El júbilo del cuerpo: La carne salvaje

Me fascina la forma en que los lobos chocan unos con otros cuando corren y juegan, los lobos viejos a su manera, los jóvenes a la suya, los flacos, los patilargos, los rabicortos, los de orejas colgantes, aquellos cuyas fracturadas extremidades se soldaron torcidas. Todos tienen sus propias configuraciones y fuerza corporal, su propia belleza. Viven y juegan de acuerdo con lo que son, quiénes son y cómo son. No fingen ser lo que no son.

Hilas y las ninfas (1896), de John William Waterhouse.Manchester_Art_Gallery

Hilas y las ninfas (1896), de John William Waterhouse, Galería de arte de Manchester.

El júbilo del cuerpo: La carne salvaje

xaawqsllá arriba en el norte vi una vez una vieja loba que sólo tenía tres patas, era la única que podía pasar a través de una grieta donde crecían los arándanos. Otra vez vi a una loba gris agacharse y pegar un brinco tan rápido que , por un segundo, dejó la imagen de un arco de plata en el aire. Recuerdo a una muy delicada, una recién parida todavía con el vientre deformado, pisando el musgo del borde del estanque con la gracia de una bailarina.

Y, sin embargo, a pesar de su belleza y de su capacidad para conservar la fuerza, a las lobas se les habla a veces de la siguiente guisa:

“Estás demasiado hambrienta, tienes unos dientes demasiado afilados, tus apetitos son demasiado interesados”.

Tal como ocurre con las lobas, a veces se habla de las mujeres como si sólo un cierto temperamento, sólo un cierto apetito moderado fuera aceptable. A lo cual se añade con harta frecuencia un juicio sobre la bondad o la maldad moral de la mujer según su tamaño, estatura, andares y forma se ajusten o no a un singular y selecto ideal. Cuando se relega a las mujeres a los estados de ánimo, gestos y perfiles que sólo coinciden con un único ideal de belleza y conducta, se las aprisiona en cuerpo y alma y ya no son libres.

El cuerpo es un ser multilingüe. Habla a través de su color y su temperatura, el ardor del reconocimiento, el resplandor del amor, la ceniza del dolor, el calor de la excitación, la frialdad de la desconfianza.

Habla a través de su diminuta y constante danza, a veces balanceándose, otras moviéndose con nerviosismo y otras con temblores.

Habla a través de los vuelcos del corazón, el desánimo, el abismo central y el renacimiento de la esperanza.

El cuerpo recuerda, los huesos recuerdan, las articulaciones recuerdan y hasta el dedo meñique recuerda. El recuerdo se aloja en las imágenes y en las sensaciones de las células.

“Las lobas sanas y las mujeres sanas comparten ciertas características psíquicas:

Una aguda percepción, un espíritu lúdico y una elevada capacidad de afecto.

Las lobas y las mujeres son sociables e inquisitivas por naturaleza y están dotadas de una gran fuerza y resistencia. Son también extremadamente intuitivas y se preocupan con fervor por sus vástagos, sus parejas y su manada. Son expertas en el arte de adaptarse a las circunstancias siempre cambiantes y son fieramente leales y valientes.

Y, sin embargo, ambas han sido perseguidas, hostigadas y falsamente acusadas de ser voraces, taimadas y demasiado agresivas y de valer menos que sus detractores.

Han sido el blanco de aquellos que no sólo quisieran limpiar la selva sino también el territorio salvaje de la psique, sofocando lo instintivo hasta el punto de no dejar ni rastro de él. La depravación que ejercen sobre los lobos y las mujeres aquellos que no los comprenden es sorprendentemente similar. Por consiguiente, fue ahí, en el estudio de los lobos, donde por primera vez cristalizó en mí el concepto del arquetipo de la Mujer Salvaje”

“La existencia de la Mujer Salvaje también se percibe a través de la visión; a través de la contemplación de la sublime belleza. La he sentido en mi interior viendo venir a los pescadores del lago en el crepúsculo con las linternas encendidas y, asimismo, contemplando los dedos de los pies de mi hijo recién nacido, alineados como una hilera de maíz dulce. La vemos donde la vemos, o sea, en todas partes.

Viene también a nosotras a través del sonido; a través de la música que hace vibrar el esternón y emociona el corazón; viene a través del tambor, del silbido, de la llamada y del grito. Viene a través de la palabra escrita y hablada; a veces, una palabra, una frase, un poema o un relato es tan sonoro y tan acertado que nos induce a recordar, por lo menos durante un instante, de qué materia estamos hechas realmente y dónde está nuestro verdadero hogar.”

Clarissa Pinkola Estés, fragmento del capítulo 7, El júbilo del cuerpo: La carne salvaje, de su libro “Mujeres que corren con lobos”.

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