“La encantadora Hurí”

En el islam, una hurí, es una de las jóvenes perpetuamente vírgenes que esperan a sus prometidos para tener relaciones sexuales y a los creyentes, en el Paraíso, el Día de la Resurrección​. Estas doncellas, que tienen el don de la eterna juventud y están dotadas de toda suerte de encantos, simbolizan para algunos musulmanes la eterna bienaventuranza. Las mujeres encontrarán a los jóvenes eternamente célibes que estarán al servicio de las mujeres justas.

Según Mahoma, en el Paraíso prometido a los creyentes existen unas bellísimas vírgenes, de las cuales gozarán después de su muerte. Según el Corán, hay hurís blancas, verdes, amarillas y rojas; sus cuerpos son de azafrán, almizcle, ámbar e incienso despidiendo un olor sumamente aromático y llevan sobre la cara descubierta un letrero de oro con expresiones consoladoras. Los que cumplen la ley del Profeta y especialmente los ayunos del ramadán gozarán de las hurís de cejas negras en tiendas de perlas blancas en las cuales hay setenta planchas de rubí, sobre cada una de estas, setenta colchones y sobre cada colchón setenta esclavas, cada una de las cuales está servida por otra esclava. Las huríes visten ropas magníficas tan ligeras y diáfanas que se ve al través de ellas la médula de los huesos. A cada elegido presenta un ángel una pera o naranja en una bandeja de plata. El feliz musulmán abre el fruto y de él sale la hurí que le está destinada, en los brazos de la cual permanece mil años, sin que ella pierda nunca su virginidad.

Después de este resumen de la descripción que hace Wikipedia, comparto con los amigos del ambigú, La encantadora Hurí, un bello poema del inolvidable Gibran Khalil Gibran, que a buen seguro será de vuestro agrado. J.L.Soba

Carla_la_hurí_de_ojos_meladosVicente Fdez

Carla, la hurí de ojos melados, obra de Vicente Fernández.

La encantadora Hurí

¿Hacia dónde me llevan, Oh Encantadora
Hurí, y cuánto más debo seguirte
por este híspido camino, sembrado de
espinas? ¿Por cuánto tiempo nuestras almas
ascenderán y descenderán dolorosamente por este sinuoso
sendero rocoso?

Como un niño que sigue a su madre, así
te sigo, asido a tus vestiduras
olvidando mis sueños y
admirando tu belleza; mis ojos,
presa de tu hechizo, están ciegos a la
procesión de espectros que se cierne sobre
mí, y me atrae hacia ti una fuerza
interior que no puedo negar.

Detente un momento y déjame ver
tu semblante; y mírame un
momento: quizá descubra los
secretos de tu corazón en tus extraños
ojos. Detente y descansa, pues estoy fatigado,
y tiembla mi alma de miedo al transitar
esta horrible senda. Detente, pues
hemos arribado a esa terrible encrucijada
donde la Muerte abraza a la Vida.

¡Oh, Hurí, escúchame! Yo era libre
como los pájaros, explorando valles y
bosques, y volando por el vasto
Cielo. Al atardecer reposaba sobre las
ramas de los árboles, meditando sobre los
templos y palacios de la Ciudad de las
coloridas Nubes, que el Sol edifica
en la mañana y destruye antes del
anochecer.

Yo era como un pensamiento, caminando solo
y en paz de Este a Oeste del
universo, regocijándome con la
belleza y la alegría de la Vida, y cuestionando
el magnífico misterio de la
existencia.

Yo era como un sueño que se deslizaba bajo
las amistosas alas de la noche,
penetrando por las ventanas cerradas
en los aposentos de las doncellas, retozando
y despertando sus esperanzas… Luego me
sentaba junto a los jóvenes y alborotaba sus
deseos… Luego exploraba los cuartos
de los mayores y me adentraba en sus pensamientos
de plácido contentamiento.

Entonces tú cautivaste mi fantasía, y desde
ese hipnótico momento me sentí como un
prisionero arrastrando sus cadenas e
impelido hacia un hogar desconocido…

Tu dulce vino, que ha robado mi voluntad,
me ha intoxicado; y ahora descubro
que mis labios besan la mano
que son rigor que me golpea. ¿Acaso no puedes
ver con los ojos de tu alma la
opresión de mi corazón? Detente un
momento: estoy recobrando mis fuerzas
y liberando mis cansados pies de las
pesadas cadenas. He destruido la
copa de la que bebí tu
gustosa ponzoña… Pero ahora estoy
en tierra extraña, y perplejo:

¿Qué camino he de seguir?
He recuperado mi libertad, ¿Me aceptarás
ahora como dispuesto acompañante,
que mira el Sol con vidriosos
ojos, y empuña el fuego
con firmes dedos?

He desplegado mis alas y estoy
pronto a ascender, ¿Acompañarás a
un joven que pasa sus días vagando
en las montañas como el águila solitaria, y
malgasta sus noches deambulando en los
desiertos como el inquieto león?

¿Te contentarás con el
afecto de uno que considera el amor
sólo como un anfitrión y se niega
a aceptarlo como amo?

¿Aceptarás a un corazón que ama
pero jamás se rinde? ¿Y que arde, pero
jamás se funde? ¡Estarás cómoda
con un alma que se estremece ante la
tempestad, pero jamás se somete a ella?

¿Aceptarás como compañero a uno
que ni esclaviza ni es un
esclavo? ¿Serás mi dueña, pero sin
poseerme, tomando mi cuerpo y no mi corazón?

Entonces aquí está mi mano, estréchala
con tu bella mano; y aquí está mi
cuerpo, abrázalo con tus amantes
brazos; y aquí están mis labios, prodígales
un beso profundo y embriagador.

Gibran Khalil Gibran

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