El Jardinero (83)

El mismo río de vida que circula por mis venas noche y día, circula por las venas del mundo y canta, en lo hondo, con pulso musical.

Y es una vida idéntica a la mía la que a través del polvo de la tierra alza su verde alegría en innúmeras briznas de hierba, y estalla en olas tiernas y furiosas de hojas y flores.
Y la misma vida, hecha flujo y reflujo, mece al océano, cuna del nacimiento y de la muerte. Mis sentidos se exaltan al tocar esta vida universal. Y siento la embriaguez de que sea en mi sangre donde en este momento palpita y danza el latido de la vida que huye a través del tiempo. Rabindranath Tagore.

Sed (1886) cuadro de William-Adolphe Bouguereau

Sed (1886) cuadro de William-Adolphe Bouguereau.

El Jardinero (83)

Ella vivía en la ladera de la colina, junto a un maizal, cerca de la fuente que desciende en rientes arroyos a la sombra solemne de los viejos árboles. Las mujeres iban allí a llenar sus cántaros, y los caminantes elegían el lugar para sentarse y charlar. Allí, ella trabajaba y soñaba cada día, acompañada por el borboteo de la corriente.

Una noche, de una cumbre perdida entre las nubes, descendió un forastero; sus cabellos enmarañados parecían un haz de serpientes. Asombrados, le preguntamos: ‘¿Quién eres?’ Sin responder, se sentó junto al manantial y se puso a contemplar la cabaña donde ella vivía. Tuvimos miedo y volvimos a casa a través de la noche.

A la mañana siguiente, cuando las mujeres acudieron a buscar agua, encontraron abierta la puerta de la cabaña, pero la voz de ella no se oía… ¿y dónde se había escondido su rostro sonriente?… El cántaro vacío estaba en el suelo y la lámpara se había apagado en un rincón. Nadie supo decir a dónde había huido antes de que amaneciera. También el forastero había desaparecido.

En mayo el sol se hizo ardiente y la nieve se fundió; nos sentamos junto a la fuente, llorosos, preguntándonos: ’En la tierra donde ahora está, ¿hay una fuente que le ofrezca su agua en los días cálidos?’ Y pensábamos con temor: ‘¿Habrá siquiera otro país más allá de estas colinas en las que vivimos?’

Llegó una noche de verano. Soplaba la brisa del sur y yo estaba sentado en su estancia abandonada, donde aún había la lámpara apagada, cuando de pronto las colinas se abrieron ante mis ojos como cortinas: ‘Ah, ella vuelve. ¿Cómo estás, niña? ¿Eres feliz? Pero dime, ¿dónde puedes refugiarte bajo este cielo infinito? Allí no tendrás nuestra fuente para calmar tu sed’.

Rabindranath Tagore

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