Trigo y cebada

“La religión no mantiene a nadie. Tiene que ser mantenida. No produce trigo ni maíz; no ara la tierra; no derriba bosques. Es una mendiga perpetua. Vive del trabajo de otros, y luego tiene la arrogancia de pretender que ayuda al que da”.  Robert G. Ingersoll

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Trigo y cebada

xuuuytun distinguido y culto caballero que estaba visitando a Bahaudin Naqshband le preguntó:

“A través de tu carácter, ejercicios y manifiesta capacidad para el bien, eres reconocido públicamente, así como en el corazón de tus discípulos, como el Maestro actual del Siglo. ¿Fue esto siempre así?

Bahaudin respondió:

“No, no fue siempre así.”

El visitante replicó:

“Los Antiguos sufíes eran considerados frecuentemente como imitadores, ridiculizados por los eruditos y temidos por los intérpretes. Algunos de aquellos a los que los Adeptos consideran como sus ejemplos más nobles están incluidos en los libros de los hombres formalmente cultivados como indeseables o como influencias no bien recibidas por las autoridades. Pero si han contribuido al conocimiento y a la práctica del Camino, ¿no serían sin duda y claramente adeptos?

Bahaudin respondió:

“Algunos son claramente Adeptos, otros son claramente nada.”

“Entonces, ¿dónde reside la cualidad esencial del derviche?”

“Reside en la realidad, no en la apariencia.”

“¿No tienen dichas personas cualidades por las que todo el mundo pueda reconocerlas?”

Bahaudin replicó:

“Recuerda el cuento del trigo y la cebada. En algún momento, alguien plantó trigo en un campo. Todo el mundo se acostumbró a ver el trigo crecer y a vivir de pan hecho de harina. Pero pasó el tiempo y fue entonces necesario plantar cebada. Cuando ésta creció, mucha gente, apegada a las apariencias, como suelen estarlo los eruditos comunes, exclamaron: ¡Esto no es trigo!”

“Cierto”, decían los cultivadores de cebada, “pero es un cereal, y lo que necesitamos todos son cereales”.

“¡Charlatanes!”, gritaban los apegados a las apariencias. Muchas veces, cuando se cosechaba la cebada, era tan grande el clamor para expulsar a sus cultivadores que éstos no podían suministrar harina a la gente. La gente se moría de hambre, pero aquéllos pensaban, persuadidos por sus consejeros de mente estrecha, que hacían bien en rechazar la cosecha de los cultivadores de cebada.”

El visitante preguntó:

“Entonces, lo que llamamos “sufismo” ¿es realmente el cereal de tu historia? En ese caso, ¿hemos sido llamados “cereales” de “trigo” o “cebada”, y tenemos que darnos cuenta de que hay algo más profundo, y de lo que ambas cosechas sólo son una manifestación?”

“Sí”, respondió el maulana.

“Sería seguramente más deseable el que se nos pudiera dar el conocimiento de los “cereales”, en lugar del “trigo” o de la “cebada” bajo el nombre de “cereales”, dijo el buscador.

“Sería seguramente mejor si esto pudiera hacerse”, afirmo Bahaudin, “pero el hecho es que la mayoría de la gente, por su propia seguridad y la de los demás, tienen todavía que trabajar por la cosecha para poder comer. Hay muy pocos que sepan lo que son los cereales. Existen personas a las que llamas Guías. Cuando un hombre sabe que la gente puede morir de hambre, tiene que suministrar todo el alimento que pueda. Son sólo aquellos que no trabajan en el campo quienes tienen tiempo para preguntarse acerca del tipo de cereal. Son también los que no tienen derecho a hacerlo, ya que no lo han probado, ni están trabajando en la producción de harina para la gente”.

“Es malo decirle a la gente que haga cosas cuando no pueden entender por qué debería hacerlas”, dijo el visitante.

«Es peor explicar que un cierto árbol va a caer con tal detalle, que antes de que acabes de contar la historia, la audiencia está abrumada y es incapaz de comprobarlo», respondió Bahaudin.

Idries Shah, de su libro «La sabiduría de los idiotas», Cuentos de la tradición sufí.

 

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2 respuestas a Trigo y cebada

  1. Magda Magdi dijo:

    Que bonito y profundo! Exactamente lo que vivimos.

  2. A veces la solución a nuestros problemas es tan evidente y sencilla, pero la mayoría de las veces nos complicamos con soluciones más «sofisticadas», pero en fin esta vida es un constante camino de aprendizaje.
    Namasté

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