Los Siete Infiernos

“Recordad que el hombre permanece en el rincón de la oscuridad por temor a que la luz de la verdad le deje ver cosas que derrumbarían sus conjeturas.”. Juan José Benítez

El Infierno(1570) de Peter Huys. Museo Nacional del Prado, Madrid


Los Siete Infiernos

En mi último «sueño» rogué a los dioses que me permitieran visitar los infiernos.
Y me fue concedido.

En el séptimo y más profundo se hallaban todos aquellos que -durante la vida- se consideraron en posesión absoluta de la Verdad.

Los dioses me trasladaron a continuación al sexto infierno.
En él vi a muchos de los obispos y cardenales de la llamada Iglesia católica. Trabajaban y se afanaban sin cesar en las dependencias de un gigantesco «Banco». Allí, tal y como viene sucediendo en el mundo de los vivos, inspeccionaban con grandes lupas los «valores» que ingresaban otros condenados. Pero solo eran aceptados y negociados aquellos «valores» propios de la organización. Y tal como había podido comprobar en la Tierra, cualquier persona que trataba de negociar un «valor» ajeno al Banco era fulminantemente rechazado.

Al entrar en el quinto infierno me llamó la atención una gran multitud que no cesaba de gritar y gesticular.
«Aquí están todos aquellos que siempre encontraron justificación a sus errores».

Y los dioses me condujeron después al cuarto de los infiernos.
En él observé a humanos taciturnos y solitarios. Luego supe que se trataba de filósofos, teólogos, científicos y políticos que, tras formular las más dispares teorías e hipótesis, habían llegado a creérselas.

Con gran desasosiego penetré a continuación en el tercer infierno. Aquellos hombres consideraban el color rojo como la Verdad. El amarillo, en cambio, era tomado por la Mentira. Sus ropajes, rostros, paredes y enseres habían sido embadurnados totalmente de rojo…

Salí presuroso de aquel antro y me dirigí al segundo infierno. Allí, otros hombres aparecían totalmente pintarrajeados de amarillo. La gran cueva había sido pintada con aquel color y hasta la piel de la multitud brillaba como el limón.
Los dioses me explicaron que aquella turba había adoptado el color amarillo como la Verdad, rechazando el rojo como la Mentira.

Y concluí mi viaje asomándome al primero de los infiernos.
Pero, con gran sorpresa, comprobé que se hallaba vacío.
Los dioses, adelantándose a mi pregunta, respondieron:
 -Este, el más tenebroso y cruel de los infiernos, está reservado para aquellos que jamás creyeron en los «Sueños».

Juan José Benítez en su libro “Sueños” (1982)

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