Carta al Rey Baltasar

«Agranda la puerta, Padre, porque no puedo pasar. La hiciste para los niños, yo he crecido, a mi pesar. Si no me agrandas la puerta, achícame, por piedad; vuélveme a la edad aquella en que vivir es soñar.» Miguel de Unamuno

El festín de Baltasar (1635) obra de Rembrandt, National Gallery de Londres.

Carta al Rey Baltasar

Querido Rey Baltasar :

Como todos los años, emocionado y lleno de esperanza, te escribo mi carta ilusionada; porque sé que vives lejos, pero anunciado por una estrella cargada de luz, llegarás en la noche donde esperamos, con las manos abiertas, recibir cuanto te pedimos. No nos faltan deseos, es más, se nos acumulan en el corazón y anhelan salir con el gozo certero y seguro de que van a ser correspondidos por tu generosidad.

Rey Baltasar, lo primero que quisiera pedirte es un puñado de sonrisas para repartirlas por los rostros que, entristecidos, pasean por las calles, cargados de no sé qué oscuros presagios. Sé muy bien que en este mundo que estamos creando se nos olvida, cada vez con más rapidez, el ver las cosas desde el lado mágico de lo positivo, y se nos llena el corazón de miedos y de rutinas insalvables. Te pediría una razón mucho más convincente que la de la fuerza y la irracionalidad de los poderosos y, porque tú puedes traérnoslo, desde el misterio de tu estrella, envuelto en un soplo de solidaridad y de comprensión.

Será un regalo inolvidable, viejo rey mago, si por fin alguien pudiera salpicar las conciencias de los que deciden cuándo ha de llegar la paz a los pueblos que se destruyen por sus ideas o por un pedazo, más o menos, de tierra. Ya sé que te pedimos cosas muy difíciles , pero nada hay imposible para tu generosidad sin límites, y mucho menos cuando lo que deseamos va dirigido a los niños, esos seres que tú amas especialmente; para ellos te pedimos que la ingenuidad y la inocencia nunca se escapen de sus vidas, y que sepan mantenerlas con el cuidado de los mayores, tan lejanos de su mundo, pero tan necesitados de un poco, al menos, de su verdad y de su sincero corazón diminuto.

Cuando miro estos paisajes hermoseados por pinares y campos que coronan la sierra, Rey Baltasar, te pido que ninguna mano incendiaria y destructora atente contra su belleza. La tierra es de todos, y a todos nos compete cuidarla y velar por ella. No permitas, querido Rey, que los ríos bajen envenenados, que este planeta azul se torne gris porque los seres humanos estamos invadiendo con nuestros errores su existencia. No permitas que la insensibilidad de todos nos lleve a un camino sin vuelta, a una senda sin salida, a un morir sin retorno.

No puedo olvidar, Rey Baltasar, pedirte, este año, que la incapacidad de tantas personas de entender que ni el color de la piel ni el país de origen, como tú, son ningún impedimento para poder vivir, libremente, en cualquier lugar del mundo. Porque las fronteras y las razas ya no existen, rey negro, tráenos un poco de tolerancia para tantos fanáticos incapaces de sobrevivir en las diferencias.

Si tu camello legendario aún soporta el peso de algún regalo más, rey Baltasar, tráenos un poco de poesía, o lo que es lo mismo, un poco más de misterio y de búsqueda, de conocimiento y de luz, porque en definitiva esto es la poesía. Danos la capacidad ensoñadora de mirar las cosas de otro modo, desde la raíz oculta hasta el esplendor de su existir con nosotros, que la poesía del vivir se traduzca en generosidad con los seres humanos, en un estallido de belleza donde queden relegados los gestos de mal gusto, la vulgaridad del intolerante, la vanidad del envidioso.

Que tu estrella se pose en el nacer con mayúsculas; no estoy muy seguro si mi carta te va a hacer sonreír con cierto desencanto, pero al menos, querido Rey Baltasar, deja que mi corazón albergue una mínima esperanza de que serán cumplidos mis deseos. Te esperaré dormido, ¡ah! y no olvides beberte la copa llena de sueños que te dejaré con mis zapatos.

Hasta pronto, Rey Baltasar.

José María Muñoz Quirós

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