El río

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Río Iregua a su paso por Viguera (La Rioja), foto J.L.Soba.

El río

xEEEEEEEEEEEErase una vez un hermoso río que seguía su curso entre colinas, bosques y praderas. Empezó siendo un alegre salto de agua, un manantial bailarín que cantaba bajando de la cima de la montaña. Por aquel entonces era muy joven y fue bajando lentamente hacia la llanura. Quería llegar al océano. Cuando creció, aprendió a embellecerse y serpenteaba graciosamente por colinas y praderas.

Un día advirtió que las nubes estaban sobre él, nubes de mil formas y colores, y desde entonces no paró de perseguirlas, quería tener una para él solo. Pero las nubes flotan y viajan por el cielo cambiando de forma constantemente. A veces parecen un abrigo, otras un caballo. El río sufría mucho debido a la mutabilidad que caracteriza a las nubes. Cazarlas hubiera sido su alegría, su placer, pero la desesperanza, la ira y el odio se apoderaron de su vida.

Un buen día el viento sopló con fuerza y barrió las nubes del cielo, y este volvió a quedarse complemente vacío. Nuestro río pensó que la vida ya no valía la pena porque no había más nubes que perseguir. Quería morirse. -¿Para qué estar vivo si ya no hay nubes?-, pero, ¿cómo podía un río suicidarse?

Esa noche, por primera vez, el río tuvo la oportunidad de volver sobre sí mismo. Siempre había estado siguiendo corrientes externas a él, jamás había mirado en su interior. Pero esa noche escuchó su llanto, el sonido del agua rompiendo contra la orilla. Y al escucharse descubrió algo muy importante.

Descubrió que todo cuanto había estado admirando se hallaba dentro de él. Comprendió que las nubes no eran más que agua, que las nubes nacían del agua y a ella volvían, y que él mismo no era sino agua.

Al día siguiente, cuando el sol apareció en el cielo, advirtió algo hermosísimo. Vio el cielo azul por primera vez. Jamás había reparado en él. En su único interés por las nubes, había olvidado mirar el cielo, que es la casa de las nubes. Y las nubes son mutables, pero el cielo no, el cielo permanece. Comprendió que la inmensidad celeste había estado encima de él desde el principio y la impresión fue tan profunda que le inundó de dicha al comprender, ante la inmensidad del cielo azul, que jamás volvería a perder la paz y la felicidad.

Por la tarde volvieron las nubes pero él ya nunca más quiso poseer ninguna. Pudo contemplar su belleza y darles la bienvenida, y les dispensaba una calurosa acogida a medida que llegaban. Comprendió que las nubes eran él, que no tenía por qué escoger entre él y ellas. Entre las nubes y el río había paz.

Y aquella noche, al abrir su corazón al cielo nocturno, recibió la imagen de la luna llena en su interior, bellísima, redonda, como una joya. Jamás había pensado que pudiera recibir algo tan bello. Hay un precioso poema chino que dice:

“La limpia y bellísima luna viaja por el supremo cielo desierto. Cuando los espíritus-ríos de los seres vivos sean libres-, la imagen de la luna bellísima se reflejará en todos nosotros.”

Y eso es lo que el río representaba en aquellos momentos. Recibió la imagen de la luna bellísima en su corazón, y el agua, las nubes y la luna se cogieron de las manos y practicaron la meditación caminando despacio, muy despacio hacia el océano.

No existe motivo por el que debamos correr en pos de nada. En cambio, sí podemos ser nosotros mismos y disfrutar de nuestra respiración, nuestra sonrisa, de la belleza que nos rodea.

Thich Nhat Hanh 

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2 respuestas a El río

  1. Muy bonita esta historia, deja una enseñanza muy sabia. Un saludo 😉.

  2. Thich Nhat Hanh, es uno de mis autores favoritos, como bien dices nos habla muy sabiamente del potencial que todos tenemos.
    Namasté

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