Antoine de Saint-Exupéry, la vida del espíritu y la ética de la Tierra

Que los hombres no manchen los ríos.

Que los hombres no manchen el mar.

Que los niños no maltraten los árboles.

Que los hombres no ensucien la ciudad.

(No quererse es lo que más contamina,

sobre el barco o bajo la mina.)

Que los tigres no tengan garras,

Que los países no tengan guerras.

Que los niños no maten pájaros,

Que los gatos no maten ratones,

Y, sobre todo, que los hombres

No maten hombres.

Gloria Fuertes, en su libro “Versos fritos”

 

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Visión del Apocalipsis (1608 – 1614), de El Greco, Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, Estados Unidos.

Antoine de Saint-Exupéry, la vida del espíritu y la ética de la Tierra

Si es verdad que los trastornos climáticos son antropogénicos, es decir, que tienen su génesis en los comportamientos irresponsables de los seres humanos (menos de los pobres, y mucho más de las grandes corporaciones industriales), entonces es claro que la cuestión es antes ética que científica. Es decir, la calidad de nuestras relaciones con la naturaleza y con la Casa Común no eran y no son adecuadas y buenas. Dice el Papa Francisco en su inspiradora encíclica Laudato Sii: sobre el cuidado de la Casa Común (2015): «Nunca maltratamos y herimos nuestra Casa Común como en los dos últimos siglos… Esas situaciones provocan los gemidos de la hermana Tierra, que se unen a los gemidos de los abandonados del mundo, con un clamor que reclama de nosotros otro rumbo» (n. 53).

Ese otro rumbo implica, urgentemente, una ética regeneradora de la Tierra. Esta ética debe estar fundamentada en algunos principios universales, comprensibles y practicables por todos. Es el cuidado esencial, que es una relación amorosa con la naturaleza; es el respeto por cada ser porque tiene un valor en sí mismo; es la responsabilidad compartida por todos acerca del futuro común de la Tierra y de la humanidad; es la solidaridad universal por la cual nos ayudamos mutuamente; y, por último, es la compasión por la cual hacemos nuestros los dolores de los otros y de la propia naturaleza.

Esta ética de la Tierra debe devolverle la vitalidad vulnerada a fin de que pueda continuar regalándonos todo lo que nos ha regalado siempre durante todos los tiempos de nuestra existencia sobre este planeta.

Pero no es suficiente una ética de la Tierra. Necesitamos acompañarla de una espiritualidad. Ésta hunde sus raíces en la razón cordial y sensible. De ahí nos viene la pasión por el cuidado y un compromiso serio de amor, de responsabilidad y de compasión por la Casa Común.

El conocido y siempre apreciado Antoine de Saint-Exupéry, en un texto póstumo escrito en 1943, Carta al General “X” , afirma con gran énfasis: “No hay sino un problema, solamente uno: redescubrir que hay una vida del espíritu que es aún más alta que la vida de la inteligencia, la única que puede satisfacer al ser humano” (Macondo Libri 2015, p. 31).

Otro texto, escrito en 1936, cuando era corresponsal de Paris Soir durante la guerra civil española, lleva como título «Es preciso dar un sentido a la vida». En él retoma el tema de la vida del espíritu. Para eso, afirma, “necesitamos entendernos recíprocamente; el ser humano solamente se realiza junto con otros seres humanos, en el amor y en la amistad; sin embargo, los seres humanos no se unen aproximándose los unos a los otros, sino fundiéndose en la misma divinidad. Tenemos sed, en un mundo convertido en desierto, sed de encontrar compañeros con los cuales compartir el pan” (Macondo Libri 2015, p. 20). Y termina la Carta al General “X” : “Tenemos tanta necesidad de un Dios…” (op. cit. 36).

Efectivamente, sólo la vida del espíritu satisface plenamente al ser humano. Ella es un bello sinónimo para espiritualidad, a veces identificada o confundida con religiosidad. La vida del espíritu es más, es un dato originario de nuestra dimensión profunda, un dato antropológico como la inteligencia y la voluntad, algo que pertenece a nuestra esencia.

Sabemos cuidar de la vida del cuerpo, hoy un verdadero culto celebrado en tantas academias de gimnasia. Los psicoanalistas de varias tendencias nos ayudan a cuidar de la vida de la psique, de cómo equilibrar nuestras pulsiones, los ángeles y demonios que nos habitan, para llevarla con un relativo equilibrio.

Pero en nuestra cultura prácticamente olvidamos cultivar la vida del espíritu, que es nuestra dimensión más radical, donde se albergan las grandes preguntas, anidan los sueños más osados y se elaboran las utopías más generosas. La vida del espíritu se alimenta de bienes no tangibles como el amor, la amistad, la compasión, el cuidado y la apertura al infinito. Sin la vida del espíritu divagamos por ahí, desenraizados y sin un sentido que nos oriente y que haga la vida apetecible.

Una ética de la Tierra no se sustenta sola por mucho tiempo sin ese supplément d’âme que es la vida del espíritu, que nos convoca a lo alto y a acciones salvadoras y regeneradoras de la Madre Tierra. Ética y vida del espíritu son dos hermanas gemelas inseparables.

Leonardo Boff

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