Paris, entre Hera, Afrodita y Atenea.

Hoy comparto un  texto de Robert Graves, fragmento perteneciente al capítulo “París y Helena” de su obra “Los mitos griegos” .

Paris, el más joven de los príncipes de Troya, estaba cuidando su ganado cuando Hermes,  enviado por Zeus, le pidió elegir cual de las diosas era la más hermosa para el y le entregase como trofeo una una manzana de oro. Tres eran las diosas que optaban a tal premio :

*Hera: esposa de Zeus, diosa del matrimonio y de las mujeres, conocida por su carácter bravo, celoso y vengativo.

*Afrodita: diosa del amor erótico, la lujuria y la sexualidad.

*Atenea: diosa de la guerra y la civilización.

 

xEl juicio de Paris, Peter Paul Rubens, ca. 1638 - 1639. (Museo del Prado. Madrid).

El juicio de Paris, obra de Peter Paul Rubens, (1638 – 1639). Museo del Prado, Madrid.

Paris, entre Hera, Afrodita y Atenea.

xeeetr.jpgstaba un día cuidando su ganado en el monte Gárgaro, la cumbre más alta de Ida, cuando Hermes, acompañado por Hera, Atenea y Afrodita, le entregó la manzana de oro y el mensaje de Zeus:

– Paris, puesto que eres tan bello como sabio en los asuntos del corazón, Zeus te ordena que juzgues cuál de estas diosas es la más bella.

Paris aceptó la manzana dudosamente y contestó:

– ¿Cómo puede un simple pastor como yo, hacerse árbitro de la belleza divina? Dividiré la manzana entre las tres.

– ¡No, no, no puedes desobedecer a Zeus Omnipotente! – se apresuró a replicar Hermes -. Y tampoco estoy autorizado para aconsejarte. ¡Utiliza tu inteligencia natural!

– Qué así sea – suspirtó Paris -. Pero antes ruego que las perdedoras no se ofendan conmigo. Sólo soy un ser humano, expuesto a cometer los errores más estúpidos.

Las diosas convinieron en acatar su decisión.

– ¿Bastará con juzgarlas tal como están – preguntó Paris a Hermes – o tienen que desnudarse?

– Tú debes decidir las reglas del juego – contestó Hermes con una sonrisa discreta.

– En ese caso, ¿tendrían la bondad de desnudarse?

Hermes dijo a las diosas que lo hicieran y él se volvió cortésmente.

Afrodita no tardó en estar lista, pero Atenea insistió en que debía quitarse su famoso ceñidor mágico, que le daba una ventaja injusta, pues hacía que todos se enamoraran de quien lo llevaba.

– Está bien – dijo Afrodita con rencor -, lo haré con la condición de que tú te quites tu yelmo; estás horrible sin él.

– Ahora, si no os importa, os juzgaré una por una – anunció Paris . para evitar discusiones que me distraigan. ¡Ven, divina Hera! ¿Tendrán las otras dos diosas la bondad de dejarnos durante un rato?

– Examíname concienzudamente – dijo Hera mientras se daba vuelta lentamente y exhibía su magnífica figura -, y recuerda que si me declaras la más bella te haré señor de toda Asia y el hombre más rico del mundo.

– Yo no me dejo sobornar, señora. Muy bien, gracias. Ya he visto todo lo que necesitaba ver. ¡Ahora ven, divina Atenea!

– ¡Aquí estoy! – dijo Atenea, avanzando con decisión -. Escucha, Paris: si tienes el sentido común suficiente para concederme el premio, haré que salgas victorioso en todas tus batallas, y que seas el hombre más bello y sabio del mundo.

– Soy un humilde pastor, no un soldado – replicó Paris -. Puedes ver con tus propios ojos que la paz reina en toda Lidia y Frigia y que nadie discute la soberanía del rey Príamo. Pero prometo considerar imparcialmente tu aspiración a la manzana. Ahora puedes volver a ponerte tus ropas y tu yelmo. ¿Estás lista, Afrodita?

Afrodita se acercó a él despacio y Paris se ruborizó porque se puso tan cerca que casi se tocaban.

– Examíname atentamente, por favor, sin pasar nada por alto… Por cierto, en cuanto te vi me dije: “A fe mía, éste es el joven más hermoso de Frigia.  ¿Por qué pierde el tiempo en este desierto cuidando un ganado estúpido?”. Bien, ¿por qué lo haces, Paris? ¿Por qué no vas a una ciudad y llevas una vida civilizada? ¿Qué puedes perder casándote con alguien como Helena de Esparta, que es tan bella como yo y no menos apasionada? Estoy convencida de que, cuando os hayáis conocido, ella abandonará su hogar, su familia y todo para ser tu amante. Seguramente habrás oído hablar de Helena, ¿no?

– Nunca hasta ahora, señora. Te quedaré muy agradecido si me la describes.

– Helena tiene una tez bella y delicada, pues nació del huevo de un cisne. Puedes asegurar que su padre es Zeus, le gustan la caza y la lucha y provocó una guerra cuando todavía era niña. Y al llegar a la mayoría de edad todos los príncipes de Grecia fueron sus pretendientes. Ahora está casada con Menelao, hermano del rey supremo Agamenón, pero eso no es un inconveniente, pues puedes conseguirla si quieres.

– ¿Cómo es eso posible si está ya casada?

– ¡Caramba, qué inocente eres! ¿Nunca has oído que es mi deber divino arreglar esa clase de asuntos? te sugiero que recorras Grecia con mi hijo Eros como guía. Cuando lleguéis a Esparta, él y yo procuraremos que Helena se enamore locamente de ti.

– ¿Juras que lo harás? – preguntó Paris excitado.

Afrodita juró solemnemente y Paris, sin pensarlo dos veces, le concedió la manzana de oro.

Pero con esta sentencia incurrió en el odio encubierto de Hera y Atenea, quienes se alejaron tomadas del brazo a preparar la destrucción de Troya mientras Afrodita, sonriendo pícaramente, se quedó pensando cómo podría cumplir su promesa.

Robert Graves, fragmento del capítulo “París y Helena” de “Los mitos griegos”.

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4 respuestas a Paris, entre Hera, Afrodita y Atenea.

  1. Anaxael dijo:

    Buen post. Me alegraste la mañana con tan mágica historia. Gracias por compartir.

  2. Me encanta la entrada. El juicio de Paris es uno de los mitos que más me gustan, ojalá haber encontrado antes este texto 🙂

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