Elogio a la curiosidad

“Yo creo que desde muy pequeño mi desdicha y mi dicha al mismo tiempo fue el no aceptar las cosas como dadas. A mí no me bastaba con que me dijeran que eso era una mesa, o que la palabra madre era la palabra madre y ahí se acaba todo. Al contrario, en el objeto mesa y en la palabra madre empezaba para mi un itinerario misterioso que a veces llegaba a franquear y en el que a veces me estrellaba”.  Julio Cortázar

800px-Los_niños_de_la_conchaLa obra representa al Niño Jesús dando de beber agua en una concha a su primo, el profeta San Juan Bautista.

“Los niños de la concha” (1670-1675), obra en la que Bartolomé Esteban Murillo, nos muestra al Niño Jesús dando de beber agua en una concha a su primo, el profeta San Juan Bautista.

Elogio a la curiosidad

La curiosidad es la linterna del cerebro. De repente, una imagen, hecho o expresión que para muchos desaparece al instante, a otros les conmueve y agita la inquietud. No pueden ignorarlo: necesitan saber más. Y al igual que las papilas gustativas segregan saliva ante ciertas comidas, nuestro cerebro segrega saliva ante ciertas visiones: necesita alimentarse de ellas, quiere devorarlas. Cuando el cerebro tiene hambre de nuevos alimentos, la saliva que desprende se llama curiosidad.

A nuestro cuerpo es prudente mantenerlo dentro de alguna dieta: a nuestro cerebro, jamás. La capacidad de engordar de nuestras neuronas es ilimitada. Al final, efímero forro corpóreo aparte, cada uno es la suma de sus conocimientos y la multiplicación de sus razonamientos.

Por eso es tan importante ensalzar y potenciar la curiosidad, y en especial la de los niños. Ellos van avanzando en su iluminada oscuridad, enfocando con su diminuta linterna aquello que les provoca. Son los primeros intereses de su cerebro, de su ser. Por eso, cuando los mayores apagan o reconducen sus linternas, están apagando o desviando su luz genuina, la que su cerebro reclama. Ellos tienen hambre y los mayores les limitan hasta la saliva.

En la curiosidad infantil muchas veces está germinando la semilla de un gran árbol. Una vez adultos, lo peor de la anorexia cerebral es que, a diferencia de la física, a simple vista es invisible.

Ángela Becerra

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2 respuestas a Elogio a la curiosidad

  1. Más que de acuerdo. Afectuosos saludos.

  2. Lo cierto Manuel, es que Ángela Becerra da siempre en el clavo con sus acertadas reflexiones.
    Gracias por tu agradable comentario, Namasté.

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