El verdadero amo del mundo

Cuadro del artista surrealista polaco Igor Morski

El verdadero amo del mundo

¿Sabe usted, mi querido señor don Emerenciano la verdad de las cosas?

—Si usted no me la dice…

—Pues la verdad de las cosas es que nosotros en el mundo constituimos un simple accidente, un núcleo efímero de energías, una… ¿cómo se lo diré a usted? ¡una despensa ambulante!

Non intelligo.

—Sí, mi señor don Emerenciano, una despensa ambulante destinada a los microbios. El hombre es un comestible; el microbio, el verdadero comensal de este banquete de la vida. ¿Usted sabe en qué consiste o a qué se llama la fagocitosis?…

—Alguna vez me ha hablado usted de ella.

—Pues la fagocitosis no es más que la operación por ministerio de la cual los glóbulos blancos, o leucocitos, se tragan a los microbios que encuentran en nuestros tejidos y los disuelven en su organismo.

—¡Oh admirable disposición! ¡Oh sabia economía de la naturaleza! ¡Oh denodados defensores del hombre!—exclamaría Metchnikoff, y con él todos los sabios de los Institutos Pasteur.

—No, mi querido señor don Emerenciano; ¡qué admirable disposición, qué defensores denodados ni qué ocho cuartos! Lo que pasa aquí es todo lo contrario. Se ha puesto al gato a que cuide la carne. El hombre es un proveedor de microbios para los leucocitos. Acarréales a diario algunos centenares de miles, y cuando, por su desgracia, no puede ya saciar la desmedida voracidad de los tales, éstos se comen tranquilamente las células sanas, de donde la vejez… de donde la muerte…

—Pero eso que usted dice es desconsolador para el «Rey de la creación».
— El Rey de la creación, ¡oh don Emerenciano!, es el microbio, el invisible, el imponderable, el misterioso… el inmortal. Y es un rey inteligente y es un rey malo— malo para nosotros—; ¿pero usted ha visto seres verdaderamente inteligentes a quienes no se acuse de maldad? Se les acusa, porque la finalidad de sus actos no es comprendida por las masas. ¡El comido nunca quiere hacer justicia al comedor! Hay crueldades aparentes que constituyen en el fondo profundas misericordias. Llamamos nocivos a los microbios, porque nos matan, de la propia suerte que el carnero o el buey nos llamarían nocivos porque los devoramos… Mas es preciso que el microbio viva, ya que cumple un destino superior a nuestro mísero destino y para él está hecho el mundo, el mundo que él construyó, porque ¿quién amasó los continentes, don Emerenciano? Un animálculo multiplicándose hasta el absurdo; y la vida que vino del mar, ¿por quién empezó? y…

—Pero ¿y cómo puede caber la inteligencia en tal pequeñez?

—Qué tonto es usted, don Emerenciano… ¡Esa objeción no la hubiera formulado un colegial de diez años!… (con perdón de usted) ; ¡qué tiene que ver la inteligencia con dimensiones del órgano pensante! ¿Pues no es mil veces más inteligente la hormiga que el toro? ¡Y no digo que el toro, sino más inteligente que muchos habitantes de Australia o de Borneo! ¡La dimensión es una de las mayores relatividades del planeta, mi señor don Emerenciano! La dimensión no existe más que en nuestro plano vital, como el tiempo… Es decir, no existe en absoluto.

—Bueno, pero no me negará usted que la capacidad craneana…

—¡Qué capacidad craneana ni qué niño muerto!¿No se creyó mucho tiempo que el peso del cerebro era factor esencial para la calidad de la cerebración? Y resulta que la masa encefálica de cualquier Pollet guillotinado pesa más que la de un gran sabio… Convénzase usted, don Emerenciano, los seres, cuanto más pequeños, son más perfectos; más inteligentes y menos perecederos. El infusorio sabe más que el insecto (y está mejor dotado, como que hay algunos que para digerir tienen boca y dentadura en el estómago); el microbio sabe más que el infusorio, y hay microbios perfectamente invisibles, aun para la iluminación soslayada y potente del ultramicroscopio, los cuales gobiernan el mundo. Para que vivan, muriendo vamos nosotros con esta muerte de todos los instantes que se llama Vida… ¡Ni el frío del espacio los aniquila! ¡Cada cometa nos trae nuevos seres de éstos en su cola fosforescente, sembradora de gérmenes a través de los mundos! En el aire y en el éter mismo imponderable, tienen sus palacios, delicados como hebras de ensueño. ¡Y el hombre estúpido sigue forjando teogonías e inflándose de suficiencia!..

Amado Nervo

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