Los Cristos

Santo Cristo de las Animas (1553-1564), de Arnao de Bruselas, Capilla de San Agustín, Iglesia Imperial de Santa María de Palacio, Logroño (La Rioja).

Los Cristos

Hay en el alma del pueblo una devoción que sobrepuja a todas las devociones: la de los crucificados.

Desde los tiempos más remotos las gentes sencillas se aterraron ante las caídas cabezas de Jesús muerto. Pero esta devoción y esta miedosa piedad la sintieron y la siente el pueblo en toda su trágica realidad, no en toda su espiritualidad y grandeza. Es decir, temen y compadecen a Cristo no por el mar sin orillas de su alma sino por los terribles dolores de su cuerpo, y se aterran ante sus cardenales y la sangre de sus llagas y lloran por las coronas de espinas, sin meditar y amar al espíritu de Dios sufriendo por dar el extremo consuelo.

Se observa que en todas las representaciones de Cristo en la cruz, los artistas exageran siempre los golpes, las lanzadas, la horrible contracción muscular…, porque de esta manera presentaban al pueblo todo el sufrimiento del hombre, única forma de enseñar a las multitudes el gran drama… Y las multitudes indoctas miraron y aprendieron pero sólo lo exterior… En ningún Calvario supieron los artistas presentar al Dios, solamente presentaron al hombre, y algunos como aquel famoso Matthias Grunewald, el pintor alemán que retrató más espantosamente la pasión de Jesús, lo hizo poniendo al hombre demasiado hombre, sin que se vean señales de la muerte de Dios.

Y es que nadie puede interpretar al Dios vencido pero glorioso, porque en ningún cerebro humano cabe dicha gigantesca concepción…, y por eso todos los Cristos son el hombre crucificado, con la misma expresión que otro ser cualquiera pusiera al morir de suplicio tan feroz… En los Cristos antiguos, esos que están rígidos con las cabezotas enormes y bárbara fisonomía, el escultor los concibió tan salvajes y férreos como los tiempos de epopeya en que se formaron…, pero tuvo siempre el cuidado de hacer resaltar, o la corona de espinas, o la llaga del costado, o el retorcimiento del vientre, para que la obra llegara al pueblo con todo su horror… Llegaba la posición angustiosa, los dedos crispados, los ojos desencajados de dolor… Los pueblos tuvieron la necesidad de la escena del Calvario para arraigar más la fe… Sintieron a Jesús en la Cruz al verlo con la cabeza sublime partida, con el pecho anhelante, con el corazón en el suelo, con espumas sangrientas en la boca, y lo lloraron al verlo así precisamente en el sitio en que sufrió menos, porque ya veía el fin, porque era Dios y estaba en la cruz ya consumado el sacrificio genial…, pero el pueblo nunca al pensar en el Jesús crucificado se acordó del Jesús del Huerto de los Olivos, con la amargura del temor a lo tremendo, ni se asombró ante el Jesús con amor de hombre de la última cena…

La tragedia, lo real, es lo que habla a los corazones de las gentes y por eso los artistas siempre que quisieron la gloria popular hicieron un Cristo lleno de pústulas moradas, y al hablar así fueron comprendidos…, y pasaron los primitivos con sus Cristos fríos y pasaron los románicos con sus efigies rígidas…, y empezaron a clarear los escultores y pintores que habían de dar la sensación de la realidad… Hicieron aquellos Cristos que hoy negros vemos guardados cuidadosamente, y se ideó ponerles cabelleras y darles color, y luego comenzaron a dar movimiento a las líneas y se llegó hasta la misma impresión de lo humano… Y entonces fue cuando aquellos coloristas españoles que tanto miraban a las agonías, hicieron los crucificados en que todo el cuerpo ajado y maltrecho de cardenales, se mostraba con una escalofriante verdad.

Los Cristos enérgicos, esos que sin ninguna llaga, muy blancos y gruesos están clavados de la cruz como podían estarlo de otra parte, ésos en que el artista sólo supo infundir una fría desnudez de modelo, no son nunca objeto de la devoción popular… La perfección no es nunca objeto de apasionamientos, lo interrogante y que inquieta a las multitudes es la expresión… La tragedia espantosa que el pueblo ve en algunos de sus crucificados es lo que los induce a amarlos…, pero el sentimiento de Dios lo sienten poco, lo grandioso los desconcierta, lo grandioso los aterra… Los que hicieron esos Cristos que vemos en algunas iglesias escondidos en una negra capilla que ilumina una luz rojiza, con los fuertes brazos retorcidos sobre la cruz, la cabeza escondida entre una cascada de cabellos quemados, y rodeados de exvotos entre un polvo viejo y pesado, esos Cristos ahumados y espantosos, los artistas que los hicieron tuvieron la gran inspiración y la altura de pensamientos. Ellos comprendieron al pueblo. Son muy malos artísticamente mirados, sus dimensiones son rarísimas, su ejecución es absurda, sus cabelleras son extrañamente impropias, pero dan la terrible impresión de horror y son los amados por las muchedumbres… Esto es una de las muchas pruebas de que el arte no sólo consiste en la técnica depurada sino que para hablar se necesita de la llama gigante y misteriosa de la inspiración… Y más en este arte de la escultura religiosa donde el artista únicamente se debe preocupar de hacer pensar y sentir a gentes la mayoría incultas…, porque en otras artes para comprender se necesita de una especial educación espiritual… Y bien que supieron poner espanto a las almas estos hacedores de Cristos viejos que muchos llaman malos…

El pueblo que tiene el instinto de lo genial y lo artístico llenó a estas imágenes de leyendas y fábulas sin fin…, y los coronaron de rosas de trapo y los cercaron de muletas, de ojos, y trenzas, y pusieron calaveras y serpientes al pie de la cruz, y la gente rezó, rezó aterrada ante aquel espanto de amor a los hombres. Por regla general estos Cristos sentidos se esconden en las capillitas pueblerinas donde son el orgullo de sus habitantes… Luego al llegar los escultores genios de España con más pensamientos y más idealidad hicieron sus calvarios poniendo su alma en la ejecución de los ojos. Y Mora y Hernández, y Juni y el Montañés, y Salzillo y Siloé, y Mena y Roldán, etc., etc., supieron decir con dulzura dramática los ojos de Jesús…, y los pusieron entornados, escalofriantes como Mora o mirando al suelo con vidriosa convulsión como Mena, o hacia arriba llamando a la eternidad como el Montañés o desencajados en su moribundez verdosa como Siloé en el Cristo de la Cartuja… Ya éstos supieron que aunque en el cuerpo una contorsión diga mucho, dicen mucho más unos ojos en la agonía…, y pusieron en los ojos todo el sufrimiento de aquel cuerpo ideal… Pero en todos los crucifijos hay ese algo de abandono a lo irremediable expresado en la colocación de las cabezas inclinadas, impregnadas de esa invisible blancura crepuscular que da la muerte, porque la muerte es siempre mística . . . . . . .

Federico García Lorca,Impresiones y paisajes.(1918)

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2 respuestas a Los Cristos

  1. mercedes ruiz dijo:

    Este genial escritor sabe cómo trascender el conocimiento 🙏🏿

    Enviado desde mi iPhone

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