Los panes negros

Pan-negro

Los panes negros

xeeds2n aquel tiempo, Nicolás Nerli era banquero en la noble ciudad de Florencia. A la hora de tercia se encontraba ya sentado ante su pupitre, y a la hora de nona aún estaba allí sentado, haciendo cuentas todo el día en sus tablillas. Nicolás Nerli prestaba dinero al Emperador y al Papa. Y si no le prestaba dinero al diablo era porque temía hacer malos negocios con el que nombramos el Maligno y que no carece de artimañas.

Era audaz y desconfiado. Había adquirido grandes riquezas y despojado a mucha gente. Por ello era respetado en la ciudad de Florencia. Vivía en un palacio en el que la luz que Dios creó no entraba sino por estrechas ventanas; eso era por prudencia, pues la mansión de un rico debe ser como una ciudadela y los que poseen grandes bienes hacen bien en defender por la fuerza lo que han adquirido por la astucia.

El palacio de Nicolás Nerli se encontraba pues provisto de rejas y cadenas. En su interior, los muros estaban decorados con pinturas de expertos maestros que habían representado en ellas las Virtudes como mujeres, los patriarcas, los profetas y los reyes de Israel. Los tapices expuestos en las habitaciones ofrecían a la vista las historias de Alejandro y de Tristán tal como las cuentan en los libros. Nicolás Nerli hacía brillar su riqueza en toda la ciudad por medio de fundaciones piadosas.

Había mandado construir un hospital en la zona de extramuros cuyo friso, esculpido y pintado, representaba las acciones más honorables de su vida; en reconocimiento por las sumas de dinero que había donado para acabar Santa María la Nueva, su retrato se hallaba expuesto en el coro de esta iglesia. Se le veía en él arrodillado, con las manos juntas, a los pies de la Santísima Virgen. Se le reconocía por su gorro de lana roja, su abrigo forrado, su rostro rollizo y sus ojillos despiertos. Su buena esposa, Mona Bismantova, con expresión honesta y triste, que se podría pensar que jamás nadie hubiera obtenido de ella algún placer, se hallaba al otro lado de la Virgen, en humilde actitud orante. Aquel hombre era uno de los primeros ciudadanos de la República; como no había hablado jamás mal de las leyes y no se preocupaba en absoluto de los pobres ni de aquellos a los que los poderosos del momento condenan a pagar multas o al exilio, no había disminuido nada, en la opinión de los magistrados, la estima que había adquirido a sus ojos por su gran riqueza.

Una noche de invierno, al regresar a su palacio algo más tarde de lo habitual, fue rodeado ante el umbral de su puerta por un grupo de mendigos medio desnudos que le tendían la mano. Los apartó con duras palabras. Pero el hambre hace a los hombres ariscos y osados como los lobos: formaron un círculo a su alrededor y le pidieron pan con voz quejumbrosa y ronca. Estaba inclinándose ya para recoger piedras y lanzárselas, cuando vio llegar a uno de sus criados que llevaba sobre la cabeza una cesta de panes de centeno, destinados a los empleados de las cuadras, de la cocina y de los jardines.

Hizo una señal al de los panes para que se acercara, y, sacándolos de la cesta con ambas manos, les arrojó los panes a los menesterosos. Luego, entró en su casa, se acostó y se quedó dormido. Mientras dormía, sufrió un ataque de apoplejía y murió tan de repente que creía que se encontraba aún en su lecho cuando vio, en un rincón oscuro, a San Miguel iluminado por el resplandor que irradiaba de su propio cuerpo. El arcángel, con la balanza en la mano, estaba cargando los platillos. Al reconocer en el platillo que pesaban más las joyas de las viudas que guardaba como fianza, la multitud de recortes de escudos indebidamente retenidos y algunas piezas de oro muy bellas, que sólo él poseía y que había adquirido por usura o por fraude, Nicolás Nerli reconoció que era su vida, ya finalizada, lo que san Miguel estaba pesando en su presencia. Miró atento y preocupado.

-Señor San Miguel -le dijo-, si ponéis en un platillo todas las ganancias que he obtenido en mi vida, colocad en el otro, os lo ruego, las hermosas fundaciones con las que he puesto de manifiesto mi piedad. No olvidéis la cúpula de Santa María la Nueva a la que contribuí financiando la tercera parte, ni el hospital de extramuros, que he construido por completo con mi dinero.

-No temáis, Nicolás Nerli -respondió el arcángel-. No me olvidaré de nada.

Y con sus manos gloriosas colocó en el otro platillo la cúpula de Santa María la Nueva y el hospital con el friso esculpido y pintado. Pero el platillo no se movió. El banquero sintió gran inquietud.

-Señor san Miguel -dijo de nuevo-, buscad bien. No habéis colocado en ese platillo de la balanza ni mi hermosa pila del agua bendita de San Juan, ni el púlpito de San Andrés, en donde está representado el bautismo del Nuestro Señor a tamaño natural. Es una obra que me costó muy cara.

El arcángel colocó el púlpito y la pila encima del hospital en el platillo, que tampoco se movió. Nicolás Nerli empezó a notar que su frente se inundaba de un sudor frío.

-Señor arcángel -preguntó-, ¿estáis seguro de que vuestra balanza funciona correctamente?

San Miguel respondió sonriendo que, al no ser la balanza como las que usan los lombardos de París ni como las que usan los cambistas de Venecia, aquélla no carecía en absoluto de exactitud.

-¡Cómo! -suspiró Nicolás Nerli, completamente lívido-, ¿la cúpula, el púlpito, la pila, el hospital con todas sus camas, no pesan, pues, más que una brizna de paja o que el plumón de un pájaro?

-Ya lo estáis viendo, Nicolás -dijo el arcángel-, y, hasta el momento, el peso de vuestras iniquidades es muy superior al peso ligero de vuestras buenas acciones.

-Voy a ir al infierno, pues -dijo el florentino. Y sus dientes castañeteaban de espanto.

-¡Tened paciencia, Nicolás Nerli -prosiguió el pesador celeste-, paciencia! No hemos terminado aún. Nos queda esto.

Y el bienaventurado Miguel tomó los panes de centeno que el rico les había lanzado a los pobres la víspera. Los colocó en el platillo de las buenas obras, que descendió de repente, mientras que el otro subía, quedando ambos platillos al mismo nivel. El fiel de la balanza no se inclinaba ni a la derecha ni a la izquierda y la aguja indicaba la igualdad perfecta de los dos pesos. El banquero no podía creer lo que veían sus ojos. El glorioso arcángel le dijo:

-Como estás viendo, Nicolás Nerli, no eres apto ni para el cielo ni para el infierno. ¡Anda, regresa a Florencia! Multiplica en tu ciudad esos panes que diste con tus manos, de noche, sin que nadie te viera, y serás salvo. Pues no basta con que el cielo se abra para el ladrón que se arrepiente y para la prostituta que llora. La misericordia de Dios es infinita: es capaz de salvar incluso a un rico. Sé tú ese rico. Multiplica los panes cuyo peso puedes ver en mi balanza. ¡Anda!

Nicolás Nerli se despertó en su lecho. Decidió seguir el consejo del arcángel y multiplicar el pan de los pobres para lograr entrar en el reino de los cielos.

Durante los tres años que pasó sobre la tierra después de su primera muerte, fue caritativo con los menesterosos y muy generoso en limosnas.

 Anatole France  (1895)

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Amarme

¿Si yo no soy para mí, quién será para mí?

¿Si sólo soy para mí, quién soy yo?

¿Y si no ahora, cuándo?

Rabí Hillel

Niño geopolítico mirando el nacimiento del hombre nuevo,obra de Salvador Dalí

Niño geopolítico mirando el nacimiento del hombre nuevo,obra de Salvador Dalí

Amarme

Independientemente de nuestro género sexual, todos poseemos un aspecto femenino y un aspecto masculino internos y la relación entre éstos – la pareja interior – tiende a reproducirse en nuestros vínculos.

Solemos relacionarnos con los aspectos exteriores de la vida a través de su correspondencia con nuestros patrones internos. Así, cuando nos atrae otra persona, la misma está espejando aspectos tanto conscientes como inconscientes de nuestro propio ser.

Habitualmente esperamos que el otro/a nos proporcione aquello de lo que carecemos, o creemos carecer. Muchos de los conflictos que atravesamos en la vida tienen una trastienda de baja autoestima. En las dificultades dentro del ámbito de la pareja, en el plano laboral, en las relaciones con familiares y amigos existen siempre zonas profundas en las que no confiamos. Algunas tienen que ver con creencias de base, que desmoronan la fe en nosotros mismos de manera visible y obvia; otras son creencias que subyacen bajo capas de un aparente “todo está bien”.

Construir la propia autoestima es plantar las semillas para amarse a sí mismo, la base para cualquier relación amorosa con otra persona.

Al mencionar la idea de amarse más y mejor a sí mismo podríamos temer caer en un amor narcisista que, más que acercarnos, nos aparte del resto de la humanidad. Esta propuesta no implica quedarnos, como Narciso, prendidos al propio reflejo en el estanque, embelesados con nuestra imagen. Se trata más bien de reconocer y revalorizar todo lo que tenemos de positivo. Cuando nos conectamos con nuestras partes más luminosas y amorosas absorberemos la energía necesaria para ingresar también en los rincones más oscuros, construyendo así una percepción más plena de quién somos verdaderamente.

La forma en que nos describimos colorea todas nuestras experiencias. ¿Quién sabe desde cuándo o desde quién comenzamos a definirnos de determinada manera? Lo cierto es que todas nuestras ideas y pensamientos producen resultados, y nuestros diálogos internos son la base sobre la cual construimos nuestra experiencia de la realidad. Todo cuanto consideremos real o verdadero se convierte, eventualmente, en una realidad para nosotros.

Es clásico el ejemplo de quien cree que es rechazado por otros. Sin proponérselo, su actitud y su expresión hacen que efectivamente lo rechacen. Si tengo la idea de que no soy lo suficientemente valiosa como mujer y que debido a ello mi pareja me abandonará, comenzaré a aferrarme, a exigir, a reprochar y controlar, y estas reacciones lo inducirán eventualmente a distanciarse y/o a abandonarme, confirmando así mi creencia.

Estas son las famosas profecías auto-cumplidas, en las que terminamos creando lo temido, atrayendo hacia nosotros precisamente aquello que tratábamos de evitar.

A todos nos hubiera gustado escuchar frases amorosas de nuestros padres, y nos gustaría que nuestra pareja y amigos nos dijesen cuánto valemos. Sin embargo, nos cuesta decírnoslo a nosotros mismos.

Tendemos a esperar que sean los demás quienes retruquen nuestra percepción negativa con halagos, felicitaciones y miradas de aprobación. Sin duda es agradable recibir alabanzas, pero esa dosis de autoestima foránea no es duradera ni suficiente.

Lamentablemente, vivimos con la sensación de que el amor está fuera de nosotros, que es algo que nos dan o nos quitan, un regalo, un premio, algo que merecemos o dejamos de merecer en función de que cumplamos con determinados requisitos (ser jóvenes, delgados, atractivos, inteligentes, exitosos, carismáticos, etc.)

Desde pequeños recibimos una serie de mensajes sobre el amor que nos condicionaron, haya sido esto debido a actos, frases escuchadas o sensaciones corporales basadas en acontecimientos vividos, y/o en la interpretación personal que realizamos en función de éstos.

Hoy, ya adultos, necesitamos redefinir nuestra noción del amor.

Para ello, puede ser útil formularnos y responder a las siguientes preguntas:

¿Cuánto soy capaz de amarme a mí mismo?

¿Cuánto me disgusto, critico, condeno, amonesto?

¿Cuánto soy capaz de cuidarme y darme lo que necesito?

¿Cuánto placer me permito tener en mi vida cotidiana?

¿De qué formas me descuido y me abandono?

¿Cuán desarrollada está mi capacidad para dar y recibir? ¿Cuál me resulta más fácil, y por qué? (Frecuentemente preferimos dar a recibir ya que esto último implica mayor vulnerabilidad).

¿Cuán desarrollada está mi capacidad para mostrarme auténticamente? ¿Cuándo me expreso como realmente soy y cuándo muestro una de mis máscaras?

¿Cuál es la creencia personal que más necesito modificar para poder aceptarme y amarme sin condiciones ni exigencias inalcanzables?

Cuando logro darme cuenta de que soy mi propia fuente de amor, todo cambia de dirección – yo soy responsable de transformarme y darme aquello que espero del afuera.

El amor no existe afuera de nosotros – debemos buscarlo en su morada íntima que es nuestro propio corazón.

¿Quién si no yo puede aceptarme y amarme con todas mis características? ¿Quién si no yo conoce la historia de mi niño interno, no para lamentarme sino para sanar mis propias heridas? ¿Quién si no yo tiene en su poder el pasaje de ida y vuelta hacia lo profundo de mi corazón?

Trabajar para construir la propia autoestima es un acto de amor – amor hacia uno mismo que se traduce luego en una mayor capacidad de amar realmente a los demás.

Alicia Schmoller

 

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El eclipse

“Toda la tierra está al alcance del sabio, ya que la patria de un alma elevada es el universo”. Demócrito de Abdera

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El eclipse

xccvbvuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.

Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.

Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.

Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.

-Si me matáis -les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.

Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.

Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.

Augusto Monterroso 

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“El drama de la vida”

“Vida: conjunto de pequeños dramas que, todos juntos, no constituyen más que una comedia.” Sacha Guitry

Raquel Forner - El drama

El drama, obra de la argentina Raquel Forner

 

“El drama de la vida”

 

La vida es un largo drama

de contínuo repetir,

en que todos somos actores

de muy variado perfil.

El mundo es el gran teatro

todo hecho de cartón,

con sus miles falsedades

y trucos al “por mayor”.

El gran paisaje se muestra

todo lleno de esplendor,

y de repente se esfuma

porque en verdad no existió.

Se abre el telón y en escena

aparecen los actores,

haciendo muy bien sus papeles

como buenos finjidores.

Suenan trompetas!… es que viene

saliendo tras bastidores,

don “Hipócrita” risueño

con su horda de traidores.

Aquí se acerca don “Sabio”

engañador como el sólo,

don “Parlanchín” viene al lado

y le sigue don “Tenorio”.

Don “Mentiroso” también

como siempre: “verdadero”,

hace muy bien su papel

de personaje muy serio.

Aquí se acerca don “Falso”

de brazos de “Pendenciero”,

son muy buenos amigazos…

aquí viene don “Misterio”.

Por allí don “Asesino”

que sega vidas inocentes,

con su guadaña sangrienta

colabora con la muerte.

Por allá viene “Holgazán”

muy lentamente por cierto,

pues para mover un pié

le pide permiso primero.

Ojos señores que viene

el “Ladrón”, el muy ladino,

que te quita lo que tienes

con sus atracos y timos.

Doña “Lujuria” ya pasa

también pasa don “Cobarde”,

la primera pasa y deja

una estela de pesares.

El gran drama continua

surgen más y más actores,

con sus fachadas variadas

con sus múltiples colores.

Los espectadores aplauden

y gritan enardecidos,

cuando ven sus propias vidas

representadas con brillo.

De repente… Algo nuevo!

insólito, sorpresivo…

aquí viene el amor puro

todo de blanco vestido.

También viene la “Justicia”

la “Razón” y la “Verdad”,

que bellas lucen, que radiantes,

también se acerca “Bondad”.

Más atrás viene “Valiente”

y siguiéndole “Honradez”,

son dos grandes personajes

sin duda alguna, así es.

Después de un silencio mortal

el público estalla burlón,

gritan: Fuera!, y abuchean…

Queremos algo mejor!

Les lanzan tomates podridos

les injurian, escupen, y hieren,

unos gritan: Que los maten!

otros: Que preso les lleven!

Ellos tristes, desolados,

cabizbajos, abatidos…

dejan la escena, turbados,

rechazados y vencidos…

Y se sigue la función

con su desfile monstruoso,

ante el público que aprueba

y se deleita gozoso.

Es, terminando, el gran drama

en que se ensalza al matón,

y se rebaja hasta el suelo

al de noble corazón.

Ya los valores humanos

no valen, no vale Dios,

para muchos es un mito

el cristianismo de amor.

Lo espiritual, ellos dicen,

es cosa de afeminados,

de débiles y cobardes,

de flojos y fracasados.

Humanidad…Hasta cuando!

rechazarás al que vino,

con el mensaje de cielo

que cambiaría tu destino.

No te parece que es tiempo

de volver sobre tus pasos?

Y tu mirada volver

a aquel hombre del calvario?

R.Gruger  (1958)

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La moneda falsa

“La paz es el resultado de muchas actitudes, todas estas fundamentadas precisamente en la caridad, no entendida como limosna, sino como amor.” Buda

10-francos-1860

La moneda falsa

xccvbvonforme nos alejábamos del estanco, mi amigo iba haciendo una cuidadosa separación de sus monedas; en el bolsillo izquierdo del chaleco deslizó unas moneditas de oro; en el derecho, plata menuda; en el bolsillo izquierdo del pantalón, un puñado de cobre, y, por último, en el derecho, una moneda de plata de dos francos que había examinado de manera particular:

«¡Singular y minucioso reparto!» –dije para mí.

Nos encontramos con un pobre que nos tendió la gorra temblando. Nada conozco más inquietador que la elocuencia muda de esos ojos suplicantes que tienen a la vez, para el hombre sensible que sabe leer en ellos, tanta humildad y tantas reconvenciones. Encuentra algo próximo a esa profundidad de asentimiento complicado en los ojos lacrimosos de los perros cuando se les azota.

El don de mi amigo fue mucho más considerable que el mío, y lo dije: «Hace bien; después del placer de asombrarse, no lo hay mayor que el de causar una sorpresa.» «Era la moneda falsa», me contestó tranquilamente, como para justificar su prodigalidad.

Pero en mi cerebro miserable, siempre ocupado en buscar lo que no se halla (¡qué abrumadora facultad me ha regalado la Naturaleza!), entró de repente la idea de que semejante conducta por parte de mi amigo sólo tenía excusa en el deseo de crear un acontecimiento en la vida de aquel infeliz, y quizá el de conocer las distintas consecuencias, funestas o no, que una moneda falsa puede engendrar en manos de un mendigo. ¿No podía multiplicarse en piezas buenas? ¿No podía llevarle asimismo a la cárcel? Un tabernero, un panadero, por ejemplo, le mandarían acaso detener por monedero falso, o como a expendedor de moneda falsa. También podría ocurrir que la moneda falsa fuese, para un pobre especulador insignificante, germen de la riqueza de algunos días. Y así mi fantasía progresaba, prestando alas a la mente de mi amigo y sacando todas las deducciones posibles de todas las hipótesis posibles.

Pero él rompió bruscamente mi divagación recogiendo mis propias palabras: «Sí, estáis en lo cierto; no hay placer más dulce que el de sorprender a un hombre dándole más de lo que espera.»

Le miré a lo blanco de los ojos y me quedé asustado al ver que en los suyos brillaba un incontestable candor. Entonces vi claro que había querido hacer al mismo tiempo una caridad y un buen negocio; ganarse cuarenta sueldos y el corazón de Dios; alcanzar económicamente el paraíso; lograr, en fin, gratis, credencial de hombre caritativo. Casi le hubiera perdonado el deseo del goce criminal de que le supuse capaz poco antes; me hubiera parecido curioso, singular, que se entretuviera en comprometer a los pobres; pero nunca le perdonaré la inepcia de su cálculo. No hay excusa para la maldad; pero el que es malo, si lo sabe, tiene algún mérito; el vicio más irreparable es el de hacer el mal por tontería.

Charles Baudelaire, en su obra “El spleen de París”, Los pequeños poemas en prosa,  publicado en 1869, dos años después de su muerte.

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El niño al que se le murió el amigo

“Una de las trampas de la infancia es que no hace falta comprender algo para sentirlo. Para cuando la razón es capaz de entender lo sucedido, las heridas en el corazón ya son demasiado profundas” Carlos Ruiz Zafón

Niños comiendo uvas y melón (1645 -1650). obra de Bartolomé Esteban Murillo, Alte Pinakothek de Múnich ( Alemania).

Niños comiendo uvas y melón (1645 -1650). obra de Bartolomé Esteban Murillo, Alte Pinakothek de Múnich ( Alemania).

El niño al que se le murió el amigo

xuuyiyna mañana se levantó y fue a buscar al amigo, al otro lado de la valla. Pero el amigo no estaba, y, cuando volvió, le dijo la madre:

-El amigo se murió.

-Niño, no pienses más en él y busca otros para jugar.

El niño se sentó en el quicio de la puerta, con la cara entre las manos y los codos en las rodillas. «Él volverá», pensó. Porque no podía ser que allí estuviesen las canicas, el camión y la pistola de hojalata, y el reloj aquel que ya no andaba, y el amigo no viniese a buscarlos. Vino la noche, con una estrella muy grande, y el niño no quería entrar a cenar.

-Entra, niño, que llega el frío -dijo la madre.

Pero, en lugar de entrar, el niño se levantó del quicio y se fue en busca del amigo, con las canicas, el camión, la pistola de hojalata y el reloj que no andaba. Al llegar a la cerca, la voz del amigo no le llamó, ni le oyó en el árbol, ni en el pozo. Pasó buscándole toda la noche. Y fue una larga noche casi blanca, que le llenó de polvo el traje y los zapatos. Cuando llegó el sol, el niño, que tenía sueño y sed, estiró los brazos y pensó: «Qué tontos y pequeños son esos juguetes. Y ese reloj que no anda, no sirve para nada».
Lo tiró todo al pozo, y volvió a la casa, con mucha hambre. La madre le abrió la puerta, y dijo:
«Cuánto ha crecido este niño, Dios mío, cuánto ha crecido». Y le compró un traje de hombre, porque el que llevaba le venía muy corto.

Ana María Matute

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Miel y flores

xMonje cartujo en la puerta de la Capilla de la Compasión - Cartuja de Miraflores - Archivo Municipal de Burgos

Monje cartujo en la puerta de la Capilla de la Compasión – Cartuja de Miraflores – Archivo Municipal de Burgos

Miel y flores

(Página del diario de un monje cartujo del Siglo de Oro).

6.45 h.

Me he despertado en mi lecho de hojas de rosa con el trino de una alondra y la picadura de un mosquito. He ahuyentado las moscas y me he aseado en la fuente cristalina. El agua estaba increíblemente fría. Creo que prefiero el baño semanal en el manantial sulfúrico. Me he puesto la túnica de hilo fino y la pelliza de borreguillo. Me he adornado la coronilla con una guirnalda de rosas carmesí, flores que solo pueden lucir quienes habitan aquí desde hace por lo menos dos años. Ahora soy la envidia de los postulantes. Ha cogido el bastón y he bajado.

7.15 h.

He acompañado al coro escolar en los himnos ofrecidos a nuestros Dioses particulares. He tocado la zampoña, aunque bastante mal, tengo que reconocerlo.

7.30 h.

El director llega ataviado con una túnica encarnada nueva y con guirnalda de hojas de menta y englantina. Lo transportan hasta el Campo en una litera sostenida por cuatro monitores corpulentos, precedidos del jefe de estudios, que carga con un libro de Notificaciones.

7.35 h.

Imparte una clase sobre apicultura.

8.15 h.

He desayunado fresas silvestres recién recogidas en el Bosque, con miel, unos tragos de leche de cabra y por equivocación, con un par de tijeretas.

9.15 h.

Me he quedado dormido.

12.15 h.

Me he despertado de mi sueño profundo por culpa de una vaca que me ha confundido con un ranúnculo y ha empezado a mordisquearme el pelo. Le he dicho que era una margarita y se ha marchado.

13.30 h.

He almorzado Miel y Flores. Se me ha acabado la miel, así que he recogido un poco en un frasco de mermelada conforme goteaba de un roble del campo, Ha caído más miel en mi cabeza que en el frasco. Mi único consuelo es que no tendré que ungirme los rizos con aceite en una buena temporada.

14.45 h.

He ido a la «Corona». Allí he devorado una manzana de las Hespérides y he bebido un líquido carmesí.

15.00 h.

He emprendido el camino hacia Lessington. El juego de a «La Caza de la Sandalia» ha terminado con el robo de la sandalia por parte del Centauro peripatético. He jugado al Escondite con una avispa. Ha ganado la avispa.

16.15 h.

Carreras de cabras. Mi cabra se ha dirigido al mayo. Me he enredado entre las guirnaldas de rosas.

17.30 h.

He salido a cazar bestias multicolores por el Campo Inferior. Gracias a mi estrategia he logrado capturar un corderillo verde ceniza con pates vieux rose, una oreja de color garcínia y morado, y la cola azul ultramar. Era tan tímido que el único modo que he tenido de aproximarme a él ha sido encajándome bien la corono de rosas en la cabeza y arrancando un par de ramas de un exuberante madroño en flor, para fingir ser un rosal. He recibido una ducha de agua jabonosa y una buena dosis de herbicida de un preceptor aficionada a a jardinería, pero he atrapado al cordero. Lo llevaba a cuestas a casa cuando me he encontrado con el bardo de a escuela, quien murmuraba algo incomprensible para sus adentros. Iba ataviado con una túnica larga de color violeta y una corona e ruibarbo y hojas de té. Le ha dedicado una oda a mi corderillo que ha muerto entre convulsiones.

18.30 h.

Más miel y flores.

19.30 h.

Me he hecho con una corona de hojas de parra, he agarrado un tirso y me he unido a la bacanal del Patio del Fundador, de cuya fuente siempre mana vino.

21.00 h.

Me he retirado a dormir en mi lecho de hojas de rosa.

 

Robert Graves, Cuentos completos, editados por Lucía Graves (RBA Libros, Barcelona, 2011, págs. 15 a 17).

 

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Plegaria de gratitud

«Si vivimos como respiramos, tomando y soltando, no podremos equivocarnos». Clarissa Pinkola Estés, de su libro ” Las mujeres que corren con lobos”.

Tomasz Alen Kopera

Obra del artista polacoTomasz Alen Kopera

Plegaria de gratitud

Para todas las mujeres maduras y sagaces que están aprendiendo cuando es el momento justo para decir su verdad y no callar, o callar cuando el silencio es más fuerte que las palabras.

Para todas las mujeres que están llegando a la madurez, que están aprendiendo a ser gentiles cuando sería más fácil ser crueles, que saben poder herir cuando la situación lo reclama con un corte neto y preciso, que se están ejercitando a decir toda la verdad con toda piedad.

Para todas aquellas que violan las convenciones y estrechan la mano de los extranjeros saludándolos como si los hubieran visto crecer y los conocieran desde siempre…

Para todas aquellas que están aprendiendo a sacudir los huesos, remover las aguas, y la cama, pero también a aplacar la tempestad.

Para aquellas que custodian el aceite de las lámparas, que mantienen la calma en la vida cotidiana…

Para aquellas que perpetúan los rituales, que recuerdan como encender el fuego con un simple hilo y un sílice…

Para aquellas que recitan las antiguas plegarias, que recuerdan los símbolos, las formas, las palabras, las melodías, las danzas, y aquello que los ritos, en otro tiempo, buscaban aplacar….

Para aquellas que bendicen con frecuencia y con gusto a los demás…

Para aquellas mujeres maduras que no tienen miedo, o que si lo tienen, deciden de todos modos accionar con determinación…

Por ellas… que tengan una larga vida, en fuerza y en salud desplegando todas las velas de su inmenso espíritu.

Clarissa Pinkola Estés, de su libro “La danza de la grandes madres”

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Vive: poema terrenal.

xAlegoría de las tres edades de la vida (1512), cuadro de Tiziano, Galería Nacional de Escocia, Edimburgo

Alegoría de las tres edades de la vida (1512), cuadro de Tiziano, Galería Nacional de Escocia, Edimburgo.

Vive: poema terrenal.

Hay muchas cosas que la vida quiere darte, recíbelas y no tengas miedo. Si no aparecen tan fácilmente, búscalas. Si aparecen ante ti dos veces, no lo dudes y tómalas, es difícil que regresen una tercera vez.

Disfruta más la vida, que es tuya y es una, no se repite, no hay segundos chances; es rara la vez. Alza tu mirada y ve las cosas desde una visión más amplia y extensa, abre los ojos y observa bien. Escucha lo que el aire intenta de decirte. Si sueñas con una persona y despierto la recuerdas, búscala.

Habla y te escucharán. Si tus labios dejan hablar a tu alma, tu alma encontrará a su alma gemela. Conoce lo que no has visto y lo que no has vivido, sé consciente y ten cuidado pero ábrete y conoce las diversidades de la vida, los distintos mundos del planeta, los diferentes pensamientos de la mente.

Sigue a tu corazón, siente el amor, encuéntralo. Recibe el amor si es verdadero. Sabrás que es verdadero porque tu corazón te lo dirá y con tu propio amor lo sentirás.

Cree en la magia y verás como aparece la vida plena. Vive la magia y sé testigo de cómo sé transforma en tu realidad. Cree en la magia y vuela en el mundo con tus sueños. Cree en los sueños y despertarás soñando, cree en los sueños y vivirás en uno.

Piensa en los demás pero nunca te menosprecies ni desconsideres junto a ellos. Haz el bien y recibirás el bien. Da tu amistad y tendrás verdaderos amigos. Grita la felicidad y contagiarás a los demás. Comparte tu tristeza y siente el consuelo.

Mira las estrellas, admíralas y serás una. Respira profundo con la mente en blanco. En negro. Respira y deja entrar la tranquilidad a tu vida, a tu cuerpo.

No actúes, porque cuando cae el telón acaba la función y a veces no da tiempo de que comience la vida. Sé tú frente a todo el mundo y el mundo será tuyo.

Mira a tu alrededor y verás que eres único pero igual a los demás, date cuenta de cuánto amor falta pero siente más todo el amor que existe. Mira hacia el Sol y date cuenta que la oscuridad es sólo parte de la luz.

Piensa en tu vida entera y compara con ella los problemas que has vivido, si piensas que la vida ha valido la pena, sigue adelante, si piensas que los problemas han sido demasiados, sigue adelante hasta que la vida los supere, hasta que haya más de bueno que de malo. Todavía tienes mucho que ver y que sentir. Mucha alegría, mucha magia, mucho amor. Pide ayuda y la recibirás.

No confíes en personas que critican o hablan mal de otros a sus espaldas, porque cuando te des la vuelta hablarán de ti. No seas cómplice de la humillación, del dolor, del sufrimiento, del mal. Respeta y te respetarán. Confía en quien debas confiar y deja que confíen en ti. Procura en momentos la soledad para que ningún pensamiento ajeno a ti influencie tu realidad y tu sentir.

Vive la vida, cuídala. Aprovéchala y siéntela, disfrùtala y compártela, nada más así la amarás. Despierta y sé sujeto de las sorpresas de la vida. Despierta y vive.

A Dios.

Francisco J. Koloffón, de su novela “ El astronauta terrestre” (2005).

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