“Xólotl”

Xólotl en la mitología mexica y tolteca es el dios del ocaso, de los espíritus, de los gemelos y del Venus vespertino, el cual ayudaba a los muertos en su viaje al Mictlán, señor de la estrella de la tarde (Venus) y del inframundo.

Xólotl se le considera portador e infierno del fuego. Es el gemelo de Quetzalcóatl. Protege al Sol cuando viaja a través del inframundo durante la noche. También llevó adelante al género humano y le entregó el fuego de la sabiduría. En el arte, Xólotl fue representado como un esqueleto, un hombre con cabeza de perro, “xólotl” también puede significar un animal monstruoso con pies invertidos en náhuatl, la lengua azteca. Es identificado con Xócotl como el dios azteca del fuego.  Wikipedia

xXolotl by Pete Katz

Xolotl, cuadro de Pete Katz

“Xólotl”

“La multitud gritaba enardecida, los alaridos se elevaban como anunciando una muerte macabra, serian soltados los perros de guerra; los Alanos; traídos de la península ibérica”.

“En el centro de aquel patio, un indio semidesnudo, sentía flaquear sus fuerzas, miraba alrededor, veía a sus verdugos con las gargantas abiertas, y de entre los dientes correr hilos de baba gruesa; el solo estaba armado con un garrote, sabía lo que pasaría, el aperramiento, se enfrentaría a dios Xólotl, su mente divagaba entre luchar por su vida o entregarse a su venerado Dios, inmolándose en su honor”.

“Vio que de unas jaulas de palos retorcidos, dejaron salir a cuatro monstruos con las orejas cortadas al ras de su testa, de un porte esbelto, musculoso y enormes, con las centellas fulgurantes amarillas, plagadas de hilos sanguíneos, la lengua salía cual víbora amenazante, de la que colgaba una masa viscosa, oscura caverna flanqueada por una hilera de cuchillos blanquecinos y maloliente, ladrido estremecedor y demoniaco”.

“La hora estaba marcada, era entregarse o luchar”.

“Los perros bermejos se abalanzaron sin temor alguno, saltando dispuestos a matar, el indígena los recibió a palos, el instinto pudo más que sus creencias, ataco a los perros sin misericordia; el dios dejo de ser, el dios había muerto, el estaba entregado a sobrevivir”.

“Un perro logro apoderarse de la mantequilla suave, los peroneos se desgarraron entre sus afilados colmillos, la sangre brotó, los animales se excitaron, la comida estaba ofreciendo su mejor aroma, los invitaba inevitablemente al festín”.

“El dolor fue agudo, cayendo de rodillas, no por que estuviera orando; la rodilla se incrustó en la grava y el polvo, el garrote voló decidido a la cabeza incrustada en su pierna”.

“El golpe fue contundente, el perro se desplomo sin vida a su lado. La vida le volvió al cuerpo, se animó, un enemigo menos, solo quedaban tres, regreso con mayor ímpetu a la batalla, estaba decidido a salir con vida de aquella empresa”.

“Entonces el conquistador venido de Extremadura, dejo escapar su voz, desde lo poblado de su rostro barbado”.

“-Que falible método de tortura es este, solo una pequeña herida; y una de las bestias muertas; quiero a ese indígena muerto, haz algo”.

“Su interlocutor; hombre menudo, vasallo de aquel señorón; pero con algo de poder por estos lares, algo nervioso dijo –Suelten a Amadís, para emperrar a ese indio insolente-“.

“El encargado de las jaulas en su desesperación por obedecer a su patrón, choco contra ellas, dejando escapar a seis perros más, entre dogos, lebreles y un Ixcuintla negro y pelón. Al menos eso era lo que alcanzaba a ver el indio. Poco le importaron los perros al hombre que dignamente confrontaba a la muerte, se hincó, vio directamente al perro calvo, y sin titubeos comenzó a rezar. La jauría se amontonó a su alrededor…”

“El dolor cesó, el indio abrió los ojos impresionado, quería saber que estaba pasando, entonces fue recibido por la lamida del animal bermejo al que le diera muerte, se paro, y vio alrededor, estaba a la orilla de un río, su única compañía era el canino, el cual lo miraba sin parpadear un poco, echado en sus patas traseras y dejando colgada su lengua, aquel animal que momentos antes era el peor de los monstruos, se transformo en dócil”.

“Al otro lado del río había unas personas; empezó a reconocer que varios familiares y amigos… lo venían a recibir, tomo al xólotlitzcuintli del cuello y juntos cruzaron la corriente por última vez”.

Gabriel Corona Ibarra Córdoba, en “Grimorio de la muerte” (Tepic, edición 2010).

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