“El cántaro fresco”

“Las verdades de los hombres tienen que ser como piedras y los cargos que ejercen, como cántaros: pase lo que pase debe romperse el cántaro”. Ángel Ganivet.

Logroño Cogiendo agua en la Plaza del Mercado Victor Manuel Lorza y Farias 1904

Cogiendo agua en la Plaza del Mercado de Logroño, fotografía de Victor Manuel Lorza y Farias, año 1904.

“El cántaro fresco”

Han traído para el almuerzo un ventrudo recipiente de barro lleno de agua recién sacada del pozo. Y está tan fría que, rezumando por todos los poros del cántaro, ha cubierto la rojiza superficie de un fresco manto húmedo. A trechos, el vapor acuoso es más espeso y forma gotas gruesas que caen sobre el mantel blanco. En el comedor reina una penumbra dulce. Por una rendija del postigo entra, tendiéndose de la parte superior de la ventana hasta el piso del centro de la habitación como una tirante cinta amarilla, un rayo de sol que, en el suelo, se concentra simulando un ovillo de hilo dorado.

A veces, al mover un ligero soplo de brisa la cortina, el redondel de sol se mueve también, y Titanio, el pequeño terranova que hace rato lo observa, salta sobre él. Y ladra al ver que lo que él quizás supone un extraño insecto, se trepa como una mariposa burlona a su pata peluda. De la cocina llega ruido de loza, del patio un chirriar confuso de cigarras.

En espera del almuerzo empieza a invadirme la modorra de este cálido mediodía de diciembre. Mi hijo, con esa sana hambruna de los seis años, pellizca un trozo de pan, sentado ya en su sillita junto a la mesa, esperando la llegada del padre. Mis agujas de tejer, la labor, el ovillo, han resbalado poco a poco de mi falda a la estera. Yo apoyo mi mejilla en la fresca superficie húmeda del cántaro. Y esta fácil y sencilla felicidad me basta para llenar la hora presente.

 Juana de Ibarbourou

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Lenguaje de la naturaleza

El-Bernardo

“El Bernardo” (1624).de Bernardo de Balbuena.

Lenguaje de la naturaleza

 Todas las cosas que en el mundo vemos,
Cuantas se alegran con la luz del día,
Aunque de sus lenguajes carecemos,
Su habla tienen, trato y compañía;
Si sus conversaciones no entendemos,
Ni sus voces se sienten cual la mía,
Es por tener los hombres impedidos
A coloquios tan graves los sentidos.

¿Quién publica a las próvidas abejas
Sus sabios aranceles y ordenanzas?
¿a quién el ruiseñor envía sus quejas
Si siente al cazador las asechanzas?
¿Quién a las grullas dice y las cornejas
De los tiempos del mundo las mudanzas?
al prado que florece más temprano,
¿Quién le avisa que viene ya el verano?

¿Quién sino estos lenguajes, que, escondidos,
No de todas orejas son hallados,
Mas de sus sordas voces los ruidos
Los raros hombres a quien dan cuidados?
Tan absortos los traen, tan divertidos,
Y en tan nuevas historias ocupados,
Que es fuerza en esto confundirse todos
En varios casos por diversos modos.

Créese que del ruido que las cosas
Unas con otras hacen murmurando.
De su armonía y voces deleitosas
Las suspensiones dan de cuando en cuando;
Que en su canto y palabras poderosas
Así el seso se va desengazando,
Que el de más grave precio se alborota,
Y el saber de mayor caudal se agota.

Desto a veces se engendra la locura
Y las respuestas sin concierto dadas,
Sin traza al parecer, sin coyuntura,
Ni ver cómo ni a quién encaminadas:
Los árboles, los campos, su frescura,
Las fuentes y las cuevas más calladas,
A quien llega a sentir por este modo
Todo le habla, y él responde a todo.

Y el no entender ni oír este lenguaje
Con que el mundo se trata y comunica,
Y a su Criador en feudo y vasallaje
Eternos cantos de loor publica,
La ocasión cuentan que es cierto brebaje
Que el Engaño, en naciendo, nos aplica,
De groseras raíces de la tierra,
Que el seso embota y el sentido cierra.

Mas aquel que, por suerte venturosa
Y favorable rayo de su estrella,
La voz desta armonía milagrosa
Libre de imperfección llega a entedella,
Al cuerpo la halla y alma tan sabrosa,
Que a todas horas ocupado en ella,
A sólo su feliz deleite vive,
Y de otra cosa en nada le recibe.

Bernardo de Balbuena (1562 – 1627)

fragmento del poema “El Bernardo” (1624).

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Diálogos de sordos

“En el anti diálogo se quiebra aquella relación de “simpatía” entre sus polos, que caracteriza al diálogo. Por todo eso, el anti diálogo no comunica. Hace comunicados” Paulo Freire

Portada del libro. Diálogos sobre los dos máximos sistemas del mundo(1632) de Galileo Galilei

Portada del libro. Diálogos sobre los dos máximos sistemas del mundo (1632) de Galileo Galilei.

Diálogos de sordos

Nuestro intelecto se sustenta en dos columnas: una es la fe; la otra, la razón.

La fe en personas, creencias y banderas sirve porque sin grandes explicaciones resuelve nuestras inseguridades y temores. La fe es el antídoto de la duda.

La razón que atribuimos a personas, hechos y conceptos sirve porque resuelve nuestras incertezas. La razón es el antídoto del desconocimiento.

La razón es concreción; la fe, ilusión.

La razón se sustenta en la evidencia; la fe, en el deseo.

La razón es concreta y muestra una misma realidad a todos; la fe es interpretable e interpretada con distintas visiones por cada uno.

La razón siempre hay que justificarla; la fe no necesita justificación.

Ambas, fe y razón, las necesitamos y usamos constantemente, y sin embargo cada una nos sirve desde extremos opuestos e incluso a veces enfrentados de nuestro intelecto.

Es por eso que el enfrentamiento entre razón y fe, cuando se parte de posiciones radicales y cerradas, muchas veces acaba en diálogos imposibles. El amor roto es incompatible con el incremento de los ingresos de la pareja; el deseo de finiquitar por eutanasia el sufrimiento de un agnóstico es la antítesis del premio que supone idéntico dolor para un creyente; abortar es solución o pecado. Y así, cada uno con su lista.

Al final, lo único que queda es escucharse mutuamente, aunque sólo sirva para saber aquello en lo que jamás vamos a ponernos de acuerdo.

Ángela Becerra

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La sequía

Este domingo, estuvimos en el Embalse de Mansilla, y a pesar de haber estado otras veces paseando por sus calles al descubierto, esta vez, la sequía que padecemos hace posible el recorrido por prácticamente todo el pueblo, y el espectáculo es  tan impactante, que recomiendo a todos hacer una visita y contemplar la esbeltez de sus edificios y árboles, que a pesar de luchar durante casi sesenta años con el agua, se resisten a doblar el espinazo. Ello me hizo recordar el desgarrador relato del costarricense, Carlos Salazar Herrera, (1906-1980), que comparto y espero sea de vuestro agrado.  J.L.Soba

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Domingo 1 Octubre de 2017, efecto de la sequía en el Embalse de Mansilla (La Rioja). Foto J.L.Soba

La sequía

Muy parecido estaba a uno de esos “tocadores de ocarina” que esculpieron sus antepasados.

Sin moverse, pasmado, horas y horas en cuclillas.

Piedra con musgo era así su cara, el reflejo de las matas que todavía podían ser verdes.

Al reflejo de las matas que junto a la entrada, afuera estuvo siempre el indio echando raíces…y el corazón.

A fuerza de estar ahí, el indio había cogido el color del rancho.

El rancho, en el vientre de la montaña seca por la sequía, fue volviéndose sonoro.

Rancho horqueteado, amarras de bejuco, hojas de plátano, corteza de palmito… y tierra.

Adentro estaba la india compañera.

Charco de agua clara de esos que repiten a la luna, era por dentro la india.

Cosa de la montaña!.
No llovía.
Se cansaron los yuguirros de pedir agua.
Cayeron las hojas de los árboles grandes.
La tierra y el sol se bebieron el río.

Hojas, hojas, hojas. Amarillas las hojas que no pudieron sostenerse más.
Hojas secas en todos los rincones de la selva.
Secos los bañaderos de los chanchos y el sexo de las flores.
Sin agua los bejucos de agua y la cotadura de los arroyos.
Secas las narices de los animales….
Un corazón y secándose otro.
La india fue saliendo del rancho a pasos torpes. Se detuvo, miró al indio.
Miró el rancho. Miró la picada.
Miró otra vez al indio, al indio su hombre. Se acercó a él hasta tocarlo.
Esperó. Esperó, pero el indio no abría la boca, no se movía.
La india se dio a caminar huyendo despacio, muy despacio.

Allí quedóse el indio. La cabeza incrustada en las manos.
Los codos amarrados sobre las rodillas.
Los pies con raíces en la tierra
El silencio abríase, alargándose en el rancho que se fue pareciendo a rancho donde no vive nadie.
Ella se lo había dicho. Le había anunciado que se iba para siempre porque ya no podía más.
Porque él no la miraba, porque no le hablaba, porque no la quería.
Porque aquel silencio le estaba doliendo como una úlcera.
El quiso decirle algo, pero como jamás dijo nada, no estaba en él.
Y la india quería un poco de palabras para asustar al silencio. Un poco de ternura para acortar las horas.
Alguna vez una sonrisa para dar color al rancho. Quizá una caricia…pero… era mucho pedir.
El indio y la india no se podían encontrar donde se hacen uno solo los caminos.

Tiempo atrás, cierta vez, yendo la india por el interior de la selva, halló al mirar a un manigordo con su hembra.
El macho lamía la piel de su compañera, se restregaba contra ella, daba saltos, la miraba, acercándosele, estilizando ondulaciones con su lomo moteado a trechos.
La hembra contestaba agradecida con igual ternura; con las pupilas se veía.
Después… después se echaron juntos y todavía se prodigaban.

La india vio que el indio no era así.

Huía la mujer lento el paso. En las hojas arrugadas se le hundían los pies hasta los tobillos y en el pecho una congoja le subía hasta los ojos.
No quiso ni pudo dejar al indio cuando vio a los manigordos, pero ahora sí.
Ahora que estaba por tener un hijo… Ahora si abrazó la huida con todo su cuerpo y con toda su alma.
Huía con un miedo espantoso de que aquel hombre fuera a aplastar a su indiecito con una mirada indiferente.
No quería tampoco a su hijo para ella sola. Quería compartirlo, pero por partes iguales. Quería dividirlo en dos cariños para que tocase media tristeza y media alegría a cada uno.
Era demasiado para ella sola!
Dios mío! Se han secado todos los ríos!.
Para que el indio no fuera a aplastar al indiecito con una mirada indiferente…
Por eso no se lo había dicho. Él, su hombre, no sabía que iba a tener un hijo.
Se quedaría por siempre sin saberlo.
El embarazo estaba a la vista. El podría haber adivinado si se hubiera puesto a mirarla….
Pero el indio no la miraba.

La vereda se extendía reverberando calor. Largo y sombrío camino como la vida!
“Y si lo supiera? –pensó la india, iluminada la cara con lumbre de ella misma:
Tal vez si lo supiera?- y detuvo la huida. Tal vez lo está esperando!”.
Y empezó a caminar, ahora con dirección al rancho. Caminó ligero,… más ligero. Corría. Lo desanduvo todo. Quebró las hojas arrugadas, que sonaron como campanas pequeñísimas… o latidos.
Qué corto y qué largo es el camino!
De allá lejos cogió la casa con los ojos. Afuera estaba el indio, como lo había dejado. Seguía parecido a los tocadores de ocarina en piedra.
Piedra con musgo. En cuclillas. Color de rancho. Junto a la entrada, afuera.
Echando raíces.
Mudo, y el corazón….
Llegó la india con miedo. Como una de esas perras sin dueño que van a robarse una tajada de carne.
Tuvo miedo.
Y el indio sin moverse.
La mujer tragó un puñado de valor y se lo contó todo. Se lo dijo en una sola frase, y esperó el efecto.
Fue un instante demasiado largo. Cómo dura el silencio!…
El indio experimentó una alegría millonaria de gozo. Toda la vida había esperado.
Quiso abrazar a su india con su indiecito adentro. Quiso lo que no podía decir.
Quiso reír, gritar…
No pudo.
Quiso abrirse las manos el pecho, para que ella pudiera verlo por dentro.
Quiso darle las gracias…
Pero nada dijo.
Quedó inmóvil, con la cabeza metida entre las manos. El indio no podía hablar. No estaba en él.
Era cerrado, con una gran sequía adentro. Así lo había parido su madre.
La india tornó a huir, montaña adentro.
El indio todavía quiso llamarla, pero la voz no le salía; levantarse, pero tenía los pies como raíces.
Quedó sentado en cuclillas, como los tocadores de ocarina.
Intentó mirarla, pero vio turbio.
“También me estaré haciendo ciego?”
Se restregó los ojos. Estaba sudando.
Luego comenzó a empañarse nuevamente la figura de la india huyendo del silencio.
Aquello no era sudor…
Le salía de los ojos!.

Carlos Salazar Herrera

 

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Ya no quedan ventanas para mirar el mundo

Además de mi “realidad”, estaba el tipo de realidad que uno encuentra en sueños vívidos, una realidad que uno no cuestiona. Al contrario, uno acepta tal realidad sin cuestionamientos intelectuales, sin conflictos contrastantes ni contradicciones de manera que todo lo que es experimentado subjetivamente es aceptado sin cuestionamientos, aceptado como algo genuino tanto subjetiva como objetivamente y en armonía con todo lo demás. John Grinder.

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Playa de la Caleta, desde ventanal del Castillo de Santa catalina, Cádiz, foto J.L.Soba

Ya no quedan ventanas para mirar el mundo

Ya no quedan ventanas para mirar el mundo:
ventanales abiertos para que la luz entre…
Sólo quedan rendijas, pequeños agujeros
que distorsionan todo y acotan lo que pasa.

Creemos saberlo todo, y no sabemos nada.
A penas un fragmento de la vida de otros
que apuntan los diarios.

Y así, nos conformamos:
asumimos las sombras como si fueran cuerpos,
contemplamos un cielo lejano y diminuto,
y en un vaso de agua, fácilmente abarcable,
nos encierran el mar…

Marisa Peña

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El Himno de la Creación

Hoy comparto uno de los 1028 himnos del  Rig Veda (Rigveda), el himno 129, “Himno de la Creación”, que  indaga sobre el origen del universo. El Rig Veda, el texto más antiguo de la India, es considerado el más antiguo de los cuatro libros conocidos como Vedas, su origen se sitúa en la región del actual Pakistán probablemente entre el 1500 y el 1200 a.C.                       Se conservan manuscritos del Rig Veda del siglo XI de nuestra era.

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Ventanal del Tritón, alegoría de la creación del mundo. Palacio da Pena en Sintra (Portugal) foto David Soba.

 “El Himno de la Creación”

       No había inexistencia ni existencia, entonces.
No existía la atmósfera ni el cielo que está más allá.
¿Qué estaba oculto? ¿Dónde? ¿Protegido por quién?
¿Había agua allí insondablemente profunda?

           No había muerte ni inmortalidad entonces.
Ningún signo distinguía la noche del día.
Uno solo respiraba sin aliento por su propio poder.
Más allá de eso nada existía.

           En el principio la oscuridad escondía la oscuridad.
Todo era agua indiferenciada.
Envuelto en el vacío, deviniendo,
ese uno surgió por el poder del calor.

           El deseo descendió sobre eso en el principio,
siendo la primera semilla del pensamiento.
Los sabios, buscando con inteligencia en el corazón,
encontraron el nexo entre existencia e inexistencia.

           Su cuerda se extendió a través.
¿Había un abajo? ¿Había un arriba?
Había procreadores, había potencias.
Energía abajo, impulso arriba.

           ¿Quién sabe realmente? ¿Quién puede proclamar aquí
de dónde procede, de dónde es esta creación?
Los dioses vinieron después.
¿Quién sabe, entonces, de dónde surgió?

           ¿Esta creación de dónde surgió?
Quizás fue producida o quizás no.
El que la vigila desde el cielo más alto,
él sólo lo sabe. O quizás no lo sabe.

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Viguera, visto por la cámara de José Ortíz Echagüe.

Viguera, visto por la cámara de José Ortíz Echagüe.

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José Ortíz Echagüe de joven

Hace unos días, me encontré en los parajes de Viguera, con Luis Mari Jalón, otrora alcalde del pueblo y gran amante de su historia. Teníamos pendiente unos artículos y unas fotos sobre Viguera, que en su día, le comenté. Entre estos, hay unos que me han dado la oportunidad que hace tiempo buscaba de realizar en el ambigú una entrada sobre los comienzos de  José Ortíz Echagüe, considerado el Velázquez de la fotografía española, y la importancia que Viguera  y sus parajes tuvieron en el, en los catorce años que vivió en Logroño con su familia, y a lo largo de su carrera.

Viguera después de misa mayor 1903 Ortiz Echague

Viguera, después de misa mayor (1903), José Ortíz Echagüe

El principal fin de la obra de José Ortiz Echagüe fue conseguir «la extraña sensación de trasladarse a otra época», realizaba las copias personalmente, con el método del carbón fresson,en el que tanto la fabricación del papel como el procedimiento de obtención de fotografías requieren mucha paciencia, una extraordinaria habilidad y un perfecto manejo de la técnica lo que hace que sea actualmente muy poco utilizado. El papel llevaba una fina capa de gelatina a la que se añadía pigmento de color negro y se hacía sensible a la luz. El fotógrafo obtenía copias por contacto basándose en el principio de que en las partes de la imagen que recibían menos luz la gelatina quedaba blanda y las partes de imagen que recibían más luz se endurecían con lo cual, al lavar la copia –con agua y serrín para producir roce sobre el papel- se eliminaba la gelatina blanda con el pigmento, quedando esa zona blanca y resistía la gelatina endurecida, aprisionando en su interior el pigmento, produciendo zonas negras. De este modo aparece la imagen sobre el papel. Dicha imagen, con el papel aún húmedo, podía retocarse mediante pinceles, muñequillas de algodón o raspadores lo que daba al autor una gran libertad creativa. Con este método, las copias de Ortiz Echagüe se acercan a la calidad de los grabados calcográficos.

Procesión en Viguera 1910 Ortiz Echague

Procesión en Viguera, (1910), José Ortíz Echagüe.

José Ortíz Echagüe (Guadalajara, 1886- Madrid, 1980) de familia militar, su padre el teniente coronel Antonio Ortiz, es destinado en 1889 al Regimiento de Ingenieros de Logroño, cuando José contaba con tan sólo 3 años. El matrimonio y sus siete hijos se instalaron en una casona, que se decía había sido en tiempos, sede del Tribunal de la Inquisición, propiedad de la Marquesa de Orovio , en la logroñesa calle Barriocepo. José, que estaba muy unido a su hermano Antonio, tres años mayor, vio con pena, como este en 1897 partía hacia París para completar su formación como pintor. Al año siguiente, y en vista del éxito de su hermano con los pinceles, que le darían con el tiempo reconocimiento universal, comunicó a sus padres su deseo de seguir sus pasos, pero su vocación pictórica frustrada por imposición paterna ya que sus padres pensaron que, con un artista en la familia, ya era suficiente, y pensaron que la mejor manera de disuadirle era regalarle, a los 12 años, una cámara de cajón Kodak.

La Chopera Peñas de Viguera 1908 Ortiz Echague

La Chopera, Peñas de Viguera, (1908), José Ortíz Echagüe.

Cuando Antonio regresaba para las vacaciones veraniegas, los dos hermanos aprovechaban para recorrer los alrededores de Logroño, realizando fotografías y dibujos, siempre con los consejos artísticos que  Antonio daba a José, y cuyas excursiones recordaba: “Era un goce para mí el escapar por los pintorescos alrededores de la ciudad de mi infancia y fotografiar sus paisajes llenos de temas populares que desde un principio me interesaron. Entre mis compañeros, y aún entre la gente principal de la pequeña ciudad, mis infantiles trabajos, que yo mismo revelaba y positivaba, tuvieron pronto un apreciable éxito”.

José Ortiz Echagüe, Sermón en la aldea, 1903, Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid

Viguera, Sermón en la aldea, (1903), José Ortiz Echagüe, Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid

En 1901, su tío, Francisco Echagüe agregado militar de la Embajada Española en París, le trajo de Francia una cámara Photosphère, con la que se desplazó en 1903 a Viguera, para realizar su primera fotografía de prestigio, “Sermón en la aldea”, realizada con una ardua preparación y puesta en escena, cuando tenía 16 años en la  Iglesia parroquial de la Asunción de Nuestra Señora. En esta fotografía queda patente la influencia que en sus fotografías tenían los cuadros de su hermano, en concreto, el cuadro “Misa en Narvaja” realizado en 1901.

Castañares de las Cuevas Viguera La Rioja 1910 Ortiz Echagüe

Castañares de las Cuevas, Viguera, (1910), José Ortíz Echagüe

Los hermanos Ortíz Echagüe, eran unos enamorados de Viguera y sus tierras, dando fe de ello en innumerables fotos, en las que se destaca su paisaje con esas rocas y tierras rojizas que los cautivaron , el valle del Iregua, escenas de pastoreo por Castañares de las Cuevas, y todo aquello que definía la vida en el pueblo.

Valle de Iregua 1, La Rioja, 1935. Ortiz Echagüe

Viguera, Valle de Iregua 1, (1935). José Ortiz Echagüe.

Prueba del cariño hacia nuestra tierra, es lo que escribió en sus memorias su hermano Antonio: “….camino de San Sebastián a Madrid, a menudo elijo por Soria, para pasar por Logroño, en donde sin que nadie lo sepa, modero la velocidad y saboreo los años pasados y hago una entradita por Viguera y Nalda, …..ese trozo de Logroño al Puerto de Piqueras, será siempre de lo más bonito que hay, y sobre todo Nalda a Castañares por sus tierras rojas, sus fantásticas rocas, su Peña Vigenza, la Peña del Fraile, su valle del Iregua, río alegre y revoltoso entre sus pedregales y choperas en el lecho del valle cubierto de frutales y en primavera de flores blancas y rosadas….”

Viguera, Valle de Iregua 2, 1935. JoséOrtiz Echagüe.

Viguera, Valle de Iregua 2, (1935). José Ortiz Echagüe.

Él mismo hizo una clasificación de sus obras al agruparlas en cuatro libros: Tipos y Trajes (1930), España, Pueblos y Paisajes (1939), España Mística (1943) y España, Castillos y Alcázares (1956). A estas colecciones se deben añadir otras dos series: Marruecos y fotos familiares.

Viguera, Valle de Iregua 3, 1935. José Ortiz Echagüe.

Viguera, Valle de Iregua 3, (1935). José Ortiz Echagüe.

El Metropolitan Museum of Art de Nueva York, bajo el título Spectacular Spain, organizó en 1960 una exposición antológica en la que Ortiz Echagüe figuró junto a artistas como Goya. Esta exposición recogía ochenta fotografías de nuestro autor.

Valle de Iregua 4, La Rioja, 1935. Ortiz Echagüe

Viguera, Valle de Iregua 4, (1935). José Ortiz Echagüe.

En 1998 la Universidad de Navarra, titular de buena parte del fondo fotográfico de Ortiz Echagüe, basándose en la selección del Metropolitan Museum of Art organizó una exposición antológica de fotografías, que abarcan unos sesenta años de producción hasta 1964. Desde 1998 esta selección recorre diversos museos y exposiciones, entre ellos el Museo Nacional de Arte de Cataluña, el Hotel Sully de París, la Sala de Armas de la Ciudadela de Pamplona, el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía -en este último caso sobrepasando los 150.000 visitantes-, el Palacio del Infantado de Guadalajara, o la Sala Amós Salvador de Logroño.

Valle de Iregua 5, La Rioja, 1935. Ortiz Echagüe

Viguera, Valle de Iregua 5, (1935). José Ortiz Echagüe.

La fotografía no fue más que una afición para José Ortíz Echagüe, que regresó en 1903 a Guadalajara para ingresar en la Academia de Ingenieros Militares, donde obtuvo el título de Ingeniero Militar en 1909.Cumpliendo destino en el norte de África, trabajó como responsable del servicio de fotografía aérea, lo que le permitió practicar sus dos grandes pasiones, la toma de instantáneas y los ingenios aeronáuticos. Obtuvo los títulos de piloto de globos y de piloto de aviación en 1911. Tras su regreso definitivo en 1915 del Norte de África, fundó en 1923 Construcciones Aeronáuticas S.A. (C.A.S.A.) y más tarde, en 1950, la primera industria española de fabricación de automóviles en cadena, SEAT, de la que fue presidente hasta 1976, año en que fue designado Presidente de honor vitalicio de esta compañía.

Valle de Iregua 6, La Rioja, 1935. Ortiz Echagüe

Viguera, Valle de Iregua 6, (1935). José Ortiz Echagüe.

Espero que esta entrada haya cumplido con el humilde propósito de rendir homenaje a este hombre que tanto amó nuestra tierra y de compartir sus andanzas y obras surgidas en ella.

Valle del Iregua 1939 Jose Ortiz Echague

Viguera, Valle del Iregua, (1939) José Ortiz Echagüe.

Agradecimiento especial a:

****Fondo Fotográfico Universidad de Navarra (Antiguo Museo Legado Ortíz-Echagüe) Museo Universidad de Navarra.

***“La infancia riojana de un artista universal. Antonio Ortíz Echagüe (1883-1942)”, de Montserrat Fornells, Doctora en Hª del Arte por la Universidad del País Vasco.

*** Asunción Domeño: La Rioja en la vida de un gran fotógrafo: José Ortiz Echagüe,  Revista Belezos nº 24, (2014).

***Asunción Domeño: Ortiz-Echagüe, notario de la tradición. La Fábrica, Madrid 2005.

***Asunción Domeño: La fotografía de José Ortiz-Echagüe: técnica, estética y temática. Gobierno de Navarra, Departamento de Educación y Cultura, Pamplona 2000.

***Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid.

***Wikipedia, la enciclopedia libre.

Rebaño en La Rioja Ortiz Echagüe

Rebaño en La Rioja, José Ortiz Echagüe

 

 

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