“Las manos”

Este martes 28 de Marzo de 2017, se cumplen 75 años desde que el cuerpo de Miguel Hernández nos dejó. Este sin igual poeta, que durante un tiempo ejerció de pastor de un rebaño de cabras propiedad de su padre, que le obligó a dejar los estudios a los 14 años y que devoraba libros, se formó de un modo autodidacta en contra de la opinión de su progenitor, con quien mantuvo una difícil relación y que no lo visitó nunca en la prisión en la que agonizaba de neumonía y tuberculosis. Ni siquiera asistió a su entierro y cuando se le preguntó sobre la suerte de su hijo, dicen que su único comentario fue “él se lo ha buscado”.

Pues si, su padre tenía razón, Miguel Hernández se ha buscado el reconocimiento y admiración de todos aquellos que amamos su honesta obra, y su manera de llevar al rango de poesía el sentir del pueblo llano, de tal forma que su cuerpo nos dejó, pero su obra siempre perdurará entre nosotros. J.L.Soba

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Estudio sobre manos, obra de Albert Durero

“Las manos”

Dos especies de manos se enfrentan en la vida,
brotan del corazón, irrumpen por los brazos,
saltan, y desembocan sobre la luz herida
a golpes, a zarpazos.

La mano es la herramienta del alma, su mensaje,
y el cuerpo tiene en ella su rama combatiente.
Alzad, moved las manos en un gran oleaje,
hombres de mi simiente.

Ante la aurora veo surgir las manos puras
de los trabajadores terrestres y marinos,
como una primavera de alegres dentaduras,
de dedos matutinos.

Endurecidamente pobladas de sudores,
retumbantes las venas desde las uñas rotas,
constelan los espacios de andamios y clamores,
relámpagos y gotas.

Conducen herrerías, azadas y telares,
muerden metales, montes, raptan hachas, encinas,
y construyen, si quieren, hasta en los mismos mares
fábricas, pueblos, minas.

Estas sonoras manos oscuras y lucientes
las reviste una piel de invencible corteza,
y son inagotables y generosas fuentes
de vida y de riqueza.

Como si con los astros el polvo peleara,
como si los planetas lucharan con gusanos,
la especie de las manos trabajadora y clara
lucha con otras manos.

Feroces y reunidas en un bando sangriento
avanzan al hundirse los cielos vespertinos
unas manos de hueso lívido y avariento,
paisaje de asesinos.

No han sonado: no cantan. Sus dedos vagan roncos,
mudamente aletean, se ciernen, se propagan.
Ni tejieron la pana, ni mecieron los troncos,
y blandas de ocio vagan.

Empuñan crucifijos y acaparan tesoros
que a nadie corresponden sino a quien los labora,
y sus mudos crepúsculos absorben los sonoros
caudales de la aurora.

Orgullo de puñales, arma de bombardeos
con un cáliz, un crimen y un muerto en cada uña:
ejecutoras pálidas de los negros deseos
que la avaricia empuña.

¿Quién lavará estas manos fangosas que se extienden
al agua y la deshonran, enrojecen y estragan?
Nadie lavará manos que en el puñal se encienden
y en el amor se apagan.

Las laboriosas manos de los trabajadores
caerán sobre vosotras con dientes y cuchillas.
Y las verán cortadas tantos explotadores
en sus mismas rodillas.

Miguel Hernández, en su obra “Vientos del Pueblo”(1936-1937)

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