La Bella Durmiente

“No es posible amar a otro sin amarse primero debidamente a sí misma. No es posible amar a otras personas o a Dios si no se ejerce algún poder sobre una misma, el poder de decidir y actuar. Para acceder a la madurez espiritual son fundamentales un sentimiento de autoestima y un sentido de autocreación.
La Bella Durmiente no aguarda el beso de un Príncipe, sino el abrazo de su propio ser.” Madonna Kolbenschlag, en su libro “Adiós Bella Durmiente”, (Ed. Kairós 1994, p. 57).

Sol ardiente de junio, (1895), de Sir Frederic Leighton Flaming , Museo de Arte de Ponce, Puerto Rico

Sol ardiente de junio, (1895), cuadro de Sir Frederic Leighton Flaming , Museo de Arte de Ponce, Puerto Rico

La Bella Durmiente

xeeetrn medio de un claro, el caballero ve el cuerpo de la muchacha, que duerme sobre una litera hecha con ramas de roble y rodeada de flores de todos los colores. Desmonta rápidamente y se arrodilla a su lado. Le coge una mano. Está fría. Tiene el rostro blanco como el de una muerta. Y los labios finos y amoratados. Consciente de su papel en la historia, el caballero la besa con dulzura. De inmediato la muchacha abre los ojos, unos ojos grandes, almendrados y oscuros, y lo mira: con una mirada de sorpresa que enseguida (una vez ha meditado quién es y dónde está y por qué está allí y quién será ese hombre que tiene al lado y que, supone, acaba de besarla) se tiñe de ternura. Los labios van perdiendo el tono morado y, una vez recobrado el rojo de la vida, se abren en una sonrisa. Tiene unos dientes bellísimos. El caballero no lamenta nada tener que casarse con ella, como estipula la tradición. Es más: ya se ve casado, siempre junto a ella, compartiéndolo todo, teniendo un primer hijo, luego una nena y por fin otro niño. Vivirán una vida feliz y envejecerán juntos.
Las mejillas de la muchacha han perdido la blancura de la muerte y ya son rosadas, sensuales, para morderlas. Él se incorpora y le alarga las manos, las dos, para que se coja a ellas y pueda levantarse. Y entonces, mientras (sin dejar de mirarlo a los ojos, enamorado) la muchacha (débil por todo el tiempo que ha pasado acostada) se incorpora gracias a la fuerza de los brazos masculinos, el caballero se da cuenta de que (unos 20 o 30 metros más allá, antes de que el claro dé paso al bosque) hay otra muchacha dormida, tan bella como la que acaba de despertar, igualmente acostada en una litera de ramas de roble y rodeada de flores de todos los colores.

Quim Monzó, en su libro “El porqué de las cosas”.

 

 

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