El hombre que buscó la Verdad

“Generalmente, todo hombre que tiene una idea fija acaba convirtiéndose en extravagante para los demás. Lo mismo da que sea vegetariano, espiritista, teósofo, naturista…”. Mario Roso de Luna

Rene Magritte - óleo sobre lienzo - 139 x 105 cm - 1927 - (The Menil Collection (Houston, United States))

El significado de la noche (1927), obra de René Magritte, (The Menil Collection (Houston, Estados Unidos).

El hombre que buscó la Verdad

xaaaqpenadísimo un día cierto buen hombre viendo que en el mundo había menguado del modo más alarmante la Verdad hasta el punto de que se la daba ya por perdida, se dijo:

“Una cosa tan sublime tendrá que hallarse por fuerza en alguna parte, y para ello no tendré sino preguntar por ella a cualquiera de los que me vaya encontrando en mi camino.”

Pero, contra lo que soñó, cuantos fue encontrando le contestaron inevitablemente como si se hubiesen puesto de acuerdo para su daño:

—Es completamente inútil que hagas el tonto buscando la Verdad porque, según cuentan las gentes viejas, cuando ella se perdió lo hizo tan por completo, que ya no está en la Hermandad de los hombres, ni aun en la de aquellos que se llaman buenos.

Fue, pues, donde los frailes estaban, quienes, al interrogarles le dijeron con perfecta donosura: .

—No sólo no está. aquí desde hace muchísimos años, sino

que, no obstante nuestros desvelos, ni sabemos dónde pueda ella estar, ni a muchos mortales les importa un bledo el averiguarlo.

Cada vez más preocupado, fuese el cuitado al Císter, cuya regla severísima no dejaba lugar a dudas respecto de que allí se encontraría la Verdad, caso de encontrarse en alguna parte. Mas; ¡que si quieres! la verdad ni aun se dignó aparecer entre aquellos santos hombres constantemente ocupados con el salvador pensamiento de la muerte.

—Por aquí sí que anduvo antaño bastante tiempo, pero lo que es ahora ninguno de nosotros, abad, fraile, o lego, la vemos hace años ni por el forro —le dijo el más anciano y virtuoso del monasterio—. Debes irte a buscarla pues, fuera de la abadía.

El buen hombre, desesperado ya sin saber qué hacer, se agregó a una de las grandes peregrinaciones que iban camino de Santiago.

“Tal vez algún santo romero la traiga de Roma o de Jerusalén”, se dijo.

Pero su ilusión fue vana también esta vez como las otras. ¡Sin duda la Verdad estaba enterrada bajo el frío mármol del Apóstol bendito de Compostela!

Y el cuitado no se atrevió a intentar la última prueba alzando la losa del sepulcro, porque ello le habría naturalmente costado la vida…

¿Cómo había de encontrar el buen hombre la Verdad, si ella es la irreconciliable enemiga de todas nuestras pasiones miserables?

Mario Rozo de Luna, de su libro “Por el reino encantado de Maya”.

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