En la playa de Ostia

“Debe haber algo extrañamente sagrado en la sal; está en nuestras lágrimas y en el mar”. Khalil Gibran

 

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En la playa de Ostia

xaaswed_opt.png pocos kilómetros de Roma está la playa de Ostia, adonde los romanos acuden a miles en verano; en la playa no queda espacio ni siquiera para hacer un agujero en la arena con una palita, y el que llega el último no sabe dónde plantar la sombrilla.

Una vez llegó a la playa de Ostia un tipo extravagante, realmente cómico. Llegó el último, con la sombrilla bajo el brazo, y no encontró sitio para plantarla. Entonces la abrió, le hizo un retoque al mango y la sombrilla se elevó inmediatamente por el aire, sobrevolando miles y miles de sombrillas y yéndose a detener a la misma orilla del mar, pero dos o tres metros por encima de la punta de las otras sombrillas. El desconcertante individuo abrió su tumbona, y también ésta flotó en el aire. El hombre se tumbó al amparo de la sombrilla, sacó un libro del bolsillo y empezó a leer, respirando la brisa del mar, picante de sal y de yodo.

Al principio, la gente ni siquiera se dio cuenta de su presencia. Todos estaban debajo de sus sombrillas, intentando ver un pedacito de mar por entre las cabezas de los que tenían delante, o hacían crucigramas, y nadie miraba hacia arriba. Pero de repente una señora oyó caer algo sobre su sombrilla; creyó que había sido una pelota y se levantó para regañar a los niños; miró a su alrededor y hacia arriba y vio al extravagante individuo suspendido sobre su cabeza. El señor miraba hacia abajo y le dijo a aquella señora:

-Disculpe, señora, se me ha caído el libro. ¿Querría usted echármelo para arriba, por favor?

De la sorpresa, la señora se cayó de espaldas, quedándose sentada sobre la arena, y como era muy gorda no lograba incorporarse. Sus parientes acudieron para ayudarla, y la señora, sin hablar, les señaló con el dedo la sombrilla volante.

-Por favor -repitió el desconcertante individuo-, ¿quieren tirarme mi libro?

-¿Pero es que no ve que ha asustado a nuestra tía?

-Lo siento mucho, pero de verdad que no era ésa mi intención.

-Entonces, bájese de ahí; está prohibido.

-En absoluto; no había sitio en la playa y me he puesto aquí arriba. Yo también pago los impuestos, ¿sabe usted?

Mientras, uno tras otro, todos los romanos de la playa se pusieron a mirar hacia arriba; y señalaban riendo a aquel extraño bañista.

-¿Ves a aquél? -decían-. ¡Tiene una sombrilla a reacción!

-¡Eh, astronauta! -le gritaban-. ¿Me dejas subir a mí también?

Un muchachito le echó hacia arriba el libro, y el señor lo hojeaba nerviosamente buscando la señal. Luego prosiguió su lectura, muy sofocado. Poco a poco fueron dejándolo en paz. Sólo los niños de vez en cuando, miraban al aire con envidia, y los más valientes gritaban:

-¡Señor! ¡Señor!

-¿Qué queréis?

-¿Por qué no nos enseña cómo se hace para estar así en el aire?

Pero el .señor refunfuñaba y proseguía su lectura. Al atardecer, con un ligero si1bido, la sombrilla se fue volando, el desconcertante individuo aterrizó en la calle cerca de su motocicleta, se subió a ella y se marchó.

¿Quién sería aquel tipo y dónde compraría aquella sombrilla?

 

Gianni Rodari, en su libro “Cuentos por teléfono”, (1962), Trad. Ramón Prats de Alos –Moner, Barcelona, Juventud, 1973, pág. 138

 

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Piel de miel

Una de las ventajas de vivir en el campo, es poder despertarte un domingo, sin prisas, y desayunar en el jardín con la compañía de Jon, el gato del vecino, el vuelo de los buitres, la visita de la ardilla, el cantar de los pájaros, etc. Hoy he visto la belleza de las flores del magnolio acentuada por el trabajo de las imprescindibles abejas, y me he acordado de un artículo que leí de Mikel Agirregabiria Agirre, y que comparto con vosotros.  J.L.Soba

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Abejas laborando en una flor de magnolio en Viguera. Foto J.L.Soba

Piel de miel

Seamos conscientes de la nuestra influencia sobre las personas con quienes nos cruzamos en la vida.

Mientras desayunaba, he leído el sugestivo mensaje publicitario del frasco de miel: “Para traerle a usted esta miel, las abejas han recogido el néctar de cinco millones de flores y han volado 240.000 Km., lo que equivale a dar seis veces la vuelta al mundo”. Me quedo un rato pensativo: Una abeja obrera vuela a 20 Km/h revoloteando sus alas 11.400 veces por segundo, consume una energía que le hace perder la tercera parte de su peso, realiza unas 15 excursiones al día visitando en cada una más de 100 flores, y a lo largo de toda su vida – menor de 2 meses- produce solamente la décima parte de una cucharada de miel. De repente, la tostada con melaza de brezo de mi amigo Antxon parece que nos invita a la reflexión.

Pocas veces somos conscientes de toda la historia de un objeto, o de todo el pasado de cada persona con la que nos cruzamos. Ante una pirámide o una catedral sí percibimos la voluntad de tantas vidas y de tantas generaciones, pero el esfuerzo acumulado de quienes conviven con nosotros pasa más desapercibido. El médico que nos atiende o la profesora que nos enseña han debido recorrer un largo camino de preparación y experiencia para orientarnos acertadamente con un atinado consejo.

Cada uno de nosotros recibe constantemente el influjo de cientos de otros seres humanos, vivos o muertos. Nuestras decisiones nos han construido como somos, pero también y en gran medida nos han forjado nuestros progenitores, nuestros maestros, nuestros vecinos, nuestros amigos, nuestras lecturas, a veces escritas por autores de hace muchos siglos…

Advirtamos el poderoso efecto de nuestras actitudes y de cada uno de nuestros actos cotidianos sobre otras personas en el futuro inmediato, medio o remoto. En nuestras vidas insignificantes poseemos más trascendencia de la que suponemos. Nosotros no perduraremos, pero sí nuestros hijos y los frutos de nuestras obras. Hagamos el bien, diez o cien veces al día, sembremos una mies de miel sin hiel, como esa fiel piel de un ser querido que nos da la mano para caminar juntos hacia la eternidad. Cada miel y cada piel contienen una larga historia detrás de su dulzura.

 Mikel Agirregabiria Agirre

 

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Casandra

Casandra es uno de los  poemas inéditos de la inolvidable poetisa chilena Gabriela Mistral, parte de los alrededor de 300 poemas hallados, no hace mucho, entre las pertenencias de la estadounidense Doris Dana, albacea de la poetisa. El poema, según los estudiosos de su obra, parece escrito a partir de los años veinte, y es una analogía surgida a partir de Casandra y la vida de la propia Gabriela Mistral, con sus traumas y dolores. Este bello y doloroso poema, nos habla de Casandra (en la mitología griega, “la que enreda a los hombres” o “hermana de los hombres”), hija de los reyes de Troya, Hécuba y Príamo, y que ya tiene cabida en textos míticos como La Iliada, La Odisea o La Eneida, que llegó a ser sacerdotisa de Apolo, de quien obtuvo el don de la adivinación a cambio de una relación carnal. Cuando Casandra consiguió el poder de la predicción, rechazó el amor de Apolo, el cual, viéndose burlado, la maldijo escupiéndole en la boca; ella seguiría teniendo su don, pero ya nadie creía en sus pronósticos, como la tragedia de Troya, la muerte de Agamenón y otras predicciones. En su ocaso, incomprendida y tachada de loca,  encarcelada o recluida en su casa, Casandra acaba por enloquecer, sufriendo maltratos y humillaciones que acaban con su muerte. Espero que os guste este bello y a la vez dramático poema, J.L.Soba

Representación de Miguel Ángel de la Sibila délfica, a veces identificada con Casandra y como una alusión del autor a la Grecia clásica. (Fresco en la Capilla Sixtina).

La Sibila délfica, a veces identificada con Casandra, de Miguel Ángel. (Fresco en la Capilla Sixtina).

“Casandra”

A las puertas estoy de mis señores
blanca de polvo y roja de jornadas,
yo, Casandra de Ilión a la que amaron
en su patria los cerros y los ríos,
la higuera oscura y el sauce pálido,
el cordero del mes y el cabritillo,
el huérfano y también lo inanimado.

También la hora y el día me amaron,
menos el día yerto del exilio.
Al primer carro de los vencedores
subí temblando de amor y destino
en brazos del que amé contra mí misma
y contra Ilión, la que hizo mis sentidos,
y cuando ya mis pies no la tocaron
mi Patria enderezada dio un vagido
como de madre o hembra despojada:
voz de ciervo o leoncillo
ternerillo o viento herido.
Miré el tendal oscuro de mi raza
y tales rostros no me vi en los bárbaros.

Todo me amaba dentro de mi casta
y sobre el rostro de Ilión todo fue mío:
dátil de oro y semblantes de oro,
las islas avisadas, los riachuelos.
Pero yo, para ser hembra eterna
no amé el amor y he amado al enemigo.
El vencedor cuyo rostro da frío
en su carro me trajo y en su pecho,
y he cruzado arenales y bajíos,
y las aldeas arremolinadas
al eco de mi nombre ya maldito,
y yo no las he visto ni escuchado
de traer en mi bien los ojos fijos
y he de venir recitando mi muerte
como un refrán desde niña sabido.

Escucho tras de las puertas de bronce
los pasos de la hembra que se acerca
y que me odia antes de haberme visto.
Tampoco en la Tebas le valen puertas
de bronce a la mujer apercibida
para no oír la hora que camina
sin sesgo hacia Casandra y Clitemnestra.

Yo soy aquella a quien dejara Apolo
en pago de su amor los ojos lúcidos
para ver en el día y en la noche
y ver lo mismo arribar su ventura
que su condenación. Así Él lo quiso.
Todo lo supe y vine a mi destino
sabiendo día y hora de mi muerte.
Vine siguiendo a mi enemigo y dueño,
rehén y amante, suya extranjera,
sabiendo de su muerte y de mi muerte
y de la eternidad de ambos hechos.
A las puertas estoy oyendo el paso
de la hembra que me odia antes de verme
escuchando los pasos presurosos
de la que ya apuró su vaso rojo
y viene en busca del segundo sorbo.

¡Voy, voy ! Ya sé mi rumbo por la sangre
de Agamenón que en su coral me llama.

Tampoco la mujer apercibida
que está golpeando a las puertas extranjeras
dejó de oír la hora que venía y venía
recta hacia ella y Clitemnestra.

Todo lo supe y vine a mi destino
recta hacia el sitio de mi acabamiento.

Sin llanto navegué por mar de llanto.
Yo vine, aunque bien sabía
y bajé de mi carro de cautiva
si rehúsa, entendiendo y consintiendo.

No vale ¡ guay !  el bronce de la puerta
para que yo no vea a la que viene
por camino de mirtos a buscarme
ebria de odio y recta de destino.

La mujer sanguinosa me destestaba
pero es la sangre de él la que me ciñe
y el hilo del coral quien lleva
consigo a aquella que es rehén y amada
y las puertas se cierran sobre aquella
que de veinte años lo tuvo sin amarlo
y a quien yo amé y seguí por mar, islas, penínsulas
y aspirando en el viento del ábrego
la bocanada de la patria suya.

Vi Atenas antes de tocar su polvo
y veo la chacala de ojos bizcos,
le veo la señal apresurada
y el botín de mi cuerpo en sangre tinto.

Ya abre las puertas para recibirnos
según recibe el cántaro reseco
el chorro de su sidra o de su vino,
con tu cuerpo gastado cual las rutas
deseada fui como la azul cascada
que ataranta los ojos del sediento.

Ya estamos ya, los dos, ricos de púrpura
y de pasión, ganados y perdidos,
todo entendiendo y todo agradeciendo
al Hado que sabe y me salva.

Ya me tumban tus sanguinarios siervos
y ya me levantan en faisán cazado
pero el alto faisán de tu deseo
después de su rapiña y de su hartazgo
te dejará en las manos de sus siervos
y volarás conmigo los espacios
ricos de éter y de constelaciones.

Antes del alba habré recuperado
yo al Agamenón, al rey de hombres
en él voy de vuelo, ya voy de vuelo.

 

Gabriela Mistral, poema extraído del diario “El Mercurio”, Santiago, Chile, N 62.927, pp. E1, E2 y E3, Domingo 22 de julio, 2007.

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No cambies

“No podemos cambiar nada hasta que no nos aceptamos. La condena no libera, oprime”. Carl Jung.

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Otro tiempo, otro lugar, obra del pintor argentino Miguel Avataneo.

No cambies

Durante años fui un neurótico.
Era un ser angustiado deprimido y egoísta.
Todo el mundo insistía en decirme que cambiara.
No dejaban de recordarme lo neurótico que yo era.
Y yo me ofendía, aunque estaba de acuerdo con ellos, y
deseaba cambiar, pero no acababa de conseguirlo por mucho que lo intentara.

Lo peor era que mi mejor amigo tampoco dejaba de recordarme lo neurótico que estaba.
También insistía en la necesidad de que yo cambiara.
También estaba de acuerdo y no podía sentirme.
Me sentía tan impotente y como atrapado.

Pero un día mi mejor amigo me dijo:

No cambies. Sigue siendo tal como eres.
En realidad no me importa que cambies o dejes de cambiar. Yo te quiero tal como eres y no puedo dejar de quererte
”.

Aquellas palabras sonaron en mis oídos como música:

No cambies. No cambies. No cambies…. Te quiero…

Entonces me tranquilicé. Y me sentí vivo.
Y, ¡oh maravilla! cambié.

Ahora sé que en realidad no podía cambiar hasta encontrar a alguien que me quisiera, prescindiendo de si cambiaba o dejaba de cambiar.

¿Y si ese alguien que te quiere como eres, fueras  tú mismo?

Anthony de Mello

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Con Trump nos esperan tiempos dramáticos

” La soberbia no es grandeza sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande pero no está sano”. San Agustín

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Eco y Narciso (1627-1628), obra de Nicolas Poussin, Museo del Louvre, Paris (Francia).

Con Trump nos esperan tiempos dramáticos

La humanidad está bajo varias amenazas: la nuclear, la escasez de agua potable en vastas regiones del mundo, el creciente calentamiento global, las dramáticas consecuencias de la sobrecarga de los bienes y servicios naturales indispensables para la vida (the Earth Schoot Day).

A estas amenazas se añade otra no menos peligrosa, ya señalada por varios analistas mundiales como los premios Nobel Paul Krugman y Joseph Stiglizt. Recientemente un economista ítalo-argentino, Robeto Savio, co-fundador y director general del Inter Press Service (IPS), ahora emérito, escribió un artículo que nos debe hacer pensar, con el título: Trump vino para quedarse y cambiar el mundo (ALAI-América Latina en Movimiento de 20 de junio de 2018).

En él afirma que Trump no es una causa del nuevo desorden mundial. Es más bien un síntoma. El síntoma de tiempos en que los valores civilizatorios que daban cohesión a un pueblo y a las relaciones internacionales, quedan simplemente anulados. Lo que cuenta es el voluntarismo narcisista de un poderoso jefe de Estado, Trump, que en el lugar de estos valores colocó, pura y simplemente, el dinero y los negocios. Son éstos los que definitivamente cuentan. Lo demás son perfumerías dispensables para el dominio del mundo.

El America first debe ser interpretado como sólo América cuenta, y sus intereses mundiales. En nombre de este propósito, ya pre anunciado en su campaña, Trump rompió tratados comerciales con viejos aliados europeos, la Alianza del Transpacífico y abrió una arriesgada guerra comercial con su mayor rival a China, imponiendo recargos de importación de productos que suman miles de millones de dólares, además de cobrar tasas sobre el acero y otros productos a otros países como Brasil.

Es propio de figuras autoritarias y narcisistas hacer de menos a las legislaciones. Cuando les conviene, pasan por encima de ellas, sin dar mayores razones. Para Trump vale más la invención de «una verdad» que la verdad factual misma. Las fakenews son un recurso presente en sus twitters. Según Fact Schecker, desde que asumió la presidencia, ha dicho unas 3.000 mentiras. La verdad y la mentira valen para él en la medida que respaldan sus intereses. Curiosamente, venció los principales pleitos, y tiene la aprobación del 44% de la opinión pública, y del 82% de aprobación del Partido Republicano.

No tolera críticas, y se cercó si asesores súcubos que le dicen para todo «sí», bajo el riesgo de ser, si no, despedidos sumariamente.

Si es reelegido –lo que no es improbable–, el estilo de gobierno y la negación de toda ética pueden tornarse irreversibles. No olvidemos que Hitler y Mussolini también fueron elegidos y crearon sus mentiras, vendidas como «verdades» todo un pueblo. Podemos estar frente a un mundo marcado por la xenofobia, por la exclusión de miles y miles de inmigrantes y refugiados, por la afirmación excesiva de los valores nacionales en desprecio de los valores de los otros.

Tales actitudes, transformadas en políticas oficiales, pueden ser fuente de graves conflictos, cuyo «crecimiento» puede incluso amenazar a la especie humana. Cerca de 1300 psicoanalistas y psiquiatras norteamericanas denunciaron desvíos psicológicos graves en la personalidad de Trump.

Cómo será el destino de la humanidad, puesta en manos de un narcisista de este tipo, cuyo paralelo sólo se encuentra en Nerón, que se divertía asistiendo al incendio de Roma, con la diferencia de que ahora no se trata de un incendio cualquiera, sino del incendio de la entera Casa Común. Como es imprevisible y a toda hora puede cambiar de posición, nos preguntamos, entre asustados y aterrorizados, cuáles serán sus próximos pasos.

Que Dios, que se anunció como «el apasionado amante de la vida» (Sabiduría 11,24) nos libre de las tragedias que pueden ocurrir, dada la irracionalidad de alguien que anuncia «un solo mundo y un solo imperio» (el imperio norteamericano).

Leonardo Boff

29 de Junio de 2018, en su columna semanal de Servicios Koioinia.

 

 

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“La serpiente que se muerde la cola”

“La serpiente que se muerde la cola”, es un cuento de Amado Nervo, que nos evoca el uróboros mitológico animal serpentiforme que engulle su propia cola y que adquiere, con su cuerpo, una forma circular. Simboliza el ciclo eterno de las cosas, el esfuerzo eterno, la lucha eterna o bien el esfuerzo inútil, ya que el ciclo vuelve a comenzar a pesar de las acciones para impedirlo. En un sentido más general simboliza el tiempo y la continuidad de la vida. Se usa como representación del renacimiento de las cosas que nunca desaparecen, solo cambian eternamente.

 

Xilografía de un uróboros, obra del  grabador alemán Lucas Jennis (1590-1630).

“La serpiente que se muerde la cola”

xMMe pasa frecuentemente, doctor – dijo el enfermo -, que al ejecutar un acto cualquiera, paréceme como que ya lo he ejecutado. No sé si usted experimenta alguna vez esta sensación tan rara y penosa. Hay amigos que afirman, quizá por consolarme, que a ellos les sucede otro tanto, de vez en cuando. Pero en mí el caso es frecuentísimo. Hablo, y apenas he pronunciado una frase, recuerdo, con vivacidad punzante, que ya la he pronunciado otra vez. Veo un objeto, e instantáneamente me doy cuenta de que ya lo he mirado de la misma suerte, con la misma luz, en el mismo sitio… Le aseguro, doctor, que esto se vuelve insoportable. Acabaré en un manicomio… Ahora mismo – prosiguió – siento, recuerdo, estoy seguro de que ya, en otra u otras ocasiones, he descrito mi enfermedad a usted; sí, a usted, en iguales términos, en la misma habitación esta… Usted sonríe, como sonríe ahora. ¡Es horrible! Hasta el chaleco de piqué labrado que lleva usted lo llevaba entonces. Todo igual. La teoría de las reencarnaciones pudiera dar una sombra de explicación al caso; pero sólo una sombra, porque si he vivido ya otras vidas, han sido diferentes …, en distintas épocas, con distintos cuerpos. ¿Por qué entonces veo las mismas cosas?

El doctor se acarició la barba ( que usaba en forma de abanico ). Esto de acariciarse la barba es un lugar muy común que viene muy bien en las narraciones … Se acarició la barba y empezó así:

__ El caso de usted, amigo mío, es demasiado frecuente, aunque ésta vez acuse una intensidad poco común, y tiene dos explicaciones: una fisiológica y otra filosófica.

Según la primera, su sensorio de usted, instantánea, mecánicamente, registra los fenómenos exteriores que le transmiten las neuronas. Lo que usted ve u oye, queda fijado en su cerebro con rapidez extraordinaria, gracias a su sensibilidad especial; pero queda registrado, sin que usted se de cuenta de ello. Ahora bien; después de este registro (una fracción de segundo después) usted se entera de que ve un objeto, de que oye una frase, ya vistos y oídos a hurtadillas de su conciencia. Entonces, naturalmente, la memoria de usted se acuerda de la impresión anterior (aunque sea en esa fracción de segundo) a la otra, y este recuerdo le proporciona a usted la sensación de duplicidad de que me habla ¹ . Por tanto – concluyó el doctor –, no debe alarmarse. El fenómeno, en suma, sólo prueba la excelente conductibilidad de sus células nerviosas, la diligencia con que se opera la transmisión de sensaciones entre los sentidos y el cerebro, y significa que tiene usted una naturaleza privilegiada, que responde admirablemente a toda solicitud exterior.

El enfermo, visiblemente tranquilo, dejó oir un suspiro de satisfacción.

__ ¿Y la segunda explicación, doctor? – preguntó.

__ La segunda explicación es un poco más honda… Nos la da todo un sistema filosófico, cuyos patrocinadores han sido hombres de la talla de un Federico Nietzsche, un Gustavo Lebón y Blanqui. Puede sintetizarse así: Dado que el tiempo es infinito, y que el número de átomos de que se compone la materia es limitado, se deduce que los mismos sistemas de combinaciones deben fatalmente reproducirse; es decir, que el sistema de combinaciones que, al cabo de más o menos milenarios, le permitió a usted nacer y vivir, tiene que volverse a dar a fortiori, al cabo de un número n de siglos, de milenarios, de periodos, de ciclos, de lo que usted guste, ya que, matemáticamente, esas combinaciones, por numerosas que usted las suponga, no son infinitas. ¿Me entiende usted?

__ Sí doctor, perfectamente, pero eso que usted dice es estupendo.

__  Estupendo y lógico, amigo mío.

El gran Flammarión, en una de sus más sugestivas páginas, supone que, dada la infinidad de mundos, puede formarse en la infinidad del espacio un planeta idéntico al nuestro, donde acontezcan idénticas cosas; que pase por idénticos periodos geológicos, para reproducir la historia de los hombres, sin una tilde de menos. En ese planeta vuelven a guillotinar a Luis XVI, el 21 de enero de 1793.

… Pero no es necesario ampliar la hipótesis. La teoría ortodoxamente científica, absolutamente matemática de lo limitado de las combinaciones atómicas, nos lleva, aún sin salir de este mundo que habitamos, a la inevitable conclusión de que el concurso de hechos infinitamente pequeños que, dadas tales o cuales circunstancias produjo al hombre llamado Pedro o Juan, ha producido ese mismo hombre n veces en la sucesión de los tiempos … y lo producirá todavía. Así pues, usted como yo, como todos, ha vivido, quién sabe cuántas veces, la misma vida, y la ha de vivir aún, en el eterno recomenzar de los siglos, simbolizado por la serpiente que se muerde la cola…

Pero – exclamó el doctor – basta por hoy de filosofías. Necesita usted alimentarse bien y a sus horas. Son ya las ocho. Vaya a tomarse los mismos huevos pasados por agua y la misma leche que se ha bebido usted en tantas otras existencias idénticas.

Amado Nervo, en el libro “Cuentos misteriosos”

 

 

 

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Ángelus

 

 

De Pío Baroja, (San Sebastián, Guipúzcoa, 28 de diciembre de 1872-Madrid, 30 de octubre de 1956) he de decir que es, de los escritores de la generación del 98,  que más leí en mi juventud por la facilidad de identificarse con sus personajes. Recuerdo los agradables momentos leyendo “Las inquietudes de Shanti Andía”, “El árbol de la ciencia”, “Zalacaín el aventurero” o “Vidas sombrías” un agradable y edificante libro de cuentos cortos.

Vidas sombrías  fue el primer libro impreso de la amplia obra de Pío Baroja, se publicó en el año 1900. Contiene relatos escritos entre 1892 y 1896, periodo que vivió en Valencia, Cestona y Madrid. Hasta esa publicación, sus escritos veían la luz en periódicos como “la Justicia” de Madrid o “La Voz de Guipúzcoa” de San Sebastián.

En “Ángelus”, el relato que hoy comparto, queda claro el conocimiento que de los pueblos pesqueros y de la vida marinera vasca, tenía Pío Baroja.  J.L.Soba

Vestigios de barco hallado ante los relojes de La Concha en san Sebastián (Kutxateca).

Antigua foto de vestigios de barco hallado ante los relojes de La Concha en san Sebastián (Kutxateca).

Ángelus

xeeeryu ran trece los hombres, trece valientes curtidos en el peligro y avezados a las luchas del mar. Con ellos iba una mujer, la del patrón.

Los trece hombres de la costa tenían el sello característico de la raza vasca: cabeza ancha, perfil aguileño, la pupila muerta por la constante contemplación de la mar, la gran devoradora de hombres.

El Cantábrico los conocía; ellos conocían las olas y el viento.

La trainera, larga, estrecha, pintada de negro, se llamaba Arantza, que en vascuence significa espina. Tenía un palo corto, plantado junto a la proa, con una vela pequeña…

La tarde era de otoño; el viento, flojo; las olas, redondas, mansas, tranquilas. La vela apenas se hinchaba por la brisa, y la trainera se deslizaba suavemente, dejando una estela de plata en el mar verdoso.

Habían salido de Motrico y marchaban a la pesca con las redes preparadas, a reunirse con otras lanchas para el día de Santa Catalina. En aquel momento pasaban por delante de Deva.

El cielo estaba lleno de nubes algodonosas y plomizas. Por entre sus jirones, trozos de un azul pálido. El sol salía en rayos brillantes por la abertura de una nube, cuya boca enrojecida se reflejaba temblando sobre el mar.

Los trece hombres, serios e impasibles, hablaban poco; la mujer, vieja, hacía media con gruesas agujas y un ovillo de lana azul. El patrón, grave y triste, con la boina calada hasta los ojos, la mano derecha en el remo que hacía de timón, miraba impasible al mar.

Un perro de aguas, sucio, sentado en un banco de popa, junto al patrón, miraba también al mar, tan indiferente como los hombres.

El sol iba poniéndose… Arriba, rojos de llama, rojos cobrizos, colores cenicientos, nubes de plomo, enormes ballenas; abajo, la piel verde del mar, con tonos rojizos, escarlata y morados. De cuando en cuando el estremecimiento rítmico de las olas…

La trainera se encontraba frente a Iciar. El viento era de tierra, lleno de olores de monte; la costa se dibujaba con todos sus riscos y sus peñas.

De repente, en la agonía de la tarde, sonaron las horas en el reloj de la iglesia de Iciar, y luego las campanadas del ángelus se extendieron por el mar como voces lentas, majestuosas y sublimes.

El patrón se quitó la boina y los demás hicieron lo mismo. La mujer abandonó su trabajo, y todos rezaron, graves, sombríos, mirando al mar tranquilo y de redondas olas.

Cuando empezó a hacerse de noche el viento sopló ya con fuerza, la vela se redondeó con las ráfagas de aire, y la trainera se hundió en la sombra, dejando una estela de plata sobre la negruzca superficie del agua…

Eran trece los hombres, trece valientes, curtidos en el peligro y avezados a las luchas del mar.

Pío Baroja, en su libro “Vidas sombrías”(1900)

 

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