La Escultura

Diálogo entre Leonardo Boff y el Dalai Lama

“En una mesa redonda sobre religión y paz entre los pueblos, en la que ambos (el Dalai Lama y yo) participábamos. Maliciosamente, pero también con interés teológico, le pregunte en mi inglés defectuoso:

– “Santidad, ¿cuál es la mejor religión?”

Esperaba que dijera: “El budismo tibetano o las religiones orientales, mucho más antiguas que el cristianismo…”
El Dalai Lama hizo una pequeña pausa, sonrió, me miró fijamente a los ojos – lo que me desconcertó un poco porque yo sabía la malicia contenida en la pregunta – y afirmó:

– “La mejor religión es la que te aproxima más a Dios, al Infinito. Es aquella que te hace mejor”.

Para salir de la perplejidad ante tan sabia respuesta, pregunté:
– “¿Qué es lo que me hace mejor?”
El respondió:

– “Aquello que te hace más compasivo, más sensible, más desapegado, más amoroso, más humanitario, más responsable, más ético… La religión que consiga hacer eso de ti es la mejor religión”.
Callé, maravillado, y hasta este día estoy ponderando su respuesta sabia e irrefutable…

Leonardo Boff

La Escultura

Érase una vez un rey con un gran sentido espiritual. Se trataba de un hombre profundamente místico y que no se adscribía s ningún credo religioso en particular. Era tolerante y respetuoso y no quería morir sin dejar, como recuerdo de su espiritualidad, una gran escultura con un mensaje metafísico de carácter universal. Llamó al más célebre escultor de la corte y le explicó:

-Amigo mio, deseo que hagas una escultura con un sentido espiritual, pero que no represente a ninguna religión en particular.

Durante muchos meses el escultor trabajó pacientemente.

Hizo la preciosa escultura de un rostro de inefable hermosura. La escultura se colocó en un santuario que se edificó para tal fin. El monarca, muy satisfecho, inauguró el santuario. Unos días después tuvo noticias de que en el santuario se producían grandes enzarzadas disputas y que no sólo había habido insultos y amenazas entre los presentes, sino incluso heridos de gravedad.

-¿por qué?- preguntó perplejo el monarca.

Uno de sus ministros le explicó:

-Señor, llegan los cristianos y aseguran que la escultura representa a Jesús; la contemplan los mahometanos y dicen que representa a Mahoma; los hindúes aseveran que se trata de Krishna y los sikks de Gurú Nanak; para los jainistas no es otro que Mahavira y para los budistas, el mismo Buda. Y así comienzan a porfiar, se insultan y llegan a las manos, produciéndose heridos de gravedad.

El monarca se sintió muy apesadumbrado. Tras unos instantes de reflexión, ordenó:

-¡Que destruyan ahora mismo la escultura! No son capaces de ver lo que está más allá de la escultura porque no son capaces de ver más allá de sus narices.

Tomás Linares

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