La competición entre los pueblos

Comparto hoy una fábula de Nancy Folbre, economista y feminista norteamericana estudiosa de la relación entre la economía y la familia, cuyo mensaje y valores solidarios, creo muy apropiados en estos momentos que nos ha tocado vivir, y que está en nuestra mano reconducirlos. J.L.Soba

La competición entre los pueblos

xhhgfrtxabía una vez un grupo de diosas que decidieron llevar a cabo una competición, una especie de olimpíadas en que participaran los países del mundo. No se trataba de una carrera normal con una distancia fija en la que el primero que llegara a la línea de meta ganaba la medalla de oro, sino una competición para ver qué sociedad era capaz de hacer avanzar a sus miembros como si fueran un verdadero colectivo. Se dio el pistoletazo de salida y la nación número uno cobró rápidamente ventaja.

Esta nación había animado a cada uno de sus ciudadanos a correr todo lo que pudieran, lo más rápido que les fuera posible, hacia una línea de meta desconocida. Todos dieron por sentado que el recorrido no podía ser muy largo. Comenzaron a correr muy rápido y, al poco tiempo, los niños y los mayores se quedaron atrás. Nadie se detuvo a ayudarles. Todos estaban exultantes de alegría al ver lo rápido que corrían y no tenían tiempo que perder. Sin embargo, conforme proseguía la carrera, incluso ellos comenzaron a sentirse cansados. Pasado cierto tiempo, casi todos los corredores estaban exhaustos o lesionados, sin que quedara nadie que pudiera continuar.

La nación número dos eligió una estrategia diferente. Esta sociedad decidió que todos sus hombres jóvenes ocuparan la vanguardia de la carrera y les dijo a las mujeres que ocuparan la retaguardia. Debían llevar a los niños y ocuparse de los ancianos. Esto dio lugar a que los hombres pudieran correr increíblemente rápido. Las mujeres les seguían y les ayudaban cuando se sentían cansados. Al principio, parecía un sistema excelente. Pero pronto estalló el conflicto. Las mujeres sentían que sus esfuerzos eran, al menos, tan importantes como los de los hombres. Si no hubieran tenido que encargarse de los niños, podrían haber corrido igual de rápido, argumentaban. Los hombres rechazaron su punto de vista, y lo que por un tiempo había parecido una estrategia ganadora fue perdiendo fuelle. Toda la energía se fue agotando en negociaciones, conflictos y peleas.

Entonces, el foco de atención de la carrera se desplazó hacia la nación número tres, que se había ido moviendo relativamente despacio. Sin embargo, cuando las diosas se fijaron en ella vieron que avanzaba a un ritmo mucho más regular que las otras. Sus miembros habían tomado la decisión de correr juntos cuidando entre todos de los menos capaces. Hombres y mujeres iban alternándose a la cabeza del grupo, y entre ambos se iban turnando para ocuparse de los niños y de los enfermos. Se valoraban tanto la velocidad como el trabajo en equipo, y esta responsabilidad compartida fue creando una solidaridad entre la gente que cohesionaba el grupo. Obviamente, esta nación fue la que ganó la competición. Es una historia con final feliz.

Fábula de Nancy Folbre, recogida por Katrine Marçal, en su libro ¿Quién le hacía la cena a Adam Smith?

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