De lo que aconteció a un hombre que iba cargado de piedras preciosas y se ahogó en un río.

Mis piedras preciosas, foto: J.L.Soba

Mis piedras preciosas, foto: J.L.Soba

El Conde Lucanor – Cuento XXXII

De lo que aconteció a un hombre que iba cargado de piedras
preciosas y se ahogó en un río.

Un día dijo el conde a Patronio que tenía grandes deseos de ir a un
lugar donde iban a darle una partida de dineros creyendo, además,
que su estancia allí redundaría en su provecho; pero tenía miedo de
que le sobreviniese algún daño, deteniéndose allá mucho tiempo,
rogándole, por consiguiente, le aconsejara lo que sería bueno hacer.

—Señor conde —dijo Patronio—, para que hagáis en esto lo que a
mi modo de ver más os cumple, estaría bien que vos supierais lo que
aconteció a un hombre que llevaba a cuestas una carga muy parecida
cuando pasaba un río.

El conde le preguntó cómo fuera aquello.

—Señor conde —dijo Patronio—, un hombre llevaba una gran cantidad
de piedras preciosas a cuestas y eran tantas que se le hacía muy
pesado transportarlas. Acaeció entonces que hubo de pasar un gran
río y como la carga que llevaba era pesada se hundió mucho. Al llegar
a la parte más honda se hundía más todavía.

Un hombre que estaba en la orilla comenzó a dar voces y a decirle que
si no se deshacía de la carga se ahogaría. Y el mezquino loco no comprendía
que si se ahogaba perdería su cuerpo y su tesoro, mientras que
deshaciéndose de la carga, sólo perdería ésta, mas no el cuerpo. Codicioso
del valor que tenían las piedras preciosas que a cuestas llevaba no
quiso deshacerse de ellas y se ahogó, perdiendo, así, cuerpo y carga.

Y vos, señor conde Lucanor, aunque sería bueno que os aprovechaseis
del dinero y otras cosas que podrían redundar en vuestro bien, os acon-
sejo que, si hay peligro para vuestro cuerpo deteniéndoos en aquella
tierra, no os quedéis allí mucho tiempo por codicia de dineros o cosa
semejante. Y aún más, os aconsejo que no expongáis vuestro cuerpo si
no fuere por cosa que ataña a vuestra honra, o fuera en mengua vuestra
algo que dejarais de hacer; porque el que poco se precia, y por codicia
o devaneo se expone a la muerte, podéis estar seguro de que no piensa
fatigarse mucho; el que en realidad se estima, obra de manera que lo
estimen los demás; y no es preciado el hombre, porque él se precie sino
por hacer tales obras, que merezcan la estima de sus semejantes. El que
así lo hiciere, estad seguro de que cuidará su cuerpo y no se expondrá
a perderlo por codicia ni por cosa en que no haya gran honra; pero si
es preciso aventurarse, creed que no habrá hombre en el mundo que
más pronto lo haga que el que vale y se precia mucho.

El conde tuvo éste por buen ejemplo, obró así y se sintió feliz.

También don Juan entendió que el ejemplo era bueno, hízolo escribir
en este libro y compuso estos versos:

Quien por codicia se aventure
será maravilla que el bien dure.

FIN

Don Juan Manuel Infante De Castilla, (Escalona, 5 de mayo de 1282 – Córdoba, 13 de junio de 1348)

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