“La balada del agua”

Hoy hago una excepción en el ambigú y comparto un texto de más contenido de lo habitual, pero que merece la pena, y que creo, os pasará como a mi, que pensé leerlo a ratos y lo leí de un tirón pues resulta de una gran sutileza.

“La balada del agua” es una hermosa fábula, homenaje a la vida en la tierra y un canto para que la humanidad se reencuentre con la naturaleza. Escrita por José Luis Sampedro en 2008, para la Exposición Internacional Expoagua de Zaragoza, en este relato, los cuatro elementos (el fuego, la tierra, el agua y el aire), se reúnen y discuten en torno a la importancia del agua, los seres humanos, la justicia social y el futuro de la Humanidad

Sobre “La balada del agua”, su viuda, Olga Lucas dijo que la primera idea del escritor “fue escribir un ensayo divulgativo que sirviera además a maestros y profesores para concienciar a los más jóvenes, pero en un viaje a Andalucía, la belleza de un geranio espectacular despertó su sensibilidad poética y el ensayo se transformó en balada, en esta ‘Balada del agua’.

«Destruir el mundo en que vivimos es destruir la casa en que habitamos», decía  José Luis Sampedro, y es que la preocupación por los problemas medioambientales y la sostenibilidad del planeta fue una constante en su vida y obra.

Agua, dibujante, grabador al aguafuerte y buril, editor y marchante de arte flamenco Collaert de 1582-Rijksmuseum API Collect…

Agua (1582), del grabador flamenco Adriaen Collaert, Rijksmuseum (Ámsterdam).

“La balada del agua”

El Geranio
A la pelada altura de la montaña que ya no alcanzan
los pastos, frena la pendiente una roca empinada alzándose
como una alta proa. En ella se abre a ras de tierra una
oquedad junto a la cual brota del suelo un geranio. Su
inesperada presencia resulta inverosímil, pero allí está bien
firme: su breve ramaje verde casi oculto bajo las flores,
apiñadas en apretada maraña a manera de encendida
cúpula. Una roja explosión, pero no del granate oscuro de
la sangre sino del bermellón luminoso de la vida.
A su alrededor, en el rellano al pie del risco, sólo hay
guijarros caídos de la roca y algún matojo de escaso verdor
y áspero ramaje. Hostil entorno para el único grito de color
a la vista, arraigado con impávida voluntad de permanecer.
El rojo milagro es contemplado con maravillada
ternura por una mujer recién aparecida en la oscura
oquedad de la roca. Se acerca al geranio, se inclina hacia la
planta hasta casi besarla. “¿Cómo has podido llegar tan
arriba?” –se pregunta- “¿Qué pajarillo traería tu semilla
entre sus plumas?”
La mujer, ya madura, viste de negro como tantas
labradoras. Los grises cabellos recogidos en un moño
encuadran un rostro surcado de años pero radiante de
fortaleza, visible también en el andar afirmado y en el brillo
intenso de los ojos. Su falda llega hasta las abarcas de
cuero, calzadas sobre negras medias de lana, obra de sus
manos. No encuentra respuesta a sus preguntas sobre el
prodigio, pero no importa. Lo esencial es la férrea voluntad
que percibe en la frágil flor, erigiéndose por sí sola en toda
una primavera de las alturas y convocando un aire de abril
y un sol de mayo. Y esa mujer no falla nunca cuando
identifica ante ella lo esencial.
La saca de su contemplación el rumor de un conocido
borboteo. Se da la vuelta y advierte a pocos pasos la
repentina afloración de un manantial a ras del suelo,
creando una pequeña corriente que fluye ladera abajo. La
mujer sonríe y no se desconcierta cuando del agua se eleva
una neblina que cuaja y se moldea hasta convertirse en
una joven envuelta en ondulante túnica celeste y calzada
con primorosas sandalias de tiras doradas.
-¡Madre querida! –exclama la aparecida fundiéndose
en un abrazo con la campesina.
-Te encuentro más delgada, Agua –comenta
preocupada la mujer.
-Pues tú… -pero se interrumpe sorprendida por el
vibrante bermellón del geranio- ¿Y esto? ¡Otro milagro
tuyo, tan monte arriba!
-Sí, ha nacido de mí, pero se plantó él. Ya ves, en esta
sequedad. No sé cómo resiste.
Agua sonríe y mantiene un momento su mano por
encima de la flor. Cuando la retira brillan más los pétalos y
las hojas afelpadas sostienen unas gotas transparentes.
Con espontánea naturalidad se sientan ambas en el
suelo unidas por la cintura.
-Tú sí que estás desmejorada, madre, pero me lo
temía. Nuestra Gran Señora me lo advirtió, acercándose a
mi orilla. Insistió mucho en que nos reuniéramos los cuatro
y avisé a los otros dos. ¿No han llegado?
-Eres la primera, hija. Me alegro de que la Vida
también se preocupe.
-Bueno, preocupada no está; ella lo supera todo. Pero
te ve y quiere que te cuides.
-¿Y cómo? ¡No puedo más, hija, no doy abasto! Los
hombres son insaciables. Consumen y destrozan más de lo
que yo puedo reponer; rebasan mi “biocapacidad”. Así lo
llaman ellos, porque palabras no les faltan.
-¡Qué me vas a decir! A mí tampoco me respetan.
-Ya no sólo me desgarran la piel y me abren heridas
buscando mercancías. Hasta me dejan sin bosques, me
agrandan los desiertos, me cargan de basuras y me van
dejando sin labradores, que emigran a las ciudades. Hace
treinta y cinco años, cuando les oí reunidos en Estocolmo,
tuve alguna esperanza de que rectificaran, pero cada año
es peor: más de lo mismo… ¡Van a acabar conmigo!
-No podrán, madre, no podrán. La Vida…
La interrumpe una violenta agitación de los matojos
cercanos. El aire se arremolina ante ellas un instante,
girando hasta desvanecerse. En su lugar aparece un joven
ataviado con un chándal y gorra deportiva, que se quita
inclinándose en un gentil saludo. Ambas le acogen
regocijadas y Aire las abraza rompiendo a hablar.
-Me pareció escucharos acerca de mi gran tema.
-No mencionamos precisamente el clima, pero casi.
-Yo no soy el culpable sino otra víctima. Yo no
produzco el calentamiento que nos envuelve.
-Una mata de espino arde en súbita llamarada pronto
extinguida. Junto a ella ha surgido un robusto cazador,
sonriente bajo su poblado bigote.
-¡Ya estamos los cuatro! –exclama Tierra con alivio.
-¿Estabais echándome la culpa del cambio climático?
Pero el sol calienta igual que hace un siglo y yo sólo salto
por algún volcán de vez en cuando, así que no culpéis a
Fuego.
-Tienes razón –aprueba Tierra-. Son los hombres con
sus malditos gases y sus fechorías. Si siguen envenenando
el aire y el agua no podrán vivir.
-¡Son como aquel tonto de pueblo –se indigna Tierraque para conseguir leña, se montó a horcajadas sobre la
rama de un árbol y empezó a cortarla por la parte unida al
tronco! Claro, cuando acabó de cortar, cayó con ella el
necio y se mató.
-Por supuesto que son ellos, sobre todo, los más
adelantados con su estilo de vida –añade Fuego-. Hace
poco pasé por Bali y en la Conferencia sobre el Cambio
Climático oí llamar insostenible al desarrollo actual, aunque
oficialmente le califiquen de lo contrario. Hoy es ya
imposible ofrecer a toda la Humanidad el nivel de vida de
Inglaterra pues eso exigiría tres planetas como tú, Tierra. Y
para igualarla al nivel de Estados Unidos se necesitaría el
doble.
– Pero a ti te respetan más que a nosotros –se queja
Agua- Yo estoy harta de recibir porquería y transmitir
enfermedades.
-Y yo de que me perforen con estrepitosos aviones –se
queja Aire.
-A mí ni eso –replica Fuego-. Me han echado de sus
casas donde antes me querían para luz y calor. ¡Cómo
alegraba yo sus chimeneas y cómo mimaban mis ascuas en
el cariñoso brasero! Y en el candil, en la bujía ¡a cuántas
mentes ilustres habré iluminado! ¡Y pensar que en otros
tiempos nos adoraron como a dioses! Erais Gea, Eolo, Tetis
y yo… ¡Ya entonces me robó Prometeo!
Se miran silenciosos, gravemente.
-Aún nos respetan en otras culturas y hasta somos
sagrados.
-Sí, Aire –aclara Agua- pero los modernos no nos
reconocen como los pilares del mundo. Eso lo descubrieron
grandes filósofos, fundadores precisamente de Occidente.
Los mismos que definieron al ser humano con la sentencia:
El hombre es la medida de todas las cosas. Pero después
otras ideas arrinconaron a esa máxima y prometieron al
hombre nada menos que una eternidad, consagrándole Rey
de la Creación. Con eso concibió tales planes de grandeza
que le han trastornado. Nosotros como mundo le
resultamos pequeños. Por eso empezó a transformarnos
construyendo sobre lo que somos, desdeñando nuestras
leyes.
-Pero ¿qué se han creído esos enanos? Sin nosotros no
pueden vivir mientras que nosotros no les necesitamos –
reprocha Fuego- Lo mejor será salvar a nuestro planeta de
esa plaga. Propongámoslo a la Gran Señora: con una buena
catástrofe no sobrevive ni uno.
-¡Qué barbaridad! –exclama Tierra, pensando en sus
criaturas y mirando al geranio cuya voluntad de sobrevivir
admira tanto.
-Hay precedentes. Tu diluvio, Agua o mi Sodoma y
Gomorra. O lo que les pasó a los dinosaurios.
-A esos los mataron desde fuera –aclara Aire.
-No discutáis –calma Agua-. Podemos hacerlo pero lo
nuestro no es destruir sin razón: no seamos tan locos como
ellos. Intentemos comprender.
-¿Acaso merecen comprensión?

Ícaro
-Son lo que somos todos, incluso nosotros y la misma
Vida: manifestaciones de la Energía Cósmica, origen de
todo –sigue Agua.
-¿De dónde sabes eso?
-¿Y me lo preguntas tú, Fuego, nacido antes que nadie
como una de las formas en que se estructuró esa Energía?
Hace miles de años lo afirmaban ya los sabios chinos. El
mundo originario es un inmenso Vacío propicio para la
Energía y sus manifestaciones. Ahora parece que lo van
admitiendo los físicos. Los hombres, como todo lo que hay,
son chispas de esa Energía materializada.
-¡Oye, eso no está mal! –recoge Fuego- siempre dije
que vivir es arder. El mundo es una hoguera como era en
mi infancia. ¡Me gusta!
-Pues el hombre es una chispa en esa hoguera. Salta
un instante, traza una parábola ardiente y cae apagándose
en ceniza.
-¿Nada más?
-¡Y nada menos! Porque la Vida, en su imparable
desarrollo, al crear al ser humano alcanzó la más rica
complejidad: un ser pensante cuya mente interpreta y
razona siempre con espíritu de superación. La Humanidad
se adelanta a todos como punta de lanza de la evolución y
deja en el tiempo la estela de la Historia. No podemos
destruir a los hombres, aunque ahora se arrojen ciegos a
una catástrofe.
-¡Pero si hasta sus periódicos les repiten que su
desarrollo es insostenible! por fuerza han de saberlo.
-Lo saben, pero no lo sienten. Los más ricos no
padecen escasez, para los pobres sufrir es lo normal y
todos se engañan sin proponérselo porque viven en el
mundo que ellos mismos se han creado al margen de
nosotros y piensan que podrán hacerlo funcionar a su
capricho.
-¡Un mundo propio de ellos! – se asombra Tierra-
¿Cómo han podido hacerlo?
-Con las palabras.
-¡Ah, admirables palabras! –se entusiasma Aire- su
poder es mío. Me hago humano en un pulmón, recorro una
tráquea, pulso ciertas cuerdas como un arpista y llego a la
caverna bucal ya preparada para el susurro, el poema o el
clamor. ¡Qué delicia, qué grandeza! ¡Cómo me siento
realizado! Todos recordaréis, como yo, a los primeros
descubridores del poder de la palabra, maravillados de sus
efectos.
-Y, sobre todo, la escritura, Aire. Dar sonidos a las
cosas fue admirable, pero representarlas con signos fue
mucho más pues permitió acumular conocimientos. Así se
crearon casas, herramientas, caminos, leyes… En fin, todo
un mundo cultural adecuado al ser parlante. Por esos
motivos el hombre se sintió superior: Rey de la Creación,
como le habían asegurado.
-¿Entonces hay otro mundo pegado a nosotros, pero
diferente? –se extraña Tierra.
-Hay muchos mundos para el hombre, madre. Tantos
como se proponga la mente humana, representándose la
realidad de muchas maneras. Recuerda, por ejemplo, que
en nuestros tiempos la gente creía que tú eras un disco
plano y que el Sol giraba a tu alrededor bajo la bóveda
celeste. Más tarde descubrieron tu forma esférica y que
eres tú quien gira en torno al Sol. Y, además, ahora no hay
bóveda celeste y la visión del mundo es mucho más
compleja.
-Desde luego la mente humana ha alcanzado éxitos
grandiosos, hasta hace poco impensables –afirma Aire-. Las
comunicaciones instantáneas, la energía nuclear y, como
guinda del pastel, el viaje a la luna que me deja a mí como
un ligero velo de ti, Tierra. Sería triste destruir tanto
talento con un diluvio terminal. Pero ¡cuidado! –advierte
Agua- las nuevas creaciones, condicionadas siempre por la
realidad física que somos nosotros, se logran sin tenernos
el menor respeto. Hace cinco siglos no era así porque,
como decía un sabio de entonces, Paracelso, a la
Naturaleza se la domina obedeciéndola. Los hombres y
nosotros convivíamos en armonía. Ahora se nos explota y
se nos destruye; se tiene tan ciega fe en la técnica que se
la cree capaz de resolverlo todo y la Humanidad llega
incluso a creerse en la posibilidad de hacerse distinta de lo
que es. ¿Cómo os lo explicaría yo? … ¿Os acordáis de Ícaro?
-¡Pobre chico! –lamenta Tierra-. Su padre, Dédalo,
construía laberintos y alguno ocuparía la cabeza del
muchacho cuando se empeñó en volar como los pájaros,
con unas alas de plumas adheridas a sus brazos con cera.
Al acercarse al Sol, se fundió la cera y cayó al suelo
matándose.
-Es decir, se empeñó en ser lo que no era y se estrelló
contra la realidad. Ícaro resulta típico de los hombres
civilizados. Se creen omnipotentes.
-Ya hasta buscan agua en Marte, mi planeta preferido
–reprocha Fuego- se arruinarán quizás tratando de
colonizarlo.
-¡Qué locura, mientras están agotando el agua aquí!
Más barato y más útil sería reforestar el Sáhara, esa llaga
que tengo clavada en el pecho.
-En eso del dinero no estoy de acuerdo. Viajar al
espacio es cada vez menos costoso porque se ha
progresado mucho y en cambio lo del Sáhara sería como
comprar un continente entero. El dinero…
-¡Dejaos ya de dinero! –estalla Fuego-. ¿Es que nadie
habla de otra cosa? ¡Me aburre ya la dichosa palabra!
-¿Por qué te pones así?
-¿Queréis saberlo? Pues necesito un buen rato.
-¡Esperad! –interrumpe Tierra- Veo a mi dragón muy
amarillento porque le falta su golosina. Éste es un buen
momento para que tomemos nuestra tisana de siempre.
Después nos explicas tu irritación, Fuego.
El dragón es un camaleón asido con sus patas
prensiles a una rama del espino próximo. Sus ojos
protuberantes están fijos en Tierra que, riendo, entra en su
cueva pidiendo antes que le cojan las hierbas. Aire eleva
sus manos juntas como un cuenco y a poco una breve
corriente de viento deja en ellas un montoncito de hojas
verdes. Aire las deposita en una jarra de arcilla traída por
Tierra, recién vuelta de su cueva. Agua coge la vasija y se
acerca al manantial de donde salta súbito como un surtidor
que llena el recipiente con las hojas. Mientras Tierra saca
de su casa unas tazas y un platillo. Agua pone la jarra en
las manos de Fuego que calientan el agua hasta la
ebullición. Al poco rato la tisana puede ya servirse. El plato,
conteniendo un poco de miel, es colocado ante la mata del
camaleón, que se va coloreando de verde poco a poco
mientras desciende de la rama.
-¿Le gusta la miel? –pregunta Aire mientras todos se
sientan en corro.
-La miel no, los insectos que acuden a ella–corrige
Tierra.
Así es. Cuando se acerca alguno, el camaleón, sin
moverse, lanza como si echara un lazo su habilidosa
lengua, enrollada en su boca y captura la presa.
-¡Y parecía tan torpe! –comenta Fuego.
-Se mueve sin prisa, pero es listísimo –defiende
Tierra- Es hembra y vive conmigo hace mucho tiempo. La
llamo Malaquita.
Los dos ojos del animal enfocan a Tierra. Se ha
convertido en una pieza de jade verde.
Cambian algunos comentarios más y al cabo Tierra
pide a Fuego que explique su disgusto ante el dinero.

El Rey Midas
-Hace poco –comienza Fuego- anduve por los Alpes,
me detuve en Davos y encontré el lugar lleno de gente
extraña. Muchos muy bien vestidos, pero también otros de
piel morena o amarillenta con turbantes y curiosos
cubrecabezas. Supe que se reúnen anualmente, casi
siempre optimistas y satisfechos de la vida porque son
gente adinerada. Por eso en esta ocasión me sorprendieron
bastantes caras largas y otras desconcertadas, debatiendo
sobre una crisis de dinero, al que daban nombres raros,
como subprime, fondos soberanos, y otros términos nuevos
para mí. A la vez se lanzaban ideas anticuadas, como la de
protegerse comprando oro según se hacía antes. Otros,
aunque obviamente enriquecidos gracias a las últimas
facilidades financieras, recomendaban la vuelta a los viejos
controles. Por lo visto, el dinero en abundancia se
encuentra ahora en Asia: China, India, Singapur, Taiwán y
los árabes del petróleo. Y para colmo, un tal Bill Gates
insistía en la necesidad de un nuevo capitalismo.
-No entiendo nada –comenta Tierra- pero me da igual.
Yo no uso el dinero.
-Claro, te sucede lo contrario: el dinero te usa a ti –le
aclara Agua- como a nosotros y a los hombres. Es el dios
de ahora el que impone la ley del “más de lo mismo”: el
desarrollo insostenible.
-¿Cómo puede ser así?
-Porque ahora el hombre ya no es “la medida de todas
las cosas”. Ni siquiera “Dios es la medida de todas las
cosas”, como decidió más tarde la civilización occidental.
Los teólogos estimaban tan poco el oro que hasta
empezaron prohibiendo cobrar interés por los préstamos,
pues “el dinero no podía parir dinero”, era algo vil, sin
virtud productiva.
-Tenían razón -sentencia Tierra.
-Los hechos desmintieron esa razón pues progresaron
las técnicas, aumentó el comercio y con ello la producción;
crecieron las ciudades y los intercambios en sus mercados.
El dinero resultaba indispensable y surgieron los banqueros.
Fue imposible prohibir el interés del préstamo y los
teólogos acabaron conformándose con que las cuentas
quedasen claras: parece que la contabilidad por partida
doble la inventaron los monjes. Sin embargo, el dinero no
se libró de su mala fama, era un peligroso tentador del
alma e indigno de ser apreciado. Era un mal necesario.
-Entonces, si el dinero no tenía razón –arguye Aire-
¿quién la tenía?
-Ni la teología ni el dinero. Se fue imponiendo la razón
humana. Las experiencias fueron enseñando al hombre las
verdades de las cosas. Empezaron a crearse Universidades
y se extendieron las ideas del Humanismo. La nueva razón
dio sus frutos y generó un ambiente en el que se
multiplicaron los descubrimientos. Algo, Tierra, como
aquella época en que de pronto la Vida se volcó en la
evolución, creando nuevos animales, algunos de los cuales
consiguieron volar.
-Recuerdo aquello –añade Aire- ¡Cómo me asombró
ver a algunos reptiles despegando del suelo! Corrían,
saltaban y me hacían sostenerles en alto con sus nuevos
miembros emplumados. Y también recuerdo cómo mucho
después los hombres de Occidente dejaron atrás su suelo
nativo para ir a otros mundos con alas que eran las velas
de unas carabelas como cáscaras de nuez. ¡Qué feliz fui
empujando aquellos pájaros marinos que dieron la vuelta a
la esfera terrestre! ¡Cómo me divertía el asombro de sus
viajeros al descubrir extraños seres entre árboles y
animales nunca vistos! ¡Hasta las estrellas formaban
nuevas constelaciones en sus noches! Todo eran
maravillas: templos en pirámide, dioses emplumados,
pájaros parlantes, máscaras de oro…
-¡Y volcanes! –interrumpe Fuego entusiasmado-
¡Magníficos, espléndidos, adorados como dioses!
-Y cataratas como mares derramándose –ríe Aguapero yo prefiero el siglo posterior: el dieciocho. Siglo de las
Luces, merecedor de este nombre por sus grandes
filósofos de la razón, pero también con hombres y mujeres
adoradores de Dionisos y sus orgías vitales desafiando a las
convenciones: los libertinos y su sagrada locura de la
libertad prohibida. Bien se dijo después que quien no
saboreó la existencia antes de la Revolución nunca
conocería la alegría de vivir.
-Sí –se exalta Fuego- porque, además, ese tiempo
trajo la Revolución. El Ochenta y Nueve fue un año clave.
-Lo fue todo el siglo, en el que Occidente alcanzó su
más alta cumbre. Hasta en sus guerras cuidaron las
maneras. ¿Recordáis a aquel oficial francés que en la
batalla de Fontenoy se dirigió a sus enemigos, les saludó
quitándose el tricornio y les invitó: “¡Señores ingleses,
disparen los primeros!”
-Para mí –comenta Tierra- lo más valioso de aquel
siglo fue el consumo en Europa de la patata. La gente la
creía venenosa ¡cuánto trabajo el costó al señor Parmentier
que el pueblo se decidiera a comerla en sustitución de los
nabos cotidianos!
-Hay sitios donde el XVIII sigue vivo –suspira Aguade vez en cuando la nostalgia de su arriesgado
refinamiento me hace llover sobre los jardines de Aranjuez.
Allí correteo por las acequias, salto por los surtidores y
descanso en los amplios pilones de las fuentes decoradas
con estatuas de los dioses olímpicos. Pero mi rincón
favorito es el estanque junto al llamado “Pabellón
Chinesco”: un kiosko japonés de madera con atrevidos
aleros y salientes, cuya fantasía casi vegetal me impulsa a
la meditación.
-¡Ah, por eso te aficionaste a esas ideas de los chinos!
–ríe Fuego.
-Sí. Enriquecí el mundo de mis creencias nativas con el
pensamiento oriental que he seguido escuchando a
maestros del Tao. Ahora voy poco a Aranjuez –concluye
dolida- El estanque está seco y el Tajo, nuestro río mayor
baja a medio cauce y se estanca a pie del Palacio Real
porque antes me han robado caudal en un trasvase.
-Por cierto, -Aire vuelve al tema anterior para disipar
tristezas- ¿tratan del dinero esos maestros?
-Sí, pero no a la manera de Occidente. Ni como los
teólogos ni como los banqueros. El dinero es para ellos algo
tan superficial como los demás objetos.
-Entonces –continúa Aire- volvamos al siglo XVIII
porque en él se rehabilitó el oro por completo. El antes vil
metal empezó a ser la divisa de los nuevos tiempos: “El
dinero es la medida de todas las cosas” empezó entonces a
generalizarse. Aunque todavía hacia 1700 la nobleza y el
poder se fundaban en la posesión de tierras. En París tenían
incluso su centro unos filósofos defensores de que la fuente
originaria de todos los bienes materiales era la tierra. Era la
secta de los fisiócratas dirigida por el médico: Francisco de
Quesnay. Era un hombre ingenioso. Quería inculcar su
filosofía al Rey Luis XV para que se aplicara en Francia y,
como no tenía acceso fácil al monarca, logró hacerse
médico de la favorita real Madame de Pompadour, para
atraerla a sus ideas. Estaba persuadido de que los encantos
femeninos transmitirían al rey la sabiduría fisiocrática mejor
que ningún libro. Pero el siglo XVIII también alumbró a un
pensador escocés que arrinconó la teoría fisiocrática y
analizando el funcionamiento de los mercados, resultó ser,
sin proponérselo, el sacralizador del dinero.
-¿Un banquero?
-No, un filósofo social, Adam Smith. Percibió que en el
mercado la competencia tendía a reducir las discrepancias
hasta acabar en un precio válido. Eso le llevó a afirmar que,
en tal enfrentamiento de egoísmos contrapuestos, el
proceso se resuelve “como si una mano invisible” condujera
hacia el resultado más favorable para todos. Por
consiguiente, el libre mercado se erigía en sistema del bien
común: si los productos se encarecían o abarataban nadie
resultaba responsable y el precio era el mejor posible. Y,
sobre todo, la expresión “mano invisible”, que se hizo
célebre, sugería una influencia misteriosa como
providencial. Enriquecerse en el comercio dejó de ser mal
visto. Fue como empezar a vivir en el país de Midas, el Rey
que convertía en oro todo lo que tocaban sus manos.
-Un siglo después –interrumpe Agua- lo explicó en
pocas palabras el filósofo Marx diciendo: “el capitalismo lo
convierte todo en mercancía”.
-Por si fuera poco –continúa Aire- el célebre Benjamín
Franklin, también en el siglo XVIII, popularizó la máxima el
“tiempo es oro” que aún hoy se sigue usando como verdad
evidente y muestra como se ha empobrecido la concepción
del mundo en Occidente. El tiempo abarca la Vida en todas
sus dimensiones y no sólo el dinero, que no puede
comprarlo todo y menos aún la vida misma.
-Eso se vio bien claro en la Revolución Francesa –
exclama Fuego satisfecho- En ella hubo grandes altibajos
de fortuna y pobreza, pero la gente apreció otros valores.
La vida social cambió mucho.
-Sí – añade Aire- porque el fecundo siglo XVIII aportó
otra gran innovación utilizando tu energía, Agua, con la de
Fuego, en la máquina de vapor. Eso inició la revolución
industrial reforzada con la ocupación de colonias en todo el
mundo. La creciente riqueza aceleró la demanda y
consumo, desencadenando el “más de lo mismo” cuyos
desmanes estamos sufriendo.
-Todo eso del dinero no me lo explico bien –pregunta
Tierra- ¿Hay que suprimir entonces el mercado?
-De ningún modo. Es imprescindible. La culpa es de
quienes se amparan en la supuesta “mano invisible” para
beneficiarse egoístamente, abusando de posiciones
favorables, porque en el mercado los participantes no
operan en pie de igualdad. Por una parte, los vendedores
más ricos emplean publicidad y otras técnicas muy eficaces
para provocar deseos en los compradores que, a su vez, si
tienen dinero, pueden elegir mejor y agotar existencias
privando a los pobres. Los ideólogos elogian la “libertad de
elegir” en el mercado, pero esa libertad sólo se tiene si se
puede pagar el precio. Pues el mercado carece de ética:
entrega las mercancías a quien paga y no a quien más las
necesita.
-Por otro lado –intercala Agua- la útil competencia
tiene también aspectos negativos. No sólo cuando es
agresiva (como procura ser tantas veces) sino porque
estimula la innovación, pues quien lanza un producto nuevo
domina el mercado al no tener competidores. Innovar es
beneficioso si aporta ventajas reales, pero es un despilfarro
cuando se utiliza (como ocurre, por ejemplo, en la moda
del vestir) para sustituir objetos todavía aprovechables por
otros sólo distintos en pequeños detalles que se adquieren
para “estar al día” o “no ser menos”. Estas motivaciones,
frecuentes en los países ricos, vienen a ser una bulimia. Los
nuevos materiales y artefactos creados constantemente
por la ciencia son aprovechados rápidamente por el
comercio para ofrecerlos en el mercado. Así ha ocurrido, sin
ir más lejos, al descubrirse medicinas para las que fue
preciso buscar alguna enfermedad consumidora. En esos
casos los economistas modernos actúan al revés que sus
antecesores, pues en vez de buscar recursos para satisfacer
necesidades ya existentes, las crean artificiosamente
para provocar la demanda de productos recién inventados.
El mercado bien manipulado lo absorbe todo; quienes lo
dominan son insaciables.
-¡Pero eso debería controlarse! –protesta Tierra- ¡Eso
es el desarrollo insostenible!

La cometa
-¿Controlar? –salta Fuego sarcástico- si hubieses
escuchado en Davos, como yo, a los financieros no dirías
tal cosa. “Desregulacón” es su principio vital. Y “libertad” su
grito de guerra.
-¡Libertad! –exclama Aire- Siempre que oigo esa
palabra, en el acto me pregunto “¿para quién?” Pues la
pobre gente la pide para no sentirse oprimida ni explotada,
pero el rico la quiere para no sufrir límites a su voluntad, lo
cual no es libertad sino tiranía.
-Yo quiero libertad para hacer lo que me dé la real
gana –se exalta Fuego.
-Pues procura que siempre te dé la gana algo que esté
a tu alcance –corrige Aire- porque lo que quieres no existe.
La libertad se encuentra siempre condicionada. En el
mundo todo está conectado dentro de un entorno como en
una jaula invisible. Los hombres dependen de nosotros
cuatro y también de sus normas sociales. La libertad de
palabra, por ejemplo, exige someterse a las reglas del
lenguaje común; de lo contrario no hay palabra sino ruido.
Y la libertad consiste en sacar partido de esas normas para
conseguir nuevos fines lo mismo que en el Kárate se
aprovecha el ataque del contrario para derribarle. No lo
dudes, Fuego, esta verdad la aprendí jugando con las
cometas que me lanzan a veces y que vuelan gracias a
estar atadas. Sin la cuerda y la mano sujetándola la cometa
no volaría. Es un encuentro fecundo de la voluntad humana
con mi naturaleza. Exige dignidad para confiarse a mis alas
sin abandono, antes bien con el esfuerzo de resistir a la
cuerda y también a mis ráfagas. Parece que la cometa
revolotea como le da la gana pero su vuelo no es
caprichoso ni inconsciente sino una armonía de fuerzas. La
atadura permite el vuelo pues sin ella cae la cometa al
pretender una libertad desenfrenada.
-Nunca había pensado así de la cometa, pero es
verdad –reflexiona Tierra.
-Pues en el desenfreno estamos –dice Agua.
-¿No comprenden que es suicida? –insiste Tierra.
-Los científicos ya lo han demostrado de sobra –
explica Aire- estudiando el medio ambiente y también los
hábitos estresantes de las sociedades avanzadas.
-Al iniciarse ese desenfreno –lamenta Agua- yo tuve
alguna esperanza de que aparecieran influencias
correctoras. En Asia otros pueblos han vivido milenios en
armonía con la naturaleza y con estilos de vida movidos a
un ritmo menos acelerado. Pero esas culturas están hoy
contagiándose cada vez más de la mentalidad económica
desarrollista con todas sus consecuencias. Se comprende
porque se trata de multitudes casi en la miseria y los
atractivos de la productiva tecnología occidental provocan
una aceptación irresistible. Los hombres no aprenden la
lección de Ícaro y se empeñan en ser más de lo que son. La
Humanidad sigue esclava del Rey Midas, olvidando que no
podía ni comer porque sus manjares se volvían oro.
Tampoco aprenden la lección de la cometa. No aceptan la
cuerda de la gravedad con las que les sujeta la tierra, y
quieren saltar a otras órbitas celestes. Y lo peor es que con
sus locas pretensiones nos deterioran a nosotros, que
somos su hogar.
-A mí no –se enorgullece Fuego- conmigo no pueden;
me temen. ¿Qué miras Agua…?

La Libélula
Agua corrige su actitud abstraída y se excusa:
-Perdona Fuego. Contemplaba la libélula.
-Todos se fijan en el insecto que revolotea sobre el
manantial recién nacido. Flota inmóvil en el aire; parece un
milagro pues sus cuatro alas no se perciben por ser
translúcidas y por la velocidad del aleteo.
-Sorprendente ¿verdad? –explica Aire- La libélula es el
mejor volador de los insectos. La langosta recorre
distancias más largas pero no puede hacer lo que veis:
volar sin desplazarse, como los helicópteros.
Como si le molestaran los comentarios, la libélula da
una sacudida y desaparece veloz entre los matorrales.
-¿Tú crees que los hombres rectificarán su conducta?
pregunta Tierra.
-Como ya dije –responde Agua- perdí la esperanza de
que otras culturas lo consigan, porque con su colonialismo
Occidente ha pervertido los ideales de otros pueblos. Les ha
tecnificado más o menos pero les ha robado su inocencia,
su concordia con la Naturaleza. Ahora buscan su identidad
en el fanatismo: de la revolución, de la religión o de la
riqueza.
-¿Qué va a pasar entonces, Agua?
-¿Por qué yo? No soy adivina.
-Eres la más sabia de los cuatro; la más preparada
para cada emergencia. Sí –insiste ante un gesto evasivo de
Agua- eres líquida y te adaptas a tus cauces, pero si yo
estoy seca te evaporas y me riegas desde las nubes, y si
conviene permanecer te haces piedra para dar cobijo
incluso a los hombres… Dime ¿cambiarán?
-Recordemos los hechos. Ellos ya cambiaron una vez
cuando, siendo animales, la palabra les hizo humanos.
Pactaron con nosotros y vivieron en presente hasta que
concibieron ansias de eternidad y sueños de infinito
incompatibles con su naturaleza mortal, atada al tiempo.
Ahora su locura del “más de lo mismo” llega tan lejos que
no les bastamos nosotros. Quieren ser lo que no son y se
estrellan contra la realidad como Ícaro.
-¿Acabarán entonces destruyéndose? –interviene
Fuego ilusionado.
-Pienso que acabarán rectificando pero ¿cómo? porque
se puede cambiar para hacerse otro o, al contrario, para
seguir siendo el mismo.
-¿Cambiar permaneciendo él mismo? ¿Es eso posible?
-Aprende de la libélula. Para hacerse como es, ha de
sufrir un cambio tan complejo como es una metamorfosis.
De sus huevos nace un animalillo como una pulguita que
vive en mis aguas, y voracísimo de seres aún menores. Así
vive cuatro o más años antes de que Vida le imponga una
transubstanciación en el insecto volador que habéis visto.
Con dos enormes ojos compuestos, un ancho tórax como
cabina de helicóptero y fuertes garras. Resulta agresivo y
feroz, conservando su originaria voracidad acuática.
-¿Y temes que la Humanidad siga siendo voraz aunque
cambie?
-¡Ojalá me equivoque! –suspira Agua- pero la barbarie
actual me parece una metamorfosis compleja y retorcida
que no mejorará a la Humanidad sino que conducirá a otra
etapa ambiciosa. Hace siglos el lenguaje permitió al hombre
transformarnos mediante su técnica, a nosotros, los
elementos. Ahora empieza a trasformarse a sí mismo con
innovaciones como la informática, la nanotecnia, la
neurobiología y, sobre todo, la genética. Con cambios
genéticos y chips infinitésimos, insertos en su organismo, el
individuo se deshumanizará y la sociedad podrá estar
regida por déspotas científicos: pocos amos dueños de
todos los resortes de la red y muchos esclavos, acaso
felices.
-¿Felices? –exclama Aire- ¡qué horror!
-Quizás felices, repito. No juzguéis el futuro con los
sentimientos de hoy.
-No me gusta nada –repite Aire.
-No sufras. Puede evolucionar todo de otra manera:
por la influencia de otras culturas en un mundo globalizado,
por un accidente cósmico como el que fulminó a los
dinosaurios, por una catástrofe nuclear…
-¡Lo que yo vengo proponiendo! –ataja Fuego- O un
diluvio como el antiguo.
-No cuentes conmigo, Fuego. En fin, puedo
equivocarme.
Silencio. Fuego se levanta decepcionado.
-Se me hace tarde, queridos. Aparte del pronóstico
final, Agua, creo que tienes razón. Cuéntaselo a la Señora,
tú la ves más que nosotros, pues la situación es peligrosa.
-Yo también os dejo y quedo de acuerdo – se levanta
Aire- El Sol se va poniendo y he de disponer un poco las
nubes para el ocaso. Me enviaste demasiadas, Agua.
Ambos se alejan monte abajo.
-¡Esos hombres! –suspira Tierra- No saben estarse
quietos. Voy por una toquilla porque está refrescando.
¿Quieres que entremos?
Agua prefiere seguir fuera todavía. Tierra se lleva a la
casa las piezas de vajilla de la tisana. Agua pondera
pensativa esas palabras: “No saben estarse quietos” ¡Los
hombres…!
Retorna Tierra abrigada con una manteleta oscura, se
sienta junto a su hija y suspira.
-¿Cuál es tu pena madre?
-¡Tantas..! Pero una me tortura porque encima les
parece fantasía mi afán por resucitar el Sáhara. ¡Gastan
millones para ir a Marte y con mucho menos renovarían
África y la salvarían con Europa! Basta con restaurar lo que
fue el desierto. En ese espacio verde vivían los elefantes
que llevó Aníbal contra Roma. ¿Recuerdas? Y tú abundabas
allí, cuando con mi ayuda creaste el actual río Níger,
uniendo otros dos menores. ¿Recuerdas el lago interior
que, al secarse después, dejó las salinas de Taudeni? Hasta
de Egipto llegaban caravanas a comprar sal. Y casi ayer
florecía un imperio en Tombuctú y no hace un siglo aún se
encontró un cocodrilo vivo en el macizo de Hoggar ¡nada
menos!
El crepúsculo acoge esas doloridas palabras entre sus
sombras.
-¿Y tú, hija mía, cuál es tu secreto? Sí, para ser como
eres. Tan sabia y tan sencilla, tan suave y tan fuerte, tan
sumisa y tan imperiosa… Dime, ¿cómo lo haces? ¿Cuál es
tu receta?
-Si se piensa en receta, no se comprende nada,
Madre. Y parece mentira que tú me lo preguntes, cuando
eres la firmeza misma en ser lo que eres.
-Puede, pero más limitada que tú, más prisionera de
mí misma.
-Ya te has contestado sin mi ayuda –sonríe Agua-. La
solución la has dado: ¡desmimísmate! No te programes, no
te propongas, no alces la bandera de tu voluntad. No imites
a los hombres empeñados en ser más cuando todavía no
han llegado a ser lo que son; aspirando a superhombres
cuando aún son seres inacabados, hombres inmaduros y de
ahí su barbarie. Sigue el rumbo opuesto, empieza por
vaciarte y ábrete. Ya lo dije: Vacío y Energía. No te
enfrentes al mundo ni busques estar con él, ni te contentes
con llegar a sentirte en él. Avanza más allá: la meta es ser
mundo, serlo también tú, hacerte mundo, latir en sincronía
con él, convivir su ritmo y sus pausas. Hermánate con la
hoja del árbol y con la hormiga en su senda. Y avanza a la
vez hacia dentro; viaja hacia ti, hazte todo lo que eres. No
es complicado, mírame: yo soy río, nube, lago, lluvia,
catarata, océano, lo que el mundo provoca, pero siendo
siempre yo. Eso debes hacerte, o mejor diré: serte. Hasta
condensarte en pura chispa de la hoguera cósmica. Hazte
mundo y serás vida. Viviéndote en la Vida.
El crepúsculo acoge esas palabras entre sus sombras.
El rojo vivo del geranio palidece. Dos veces sopla su canto
el búho. Al fin la noche.

José Luis Sampedro

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