“La sultana de la cueva mora”

José Ortiz-Echagüe. Mora de Fez (1912).

 “La sultana de la cueva mora”

“Madre, cuénteme otra vez el cuento”.
“¿Cuál, hijín?, ¿El de la Cueva Mora?”.
“Sí…sí, ese, ese el de la Cueva Mora”, respondía yo con inusitada alegría infantil.

Desde ese mismo momento sobre sus piernas ya sentado, me asía tiernamente en sus brazos, abrazado, y con una ilusión permanente y a su tierruca añorando, empezaba así el cuento y así los dos íbamos soñando.

Allá, muy lejos, muy lejos de aquí, en bellas tierras lejanas, lugar donde nací, las montañas son tan altas y esbeltas que al cielo retan sin fin; de verdes valles adornadas, de ríos jugueteando entre sí, hasta el mar iban llevando rumores de la Cueva sultana mora que buscaba un elixir.

Así, de este modo, transcurrieron mis primeros años y cuando aún era menos niño, lo que me relataba con cariño, pregunté, si un cuento era o leyenda fuera, la historia de la Cueva.

De mis abuelos ya escucharon, hijo, de los suyos esta narración y así el tiempo voló hasta nosotros esta historia que perdura en nuestra memoria en su noble tradición.

Años venideros pasaron, mi corazón nunca olvidó, y la curiosidad en mi despertó los sentimientos de esta historia. ¿Será, tal vez, un entrañable cuento? ¿O una leyenda ignota? No, por cierto, me dije, porque nunca existe, si detrás no hay una bella historia.

Desde la penumbra ya de mis recuerdos no sabría decirte de la naturaleza de ésta historia; lo que sí encontrarás es una verdad muy meritoria si atiendes a este relato de la Cueva mora.

Érase que era la historia y la leyenda, su compañera, que desde los tiempos muy lejanos, juntas viajaron y hasta nosotros llegaron vivencias como ésta.

Todo comenzó cuando de las tórridas arenas del desierto, hombres intrépidos, invadieron a pacíficas gentes de las fértiles tierras hispanas y a nuevas leyes obligaron de una neófita religión supeditadas.

Hombres, mujeres y niños, con sus ideales quebrados, firmes unos, en su fe permanecieron; otros, tras las cántabras murallas sus reliquias llevaron y así su fe conservaron.

Libres eran y cautivos fueran de mahometanos, los cristianos; endechas musitaban en oscuras mazmorras paganas; en sus corazones la angustia afloraba; sin vivir, existían…el tiempo se congelaba. ¿Por qué cantáis esas tristes canciones, que hieren el alma, si tenéis cobijo, pan y oraciones?

Cadenas portaban, a trabajos muy duros, los cristianos ya sin esperanza.

¡Un momento….!. ¿No oís?. Escuchad la gran algarabía del pueblo que a su paso admira a la joven sultana querida del sultán más aguerrido que a los nobles cristianos doblegó y a su pueblo dejó cautivo.

Era la sultana una joven mujer que frisaba la edad de veinte años; atractiva ella, de undosa cabellera negra, de ojos negros, muy negros, que la hacían más bella por lo que guardaban de misterio.

Gustaba en adornarse con ricas ajorcas de oro y plata; y de su juvenil cuerpo, perfumes y aromas de frutos secos.

Amante era de su pueblo; rigurosa en la observancia de las leyes y costumbres que la religión manda y por doquiera iba exhortando a sus vasallos, desde el zoco a la medina, desde las mezquitas a las alcazabas, a formar una nueva raza.

Yendo y viniendo días, en un alegre atardecer de primavera con un crepúsculo de vivos colores y azahares olores que se expandían sobre la tierra entera, engalanada paseabase la sultana, no en un palafrén sino sobre un brioso corcel ricamente enjaezado cuando a lo lejos avistó a un grupo de esclavos volver a sus mazmorras otra vez.

Cabizbajos todos menos uno, al ver a la sultana pasar con dulce voz sonora y firme así empezó hablar: ”Mi señora…., ya miedo no tengo, mi barba entre canas está, teneis unos ojos bonitos y misteriosos, mas debéis el elixir de la luz buscar para que al fin sean los más hermosos.”

Tanta curiosidad y deseo en ella despertó que por todo el sultanato buscó de quien supiera conocer el elixir para sus ojos convertir y los más hermosos de ver que aquel esclavo cristiano predijera cuando a sus mazmorras volviera otra vez.

La media luna triste quedó; nunca oyó ni el pueblo encontró el elixir que a la sultana hiciera feliz.

Por tu bien, esclavo cristiano, y por Alá, me dirás sin engaño, donde se halla ese elixir de luz para que mis ojos brillen con esa virtud y sean los más hermosos del sultanato.

“Mi señora, luengos caminos hacia el norte recorrerás y entre frondosos árboles uno buscarás cuya madera, si llegaras a tocar, tus ojos, al momento, los más bellos y hermosos se tornarán”.

Muchos días transcurrieron; día y noche caminó entre frondosos árboles y senderos, un valle de luz y color, tras las cumbres más altas, la sultana mora allí encontró.

Cuantas veces a los lugareños preguntaba sobre ese árbol tan singular tantas eran sus respuestas de negada incredulidad.

Día tras día, la sultana mora escuchó a un hombre bueno y sabio, monje de una Cueva Santa que una reliquia de madera guardaba en su interior, y que siempre rezaba y a todos exhortaba con profunda humildad que las enseñanzas de Jesucristo de amar al prójimo como a ti mismo y aún al enemigo, se cumplieran por igual.

La vida de Jesús escuchó; de sus enseñanzas aprendió que es ejemplo de amor el símbolo de la Cruz; allí la reliquia besó de ese Árbol singular y al momento comprendió que los ojos bellos son cuando se sabe amar.

Bellos, los ojos negros
de profunda mirada,
muy hermosos son verlos
de mora enamorada.
Perlas son de ternura,
sus lágrimas derramadas,
a Dios ve en las alturas,
la mora enamorada.
Con Jesucristo en la Cruz
en cueva su morada,
allí encontró la Luz
la mora enamorada.
Roto de ira el sultán, desde su alcazaba a Munuza mandó llamar; que reuniese a sus más valientes guerreros y a la sultana fueran a buscar y con éste sigilo secreto les ordenó marchar: Toma mi cimitarra
id a tierra cristiana
y romped el hechizo
y matad al que quiso
amar a mi sultana.

Al norte de la Peña Ventosa, un pórtico de gloria adorna a la Cueva mora entre farallones de piedra cual soldados que esperan a la sultana mora que caminando vuelve desde el Molín de los Moros, allá en Bedoya, de avistar la Cueva Santa al pie del monte de la Viorna; su interior plagado está de hermosas imágenes labradas en finas rocas; unas del techo colgando cual ángeles y santos con su estela bajando y subiendo y otras, peregrinantes y orantes, contemplando, sobre el frío suelo; aquí vivió como ermitaña y se durmió en feliz sueño, la santa sultana, ejemplo de divinos anhelos.

Fiel a su misión encomendada, Munuza con sus tropas por doquier buscó, ya en valles, ya en montañas, por mares y ríos llegó, y hasta la Cueva mora encontrara en el valle de la luz y el amor, a la atractiva sultana yacente que dormitada estaba con una sonrisa candor.

Con pasos sigilosos y miradas incrédulas, allí entre las nieblas, Munuza a sus tropas arengó que, por Alá, ninguna imagen tallada en la Cueva quedara y derrumbasen su interior.

Cuentan las crónicas de la historia que, un argayo, sino divino, a las tropas moras sucumbió en su trágico destino, cuando, bajo las frías aguas corrientes del río Deva naciente, huían a través de los quebrados Picos.

Y si vierais mi imagen en llanto, labrada en fría roca y ya yacente en la cueva entre las ruinas, rota, no os aflijeis por mí, ya logré la Luz, la Vida y la Gloria, toda.

¿Qué sería del hombre, sin la Luz que le ilumine? Cual oscura Luna, un errante astro sin destino que en el firmamento sólo se mueve; o con luz, un bello rostro que con amor mira ó un ser esquivo que entre la niebla desaparece.

Vivir un espejismo de vida es, al igual que la Luna cuando brille y en el mar riele ó veas que se baña en sus aguas y en sus olas se mece.

¡Silencio…. !, ¡Meditad…!
Que mi niño querido
con sueños ya dormido
en mis brazos está.

Miguel Ángel Prieto Cuevas

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