A usted, ¿quién lo entiende?

Obra de Nik Ainley

Obra de Nik Ainley

A usted, ¿quién lo entiende?

A mí, nadie me entiende. Lo confieso públicamente y con toda impudicia. Es
que, pensándolo bien, ¿qué pretensión es esa de que el otro descifre dentro de ti
eso que ni tú mismo alcanzas a captar?

Creo que no estamos para entendernos. ¿Quién inventó esa farsa del
entendimiento como fundamento esencial de nuestras relaciones?

Ahora el mundo entero llora, porque nadie se entiende con nadie. La crisis es de
entendimiento.
—No me entiende… —dice la esposa sobre el esposo.
Algo semejante confiesa él en la oficina:
—Lo que pasa es que ella no me entiende…
Y los hijos sobre sus padres:
—¿Quién entiende a los viejos?

Quizá desviamos el camino. No estamos para entendernos. Hay que desechar
ese ideal, porque es falso, porque no es posible, porque entender es una práctica
del intelecto referida hacia el mundo exterior, el de las cosas, el de la naturaleza, el
de los astros, pero no es válida para el mundo humano.

Uno entiende o puede llegar a entender el funcionamiento de una máquina. La
máquina, si está en buenas condiciones, funciona siempre igual. El hombre, si está
en buenas condiciones, funciona siempre distinto. ¿Entenderlo? Imposible. Carece
de manual de instrucciones.

El hombre es siempre algo que parece racional, pero que, como la luna, está
lleno de fases oscuras, invisibles. Esta es nuestra condición, inentendible, es decir,
imprevisible.

Tenía yo en Jerusalem un maestro de Cabala a quien un discípulo le preguntó si
entendía los caminos de Dios. El maestro, anciano, pensativo, tartamudeando le
respondió:
—Hace cincuenta años que vivo con mi esposa y aún no la conozco, ¿cómo
pretendes que sepa algo de Dios?

Conocer, entender, son acciones relativas a cosas, a objetos, a aquello que nos
es ajeno; los seres humanos no somos objetos, somos sujetos móviles, mudables,
impredecibles. Misteriosos, en última instancia.

Por eso cabe decir:
—No viniste al mundo, hijo, para entenderme ni para que yo te entienda. No
eres un objeto de estudio. Eres un sujeto viviente, creativo, lleno de potencias que
ni tú ni yo conocemos a fondo. Pero estamos juntos para vivir y para ayudarnos
recíprocamente a ser felices.

La felicidad no es entendimiento.
De la felicidad el entendimiento nada entiende. Pascal reflexionaba: “El corazón
tiene razones que la razón desconoce”.
Porque la felicidad, es privativa, de cada uno, intransferible —como fórmula,
como receta— a otros.

Queremos amor, no entendimiento. Así de sencillo. A tal efecto, para amarnos,
cada uno debe ser el que es, debe asumirse en su edad, en sus creencias, en sus
ideas, en sus gustos, en sus vivencias.

—Para que seas tú mismo, hijo mío, debemos —tu mamá y yo— ser nosotros
mismos.
Ahí está el límite, el gran límite primero. Un límite que nos separa y nos
comunica a la vez.
De ahí se desprenderán todos los demás límites que son, desde “no metas las manitos en el plato”, hasta “no es esa la manera de comportarse con una novia”.

Claro que todo comienza con el NO. NO somos los mismos; no tenemos idénticos
gustos ni preferencias; no es tu cuerpo el mío ni es tu sensibilidad la mía…
NO es el origen de la cultura, de cualquier sistema de convivencia humana. Tu
diferencia con los demás te constituye en persona única e irreemplazable; gracias a
esa diferencia, te comunicas, te enriqueces, te enamoras.

Del NO brota el sí; a partir de ahí ejerces tu libertad creadora y conformadora de
nuevas normas.

Jaime Barilko de su libro “Los hijos y los límites”

 

Jaime Barylko (Buenos Aires, 1936 – Buenos Aires, 24 de diciembre de 2002) fue un escritor, ensayista y pedagogo argentino.

Gran parte de la obra de Barylko es considerada dentro del género de autoayuda, lo que para algunos es considerado despectivo. Por el contrario su viuda Jaia afirma:                      Si hay libros que al leerlos les hacen bien a otros, bienvenidos sean. Los textos de Jaime son profundos. El se definía filósofo y tenía la capacidad de hablar de las cosas más difíciles en un lenguaje al alcance de todos.

En su libro “El miedo a los hijos” (1992) Barylko expresa:                                                           Un día escribió Kafka una carta al padre, y lo fustigó. Después se publicó y aplaudimos fervorosamente. En ese clima nos criamos, en el de los padres culpables y el de los hijos absueltos, a priori… Y es cierto: los padres son culpables. Culpables de hacerse culpables. Culpables del miedo: el miedo de educar, de expresarse libremente por no invadir la intimidad del libre crecimiento del hijo, el miedo de cercenar sus derechos, de influir. Culpables de no ser padres o de serlo únicamente a la defensiva… Nos sentimos liberados de miles de prejuicios, pero por otra parte estamos maniatados por el no-saber-qué-hacer. El miedo paraliza. Y no le hace bien a nadie. Tampoco a los hijos.

(Datos biográficos seleccionados de Wikipedia)

 

 

 

Esta entrada fue publicada en Reflexiones, Relatos y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s