Los mitos de la cordura

«Creo que todos tenemos un poco de esa bella locura que nos mantiene andando cuando todo alrededor es tan insanamente cuerdo». Julio Cortázar

“Folie conduisant le char d’Amour” 1848, Giuseppe Bezzuolide Giuseppe Bezzuoli. Pintura al óleo. Gallery degli Uffizi – Galería de Arte Moderno, Palazzo Pitti, Florencia, Italia

“la locura conduciendo el carro del amor” (1848), de Giuseppe Bezzuoli. Gallery degli Uffizi – Galería de Arte Moderno, Palazzo Pitti, Florencia, Italia.

Los mitos de la cordura

George Bernard Shaw afirmó alguna vez que en el mundo sólo había dos clases de personas: Las razonables y las no razonables.

Todos quisiéramos estar del lado de la gente razonable. Pero -afirma Shaw- es gracias a las no razonables que el mundo puede progresar.

Entre la cordura y la locura está el resquicio por el que el genio se asoma. Ser inflexiblemente cuerdo siempre es coincidir con el espejo social que privilegia -las acciones del que razona su conducta antes de actuar-.

Del otro lado está el que llaman loco, cuya misma naturaleza es rechazada automáticamente porque sus acciones van contra la corriente: Navegar río arriba siempre es más complicado y menos entendible para el que se considera cuerdo. Pero, en un segundo pensamiento, podríamos concluir que gracias a la locura de tantos, efectivamente este mundo sigue adelante.

La locura de muchos artistas ha poblado de bellas expresiones casi cada rincón de este planeta. La aparente loca necedad de Miguel Ángel, en contra de los deseos de Julio II, nos dejó la inconmensurable hermosura de la Capilla Sixtina.

Los delirios de Dante Alighieri nos legaron La Divina Comedia.

Los desvaríos de Van Gogh nos heredaron, entre muchas otras cosas, sus hermosos girasoles.

Galileo, Colon, Erasmo de Rotterdam, Tomas de Aquino, Bertrand Rusell y Kant, todos fueron considerados en su tiempo gente extraña, cuyas producciones parecían ser más fruto de febriles confusiones que de claros y definidos objetivos de búsqueda existencial.

Para este mundo es un loco el que pide que ese mismo mundo sea detenido para poder bajarse de él, porque ya no le agrada seguir viendo lo que en él sucede.

Es un loco el que siembra un árbol que tardará años en dar frutos, y que quizás él no verá, pero que en cambio piensa en los que sí los cosecharan.

Es un loco el que todavía confía en la bondad innata del corazón humano.

El que cree, aunque no haya visto.

El que espera contra toda esperanza.

El que ama sin esperar nada a cambio.

El que perdona aunque el que lo ofendió no acepte haber fallado.

El que aun tiene la firme convicción de la amistad sincera.

El que escribe por el solo placer de hacerlo.

El que no busca ser servido sino servir.

El que se deja llevar por el sentimiento, cuando todo el mundo le dice que piense primero.

El que pide solo el pan de cada día y no lo pide para muchos años y poder así asegurar muchos futuros, porque le cree a Dios y no solamente cree en Dios.

¿Puede haber locura mayor que estar enamorado?

¿Puede haber alguien más loco que el que decide ser arrastrado, “triturado como mazorca” arrebatado y consumido por el fuego del amor, aun sabiendo que quizá sea solo una promesa que podrá no ser mantenida?

¿Hay acaso locura más sublime que entregar tu sentimiento a alguien, a quien la sola intuición te dice que fue destinado para ti desde siempre como tu alma gemela y por ello lo haces totalmente participe de tus anhelos?

¿Y puede haber mayor locura que la de una mujer que decide convertirse en madre y llevar en su seno por nueve meses al fruto de su amor y se da por completo a lo que constituye la vida de su vida misma?

La locura de Francisco. de Asís, o de Teresa de Calcuta, o de Martin Luther King. de los que evangelizan por la paz y el bien de los que cuidan al enfermo. Ofrecen su tiempo para consolar al solitario dan más allá de lo que poseen y abren su corazón menesteroso y creen que aun al perder se gana.

Es algo que sin duda al cuerdo le parecerá poco razonable y encontrara muchas razonadas sin razones para no aceptarlo. Y que por eso ocultó la verdadera sabiduría al orgulloso y al petulante y la dio a conocer al sencillo y al humilde.

En la aparente locura de quien enfrenta el desafío de ser juzgado como loco porque realiza lo irrazonable y desecha la cordura tantas veces infecunda, está finalmente la razón por la que Dios decidió privilegiar lo que el mundo impensadamente desprecia.

Jorge Luis Borges lo expresa de una manera categóricamente tardía, en su bello poema ”Instantes”:

“Quizás en el recuento final de la meditada cordura
con la que siempre tratamos de conducirnos,
encontremos el error de no haber sido lo suficientemente valientes

para de vez en cuando ser lo bastante locos como para vivir realmente”.

Y eso es lo que nos hubiera convertido paradójicamente en los más cuerdos de todos.

Rubén Núñez

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