Buda, Sócrates y los rumores

Escultura del Tian Tan Buda en Hong Kong. Foto de Hanciong

Cuentan que en una ocasión, estando Buda junto a varios de sus discípulos en una aldea remota llevando a cabo labores de ayuda a los más necesitados, ocurrió lo siguiente: 

Alojado en un monasterio junto a los suyos, aceptando la hospitalidad de quienes le acogían y comiendo lo que le daban así como durmiendo donde se le asignaba, su más cercano ayudante Ánanda, le comunicó que en el pueblo habían comenzado a oírse rumores sobre él. La gente le criticaba. Buda, no se inmutó. 

Pasaron los días y los rumores se convirtieron en duros ataques verbales contra él y su causa. 

Ánanda, de nuevo acudió a su Maestro para informarle que muchas personas le insultaban cada vez más duramente. 

Eran unas injurias tremendas que tenían como objetivo acongojarle para que se marchara de la aldea y dejase de auxiliar a los mendigos. 

Procedían los insultos y las calumnias de personas con interés en que la doctrina de ayuda y paz de Buda no calara en las mentes de los aldeanos. 

De nuevo Buda, permaneció impasible, continuando con sus labores diarias de alimentar a todo el que se lo pedía, y curar a quien necesitaba reposo y sanación. 

Al cabo de una temporada, el ánimo de Ánanda comenzó a quebrarse pese a ser el más cercano discípulo del Maestro y acudió a él de nuevo para informarle de cuanto se decía de él. De cuántas mentiras se propagaban por la aldea y de las feroces críticas que seguían levantándose hacia su causa, su persona y su pensamiento. 

Buda, le preguntó a Ánanda: «¿Qué clase de personas son las que me insultan?».
El discípulo se mostró confundido y le contra preguntó a su Maestro: 

«Querrás decir, Maestro, ¿qué tipo de insultos te dedican?».

Buda, con una leve sonrisa corrigió a Ánanda: 

«No, amigo mío.Quiero saber qué clase de personas son las que me insultan, porque las palabras no tienen más que el valor de quienes las pronuncian».

El discípulo comenzó a comprender. 

Pero Buda, continuó,aprovechando todo lo que estaba sucediendo para transmitir su enseñanza. 

Y dijo: «¿No ves amigo mío, que las palabras no pueden hacerte daño?, 

¿No ves que no son más que aire?»

Ánanda, sabiendo que estaba recibiendo una enseñanza práctica, quiso profundizar, poniendo a su Maestro un poco más a prueba:

«Eso lo entiendo Maestro, pero las personas emplean esas palabras para herirnos».

Buda comprendió la preocupación de su discípulo y quiso ayudarle justo como él pedía con sus preguntas. 

Y habló así: «Dime Ánanda, ¿Por qué pronuncias la palabra «azul» para describir el cielo, cuando el cielo está azul?»

El ayudante de Budha, contestó: «Porque en ese momento conozco el color del cielo y lo llamo azul».

Buda sentenció su enseñanza en ese instante: «De manera que para poder emplear una palabra para describir algo o a alguien hay que conocer primero el significado de eso dentro de nosotros, ¿no?».

«Sí, así es» concluyó lógicamente Ánanda.

«En ese caso, querido amigo, si alguien me llama «mentiroso» es porque previamente tiene que conocer qué significa ser un mentiroso. Y si alguien me insulta, ha de conocer dentro de sí mismo lo que ese insulto significa. 

Querido Ánanda, aprende esto:


“CUANDO ALGUIEN TE INSULTA O TE CRITICA, NO ES A TI A QUIEN ESTÁ DESCRIBIENDO. ESTÁ DESCRIBIENDO LO QUE CONOCE DENTRO DE SÍ MISMO. LA PERSONA QUE INSULTA SE DESCRIBE A SI MISMA».

Sócrates

En la antigua Grecia, Sócrates fue famoso por su conocimiento. Un día, un conocido se encontró con el gran filósofo y dijo:

– ¿Sabes lo que escuché acerca de tu amigo?

– Espera un minuto -replicó Sócrates-, antes de decirme cualquier cosa, quisiera que pasaras un pequeño examen. Es llamado el examen del “Triple filtro.”

– ¿Triple filtro?

– ¡Correcto!. Antes de que me hables sobre mi amigo, puede ser una buena idea tomar un momento y filtrar lo que vas a decir. Es por eso que lo llamo el examen del triple filtro. El primer filtro es el de la verdad: ¿Estás absolutamente seguro de que lo que vas a decirme es cierto?.

– No -dijo el hombre-, realmente solo escuché sobre eso y…

– Bien, entonces realmente no sabes si es cierto o no. Ahora permíteme aplicar el segundo, el filtro de la bondad: ¿Es algo bueno lo que vas a decirme de mi amigo?

-No, por el contrario…

– Entonces -continuó Sócrates-, tú deseas decirme algo malo sobre él, pero no estás seguro de que sea cierto. Tú puedes aún pasar el examen, porque queda un filtro, el filtro de la utilidad: ¿Será útil para mí lo que vas a decirme de mi amigo?

– No, realmente no.

– Bien -concluyó Sócrates-, ¿si lo que deseas decirme no es cierto ni bueno e incluso no es útil, por qué decírmelo?

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