Una invitación al vuelo

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En la ventana, cuadro del genial artista de Varea Luis Ángel Burgos.

Una invitación al vuelo

Milenio va, milenio viene, la ocasión es propicia para que los oradores de inflamada verba peroren sobre el destino de la humanidad, y para que los voceros de la ira de Dios anuncien el fin del mundo y la reventazón general, mientras el tiempo continúa, calladito la boca, su caminata a lo largo de la eternidad y del misterio. La verdad sea dicha, no hay quien resista: en una fecha así, por arbitraria que sea, cualquiera siente la tentación de preguntarse cómo será el tiempo que será. Y vaya uno a saber cómo será. Tenemos una única certeza: en el siglo veintiuno, si todavía estamos aquí, todos nosotros seremos gente del siglo pasado y, peor todavía, seremos gente del pasado milenio. Aunque no podemos adivinar el tiempo que será, sí que tenemos, al menos, el derecho de imaginar el que queremos que sea. En 1948 y en 1976, las Naciones Unidas proclamaron extensas listas de derechos humanos; pero la inmensa mayoría de la humanidad no tiene más que el derecho de ver, oír y callar.

¿Qué tal si empezamos a ejercer

el jamás proclamado derecho de soñar?

¿Qué tal si deliramos, por un ratito?

Vamos a clavar los ojos más allá de la infamia, para adivinar otro mundo posible:

El aire estará limpio de todo veneno que no venga de los miedos humanos y de las humanas pasiones;

En las calles, los automóviles serán aplastados por los perros;

La gente no será manejada por el automóvil, ni será programada por la computadora, ni será comprada por el supermercado, ni será mirada por el televisor;

El televisor dejará de ser el miembro más importante de la familia, y será tratado como la plancha o el lavarropas;

La gente trabajará para vivir, en lugar de vivir para trabajar;

Se incorporará a los códigos penales el delito de estupidez, que cometen quienes viven por tener o por ganar, en vez de vivir por vivir nomás, como canta el pájaro sin saber que canta y como juega el niño sin saber que juega;

En ningún país irán presos los muchachos que se nieguen a cumplir el servicio militar, sino los que quieran cumplirlo;

Los economistas no llamarán nivel de vida al nivel de consumo, ni llamarán calidad de vida a la cantidad de cosas;

Los cocineros no creerán que a las langostas les encanta que las hiervan vivas;

Los historiadores no creerán que a los países les encanta ser invadidos;

Los políticos no creerán que a los pobres les encanta comer promesas;

La solemnidad se dejará de creer que es una virtud, y nadie tomará en serio a nadie que no sea capaz de tomarse el pelo;

La muerte y el dinero perderán sus mágicos poderes, y ni por defunción ni por fortuna se convertirá el canalla en virtuoso caballero;

Nadie será considerado héroe ni tonto por hacer lo que cree justo en lugar de hacer lo que más le conviene;

El mundo ya no estará en guerra contra los pobres, sino contra la pobreza, y la industria militar no tendrá más remedio que declararse en quiebra;

La comida no será una mercancía, ni la comunicación un negocio, porque la comida y la comunicación son derechos humanos;

Nadie morirá de hambre, porque nadie morirá de indigestión;

Los niños de la calle no serán tratados como si fueran basura, porque no habrá niños de la calle;

Los niños ricos no serán tratados como si fueran dinero, porque no habrá niños ricos;

La educación no será el privilegio de quienes puedan pagarla;

La policía no será la maldición de quienes no puedan comprarla;

La justicia y la libertad, hermanas siamesas condenadas a vivir separadas, volverán a juntarse, bien pegaditas, espalda contra espalda;

Una mujer, negra, será presidenta de Brasil y otra mujer, negra, será presidenta de los Estados Unidos de América;

Una mujer india gobernará Guatemala y otra, Perú;

En Argentina, las locas de Plaza de Mayo serán un ejemplo de salud mental, porque ellas se negaron a olvidar en los tiempos de la amnesia obligatoria;

La Santa Madre Iglesia corregirá las erratas de las tablas de Moisés, y el sexto mandamiento ordenará festejar el cuerpo;

La Iglesia también dictará otro mandamiento, que se le había olvidado a Dios: «Amarás a la naturaleza, de la que formas parte»;

Serán reforestados los desiertos del mundo y los desiertos del alma;

Los desesperados serán esperados y los perdidos serán encontrados, porque ellos son los que se desesperaron de tanto esperar y los que se perdieron de tanto buscar;

Seremos compatriotas y contemporáneos de todos los que tengan voluntad de justicia y voluntad de belleza, hayan nacido donde hayan nacido y hayan vivido cuando hayan vivido, sin que importen ni un poquito las fronteras del mapa o del tiempo;

La perfección seguirá siendo el aburrido privilegio de los dioses;

Pero en este mundo chambón y jodido, cada noche será vivida como si fuera la última y cada día como si fuera el primero.

Eduardo Galeano

 

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«Logroño, mon amour»

“Logroño mon amour” es el penúltimo relato del libro “Se busca rey en buen estado”,  un conjunto de relatos divertidos del que fuera durante muchos años director de “La Codorniz”, el escritor y humorista español Álvaro de Laiglesia, (San Sebastián 1922 – Mánchester, 1981), publicado en 1968 y con prólogo de Antonio Mingote, creo que aunque largo, es un relato idóneo para un fin de semana y que su lectura puede haceros pasar un buen rato. J.L.Soba

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Vista de Logroño en un hermoso día nevado, foto J.L.Soba

«Logroño, mon amour»

—Piénsalo bien —insistió Tomás, mientras Carlos sacaba más ropa del armario para guardarla en la maleta—. Ya tienes edad para dominar tus sentimientos y no hacer tonterías.

—No me dices nada nuevo — suspiró Carlos—. Eso mismo me lo he estado repitiendo miles de veces, pero sin ningún resultado.

—¿ Te vas entonces?

—Sí. Ese sentimiento ha llegado a ser más fuerte que yo y no puedo dominarlo.

—Lo dices tan serio que me lo voy a creer.

—Créetelo porque es verdad — aseguró Carlos, aplastando con las dos manos el contenido de la maleta casi llena, para aumentar su capacidad—. Si no lo fuera no me marcharía tan precipitadamente, sin despedirme de nadie. Porque si no llegas a venir a darme ese sablazo, ni siquiera me hubiera despedido de ti.

—¡Qué cochinada! —se ofendió Tomás—. ¿De veras tenías la intención de hacerle esa faena a tu mejor amigo?

—Los hombres que huyen, no pierden el tiempo despidiéndose de sus amistades —sentenció Carlos—. Y este viaje mío es una huida. ¿Qué hora es?

—Las once menos veinte —dijo Tomás consultando su reloj.

—A las once estoy citado con ella. Como todos los días. En el sitio de siempre. En el mismo bar y en la misma mesa donde la conocí.

—¡Qué romántico! —se burló Tomás. —Romántico e incluso cursi. —Para mí, ambas palabras significan lo mismo.

—Pero quítale al amor el romanticismo y la cursilería —continuó Carlos—, y le habrás quitado todo el ropaje que lo adorna. —Pues de eso se trata precisamente en el amor: de quitarse todo el ropaje.

—No seas vulgar —le reprochó Carlos.

—Y tú no seas hipócrita —se defendió Tomás—. Porque cuando llegaste a Torremolinos, buscabas la misma vulgaridad que todo el mundo: cepillarte a una sueca.

—Perdona, pero estás muy equivocado —le corrigió Carlos—. Yo vine a Torremolinos por prescripción facultativa, a reponerme de una pleuresía que pesqué este invierno.

—Pues a mí me dijiste —insistió Tomás— que querías cepillarte a una sueca.

—Yo no pude decirte esa ordinariez —rechazó Carlos—, porque jamás he empleado el verbo «cepillar» en esa acepción que tú le das. No niego, sin embargo, que en el curso de las conversaciones que sostuvimos a mi llegada, mencionase que no me desagradaría sostener una pasajera relación carnal con alguna turista nórdica.

—A eso le llamo yo cepillarse a una sueca. ¿Admites que me hablaste de eso?

—Acabo de decirte que no lo niego. Es lógico que surgiera el tema en nuestra conversación, puesto que soy español y reacciono ante los «bikinis» como cualquiera de mis compatriotas. Pero de eso a afirmar que el objetivo de mi viaje era satisfacer mis instintos lujuriosos, hay un abismo.

—Pues si no era ése tu objetivo —se puso pesado Tomás—, ¿qué necesidad tenías de venir a Torremolinos? Hay playas mucho menos divertidas y bastante más apropiadas para convalecer de una pleuresía.

—Vine a Torremolinos porque conozco al dueño de este hotel, y me hace un descuento del treinta por ciento en el precio de la pensión completa. Pero a veces, por hacer una economía, nos buscamos la ruina.

—Porque tú no supiste controlarte, y has tomado demasiado en serio tu aventurilla veraniega con una pelandusca.

—Sé que lo dices para ayudarme a reaccionar, y por eso no te parto la cara —dijo Carlos, comprensivo—. Pero te consta que ni yo he vivido una simple aventurilla ni Monique es una pelandusca.

—Hombre —no quiso comprometerse Tomás—, yo en realidad sólo puedo emitir una opinión superficial, porque he presenciado vuestro idilio desde lejos: siempre que estabas con ella y yo pretendía acercarme, me dabas esquinazo.

—Pero la conoces lo suficiente para darte cuenta de que no es una turista cualquiera. Alguna vez que no logré darte esquinazo, te sentaste a tomar una copa con nosotros. Además, estabas conmigo cuando la conocí. ¿Te acuerdas?

—¿Cómo no voy a acordarme, si ni sé cómo te saludo después de la faena que me hiciste aquella noche? —gruñó Tomás—. Como acababas de llegar y buscabas plan, me brindé a servirte de alcahuete presentándote a dos amigas mías.

—Fue un detalle por tu parte que nunca olvidaré. No por tus amigas, que eran un par de alemanotas que parecían una pareja de la Guardia Civil, sino porque gracias a la cita que tenía contigo acudí a ese bar: al «Manzanilla a gogó».

—Pero acudiste tardísimo, cuando la pareja de prusianas ya se había soplado ochenta duros de consumiciones — siguió reprochándole Tomás.

—Porque tuve que asistir a una cena de gala en honor de un príncipe negro que se hospedaba en este hotel y a la que el director me invitó —dijo Carlos.

—Pues cuando llegaste al «Manzanilla a gogó», yo también estaba ya negro por el plantón que me habías dado. »—¡Ya era hora! —exclamé con alivio cuando al fin apareciste de smoking, hecho un brazo de mar, pues mis alemanas seguían tragando cañas de manzanilla como si fueran de cerveza—. Si llegas a tardar un poco más, encuentras a esas mozas debajo de la mesa. »—Perdóname —te excusaste—, pero por su robustez y corpulencia parecen capaces de aguantar todo lo que se les eche. »—Pero la que no aguanta más es mi cartera, porque ya se han bebido cuatro botellas. Y aunque aquí la manzanilla es barata y la pagas en pesetas, el «a gogó» sale carísimo porque te lo cobran en dólares. »Y a continuación te presenté a mis dos amigas, que se mostraron encantadas de conocerte: »—Esta es Frida, y ésta Elsa. »—¡Kaballerro español! —exclamó la menos chufa de las dos, mientras la otra sonreía estúpidamente pues ya no estaba en condiciones de pronunciar ni una sola palabra.

Carlos, mientras metía en la maleta unas camisas que había sacado del armario, añadió recordando también lo ocurrido aquella noche: —Y cuando yo me disponía a sentarme junto a las robustas valquirias, para participar en aquella tremenda juerga que me habías organizado, una mujer que ocupaba la mesa contigua me hizo un ademán y me llamó: »—¡Camarero! »Era Monique. Estaba sola; y tan guapa, que me la quedé mirando descaradamente. »—¡Camarero! —repitió ella impacientándose, al observar que yo no acudía a su llamada. »—¿Es a mí? —pregunté acercándome a su mesa, divertido al comprender que mi smoking era el culpable de su equivocación. »—¡Naturalmente! —confirmó ella, en su perfecto castellano con leve acento francés—. Sírvame otra copa de lo mismo. »—En seguida —dije metiéndome en el papel que la guapa me asignaba—. ¿Qué estaba usted tomando? »—Pequeña manzana. »—¿Cómo? —me extrañé hasta que comprendí—. ¡Ah, sí! Quiere usted decir manzanilla. »—Eso. Manzanilla, en francés, se dice petite pomme. Y la traducción literal de petite pomme, es pequeña manzana. ¿Dónde está la diferencia gramatical? »—No sé dónde estará —respondí —, pero la hay. Porque si pide manzanilla, le servirán vino; y si pide «pequeña manzana», a lo mejor le sirven sidra. »—Entonces, pido manzanilla. »—Ahora mismo se la traigo. »Retrocedí hasta tu mesa, agarré una de las botellas que tus amigas no habían vaciado aún, y volví junto a Monique. »—La señorita está servida —dije muy finamente, llenando su copa. »—Me asombra su rapidez — comentó ella—. Me habían dicho que los camareros españoles tardaban horas en servir. »—Calumnias de la leyenda negra —aproveché la ocasión para meter una cuña patriótica—. La verdad es que somos tan veloces, tan serviciales y tan simpáticos, que no parecemos camareros. ¿Desea alguna cosa más? »—Sí. Dígame cuánto le debo. »—¡Por Dios, señorita! Me ofende usted. »—¿Por qué? —se asombró Monique—. No irá usted a decirme que los camareros españoles son también tan caballerosos que se ofenden cuando la clientela les quiere pagar. »—Cuando la clientela no va acompañada y es tan guapa como usted, sí —dije galante—. En estos casos, invita siempre la casa. »—Pues dele muchas gracias a la casa. »—De su parte —prometí, al tiempo que me sentaba junto a ella. »—Pero ¿qué hace? —se sobresaltó —. ¿Cómo se atreve a sentarse? »—Es otra atención de la casa — expliqué muy serio—. Cuando alguna cliente viene sola, tenemos orden de sentarnos con ella para darle conversación. Gratuitamente, por supuesto. No tendrá que abonarme nada por este servicio. Así como existe el de “ayuda en la carretera”, aquí hemos organizado el de “consuelo en la soledad”.

Tomás movió la cabeza lleno de dudas mientras preguntaba: —¿Y ella se creyó todas esas majaderías que inventaste?

—No —dijo Carlos, terminando de meter en la maleta las camisas—. Se dio cuenta en seguida de que todo era un truco. Pero le hizo gracia, y logré mi propósito de que hablara conmigo. Así empezó nuestro idilio.

—Poniendo en peligro nuestra amistad —gruñó Tomás—. Porque además de beberte mi vino, no volviste a mi mesa en toda la noche. Y tuve que cargar yo solito con la pareja de prusianas que te había preparado.

—Pero nunca olvidaré el favor que me hiciste citándome en el «Manzanilla a gogó», donde conocí a Monique. Y donde a partir de aquella noche, me reuní con ella todos los días. En ese mismo rincón, fuimos intimando y conociéndonos más a fondo. »—¿No cree usted —le propuse yo en nuestra segunda cita— que deberíamos tuteamos? »—¡Oh, no! —rechazó ella—. En Francia sólo es posible el tuteo después de alcanzar un alto grado de intimidad. »—Pues en vista de lo bien que nos llevamos, por mi parte no hay ningún inconveniente en que lo alcancemos. »—Pero por mi parte, sí. Antes tengo que convencerme de que no es usted como todos los españoles. »—Eso se ve a simple vista: yo soy un poco más alto. »—No me refiero a su aspecto, sino a su forma de ser —aclaró Monique—. ¿Quién me dice a mí que no es usted el típico español que sólo busca una aventura? »—Se lo digo yo mismo y puede creerme —afirmé muy serio—. Además, basta con mirarme para darse cuenta de que no soy el prototipo del don Juan veraniego, que anda por las playas a la caza de turistas. Míreme. »—Ya le veo. »—¿Y qué le parezco? »—¡Psch! —dijo ella sin querer comprometerse. »—Fíjese en mi pelo y en mi piel — señalé—. Esos donjuanes playeros son morenos y bronceados por el sol. Yo, en cambio, soy castaño y paliducho. ¿Eso no basta para tranquilizarla? »—No. »—¿Qué más pruebas quiere? — pregunté. »—Quiero saber algo de usted, como usted lo sabe de mí. Porque yo le he contado mi vida, pero aún no he conseguido que me cuente la suya. »—Si de veras le interesa la historia de un hombre solitario, que a los treinta y cinco años no ha encontrado todavía la felicidad… —empecé a decir, pero me interrumpí para suspirar. »—Ese principio ya resulta interesante. »—La simpatía que usted me inspiró desde que la conocí —continué—, obedece sin duda a ciertas afinidades que nos aproximan en varios terrenos. »—¿Ah, sí? —noté que seguía interesándose Monique. »—Sí: en el terreno familiar, yo también soy huérfano. Y en el profesional, también soy artista. »—¿Es posible? ¡Qué feliz coincidencia! —exclamó ella, apresurándose a aclarar—: Al decir feliz me refiero solamente a la afinidad artística, y no a la orfandad. »—Claro, claro. »—¿Y qué clase de artista es usted? »Dudé un momento, para elegir una palabra bonita: »—Plástico —fue la que elegí—. Hago retratos. »—¿De manera que es usted pintor? ¡Qué maravilla! Yo admiro la pintura tanto como la música. Ésas son las dos únicas Bellas Artes que me emocionan: pintar y tocar. »—También a mí —me alegré—. Porque yo también, siempre que puedo, toco. Por afición, ¿comprende? Soy muy aficionado a tocar. De modo que ya tenemos otra afinidad común. »—¿Y pinta usted aquí, en la Costa del Sol? —siguió preguntándome ella. »—No. Aquí no pinto nada. He venido a descansar. Tengo un estudio en Madrid, donde trabajo muchísimo. Pero el éxito no me ha dado la felicidad. Vivo solo, buscando en el Arte las satisfacciones que la vida me negó. »—Entonces, ¿es usted soltero? »—Desgraciadamente, sí —suspiré —. Hasta ahora no he encontrado la mujer soñada, con suficientes afinidades espirituales para comprenderme y curarme. »—¿Curarle? ¿Está usted enfermo? »—De angustia vital. Carlos hizo una pausa en su relato, y su amigo no pudo contenerse:

—Pero ¡qué sarta de embustes! — exclamó Tomás, asombrado—. ¿Cómo pudiste inventar tantas mentiras seguidas?

—También conté alguna verdad —se defendió Carlos—. Por ejemplo, que soy huérfano.

—De madre nada más. Porque tu padre vive todavía.

—Sí. Pero es tan viejecito… —De todas formas, es sólo una verdad a medias. —Tampoco es mentira que soy artista.

—Pero no pintor, porque tú no has cogido un pincel en tu vida —le apabulló Tomás.

—Eso se le ocurrió a ella, cuando le dije que hacía retratos. Yo no hice más que seguirle la corriente.

—Podías haberle aclarado que eras fotógrafo.

—Podía —admitió Carlos—. Pero a Monique le hizo tanta ilusión que yo pintara…

—En vista de lo cual, seguiste pintándote un autorretrato completamente falso.

—¿Qué querías que hiciera? — siguió defendiéndose Carlos—. ¿Contarle la verdad para espantarla y que no hubiera querido volver a verme? Me gustaba demasiado para correr ese riesgo. Por eso mentí, como miente todo el mundo en esos casos. Que yo sepa, nadie consigue «ligar» con la verdad por delante.

—No, claro —admitió Tomás—. Pero hay pocos embusteros como tú, que se inventan una vida completa.

—Porque Monique me había contado la suya. Y entre su vida y la mía, no hay ninguna afinidad. Por eso tuve que inventarlo todo, para que me encontrara interesante y me siguiera tratando. Ella vive en París y es pianista. Ha dado conciertos con mucho éxito, que le proporcionaron fama y dinero. Yo en realidad vivo en Logroño, y soy fotógrafo. Tengo un estudio fotográfico en el que retrato a todas las parejas que se casan y a todos los niños que hacen la Primera Comunión. Y además de no ser rico ni famoso, soy casado y padre de tres hijos… ¿Crees que Monique me hubiera hecho caso si llego a contarle mi vida de verdad?

—No, claro —tuvo que reconocer Tomás. —Por eso no la desmentí cuando me creyó pintor. Y como ella vive en París, yo trasladé mi estudio a Madrid. No porque me avergüence vivir en Logroño, que es una ciudad muy interesante donde hacen unas pastillas de café con leche estupendas, sino por crear una nueva afinidad: si Monique Dupont es una artista domiciliada en la capital de Francia, Carlos Ramírez tenía que tener una profesión equivalente y un domicilio en la capital de España. Y una vez inventado el domicilio, inventé también mi soledad.

—Te instalaste en Madrid, como quien dice, y dejaste en Logroño a toda tu familia.

—¿Y qué podía hacer, si Monique me gustaba a rabiar? —preguntó Carlos con vehemencia—. Con tal de no perderla, yo habría sido capaz de decir las mentiras más gordas.

—No creas que las que dijiste fueron flacas.

—Pero, gracias a ellas, Monique se interesó por mí. Y seguimos viéndonos todos los días. Y por fin…

—¿Qué pasó por fin?

—¿No te lo imaginas, imbécil?

—Sí —dijo Tomás—, pero prefiero que me lo cuentes tú.

—Pues que un día, en nuestro rincón favorito del «Manzanilla a gogó», ella me lo confesó: »—¿Sabes una cosa, Carlos? »—Tú dirás, Monique. »—Que anoche fui muy feliz contigo. »—Yo también, mon amour —dije con ternura, haciendo mi pinito de lengua francesa. »—Eres un amante formidable, chéri. »—Tampoco tú eres moco de pavo, rica. »—¿Moco? —repitió extrañada—. ¿Qué quiere decir eso? »—Moco en general —expliqué— es una porquería. Pero el de pavo, empleado de cierta manera, sirve para dar a entender que algo es maravilloso. Como tú, por ejemplo, que eres una maravilla. »—También tú, entonces, eres un moco de esos. Y puesto que somos dos mocos maravillosos, vamos a ser muy dichosos. ¿No lo crees? »—Estoy convencido. »—Te convencerás más aún cuando sepas algo que nunca le dije a ningún hombre. »—Dímelo, Monique. »—Que je t’aime. »—¿Cómo has dicho? —pregunté, pues no lo había entendido. »—Que yo te amo —me tradujo ella —. Te lo digo en mi idioma, porque me suena más auténtico. Parece que los sentimientos, al traducirlos, pierden autenticidad: Je t’aime, Carlos. Je t’aime! »—Y yo también a ti, Monique — correspondí a su confesión, abrazándola emocionado—. ¡Te quiero! Te quiero, y sea lo que Dios quiera. »—¿Por qué dices eso? —me miró ella con extrañeza. »—Porque nunca se sabe lo que puede ocurrir. Pero no pensemos en el futuro, y vivamos este presente maravilloso. »—También podemos pensar en el futuro —dijo Monique—, puesto que Dios ha querido que nos encontráramos. Tú estabas solo y yo también. Gracias a Dios se terminaron nuestras soledades, porque nos hemos encontrado. Y estaremos siempre juntos, ¿verdad, chéri? »—¡Sí, mon amour! —me entusiasmé—. ¡Siempre!… ¡Pase lo que pase!… ¡Nada podrá separarnos!… Tomás no pudo contenerse y comentó:

—Perdona que te lo diga, chico, pero eres un perfecto sinvergüenza.

—Tienes razón —admitió Carlos sentándose muy abatido a los pies de la cama, junto a la maleta que aún no había terminado de llenar.

—Nunca pensé que un provinciano tan tranquilote como tú pudiera llegar a ser un sinvergonzón tan redomado.

—Sólo puedo decir en mi descargo que perdí desde el primer momento el control de mi voluntad. Y me entregué en cuerpo y alma a aquel amor, olvidándome de todo. Al fin y al cabo, mis vacaciones acababan de empezar y tenía un mes de libertad para hacer lo que me diese la gana. Tú en mi caso hubieras hecho lo mismo.

—Yo sí —reconoció Tomás—. Pero yo no tengo una esposa y tres niños en Logroño.

—No hace falta que me lo recuerdes.

—¿Cómo que no? Después de todo lo que me has contado, creo que conviene recordártelo.

—Ella se encarga ya de recordármelo.

—¿Quién? ¿Monique?

—No, hombre: Enriqueta, mi mujer. Me escribe todos los días, preguntándome si me voy recuperando de la pleuresía. Pero cuando uno se enamora de verdad, no ve ningún obstáculo en su camino. El amor es ciego, Tomás.

—Por eso hay que andar con los ojos bien abiertos, para no caer en él y darse un batacazo como tú.

—No pude evitarlo —suspiró Carlos—. Fue más fuerte que yo. Y como tenía tantas semanas por delante… ¿Tú sabes lo que es vivir como flotando en una nube? —Es tan poco seguro como tirarse de un avión sin paracaídas. —Pero mientras flotas en la nube del amor, no te das cuenta del peligro que corres.

—¡La nube del amor! —se echó a reír Tomás—. Verdaderamente, si eres capaz de decir esas cursiladas, es que estás perdido.

—Mientras flotas —continuó Carlos sin hacerle caso—, tienes la sensación de que la ley de la gravedad ha desaparecido y nada te parece grave. Todo es leve, fácil y llevadero. No hay cargas pesadas ni problemas difíciles de resolver. Encuentras que la vida es buena, bonita, y hasta barata. Y los días pasan volando. Y las noches también. Y tú los oyes volar complacido, como si las alas del tiempo tuvieran música…

—Todo eso —comentó Tomás— lo siento yo también tomándome unas copas, y no me complico la vida.

—No seas vulgar —le reprochó Carlos antes de proseguir—. Hasta que de pronto, cuando sigues flotando en la nube, se te ocurre mirar el calendario. Y entonces te das cuenta de que ha pasado un mes sin darte cuenta.

—Y entonces, ¡pataplaf!, el morrón.

—¿Qué morrón?

—El que te pegas al caerte de la nube.

—No te caes, pero comprendes que las vacaciones han terminado; que tu trabajo te espera.

—Tu trabajo y Enriqueta.

—Comprendes también que tienes que tomar una decisión —continuó Carlos—. Eso hice yo cuando miré el calendario. Y aquel día, cuando fui al «Manzanilla a gogó», se lo dije a Monique.

—¿Qué le dijiste?

Y el fotógrafo logroñés le contó la escena que había tenido con su amada: «—¿Sabes qué día es hoy, mon amour? »—No —se encogió de hombros ella—. Pero se nota que el verano está acabando. Hoy por la mañana pasaron por el cielo unas nubes muy feas. Las primeras nubes que he visto desde que llegué. »—Y mañana lloverá —pronostiqué. »—¿Quién te lo ha dicho? »—Lo ha anunciado en la “tele” el hombre del tiempo. »—Puede equivocarse. »—Imposible. Si se ha arriesgado a anunciar lluvia en la Costa del Sol, es porque habrá visto aproximarse la borrasca con sus propios ojos. A una zona turística tan importante no se le puede dar una mala noticia de esa envergadura sin tener la absoluta seguridad de que se confirmará. »—Bueno, ¿y qué? —volvió a encogerse de hombros Monique—. Pues que llueva. El sol ha tostado ya mi piel tanto como yo quería, y tú has dado a mi corazón todo el calor que necesitaba. »—Eso es verdad —me animé—. ¿Qué nos importa lo que pueda llover o lo que pueda pasar? Lo importante es que tú y yo estamos juntos. Y que estaremos juntos también aunque caigan chuzos de punta. »—¿Aunque caigan qué? — parpadeó ella sin comprender. »—Chuzos de punta —repetí—. Es una clase de lluvia que no existe en Francia. »—Ahora que mencionas a Francia —dijo mirándome—, pienso que tendremos que decidir lo que vamos a hacer. Porque hasta ahora yo vivía en París y tú en Madrid. Y aquí no podremos quedarnos mucho tiempo si empiezan a caer esos chuzos que dices. »—No, claro —estuve de acuerdo —. También yo he pensado que deberíamos tomar una decisión. No puedo soportar la idea de separarme de ti. »—Ni yo, Carlos. Y no nos separaremos, ¿verdad? »—¡Claro que no! —me exalté, abrazándola apasionadamente. »—¿Has imaginado lo maravillosa que puede ser la vida de dos artistas, unidos por el arte y el amor? »—Me lo imagino constantemente, amor mío —suspiré—. Y te aseguro que no hay nada que me seduzca tanto como la idea de iniciar una nueva vida a tu lado. Después de darle muchas vueltas al asunto, he llegado a la conclusión de que por ti soy capaz de abandonarlo todo. »—Pero ¡si no tendrás que abandonar nada, mon coeur! »—¿Cómo que no? —exclamé, y añadí para mi capote—: ¡Eso crees tú, monina! »—¿No ha sido la pintura la única compañera que tuviste en tu vida solitaria? »—La única, en efecto —mentí una vez más. »—Pues no hará falta que la abandones, sino todo lo contrario —me tranquilizó Monique—: seguirás pintando. Y pintarás mejor que nunca, porque yo te inspiraré. »—Tienes razón —empecé a entusiasmarme una vez más, como siempre que la tenía a mi lado y la miraba a los ojos—. Tú serás mi musa. »—Y tú mi muso. »—Musos no hay, querida. »—Los habrá desde ahora —decidió ella—: tú serás el primero. ¿Sabes que cuanto más lo pienso, más me entusiasma la idea de no separarnos jamás? »—Y a mí, mon amour —suspiré. »—Nos inspiraremos mutuamente — se embaló ella—. Mientras tú pintas, yo tocaré el piano en la veranda. »—¿En dónde has dicho? »—En la veranda de nuestra casa. Porque yo me figuro que nuestra casa tendrá una veranda con vistas hermosas. ¿A ti te gusta tener una veranda? »—¡Pues claro! A mí me gusta todo lo que te guste a ti, aunque no sepa lo que es. Pero ya pensaremos en esos detalles cuando llegue el momento, ¿no te parece? Hoy hace sol y estamos juntos. Preocuparnos de lo que haremos mañana es como abrir el paraguas cuando aún no ha empezado a llover. »—Tienes razón, chéri. Tiempo habrá mañana para decidir los detalles, puesto que ya hemos decidido lo principal: que no nos separaremos nunca, pase lo que pase. Y ahora, aprovechemos estas horas de sol que nos quedan junto al mar…» Carlos hizo una pausa para lanzar otro suspiro, y para guardar unas corbatas en la maleta. —Y las aprovechamos al máximo — continuó—. Porque al día siguiente, como el hombre del tiempo había anunciado, empezó a llover.

—¡Y de qué manera! —dijo Tomás —. Ha estado lloviendo tres días sin parar.

—Con la lluvia llegó el fin del verano, y el momento de que Monique y yo tomáramos una decisión.

—¿Qué decisión tomasteis? —se interesó Tomás.

—La única que podíamos tomar, dada la intensidad de nuestros sentimientos respectivos.

—¿Cuál?

—Marcharnos juntos.

—¿Estás loco?

—Completamente —admitió Carlos —. Empecé a estarlo cuando la conocí, y la locura me ha durado hasta ahora. Estoy citado con ella a las once en punto, para que huyamos hacia una nueva vida; hacia esa casa con veranda que encontraremos en alguna parte, en la que Monique hará música mientras yo pintaré al óleo.

—¡No digas disparates! —se indignó Tomás—. ¿Tú qué vas a pintar? ¡Todo eso es absurdo!

—Completamente absurdo, tienes razón, y yo lo he comprendido también. La lluvia ha sido como un jarro de agua fría que me ha hecho reaccionar.

—¿Qué piensas hacer entonces?

—Huir de aquí como había planeado, pero con algunas modificaciones en mi plan.

—¿Qué modificaciones?

—No me iré con Monique, sino solo.

—¿Solo? ¿Y adónde piensas ir?

—¡A Logroño, coño! —se enfadó Carlos—. ¿Adónde quieres que vaya? Vuelvo a mi casa; a mi ambiente; a mi mujer y a mis hijos; a mis fotografías de recién casados, de bautizos y primeras comuniones. Vuelvo a la realidad después de haber vivido un sueño maravilloso. Seré de nuevo el provinciano vulgar que siempre fui, porque ya tengo una vida hecha que no puedo deshacer.

—Eso te honra —le aplaudió Tomás —. Eres un valiente digno de admiración.

—¿Tú crees? —dudó Carlos, cerrando pensativo su maleta—. Quizá sea un cobarde digno de compasión.

—¿Por qué?

—Porque un valiente de verdad lo abandonaría todo para lanzarse a la aventura. Pero yo soy un pobre hombre que se acobarda por cuatro bobadas.

—¡Caramba! —exclamó Tomás—. Si llamas cuatro bobadas a tu mujer y a tus tres niños…

—Para otro cualquiera, puede que lo fuesen —suspiró Carlos, cerrando su maleta—. Mas para mí son un obstáculo que no puedo saltarme a la torera.

—Me parece muy bien que no te lo saltes —dijo su amigo—. Pero ¿qué harás con Monique?

—No la veré más.

—¿Cómo? ¿No piensas ir a la cita que tienes con ella?

—¡Claro que no!

—Eso, en cambio, me parece una canallada.

—¿Y qué puedo hacer? —preguntó Carlos—. ¿Crees que tengo valor para ir a despedirme de ella? Ya te he dicho que soy un cobarde. No me considero capaz de decirle cara a cara: »«—Me voy a Logroño, mon amour. Todo lo que te conté es mentira. No soy un pintor madrileño libre y solitario, sino un fotógrafo riojano cargado de mujer e hijos…» »¿Te atreverías tú a hacer una confesión así?

—No lo sé —contestó Tomás—; porque yo no soy fotógrafo riojano, ni tengo mujer e hijos.

—Pero me comprendes.

—Eso sí: comprendo que te has portado como un cerdo, engañando a esa chica con tantas mentiras para al final dejarla plantada.

—No me lo recuerdes, haz el favor —suplicó Carlos.

—No hará falta recordártelo, porque tú no lo podrás olvidar —profetizó Tomás—. Durante mucho tiempo, te remorderá la conciencia por la faena que le has hecho a Monique.

—Tienes razón —murmuró Carlos muy deprimido, cogiendo su maleta y dirigiéndose a la puerta de la habitación —. Tardaré en olvidarla, pero no puedo hacer otra cosa. Un cobarde como yo tiene que elegir el mal menor. »De manera que eludo el riesgo de una despedida, y me voy directamente a la estación. »Perdóname esta última cobardía, Monique. Cuando llegues a las once al «Manzanilla a gogó», no habrá nadie en nuestro rincón. Me imagino que te sentarás a esperarme, pero yo no llegaré. »Espérame sentada, mi amor, hasta que comprendas que ya no volverás a verme. Entonces, ponte furiosa conmigo. Llámame cochon y todo lo que se te ocurra; porque además de que me lo merezco, así me olvidarás más fácilmente. »Adiós, Monique. Vuelvo a una ciudad que tú ni siquiera sabes que existe, pero donde está la única vida que yo debo vivir: a Logroño, mon amour…

Aquel mismo día, a la misma hora aproximadamente y en la habitación de otro hotel, Monique sacaba su ropa del armario y la iba metiendo en su maleta. —¿Qué hora es? —preguntó a su amiga Lola, que fumaba un cigarrillo junto a la ventana.

—Las once menos veinte —dijo Lola, consultando su reloj.

—Tengo que darme prisa. Sólo me quedan veinte minutos.

—Entonces, ¿estás decidida?

—Completamente. Puedes trasladarte a esta habitación, que es mejor que la tuya y tiene vistas al mar.

—No vale la pena. Se me acaban las vacaciones dentro de dos días, y tendré que irme también. Y más triste que tú, porque a mí no me espera nadie.

—Carlos me esperará a las once en punto —le brillaron los ojos a Monique, mientras metía en la maleta un puñado de leve ropa interior—. En el «Manzanilla a gogó», en la mesa del rincón. Allí fue nuestra primera cita en Torremolinos, y allí será la última también. ¿Verdad que es bonito?

—Precioso —gruñó Lola con cierta envidia—. Yo, en cambio, no he conseguido citarme con nadie. Está visto que aquí las nacionales no tenemos nada que hacer. En cuanto se me arrima un hombre y le digo que soy de Valladolid, sale zumbando. Sin embargo, para vosotras las extranjeras, esto es llegar y besar el santo.

—En mi caso, así fue —recordó Monique—. Conocí a Carlos a las pocas horas de llegar.

—En el «Manzanilla a gogó», ya lo sé. Le confundiste con un camarero. Me lo has contado varias veces.

—Fue por mi parte un error formidable. ¿Cómo le llamáis vosotros? ¿Golpe de plancha?

—No, mujer —corrigió Lola—: planchazo.

—Pues eso —continuó Monique—: golpe de plancha o planchazo, viene a ser igual. Pero Carlos, en vez de ofenderse, se hizo pasar por camarero con mucho sentido del humor. Y desde aquel momento, me cayó simpático.

—Lo que yo digo: llegar y besar el santo.

—¡Oh, no! —protestó Monique—: no creas que le besé en cuanto le conocí. Eso no llegó hasta varios días más tarde. En contra de la voluntad de Carlos, naturalmente, que como buen español quiso precipitar las cosas desde el primer momento. Pero yo, cuando nos citamos al día siguiente en el «Manzanilla a gogó», le paré los pies. Y éste es otro dicho de vuestro idioma que no acabo de comprender.

—¿Qué dicho?

—Éste: ¿por qué decís «parar los pies», cuando lo que se para en realidad son las manos? »—No, Carlos —le rechacé con suavidad, cuando él acortó demasiado la distancia que nos separaba en la mesa del bar—. No se acerque tanto, porque sólo he venido para que charlemos. »—También yo —se disculpó él, un poco corrido—. Sólo me acerqué pensando que así charlaríamos mejor. Cuanto más cerca estemos, menos tendremos que gritar. »—Yo le oigo perfectamente sin necesidad de que grite. »—Ahora sí. Pero cuando empieza la música, se arma aquí un barullo que no hay quien se entienda. »—Charlemos entonces antes que empiece la música —propuse yo. »—Encantado —aceptó él—. ¿De dónde es usted? »—De París —respondí. »—Bonito pueblo. »—¿Conoce usted París? »—¡Ya lo creo!: la Torre Eiffel, el Arco del Triunfo, ese museo tan importante… ¿Quién no conoce París? —dijo Carlos con suficiencia antes de continuar su interrogatorio—: ¿Y dónde aprendió el castellano? Porque lo habla usted muy bien. »—Lo aprendí viajando por la América Latina. ¿Conoce usted la América Latina? »—Por ese nombre, no —se puso serio él—. Los españoles la conocemos por Hispanoamérica. »—Es verdad —me excusé—. Perdóneme. »—Está usted perdonada —me sonrió—. ¿Ha viajado usted mucho por nuestras hijas? »—¿Por dónde? —le pregunté extrañada. »—Por las repúblicas hispanoamericanas —me aclaró—. Como España fue su Madre Patria, los españoles las consideramos hijas nuestras. »—Son ustedes muy dueños. »—No: ya no somos dueños en absoluto, pero seguimos considerándolas así por razones sentimentales. ¿Conoce usted bien esas repúblicas? »—Pues sí —declaré—. Las he recorrido casi todas. Mi profesión me ha obligado a viajar muchísimo. »—¿Es usted artista? »—Sí. ¿Cómo lo adivinó? »—Por sus viajes. Todos los artistas suelen emprender largas tournées… »—Efectivamente. Y mis tournées fueron larguísimas. He recorrido América y Europa, dando conciertos. »—¿De qué? —quiso saber él. »—De piano —le contesté—. Soy pianista. »—Pues aunque usted no lo crea, lo había adivinado también. »—¿Es posible? —me sorprendí. »—Lo adiviné al fijarme en sus manos —dijo Carlos, apoderándose de mi mano izquierda, que yo había dejado sobre la mesa—. Estos dedos finos y largos están hechos para acariciar el teclado del piano. Basta con ver estas manos para comprender que pertenecen a una pianista. »—Si para comprenderlo basta con verlas, no es necesario tocarlas —dije amablemente, retirando la mano que él me había cogido. »—Pero el tacto es un complemento importante para reforzar mi juicio visual —justificó Carlos su maniobra antes de añadir—: Siga hablándome de usted; de sus inquietudes artísticas; de su vida en general… Monique fue a sacar más ropa del armario. Y mientras doblaba unas minifaldas para meterlas en su maleta, continuó: —Y le conté que siendo yo muy niña, durante la última guerra mundial, mis padres murieron en un bombardeo.

—¡Qué horror! —exclamó Lola.

—Le conté también que fui recogida por una hermana de mi madre, que era cantante en la Ópera de París. Y al lado de mi tía, inicié mi brillante carrera musical. Tan brillante que a los quince años di mi primer concierto con un éxito formidable.

—¿De veras le contaste todo eso? —se asombró Lola—. ¡Qué bárbara, chica! Tienes una imaginación fantástica.

—No lo creas. En realidad, todo eso no lo inventé —confesó Monique—: era lo que le había pasado a la protagonista de una novela que acababa de leer. Y como en algunos aspectos de su vida se parecía a la mía…

—¿En qué aspectos, guapa? Porque todo lo que yo sé de ti no concuerda en absoluto con esa historia.

—Sí, mujer —protestó Monique—. La orfandad, sin ir más lejos. Yo también soy huérfana.

—Pero tus padres no murieron en ningún bombardeo, sino en una epidemia de gripe.

—Pero no me negarás que un bombardeo suena mucho mejor.

—Eso sí —tuvo que reconocer Lola.

—Contar que murieron de la gripe —se justificó Monique— da siempre un poco de risa. No es una muerte patética, sino más bien ridícula. Y yo quería impresionar a Carlos.

—Supongo que lo conseguirías con esa serie de mentiras impresionantes.

—Decirle que soy de París, que he vivido en París toda mi vida, es una mentira muy corriente. Todas las francesas, en cuanto salimos de Francia, decimos que somos de París. Eso les gusta a los extranjeros, que de nuestro país sólo admiran nuestra capital, y a nosotras no nos cuesta ningún trabajo. De manera que esa mentirilla carece de importancia.

—Ésa puede ser —admitió Lola—. Pero todas las demás… Hace falta mucha cara para sacarse de la manga una tía cantante de ópera, y una carrera de pianista famosa.

—Eso lo saqué de la novela que había leído.

—Lo supongo. Una historia tan exagerada no se le ocurre a cualquiera así como así.

—Será todo lo exagerada que quieras —continuó Monique guardando unas blusitas en la maleta—, pero es en todo caso mucho más bonita que la mía. Y como dadas las circunstancias, la mía no se la podía contar…

—¿Por qué no?

—Vamos, no preguntes tonterías — se enfadó Monique—. Ponte en mi caso y lo comprenderás. Si tú encontraras a un hombre interesante y con facha de artista; si ese hombre te gustara desde el primer momento y tú comprendieras que también le habías gustado a él, ¿ibas a decepcionarle contándole que sólo eres una estúpida y una pobre desgraciada?

—No creo que a mí me caiga nunca esa breva —suspiró Lola—. Pero si me cayera, supongo que procuraría no decepcionarle.

—Pues eso mismo hice yo, y por eso me callé mi verdadera historia. ¿Iba a contarle a un hombre tan importante como él que siempre he vivido en Toulouse, donde también nací? ¿Iba a confesarle que al morir mis padres de la gripe me recogió una tía, sí; pero que esa tía no era una cantante de la ópera de París, sino la dueña de una pensión de Toulouse? Y si le dije que el castellano lo estudié viajando por la América Latina, fue porque me dio vergüenza decirle la verdad: que lo aprendí en Toulouse sirviendo a los huéspedes de la pensión de mi tía, que eran casi todos exiliados españoles. ¿Crees que un hombre de la categoría de Carlos, un artista tan sensible, un pintor del gran mundo, podría enamorarse de una desgraciada como yo?

—Desgraciada hasta cierto punto — opinó Lola—, puesto que al morir tu tía heredaste la pensión. Y aunque Toulouse no sea la Costa del Sol, la hostelería es ahora un buen negocio en cualquier parte.

—No me considero desgraciada sólo por eso, sino por todo lo demás que tampoco le conté. Porque no iba a contarle que hace dos años me casé con un sinvergüenza que me abandonó el mes pasado.

—No, claro —le dio la razón Lola —. Eso comprendo que no se lo contaras de golpe y porrazo.

—También me callé lo del niño.

—Es lógico. Si no le hablaste de tu marido, no podías hablarle de tu hijo. Cuando se silencia un matrimonio, hay que silenciar también sus consecuencias.

—Sé que hice mal silenciando tantas cosas y dándole una idea completamente falsa de cómo soy y cómo he vivido — admitió Monique—. Pero tuvo la culpa el amor. Porque me enamoré de Carlos. Fue… ¿cómo llamáis a eso en España? Un golpe de flecha, ¿no?

—No —corrigió Lola—: un flechazo.

—Pues un flechazo por partida doble. Porque me dio en el corazón, y me hizo perder la cabeza.

—Reconoce que tú eras un blanco bastante dispuesto a recibir un flechazo de esos —dijo Lola—. Al fin y al cabo, viniste aquí para olvidar la charranada que te hizo tu marido.

—Puede que mi buena disposición para el olvido del pasado me ayudara a entregarme a este nuevo sentimiento. Y me entregué con tanto entusiasmo, que lo olvidé todo. Tú en mi caso, querida Lola, hubieras hecho lo mismo.

—Yo sí —admitió la vallisoletana —. Pero yo no soy dueña de una pensión ni tengo un hijo en Toulouse.

—Cuando una se enamora de verdad, no ve ningún obstáculo en su camino. El amor es ciego.

—Todos los enamorados dicen lo mismo para justificar sus tonterías.

—O sus locuras —añadió Monique, cerrando el armario que ya había vaciado y metiendo en su maleta las últimas cosas—. Porque una verdadera pasión te hace sentirte capaz de cometer cualquier disparate.

—Espero que tú no habrás pensado en cometer ninguno, ¿verdad? —dijo Lola, preocupada.

—¡Ya lo creo! Hace días que lo pensé, y se lo dije a Carlos.

—¿Qué le dijiste?

—Que quería huir con él de mi pasado.

—¿Estás loca? —se asustó Lola.

—Completamente —admitió Monique—. Empecé a estarlo cuando le conocí, y la locura me ha durado hasta ahora. Estoy citada con Carlos a las once, para marcharnos juntos hacia una nueva vida.

—¿Hablas en serio?

—Desde luego. ¿Tú sabes lo hermoso que es pensar en romper con todo y empezar a vivir como si acabaras de nacer?

—Muy hermoso, en efecto —estuvo de acuerdo Lola—, pero muy difícil también.

—Difícil, no —corrigió Monique—: imposible. Como todos los sueños demasiado bonitos, es también irrealizable.

—¿Qué piensas hacer entonces?

—Huir de aquí, pero sola.

—¿Y adónde piensas ir?

—Pues a Toulouse, naturalmente — dijo Monique, cerrando su maleta—. Vuelvo al lado de mi hijo; a mi pensión y a mis huéspedes. Vuelvo a la realidad después de haber vivido un sueño maravilloso.

—¿Y tu cita con Carlos?

—No iré. ¿Crees que tengo valor para despedirme de él? No me considero capaz de decirle cara a cara: »«—Me voy a Toulouse, mon amour. Todo lo que te conté es mentira. No soy una pianista parisiense, sino una madrecita provinciana». »Sería muy duro, ¿comprendes?

—Sí, claro —comprendió Lola. —Por eso no voy a despedirme — dijo Monique cogiendo su maleta y dirigiéndose a la puerta—, y me marcho directamente al aeropuerto. »Perdóname, Carlos —murmuró antes de salir—. Cuando llegues a las once al «Manzanilla a gogó», no habrá nadie en nuestro rincón. Me imagino que te sentarás a esperarme, pero yo no llegaré. Espérame sentado, hasta que comprendas que ya no volverás a verme. Adiós, Carlos. Adiós, mon amour…

Alvaro de Laiglesia, en su obra “Se busca rey en buen estado”.

 

 

 

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“Buda y Jesús tienen mucho en común”

¿Qué significa Jesús para mí?

Para mí es un gran maestro del mundo.
Para sus seguidores, él era y es el Hijo de Dios unigénito. ¿Afecta él a mi vida menos porque yo no acepte esto? ¿Es toda la grandeza de su enseñanza automáticamente alejada de mí? No puedo creer esto. Me niego a creer que haya alguien que no se beneficie de su ejemplo y de su expiación por los pecados, se den o no cuenta de ello.

Las vidas de todos han sido transformadas por él en algún grado, grande o pequeño, y se han beneficiado de su presencia, sus acciones, y de las palabras de su voz. Jesús dio a la humanidad, en sus enseñanzas y en su vida, la gran meta hacia la cual aspirar“.

(Mahatma Gandhi)

Jesus-Buda

“Ambos propusieron una vía espiritual centrada en el amor, la compasión y la justicia”

“Buda y Jesús tienen mucho en común”

Buda, a quien Herman Hesse le dedicó la novela Sidarta, se llamaba Sidarta Gautama y vivió en la India 500 años antes de Cristo. El siglo VI a. C. fue pródigo en sabios e iluminados: Tales de Mileto, Lao-Tsé, Confucio y los profetas Jeremías y Ezequiel.

Buda y Jesús tienen mucho en común. Según reza la tradición, ambos nacieron de una virgen. En el caso de Buda, su madre, Maya, habría sido fecundada por un pequeño elefante que se introdujo en su costado izquierdo. Buda y Jesús no dejaron nada escrito y formaron a sus discípulos mediante sentencias y parábolas emblemáticas. Ninguno de los dos fundó una religión;ambos propusieron una vía espiritual centrada en el amor, la compasión y la justicia, capaz de conducirnos a lo que más anhela todo ser humano: la felicidad.

Aprendí mucho del budismo. En especial su principal lección: el modo de evitar, o, al menos, aplacar el sufrimiento. No el dolor, que pueden paliar los medicamentos, sino el sufrimiento que lacera el alma, trastorna la mente, tritura el corazón, suscita sentimientos y actitudes negativos.

Buda descubrió que todo sufrimiento se deriva de un único factor: el apego. A bienes materiales, recuerdos nocivos, ambiciones desmedidas, y también a cargos o funciones, como bien demuestra el actual escenario político brasileño. Jesús diría lo mismo siglos después, con otras palabras.

¿Cómo librarse del apego y así evitar el sufrimiento y disfrutar de la felicidad? Buda enseñó que, para eso, es preciso vaciar la mente, y el método para hacerlo se llama meditación. Al mirar hacia afuera, soñamos; al mirar hacia adentro, despertamos.

Considero que la meditación es la forma más apropiada de oración personal. Porque induce a vaciarse de sí y a dejarse ocupar por Dios, como apunta la genial canción de Gilberto Gil “Se eu quiser falar com Deus”.

El término meditación es recurrente en la tradición mística cristiana, pero no aparece en los evangelios. Sin embargo, Lucas registra con acuciosidad los momentos de oración de Jesús: “Mas él se apartaba a lugares desiertos, y oraba” (5,16); “En aquellos días, él fue al monte a orar, y pasó la noche orando a Dios” (6,12); “… mientras Jesús oraba aparte… (9,18); “… subió al monte a orar” (9,28).

Ahora bien, si Jesús “pasó la noche orando a Dios”, él que nos enseñó a no multiplicar las palabras al hablar con Dios, sin dudas meditaba, o sea, abría la mente y el corazón para que el Padre lo habitara por entero. Muchas veces los cristianos hablamos de Dios, le hablamos a Dios, hablamos sobre Dios, pero no dejamos que Dios hable en nosotros. Y la meditación es un ejercicio de acogida del Misterio.

Soy un católico que reza todos los días para que Dios haga de mí un cristiano. Mi amigo, el periodista Heródoto Barbeiro, es budista desde hace 40 años. Su nombre de monje es Gento Ryotetsu. Decidimos encerrarnos durante tres días en el convento de los frailes dominicos de São Paulo para debatir sobre las convergencias y las diferencias entre el budismo y el cristianismo. En realidad no encontramos divergencias. El resultado se recoge en el libro O budista e o cristão – um diálogo pertinente.

En tiempos de fundamentalismos teológicos e intolerancias religiosas, el diálogo entre personas y grupos de concepciones distintas es, sin dudas, el camino más corto para evitar prejuicios y discriminaciones, ofensas y persecuciones. Entre otras cosas, porque Dios no tiene religión.

Aunque crea que Jesús es “el camino, la verdad y la vida”, nunca estaré seguro de que mi visión religiosa coincide con La Verdad. Siempre recuerdo al misionero que, en China, a inicios del siglo XX, le predicaba la doctrina cristiana a una multitud y concluyó diciéndoles: “¡Acabo de anunciarles la verdad!” Un chino levantó la mano y le dieron la palabra: “Padre, hay tres verdades: la suya, la mía y la verdad verdadera. Usted y yo juntos debemos buscar la verdad verdadera”.

Frei Betto

Carlos Alberto Libânio Christo (1944), más conocido como Frei Betto, es un fraile dominico brasileño, escritor y periodista, encarcelado y torturado en distintos periodos de la dictadura militar brasileña por defender los derechos de los más necesitados y de los perseguidos políticos. Colaboró sin usar nunca un arma, con la organización guerrillera ALN (Acción Libertadora Nacional. En ese periodo, estudió teología, filosofía y antropología. En São Paulo, conoció al dirigente obrero Luis Inácio Lula da Silva, quien sería después Presidente de Brasil y de quien se convirtió en amigo personal, así como del teólogo y sacerdote franciscano Leonardo Boff, con quién comparte su proximidad a la Teología de la Liberación.
Premio Jabuti, 1985 y 2005 (el premio literario más importante de Brasil). En 1986 fue elegido Intelectual del Año por la Unión Brasileña de Escritores. Asesor de movimientos sociales, como las Comunidades Eclesiales de Base y el Movimiento de Trabajadores Rurales sin Tierra. Entre 2003 y 2004 fue asesor especial del presidente Luis Inácio Lula da Silva y coordinador de Movilización Social del Programa Hambre Cero. El 28 de enero de 2013 la Unesco concedió a Frei Betto el Premio Internacional José Martí.             J.L.Soba (tomando como referencia Wikipedia)

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Frankenstein y el amor

Hoy comparto una reflexiòn de Jaime Barylko, (Buenos Aires, 1936 – 2002), educador, escritor, ensayista y pedagogo argentino, que acercó la filosofía a la gente de la calle. “Frankenstein y el amor”, es un relato perteneciente a su libro ”Los hijos y los limites”, publicado en 1995, y del que ya he compartido en el blog otros relatos, pues creo son de gran ayuda, como bien dijo Jaia, la viuda de Jaime:

“Si hay libros que al leerlos les hacen bien a otros, bienvenidos sean. Los textos de Jaime son profundos. El se definía filósofo y tenía la capacidad de hablar de las cosas más difíciles en un lenguaje al alcance de todos”.

Cubierta de Frankenstein de Mary Shelley, en la edición de 1831.

Cubierta de Frankenstein de Mary Shelley, en la edición de 1831.

Frankenstein y el amor

Les cuento la historia, la vera historia de Frankenstein, la narrada por Mary W.

Shelley; y es de 1818 y no es terrorífica; es sumamente educativa y para meditar.

Victor Frankenstein, un científico, llenó su cabeza con lecturas de magia y

transmutaciones de origen medieval (como lo había hecho don Alonso Quijano,

luego Quijote enloquecido de fantasías) y alcanzó la quimera que le inflamó la

imaginación de crear un hombre.

Primero ensayó con otros elementos inertes de la naturaleza, una piedra por

ejemplo, y logró darle vida. Se dijo, en su arrogancia, que también podría hacer un

hombre.

Y lo hizo. Un gigante, poderoso hombre, que al nacer causó el estupor de su

propio padre o hacedor. Victor quedó aterrorizado al verlo y escapó de él, y nunca

más supo de su existencia.

El hijo de Victor Frankenstein, ese hombre hecho por el hombre, vagaba por el

mundo alimentándose de frutos naturales. Luego fue aceptado como siervo en una

familia de gente muy pobre, de campesinos; de esa manera adquirió los rudimentos

del habla, y luego de la lectura, y luego de la conciencia y del saber.

Este Frankenstein, el del libro de Mary Shelley, por así decir el auténtico

Frankenstein, era todo un hombre. Nada que ver con ese bruto y estúpido ser del

terror que la historieta y la filmografía consagraron. Era pensante. Tenía plena

conciencia y total desarrollo de la razón. Le faltaba —no confundir— cultura,

educación. Lenta y progresivamente las fue adquiriendo.

A medida que fue creciendo en alma como en cuerpo, Frankenstein tomó

conciencia de su soledad. Veía y observaba las relaciones humanas, el amor, la

amistad, y se sentía muy solo y abandonado.

El hijo malquerido

Frankenstein era un hijo no querido. No querido por su padre, no querido por los

demás. Eso lo desesperó.

No era malo. Nadie es malo. Uno se vuelve malo y cae en malas actitudes, en

destrucciones. No hay ser malo, no hay ser bueno. Hay actuaciones y éstas,

motivadas por factores detonantes especiales.

El resentimiento lo hizo malo. Había amor en el mundo, pero no para él.

Frankenstein, el auténtico, es un ser plenamente humano y por tanto

plenamente angustiado por la ausencia de amor en su vida. El horror de su figura

espanta a la gente. La soledad sentimental lo espanta a él. Hasta que se encuentra

con su creador, su hacedor, Víctor, y le dice:

—Soy malvado porque soy desgraciado. ¿No me odia y me rehuye la

humanidad? Lo que pido de ti es razonable y modesto: te exijo una criatura de otro

sexo, pero horrenda como yo. Es cierto que seremos monstruos y viviremos lejos

del resto del mundo, pero por esa razón nos sentiremos más unidos el uno al

otro….

“Si carezco de lazos y de afectos, el odio y el rencor serán mi destino; el amor

de otra criatura eliminará la causa de mis crímenes.

Victor se resiste. Primero le promete que cumplirá su pedido, pero luego

renuncia a ese proyecto. Le basta con haber hecho un monstruo, de lo cual se

arrepiente; no hará dos.

Victor conoce el amor. Victor está enamorado de Elizabeth, la dulce,

maravillosa, romántica, excelsa, purísima Elizabeth. Para él hay amor. Para su hijo

Frankenstein ni hay ni debe haber. Así lo decreta Víctor.

Frankenstein no resiste esta injusticia. Toma su venganza: mata a Elizabeth el

día de la boda. Luego elimina a su hacedor, a Víctor. Luego se elimina a sí mismo.

La necesidad de amar y ser amado

La novela del personaje de Frankenstein fue escrita más de ciento setenta años

atrás. Sin embargo, fíjese el lector cuánta actualidad tiene.

Frankenstein es pervertido por la falta de amor. Criado en el odio y la repulsa,

ese hijo no tiene más escapatoria que el crimen y el suicidio.

La sociedad ha de revisar constantemente quiénes son sus hijos dañinos y por

qué motivo lo son.

Nadie, repito, es malo ni es bueno. El hombre es todo lo que puede ser y lo que

puede hacer, en concordancia con la educación, el medio ambiente, y sobre todo las

posibilidades de amor que pueda ejercer.

El que ama y es amado ve en el mundo su casa. El que se cría en el

resentimiento y el rechazo ve en el mundo su guarida.

La ciencia de Victor Frankenstein puede hacer un hombre. No estamos hoy muy

lejos de esa posibilidad. En la probeta están ocurriendo hechos que antaño serían

calificados de milagros o magias portentosas. Es ciencia que da vidas, que hace

vida.

¿QUE hará luego esa vida? Eso no lo decide la ciencia sino la educación. ¿Y QUE es

la educación? La relación humana, el modelo, mi bien y tu bien, nuestro bien. Que

el mundo no sea una guarida, que sea una casa.

Estas reflexiones vienen al caso porque nuestra realidad de este fin de siglo sólo

conoce y reconoce el saber de la ciencia que concluye en realizaciones tecnológicas.

Debemos recuperar el otro saber, el del sabor, el de la sabiduría de la vida, el

de la comprensión y el de la renuncia, es decir el del amor.

Historia, triste historia, de alguien que fue creado para ser hombre pero lo

dejaron sin amor, y en consecuencia lo condenaron al crimen y a la muerte.

Progenitores que no son padres

El mensaje es claro: ese ser era el hijo de su autor, de su creador. El padre fue

progenitor pero no fue padre. Le dio vida, le dio movimiento, le dio todo, menos la

posibilidad de amar. Para la autora de la novela lo que sobra es maquinaria de vida

y lo que falta es sentimiento.

Sin amor, la existencia no tiene sentido. Se puede tener éxito, pero no sentido,

es decir dicha.

Hemos endiosado tanto al éxito, que nos olvidamos del porqué de nuestra

estadía en la Tierra, de nuestro paso por la vida: el sentido, vivir por algo, para

algo, para alguien. Ese es el defecto de Frankenstein; defecto significa ausencia.

Concluyamos con este monólogo de Frankenstein delante de su padre Victor:

“En todas partes veo la felicidad, de la que sólo yo me encuentro

irrevocablemente excluido. Yo era afectuoso y bueno, y la aflicción me ha

convertido en demonio. Haz que sea feliz, y seré virtuoso otra vez.”

Gran tema este para la meditación. La metáfora es clara: el ser progenitor y no

ser padre puede desencadenar tragedias.

El progenitor produce la física simiente de tu nacimiento. El padre —debería ser

la misma persona, claro está— es el modo en que el sujeto aquel no mira hacia el

pasado, hacia el acto de procreación realizado, sino al futuro, ese que te

corresponde, hijo, y por tanto te ama en cuanto procura tu crecimiento, tu

desarrollo afectivo, intelectual, espiritual.

Amar es apoyar y exigir el crecimiento ajeno.

Jaime Barylko, en su libro ”Los hijos y los limites”

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La Leyenda de la Flor del Mburucuyá


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Bello ejemplar de “Flor de la Pasión” en Torrecilla, foto J.L.Soba

La Leyenda de la Flor del Mburucuyá

xmmmmmmmmmmmmmmmmmmmtrburukujá era una hermosa doncella española que había llegado a las tierras de los Guaraníes acompañando a su padre, un capitán del ejército de la Corona.

Mburukujá no era su nombre cristiano, sino el tierno apodo que le había dado un aborigen guaraní a quien ella amaba en secreto y con el que se encontraba a escondidas, ya que su padre jamás habría aprobado tal relación. En realidad, su padre ya había decidido que ella desposara a un capitán a quién el creía digno de obtener la mano de su única hija.

Cuando le revelaron los planes de matrimonio, la joven suplicó que no la condenaran a consumirse junto a un hombre que ella no amaba, pero sus ruegos solamente lograron encender la cólera de su padre. La doncella lloró desconsolada, tratando de conmover el inflexible corazón de su padre, pero el viejo capitán no sólo confirmó su decisión sino que además le informó que debería permanecer confinada en la casa hasta que se celebrara boda.

Mburukujá debió contentarse con ver a su amado desde la ventana de su habitación, ya que no estaba autorizada a salir a los jardines por la noche y difícilmente lograba burlar la vigilancia paterna. Sin embargo, envió a una criada de su confianza para que lo informara sobre su su triste futuro.

El joven guaraní no se resignó a perder a su amada, y todas las noches se acercaba a la casa intentando verla. Durante horas vigilaba el lugar, y sólo cuando se percataba de que los primeros rayos del sol podían delatar su posición se retiraba con su corazón triste, aunque no sin antes tocar una melancólica melodía en su flauta.

Mburukujá no podía verlo, pero esos sonidos llegaban hasta sus oídos y la llenaban de alegría, ya que confirmaban que el amor entre ambos seguía tan vivo como siempre. Pero una mañana ya no fue arrullada por los agudos sones de la flauta. En vano esperó noche tras noche la vuelta de su amado. Imaginó que el joven guaraní podría estar herido en la selva, o que tal vez había sido víctima de alguna fiera, pero no se resignaba a creer que hubiese olvidado su amor por ella.

La dulce niña se sumió en la tristeza. Su piel, otrora blanca y brillante como las primeras nieves, se volvió gris y opaca, y sus ojos ya no destellaron con hermosos brillos violáceos. Sus rojos labios, que antes solían sonreír, se cerraron en una triste mueca para que nadie pudiera enterarse de su pena de amor. Sin embargo, permaneció sentada frente a su ventana, soñando con ver aparecer algún día a su amante. Luego de varios días vio entre los matorrales cercanos la figura de una vieja india. Era la madre de su enamorado, quien acercándose a la ventana le contó que el joven había sido asesinado por el capitán, quien había descubierto el oculto romance de su hija. Mburukujá pareció recobrar sus fuerzas, y escapándose por la ventana siguió a la anciana hasta el lugar donde reposaba el cuerpo de su amado. Enloquecida por el dolor cavó una fosa con sus propias manos, y luego de depositar en ella el cuerpo de su amado confesó a la anciana madre que terminaría con su propia vida ya que había perdido lo único que la ataba a este mundo. Tomó una de las flechas de su amado, y luego de pedirle a la mujer que una vez que todo estuviera consumado cubriera sus tumbas y los dejara descansar eternamente juntos, la clavó en medio de su pecho. Mburukujá se desplomó junto al cuerpo de aquel que en vida había amado.

La anciana observó sorprendida como las plumas adheridas a la flecha comenzaban a transformarse en una extraña flor que brotaba del corazón de Mburukujá, pero cumplió con su promesa y cubrió la tumba de los jóvenes amantes. No pasó mucho tiempo antes de que los indios que recorrían la zona comenzaran a hablar de una extraña planta que nunca antes habían visto, y cuyas flores se cierran por la noche y se abren con los primeros rayos del sol, como si el nuevo día le diera vida.

Antigua Leyenda Guaraní

La Pasionaria (Passiflora caerulea), comúnmente llamada mburucuyá, burucuyá, mburukuja, pasionaria, flor de la pasión, maracuyá o pasionaria azul, es una especie trepadora nativa de Sudamérica.

El uso medicinal de la Passiflora está muy extendido para tratar los casos de nerviosismo, el insomnio o el alivio de la ansiedad.

Passiflora, nombre dado por Carlos Linneo a este género de plantas, proviene del latín flos passionis que significa literalmente «flor del sufrimiento» o «flor de la pasión» en alusión a la Pasión de Cristo ya que los primeros misioneros en América quisieron ver los instrumentos utilizados durante la Pasión en las diferentes partes que conforman estas flores.

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“Aprovecha la vida al máximo mientras estés vivo”.

“En un momento dado de la vida, morimos sin que nos entierren. Se ha cumplido nuestro destino. El mundo está lleno de gente muerta, aunque ella lo ignore”. Johann Wolfgang von Goethe

xVivir

“Aprovecha la vida al máximo mientras estés vivo”.

    No te preocupes por el cansancio ni nada parecido, ¡ya tendrás tiempo de descansar en la tumba!

Vive la vida con toda la intensidad y la totalidad que puedas para no revolverte en la tumba, ¡allí no tendrás mucho sitio!  No dejes pasar este momento preocupándote del control. Puedes pensar en todas esas cosas importantes cuando estés en el cementerio, nadie te lo impedirá…

Pero antes de eso, es mejor vivir la vida con toda la alegría y la libertad posibles, porque ¿quién sabe cuándo estarás de vuelta en el maravilloso mundo, con esta gente maravillosa?…

Este es mi único delito, todo el mundo me critica por un simple motivo: por hacer que la gente viva con totalidad e intensidad, porque no me interesan sus mandamientos, ni me interesan sus sagradas escrituras, ni me interesan sus dioses ni sus diablos, ni su cielo ni su infierno.

Estas son las cosas sobre las que podrás pensar y reflexionar cuando estés en la tumba. Allí tendrás mucho tiempo, tendrás casi toda la eternidad. Podrás tumbarte y dedicarte a la filosofía, y a la moral, y a no cometer pecados. Pero ahora mismo no pierdas el tiempo con todas esas supersticiones.

Sólo debes tener en cuenta una cosa: ser tan consciente como te sea posible,¡porque eso te permitirá bailar correctamente, en el lugar correcto, con la gente correcta!  Tu consciencia no va a dejarte invadir el terreno de nadie. Ese es el verdadero pecado.

Interferir en la vida de alguien es, en mi opinión, el único pecado que existe, y la única virtud es no interferir. Permite a la gente que sea quien es, y tú debes ser quien eres, esa es tu libertad.

Para mí esa es la verdadera religiosidad…

Olvídate del control, de todos los permisos y de todos los límites. La vida es muy breve, no la estropees controlando, limitando, asumiendo comportamientos y modales, y toda esa infinidad de bobadas.

Osho, en su libro “Gozar, amar, vivir. No te tomes demasiado en serio”.

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Amigo mío…

“Preferid, entre los amigos, no sólo a aquellos que se entristecen con la noticia de cualquier desventura vuestra, sino más aún los que en vuestra prosperidad no os envidian”. Sócrates

Amistad (1908), obra de Pablo Picasso

Amistad (1908), obra de Pablo Picasso

Amigo mío…

“Amigo mío… yo no soy lo que parezco. Mi aspecto exterior no es sino un traje que llevo puesto; un traje hecho cuidadosamente, que me protege de tus preguntas, y a ti, de mi negligencia.

El “yo” que hay en mí, amigo mío, mora en la casa del silencio, y allí permanecerá para siempre, inadvertido, secreto. No quisiera que creyeras en lo que digo ni que confiaras en lo que hago, pues mis palabras no son otra cosa que tus propios pensamientos, hechos sonido, y mis hechos son tus propias esperanzas en acto.

Cuando dices: “El viento sopla hacia el Este”, digo: “Sí, siempre sopla hacia el Este”; pues no quiero que sepas entonces que mi mente no mora en el viento, sino en el mar.

No puedes comprender mis navegantes pensamientos, ni me interesa que los comprendas. Prefiero estar a solas en el mar. Cuando es de día para tí, amigo mío, es de noche para mí; sin embargo, todavía entonces hablo de la luz del día que danza en las montañas, y de la sombra purpúrea que se abre paso por el valle; pues no puedes oír las canciones de mi oscuridad, ni puedes ver mis alas que se agitan contra las estrellas, y no me interesa que oigas ni que veas lo que pasa en mí; prefiero estar a solas con la noche.

Cuando tú subes a tu Cielo yo desciendo a mi Infierno. Y aún entonces me llamas a través del golfo infranqueable que nos separa: ” ¡Compañero! ¡Camarada!” Y te contesto: “¡Compañero! ¡Camarada!, porque no quiero que veas mi Infierno. Las llamas te cegarían, y el humo te ahogaría. Y me gusta mi Infierno; lo amo al grado de no dejar que lo visites. Prefiero estar solo en mi Infierno.

Tu amas la Verdad, la Belleza y lo Justo, y yo, por complacerte, digo que está bien, y finjo amar estas cosas. Pero en el fondo de mi corazón me río de tu amor por estas entidades. Sin embargo, no te dejo ver mi risa: prefiero reír a solas. Amigo mío, eres bueno, discreto y sensato; es más: eres perfecto. Y yo, a mi vez, hablo contigo con sensatez y discreción, pero… estoy loco. Sólo que enmascaro mi locura. Prefiero estar loco, a solas.

Amigo mío, tú no eres mi amigo. Pero, ¿cómo hacer que lo comprendas? Mi senda no es tu senda y, sin embargo, caminamos juntos, tomados de la mano.”

Gibran Khalil Gibran, en su obra “El loco”

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