Qué deseamos de nuestros hijos

En una de nuestras últimas clases de Yoga, se tocó el tema de la educación de nuestros hijos, y de lo importante que era la educación de los propios padres en el resultado final. Mi referente en este tema siempre ha sido mi Padre y el respeto que siempre tuvo y nos inculcó a sus hijos sobre nuestros educadores, lo cual he trasladado a mi hijo. Por si algo puede aportar al tema, me es grato compartir esta reflexión de Bernabé Tierno, psicólogo, pedagogo, psicoterapeuta y escritor español autor de más de sesenta libros de psicología y auto-ayuda. J.L.Soba.

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Qué deseamos de nuestros hijos

  1. Sean felices y procuren hacer felices a los demás.
    Que se respeten a sí mismos y se hagan respetar por los otros.

    2. Tengan buena autoestima, que se sientan capaces, útiles, valiosos y satisfechos con la labor que desempeñen en la vida.

    3 Se acostumbren a llevar una vida sana en lo físico, en lo mental y psíquico y no se dejen arrastrar por los vicios y los cantos de sirena.

    4 Desde los primeros años aprendan a ser responsables y a no rehuir el esfuerzo y la autodisciplina necesaria para conseguir sus objetivos, teniendo bien claro que todo lo que vale, cuesta.

    5. Tanto en circunstancias favorables como en circunstancias adversas no pierdan el equilibrio y la confianza en sí mismos y conserven siempre una gran paz interior.

    6. No permitan que lo negativo del pasado les impida disfrutar de la vida y vivir plenamente el presente de cada día y que no les inquiete demasiado el futuro.

    7. No se dejen abatir por la depresión y los sentimientos negativos de indefensión, inutilidad o culpabilidad y que el denominador común de su vida sea una actitud mental positiva.

    8. Sepan ser los constructores y guías de su propia existencia y tengan bien presente que siempre está en sus manos la posibilidad de elegir lo bueno y correcto, dejar lo que no conviene y cambiar cuanto de malo y perjudicial haya en su vida.

    9. Aprendan a crecerse ante las dificultades y problemas, ante el dolor y la adversidad, con la esperanza de que siempre al final se encuentra una solución, una alternativa válida y hasta un éxito inesperado.

    10. Tengan una actitud optimista y alegre, que no pierdan el sentido del humor y sepan desdramatizar y no hacer un problema por todo y contemplar siempre las cosas desde su relativo nivel de importancia.

    11. Con un proyecto de vida comprometido en el que encuentren la felicidad que a los humanos nos es posible disfrutar en esta vida.

    12. Que entre todos consigamos formar una juventud más sana, responsable y comprometida, esperanza de unos hombres y mujeres del mañana, felices, maduros psicológicamente, coherentes y fieles a sus principios, y con un mundo interior más rico, siempre abierto a la generosidad y a la bondad.

    13. Que lleguen a tener familia y que siempre la tengan.
    La familia es una unidad de equilibrio humano y social cuyas funciones son irremplazables: la crianza, la educación, la seguridad material y afectiva, la formación en principios y valores…

    14. Formar una juventud más sana, alegre, solidaria y feliz.

    Somos lo que hacemos día a día.
    De modo que la excelencia no es un acto, sino un hábito.
    (Aristóteles)

    Es el propio sujeto quien se educa o construye día a día, mediante un proceso activo. El educador propicia, interviene, orienta, promueve y se las ingenia para despertar la actividad del sujeto, pero en sentido estricto, no educa; si la persona que pretende educarse no activa el proceso educativo, no hay educación. La actividad del sujeto es fundamental.

    La realidad de la educación tiene su razón más profunda en la capacidad del ser humano de ir adquiriendo nuevas conductas a lo largo de su existencia. El hombre, como ser permanentemente inacabado, con una compleja estructura biológica, es capaz de cambiar, aprender y adquirir nuevas conductas a lo largo de su existencia. No existen, por tanto, límites reales ni por la edad, ni por la cantidad de conocimientos adquiridos.

    El poder de lo que esperamos de otra persona es tan grande, que por sí mismo puede condicionar su comportamiento. A esto se le llama “profecía que se autorrealiza”, lo que creemos que uno es capaz de hacer, resulta decisivo para su evolución positiva (estimular porque se autocumple y no a la crítica destructiva que condiciona también autorrealizándose en nuestros hijos).

    Tampoco emplearse a fondo en lamentarse y en sentirse culpable, sino poner medios y esfuerzos para que no se repita, esto es no quitarse la responsabilidad que no el culpabilizarse. O culpabilizar a otros es muy cómodo. El autosentirse mal no libera ni perdona. Además estamos destruyendo nuestra imagen, nuestra autoestima y nuestra autoconfianza con este carraspeo del ser.

    Hemos de enseñar a nuestros hijos a tener una opinión sobre sí mismos y a no dejarse influenciar, chantajear y manipular por los juicios positivos, negativos o neutros que sobre ellos emitan los demás.

    Aprender a quererse es considerarse a uno mismo como ser único e irrepetible, con luces y sombras, con limitaciones y defectos, pero también con cualidades relevantes que, si bien no pueden ser demasiado importantes para los demás, sí lo son para uno mismo.

    Sencillamente, en que falta la convicción interior de la propia valía, la sensación de que “se es”, independientemente del dinero que se tenga en la cuenta corriente y del número de inmuebles registrados a su nombre.

    El despertar de la sexualidad en el preadolescente le hace entender que hasta anatómicamente está hecho, ha sido creado para completarse en y con un tú. La sexualidad le saca de ese letargo egocéntrico y le despierta a la madura alegría del encuentro con el otro.
    El desarrollo sexual hay que entenderlo en la perspectiva del amor, en cuanto que es una hembra o un varón y necesita del complemento del otro.
    No es solo un despertar de las energías vitales, sino todo un estallido de sentimientos entre los que destaca especialmente el deseo del bien del otro, la entrega.
    No se puede separar artificialmente el sexo del amor, la mera unión animal, no sería realmente humana.
    Esto sucedería en una sociedad marcada por el hedonismo y el consumismo.
    En nuestros días, el excesivo culto y preponderancia que se ha concedido al sexo ha terminado por disociarlo del contexto general de la persona y lo ha convertido en un absoluto.
    Es un grave error pretender concebir la sexualidad como fuerza instintiva y extraña que se impone a la persona.
    (Nota de jorge: la caridad con el inconsciente es locura).
    La fuerza del impulso sexual está determinada más por las necesidades psicológicas que por las fisiológicas.
    El amor humano maduro es por encima de todo altruista, es querer el bien del otro, quien ama tiende a identificarse con la persona, no como un medio sino como un fin, como un valor en sí mismo.
    Pero en la realidad también hay un gran amor sin componentes sexuales y una relación sexual sin amor.

    La mente, que es sin duda nuestro mayor tesoro porque es nuestro máximo potencial, es la que hace posible la consciencia de lo que somos y de lo que pretendemos ser, de lo que aparentamos y de lo que proyectamos. Es nuestra propia mente consciente, clara y lúcida la que nos aprueba o desaprueba, la que nos ofrece una imagen menos distorsionada y marca las directrices y cauces de la autoaceptación o autodesaprobación. Por eso, la autoestima no es otra cosa que la reputación que hemos venido formando y adquiriendo sobre nosotros mismos según la dinámica positiva o negativa sobre nuestro propio conocer, pensar, sentir, amar, trazada por nuestro cerebro o más específicamente por nuestro pensamiento.

    Toda persona verdaderamente elegante lo es en la medida en que su elegancia y su porte exterior es fiel reflejo de la armonía y del equilibrio interior, de la serena aceptación y acogida de sí mismo y de la tranquilidad que experimenta al no necesitar de forma ansiosa que los demás le sobrevaloren y reconozcan todos sus méritos. La elegancia es fuerza y seguridad interior, psicología que aflora en gestos, actitudes y modales firmes, serenos, afables y cuidados.

    Torturar psicológicamente a un hijo o a un alumno es no dejarle en paz, haciéndole sentirse un guiñapo, un ser malo y despreciable.
    Hay adultos que solo dejan de herir, insultar y maltratar psicológicamente a una criatura cuando rompe a llorar de forma desconsolada y dice que no quiere vivir porque es el ser más desdichado del mundo.

    El ejemplo arrastra siempre, pero de manera especial cuando quien ofrece su conducta como modelo es alguien muy próximo a nosotros. Los padres, para bien y para mal, somos ese modelo vivo, siempre presente, que han de tomar como referencia en infinidad de ocasiones a lo largo de su vida.
    Padres siempre serenos proporcionarán, sin duda, a la sociedad el inmenso servicio de dejar unos hijos maduros, equilibrados y felices.

    Bernabé Tierno

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