La llamada de los cielos

«Cuán insensato el que pretende buscar la dicha de los hombres en la satisfacción de sus deseos, creyendo, de tanto mirarlos andar, que lo que ante todo cuenta para el hombre es el alcanzar el fin. Como si hubiera algún fin». Antoine de Saint-Exupéry

Foto de J. Barrueso

La llamada de los cielos

Cuando los patos silvestres pasan en raudo vuelo, en la época de las migraciones, provocan una extraña agitación en las regiones por donde cruzan. Como atraídos por el inmenso triángulo rumoroso que corta el éter, los patos domésticos tratan también de remontar vuelo y ensayan saltitos grotescos y baten sus alas que el largo cautiverio ha entorpecido y debilitado.

El llamamiento de los grandes espacios azules los aguijonea como un acicate de fuego, y despierta en ellos no sé qué heredados instintos. Así también,un misterioso presentimiento de la verdad se adueña del hombre y lo lleva a descubrir la vacuidad de una existencia cómoda y segura. La voz que estremeció tu ser suena y urge en todos los pechos. Llamémosla sacrificio o poesía ensueño o aventura; es la misma llamada larga y profunda. Y tú corriste al escucharla, sin preocuparte por descifrarla o entenderla. Había llegado la hora que nos exalta hasta las claras alturas del cielo.

Como el pato en su corral, te sentiste sacudido y arrebatado por una fuerza arcana e irresistible de la cual nadie te había hablado jamás.

Sólo quien comparte con otros hombres un ideal noble y desinteresado puede respirar el aire de la libertad. La vida nos ha enseñado que el amor no consiste en mirarnos los unos a los otros, sino en mirar juntos en una misma dirección. No hay más camaradería que la que se funda en un común y altísimo esfuerzo.

En un mundo que se ha convertido en un desierto, tenemos hambre y sed de camaradería. El sabor del pan compartido es el que nos hace aceptar la guerra. Pero no necesitamos de la guerra para encontrar y sentir el tibio contacto de otros hombres en nuestra carrera hacia la misma meta. Sólo cuando cobremos plena conciencia de nuestra misión en la vida, por modesta y oscura que sea, podremos alcanzar las rosadas orillas de la felicidad.

Todo el que sea capaz de sentir la belleza y el ritmo de un poema, los acordes divinos de una composición musical, de compartir gustoso y alegre su pan con los camaradas; todo el que sienta esas emociones inefables , abrirá las ventanas de su alma al viento que, desde la orilla misteriosa, viene sobre el mar infinito a purificarnos y refrescarnos, y hablará un lenguaje de universal significación y valor. Pero son muchos los que nunca abren los ojos al milagroso sol de la mañana.

Antoine de Saint-Exupéry

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