Escaparates antes de Navidad

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Escaparates antes de Navidad

xlnavidadas navidades son unas fechas de las que, a decir verdad, no me gusta hablar. Por un lado, la hermosa palabra evoca recuerdos entrañables, sagrados, de las legendarias fuentes de la infancia, vibra, mágica, a la luz de aquel dorado amanecer de la vida. Y está para siempre impregnada de símbolos sagrados, indestructibles: ¡el pesebre, la estrella, el Niño, la Adoración de los pastores, de los reyes y de los sabios de Oriente! Y, por otro, «Navidad» es un verdadero concepto, un depósito envenenado de todos los sentimentalismos y las falsedades burguesas, ocasión de salvajes orgías para la industria y el comercio, oropel para los grandes almacenes, huele a latita lacada, a agujas de abeto y a gramófono, a repartidores y a carteros agotados que maldicen por lo bajo, a solemnidad cohibida en el salón, junto al árbol engalanado, a suplementos extraordinarios de los periódicos, a anuncios, muchos anuncios…en una palabra, a mil cosas que me resultan amargamente odiosas y repugnantes y que me resultarían indiferentes y ridículas si no se abusara tan atrozmente del nombre del Salvador y de la memoria de nuestros años más tiernos…

Ahora bien, pese a todos estos sentimientos contradictorios y angustiosos no puedo sino admitir que algunas noches de diciembre, cuando, tras una tarde oscura y cubierta comienzan a resplandecer las calles comerciales, cuando todo el colorido chillón de los escaparates cae sobre el asfalto mojado o cubierto de nieve y la calle adquiere cierto aire animado y festivo, esa agitación navideña, falsa y vehemente, me resulta hasta cierto punto divertida, incluso con su lado superficial, y puedo pasear una hora entera por esa parte de la ciudad que habitualmente evito, y puedo, perdido y embelesado, pasar cientos de veces ante las tiendas iluminadas, perdido en la contemplación. Sueño entonces que soy el hijo de un califa de Bagdad y que, tras un largo viaje sembrado de aventuras, tras escapar de peligros mortales y crueles prisiones, llego a una radiante ciudad del Lejano oriente y me mezclo, fascinado y curioso, con el gentío que pulula por los bazares...

Magnífica es la luz de las tiendas vestidas de fiesta. Hay dos clases de tiendas ante las cuales de vez en cuando me detengo, aunque no para mirar los escaparates, sino a la gente atraída por ellos. Son, las primeras, las tiendas en las que se compran juguetes; después vienen las que ofrecen todo lo que necesitan las mujeres elegantes que buscan ropa, joyas, pelo, piel, uñas de las manos y de los pies. Allí pueden verse ojos hermosos que centellean con la luz cegadora y desnuda del deseo más primitivo, y es allí donde comprobamos con alegría que hay mundos y ramos de la industria cuya razón de ser llegamos a reconocer no directamente, cierto, pero sí de ese modo indirecto…

Y también hay una clase de tiendas que para mí siguen teniendo el encanto que tuvieron en mi ya lejana infancia. Son las tiendas en las que se venden papel y lápices, plumas y pinturas, cajas de acuarelas, reglas, compases, carboncillos. Ahí sí me detengo largamente, enamorado de una colección de espléndidas acuarelas de París o de Londres, de un haz de los finos lápices Kohinoor, de una caja de grafito siberiano, de bobinas y de resmas de papel de calidad. Por ejemplo, cien hojas de un papel de tinta, delicado y resistente a la vez, ¡ése sí sería un regalo con el que echarme el cebo!

Hermann Hesse (1927)

 

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