“Leyenda esquimal”

“No puede haber una revelación más intensa del alma de una sociedad que la forma en la que trata a sus niños”. Nelson Mandela

Fotografía de Margaret Bourke-White

“Leyenda esquimal”

Ésta es la historia de un miserable huérfano, un niño abandonado que vivía con un grupo de gente cruel y desalmada. Kagsagsuk había sido adoptado por una anciana tan pobre como él. A duras penas sobrevivían a la entrada del iglú donde se reunían los demás y tenían que acostarse a dormir en el pasadizo de entrada, buscando el calor de los perros para no morir de frío, porque ni siquiera por la noche  los dejaban entrar en la casa.

Cuando empezaba el día y los látigos de los hombres despertaban a los perros para atarlos a los trineos, más de un latigazo daba contra las espaldas del muchachito. Y no por error, sino por puro placer malvado.

Después de una buena caza, la gente del iglú se daba un banquete de piel de morsa o carne helada. Entonces el pequeño Kagsagsuk se asomaba a mirar desde la entrada. Si alguno de los comensales lo veía, lo levantaba de allí y lo metía dentro agarrándolo con los dedos de los agujeros de la nariz. Así, los agujeros de su nariz fueron creciendo y haciéndose cada vez más grandes, mientras el resto de su cuerpo seguía pequeño. A veces le daban un pedazo de carne helada pero no le prestaban un cuchillo, y se burlaban de sus esfuerzos por trocear un pedazo con los dientes. Si estaban muy aburridos, le arrancaban un diente para divertirse, con la excusa de que comía demasiado.

Su madre adoptiva le hizo un par de botas y le consiguió una pequeña lanza de hueso de oso para que pudiera jugar con los otros chicos. Pero los niños eran tan crueles como sus padres. Lo hacían rodar por la nieve, le metían la lanza dentro de la ropa, lo golpeaban entre varios. Las niñas lo cubrían de excrementos y porquerías mientras se burlaban de él.

–Ha llegado la hora de que sepas un secreto –le dijo una vez la anciana que lo cuidaba–, Kagsagsuk: estás destinado a grandes hazañas. Ahora tienes que aprender a defenderte. El Señor de las Fuerzas te protegerá.

Desde entonces Kagsagsuk buscó la soledad de las montañas para realizar sus conjuros. Y un día, el Señor de las Fuerzas se presentó ante él: era un monstruo inmenso que lo rodeó con su cola, apretándolo hasta hacer crujir sus huesos. Cinco veces el Amarok lo derribó y lo constriñó, y las cinco veces el muchachito escuchó un golpeteo sobre la nieve: huesecillos de foca salían de su cuerpo. Y cada vez se sentía más fuerte. La quinta vez escapó de un salto de la cola de Amarok.

–Son estos huesecillos mágicos los que no te dejaban crecer ni tener fuerzas –le dijo Amarok–. Ahora tienes que venir a verme todos los días para volverte más fuerte. Pero nadie debe saberlo hasta que estés listo.

Kagsagsuk hacía su vida de siempre. Dormía con los perros, soportaba las torturas y las burlas de grandes y chicos. Pero cada vez que volvía de ver a Amarok, corría más y más rápido, apartando a patadas las piedras del camino. Si se tiraba al suelo y se dejaba rodar pendiente abajo, el impacto de su cuerpo todavía pequeño hacía volar enormes rocas por los aires. Llegó un momento en que el mismo Amarok no pudo derribarlo con su inmensa cola.

–Ahora ningún hombre podría vencerte –le dijo el Señor de la Fuerza–. Y sin embargo, debes guardar el secreto hasta que el mar se hiele.

Con su cuerpo pequeño y los enormes agujeros de su nariz, Kagsagsuk continuó soportándolo todo hasta que volvió el invierno. El mar se heló por completo y los hombres tuvieron que renunciar a seguir cazando focas. Un día llegaron varios cazadores al iglú y contaron que habían visto tres osos trepando la ladera de un iceberg. Pero nadie se atrevía a salir para atacarlos.

Entonces Kagsagsuk se ajustó sus viejas botas y sus andrajosas ropas y partió. Todos se burlaron de él y propusieron aumentar su velocidad impulsándolo a patadas.

Pero Kagsagsuk echó a correr. Pasaba entre los demás como si fueran un cardumen de pececitos. Corría a tal velocidad que los talones parecían llegar a la altura de su cuello y la nieve pulverizada a su paso formaba un arco iris. La gente del iglú lo miraba con enorme asombro. Varios lo siguieron, aunque no lo pudieron alcanzar.

El muchacho llegó a donde estaba el primer oso, que levantó una de sus garras hacia él. De un solo golpe podría haberlo despedazado. Pero Kagsagsuk lo agarró de las patas delanteras y lo arrojó contra la pared del Iceberg con tanta fuerza que lo partió en dos.

–¡Arrancad la piel, tomad la grasa, dividid la carne! –gritó a los que le miraban asombrados.

Todos esperaban que los otros dos osos lo mataran. Sin embargo, Kagsagsuk los levantó por las patas traseras y los revoleó hasta matarlos, golpeando con sus cuerpos a los espectadores.

–Este hombre me trató muy mal –gritaba–. ¡Y éste todavía peor!

Cuando Kagsagsuk llegó al iglú, todos estaban aterrados. Él se quedó parado como siempre a la entrada del pasadizo y se negó a entrar a menos que alguien lo levantara de los agujeros de la nariz. Sólo su madre adoptiva se atrevió a hacerlo.

Ahora todos eran amables con él. Le ofrecían el mejor lugar para sentarse, donde una espesa piel cubría el banco. Las muchachas se peleaban por ofrecerle sus tejidos, todos querían cederle el sitio de honor.

Después de la cena una jovencita se acercó para ofrecerle agua. Kagsagsuk tomó un trago, la atrajo con suavidad agradeciéndole la gentileza y finalmente la abrazó. Con tanta fuerza la abrazó que la sangre le salió a borbotones de la boca.

–Me parece que reventó –observó Kagsagsuk.

–No importa –le dijeron muy asustados los padres de la muchacha-. No servía más que para traer agua.

Después, cuando los más jóvenes entraron a la cabaña, Kagsagsuk los llamó a su lado.

–¡Qué grandes cazadores de focas serán! –les dijo. Y comenzó a estrujar algunos hasta la muerte, mientras a otros les arrancaba los brazos y los pies.

–No importa –decían los padres–. Éste no servía para nada. Sólo sabía disparar un poquito.

Pero tanta cortesía llegaba tarde. Kagsagsuk fue matando uno por uno a todos los ocupantes del iglú, hasta que no quedó ninguno vivo. Solamente perdonó a su madre adoptiva y a los pocos que no le habían atormentado cuando no podía defenderse.

Se quedó a vivir allí, de las provisiones que habían almacenado para el invierno. Con las mejores canoas aprendió a navegar y a cazar. Kagsagsuk recorrió el sur y el norte con su kayak, asombrando a todo el país de los Inuit con su enorme fuerza y sus hazañas extraordinarias.

Ana María Shua

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