Narración del mito de Hércules, por el Maestro Djwal Khul “El Tibetano”

“El interés propio distingue a la mayoría de los hombres en este momento, con debilidades concomitantes. Sin embargo, en todos los países, hay quienes han superado estas actitudes egocéntricas y hay muchos que están más interesados ​​en el bien cívico y nacional que en sí mismos. Unos pocos, muy pocos en relación con la masa de hombres, tienen una mentalidad internacional y están preocupados por el bienestar de la humanidad, en su conjunto”. Alice A. Bailey

El Apoteosis de Hércules, de Noel Nicolas Coypel (Francia 1628-1707)

El Apoteosis de Hércules, de Noel Nicolas Coypel (Francia 1628-1707)

Narración del mito de Hércules, por el Maestro Djwal Khul “El Tibetano”

xhjhg ércules permaneció de pié ante su Maestro. Con dificultad reconocía que una crisis se había producido en él, llevándolo a cambiar de lenguaje, de actitud y de plan. El Maestro lo miró, y asintió con una leve sonrisa.

“¿Cuál es tu nombre?” –le preguntó-, y esperó una respuesta. “Heracles, ó Hércules, que dicen que es “la preciosa gloria de Hera, el brillo y esplendor del Alma”.

“¿Qué es el Alma?, Oh! Maestro, dime la verdad”.
Esa Alma tuya la descubrirás a medida que hagas tu obra, y encuentres y uses la naturaleza que es tuya”.

“¿Quiénes son tus padres? Dime esto hijo mío”.

“Mi padre es divino, y no le conozco, sólo sé que soy su hijo. Mi madre es terrenal. La conozco bien, y ella me ha hecho como tú me ves. Asimismo, oh, Maestro de mi vida, soy también uno de los gemelos. Hay otro, parecido a mí. A él también le conozco bien, y, sin embargo, no lo conozco. Uno es de la tierra, terrenal, mientras que el otro es un hijo de Dios”.

“¿Qué hay de tu educación, Hércules, hijo mío?, ¿Qué puedes hacer y cuánto te ha sido enseñado?”
“En todas las realizaciones yo soy experto; estoy bien enseñado, bien entrenado, bien guiado y soy bien conocido. Conozco todos los libros, todas las artes y las ciencias; me son conocidos los trabajos de campo, además la destreza de aquellos que pueden permitirse viajar y conocer a los hombres. Me conozco a mi mismo como alguien que piensa, siente y vive”.

“Una cosa, oh Maestro, debo decirte y así no engañarte. El hecho es que no hace mucho yo maté a todos aquellos que me enseñaron en el pasado. Yo maté a mis maestros, y en mi búsqueda de la libertad, ahora estoy libre. Busco conocerme a mí mismo y a través de mí mismo”.

“Hijo mío, eso fue un acto de sabiduría!, y ahora puedes permanecer libre. Prosigue tu trabajo ahora, recordando cómo lo haces, que en la última vuelta de la rueda vendrá el misterio de la muerte. No olvides esto. ¿Qué edad tienes hijo mío?”

“Dieciocho veranos habían pasado cuando yo maté al león, y de ahí que yo usé su piel. A los veintiuno me encontré con mi desposada. Hoy estoy ante ti triplemente libre: libre de mis primitivos maestros, libre del temor al miedo y libre de todo deseo mundano”.

“No te vanaglories, hijo mío, sino demuéstrame la naturaleza de esta libertad que tú sientes. Nuevamente, en Leo, te encontrarás con el león. ¿Qué harás entonces? En Géminis, los maestros a quienes mataste cruzarán tu senda, ¿los has realmente dejado atrás? En Escorpio, lucharás de nuevo con el deseo, ¿permanecerás libre, o la serpiente te morderá con sus engaños? Prepárate para probar tus palabras y tu libertad. No te vanaglories, hijo mío, sino demuéstrame tu libertad y tu profundo deseo de servir”.

El Maestro se sentó en silencio y Hércules se retiró y enfrentó el primer gran Portal. Entonces, el que presidía que se sentaba en el Concilio de la Cámara del Señor, habló al Maestro y le ordenó llamar a los dioses para presenciar el esfuerzo e iniciar al nuevo Discípulo en el Camino.

El Maestro llamó, y los dioses respondieron. Vinieron y dieron sus dones a Hércules, y muchas palabras de sabio consejo, conociendo las faenas que tenía por delante y los peligros del Camino.

MINERVA le entregó una Túnica, tejida por ella misma, una Túnica que se ajustaba bien, de rara y fina belleza. Él se la puso con triunfo y orgullo, regocijándose en su juventud. Tenía que probarse a sí mismo.

VULCANO forjó para Hércules un Pectoral de Oro para proteger su corazón, la fuente de Vida y Fuerza. Este obsequio de oro era ceñido, y así escudado, el nuevo Discípulo se sentía seguro. El tenía todavía que demostrar su fuerza.

NEPTUNO llegó con un par de Caballos y se los entregó, atraillados, a Hércules. Ellos venían directamente del lugar de las aguas, de rara belleza y probada fuerza. Y Hércules se alegró, pues él todavía tenía que probar su poder para conducir a los dos caballos.

Con lenguaje agraciado y brillante ingenio, llegó MERCURIO, llevando una Espada de raro diseño, que él ofreció, en un estuche de plata, a Hércules.
Se la ató a Hércules en el muslo, pidiéndole que la mantuviera afilada y brillante. “Debe dividir y cortar”, -dijo Mercurio-, “y debe moverse con precisión y adquirida destreza”. Y Hércules, con alegres palabras, dio sus gracias. El tenía todavía que demostrar su alardeada destreza.

Con sonido de trompeta e ímpetu del pataleo brillaba el Carro del dios Sol. APOLO llegó, y con su luz y encanto alegró a Hércules dándole un Arco, un Arco de luz.

A través de nueve portales abiertos debe pasar el Discípulo antes de que haya adquirido suficiente destreza para estirar ese Arco. Le tomó todo ese tiempo acreditarse como arquero. Sin embargo, cuando el regalo le fue ofrecido, Hércules lo tomó, seguro de su poder, un poder todavía sin demostrar.

Y así, él se irguió equipado. Los dioses de pié, alrededor de su Maestro, y observando sus travesuras y su alegría. Él jugaba delante de los dioses, y mostraba sus proezas, alardeando de su fuerza. Repentinamente, se detuvo y reflexionó largamente; luego dio los caballos a un amigo para que se los sostuviera, la Espada a otro, y el Arco a un tercero. Entonces, corriendo, desapareció dentro de un bosque cercano.

Los dioses esperaron su regreso asombrándose y perplejos de su extraña conducta. Del fondo del bosque él salió sosteniendo en alto un garrote de madera cortado de vigoroso árbol vivo. “¡Este es mi propio regalo!” –gritó-, “nadie me lo dio. Puedo usar esto con poder. Oh! dioses, observad mis hazañas supremas”.

Y entonces y sólo entonces, el Maestro dijo: “Sal a trabajar”.

Maestro Djwal Khul “El Tibetano”

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