Los panes negros

Pan-negro

Los panes negros

xeeds2n aquel tiempo, Nicolás Nerli era banquero en la noble ciudad de Florencia. A la hora de tercia se encontraba ya sentado ante su pupitre, y a la hora de nona aún estaba allí sentado, haciendo cuentas todo el día en sus tablillas. Nicolás Nerli prestaba dinero al Emperador y al Papa. Y si no le prestaba dinero al diablo era porque temía hacer malos negocios con el que nombramos el Maligno y que no carece de artimañas.

Era audaz y desconfiado. Había adquirido grandes riquezas y despojado a mucha gente. Por ello era respetado en la ciudad de Florencia. Vivía en un palacio en el que la luz que Dios creó no entraba sino por estrechas ventanas; eso era por prudencia, pues la mansión de un rico debe ser como una ciudadela y los que poseen grandes bienes hacen bien en defender por la fuerza lo que han adquirido por la astucia.

El palacio de Nicolás Nerli se encontraba pues provisto de rejas y cadenas. En su interior, los muros estaban decorados con pinturas de expertos maestros que habían representado en ellas las Virtudes como mujeres, los patriarcas, los profetas y los reyes de Israel. Los tapices expuestos en las habitaciones ofrecían a la vista las historias de Alejandro y de Tristán tal como las cuentan en los libros. Nicolás Nerli hacía brillar su riqueza en toda la ciudad por medio de fundaciones piadosas.

Había mandado construir un hospital en la zona de extramuros cuyo friso, esculpido y pintado, representaba las acciones más honorables de su vida; en reconocimiento por las sumas de dinero que había donado para acabar Santa María la Nueva, su retrato se hallaba expuesto en el coro de esta iglesia. Se le veía en él arrodillado, con las manos juntas, a los pies de la Santísima Virgen. Se le reconocía por su gorro de lana roja, su abrigo forrado, su rostro rollizo y sus ojillos despiertos. Su buena esposa, Mona Bismantova, con expresión honesta y triste, que se podría pensar que jamás nadie hubiera obtenido de ella algún placer, se hallaba al otro lado de la Virgen, en humilde actitud orante. Aquel hombre era uno de los primeros ciudadanos de la República; como no había hablado jamás mal de las leyes y no se preocupaba en absoluto de los pobres ni de aquellos a los que los poderosos del momento condenan a pagar multas o al exilio, no había disminuido nada, en la opinión de los magistrados, la estima que había adquirido a sus ojos por su gran riqueza.

Una noche de invierno, al regresar a su palacio algo más tarde de lo habitual, fue rodeado ante el umbral de su puerta por un grupo de mendigos medio desnudos que le tendían la mano. Los apartó con duras palabras. Pero el hambre hace a los hombres ariscos y osados como los lobos: formaron un círculo a su alrededor y le pidieron pan con voz quejumbrosa y ronca. Estaba inclinándose ya para recoger piedras y lanzárselas, cuando vio llegar a uno de sus criados que llevaba sobre la cabeza una cesta de panes de centeno, destinados a los empleados de las cuadras, de la cocina y de los jardines.

Hizo una señal al de los panes para que se acercara, y, sacándolos de la cesta con ambas manos, les arrojó los panes a los menesterosos. Luego, entró en su casa, se acostó y se quedó dormido. Mientras dormía, sufrió un ataque de apoplejía y murió tan de repente que creía que se encontraba aún en su lecho cuando vio, en un rincón oscuro, a San Miguel iluminado por el resplandor que irradiaba de su propio cuerpo. El arcángel, con la balanza en la mano, estaba cargando los platillos. Al reconocer en el platillo que pesaban más las joyas de las viudas que guardaba como fianza, la multitud de recortes de escudos indebidamente retenidos y algunas piezas de oro muy bellas, que sólo él poseía y que había adquirido por usura o por fraude, Nicolás Nerli reconoció que era su vida, ya finalizada, lo que san Miguel estaba pesando en su presencia. Miró atento y preocupado.

-Señor San Miguel -le dijo-, si ponéis en un platillo todas las ganancias que he obtenido en mi vida, colocad en el otro, os lo ruego, las hermosas fundaciones con las que he puesto de manifiesto mi piedad. No olvidéis la cúpula de Santa María la Nueva a la que contribuí financiando la tercera parte, ni el hospital de extramuros, que he construido por completo con mi dinero.

-No temáis, Nicolás Nerli -respondió el arcángel-. No me olvidaré de nada.

Y con sus manos gloriosas colocó en el otro platillo la cúpula de Santa María la Nueva y el hospital con el friso esculpido y pintado. Pero el platillo no se movió. El banquero sintió gran inquietud.

-Señor san Miguel -dijo de nuevo-, buscad bien. No habéis colocado en ese platillo de la balanza ni mi hermosa pila del agua bendita de San Juan, ni el púlpito de San Andrés, en donde está representado el bautismo del Nuestro Señor a tamaño natural. Es una obra que me costó muy cara.

El arcángel colocó el púlpito y la pila encima del hospital en el platillo, que tampoco se movió. Nicolás Nerli empezó a notar que su frente se inundaba de un sudor frío.

-Señor arcángel -preguntó-, ¿estáis seguro de que vuestra balanza funciona correctamente?

San Miguel respondió sonriendo que, al no ser la balanza como las que usan los lombardos de París ni como las que usan los cambistas de Venecia, aquélla no carecía en absoluto de exactitud.

-¡Cómo! -suspiró Nicolás Nerli, completamente lívido-, ¿la cúpula, el púlpito, la pila, el hospital con todas sus camas, no pesan, pues, más que una brizna de paja o que el plumón de un pájaro?

-Ya lo estáis viendo, Nicolás -dijo el arcángel-, y, hasta el momento, el peso de vuestras iniquidades es muy superior al peso ligero de vuestras buenas acciones.

-Voy a ir al infierno, pues -dijo el florentino. Y sus dientes castañeteaban de espanto.

-¡Tened paciencia, Nicolás Nerli -prosiguió el pesador celeste-, paciencia! No hemos terminado aún. Nos queda esto.

Y el bienaventurado Miguel tomó los panes de centeno que el rico les había lanzado a los pobres la víspera. Los colocó en el platillo de las buenas obras, que descendió de repente, mientras que el otro subía, quedando ambos platillos al mismo nivel. El fiel de la balanza no se inclinaba ni a la derecha ni a la izquierda y la aguja indicaba la igualdad perfecta de los dos pesos. El banquero no podía creer lo que veían sus ojos. El glorioso arcángel le dijo:

-Como estás viendo, Nicolás Nerli, no eres apto ni para el cielo ni para el infierno. ¡Anda, regresa a Florencia! Multiplica en tu ciudad esos panes que diste con tus manos, de noche, sin que nadie te viera, y serás salvo. Pues no basta con que el cielo se abra para el ladrón que se arrepiente y para la prostituta que llora. La misericordia de Dios es infinita: es capaz de salvar incluso a un rico. Sé tú ese rico. Multiplica los panes cuyo peso puedes ver en mi balanza. ¡Anda!

Nicolás Nerli se despertó en su lecho. Decidió seguir el consejo del arcángel y multiplicar el pan de los pobres para lograr entrar en el reino de los cielos.

Durante los tres años que pasó sobre la tierra después de su primera muerte, fue caritativo con los menesterosos y muy generoso en limosnas.

 Anatole France  (1895)

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Amarme

¿Si yo no soy para mí, quién será para mí?

¿Si sólo soy para mí, quién soy yo?

¿Y si no ahora, cuándo?

Rabí Hillel

Niño geopolítico mirando el nacimiento del hombre nuevo,obra de Salvador Dalí

Niño geopolítico mirando el nacimiento del hombre nuevo,obra de Salvador Dalí

Amarme

Independientemente de nuestro género sexual, todos poseemos un aspecto femenino y un aspecto masculino internos y la relación entre éstos – la pareja interior – tiende a reproducirse en nuestros vínculos.

Solemos relacionarnos con los aspectos exteriores de la vida a través de su correspondencia con nuestros patrones internos. Así, cuando nos atrae otra persona, la misma está espejando aspectos tanto conscientes como inconscientes de nuestro propio ser.

Habitualmente esperamos que el otro/a nos proporcione aquello de lo que carecemos, o creemos carecer. Muchos de los conflictos que atravesamos en la vida tienen una trastienda de baja autoestima. En las dificultades dentro del ámbito de la pareja, en el plano laboral, en las relaciones con familiares y amigos existen siempre zonas profundas en las que no confiamos. Algunas tienen que ver con creencias de base, que desmoronan la fe en nosotros mismos de manera visible y obvia; otras son creencias que subyacen bajo capas de un aparente “todo está bien”.

Construir la propia autoestima es plantar las semillas para amarse a sí mismo, la base para cualquier relación amorosa con otra persona.

Al mencionar la idea de amarse más y mejor a sí mismo podríamos temer caer en un amor narcisista que, más que acercarnos, nos aparte del resto de la humanidad. Esta propuesta no implica quedarnos, como Narciso, prendidos al propio reflejo en el estanque, embelesados con nuestra imagen. Se trata más bien de reconocer y revalorizar todo lo que tenemos de positivo. Cuando nos conectamos con nuestras partes más luminosas y amorosas absorberemos la energía necesaria para ingresar también en los rincones más oscuros, construyendo así una percepción más plena de quién somos verdaderamente.

La forma en que nos describimos colorea todas nuestras experiencias. ¿Quién sabe desde cuándo o desde quién comenzamos a definirnos de determinada manera? Lo cierto es que todas nuestras ideas y pensamientos producen resultados, y nuestros diálogos internos son la base sobre la cual construimos nuestra experiencia de la realidad. Todo cuanto consideremos real o verdadero se convierte, eventualmente, en una realidad para nosotros.

Es clásico el ejemplo de quien cree que es rechazado por otros. Sin proponérselo, su actitud y su expresión hacen que efectivamente lo rechacen. Si tengo la idea de que no soy lo suficientemente valiosa como mujer y que debido a ello mi pareja me abandonará, comenzaré a aferrarme, a exigir, a reprochar y controlar, y estas reacciones lo inducirán eventualmente a distanciarse y/o a abandonarme, confirmando así mi creencia.

Estas son las famosas profecías auto-cumplidas, en las que terminamos creando lo temido, atrayendo hacia nosotros precisamente aquello que tratábamos de evitar.

A todos nos hubiera gustado escuchar frases amorosas de nuestros padres, y nos gustaría que nuestra pareja y amigos nos dijesen cuánto valemos. Sin embargo, nos cuesta decírnoslo a nosotros mismos.

Tendemos a esperar que sean los demás quienes retruquen nuestra percepción negativa con halagos, felicitaciones y miradas de aprobación. Sin duda es agradable recibir alabanzas, pero esa dosis de autoestima foránea no es duradera ni suficiente.

Lamentablemente, vivimos con la sensación de que el amor está fuera de nosotros, que es algo que nos dan o nos quitan, un regalo, un premio, algo que merecemos o dejamos de merecer en función de que cumplamos con determinados requisitos (ser jóvenes, delgados, atractivos, inteligentes, exitosos, carismáticos, etc.)

Desde pequeños recibimos una serie de mensajes sobre el amor que nos condicionaron, haya sido esto debido a actos, frases escuchadas o sensaciones corporales basadas en acontecimientos vividos, y/o en la interpretación personal que realizamos en función de éstos.

Hoy, ya adultos, necesitamos redefinir nuestra noción del amor.

Para ello, puede ser útil formularnos y responder a las siguientes preguntas:

¿Cuánto soy capaz de amarme a mí mismo?

¿Cuánto me disgusto, critico, condeno, amonesto?

¿Cuánto soy capaz de cuidarme y darme lo que necesito?

¿Cuánto placer me permito tener en mi vida cotidiana?

¿De qué formas me descuido y me abandono?

¿Cuán desarrollada está mi capacidad para dar y recibir? ¿Cuál me resulta más fácil, y por qué? (Frecuentemente preferimos dar a recibir ya que esto último implica mayor vulnerabilidad).

¿Cuán desarrollada está mi capacidad para mostrarme auténticamente? ¿Cuándo me expreso como realmente soy y cuándo muestro una de mis máscaras?

¿Cuál es la creencia personal que más necesito modificar para poder aceptarme y amarme sin condiciones ni exigencias inalcanzables?

Cuando logro darme cuenta de que soy mi propia fuente de amor, todo cambia de dirección – yo soy responsable de transformarme y darme aquello que espero del afuera.

El amor no existe afuera de nosotros – debemos buscarlo en su morada íntima que es nuestro propio corazón.

¿Quién si no yo puede aceptarme y amarme con todas mis características? ¿Quién si no yo conoce la historia de mi niño interno, no para lamentarme sino para sanar mis propias heridas? ¿Quién si no yo tiene en su poder el pasaje de ida y vuelta hacia lo profundo de mi corazón?

Trabajar para construir la propia autoestima es un acto de amor – amor hacia uno mismo que se traduce luego en una mayor capacidad de amar realmente a los demás.

Alicia Schmoller

 

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El vino hace milagros

«Como dos extraños», obra de Jorge Martorell,

El vino hace milagros

No merece la pena entrar en detalles para explicarles por qué este servidor, licenciado en ingeniería como el número dos de su promoción, se encuentra en una situación económica tan precaria. Y digo que no merece la pena explicarlo porque mi mujer lleva siglos contando a unos y otros, con pelos y señales, ese asuntillo que me llevó a la ruina. Para qué darle más vueltas, entonces…

Lo que importa es que ayer tuve que hacer una visita a mi padre, a quien no había dirigido la palabra en los últimos diez años. No crean que fue una decisión fácil: mi mujer necesita rumiar detenidamente todo pensamiento que cruza por su mente; por eso, desde que se le ocurrió la idea de que yo pidiese ayuda a mi padre hasta que me echó a la calle de un puntapié pasaron al menos cinco minutos.

Dejando a un lado mi orgullo y el mal carácter de mi padre, ¿qué mal había en presentarse intempestivamente en su casa para pedirle una determinada cantidad de dinero? Padre no hay más que uno, ¿no?

Tras un aburrido trayecto en autobús urbano, llegué a su vivienda. Pulsé el timbre y respiré profundamente. A los pocos segundos la inmensa silueta de mi progenitor se recortó en el umbral de la puerta. Ojalá tuviese más de un padre, pensé cuando su ceñudo semblante chocó con este humilde mortal. Así podría elegir a otro en momentos como este.

No recuerdo exactamente con qué palabras inauguramos el combate. Tampoco recuerdo si conseguí justificar con éxito los motivos por los que me encontraba allí después de tanto tiempo sin dar señales de vida. Creo que ambos nos esforzamos por disimular cierta hostilidad. (Yo a mi padre le quiero, y él a mí también, pero hay que ver lo poco que nos aguantamos mutuamente). Pero después de varios minutos de recriminaciones (verbales o mudas) me invitó, como tantas veces había hecho cuando yo era niño, a pasar a su salón privado, para así jactarse una vez más de su colección de armas. Ustedes pensarán que aproveché su ensimismamiento ante tanto rifle, pistola y espada para llevarle a mi terreno. Pues no se equivocan: eso fue lo que hice, o mejor dicho, lo que intenté. Mi padre es un hombre fuerte, orgulloso, temperamental, una de esas personas a las que les gustaría vivir eternamente. Y una de sus “virtudes” consiste en exigir a su interlocutor atenta y paciente escucha durante sus monólogos. Porque déjenme decirles algo: mi padre habla y habla y habla.

Después de las armas, sus plantas. Y después de las plantas, sus libros. Aguanté estoicamente sus digresiones sobre los conflictos militares, la literatura francesa, sus viajes a Centroamérica (en una época en la que él aún no era mi padre y yo aún no era su hijo), la falta de valores de la juventud… No hubiera estado mal, lo confieso, entregarse a tanta sabiduría si no fuera porque aún revoloteaba sobre mi conciencia la dichosa carta del banco en la que nos invitaban a saldar nuestras deudas si no queríamos que embargaran todos nuestros bienes. No es que tuviéramos mucho, pero un desahucio, estéticamente, es algo horroroso. Y, además, uno tiene su orgullo.

–Padre, tengo que hablar con usted –dije por fin, con un tono de voz que ponía de manifiesto mi angustia.

Por raro que parezca, mi padre me permitió pronunciar hasta la última palabra de aquella frase. ¡Seis palabras, en total!

–¡Bien, si hemos de tratar un tema serio, pongámonos cómodos!

¡Bendito sea!

Nos sentamos. Yo, en el sofá de piel, frente a una mesita baja de cristal; él, en su butaca de mimbre. La escuálida lámpara que colgaba del techo proyectaba una luz tenue, casi mortuoria, sobre nosotros.

Sin más preámbulos pasé a narrar mi odisea. Y en eso estaba cuando me interrumpió para llamar a la sirvienta, una mujer mayor, hosca y distante, que únicamente sabía expresarse con monosílabos.

–¡Una botella de vino! –pidió mi anfitrión con vehemencia–. Es un vino tinto joven, muy bueno: un Portillejo de 1999 –añadió, dirigiéndose ahora a mí, en voz baja, guiñándome un ojo.

No me gusta el vino, nunca me gustó. Hice todo lo posible para eludir su invitación. Pero cuando la botella estuvo frente a nosotros, haciendo las funciones de oráculo, él: «Bebe, bebe, que pueda sentirme orgulloso de mi hijo». ¡Y vaya si bebí!

El vino hace milagros. Ahora lo sé. Después de cuatro tragos, todas las rencillas entre padre e hijo pasaron a un segundo término. Por acuerdo tácito, nos habíamos perdonado mutuamente. A fin de cuentas, mi padre era un tipo majo. Y yo, un hijo pródigo (de segunda categoría, eso sí, que tampoco está nada mal en los tiempos que corren). Así que para festejarlo, bebimos y bebimos.

Tras una charla amena de hora y media, marcada por confidencias y anécdotas de tiempos pasados, nos despedimos cariñosamente.

Regresé a mi morada, ya de noche, absorto en mis pensamientos. Sin prisas. Feliz. Saludando a las farolas. Con una bolsa de plástico en la mano.

Al llegar a casa encontré a mi mujer en el salón, dormida sobre la mesa, la cabeza entre los brazos.

Al percatarse de mi presencia, comenzó a desperezarse.

Pregunté por Sandra, nuestra hija.

–Acostada hace rato –respondió secamente–. ¡Dónde si no!

Sí, la pregunta no tenía mucho sentido. Hay veces que uno pregunta precisamente para evitar ser preguntado. Pero a pesar de ese truco:

–¿Qué tal la reunión?

Le expliqué que todo había marchado muy bien, que mi padre y yo habíamos hecho las paces. Quise entrar en detalles, compartir con ella mi alegría de hijo redimido… pero no quiso escuchar… Me pidió que pasase directamente al tema principal: el préstamo.

¿Un préstamo, mi padre? Entre nosotros, mi padre no tiene un céntimo. Su segunda esposa, tras el divorcio, lo dejó casi en la ruina. Sí, claro que lo sabía cuando fui a visitarle. No quise prevenir a mi mujer, antes de mi partida, de que su idea no iba a dar los frutos esperados; no me hubiera creído. Fui simplemente, lo confieso, porque me apetecía verle.

La segunda parte de esta intrascendente aventura empieza en el momento en que le confirmo a mi mujer que seguimos siendo tan pobres como lo éramos horas antes. Se lo explico de forma lacónica, sin eufemismos, sin circunloquios ni artificios literarios. (No es que yo sea un tipo valiente, es que había bebido más de la cuenta).

–¡Pero ha merecido la pena la visita! –aseguro con entusiasmo–. Mira qué regalo me ha hecho el abuelo… ¡Tres botellas de Portillejo 1999! Un vino exquisito, te lo aseguro. ¡Pruébalo, pruébalo, te gustará!

Mi mujer no me pega nunca. Bueno, casi nunca.

Se puso hecha una furia, pero después de vomitarme todo el veneno que tenía acumulado tras años y años de matrimonio, la cabeza entre las manos, sollozando («El piso nos lo quitan», y yo: «Que no, mujer, que no, mira que eres pesimista»), acabó por aceptar un vasito de vino. Y lo aceptó con resignación, como si aquel fuese el vino de la Última Cena. Lo suyo es religiosidad, sin duda.

Así, entre gimoteos y vasitos de vino, pasamos un buen rato… Sí, nos bebimos dos botellas de vino. Una cada uno. Viéndola reír, con aquella candidez, aquella inocencia, aquellas lágrimas risueñas, pensé que sería genial recuperarnos económicamente. Aunque solo fuera para cogernos de vez en cuando una trompa a base del mejor vino.

Hoy no he ido a trabajar. La resaca, ya se sabe. Mi mujer, una vez más, ha demostrado ser el auténtico pulmón familiar: se ha levantado a primera hora de la mañana, ha arreglado la casa y ha preparado el desayuno. ¿Ahora? Bueno, en estos instantes está tratando nuestro problema con los jefecillos del banco. Y qué quieren que les diga, tengo toda la confianza del mundo de que van a concedernos una prórroga: se ha llevado la botella de vino Portillejo de 1999 que sobró anoche.

Francisco Rodríguez Criado, Siete minutos, La Bolsa de Pipas, Mallorca, 2003 

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Novias en venta

Me imagino que muchos de vosotros ya conoceréis este caso, pero creo interesante compartirlo en el ambigú para aquellos que no lo conozcan, pues su difusión contribuye a mejorar este mundo que nos ha tocado vivir, tan maravilloso y esperpéntico a la vez.

Sonita Alizadeh ​es una rapera y defensora de los derechos humanos afgana, que se ha convertido en la voz contra los matrimonios forzados, en los que las hijas, desde corta edad, son vendidas por sus familias para casarse.

Nació en 1996 y creció en Herat, Afganistán, bajo las normas del régimen Talibán. Cuando tenía 10 años, su familia pensó venderla como novia, pero todo quedó truncado cuando parte de su familia decidieron huir a Irán como refugiados, donde se ganaba la vida limpiando baños mientras aprendía a leer y escribir por sus propios medios. En Irán descubrió su amor y dotes para la música, interesándose por la del rapero local Yas y la del norteamericano Eminent, aún sabiendo que en Irán, era ilegal que una mujer cantara en público.

Cuando tenía 16 años, su madre, que había regresado antes a Afganistán, la reclamó para que volviera, pues había concertado su venta en matrimonio, una costumbre esta de la venta de niñas muy extendida no sólo en Afganistán, sino en muchos países de Oriente Medio. Su madre negociaba sacar por ella 9.000 dólares para que su hijo mayor pudiera a su vez comprar una novia. Ella se negó pues no estaba de acuerdo con cumplir esa tradición y quería otra vida bien distinta.

Su caso llegó a oídos de Rokhsareh Ghaemmaghami una documentalista iraní ganadora del premio Sundance que le animó para grabar el vídeo de la canción «Novias a la venta», escrita por Sonita, que tuvo un gran éxito. Tras el éxito del video, la directora iraní, decidió pagar 2.000 dólares a la madre de Alizadeh para poder rodar con Sonita durante seis meses, el documental Sonita sobre su vida y experiencias vividas. Su caso, llegó a oídos de Strongheart Group, que tras interesarse en ella, le consiguió un permiso y una beca que cubre todos sus gastos, para estudiar en la academia Wasatch, en Utah, Estados Unidos, donde reside actualmente. J.L.Soba

«Novias en venta»

Déjame te susurro mis palabras

para que nadie oiga que hablo de la venta de niñas

Mi voz no debe ser escuchada porque es contra la Sharia islámica

Las mujeres deben mantenerse calladas porque es la tradición de la ciudad

Grito para compensar el silencio de toda una vida de una mujer

Grito en nombre de las heridas profundas en mi cuerpo

Grito por un cuerpo cansado en su jaula

Un cuerpo que se rompió bajo el precio que le pusiste

Tengo 15 años y soy de Herat

han venido algunos postores y estoy confundida

estoy perpleja por esta tradición y esta gente

venden niñas por dinero, no tienen derecho a elegir.

Ahora a mi padre le preocupa el costo de la vida

quien pague más se lleva a la niña

si hubiera sabido que contarías mis costos

si hubiera sabido que me contabas los bocados

habría regresado con hambre de la mesa

o habría comido tus sobras

como todas las otras chicas estoy enjaulada

soy vista como un cordero que criado para ser devorado

Repiten que es tiempo de venderme

yo también soy una persona, estos son mis ojos y mis oídos

¿Alguna vez has visto a un cordero quejarse por su muerte?

¿Alguna vez has visto a un cordero tan desesperado como estoy yo?

Por Dios que no puedo vivir lejos de tí

no puedo cambiarte con nada, no importa lo mucho que lo necesite

Pero tú.. ¿qué puedo decir?

sé que me diste la vida, ¿cómo puedo pagarte?

Déjame gritar, estoy cansada del silencio

quítame las manos de encima, me siento sofocada

no hablas conmigo desde hace tanto tiempo

que tengo que asegurarme constantemente de que siga viva

Sin voz, estoy llena de duda

si estoy muerta ¿cómo puedo sentir los latigazos?

esta es la tradición de tu ciudad de que las niñas se mantengan calladas

entonces dime ¿qué puedo hacer para probar que soy persona?

Quizá el escape y el suicidio sean terriblemente estúpidos

pero ¿qué puedo hacer si no tengo apoyo?

aunque me arranques todo el pelo

no haré nada para hacerte quedar mal

si venderme te hace feliz

intentaré mentir que todo va muy bien

espero que Dios mantenga tu sonrisa

y mi sonrisa la intercambiaré con tu dolor

Pero me gustaría que revisaras el Corán

me gustaría que supieras que dice que las mujeres no se venden

Espera, necesito algo de paz

déjame tranquila, estoy cansada del maquillaje

mi cara herida no sanará con el maquillaje

lo que tú me haces, no lo harían los infieles a los musulmanes

te juro que duele cuando no hay sentimientos

cuando estás en los brazos de un extraño

Seguir con mis versos me resulta difícil

tu felicidad es todo lo que quiero

pero veme y recuerda mi rostro

yo era la que estaba a lado de tu cama toda la noche

me voy, agradecida por toda tu gentileza

pero tengo miedo ¿quién se encargará de tí?

me voy pero en caso de que me eches de menos

dejaré a mi muñeca aquí para tí

No dejes que llore como yo

no la vendas, permite que sea un regalo para recordarme.

Sonita Alizadeh

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Espejos

Volver.
Volver en mí.
Tornar al ser.
Descender. Ingresar.
Rastrear lo interno.
Indagar lo profundo.
Reír. Sembrar. Sentir.
Buscar la esencia.
Sondear la calma.
Volver de afuera.
Entrar al alma.
Bucear lo humano.
Entrar. Nacer. Brotar.
Volver siempre…
                                      y vivir.

Carlos Alberto Boaglio

Cuadro de Bill Brauer

Espejos

No hay una sola realidad.

No hay una sola visión.

No hay una sola opinión.

Hay percepciones diferentes.

El diálogo siempre es saludable. La verdadera discusión es, siempre, sanadora.

A veces, la realidad es como un espejo triturado donde existen múltiples miradas.

Si siempre me miro en el mismo espejo creeré que soy el dueño de una sola verdad: la mía.

Debemos adiestrar el cambio de nuestra propia mirada. Ampliar el foco: mirar hacia adelante y hacia los costados… mirar para adentro.

Practiquemos mirar con los ojos.

Practiquemos mirar con el alma.

No hay verdades absolutas.

Si camino en círculo, creeré que hay un solo camino: el mío.

A veces, no es sólo lo que se ve.

A veces, corremos el riesgo de percibir, sólo la punta del iceberg. Por tal razón, si no entiendo el accionar de otros, siempre es positivo preguntar.

Aprendamos a preguntar.

Aprendamos a preguntarnos.

Aprendamos a dialogar.

No callemos nuestras convicciones; pero digámoslas con la firmeza cimentada en la calma. En la agresión siempre hay una pizca de incredulidad. Vociferar no permite escuchar.

Si no estamos seguros de lo que decimos: callemos.

El silencio también sabe de respuestas.

Cuidemos nuestras palabras… A veces, duelen, hieren, muerden y desgarran.

Es necesario que la verdadera comunicación fluya en tiempos y espacios adecuados.

Carlos Alberto Boaglio

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Hemos sembrado al ser humano

«Un gran vino requiere un loco para hacerlo crecer, un hombre sabio para velar por él, un poeta lúcido para elaborarlo, y un amante que lo entienda.» Salvador Dalí

Hemos sembrado al ser humano

Hemos sembrado al ser humano,
Y con su esencia hicimos nuestra viña;
Hemos arado el suelo,
En la niebla rosada
De la más temprana aurora.

Hemos cuidado el retoño
De los tiernos sarmientos,
Y vigilado y alimentado
A las hojas más nuevas,
Atravesando los años,
Que no supieron de estaciones.
Hemos cuidado los brotes
De las inclemencias del Tiempo,
Y hemos velado por que las flores crecieran sanas,
Libres de los embates de los espíritus oscuros

Y en este momento en que nuestras viñas
Nos han dado la uva,
Vosotros no la acarrearéis
hasta el lagar para colmar vuestras copas.
Vuestras manos son más diestras
Que otras
Para cosechar.
Elevados son los planes
Que esperan apagar vuestra sed
Con el vino.

El hombre es la comida dilecta de los dioses.
La Gloria del hombre empieza
Cuando las bocas divinas devoran
Sus hálitos errabundos.
Todo lo que sea humano
Es absolutamente sin valor,
Si humano sigue siendo.

La pureza de los niños
Y el dulce apasionamiento de la juventud;
El empuje de la virilidad de los hombres,
La madura Sabiduría de los viejos;
La majestad de los monarcas,
La gloria de los guerreros,
El reconocimiento de los poetas,
La bondad de los idealistas,
Y la honorabilidad de los Santos:
Todo esto y todo lo que transporta
En su pliegues,
Es el alimento de los dioses.

Y solamente será pan, sin bendición,
Hasta que los dioses lo lleven a su boca.
Igual que la espiga muda que se convierte en un canto
De amor, en el pico de un ruiseñor,
De igual manera es el hombre,
cuando está destinado
A ser alimento divino.

En ese momento su mayor goce s
erá el ser saboreado
Por el dios.

Gibran Khalil Gibran

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Oda entre sangre y vino

«Los hombres son como los vinos: la edad agria los malos y mejora los buenos.» Marco Tulio Cicerón

Monumento a los vendimiadores Cenicero (La Rioja), obra de Dalmati-Narvaiza.

Oda entre sangre y vino

(A Pablo Neruda)

Para cantar ¡qué rama terminante,
qué espeso aparte de escogida selva,
qué nido de botellas, pez y mimbres,
con qué sensibles ecos, la taberna!

Hay un rumor de fuente vigorosa
que yo me sé, que tú, sin un secreto,
con espumas creadas por los vasos
y el ansia de brotar y prodigarse.

En este aquí más íntimo que un alma,
más cárdeno que un beso del invierno,
con vocación de púrpura y sagrario,
en este aquí te cito y te congrego,
de este aquí deleitoso te rodeo.

De corazón cargado, no de espaldas,
con una comitiva de sonrisas
llegas entre apariencias de océano
que ha perdido sus olas y sus peces
a fuerza de entregarlos a la red y a la playa.

Con la boca cubierta de raíces
que se adhieren al beso como ciempieses fieros,
pasas ante paredes que chorrean
capas de cardenales y arzobispos,
y mieras, arropías, humedades
que solicitan tu asistencia de árbol
para darte el valor de la dulzura.

Yo que he tenido siempre dos orígenes
un antes de la leche en mi cabeza
y un presente de ubres en mis manos;
yo que llevo cubierta de montes la memoria
y de tierra vinícola la cara,
esta cara de surco articulado:
yo quisiera siempre, siempre, siempre,
habitar donde habitan los collares:
en un fondo de mar o en un cuello de hembra,
oigo tu voz, tu propia caracola,
tu cencerro dispuesto a ser guitarra,
tu trompa de novillo destetado,
tu cuerpo de sollozo invariable.

Viene a tu voz el vino episcopal,
alhaja de los besos y los vasos
informado de risas y solsticios,
y malogrando llantos y suicidios,
moviendo un rabo lleno de rubor y relámpagos,
nos relame, buey bueno, nos circunda
de lenguas tintas, de efusivo oriámbar,
barriles, cubas, cántaros, tinajas,
caracolas crecidas de cadera
sensibles a la música y al golpe,
y una líquida pólvora nos alumbra y nos mora,
y entonces le decimos al ruiseñor que beba
y su lengua será más fervorosa.

Órganos liquidados, tórtolas y calandrias
exprimidas y labios desjugados;
imperios de granadas informales,
toros, sexos y esquilas derretidos,
desembocan temblando en nuestros dientes
e incorporan sus altos privilegios
con toda propiedad a nuestra sangre.

De nuestra sangre ahora surten crestas,
espolones, cerezas y amarantos;
nuestra sangre de sol sobre la trilla
vibra martillos, alimenta fraguas,
besos inculca, fríos aniquila,
ríos por desbravar, potros esgrime
y espira por los ojos, los dedos y las piernas
toradas desmandadas, chivos locos.

Corros en ascuas de irritadas siestas,
cuando todo tumbado es tregua y horizonte
menos la sangre siempre esbelda y laboriosa,
nos introducen en su atmósfera agrícola:
racimos asaltados por avispas coléricas
y abejorros tañidos; racimos revolcados
en esas delicadas polvaredas
que hacen en su alboroto mariposas y lunas;
culebras que se elevan y silban sometidas
a un régimen de luz dictatorial;
chicharras que conceden por sus élitros
aeroplanos, torrentes, cuchillos afilándose,
chicharras que anticipan la madurez del higo,
libran cohetes, elaboran sueños,
trenzas de esparto, flechas de insistencia
y un diluvio de furia universal.

Yo te veo entre vinos minerales
resucitando condes, desenterrando amadas,
recomendando al sueño pellejos cabeceros,
recomendables ubres múltiples de pezones,
con una sencillez de bueyes que sestean.
Cantas, sangras y cantas; te pones a sangrar
y no son suficientes tus heridas
ni el vientre todo tallo donde tu sangre cuaja.
Cantas, sangres y cantas.
Sangras y te ensimismas
como un cordero cuando pace o sueña.
Y miras más allá de los allases
con las venas cargadas de mujeres y barcos,
mostrando en cada parte de tus miembros
la bipartida huella de una boda,
la más dulce pezuña que ha pisado,
mientras estás sangrando al compás de los grifos.

A la vuelta de ti, mientras cantas y estragas
como una catarata que ha pasado
por entrañas de aceros y mercurios,
en tanto que demuestras desangrándote
lo puro que es soltar las riendas a las venas,
y veo entre nosotros coincidencias de barro,
referencias de ríos que dan vértigo y miedo
porque son destructoras, casi rayos,
sus corrientes que todo lo arrebatan;
a la vuelta de ti, a la del vino,
millones de rebeldes al vino y a la sangre
que miran boquiamargos, cejiserios,
se van del sexo al cielo, santos tristes,
negándole a las venas y a las viñas
su desembocadura natural:
la entrepierna, la boca, la canción,
cuando la vida pasa con las tetas al aire.
Alrededor de ti y el vino, Pablo,
todo es chicharra loca de frotarse,
de darse a la canción y a los solsticios
hasta callar de pronto hecha pedazos,
besos de pura cepa, brazos que han comprendido
su destino de anillo de pulsera: abrazar.

Luego te callas, pesas con tu gesto de hondero
que ha librado la piedra y la ha dejado
cuajada en un lucero persuasivo,
y vendimiando inconsolables lluvias,
procurando alegría y equilibrio,
te encomiendas al alba y las esquinas
donde describes letras y serpientes
con tu palma de orín inacabable,
te arrancas las raíces que te nacen
en todo lo que tocas y contemplas
y sales a una tierra bajo la cual existen
yacimientos de cuernos, toreros y tricornios.

Miguel Hernández

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“Fiesta”

Comparto hoy, día grande de la Fiestas de San Mateo en Logroño, la canción “Fiesta”, de Joan Manuel Serrat, perteneciente al disco “Mi niñez”, publicado en 1970, un año que coincide, fue de cosecha excelente del Rioja, espero que os guste la canción, cuya letra, incluyo sin censura. J.L.Soba

“Fiesta”

Gloria a Dios en las alturas,
recogieron las basuras
de mi calle, ayer a oscuras
y hoy sembrada de bombillas.

Y colgaron de un cordel
de esquina a esquina un cartel
y banderas de papel
verdes, rojas y amarillas.

Y al darles el sol la espalda
revolotean las faldas
bajo un manto de guirnaldas
para que el cielo no vea,

en la noche de San Juan,
cómo comparten su pan,
su mujer y su gabán,
gentes de cien mil raleas.

Apurad
que allí os espero si queréis venir
pues cae la noche y ya se van
nuestras miserias a dormir.

Vamos subiendo la cuesta
que arriba mi calle
se vistió de fiesta.

Y hoy el noble y el villano,
el prohombre y el gusano
bailan y se dan la mano
sin importarles la facha.

Juntos los encuentra el sol
a la sombra de un farol
empapados en alcohol
abrazando (magreando) a una muchacha.

Y con la resaca a cuestas
vuelve el pobre a su pobreza,
vuelve el rico a su riqueza
y el señor cura a sus misas.

Se despertó el bien y el mal
la zorra pobre vuelve al portal,
la zorra rica vuelve al rosal,
y el avaro a las divisas.

Se acabó,
el sol nos dice que llegó el final,
por una noche se olvidó
que cada uno es cada cual.

Vamos bajando la cuesta
que arriba en mi calle
se acabó la fiesta.

Joan Manuel Serrat

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“Los ojos de mi padre”

Proponte cada día ser mejor y más amable que el día anterior. Di todas las mañanas: hoy quiero hacer algo que pueda alabarme la conciencia y contente a mi padre, algo que aumente el aprecio de tal o cual compañero, el afecto del maestro, de mi hermano o de otros.
Edmundo De Amicis, del libro “Corazón”                  
Los ojos de mi Padre

 

“Los ojos de mi padre”

Los ojos de mi padre,
los ojos de mi padre,
mirándome en la patria cereal de los trigos,
en un tiempo de cunas
mecidas por el viento de la guerra,
mirando cómo crezco
en los abecedarios
y conquisto sonidos primitivos,
balbuceos, palabras necesarias,
porque él me empuja y vuelve,
desde su corazón y sus espigas,
su corazón de tierra y manantiales,
patria de tierra y gritos apagados.
Mi padre es un silencio
que mira cómo crezco.
Sus manos me conforman,
me miran la estatura,
la dimensión del cuerpo,
averiguan gozosas
que me elevo en trigal.
Las manos de mi padre
tocan mi cuerpo y cantan,
y yo sé que me acunan
con nanas de caballos,
con la salmodia triste del judío,
del converso que habita por su sangre.
Pero paseo con mi padre.
Abandono en sus manos
mis manos tan pequeñas,
y al calor de su sangre
mis pulsaciones tienen
una ambición de tiempos.

En las luces inquietas de la tarde,
al borde de la noche,
vamos pisando hierbas, territorios,
ríos como torrentes, manantiales,
horizontes donde la niebla habita,
paisajes metalúrgicos y bosques,
ciudades, vientos, cordilleras,
blancas constelaciones.
Camino con mi padre.
Me nombra a las palomas,
pájaros migratorios,
aguanieves que rozan las praderas,
alcaudones de viento,
golondrinas, gorriones, avefrías.
Y todo pasa y llega de su mano,
y a mi infancia regresa
el calor confortable de su sangre.

Cuando llegan los días de septiembre,
láminas del otoño,
las madrugadas frías y estrelladas
detienen sus palabras.
Pero es sólo un instante
de sangre y de fusiles
porque mi padre vuelve del silencio
y pasea conmigo
el callado silencio de las calles,
y los campos sembrados
y las constelaciones,
y su voz de madera me acompaña, me mira cómo crezco.
Todo el mundo conoce
que heredé de mi padre una bandera.

Mariluz Escribano, en su libro “De Umbrales de otoño, Hiperión, 2013

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La nueva Tierra

Por algo pasan las cosas

¡Por algo pasan las cosas
que te suceden aquí!,
alegres… o dolorosas…
¡son perfectas para ti!,
y no es nada “personal”
lo que acontezca en tu viaje:
para bien… o para mal…
¡es tan sólo aprendizaje!

¡Por algo pasan las cosas
que más te cuesta aceptar!
¡Fue oruga la mariposa
antes de poder volar!,
y esa angustia que hoy te quema,
y que te causa desvelo…,
¡mañana será la gema
que más destelle en tu cielo!

¡Por algo pasan las cosas!…,
y al ver tus viejos dolores,
verás que de forma hermosa
¡por fin se volvieron flores!…
Y esas de mayor encanto…,
esas de aspecto más tierno…
¡son las que regó tu llanto
cuando fue crudo tu invierno…!

Y de manera asombrosa,
con ese convencimiento,
¡podrás transformar en rosas
las espinas del momento…!
Que si la paz va contigo…,
o si el pesar te destroza…,
en ambos casos, amigo…
¡por algo pasan las cosas…!

Jorge Oyhanarte

Torrecilla otoñal, foto J.L.Soba

La nueva Tierra

Cuando el coche superó aquella curva, apareció una población ante la vista del viajante…, repentinamente…, casi como surgida de la nada…; no había visto ningún cartel que la anunciara…, ninguna señal de vialidad avisando su nombre.

En sus veinte años de corredor de comercio, había transitado varias veces por esa ruta…, y no recordaba haber visto nunca ese pueblo.

No pudo dejar de notar, en medio de su desconcierto, lo bonito que se veía todo: las casa prolijas y bellas, las calles impecables, plazoletas floridas y llenas de hermosas plantas, ramblas con esbeltas palmeras…

“¡Que extraño…!” se dijo para sí mismo…, “ya he hecho unas cuantas manzanas, y todavía no me crucé con nadie…”

Casi como una respuesta a ese pensamiento, observó a lo lejos lo que parecía ser una multitud de gente que avanzaba hacia él…, por esa misma Avenida, que evidentemente era la principal del pueblo.

No alcanzaba aún a distinguir si era una procesión, una caravana, un cortejo fúnebre…; solo estaba seguro de que eran muchas personas marchando.

La distancia entre ellos y él se acortaba rápidamente, atento que avanzaban los unos hacia el otro…, por lo que decidió, cuando estuvieron a una manzana de distancia, detener el coche y estacionarlo a un costado de la Avenida, para dejar pasar al gentío sin riesgo de lastimar a nadie.

Hecho ello, se acomodó en el asiento y bajó por completo la ventanilla del coche, para poder ver mejor a los habitantes de ese extraño pueblo “caído del mapa”.

Lo primero que le llamó la atención, fue lo heterogéneo de la muchedumbre : jóvenes, ancianos, adultos, niños, lisiados en sillas de rueda…, y todos vistiendo ropas deportivas…

En un principio, creyó que se trataba de una carrera…, pero el comportamiento de la gente era demasiado atípico como para encajar en el molde de una competencia: iban todos riendo, cantando, haciéndose bromas, jugando… ; algunos trotaban…,otros caminaban…, y hasta había quienes retrocedían para hablar con los rezagados…

Pero lo que más lo asombraba eran las caras de felicidad de todos…, la sensación de plenitud que irradiaban sus miradas…, el goce de vivir que emanaba de ellos…

“¡En mi vida he visto gente así de resplandeciente! –pensó-: …¿habrán encontrado el secreto de la felicidad?”

Al pasar frente a él, lo saludaban con tanta simpatía, con sonrisas tan luminosas, que parecían decirle sin palabras… : ¨¡eres nuestro amigo desde siempre, forastero!…¡te queremos…!¨

Abrumado por tanta amabilidad, estaba tentado de detener a alguno de ellos para preguntarle qué era todo eso…, qué estaban haciendo…, por qué se los veía tan contentos…, pero temía perjudicarlos con la demora…(¡si es que realmente “eso” fuese una competencia…!).

Hasta que de pronto distinguió entre el gentío que iba pasando, a una joven de largo cabello rubio sujetado por una cinta negra…, que parecía tener alguna especie de función especial dentro de la marcha.
Ella se acercaba inmediatamente a cualquiera que hubiese interrumpido su andar…, le colocaba sus manos sobre un tobillo, o un muslo, o una rodilla…, o la parte del cuerpo aparentemente afectada… y a los pocos segundos retomaban el avance.

“¡Sorpresa tras sorpresa!” se dijo el Viajante, mientras simultáneamente pensaba qué bueno sería si pudiera hablar un momento con ella…

¡Qué inmenso su asombro cuando la muchacha repentinamente giró hacia él, y acercándose a la ventanilla del coche, sonriéndole le dijo! : “Bueno, pero sólo un ratito, amigo… porque pueden necesitarme…!”

¡Había captado su pensamiento…!

-¿Qué está pasando, mujer…? ¿Qué es todo esto…?

– ¿Esto…? Una maratón, simplemente –contestó ella con una dulzura desbordante.- Estamos festejando…; lo hacemos una vez por semana, aquí en la Avenida Principal…

-¿Y qué es lo que festejan tan seguido…?

– Nada en especial… : celebramos la vida…, estar juntos…, amarnos…, vernos reflejados cada uno en los ojos del otro…

– ¿Y si justo en la fecha en que van a reunirse…, alguien se levanta “con el pie izquierdo”, en un mal día…, que hace?

– Amigo…, cuando se tiene alegría en el alma, el corazón se expande hasta el infinito para abrazarlo todo…, ¡y entonces no hay ningún día que no sea bueno! – y al decir esto, su rostro refulgía como si irradiara luz propia- …

– Dime, muchacha…, hablando de alegría…: ¿porqué se los ve a todos tan dichosos…, tan felices…?

– ¿Y por qué no habríamos de estarlo…? Si la luz te trepa cada día por dentro como una enredadera…, y la realidad te habla a cada instante con el lenguaje de la fuente…,¿cómo no regocijarte de estar aquí…, ahora…, vibrando en armonía con lo que ES…?

– ¡Claro!.¡Porque los problemas no existen para ustedes, no?? ¿No tienen acaso cuentas que pagar…, conflictos que resolver…?

– Aquí sólo tenemos desafíos que vamos resolviendo a medida que se presentan…, y los agradecemos profundamente, porque nos posibilitan desarrollar cada vez más nuestros propios dones…, y a través de ellos aprendemos a cocrear una realidad cada vez más bella para todos…
¡Y ahora debo irme…, puede haber algún otro acalambrado…!

-¡Una última pregunta, muchacha…! Sólo por curiosidad…: en esta maratón tan “especial”, los que llegan primero…¿tienen algún premio…?

-¡Claro! –respondió ella con su mejor sonrisa-: el premio consiste en servirles refrescos a los que van llegando después…

-¡Pero eso no es un premio! ¡Es un castigo!

– ¡¿Castigo?! ¡Para nosotros es un premio poder servirnos los unos a los otros! ¿Acaso hay algo que pueda llenar el corazón de mayor felicidad…? –contestó mientras se sacaba la cinta negra y la estiraba jugueteando entre sus dedos, hasta que se le escapó de las manos como un resorte saltarín…

El viajante se quedó pensativo mientras la muchacha (sin preocuparse por recoger su cinta), se alejaba trotando.

“Decididamente, son muy extraños en este pueblo”, reflexionó.

Pero en lo más profundo de su ser, “algo” en él ¨recordaba¨ que alguna vez…, en alguna edad brumosa imposible de precisar…, en algún espacio-tiempo indefinible y remoto…,la Vida se había vivido de ese modo…

“¡Pero ahora estamos en el siglo veintiuno!” –trató de reconfortarse a sí mismo, luego de poner en marcha el coche, y mientras se alejaba del pueblo…

“¡Y no se puede vivir de esta forma!” –completó su razonamiento-

“Hoy tenemos que adecuarnos a lo que hay : competencia, egoísmo, ambición, crueldad…” (continuó reflexionando).

Y con un largo suspiro, cerró su reflexión diciéndose: “No sé cómo harán ellos, pero para mí, me guste o no me guste…, el prójimo está ahí para servirme de él…o para protegerme de él…”

El coche ascendió una suave colina que bordeaba el pueblo, y al llegar a su cima, no resistió la tentación de echarle una última mirada a ese lugar “descolgado del Planeta”, como se le ocurrió catalogarlo.

¡Y cuál no sería su sorpresa al ver allí, donde hasta hacía unos pocos minutos se levantaba un pueblo entero…, una extensa plantación de soja…!

¡Hacia todos lados…donde dirigiera su mirada…, sólo soja… y más soja… y más soja…!!!

– ¿¡Y el pueblo…?! ¿¡Me estoy volviendo loco…?!…¿Fue todo un ensueño…?…¿Y la gente…, y la maratón…y el espíritu de servicio…?
¡¡¡No hay nada de nada!!! ¡El calor me está enloqueciendo…! ¡Estuve viendo un espejismo…, como los del desierto…!

Tomó un largo trago de agua de la botellita en la guantera…, y ya más tranquilo se dijo a sí mismo:
“¡Bueno…! Por suerte todo vuelve a la normalidad… ¡No hubiese podido seguir viviendo como antes…, si ese pueblo de verdad hubiese existido…!
Afortunadamente, fue sólo una ilusión óptica…; una jugarreta del calor insoportable…; un delirio febril de mi mente…”

Y ya estaba por retomar el viaje, cuando de pronto observó algo que lo dejó helado: allí…, en su propio coche…, del lado del acompañante…, caída en el piso,…, la cinta negra de la muchacha relumbraba como una evidencia incontrastable… ¿de otro plano…?, ¿de otra dimensión…?,( acaso… ¿de la Nueva Tierra…?).

Jorge Oyhanarte

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Liliana

Cuando está de lleno inmerso en su gira de despedida, ha sido para mí una sorpresa tan grande como el placer que me ha causado escucharlo, descubrir un disco de Joan Manuel Serrat, conteniendo tres cuentos musicales, que publicó en noviembre de 1997 Auvidis Ibérica, en una doble edición, en castellano y catalán.

Los tres cuentos musicales, compuestos en el siglo XX, cuya elección realizó el propio Joan Manuel Serrat, son : Liliana (1993), con música de Salvador Brotons y texto de Josep Dolcet y Llorenç Caballero sobre el poema homónimo de Apel.les Mestres; Historia de Babar (1940-1945), con música de Francis Poulenc y texto de Jean de Brunhoff, y Viaje a la luna (1966), con partitura de Xavier Montsalvatge y letra de Josep Maria Espinás, son los tres cuentos elegidos por Serrat para grabar, junto a la Orquestra Sinfónica de Barcelona i Nacional de Catalunya (OBC) y bajo la dirección de Salvador Brotons.

Estos cuentos, nos narran historias edificantes -la preservación de la naturaleza en Liliana y la fraternidad entre seres diferentes en Historia de Babar y Viaje a la luna-, y son partituras para introducir a los niños en el mundo de la música sinfónica.

Compartimos hoy el video y el texto de Liliana, que espero sea de vuestro agrado. J.L.Soba

«Liliana»

Hace ya mucho tiempo, el Hombre, durante las largas noches de invierno, afilaba y pulía una piedra dentro de su cueva. Y después, cuando se fundieron las nieves, pidió al viejo roble una de sus ramas. Entonces, el hombre malvado fabricó un hacha y, con ella, hizo astillas el árbol indefenso. Al ver aquella maldad, los árboles, horrorizados, subieron a la cima de la montaña y allí se juntaron formando un pueblo fuerte y libre. Así nació el Bosque.
Los Gnomos juraron ser siempre los fieles guardianes del Bosque y se refugiaron en el interior de la Tierra. Pero, cuando descubrieron el primer diamante, desearon poseer más y acumular muchos tesoros, y de esta manera los habitantes del Bosque perdieron a los pequeños genios que los protegían. Sólo tres Gnomos, Flok, Mik y Puk, permanecieron fieles a su juramento porque amaban todas las cosas vivas: todo lo que crece y florece, lo que canta y ríe, lo que brota y renace.
Año tras año, el Bosque despertaba del sueño del invierno y reverdecían los árboles. Mientras tanto, los tres Gnomos escribían juntos el libro que recoge su historia.
Una tarde, al ponerse el sol, Flok oyó un llanto muy triste y quiso saber de quién procedía.
No muy lejos de allí, encontró a la avispa Zumba, que había quedado atrapada en una inmensa telaraña.
-¡Oh, buen Flok, sálvame! ¡La araña está lejos, pero volverá enseguida! – exclamó la prisionera.
Después de mucho pensarlo, Flok se compadeció y la liberó.
-¡Gracias, y de ahora en adelante cuenta siempre conmigo! – dijo la avispa al emprender el vuelo.
Mitad feliz, mitad triste, mientras Flok pensaba si había actuado bien o mal, vio que algo se movía en la superficie del estanque que formaba un remanso del río.
Flok fue a explicar a sus compañeros lo que le había sucedido con la avispa Zumba. Mik y Puk le reprendieron, ya que al ayudar a la avispa había perjudicado a la araña y había alterado así, el buen orden y el equilibrio del Bosque. Sin embargo, Flok les dijo que, gracias a ello, había visto algo extraordinario, aunque no sabía de qué se trataba.
Los tres juntos, descendieron aquella noche al estanque para ver qué era lo que se movía sobre el agua. De repente, oyeron una voz que decía:
-¡Flok, caiga sobre ti el peso de tu traición! Has roto mi telar, toda mi labor. ¡Que el mal caiga sobre ti, Flok! ¡Soy yo, la araña, quien te maldice!
Al nacer el día, los tres Gnomos vieron surgir del estanque la más bella criatura que, ni en sueños, habían podido imaginar.
El prudente Flok, haciendo un gran esfuerzo, dijo:
-¡Visión maravillosa! Quienquiera que seas, el viejo Flok te saluda y te da la bienvenida en nombre del Bosque. Pero dinos quién eres y de dónde vienes.
-Nací en el fondo del agua, donde no llega el Sol y el Viento nada puede mover, donde el silencio es música, donde todo sueña y se mueve lentamente. Soy hermana de los lirios y mi nombre es Liliana.
Desde aquel día, los tres Gnomos no pensaron más que en permanecer junto a aquel ser recién llegado. No se acordaron ya del Bosque ni de su juramento, pues su única tarea consistía en adorar a Liliana.
Una hermosa mañana de abril, Flok y Mik tuvieron el mismo pensamiento y, sin ningún tipo de compasión, Mik arrancó la flor más perfecta… y Flok atrapó una espléndida mariposa. Liliana aceptó, halagada, aquellos presentes. Con los pétalos de la flor muerta se hizo un vestido, y con las alas de la mariposa adornó su espalda.
Nadie escuchó los lamentos de agonía de las dos víctimas, sólo Puk, con las manos vacías se dio cuenta y sufrió. El sensible Puk sentía una gran tristeza por la flor rota y la mariposa sin alas. Pero, a su vez, él también quería ofrecer un regalo a Liliana.
Puk, pensativo, llegó al estanque donde croaban las ranas. Entonces, las reunió y les hizo aprender su canción de amor y, rodeando el palacio de Liliana, el viscoso orfeón inició su canto.
Flok y Mik se echaron a reír, burlándose del concierto y del compositor. Y Puk les respondió sin perder la calma:
-No me duele hacer reír. Puede que la música y los versos que he escrito sean malos, pero, al menos, no cuestan vidas.
De esta manera, mientras Liliana miraba sonriente, se rompió la amistad de los tres Gnomos y comenzó la amarga rivalidad.
Después de aquel día, una mañana en que, como todas, los tres Gnomos, bajaban al estanque por caminos diferentes, oyeron, de pronto, voces y risas: era Liliana que escuchaba complacida las palabras de Flor de Lino, el rey de los elfos.
-¿Qué haces sola en el Bosque, sola en el estanque? ¡Ven al valle, ven a la vida, ven con los elfos, a mi reino de amor! Allí se canta, se ríe y se baila, tanto a la luz de la luna, como a pleno sol.
Y de una brazada, Flor de Lino sentó a Liliana en su hombro y remontando el vuelo, se elevó hacia el cielo.
Flok, Mik y Puk pasaron muchos días esperando y esperando… Un mismo amor los había separado y, ahora, un mismo dolor volvía a unirlos.
Y llegó Fobia, la liebre, quien plantándose ante ellos, con voz que la rabia y el miedo hacía temblar, les dijo:
-Bosque, ¿dónde están tus valientes defensores? ¡El Hombre está dentro del Bosque! ¡Y lleva consigo el arma de rayo y de muerte!
De un salto se levantaron los tres Gnomos y, cogiéndose de las manos, gritaron:
-¡El Bosque está en peligro! ¡Unámonos por nuestra patria! ¡Todos para uno y uno para todos!
Se oyó entonces un fuerte zumbido.
Y Flok vio a Zumba, la avispa:
-¡Bienvenida, Zumba! – exclamó contento – ¡Si un día fuiste causa del mal, que ahora el mal se convierta en bien! Convoca al pueblo del aguijón. El Bosque está en peligro.
Poco después, se extendió una nube pavorosa que lanzaba rugidos de muerte. Era el ejército de los aguijones, los soldados de Flok, de Mik y de Puk: un desfile de avispas, abejas, abejorros y mosquitos, todos avanzando como una gran legión.
-¡Contra él! – gritaron todos a una.
Y todo el ejército se abalanzó sobre el Hombre que, vencido, se alejó para siempre.
Así renació la paz y, con ella, el gozo de vivir. Volvieron los otoños y las primaveras. Y los Gnomos volvieron a ser lo que habían sido antes: los fieles guardianes del Bosque.
Y si viajando por sus profundidades os dejan ver su Gran Libro, no busquéis en sus páginas la historia de Liliana. No está allí. Ni siquiera su nombre ha quedado escrito en él.

Liliana (1993)

Texto: Josep Dolcet y Llorenç Caballero sobre el poema homónimo de Apel.les Mestres

Música y dirección de Orquestra Sinfónica de Barcelona i Nacional de Catalunya (OBC): Salvador Brotons

Narración: Joan Manuel Serrat.

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Amar la vida

“Los ideales que iluminan mi camino y una y otra vez me han dado coraje para enfrentar la vida con alegría han sido: la amabilidad, la belleza y la verdad.” Albert Einstein

Por los montes de Viguera, foto J.L.Soba

Amar la vida

No juegues a hacer lo que otros quieren de ti.

Ni la sociedad, la familia, los amigos, o el ser amado, conocen lo que uno debe hacer.

Sólo uno sabe y sólo uno puede hacer lo que es justo para sí mismo.

Comienza ahora, tendrás que esforzarte mucho, tendrás que sobrepasar muchos obstáculos, tendrás que soslayar sus prejuicios.

Pero puedes lograr cuanto desees, si te esfuerzas de verdad lo suficiente.

Comienza ahora mismo y vivirás una experiencia diseñada por ti y para ti.

Y así podrás amar tu vida.

No podemos vivir tratando de responder a los requerimientos de los demás, no podemos estar pendientes de las necesidades de todos, no podemos tratar de responder a lo que los demás esperan de nosotros, no podemos hacer lo que los demás pretenden que hagamos.

Debemos ser auténticos, sinceros con nosotros mismos: Ser.

Sólo nosotros conocemos nuestras propias necesidades, y somos los verdaderos protagonistas de nuestra historia. Amar la vida significa también amarnos y respetarnos, asumirnos, tratar de ser mejores personas cada día.

No porque así lo quieren los demás, sino porque somos nosotros los que deseamos crecer, cambiar, y evolucionar.

Amar la vida es diseñar nuestras propias experiencias y en el diseño poner lo mejor de nosotros, lo más auténtico.

Sólo porque nosotros lo deseamos así y porque reconocemos que somos los artífices de nuestro propio destino, de nuestra propia vida.

Amar la vida: ¡Qué importante!

Con sus obstáculos, con sus problemas, con sus días grises, negros y blancos. Siempre, en la alegría y en la tristeza, en el mejor momento y en el peor.

Estamos vivos. Tenemos vida. Aprendamos a amarla desde ahora y para siempre.  Mira la hora en tu reloj, y comienza ya, no pierdas tiempo.

Autor desconocido

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