El poder purificador de la música

En la música es acaso donde el alma se acerca más al gran fin por el que lucha cuando se siente inspirada por el sentimiento poético: la creación de la belleza sobrenatural. Edgar Allan Poe

«Himno de la Alegría» canción de Miguel Ríos incluido en su segundo LP, Despierta de 1970. Está basada en el cuarto movimiento de la novena sinfonía de Beethoven, que se inspiró en el poema «Oda a la alegría de Friedrich Schiller, versión con arreglos de Waldo de los Ríos, alcanzó fama mundial, vendiendo siete millones de copias en todo el mundo y llegando a n.º 1 en Alemania, Francia, Suiza, Italia, Reino Unido, Australia, Canadá y Estados Unidos .

El poder purificador de la música

El concepto de Katharsis (purificación) suele atribuirse a Pitágoras, pero el mismo término apareció mucho antes, en los orígenes del arte griego: en la corea, una mezcla de danza y música, de cante y poesía. Practicada durante los misterios y las ceremonias, la corea servía para aplacar y aliviar los sufrimientos, para purificar las almas, para la catarsis. Pseudo-Plutarco afirma que la música tiene orígenes comunes con la medicina. Pudo ser un don del mismo Quirón, que educó y formó a Asclepio, y que “fue maestro, a la vez, de música, de justicia y de medicina”.

Los pitagóricos creían que el alma estaba aprisionada en el cuerpo por culpa de sus pecados y sería liberada cuando se purificase. Consideraban esta purificación “medicina para el alma”, y pensaban que era posible gracias a la música. Como afirma Aristóteles “los pitagóricos utilizaban la medicina para purificar el cuerpo, y la música para purificar las almas”. Por ejemplo creían que, en el éxtasis provocado por la música báquica, el alma se liberaba y abandonaba el cuerpo por un instante. De ahí que consideraran la música como un estado excepcional, un don de los dioses.

Aristóteles al mencionar la catarsis con referencia a la música, recurre a la terminología médica en su significado técnico. O sea, que la catarsis contiene tanto un elemento médico como un elemento órfico. El elemento órfico es la influencia taumatúrgica y mágica de la música, que es capaz de modificar el curso normal de los sucesos y burlar las leyes de la naturaleza, curar y elevar al hombre a la altura de un ser divino, pero también precipitarlo al abismo del mal. Cuando Orfeo tocaba y cantaba, la gente y los animales se detenían extasiados, los ríos cambiaban su curso, los árboles sacaban las raíces de la tierra y avanzaban hacia él, e incluso las rocas se acercaban rodando a sus pies.

Para explicar el poder de la música, los pitagóricos desarrollaron la idea del parentesco entre los movimientos y sonidos y el alma. Por un lado, las figuras de la danza o los tonos musicales expresan las emociones, y por el otro, las despiertan al actuar sobre el alma… “los sonidos despiertan un eco en el alma y vibran al unísono con él. Como en el caso de dos liras que están cerca: cuando tañemos las cuerdas de una, responde la otra”.

La música curaba mediante una purificación espiritual. Aristóteles decía que, bajo la influencia de una melodía que extasía el alma, alguna gente encuentra alivio, como si hubiera tomado una medicina o un sedante. En cambio, los intentos de amansar a los orates con música consistían en grabar profundamente “en sus almas desafinadas el mágico orden cósmico, numérico, a fin de armonizarlos con las proporciones del cosmos”.

En la poesía griega, las imágenes de la felicidad están llenas de tonos musicales, y la danza, el canto, la lira, amenizan todas las festividades. La música fortalecía o debilitaba el carácter, imponía el orden o sembraba la amargura, traía la paz o provocaba disturbios. Expresiones como “sin música”, “sin coro”, “sin lira” solían relacionarse con la guerra, con la venganza de las Erinias y con la muerte… “no me hagas vivir sin música”, canta el coro de ancianos en una tragedia de Eurípides.

Una idea brillante de Pitágoras, según la cual las armonías musicales, es decir, los intervalos, se reflejan en simples relaciones numéricas, dio origen a una teoría de la belleza basada en el orden y la proporción. En cambio, la fuerza emocional de la melodía y la influencia que ejerce sobre el alma eran temas del “ethos (talante) de la música”. Insistía con particular énfasis en distinguir la música buena de la mala para “no dejar nada al azar” y no correr los riesgos que esto supondría en una materia moral y socialmente tan importante como la música.

    El efecto educativo y espiritual de la música dependería, pues, de la escala musical, que aproximadamente podríamos comparar con nuestra tonalidad. Pero ninguna característica es capaz de crear un ethos por sí sola: ni la estructura modal, ni la altura del tono ni la bifocalidad de algunas melodías.

Unas investigaciones recientes de pediatras norteamericanos, que se basan en un registro minucioso de la actividad del cerebro, indican que los bebés de cuatro meses prefieren las consonancias que las disonancias. Las consonancias son intervalos agradables al oído, que están construidos sobre proporciones pitagóricas simples entre números naturales, por ejemplo la octava (1:2), la quinta (2:3) o la cuarta (3:4). A juzgar por el comportamiento del bebé, la música basada en consonancias no estimula los mismos centros del cerebro que una sarta de disonancias. Una música así afinaría el cerebro como si fuera un instrumento, y conseguiríamos una afinación limpia, buena, positiva… ¿a que esto suena como la doctrina del ethos de la música de los griegos?

Lo cierto es que el cerebro humano viene al mundo dotado de la capacidad de percibir y extraer del entorno algunas regularidades musicales. La frecuencia de octavas y quintas en la música de culturas geográficamente muy distantes puede derivar de la estructura del órgano auditivo. Todos tenemos una pequeña arpa dentro del oído porque, en el oído interno, la membrana de la cóclea está formada por fibras transversales más cortas en la base y varias veces más largas en la cúspide. El conjunto de fibras hace pensar en un arpa o en las cuerdas de un piano. De la longitud de onda, es decir, de la altura del tono, depende qué fibras empiezan a oscilar, a vibrar. Las señales de las fibras vibrantes son recogidas por unos receptores sensoriales y a través de las neuronas llegan al cerebro. En cuanto a su ordenación, concuerdan con la serie de tonos armónicos que forman parte de todos los sonidos. El compositor Leonard Bernstein llama a los tonos armónicos “la prefiguración del universo” y “la fuente común de toda la música”. ¿Acaso llevamos este universo implantado en el cuerpo?

Basándose en la comparación entre el canto de los pájaros, las ballenas y los hombres, algunos estudiosos suponen la existencia de un solo, universo musical platónico que aún está por descubrir.

Las observaciones de los neonatólogos americanos no dejaban lugar a dudas: la música tiene una influencia benigna en el estado de ánimo, la percepción del dolor, el ritmo cardíaco, la presión arterial, el aumento de peso e incluso la oxigenación de la sangre de los niños prematuros tratados en unidades de cuidados intensivos. ¿Acaso tenía razón Novalis cuando, hace más de doscientos años, escribió: “Toda enfermedad es un problema musical, toda curación es una solución musical”.

Andrzej Szczeklik – Catarsis. Sobre el poder curativo de la naturaleza y el arte

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