El río

“Ningún hombre pisa el mismo río dos veces, porque no será el mismo río y él no será el mismo hombre”. Heráclito.

Río Iregua a su paso por Viguera (La Rioja), foto J.L.Soba

El río

Dice Delia Prado que Dios una vez por otra la castiga. Toma de la poesía; ella ve hacia una piedra y sólo ve la piedra misma. La poesía nace por la fuerza de la mirada que hace incidir sobre los objetos una luz mágica, transformándolos en cristal. Pueden quedar transparentes, dejando que se vea a través de ellos (como en el caso de Cristo en el lienzo de la última cena, de Salvador Dalhí), o se transforman en cristales, pasando a mostrar imágenes reflejadas de cosas ausentes como demostró Lewis Carroll, haciendo a Alicia atravesar el cristal y entrar en el mundo de las imágenes espectaculares. Escher el dibujante holandés hizo un lindo grabado de eso. Así son las entidades con la que los poetas hacen sus poemas, objetos fantásticos, porta sueños.

Bachelard miró la llama de una vela que se apagaba, el objeto porta sueños, pero vio más que eso, vio un sol que se moría. Continuó su mirada y el sol agonizante se transformo en otra cosa, en “llama húmeda, líquido ardiente que escurría hacia lo alto, hacia el cielo, como un riachuelo vertical”

Al medio día el cielo es una bóveda de ágata azul, inmóvil y eterna. Al crepúsculo la piedra se derretía, se cambia el azul a amarillo, verde, rosa, naranja, rojo, hasta desaparecer en el abismo oscuro al caer la noche.

Todo lo que es sólido se derrite en el crepúsculo. “nadie puede entrar al mismo río dos veces”, decía Heráclito: el ser del río es, un permanente dejar de ser. Puedo imaginar que esa fue la tristeza de Narciso que le llevó a la muerte, la belleza de su rostro era líquida, no se podía poseer, se deslizaba y desaparecía siempre a las manos que intentaban agarrarla. El crepúsculo y el río nos informan que nada tenemos. Es imposible sumar solo podemos restar… somos, no por accidente, sino metafísicamente no podemos escapar a los lamentos. “El río es viajero de sí mismo, es su propio viaje”, Dice Heráclito Brito en uno de sus poemas “El río es un permanente hacerse distante de lo que estaba próximo, todo es despedida,” “todo muelle es una añoranza de piedra” dice çlvaro de Campos, “el muelle es el lugar donde lo sólido desaparece en lo líquido, lo que queda es el espacio vacío…”

Divagando como psicoanalista sobre la filosofía de Parménides y no como filósofo, pues a los filósofos la divagación le es prohibida, imagino que su pensamiento nacía bajo la luz del medio día, cuando todo parece parado, el tiempo, suspenso, el ser apareciendo como cosa inmóvil y eterna. Heráclito entre tanto, el filósofo del fuego y del río, ciertamente amaba dejar que sus pensamientos fueran llevados por las aguas del río, especialmente cuando en él se reflejaban los colores del sol ardiente. El podría estar arrepentido, como poeta taoísta, el corto verso que todo resume “El sonido del agua dice lo que pienso” que grandes amigos podrían haber sido Heráclito y Monet. Monet pasaba el día entero pintando continuamente lienzos del mismo monte de heno, perdón fue un momento… si ellos me escucharan decir “el mismo” monte de heno, él me corregiría y me diría que la luz es un río que corre, y que a cada cambio de luz, el monte de heno se transformaría en otro, de la misma manera como no se puede entrar dos veces al mismo río, no se puede pintar dos veces el mismo objeto. Todo es líquido e incierto…

En su libro Tao- El camino de las aguas, Alan Watts dice lo siguiente:

Especialmente a medida en que uno se va haciendo viejo, se torna cada vez más que las cosas no tienen fondo, pues el tiempo parece pasar cada vez más rápido, de manera que nos volvemos concientes de la liquidez de los sólidos; las personas y las cosas quedan parecidas con reflejos y arrugas efímeras en la superficie del agua.

Guimarães Rosa escribió uno de los cuentos más misterios que he leído, “El tercer margen del río”. Un cuento misterioso es un cuento que permanece en nuestros pensamientos, como enigma no resuelto. Es la historia de un padre que en cierto momento de su vida resolvió cambiar de tierra, casa, mujer e hijos, por las aguas del río. Mandó hacer una canoa de madera buena que durase por lo menos 30 años, e indiferente a los afligidos gritos de la mujer, sin dar explicación alguna, tomó la canoa, hizo un adiós con los ojos y entró al río, para nunca jamás volver. No, aunque no fue a ningún lugar. No desapareció. Generalmente se usa la canoa y el río para ir a algún lugar, él uso la canoa y el río para ir a ninguna parte, sólo para quedarse en el río navegando. “Al tercer margen del río” extraño título este, porque los ríos sólo tienen dos márgenes. ¿Qué sería el tercer margen? ¿El tiempo? Tal vez fue eso, el tercer margen del río son las arenas, las espumas que el río va dejando en la cabeza de la gente en forma de palabras y poemas. Tempos fugit: “no es eterno, puesto que es llama” y sólo lo que el río dice.

Guimarães Rosa hace una extraña confesión. Dice que le gustaría ser un cocodrilo,

(…) porque amo los grandes ríos, pues son profundos como el alma de los hombres. En la superficie son mucho más vivaces y claros, pero en las profundidades son tranquilos y obscuros como los sufrimientos de los hombres. Amo aún más una cosa de nuestros grandes ríos: su eternidad, si río es una palabra mágica para conjugar eternidad…

Curioso esto, que en el río lo efímero y lo eterno estén juntos… Vaseduva, el barquero fue discípulo del río por toda la vida. Y aprenderá tanto que hasta podrá dar lecciones a Sidarta… “El río sabe todas las cosas, de él se pueden aprender todas las cosas. Las voces de todas las criaturas vivas pueden ser oídas a una sola voz. Y así ellos se asentaban juntos en el tronco de los árboles al caer la noche. Escuchaban el agua en silencio, agua que para ellos no era sólo agua, sino la voz de la vida, la voz del ser, de la transformación eterna…”

Rubem Alves

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