¡Noviembre, No me apuren por favor!

navidad¡Noviembre, No me apuren por favor!

Les quiero contar este mes algo que me pasó y que creo que es muy frecuente. El otro día fui a un Supermercado de la zona y vi con estupor todo arreglado para Navidad, iba con mi hija y lo que me salió del alma fue decir “no me apuren por favor, déjenme vivir Noviembre en paz” .

Este dato me hizo reflexionar en la tremenda dificultad que tenemos para vivir el presente y cómo el sistema nos obliga a adelantarnos a pensar y a sentir cosas que no queremos.

Quiero vivir Noviembre tranquila, si deseo comprar algo de los regalos antes, quiero que sea mi elección y no una presión a mi inconciente.

Necesito que me ayude el sistema a vivir el presente, a gozar la sonrisa de los niños, el caminar despacio y no corriendo, a disfrutar de la calma de una puesta de sol, etc.

Lo terrible es que pasando Navidad, van a aparecer en las vitrinas los artículos colegiales donde recién nuestros niños empiezan su merecido descanso, y así vamos viviendo todo antes sin poder disfrutar del presente y angustiándonos por lo rápido que se nos pasa la vida sin darnos cuenta.

Todos tenemos la sensación de que éste año al igual que los otros se nos fue y no sabemos cómo, probablemente los mismos conflictos familiares y personales que teníamos el año pasado siguen estando ahí sin resolver por que el año se nos fue en puras cosas urgentes y a lo mejor en pocas importantes.

Para esto les quiero hacer una invitación: comencemos a evaluar este año, empecemos dentro de Noviembre a ver cuántos sueños y dolores hemos vivido, si hoy somos mejores personas que hace un año atrás.

Aprovechemos que Noviembre todavía tiene cierta paz, si es que nos dejan, para reflexionar en el silencio, para caminar por nuestras playas que aún las encontramos vacías y nos pertenecen a los que vivimos aquí.

Aprovechemos que la locura de los actos de fin de año no nos invade para detenernos a evaluar nuestras vidas y las de los seres que amamos. Tratemos de no enganchar con el consumismo que antes de tiempo nos saca de nosotros mismos y nos aleja de lo esencial.

Los invito a reflexionar sobre el año 2007, ojala que la evaluación sea positiva pero si no lo es, siempre hay tiempo para cambiar y para mejorar, lo importante es vivir el presente y no dejar para mañana lo que puedo decir hoy.

Mucha suerte en la evaluación y nos vemos el próximo mes, si Dios quiere.

Pilar Sordo Martínez

María del Pilar Sordo Martínez (Temuco, Chile, 1965), es una psicóloga, columnista, conferencista y escritora chilena. Sus libros son sobre investigaciones en relaciones interpersonales cuyo estilo en ocasiones es catalogado como autoayuda. Entre sus libros destacan “Bienvenido dolor” (2012) y  “No quiero envejecer” (2014).

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Historia de una madre

“Alejadme de la sabiduría que no llora, de la filosofía que no ríe y de la grandeza que no se inclina ante los niños” Gibran Khalil Gibran

Eduardo Kingman Riofrio - El Niño Enfermo1955

El Niño Enfermo (1955), obra de Eduardo Kingman Riofrio.

Historia de una madre

XEE6589817007d6a353b75c535069352d85e88staba una madre sentada junto a la cuna de su hijito, muy afligida y angustiada, pues temía que el pequeño se muriera. Éste, en efecto, estaba pálido como la cera, tenía los ojitos medio cerrados y respiraba casi imperceptiblemente, de vez en cuando con una aspiración profunda, como un suspiro. La tristeza de la madre aumentaba por momentos al contemplar a la tierna criatura.

Llamaron a la puerta y entró un hombre viejo y pobre, envuelto en un holgado cobertor, que parecía una manta de caballo; son mantas que calientan, pero él estaba helado. Se estaba en lo más crudo del invierno; en la calle todo aparecía cubierto de hielo y nieve, y soplaba un viento cortante.

Como el viejo tiritaba de frío y el niño se había quedado dormido, la madre se levantó y puso a calentar cerveza en un bote, sobre la estufa, para reanimar al anciano. Éste se había sentado junto a la cuna, y mecía al niño. La madre volvió a su lado y se estuvo contemplando al pequeño, que respiraba fatigosamente y levantaba la manita.

-¿Crees que vivirá? -preguntó la madre-. ¡El buen Dios no querrá quitármelo!

El viejo, que era la Muerte en persona, hizo un gesto extraño con la cabeza; lo mismo podía ser afirmativo que negativo. La mujer bajó los ojos, y las lágrimas rodaron por sus mejillas. Tenía la cabeza pesada, llevaba tres noches sin dormir y se quedó un momento como aletargada; pero volvió en seguida en sí, temblando de frío.

-¿Qué es esto? -gritó, mirando en todas direcciones. El viejo se había marchado, y la cuna estaba vacía. ¡Se había llevado al niño! El reloj del rincón dejó oír un ruido sordo, la gran pesa de plomo cayó rechinando hasta el suelo, ¡paf!, y las agujas se detuvieron.

La desolada madre salió corriendo a la calle, en busca del hijo. En medio de la nieve había una mujer, vestida con un largo ropaje negro, que le dijo:

-La Muerte estuvo en tu casa; lo sé, pues la vi escapar con tu hijito. Volaba como el viento. ¡Jamás devuelve lo que se lleva!

-¡Dime por dónde se fue! -suplicó la madre-. ¡Enséñame el camino y la alcanzaré!

-Conozco el camino -respondió la mujer vestida de negro pero antes de decírtelo tienes que cantarme todas las canciones con que meciste a tu pequeño. Me gustan, las oí muchas veces, pues soy la Noche. He visto correr tus lágrimas mientras cantabas.

-¡Te las cantaré todas, todas! -dijo la madre-, pero no me detengas, para que pueda alcanzarla y encontrar a mi hijo.

Pero la Noche permaneció muda e inmóvil, y la madre, retorciéndose las manos, cantó y lloró; y fueron muchas las canciones, pero fueron aún más las lágrimas. Entonces dijo la Noche:

-Ve hacia la derecha, por el tenebroso bosque de abetos. En él vi desaparecer a la Muerte con el niño.

Muy adentro del bosque se bifurcaba el camino, y la mujer no sabía por dónde tomar. Se levantaba allí un zarzal, sin hojas ni flores, pues era invierno, y las ramas estaban cubiertas de nieve y hielo.

-¿No has visto pasar a la Muerte con mi hijito?

-Sí -respondió el zarzal- pero no te diré el camino que tomó si antes no me calientas apretándome contra tu pecho; me muero de frío, y mis ramas están heladas.

Y ella estrechó el zarzal contra su pecho, apretándolo para calentarlo bien; y las espinas se le clavaron en la carne, y la sangre le fluyó a grandes gotas. Pero del zarzal brotaron frescas hojas y bellas flores en la noche invernal: ¡tal era el ardor con que la acongojada madre lo había estrechado contra su corazón! Y la planta le indicó el camino que debía seguir.

Llegó a un gran lago, en el que no se veía ninguna embarcación. No estaba bastante helado para sostener su peso, ni era tampoco bastante somero para poder vadearlo; y, sin embargo, no tenía más remedio que cruzarlo si quería encontrar a su hijo. Se echó entonces al suelo, dispuesta a beberse toda el agua; pero ¡qué criatura humana sería capaz de ello! Mas la angustiada madre no perdía la esperanza de que sucediera un milagro.

-¡No, no lo conseguirás! -dijo el lago-. Mejor será que hagamos un trato. Soy aficionado a coleccionar perlas, y tus ojos son las dos perlas más puras que jamás he visto. Si estás dispuesta a desprenderte de ellos a fuerza de llanto, te conduciré al gran invernadero donde reside la Muerte, cuidando flores y árboles; cada uno de ellos es una vida humana.

-¡Ay, qué no diera yo por llegar a donde está mi hijo! -exclamó la pobre madre-, y se echó a llorar con más desconsuelo aún, y sus ojos se le desprendieron y cayeron al fondo del lago, donde quedaron convertidos en preciosísimas perlas. El lago la levantó como en un columpio y de un solo impulso la situó en la orilla opuesta. Se levantaba allí un gran edificio, cuya fachada tenía más de una milla de largo. No podía distinguirse bien si era una montaña con sus bosques y cuevas, o si era obra de albañilería; y menos lo podía averiguar la pobre madre, que había perdido los ojos a fuerza de llorar.

-¿Dónde encontraré a la Muerte, que se marchó con mi hijito? -preguntó.

-No ha llegado todavía -dijo la vieja sepulturera que cuida del gran invernadero de la Muerte-. ¿Quién te ha ayudado a encontrar este lugar?

-El buen Dios me ha ayudado -dijo la madre-. Es misericordioso, y tú lo serás también. ¿Dónde puedo encontrar a mi hijo?

-Lo ignoro -replicó la mujer-, y veo que eres ciega. Esta noche se han marchitado muchos árboles y flores; no tardará en venir la Muerte a trasplantarlos. Ya sabrás que cada persona tiene su propio árbol de la vida o su flor, según su naturaleza. Parecen plantas corrientes, pero en ellas palpita un corazón; el corazón de un niño puede también latir. Atiende, tal vez reconozcas el latido de tu hijo, pero, ¿qué me darás si te digo lo que debes hacer todavía?

-Nada me queda para darte -dijo la afligida madre pero iré por ti hasta el fin del mundo.

-Nada hay allí que me interese -respondió la mujer pero puedes cederme tu larga cabellera negra; bien sabes que es hermosa, y me gusta. A cambio te daré yo la mía, que es blanca, pero también te servirá.

-¿Nada más? -dijo la madre-. Tómala enhorabuena -. Dio a la vieja su hermoso cabello, y se quedó con el suyo, blanco como la nieve.

Entraron entonces en el gran invernadero de la Muerte, donde crecían árboles y flores en maravillosa mezcolanza. Había preciosos, jacintos bajo campanas de cristal, y grandes peonías fuertes como árboles; y había también plantas acuáticas, algunas lozanas, otras enfermizas. Serpientes de agua las rodeaban, y cangrejos negros se agarraban a sus tallos. Crecían soberbias palmeras, robles y plátanos, y no faltaba el perejil ni tampoco el tomillo; cada árbol y cada flor tenia su nombre, cada uno era una vida humana; la persona vivía aún: éste en la China, éste en Groenlandia o en cualquier otra parte del mundo. Había grandes árboles plantados en macetas tan pequeñas y angostas, que parecían a punto de estallar; en cambio, se veían míseras florecillas emergiendo de una tierra grasa, cubierta de musgo todo alrededor. La desolada madre fue inclinándose sobre las plantas más diminutas, oyendo el latido del corazón humano que había en cada una; y entre millones reconoció el de su hijo.

-¡Es éste! -exclamó, alargando la mano hacia una pequeña flor azul de azafrán que colgaba de un lado, gravemente enferma.

-¡No toques la flor! -dijo la vieja-. Quédate aquí, y cuando la Muerte llegue, pues la estoy esperando de un momento a otro, no dejes que arranque la planta; amenázala con hacer tú lo mismo con otras y entonces tendrá miedo. Es responsable de ellas, ante Dios; sin su permiso no debe arrancarse ninguna.

De pronto se sintió en el recinto un frío glacial, y la madre ciega comprendió que entraba la Muerte.

-¿Cómo encontraste el camino hasta aquí? -preguntó.- ¿Cómo pudiste llegar antes que yo?

-¡Soy madre! -respondió ella.

La Muerte alargó su mano huesuda hacia la flor de azafrán, pero la mujer interpuso las suyas con gran firmeza, aunque temerosa de tocar una de sus hojas. La Muerte sopló sobre sus manos y ella sintió que su soplo era más frío que el del viento polar. Y sus manos cedieron y cayeron inertes.

-¡Nada podrás contra mí! -dijo la Muerte.

-¡Pero sí lo puede el buen Dios! -respondió la mujer.

-¡Yo hago sólo su voluntad! -replicó la Muerte-. Soy su jardinero. Tomo todos sus árboles y flores y los trasplanto al jardín del Paraíso, en la tierra desconocida; y tú no sabes cómo es y lo que en el jardín ocurre, ni yo puedo decírtelo.

-¡Devuélveme mi hijo! -rogó la madre, prorrumpiendo en llanto. Bruscamente puso las manos sobre dos hermosas flores, y gritó a la Muerte:

-¡Las arrancaré todas, pues estoy desesperada!

-¡No las toques! -exclamó la Muerte-. Dices que eres desgraciada, y pretendes hacer a otra madre tan desdichada como tú.

-¡Otra madre! -dijo la pobre mujer, soltando las flores-. ¿Quién es esa madre?

-Ahí tienes tus ojos -dijo la Muerte-, los he sacado del lago; ¡brillaban tanto! No sabía que eran los tuyos. Tómalos, son más claros que antes. Mira luego en el profundo pozo que está a tu lado; te diré los nombres de las dos flores que querías arrancar y verás todo su porvenir, todo el curso de su vida. Mira lo que estuviste a punto de destruir.

Miró ella al fondo del pozo; y era una delicia ver cómo una de las flores era una bendición para el mundo, ver cuánta felicidad y ventura esparcía a su alrededor.

La vida de la otra era, en cambio, tristeza y miseria, dolor y privaciones.

-Las dos son lo que Dios ha dispuesto -dijo la Muerte.

-¿Cuál es la flor de la desgracia y cuál la de la ventura? -preguntó la madre.

-Esto no te lo diré -contestó la Muerte-. Sólo sabrás que una de ellas era la de tu hijo. Has visto el destino que estaba reservado a tu propio hijo, su porvenir en el mundo.

La madre lanzó un grito de horror:

-¿Cuál de las dos era mi hijo? ¡Dímelo, sácame de la incertidumbre! Pero si es el desgraciado, líbralo de la miseria, llévaselo antes. ¡Llévatelo al reino de Dios! ¡Olvídate de mis lágrimas, olvídate de mis súplicas y de todo lo que dije e hice!

-No te comprendo -dijo la Muerte-. ¿Quieres que te devuelva a tu hijo o prefieres que me vaya con él adonde ignoras lo que pasa?

La madre, retorciendo las manos, cayó de rodillas y elevó esta plegaria a Dios Nuestro Señor:

-¡No me escuches cuando te pida algo que va contra Tu voluntad, que es la más sabia! ¡No me escuches! ¡No me escuches!

Y dejó caer la cabeza sobre el pecho, mientras la Muerte se alejaba con el niño, hacia el mundo desconocido.

Hans Christian Andersen

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La Muerte

 

¿Qué es el morir, sino entregarse desnudo al viento y fundirse con el sol?

El Árbol de la Vida (1653), obra de Ignacio de Ries, pintor flamenco, Capilla de la Concepción de la catedral de Segovia.

El Árbol de la Vida (1653), obra del pintor flamenco Ignacio de Ries, Capilla de la Concepción de la catedral de Segovia.

La Muerte

Entonces hablo Almitra: “Ahora quisiéramos preguntarte sobre la muerte”. Y él respondió:

“¡Queréis conocer el secreto de la muerte!
Mas, ¿cómo conocerlo a menos que busquéis en el corazón de la vida?
El búho, de ojos sitiados por la noche que son ciegos por el día, no puede quitar el velo al misterio de la luz.
Si en verdad queréis contemplar el espíritu de la muerte, abrid de par en par vuestro corazón al cuerpo de la vida.
Porque la vida y la muerte son una, lo mismo que son uno el río y el mar.

En lo más hondo de vuestras esperanzas y deseos descansa vuestro silente conocimiento del más allá.
Y como semillas que sueñan bajo la nieve, así vuestro corazón sueña con la primavera.

Confiad en los sueños, porque en ellos se esconde el camino a la eternidad.

Vuestro miedo a la muerte no es más que el temblor del pastor de pie ante el rey, cuya mano va a posarse sobre él para honrarlo.
Bajo su miedo, ¿no está jubiloso el pastor sabiendo que podrá ostentar el sello del rey? ¿No le hace esto más consciente de su temblor?
Porque, ¿qué es el morir, sino entregarse desnudo al viento y fundirse con el sol?
¿Y qué es dejar de respirar, sino liberar la respiración de sus inquietos vaivenes para que pueda alzarse y expandirse y buscar sin trabas a Dios?

En verdad, solo cantaréis realmente cuando bebáis del río del silencio.
Y solo cuando hayáis alcanzado la cima de la montaña empezaréis a escalar.
Y solo cuando la tierra reclame vuestros miembros, bailaréis en verdad.”

Gibran Khalil Gibran, de su libro “El Profeta”

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Lucifer

 “Este es el precio de ser mal comprendido, pensó. Te llaman diablo o te llaman dios”.

Bach, Richard. “Juan Salvador Gaviota”.

le-genie-du-mal-guillaume-geefs-1848El Genio del Mal (1848) obra de Guillaume Geefs.

“Lucifer”

xmmovido por la curiosidad, me puse en camino. E intenté encontrar a Lucifer.

Al llegar al desierto descubrí a un ermitaño, consumido por el hambre y la sed.

“¿Conoces tú a Lucifer?”

Y el eremita, espantado, exclamó: “El Maligno tiene forma de fuente. Sus aguas son deseables, pero guárdate, peregrino: solo son un venenoso espejismo.”

Me adentré después en el templo de las vírgenes sagradas.

“¿Conocéis vosotras a Lucifer?”

Y las sacerdotisas, espantadas, exclamaron:

“El Maligno tiene forma de macho cabrío y trata de poseernos cada noche.”

Al interrogar a los doctores de la Iglesia, espantados, se santiguaron, exclamando:

“El Maligno es una hidra de siete cabezas que devora cuantos se alejan de nuestra santísima protección.”

Pregunté también entre los negros y éstos, espantados, exclamaron:

“El Maligno, sin duda, es el hombre blanco…”

Encontré más adelante a un sabio.

“¿Conoces tú a Lucifer?”

El Maligno -exclamó con espanto el anciano- es un monstruo de doble lengua: lleva consigo la contradicción.”

Y al atardecer, a punto de abandonar tal inútil empresa, me salió al paso un joven de gran belleza.

“¿Conoces tú a Lucifer?”, le interrogué con desaliento. “Sí. Soy yo”.

Desconcertado, no supe qué responder. Y Lucifer, comprendiendo mi confusión repuso:

“¿De qué te asombras?… Solo consultaste a mis enemigos.”

Juan José Benítez, de su libro “La otra orilla”.

 

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¡Qué lástima!

Áureo de Adriano, acuñado en el 132 d.c. con Hispania recostada portando una espiga y un conejo a sus pies.

Áureo de Adriano, acuñado en el 132 d.c. con Hispania recostada portando una espiga y un conejo a sus pies.

¡Qué lástima!

Para Alberto López Arguello

¡Qué lástima!
Que yo no pueda cantar a la usanza de este tiempo
lo mismo que los poetas que hoy cantan!

¡Qué lástima que yo no pueda entonar
con una voz engolada esas brillantes romanzas
a las glorias de la patria!
¡Qué lástima que yo no tenga una patria!

Sé que la historia es la misma,
la misma siempre, que pasa
desde una tierra a otra tierra,
desde una raza a otra raza,
como pasan esas tormentas de estío
desde ésta a aquella comarca.

¡Qué lástima que yo no tenga comarca,
patria chica, tierra provinciana!
Debí nacer en la entraña en la estepa castellana

Y fui a nacer en un pueblo del que no recuerdo nada:
pasé los días azules de mi infancia en Salamanca,
y mi juventud, una juventud sombría, en la montaña.
Después… ya no he vuelto a echar el ancla
y ninguna de estas tierras me levanta ni me exalta
para poder cantar siempre en la misma tonada
al mismo río que pasa rodando las mismas aguas,
al mismo cielo, al mismo campo y en la misma casa.

¡Qué lástima que yo no tenga una casa!
Una casa solariega y blasonada,
una casa en que guardara,
a más de otras cosas raras,
un sillón viejo de cuero, una mesa apolillada
y el retrato de un mi abuelo
que ganara una batalla.
¡Qué lástima que yo no tenga un abuelo
que ganara una batalla, retratado
con una mano cruzada en el pecho,
y la otra mano en el puño de la espada!

¡Qué lástima que yo no tenga siquiera una espada!
Porque… ¿qué voy a cantar
si no tengo ni una patria,
ni una tierra provinciana,
ni una casa solariega y blasonada,
ni el retrato de un mi abuelo
que ganara una batalla,
ni un sillón viejo de cuero,
ni una mesa, ni una espada?

¡Qué voy a cantar si soy
un paria que apenas tiene una capa!
Sin embargo… en esta tierra de España
y en un pueblo de la Alcarria
hay una casa en la que estoy de posada
y donde tengo, prestadas,
una mesa de pino y una silla de paja.
Un libro tengo también.
Y todo mi ajuar se halla en una sala muy amplia
y muy blanca que está en la parte más baja
y más fresca de la casa. Tiene una luz muy clara
esta sala tan amplia  y tan blanca…

Una luz muy clara que entra por una ventana
que da a una calle muy ancha.
Y a la luz de esta ventana vengo todas las mañanas.
Aquí me siento sobre mi silla de paja
y venzo las horas largas leyendo en mi libro y viendo
cómo pasa la gente al través de la ventana.

Cosas de poca importancia
parecen un libro y el cristal de una ventana
en un pueblo de la Alcarria,
y, sin embargo, le basta
para sentir todo el ritmo de la vida a mi alma.
Que todo el ritmo del mundo por estos cristales pasa
ese pastor que va detrás de las cabras
con una enorme cayada,
esa mujer agobiada
con una carga de leña en la espalda,
esos mendigos que vienen
arrastrando sus miserias de Pastrana,
y esa niña que va a la escuela de tan mala gana.

¡Oh, esa niña! Hace un alto en mi ventana siempre,
y se queda a los cristales pegada
como si fuera una estampa.
¡Qué gracia tiene su cara en el cristal aplastada
con la barbilla sumida y la naricilla chata!
Yo me río mucho mirándola
y la digo que es una niña muy guapa…
Ella entonces me llama ¡tonto!, y se marcha.
¡Pobre niña! Ya no pasa por esta calle tan ancha
caminando hacia la escuela de mala gana,
ni se para en mi ventana,
ni se queda a los cristales pegada
como si fuera una estampa.
Que un día se puso mala, muy mala,
y otro día doblaron por ella a muerto las campanas.

Y en una tarde muy clara, por esta calle tan ancha,
al través de la ventana, vi cómo se la llevaban
en una caja muy blanca… En una caja muy blanca
que tenía un cristalito en la tapa.
Por aquel cristal se la veía la cara
lo mismo que cuando estaba
pegadita al cristal de mi ventana…
Al cristal de esta ventana
que ahora me recuerda siempre
el cristalito de aquella caja tan blanca.
Todo el ritmo de la vida pasa
por este cristal de mi ventana…
Y la muerte también pasa…

¡Qué lástima!
Que no pudiendo cantar otras hazañas,
porque no tengo una patria,
ni una tierra provinciana,
ni una casa solariega y blasonada,
ni el retrato de un mi abuelo
que ganara una batalla,
ni un sillón viejo de cuero,
ni una mesa, ni una espada,
y soy un paria que apenas tiene una capa…
venga forzado a cantar, cosas de poca importancia!

León Felipe

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Caperucita Roja

 

“En la agreste infancia de la meseta burgalesa pedía a mis buenas niñeras del páramo que me contaran una historia de lobos, y con estas historias me dormía, arrullado por la seguridad de la casa, dulce y confortable”.                                                   Félix Rodríguez de la Fuente

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Caperucita Roja

Grobuchstabe E rotrase una vez una persona de corta edad llamada Caperucita Roja que vivía con su madre en la linde de un bosque. Un día, su madre le pidió que llevara una cesta con fruta fresca y agua mineral a casa de su abuela, pero no porque lo considerara una labor propia de mujeres, atención, sino porque ello representaba un acto generoso que contribuía a afianzar la sensación de comunidad. Además, su abuela no estaba enferma; antes bien, gozaba de completa salud física y mental y era perfectamente capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que era.

Así, Caperucita Roja cogió su cesta y emprendió el camino a través del bosque. Muchas personas creían que el bosque era un lugar siniestro y peligroso, por lo que jamás se aventuraban en él. Caperucita Roja, por el contrario, poseía la suficiente confianza en su incipiente sexualidad como para evitar verse intimidada por una imaginería tan obviamente freudiana.

De camino a casa de su abuela, Caperucita Roja fue abordada por un lobo que le preguntó qué llevaba en la cesta.

-Un saludable tentempié para mi abuela, quien, sin duda alguna, es perfectamente capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que es -respondió.

-No sé si sabes, querida -dijo el lobo-, que es peligroso para una niña pequeña recorrer sola estos bosques.

Respondió Caperucita:

-Encuentro esa observación sexista y en extremo insultante, pero haré caso omiso de ella debido a tu tradicional condición de proscrito social y a la perspectiva existencial -en tu caso propia y globalmente válida- que la angustia que tal condición te produce te ha llevado a desarrollar. Y, ahora, si me perdonas, debo continuar mi camino.

Caperucita Roja enfiló nuevamente el sendero. Pero el lobo, liberado por su condición de segregado social de esa esclava dependencia de pensamiento lineal tan propio de Occidente, conocía una ruta más rápida para llegar a casa de la abuela. Tras irrumpir bruscamente en ella, devoró a la anciana, adoptando con ello una línea de conducta completamente válida para cualquier carnívoro. A continuación, inmune a las rígidas nociones tradicionales de lo masculino y femenino, se puso el camisón de la abuela y se acurrucó en el lecho.

Caperucita Roja entró en la cabaña y dijo:

-Abuela te he traído algunas chucherías bajas en calorías y en sodio en reconocimiento a tu papel de sabia y generosa matriarca.

-Acércate más, criatura, para que pueda verte -dijo suavemente el lobo desde el lecho.

-¡Oh! -repuso Caperucita-. Había olvidado que visualmente eres tan limitada como un topo. Pero, abuela, ¡qué ojos tan grandes tienes!

-Han visto mucho y han perdonado mucho, querida.

-Y, abuela, ¡qué nariz tan grande tienes!…, relativamente hablando, claro está, y a su modo indudablemente atractiva.

-Ha olido mucho y ha perdonado mucho, querida.

-Y… ¡abuela, qué dientes tan grandes tienes!

Respondió el lobo:

-Soy feliz de ser quien soy y lo que soy -y, saltando de la cama, aferró a Caperucita Roja con sus garras dispuesto a devorarla.

Caperucita gritó; no como resultado de la aparente tendencia del lobo hacia el travestismo, sino la deliberada invasión que había realizado de su espacio personal.

Sus gritos llegaron a oídos de un operario de la industria maderera (o técnico en combustibles vegetales, como él mismo prefería considerarse) que pasaba por allí. Al entrar en la cabaña, advirtió el revuelo y trató de intervenir. Pero, apenas había alzado su hacha, cuando tanto el lobo como Caperucita Roja se detuvieron simultáneamente.

-¿Puede saberse con exactitud qué cree usted que está haciendo? -inquirió Caperucita.

El operario maderero parpadeó e intentó responder, pero las palabras no acudían a sus labios.

-¡Se cree acaso que puede irrumpir aquí como un neandertalense cualquiera y delegar su capacidad de reflexión en el arma que lleva consigo! -prosiguió Caperucita-. ¡Sexista! ¡Racista! ¿Cómo se atreve a dar por hecho que las mujeres y los lobos no son capaces de resolver sus propias diferencias sin la ayuda de un hombre?

Al oír el apasionado discurso de Caperucita, la abuela saltó de la panza del lobo, arrebató el hacha al operario maderero y le cortó la cabeza. Concluida la odisea, Caperucita, la abuela y el lobo creyeron experimentar cierta afinidad en sus objetivos, decidieron establecer una forma alternativa de comunidad basada en la cooperación y el respeto mutuos, y juntos, vivieron felices en los bosques para siempre.

James Finn Garner, en su libro “Cuentos infantiles políticamente correctos” (1994)

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Claves para entender la reencarnación

“El universo está regido por la ley de causas y de consecuencias. Cada acto, cada acontecimiento, es una causa que conlleva consecuencias y cada acto, cada acontecimiento es, en sí mismo, la consecuencia de una causa.                                       En cuanto a la reencarnación, sólo es en realidad un aspecto en particular de esta ley de causas y de consecuencias. Como la vida de los seres no se detiene en el momento en que abandonan la tierra, no sólo las consecuencias de sus actos les siguen al más allá, sino que cuando vuelven a encarnarse, persisten vivas y activas”.                                    Omraam Mikhaël Aïvanhov

 

reencarnacion

Claves para entender la reencarnación

La ley de la reencarnación o el origen de las desigualdades.

La ley de la reencarnación explica todas las injusticias aparentes de la vida

En la vida encontramos a personas con buena salud, bellas, inteligentes, ricas, que gozan de las mejores condiciones y tienen éxito en todo lo que emprenden, y a otras, por el contrario, tan desgraciadas que, hagan lo que hagan, van de fracaso en fracaso. ¿Cuál es el origen de esta desigualdad de condiciones? A menudo mucha gente se queda perpleja ante lo que parece ser verdaderamente una injusticia del destino. Si preguntan a los científicos sobre la razón de estas desigualdades, la mayoría les dirán que se deben al azar. Y si van a buscar a los sacerdotes, a los pastores, les responderán que es la voluntad de Dios.

Algunas veces les hablarán de la predestinación y de la gracia, pero esto no hace más que añadir otra injusticia. De todas formas, decir “es la voluntad de Dios” no es muy diferente de decir “es el azar…”

… No, en realidad, hay una explicación para todas las injusticias aparentes de la vida: es la ley de la reencarnación. Y la Iglesia no se ha dado cuenta de que negando esta ley, ha presentado al Señor como un verdadero monstruo.

La explicación es que en el origen Dios nos lo ha dado todo, también nos ha dado la libertad, pero nos hemos servido de esta libertad para llevar a cabo experiencias costosas. Y el Señor, que es generoso, paciente, nos deja hacer, diciendo:

“Son mis hijos. Los pobres, sufrirán, se romperán la cabeza, pero eso no importa, porque yo seguiré dándoles mis riquezas y mi amor. Tienen numerosas encarnaciones por delante… Aprenderán y sentarán cabeza.”

Por tanto, Él nos ha dejado libres, y todo lo malo que nos sucede ahora es culpa nuestra, lo hemos merecido. Y todo lo bueno que nos sucede, también lo hemos merecido, es el resultado de nuestros esfuerzos en las anteriores encarnaciones…

… el conocimiento de esta ley de la reencarnación es también uno de los fundamentos de la moral. Mientras no se haya instruído a los humanos sobre esta ley de causas y consecuencias que sigue actuando de una existencia a las siguientes, podemos intentar que mejoren dándoles todos los sermones que queramos, pero esto no sirve de mucho, no cambian. Y no sólo no cambian, sino que se rebelan al considerarse víctimas de la injusticia social, envidian y combaten a los que consideran más privilegiados que ellos, y de esta forma no hacen más que complicar la situación. Pero aquél que sabe que las dificultades y las pruebas que encuentra en su existencia son el resultado de sus transgresiones pasadas, no solamente acepta sus dificultades, sino que se decide a trabajar para el bien, con el fin de mejorar sus encarnaciones futuras.

Por qué algunos creen en Dios y otros no creen en Él

¿Por qué para algunos creer en Dios es una evidencia y para otros no lo es en absoluto? La explicación es simple: desde su nacimiento, cada ser humano viene a la Tierra con la suma de las experiencias vividas en sus encarnaciones precedentes. Lo que ha estudiado, verificado en sus anteriores existencias se ha grabado en su alma y aparece en ésta como intuición del mundo divino. Si ahora reconoce la existencia de su Padre Celestial es porque ya ha estado con Él desde hace mucho tiempo, ha comulgado con Él, y ha sido marcado por huellas tan poderosas que no puede dudar: sabe. La fe es, por tanto, un saber fundado en una experiencia. Aquél que, a lo largo de sus encarnaciones anteriores, ha hecho experiencias en las regiones inferiores de su ser, extrae de estas experiencias conclusiones que considera evidentemente como la verdad. Y aquél que ha hecho experiencias en las regiones superiores del alma y del espíritu, también saca conclusiones, pero estas conclusiones son evidentemente diferentes.

La reencarnación relativiza la noción de pertenencia a una patria o a una religión

Un país es como un río donde se encuentran, durante cierto tiempo, almas de una gran diversidad que un decreto del destino ha hecho que desciendan precisamente a este lugar: algunas vienen ya de este país, pero la mayoría vienen de otro sitio. Por eso, cuando algunos, en nombre del amor a la patria, se creen justificados para despreciar o incluso odiar a otros países, no se dan cuenta, los pobres ignorantes, que en otra encarnación han sido ciudadanos de estos países y mantenían los mismos razonamientos estúpidos y limitados en relación a la patria que ahora quieren defender… Un país es nuestra patria sólo durante esta encarnación. ¡Cuántos franceses han detestado Alemania o Inglaterra sin pensar que en una encarnación precedente fueron alemanes o ingleses y que entonces detestaron Francia!… Esta ley es la misma para los países del mundo entero y vale también para las religiones. ¡Cuántos cristianos odian a los judíos o a los musulmanes, sin imaginar ni un segundo que, en otra encarnación, ellos mismos han sido judíos o musulmanes! Y ocurre igual con los judíos y los musulmanes… Pertenecer a un pueblo o a una religión siempre es una experiencia limitada en el tiempo.

¿Por qué la Iglesia ha suprimido la idea de reencarnación?

Hasta el siglo sexto los cristianos creían en la reencarnación, al igual que los judíos, los egipcios, los hindúes, los tibetanos, etc… Pero seguramente los Padres de la Iglesia se dijeron que esta creencia hacía que las cosas fuesen para largo, que la gente no tuviera prisa para mejorarse, y quisieron por tanto incitarles a que se perfeccionaran en una sola vida suprimiendo la reencarnación. Además, poco a poco, la Iglesia inventó cosas tan espantosas para asustarlos que en la Edad Media sólo se creía en los diablos, en el Infierno y en los castigos eternos. Se suprimió por tanto la creencia en la reencarnación a fin de que la gente mejorase por el miedo y el temor, pero no sólo no se han mejorado, sino que se han vuelto peores… ¡y además ignorantes! Por eso hay que retomar esta creencia, si no nada está en su sitio: la vida no tiene sentido, el Señor es un monstruo, etc…

Omraam Mikhaël Aïvanhov

Omraam Mikhaël Aïvanhov (1900-1986), maestro espiritual francés de origen búlgaro, se trasladó a Francia en 1937 donde dio lo esencial de su enseñanza.

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