Encuentro entre Miguel Hernández y Miguel Gila

guernica (mayo y junio de 1937) obra de pablo picasso,museo nacional centro de arte reina

Guernica (mayo- junio 1937), obra de Pablo Picasso, Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid.

Encuentro entre Miguel Hernández y Miguel Gila

Cuando pensamos en Miguel Gila, lo normal es que nos vengan a la memoria sus monólogos, sobre extrañas historias de guerra, o su imagen de paleto con boina, desplegando su humor siempre cargado de humanidad, tratando los temas dramáticos que le tocaron vivir, como nacer huérfano de padre, vivir de joven nuestra fraticida contienda, o sobrevivir en la postguerra, realizando innumerables trabajos hasta obtener reconocimiento como humorista.

La política y la guerra civil española fueron así una constante en su humor surrealista con el que se reía y denunciaba de paso, abiertamente, la cerrazón y el sinsentido de éstas.

Miguel Gila, a quién la guerra civil de 1936 le pilló como miembro de la juventudes socialistas en el bando republicano con 17 años, fue capturado el invierno de 1937, por un grupo de militares a cargo del general Yagüe. Es un atardecer lluvioso y deciden fusilarle junto con otros reos. Tiene suerte: el pelotón de fusilamiento está tan borracho que no aciertan ningún disparo, y Miguel, que entonces tiene 17 años, tiene la lucidez y la sangre fría de tirarse al suelo y fingir que ha muerto. Entonces un herido grave empieza a gemir en voz muy alta, y Gila, entre susurros, le dice: “pero cállate, hombre, que nos van a rematar“. Este episodio lo relata en su libro de memorias ‘Y entonces nací yo. Memorias para desmemoriados’ (1995):

“Nos fusilaron al anochecer; nos fusilaron mal. El piquete de ejecución lo componían un grupo de moros con el estómago lleno de vino, la boca llena de gritos de júbilo y carcajadas, las manos apretando el cuello de las gallinas robadas con el ya mencionado Ábrete Sésamo de los vencedores de batallas. El frío y la lluvia calaba los huesos. Y allí mismo, delante de un pequeño terraplén y sin la formalidad de un fusilamiento, sin esa voz de mando que grita: “¡Apunten!, ¡fuego!”, apretaron el gatillo de sus fusiles y caímos unos sobre otros. Catorce saltos grotescos en aquel frío atardecer del mes de diciembre. Las gallinas tuvieron poco tiempo para respirar, el que emplearon los del piquete de ejecución en apretar sus gatillos. Y sobre la tierra empapada por la lluvia, nuestros cuerpos agotados de luchar día a día”.

Miguel Gila tras la derrota, estuvo preso en el campo de prisioneros de Valsequillo (Córdoba),  y en Madrid “se alojó” en las cárceles de Yeserías, Carabanchel y por último en la de Torrijos en la que coincidió con Miguel Hernández, cuyo encuentro cuenta así en su autobiografía:

“De mi casa me traían papel y lápiz y cuando salíamos al patio, yo me entretenía en dibujar los edificios de la calle de Juan Bravo, algunas veces dibujaba chistes con unos personajes de grandes narizotas que yo había creado. Una mañana en que yo dibujaba, se acercó a mi uno de los presos y me preguntó:

-¿Eres dibujante?

Le dije que no, que sólo era aficionado desde muy pequeño, desde que iba al colegio. El me mostró un dibujo, era un niño con una cabra junto a un árbol.

-A mí también me gusta dibujar. Este dibujo es para mi Manolito.

Y se retiró. No hablamos más. Cuando pasaron unos minutos se me acercó otro de los presos y me dijo:

-¿Sabes quién es ese que ha estado contigo?

-No.

-Es Miguel Hernández el poeta.

Yo le había conocido, en alguna ocasión en que, como Rafael Alberti, había ido al frente de batalla a recitarnos poemas, pero el Miguel Hernández que yo había conocido en Somosierra, en Paredes de Buitrago, no tenía ningún parecido con este Miguel Hernández, ahora demacrado, enfermo y destruido por el sufrimiento y las humillaciones”.

Miguel Hernández, no pudo ver como el muchacho Miguel Gila se convirtió en el gran humorista gráfico, cómico, poeta y escritor que llegó a ser, pues por desgracia falleció enfermo en prisión con 31 años de edad, en su memoria y en la de todos aquellos jóvenes anónimos que vieron truncada su vida por defender sus ideales, comparto un corto pero intenso poema de Gila y una de las poesías más desgarradoras y descriptivas sobre la fraticida contienda, que nuestro inmortal Miguel Hernández nos dejó:

miguel-gila-

Miguel Gila

Derrota

Se han apretado los silencios

para ahogar en el no sé y el no recuerdo

una derrota que aún palpita

en la profunda y oscura cobardía de los miedos.

Están encadenados fingiendo que están ciegos,

durmiendo en los oscuros laberintos

del bueno, del sí, del que está, del qué más da.

¿Y los muertos?

¿Qué importan?

¿Para qué recordar por qué murieron?

¿Qué más da?

¿Para qué recordarlos cuando vivos?

¿Para qué?

¡Si ahora son ya tan solo muertos!

Miguel Gila

 

miguel hernández

Miguel Hernández

Madre España

Abrazado a tu cuerpo como el tronco a su tierra,
con todas las raíces y todos los corajes,
¿quién me separará, me arrancará de ti,
madre?

Abrazado a tu vientre, ¿quién me lo quitará,
si su fondo titánico da principio a mi carne?
abrazado a tu vientre, que es mi perpetua casa,
¡nadie!

Madre: abismo de siempre, tierra de siempre: entrañas
donde desembocando se unen todas las sangres:
donde todos los huesos caídos se levantan:
madre.

Decir madre es decir tierra que me ha parido;
es decir a los muertos: hermanos, levantarse;
es sentir en la boca y escuchar bajo el suelo
sangre.

La otra madre es un puente, nada más, de tus ríos.
El otro pecho es una burbuja de tus mares.
Tú eres la madre entera con todo su infinito,
madre.

Tierra: tierra en la boca, y en el alma, y en todo.
Tierra que voy comiendo, que al fin ha de tragarme.
Con más fuerza que antes, volverás a parirme,
madre.

Cuando sobre tu cuerpo sea una leve huella,
volverás a parirme con más fuerza que antes.
Cuando un hijo es un hijo, vive y muere gritando:
¡madre!

Hermanos: defendamos su vientre acometido,
hacia donde los grajos crecen de todas partes,
pues, para que las malas alas vuelen, aún quedan
aires.

Echad a las orillas de vuestro corazón
el sentimiento en límites, los efectos parciales.
Son pequeñas historias al lado de ella, siempre
grande.

Una fotografía y un pedazo de tierra,
una carta y un monte son a veces iguales.
Hoy eres tú la hierba que crece sobre todo,
madre.

Familia de esta tierra que nos funde en la luz,
los más oscuros muertos pugnan por levantarse,
fundirse con nosotros y salvar la primera
madre.

España, piedra estoica que se abrió en dos pedazos
de dolor y de piedra profunda para darme:
no me separarán de tus altas entrañas,
madre.

Además de morir por ti, pido una cosa:
que la mujer y el hijo que tengo, cuando pasen,
vayan hasta el rincón que habite de tu vientre,
madre.

Miguel Hernández

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