El tesoro escondido

“Buscamos la felicidad, pero sin saber dónde, como los borrachos buscan su casa, sabiendo que tienen una”. Voltaire

La Felicidad Eterna (1813), de Jose De Madrazo,Museo del Prado, Madrid.

La Felicidad Eterna (1813), de José De Madrazo,Museo del Prado, Madrid.

El tesoro escondido

xee47scrito está en letras de fuego en los viejos libros iniciáticos que consultó Platón para escribir su Banquete de los dioses, que los hombres de la Edad de Oro alcanzaron tal felicidad, tan inmenso saber y un poder tan gigantesco, que los dioses sintieron envidia hacia ellos, temiendo muy fundadamente que les usurpasen los hombres algún día todo su inmenso y secular poderío.

Diéronse, pues, trazas un día los dioses de lograr arrebatar el tesoro de la felicidad a los mortales, quienes, al perder tamaña riqueza, cayeron bien pronto en la orfandad y en la abnegaci6n más tristes. En ese mismo y desdichadísimo estado de miseria en que hoy le adivina la ciencia de la Prehistoria.

Pero, como sucede siempre, no cayeron en la cuenta los dioses de que tamaño despojo tenía una segunda parte archipeliaguda, a saber, que los hombres, como buenos

rebeldes de nacimiento, no se resignaron jamás con aquella su desgracia, sino que trataron desde el primer día, que siguió

al despojo, de reconquistar el tesoro perdido. Con ello se anticipaban simplemente a la. famosísima empresa que muchos siglos más tarde intentaron los griegos de Jassón cuando fueron en busca del áureo “Vellocino” de la Cólquide o “Calc fdica”.

No cabe en lengua humana en efecto la narración de los locos, de los inauditos esfuerzos que, desde entonces, siglo tras siglo e instante tras instante, lleva realizados la Humanidad para reconquistar lo que antaño le fue robado de tan protervo modo. Tanto, que los dioses se convencieron bien pronto de que estaban perdidos a la corta o a la larga si no escondían convenientemente el “Tesoro de la Felicidad” en un sitio tal y tan oculto que jamás volviesen, a dar con él los pícaros hombres.

—Pero, ¿dónde está ese adecuado sitio para que sirva de escondite? —se preguntaron los dioses llenos de preocupación.

¡En las entrañas más recónditas de los montes más enhiestos! —dijo uno de ellos.

—Sí, ¡buen escondite —replicó otro—, cuando esos terribles “nibelungos” vendrían bien pronto con sus minas y trabajos de topos, hasta sacarle de nuevo a luz…

—Sumerjámosle, pues, en lo profundo del Océano —dijo un tercero.

—…De dónde le sacarán un día con sus buzos malditos, con sus redes o con sus submarinos —opuso el de antes.

Y así cada uno de los dioses fue formulando sucesivamente el expediente salvador que le dictaba su prudencia, ora de ocultar el Tesoro en las cumbres nevadas, ora en el antro de los volcanes, bien, en fin, en las nubes y capas atmosféricas. Pero el espectro de “skis”, del aeroplano, del dirigible, de la radiotelegrafía, etcétera, hacía bien pronto comprender a los dioses que ni en tales sitios estaba el tesoro seguro. Ningún lugar había absolutamente seguro para ocultarlo pues los hombres (que son dioses también sólo que lo han olvidado porque bebieron antaño las soporíferas aguas del Leteo que les tiene

dormidos desde entonces), despertarán al fin algún día de tamaño letargo o “encantamiento” y ¡ay, luego, de los dioses!, porque sonará para ellos la hora de su ocaso, al tenor de lo que después ha dicho San Pablo, de que hasta los ángeles serían juzgados un día por los hombres, y al tenor también de lo que Wagner nos ha cantado gigante en la última parte de su drama musical El Anillo de Nibelungo…

Deseando acabar de una vez con tantas perplejidades, el más experto de los dioses —no se sabe bien si Narada o Mercurio— les dio al fin a sus compañeros este consejo práctico, expedito, infalible:

— ¡Necios! Si queréis que el hombre jamás encuentre lo que busca, esconded su Tesoro en su propio e inconstante corazón… Seguros de que, mientras de mil modos se afanen en buscar fuera el perdido “Vellocino”, no se le ocurrirá ni una sola vez mirar a su propio interior pensando lógicamente que si, en justicia, el Tesoro es suyo, en verdad este último no se podrá apartar jamás del hombre mismo, al tenor de las leyes inexorables del Karma, es de la Justicia que sujeta a los hombres… de igual modo que a los dioses.

El consejo fue aceptado por unanimidad y seguido al pie de la letra. El Tesoro, por arte mágico poco o nada, explicable para nuestra obtusa mente, hubo así de pasar al corazón de todos y de cada uno de los mortales, quienes aunque notaron luego algo extraño en sí propios, ni remotamente pudieron pensar que aquel “algo” era precisamente lo que con tan insaciable ahínco habían perdido. ¡Así, mientras buscaban el Tesoro, resultó lo llevaban dentro a todas partes, y ellos no lo sabían!

Pasaron de este modo cruel edades tras edades, con gran mofa y escarnio por parte de los dioses, quienes, desde sus alturas olímpicas, veían cómo y de qué manera, por la busca de un vano fantasma de felicidad, los dormidos hombres se destrozaban como fieras unos a otros.

Pero los inmortales no contaban con lo que fatalmente tuvo que cumplirse, al fin, es a saber que llegó la plenitud de los tiempos anunciada por la profecía, es decir el día, augusto en que el titán Prometeo, extendiendo su brazo gallardo, encendió la Antorcha del Pensamiento en ese mismo e inextinguible Fuego de Amor que alimenta al Sol y hace resplandecer a los cielos. Con la antorcha mental así encendida fue despertando sucesivamente y más o menos en todos los hombres un fuego igual al suyo primitivo. A los destellos de semejante Luz, pudieron mirar al fin, en el fondo de su pecho: ¡allí vieron brillar más pura que nunca al “Ascua de Oro”: ¡el Tesoro de la Felicidad Oculta!

Desde entonces los hombres se esforzaron más y más en sacar fuera de nuevo el Tesoro, como lo estaba antaño, pero para ello les faltaba un punto de apoyo, como a Arquímedes para levantar el mundo. Y así siguieron no poco tiempo, hasta que alguien hubo de inventar un artefacto mental, verdaderamente pasmoso, sin segundo, con el que desde entonces, viene explotándose, sin que se extinga, la divina MINA…

“Este artefacto del pensamiento, movido por el sentimiento y montado sobre diamantinos ejes de verdad que nadie ni nada puede destruir, se llamó FILOSOFIA.”

Y en el frontispicio del templo, donde el artefacto se guarda desde aquel día feliz, oculto cuidadosamente a las miradas e indiscreciones profanas de los que son malos porque son ignorantes, aparece desde entonces escrito:

¡NOSCE TE IPSUM!

o sea, en castellano:

OH HOMBRE, ¡CONOCETE A TI MISMO!

Mario Rozo de Luna, en  su libro “Por el reino encantado de Maya”, Parábolas y símbolos

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