Teresa un caso de amor

“Quiso el Señor que viese aquí algunas veces esta visión: veía un ángel cabe mí hacia el lado izquierdo, en forma corporal, lo que no suelo ver sino por maravilla; aunque muchas veces se me representan ángeles, es sin verlos, sino como la visión pasada que dije primero. En esta visión quiso el Señor le viese así: no era grande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido que parecía de los ángeles muy subidos que parecen todos se abrasan. Deben ser los que llaman querubines, que los nombres no me los dicen; mas bien veo que en el cielo hay tanta diferencia de unos ángeles a otros y de otros a otros, que no lo sabría decir. Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor, que me hacía dar aquellos quejidos, y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor, que no hay desear que se quite, ni se contenta el alma con menos que Dios. No es dolor corporal sino espiritual, aunque no deja de participar el cuerpo algo, y aun harto. Es un requiebro tan suave que pasa entre el alma y Dios, que suplico yo a su bondad lo dé a gustar a quien pensare que miento”.

Descripción de la experiencia de su Éxtasis por la propia Santa Teresa de Jesús en su “Libro de la vida” (1562-1565).

 

El Éxtasis de Santa Teresa, de Gianlorenzo Bernini (entre 1644 y 1652) -Capilla Cornaro, Transepto izquierdo de la  Iglesia de Santa María della Vittoria, Roma, Italia

El Éxtasis de Santa Teresa, de Gianlorenzo Bernini (entre 1644 y 1652) -Capilla Cornaro, Transepto izquierdo de la Iglesia de Santa María della Vittoria, Roma, Italia

Teresa un caso de amor

El 28 de marzo de 2015, se conmemoraron los 500 años del nacimiento de la española Teresa de Ahumada, más conocida como Teresa de Jesús o Teresa de Ávila, mística y doctora de la Iglesia Católica.

Teresa salvó mi vocación religiosa. No hubiera cumplido yo este año cinco décadas de pertenencia a la Orden Dominicana -que en el 2016 celebró 800 años de fundación- si no hubiera sido por los libros de Teresa: “Vida” (su autobiografía), “Camino de perfección”, “Castillo interior”, “Exclamaciones”, y sus cartas y poemas.

En 1965 dejé la militancia estudiantil (el año anterior había sufrido mi primera carceleada bajo la dictadura, en Rio de Janeiro) y la facultad de periodismo, e ingresé en el noviciado dominico en Minas Gerais. Tres meses después sufrí una profunda crisis de fe. Decidí entonces dejar el convento. Fray Martinho Penido Burnier, mi director espiritual, me recomendó tener paciencia. Y me introdujo a la lectura de Teresa. Fue un amor a primera vista.

En siete meses de “noche oscura” ella obró en mí lo que caracteriza su mística: desligó a Dios de la bóveda celestial, de los conceptos catequéticos, hacia lo íntimo del corazón. En la boca del alma probé el sabor del Transcendente.

Bernini la esculpió, flechada por un ángel, en expresión de sublime orgasmo, en la imagen expuesta en la iglesia de Santa María della Vittoria, en Roma. Eso es Teresa: Dios como cuestión de amor. No el dios de los castigos eternos, de las culpas irremediables, del moralismo farisaico. Dios como pasión incontenida. Tanto sentía por él, que osaba repetir: “Muero porque no muero”.

Teresa fue una feminista adelantada a su tiempo, en una época en que en Europa las mujeres eran relegadas al analfabetismo y, las místicas, llevadas a la hoguera de la Inquisición como brujas. Lectora compulsiva, reformó la Orden de las carmelitas, indignada con los conventos transformados en depósitos de mujeres cuyos maridos venían a explotar las riquezas del Nuevo Mundo.

Teresa rompe con el Carmelo convencional y también con la mediación del clero entre la persona y Dios. Peregrina incansable, fundó comunidades de mujeres llamadas a la exclusividad del amor divino.

El representante del papa en España, indignado, la acusó de “mujer inquieta y andariega, desobediente contumaz, que a título de devoción inventa una mala doctrina, andando fuera de la clausura, contra la orden del Concilio de Trento y de los obispos, enseñando como maestra, rebelde al precepto de san Pablo de que las mujeres no deben enseñar”.

La salvó de la condena como herética y perniciosa la intervención de sus confesores y teólogos, que se convirtieron en sus discípulos. En 1970 el papa Pablo VI le concedió el título de Doctora de la Iglesia.

Sin embargo su principal discípulo y cooperador no fue una mujer sino un hombre, Juan de la Cruz, patrono de los poetas españoles. La dupla reformó la vida carmelitana e introdujo entre los católicos el saludable ejercicio de la meditación, aunque esta palabra no aparezca en sus escritos y la Iglesia Católica, todavía hoy, mantenga un injustificable prejuicio con relación a su práctica, lo que enfría en los fieles la contemplación.

Con excepción de san Francisco de Asís, ningún otro santo atrae tanto la atención de artistas, intelectuales y psicoterapeutas como Teresa. En ella se realizó en plenitud la promesa de Jesús: “Si alguien me ama guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y pondremos nuestra morada en él” (Juan 14, 23).

Teresa transvivenció a los 67 años, en 1582. Sus obras completas, que se pueden encontrar en cualquier librería católica, nos enseñan a beber de nuestro propio pozo.

Frei Betto

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