como preguntándoles quien podría ser á aquellas horas. Sus hermanos temblaban de espanto.

Llamaion otra vez, y Miguel abrió.

Apareció el hueco sombrío de la noche, y una racha de viento le salpicó de nieve el rostro. No vio á nadie en la puerta, mas divisó una figura que se alejaba bajo los copos blancos. Cuando volvió á cerrar, notó que en el umbral había un montón de leña. Aquella noche ardió una hermosa llama en el hogar de Alvargonzález.

Fortuna traía Miguel de las Américas, aunque no tanta como soñara la codicia de sus hermanos. Decidió afincar en aquella aldea donde había nacido, mas como sabía que toda la hacienda era de sus hermanos, les compró una parte, dándoles por ella mucho más oro del que nunca había valido. Cerróse el trato, y Miguel comenzó á labrar en las tierras malditas.

El oro devolvió la alegría al corazón de los malvados. Gastaron sin tino en el regalo y el vicio, y tanto mermaron su ganancia, que al año volvieron á cultivar la tierra abandonada.

Miguel trabajaba de sol á sol. Removió la tierra con el arado, limpióla de malas hierbas, sembró trigo y centeno, y mientras los campos de sus hermanos parecían desmedrados y secos, los suyos se colmaron de rubias y macizas espigas. Sus hermanos le miraban con odio y con envidia. Miguel les ofreció el oro que le quedaba á cambio de las tierras malditas.

Las tierras de Alvargonzález eran ya de Miguel, y á ellas tornaba la abundancia de los tiempos del viejo labrador. Los mayores gastaban su dinero en locas francachelas. El juego y el vino llevábanles otra vez á la ruina.

Una noche volvían borrachos á su aldea, porque habían pasado el día bebiendo y festejando en una feria cercana. Llevaba el mayor el ceño fruncido y un pensamiento feroz bajo la frente.

— ¿Cómo te explicas tú la suerte de Miguel? dijo á su hermano.

— La tierra le colma de riquezas, y á nosotros nos niega un pedazo de pan.

— Brujería y artes de Satanás, contestó el segundo.

Pasaban cerca de la huerta, y se les ocurrió asomarse á la tapia. La huerta estaba cuajada de frutos. Bajo los árboles, y entre los rosales, divisaron un hombre encorvado hacia la tierra.

— Mírale, dijo el mayor. Hasta de noche trabaja.

— ¡Eh! Miguel, le gritaron.

Pero el hombre aquél no volvía la cara. Seguía trabajando en la tierra, cortando

ramas ó arrancando hierbas. Los dos atónitos borrachos, achacaron al vino que les aborrascaba la cabeza, el cerco de luz que parecía rodear la figura del hortelano. Después, el hombre se levantó y avanzó hacia ellos sin mirarles, como si buscase otro rincón del huerto para seguir trabajando. Aquel hombre tenía el rostro del viejo labrador. ¡De la laguna sin fondo había salido Alvargonzález para labrar el huerto de Miguel!

Al día siguiente, ambos hermanos recordaban haber bebido mucho vino y visto cosas raras en su borrachera. Y siguieron gastando su dinero hasta perder la última moneda. Miguel labraba sus tierras, y Dios le colmaba de riqueza.

Los mayores volvieron á sentir en sus venas la sangre de Caín, y el recuerdo del crimen les azuzaba al crimen.

Decidieron matar á su hermano, y así lo hicieron.

Ahogáronle en la presa del molino, y una mañana apareció Miguel flotando sobre el agua.

Los malvados lloraron aquella muerte con lágrimas fingidas, para alejar sospechas en la aldea donde nadie les quería. No faltaba quien les acusase del crimen en voz baja, aunque ninguno osó llevar pruebas á la justicia.

Y otra vez volvió á los malvados la tierra

de Alvargonzález.

Y el primer año tuvieron abundancia porque cosecharon la labor de Miguel, pero al segundo, la tierra se empobreció.

Un día, seguía el mayor encorvado sobre la reja del arado que abría penosamente un surco en la tierra. Cuando volvió los ojos, reparó que la tierra se cerraba y el surco desaparecía.

Su hermano cavaba en la huerta, donde sólo medraban las malas hierbas, y vio que de la tierra brotaba sangre. Apoyado en la azada contemplaba la huerta, y un frío sudor corría por su frente.

Otro día, los hijos de Alvargonzález tomaron silenciosos el camino de la Laguna Negra.

Cuando caía la tarde, cruzaban por entre las hayas y los pinos.

Dos lobos que se asomaron á verles, huyeron espantados.

Al llegar á la laguna contemplaron un momento el agua tranquila.

¡Padre! gritaron, y cuando en los huecos de las rocas el eco repetía : ¡padre! ¡padre! ¡padre! ya se los había tragado el agua de la laguna sin fondo.

 Antonio Machado, versión en prosa, que se publicó en enero de 1912 en la revista “Mundial Magacine”.

 

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Los viernes chiste: Boda Musulmana

“El propósito del chiste consiste en reforzar la armonía y cohesión del grupo que comparte tanto el chiste como sus sobrentendidos. Los chistes tienden a reafirmar los prejuicios populares: los universales chistes étnicos, los casi igualmente universales y variados chistes misógenos o los que hacen burlas de las discapacidades físicas son buena prueba de ello”. Derek Brewer

Pareja musulmana

 

Boda Musulmana

Una pareja árabe moderna, residentes en Logroño, están preparando su casamiento religioso y visita a un Mullah (erudito en las leyes del Corán, equivalente a un cura), de la capital riojana, para celebrar un matrimonio al estilo musulmán.

La futura pareja realiza la siguiente consulta a su Mullah:

Nosotros sabemos que según la tradición del Islam, los hombres bailan con los hombres y las mujeres con las mujeres, pero en nuestra fiesta nos gustaría contar con su permiso para que todos bailemos juntos….

¡¡¡ABSOLUTAMENTE NO!!!, dijo el Mullah. Eso es inmoral. Hombres y mujeres deben bailar SIEMPRE SEPARADOS.

¿Entonces, después de la ceremonia, yo no podré bailar con MI ESPOSA?, pregunta el afligido novio.

¡¡NO!!!, sabéis que eso está prohibido en el Islam.

Pero entonces, usted sabe . y… ¿qué tal el sexo?

Ahhhhh, eso por supuesto que sí. ¡Alá es grande!. En el Islam el sexo es muy bueno… con él se puede tener hijos.

Y… esteee… ¿podremos practicar diversas posiciones?

Alá es grande. Sin problemas, responde el Mullah.

¿La mujer por encima?

¡Claro!- dice el Mullah. Alá es Grande. ¡Puedes hacerlo!

¿En serio?, ¿de costado?, ¿cucharita?, ¿69?, ¿96?, ¿tortuga renga?, ¿pollito pastando?, ¿a lo perrito?, ¿el pescado tuerto?, ¿vuelo del cóndor?, ¿como Caperucita?, ¿con servilleta?, ¿rosas en el aire?, ¿hormiguitas-hormiguitas?, ¿como gallito en el potrero?, ¿armas al hombro?

¡Pero claro! ¡Alá es Grande!

¿En la mesa, en la cómoda, en el ropero, en el respaldo de la cama, en la puerta sujetados de la manija, en la ventana con el **** pa la calle, en el velador con la lámpara prendida, en el sofá con las patas al techo?

¡Sí, sí, sí! ¡Alá es Grande!

¿Podré entonces hacerlo con mis cuatro esposas juntas, en colchones de agua, con una botella de óleo tibio, con chantilly, accesorios diversos, videos degenerados?

Usted puede, claro que sí. ¡Alá es Grande!

¿Podemos hacerlo de pié?

¡¡¡No, no, no, no, no!!! ¡¡¡DE NINGUNA MANERA DE PIÉ!!!

¿Y por qué no?, pregunta sorprendido el hombre.

Porque…. ¡¡¡ PUEDEN ENTUSIASMARSE Y TERMINAR BAILANDO¡¡¡.

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Odio a los indiferentes

«Es demasiado fácil ser original limitándose simplemente a hacer lo contrario de lo que hacen los demás; esto es sólo mecánica. Lo que es de verdad difícil es insistir en la disciplina y la socialidad, y seguir profesando la sinceridad, la espontaneidad, la originalidad y la personalidad».  Antonio Gramsci

Antonio Gramsci, político, pedagogo, filósofo, periodista y teórico marxista italiano, nació en Ales, Cerdeña, un 22 de enero de 1891, y murió en el hospital de una cárcel, en Roma, un 27 de abril de 1937 tras cumplir más de 10 años de los 20 años de prisión a los que le condenó el gobierno de Mussolini. Injustamente ignorada y manipulada su vida y obra, creo digno de compartir en el ambigú un texto-reflexión suyo, de total actualidad hoy día, a pesar de haber transcurrido más de cien años desde que se escribió. J.L.Soba

xGramsci

Odio a los indiferentes

“… Odio a los indiferentes. Creo que vivir quiere decir tomar partido.

Quien verdaderamente vive, no puede dejar de ser ciudadano y partisano.

La indiferencia y la abulia son parasitismo, son bellaquería, no vida.

Por eso odio a los indiferentes.

La indiferencia es el peso muerto de la historia.

La indiferencia opera potentemente en la historia. Opera pasivamente, pero opera.

Es la fatalidad; aquello con que no se puede contar.

Tuerce programas, y arruina los planes mejor concebidos.

Es la materia bruta desbaratadora de la inteligencia.

Lo que sucede, el mal que se abate sobre todos, acontece porque la masa de los hombres abdica de su voluntad, permite la promulgación de leyes, que sólo la revuelta podrá derogar; consiente el acceso al poder de hombres, que sólo un amotinamiento conseguirá luego derrocar.

La masa ignora por despreocupación; y entonces parece cosa de la fatalidad que todo y a todos atropella:

al que consiente, lo mismo que al que disiente, al que sabía, lo mismo que al que no sabía, al activo, lo mismo que al indiferente.

Algunos lloriquean piadosamente, otros blasfeman obscenamente, pero nadie o muy pocos se preguntan:

¿si hubiera tratado de hacer valer mi voluntad, habría pasado lo que ha pasado?

Odio a los indiferentes también por esto:

porque me fastidia su lloriqueo de eternos inocentes.

Pido cuentas a cada uno de ellos:

cómo han acometido la tarea que la vida les ha puesto y les pone diariamente, qué han hecho, y especialmente, qué no han hecho.

Y me siento en el derecho de ser inexorable y en la obligación de no derrochar mi piedad, de no compartir con ellos mis lágrimas.

Soy partidista, estoy vivo, siento ya en la consciencia de los de mi parte el pulso de la actividad de la ciudad futura que los de mi parte están construyendo.

Y en ella, la cadena social no gravita sobre unos pocos; nada de cuanto en ella sucede es por acaso, ni producto de la fatalidad, sino obra inteligente de los ciudadanos.

Nadie en ella está mirando desde la ventana el sacrificio y la sangría de los pocos.

Vivo, soy partidista. Por eso odio a quien no toma partido, odio a los indiferentes…”

Antonio Gramsci, 11 de febrero de 1917

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Agradece

“Levantémonos y seamos agradecidos, porque si no aprendimos mucho hoy, al menos hemos aprendido un poco, y si no aprendimos un poco, al menos no nos enfermamos, y si enfermamos, al menos no nos hemos muerto; así que vamos a ser agradecidos”.   Buda


What_is_BuddhismAgradece

xEEE42n una ocasión un hombre vino a Buda y le escupió la cara. Sus discípulos, por supuesto estaban enfurecidos.

Ananda el discípulo más cercano, dirigiéndose a Buda dijo: ¡Esto pasa de la raya! Y estaba rojo de irá y prosiguió: ¡Dame permiso! ¡Para que le enseñe a éste hombre lo que acaba de hacer!

Buda se limpió la cara y dijo al hombre: GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS.

Has creado, una situación, un contexto, en el que he podido comprobar sí todavía puede invadirme la irá o no, y no puede, y te estoy tremendamente agradecido, y también has creado un contexto para mis discípulos, principalmente para Ananda mi discípulo más cercano.

Esto le permite ver que todavía puede invadirle la irá ¡Muchas gracias! ¡Te estamos muy agradecidos! Y siempre estás invitado a venir. Por favor, siempre que sientas el imperioso deseo de escupirle a alguien puedes venir con nosotros.

Fue una conmoción tal para aquel hombre… No podía dar crédito a sus oídos, no podía creer lo que estaba sucediendo, había venido a provocar la irá de Buda, y había fracasado.

Aquella noche no pudo dormir, estuvo dando vueltas en la cama, los pensamientos le perseguían continuamente: El escupir a Buda, una de las cosas más insultantes, y que el Buda permaneciese tan sereno tan en calma como lo había estado antes, como sí no hubiese pasado nada… El que Buda se limpiase la cara y dijera: “GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS, cuando sientas ganas de escupir a alguien, por favor ven a nosotros”, se acordaba una y otra vez …

Aquella cara tranquila, serena, aquellos ojos compasivos, y cuando Buda le dio las gracias, no fue una formalidad le estaba verdaderamente agradecido, todo su ser, le decía que estaba agradecido, Buda desprendía una atmósfera de agradecimiento.

A la mañana siguiente muy temprano, volvió precipitado, se postró a los pies de Buda y dijo: Por favor perdóname no he podido dormir en toda la noche.

Buda respondió, no tiene la menor importancia, no pidas perdón por algo que ya no tiene existencia. ¡Ha pasado tanta agua por el río Ganges! Mira ¡Discurre tanta agua a cada momento! Han pasado 24 horas, por qué cargas con algo que ya no existe, ¡no pienses más en ello!

Y además, yo no te puedo perdonar, porque en primer lugar nunca llegue a enojarme contigo, si me hubiera enojado te podría perdonar, guarda la experiencia y aprende profundamente de estos hechos y del agradecimiento.

 

 

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