La vida

“Necio es, muy necio, el que, descubriendo un secreto a otro, le pide de manera encarecida que lo calle”. Miguel de Cervantes en  “El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha”.

catalán Ferrer Dalmau que representa al hidalgo con su escudero Don Quijote y Sancho en la playa de Barcino, obra del catalán Ferrer Dalmau.

La vida

xppppppppedro estaba enfermo; se dirigía en su coche a un lejano manantial salutífero; era todavía joven y se encontraba, empero, aventajado, entrecano, marchitas las facciones, sin brillo en la mirada. A la entrada de un pueblo había una fuente que manaba grueso caño que caía con apacible murmurio en ancho pilón. Pedro mandó parar: un criado sacó del coche una silla de tijera y Pedro se sentó al lado del agua cristalina. Había hecho Pedro su carrera en Valencia; estudió perseverantemente y con entusiasmo; frecuentaba el famoso manicomio valenciano, y desde entonces cobró afición a las dolencias del espíritu. Con viva cordialidad consideraba a los enajenados; se complacía en estudiar toda la varia gradación que va desde el peligroso arrebato a la melancolía mansa e inefable. Digo inefable, porque es imposible expresar con palabras esa leve aura de tristeza que a veces nos envuelve, y de que no podemos librarnos. No podemos y tal vez no queramos, puesto que, circundados de ese ambiente, nos sentimos más de nosotros mismos -con todos nuestros desvaríos- y más apartados del mundo.

Pedro continuaba sentado a par de la fuente: había puesto el codo en el muslo y apoyaba la cara en la mano; sus ojos miraban el agua -acaso sin verla- y su imaginación corría hacia lo infinito. Llegó a la fuente una moza con un cántaro y lo dejó en el reborde de la pila; se sentó luego en una piedra. El criado de Pedro sacó un primoroso vidrio veneciano para henchirlo de agua; pero se le escurrió de entre las manos y se hizo añicos en el suelo. Pedro no dijo nada; su mirada estaba fija en la muchacha que tenía sentada enfrente; la actitud de la moza era la misma que la de Pedro: el codo hincado en el muslo y la cabeza reclinada en la mano. La cara de la moza estaba pálida; había en toda la persona como un aire de profundo cansancio. Hizo señas Pedro a la moza de que se acercara; cuando la tuvo a su lado, silenciosa, mirándole con ojos entristecidos, Pedro se puso en pie, estuvo un momento examinando a la muchacha, le alzó un párpado, observó el globo del ojo y se tornó a sentar calladamente.

-¿No tienes ganas de comer? -preguntó a la moza.

La muchacha movió la cabeza denegativamente; había llegado a la pila también una anciana con un cantarito.

-¿Por qué no comes? -tornó a preguntar Pedro.

La anciana voceó entonces:

-¡Porque tiene penas, señor!

-¡Ah, tener penas! -exclamó con profundo desaliento Pedro.

Y sacó de una bolsita una moneda de plata y se la entregó a la moza. La anciana, como suplicando, volvió a gritar:

-¡Yo soy su abuela, caballero!

Pedro entregó otra moneda a la anciana. Cuando las dos mujeres, la vieja y la niña, tornaban al pueblo, volvían de cuando en cuando la cabeza para mirar a Pedro. En el pueblo, a poco, se había esparcido ya la nueva de la llegada de un caballero tan generoso: en la plaza, la multitud rodeó el coche de Pedro; le costó a Pedro trabajo abrirse paso entre la gente; deseaba dar un corto paso por las calles. De pronto, se detuvo ante un labrador que le estaba observando; se le acercó Pedro, le puso las manos en los hombros y le miró fijamente, en tanto que en sus labios aparecía una sonrisa melancólica. Transcurrió un momento sin que los dos hombres dijeran nada, y al fin se dieron un apretado y largo abrazo.

Se acercaba el mediodía; Pedro y el labrador habían estado conversando en una ancha y clara estancia; en la cocina de la casa, el trajín era afanoso; la mujer y la hija del labrador disponían un copioso yantar para su huésped.

-¡Qué días aquellos, amigo Sancho Panza! -exclamaba Pedro.

-¡Los días más felices de mi vida! -contestaba Sancho.

-¿Y aquel caballero a quien tú servías? -preguntó Pedro Recio de Aguero.

Sancho se enterneció; contó cómo Don Quijote había muerto, años hacía, de aflicción y tristeza.

-¿Murió de melancolía? -profirió, admirado, el doctor.

La mesa estaba ya aparejada; se hallaban ya todos sentados en su torno; las viandas aparecían puestas de una vez, a uso extranjero, sobre los blanquísimos manteles. Sancho sentía por adelantado un vivo agrado al pensar en la complacencia que iba a proporcionar al doctor: una comida exquisita tras el viaje que abre el apetito. Pero el doctor Pedro Recio de Aguero, va sentado a la mesa, volvió a tener el gesto de profunda tristeza que tuvo junto a la fuente. Sí, él no podía comer de todo aquello. Sí, él no podía probar ni las perdices asadas, ni los conejos guisados, ni la suculenta olla. Su régimen severísimo, se lo impedía.

-¡Así es la vida, amigo Sancho! -exclamó. -Yo aquel día, en la ínsula Barataria no te dejé comer lo que tú ansiabas, interpuse mi varita de ballena y te lo vedé todo. ¡Y ahora soy yo quien, en tu casa, al cabo de tantos años, no puedo probar bocado de lo que me ofreces!

Cuando el doctor y Sancho se despidieron, tornaron a estar abrazados un largo rato; Pedro Recio se sentía profundamente triste; como por la mañana, ante la muchacha pálida, volvió a exclamar:

-¡Ah, tener penas!

 

José Augusto Trinidad Martínez Ruiz, más conocido por su seudónimo Azorín (Monóvar, Alicante, 8 de junio de 1873-Madrid, 2 de marzo de 1967), publicado en ABC el 5 de junio de 1942.

 

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“Como si nada hubiera pasado”

“Si no puedes perdonar, vivirás con tus enemigos, con tus heridas, con tus dolores, con tus tristezas, con tus resentimientos”. Buda

life-of-buddha-40.jpg“Como si nada hubiera pasado”

Estaba el Buda meditando en la espesura junto a sus discípulos, cuando se acercó un detractor espiritual que lo detestaba y aprovechando el momento de mayor concentración del Buda, lo insultó lo escupió y le arrojó tierra.

Buda salió del trance al instante y con una sonrisa plácida envolvió con compasión al agresor; sin embargo, los discípulos reaccionaron violentamente, atraparon al hombre y alzando palos y piedras, esperaron la orden del Buda para darle su merecido.

Buda en un instante percibe la totalidad de la situación, y les ordena a los discípulos, que suelten al hombre y se dirige a este con suavidad y convicción diciéndole:

-“Mire lo que usted generó en nosotros, nos expuso como un espejo muestra el verdadero rostro. Desde ahora le pido por favor que venga todos los días, a probar nuestra verdad o nuestra hipocresía. Usted vio que en un instante yo lo llené de amor, pero estos hombres que hace años me siguen por todos lados meditando y orando, demuestran no entender ni vivir el proceso de la unidad y quisieron responder con una agresión similar o mayor a la recibida.

Regrese siempre que desee, usted es mi invitado de honor. Todo insulto suyo será bien recibido, como un estímulo para ver si vibramos alto, o es sólo un engaño de la mente esto de ver la unidad en todo”.

Cuando escucharon esto, tanto los discípulos como el hombre, se retiraron de la presencia del Buda rápidamente, llenos de culpa, cada uno percibiendo la lección de grandeza del maestro y tratando de escapar de su mirada y de la vergüenza interna.
A la mañana siguiente, el agresor, se presentó ante Buda, se arrojó a sus pies y le dijo en forma muy sentida.

No pude dormir en toda la noche, la culpa es muy grande, le suplico que me perdone y me acepte junto a Usted”

Buda con una sonrisa en el rostro, le dijo: “Usted es libre de quedarse con nosotros, ya mismo; pero no puedo perdonarlo”

El hombre muy compungido, le pidió que por favor lo hiciera, ya que él era el maestro de la compasión, a lo que el Buda respondió:

-“Entiéndame, claramente, para que alguien perdone, debe haber un ego herido; solo el ego herido, la falsa creencia de que uno es la personalidad, ese es quien puede perdonar, después de haber odiado, o resentido, se pasa a un nivel de cierto avance, con una trampa incluida, que es la necesidad de sentirse espiritualmente superior, a aquel que en su bajeza mental nos hirió. Solo alguien que sigue viendo la dualidad, y se considera a sí mismo muy sabio, perdona, a aquel ignorante que le causó una herida”.

Y continuó: “No es mi caso, yo lo veo como un alma afín, no me siento superior, no siento que me hayas herido, solo tengo amor en mi corazón por usted, no puedo perdonarlo, solo lo amo. Quien ama, ya no necesita perdonar.”

El hombre no pudo disimular una cierta desilusión, ya que las palabras de Buda eran muy profundas para ser captadas por una mente llena todavía de turbulencia y necesidad, y ante esa mirada carente, el Buda añadió con comprensión infinita:

-“Percibo lo que le pasa, vamos a resolverlo: Para perdonar, ya sabemos que necesitamos a alguien dispuesto a perdonar. Vamos a buscar a los discípulos, en su soberbia están todavía llenos de rencor, y les va a gustar mucho que usted les pida perdón. En su ignorancia se van a sentir magnánimos por perdonarlo, poderosos por darle su perdón, y usted también va a estar contento y tranquilo por recibirlo, va a sentir un reaseguro en su ego culposo, y así más o menos todos quedarán contentos y seguiremos meditando en el bosque, como si nada hubiera pasado”

Y así fue

Cuento de la Tradición Budista

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El amor asesinado

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Francesca de Rimini y Paolo de Verrucchio observados por Dante y Virgilio (1855) obra de Ary Scheffer.

“El amor asesinado”

Nunca podrá decirse que la infeliz Eva omitió ningún medio lícito de zafarse de aquel tunantuelo de Amor, que la perseguía sin dejarle punto de reposo.

Empezó poniendo tierra en medio, viajando para romper el hechizo que sujeta al alma a los lugares donde por primera vez se nos aparece el Amor. Precaución inútil, tiempo perdido; pues el pícaro rapaz se subió a la zaga del coche, se agazapó bajo los asientos del tren, más adelante se deslizó en el saquillo de mano, y por último en los bolsillos de la viajera. En cada punto donde Eva se detenía, sacaba el Amor su cabecita maliciosa y le decía con sonrisa picaresca y confidencial: «No me separo de ti. Vamos juntos.»

Entonces Eva, que no se dormía, mandó construir altísima torre bien resguardada con cubos, bastiones, fosos y contrafosos, defendida por guardias veteranos, y con rastrillos y macizas puertas chapeadas y claveteadas de hierro, cerradas día y noche. Pero al abrir la ventana, un anochecer que se asomó agobiada de tedio a mirar el campo y a gozar la apacible y melancólica luz de la luna saliente, el rapaz se coló en la estancia; y si bien le expulsó de ella y colocó rejas dobles, con agudos pinchos, y se encarceló voluntariamente, sólo consiguió Eva que el amor entrase por las hendiduras de la pared, por los canalones del tejado o por el agujero de la llave.

Furiosa, hizo tomar las grietas y calafatear los intersticios, creyéndose a salvo de atrevimientos y demasías; mas no contaba con lo ducho que es en tretas y picardihuelas el Amor. El muy maldito se disolvió en los átomos del aire, y envuelto en ellos se le metió en boca y pulmones, de modo que Eva se pasó el día respirándole, exaltada, loca, con una fiebre muy semejante a la que causa la atmósfera sobresaturada de oxígeno.

Ya fuera de tino, desesperando de poder tener a raya al malvado Amor, Eva comenzó a pensar en la manera de librarse de él definitivamente, a toda costa, sin reparar en medios ni detenerse en escrúpulos. Entre el Amor y Eva, la lucha era a muerte, y no importaba el cómo se vencía, sino sólo obtener la victoria.

Eva se conocía bien, no porque fuese muy reflexiva, sino porque poseía instinto sagaz y certero; y conociéndose, sabía que era capaz de engatusar con maulas y zalamerías al mismo diablo, que no al Amor, de suyo inflamable y fácil de seducir. Propúsose, pues, chasquear al Amor, y desembarazarse de él sobre seguro y traicioneramente, asesinándole.

Preparó sus redes y anzuelos, y poniendo en ellos cebo de flores y de miel dulcísima, atrajo al Amor haciéndole graciosos guiños y dirigiéndole sonrisas de embriagadora ternura y palabras entre graves y mimosas, en voz velada por la emoción, de notas más melodiosas que las del agua cuando se destrenza sobre guijas o cae suspirando en morisca fuente.

El Amor acudió volando, alegre, gentil, feliz, aturdido y confiado como niño, impetuoso y engreído como mancebo, plácido y sereno como varón vigoroso.

Eva le acogió en su regazo; acaricióle con felina blandura; sirvióle golosinas; le arrulló para que se adormeciese tranquilo, y así que le vio calmarse recostando en su pecho la cabeza, se preparó a estrangularle, apretándole la garganta con rabia y brío.

Un sentimiento de pena y lástima la contuvo, sin embargo, breves instantes. ¡Estaba tan lindo, tan divinamente hermoso el condenado Amor aquel! Sobre sus mejillas de nácar, palidecidas por la felicidad, caía una lluvia de rizos de oro, finos como las mismas hebras de la luz; y de su boca purpúrea, risueña aún, de entre la doble sarta de piñones mondados de sus dientes, salía un soplo aromático, igual y puro. Sus azules pupilas, entreabiertas, húmedas, conservaban la languidez dichosa de los últimos instantes; y plegadas sobre su cuerpo de helénicas proporciones, sus alas color de rosa parecían pétalos arrancados. Eva notó ganas de llorar…

No había remedio; tenía que asesinarle si quería vivir digna, respetada, libre…, no cerrando los ojos por no ver al muchacho, apretó las manos enérgicamente, largo, largo tiempo, horrorizada del estertor que oía, del quejido sordo y lúgubre exhalado por el Amor agonizante.

Al fin, Eva soltó a la víctima y la contempló… El Amor ni respiraba ni se rebullía; estaba muerto, tan muerto como mi abuela.

Al punto mismo que se cercioraba de esto, la criminal percibió un dolor terrible, extraño, inexplicable, algo como una ola de sangre que ascendía a su cerebro, y como un aro de hierro que oprimía gradualmente su pecho, asfixiándola. Comprendió lo que sucedía…

El Amor a quien creía tener en brazos, estaba más adentro, en su mismo corazón, y Eva, al asesinarle, se había suicidado.

Emilia Pardo Bazán

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La niñez

“Cada niño es un artista. El problema es cómo seguir siendo artista una vez que crezca”. Pablo Ruiz Picasso

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Maravillosa y anónima foto de niña, perteneciente a un carrete comprado en los Encantes de Barcelona por Tom Sponheim, que desde Seattle, trata de localizar al autor. J.L.S

La niñez 

A un niño le hacen falta golosinas
Caramelos, caricias con ternura
Palabras para crecer por dentro
Tan necesarias como el pan de cada día
… Que le hace crecer por fuera

A un niño le hacen falta auroras
En islas tropicales, bucaneros
Correr bajo la lluvia de verano
Un simple beso en la frente
Le hace volar por los cielos

A un niño le hacen falta sueños
Caminos donde habitan duendes
Caracolas con rumor de mares
Y una mano adulta que le guíe
Pues los niños no saben de reproches

A un niño le hacen falta ejemplos
De abrazos, de esperanzas, de alegrías
No necesita ver tras los cristales
Lágrimas fugaces en tristezas
Que a un niño nunca le son ajenas

Los niños solo saben de la luna
De brujas, fantasmas y dragones
Los niños no saben que la vida
Por la que van creciendo sin saberlo
Será siempre el reflejo de su infancia.

Orlando Rodriguez Muñoz

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… y así va pasando nuestra vida …

“La vida es muy simple pero insistimos en hacerla complicada” Confucio

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Arroyo de Tamborríos, Torrecilla en Cameros (La Rioja), foto J.L.Soba.

… y así va pasando nuestra vida …

Tras la muerte de mi maestro, disfruté de una estrecha relación con Dudjom Rimpóché, uno de los mayores maestros de meditación, místicos y yoguis de los últimos tiempos.
Un día iba viajando por Francia con su esposa, admirando el paisaje mientras conducía Pasaron ante un extenso cementerio que estaba. recién pintado y adornado con flores.

Su esposa comentó:

—Rimpoché, mira qué pulcro y qué limpio lo tienen todo en Occidente. Hasta los lugares donde depositan los cadáveres están inmaculados. En Oriente, ni siquiera las casas donde vive La gente están tan limpias.
—Ah, sí —replicó él—, es verdad es un país muy civilizado. Tienen unas casas maravillosas para los cadáveres de los muertos. Pero, ¿no te has fijado? También tienen casas muy bonitas para los cadáveres de los vivos.

Cada vez que recuerdo esta anécdota pienso en lo hueca y fútil que puede ser la vida cuando se funda en una falsa creencia sobre la continuidad y la permanencia Cuando vivimos así, nos convertimos, como dijo Rimpoché, en inconscientes cadáveres vivientes.

La mayoría vivimos así; vivimos según un plan preestablecido. Pasamos la juventud educándonos. Luego buscamos un trabajo, conocemos a alguien, nos casamos y tenemos hijos. Compramos una casa, procuramos que nuestro negocio tenga éxito, intentamos realizar sueños, como tener una casa de campo o un segundo automóvil. Nos vamos de vacaciones con nuestras amistades. Hacemos proyectos para la jubilación. Los mayores dilemas que algunos de nosotros hemos de enfrentar son dónde pasar las próximas vacaciones o a quién invitar por Navidad. Nuestra vida es monótona, mezquina y repetitiva, desperdiciada en la persecución de lo banal, porque al parecer no conocemos nada mejor.

El ritmo de nuestra vida es tan acelerado que lo último en que se nos ocurriría pensar es en la muerte. Sofocamos nuestro miedo secreto a la impermanencia rodeándonos de más y más bienes, de más y más cosas, de más y más comodidades, hasta que nos vemos convertidos en sus esclavos. Necesitamos todo nuestro tiempo y toda nuestra energía simplemente para mantenerlos. Nuestra única finalidad en la vida pronto se convierte en conservarlo todo tan seguro y a salvo como sea posible. Cuando se produce algún cambio, buscamos el remedio más rápido, alguna solución ingeniosa y provisional Y así, a la deriva, va pasando nuestra vida hasta que una enfermedad grave u otra calamidad nos saca de nuestro estupor.

Por otra parte, no es que dediquemos mucho tiempo o mucha reflexión a esta vida, tampoco. Piense en esas personas que trabajan durante años y luego tienen que retirarse, sólo para descubrir que no saben qué hacer con su vida a medida que envejecen y se acerca la muerte. Aunque mucho hablamos de ser prácticos, ser práctico en Occidente significa ser miopes, muchas veces necia o egoístamente. Nuestra miope concentración en esta vida, y sólo en esta vida, es el gran engaño, el origen del sombrío y destructivo materialismo del mundo moderno. No se habla de la muerte ni se habla de la vida tras la muerte porque se hace creer a la gente que hablar de estas cosas sólo sirve para estorbar nuestro “progreso” en el mundo.

Sogyal Rimpoché del Libro Tibetano de la Vida y de la Muerte.

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La única religión verdadera es la del Amor

“La religión mal entendida es una fiebre que puede terminar en delirio.” Voltaire

Zhang Linhai pintor de Shangai

Obra del pintor de Shangai, Zhang Linhai

La única religión verdadera es la del Amor

En los templos solían pronunciarse sermones en los que se afirmaba que los que quebrantaban la ley acababan mal. Ni una sola vez se mencionaba a los que, en igual número, acababan mal a pesar de haber observado fielmente la ley, ni tampoco a los muchísimos que prosperaban a pesar de haberla quebrantado.

Y no podía hacerse nada por cambiar la ley, porque el profeta que había pretendido haberla recibido de Dios había muerto hacía muchísimo tiempo. De haber vivido, tal vez hubiera tenido el valor y el sentido común de cambiar la ley a tenor de las circunstancias, porque habría tomado la Palabra de Dios no como algo que hubiera que reverenciar, sino como algo que debía usarse para el bienestar del pueblo.

La consecuencia de todo ello es que había personas que se burlaban de la ley, de Dios y de la religión. Otras la quebrantaban en secreto, y siempre con la sensación de estar pecando. Pero la inmensa mayoría la observaba fielmente, llegando incluso a considerarse santos por el simple hecho de haber respetado una absurda y anticuada costumbre de la que el miedo les impedía prescindir.

Lo que produce daño
no es la diversidad de nuestros dogmas,
sino nuestro dogmatismo.
Por eso, si cada uno de nosotros hiciera
aquello de lo que está firmemente persuadido
que es la voluntad de Dios,
el resultado sería el más absoluto caos.
La culpa la tiene la certeza.
La persona espiritual conoce la incertidumbre,
que es un estado de ánimo
desconocido para el fanático religioso.

¿Has intentado alguna vez
organizar algo como, por ejemplo, la paz?
En el momento en que lo hagas
verás lo que son los conflictos de poder
y las luchas internas dentro de la organización.
La única manera de tener paz
es dejarla crecer libremente.

Las personas verdaderamente religiosas observan la Ley.
Pero ni la temen,
ni la reverencian,
ni la absolutizan,
ni la magnifican desproporcionadamente,
ni la explotan.

Solo la reconciliación salvará al mundo,
no la justicia,
que suele ser una forma de venganza.

Por desgracia, la mayoría de las personas poseen la religión suficiente para odiar, pero no bastante como para amar.

Anthony de Mello en su libro “La oración de la rana”.

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“Consejos de don Quijote a Sancho Panza”

Hoy comparto unos maravillosos consejos que Don Quijote dió a Sancho Panza previamente al gobierno de Sancho de la Ínsula Barataria, pertenecientes al capítulo XLII de “Don Quijote”, obra maestra de Miguel de Cervantes Saavedra, y de la literatura Universal, publicada en el año 1605, pero de total actualidad. J.L.Soba

Don Quijote y los molinos de viento Salvador Dalí

Don Quijote y los molinos de viento, de Salvador Dalí, para la edición de Random House (1946).

“Consejos de don Quijote a Sancho Panza”

xp419rimeramente, ¡oh hijo!, has de temer a Dios, porque en el temerle está la sabiduría, y siendo sabio no podrás errar en nada.

Lo segundo, has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse. Del conocerte saldrá el no hincharte como la rana que quiso igualarse con el buey, que si esto haces, vendrá a ser feos pies de la rueda de tu locura la consideración de haber guardado puercos en tu tierra.

Haz gala, Sancho, de la humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de labradores; porque, viendo que no te corres, ninguno se pondrá a correrte; y préciate más de ser humilde virtuoso que pecador soberbio. Innumerables son aquellos que, de baja estirpe nacidos, han subido a la suma dignidad pontificia e imperatoria; y de esta verdad te pudiera traer tantos ejemplos, que te cansaran.

Mira, Sancho: si tomas por medio a la virtud, y te precias de hacer hechos virtuosos, no hay para qué tener envidia a los que los tienen de príncipes y señores, porque la sangre se hereda y la virtud se aquista, y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale.

Siendo esto así, como lo es, que si acaso viniere a verte cuando estés en tu ínsula alguno de tus parientes, no le deseches ni le afrentes; antes le has de acoger, agasajar y regalar, que con esto satisfarás al cielo, que gusta que nadie se desprecie de lo que él hizo, y corresponderás a lo que debes a la naturaleza bien concertada.

Si trajeres a tu mujer contigo (porque no es bien que los que asisten a gobiernos de mucho tiempo estén sin las propias), enséñala, doctrínala y desbástala de su natural rudeza, porque todo lo que suele adquirir un gobernador discreto suele perder y derramar una mujer rústica y tonta.

Si acaso enviudares, cosa que puede suceder, y con el cargo mejorares de consorte, no la tomes tal, que te sirva de anzuelo y de caña de pescar, y del no quiero de tu capilla, porque en verdad te digo que de todo aquello que la mujer del juez recibiere ha de dar cuenta el marido en la residencia universal, donde pagará con el cuatro tanto en la muerte las partidas de que no se hubiere hecho cargo en la vida.

Nunca te guíes por la ley del encaje, que suele tener mucha cabida con los ignorantes que presumen de agudos.

Hallen en ti más compasión las lágrimas del pobre, pero no más justicia, que las informaciones del rico.

Procura descubrir la verdad por entre las promesas y dádivas del rico, como por entre los sollozos e importunidades del pobre.

Cuando pudiere y debiere tener lugar la equidad, no cargues todo el rigor de la ley al delincuente, que no es mejor la fama del juez riguroso que la del compasivo.

Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia.

Cuando te sucediere juzgar algún pleito de algún tu enemigo, aparta las mientes de tu injuria y ponlas en la verdad del caso.

No te ciegue la pasión propia en la causa ajena, que los yerros que en ella hicieres, las más veces, serán sin remedio; y si le tuvieren, será a costa de tu crédito, y aun de tu hacienda.

Si alguna mujer hermosa viniere a pedirte justicia, quita los ojos de sus  lágrimas y tus oídos de sus gemidos, y considera de espacio la sustancia de lo que pide, si no quieres que se anegue tu razón en su llanto y tu bondad en sus suspiros.

Al que has de castigar con obras no trates mal con palabras, pues le basta al desdichado la pena del suplicio, sin la añadidura de las malas razones.

Al culpado que cayere debajo de tu jurisdicción considérale hombre miserable, sujeto a las condiciones de la depravada naturaleza nuestra, y en todo cuanto fuere de tu parte, sin hacer agravio a la contraria, muéstratele piadoso y clemente, porque, aunque los atributos de Dios todos son iguales, más resplandece y campea a nuestro ver el de la misericordia que el de la justicia.

No andes, Sancho, desceñido y flojo, que el vestido descompuesto da indicios de ánimo desmazalado, si ya la descompostura y flojedad no cae debajo de socarronería, como se juzgó en la de Julio César.”

Si sufriere que des librea a tus criados, dásela honesta y provechosa más que vistosa y bizarra, y repártela entre tus criados y los pobres: quiero decir que si has de vestir seis pajes, viste tres y otros tres pobres, y así tendrás pajes para el cielo y para el suelo.

“No comas ni ajos ni cebollas, porque no saquen por el olor tu villanería.”

“Anda despacio; habla con reposo, pero no de manera que parezca que te escuchas a ti mismo, que toda afectación es mala.”

“Come poco y cena poco, la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago.”

“Sé templado en el beber, considerando que el vino demasiado ni guarda secreto, ni cumple palabra.”

“También, Sancho, no has de mezclar en tus pláticas la muchedumbre de refranes que sueles.”

“El andar a caballo a unos hace caballeros, a otros caballerizos.”

“Sea moderado tu sueño.”

Jamás te pongas a disputar de linajes, a lo menos comparándolos entre sí, pues por fuerza en los que se comparan uno ha de ser el mejor, y del que abatieres serás aborrecido, y del que levantares de ninguna manera premiado.

Miguel de Cervantes Saavedra (1605).

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