La visita del obispo

«La aceptación de la opresión por parte del oprimido acaba por ser complicidad; la cobardía es un consentimiento; existe solidaridad y participación vergonzosa entre el gobierno que hace el mal y el pueblo que lo deja hacer». Víctor Hugo

 

El Arzobispo de Constantinopla (1929), obra de Maruja Mallo.

El Arzobispo de Constantinopla (1929), obra de la pintora surrealista lucense Maruja Mallo.

La visita del obispo

xccvbvravatte, se refugió en la montaña. Ocultóse algún tiempo con sus bandidos, penetró una noche en la catedral y robó la sacristía. Sus latrocinios desolaban el país. Lanzóse en su persecución la gendarmeria, pero en vano: se escapaba siempre; y algunas veces resistía a viva fuerza. Era un audaz miserable.

En medio del temor que suscitaba llegó el obispo, que iba a hacer su visita al Chastelar. El alcalde salió a recibirle y le suplicó que se volviese: Cravatte era dueño de la montaña hasta el Arche, y aun más allá; había peligro en andar por allí aun con escolta; era exponer inútilmente tres o cuatro gendarmes.

-Siendo así –dijo el obispo- iré sin escolta.

-¿Pensáis en eso, monseñor? -exclamó el alcalde.

-Y tanto, que no quiero que venga conmigo ningún gendarme, y que pienso marchar dentro de una hora.

-¡Marchar!

-Marchar.

-¿Solo?

-Solo.

-Monseñor, no haréis lo que decís.

-Hay allá en la montaña –replícó el obispo- una pequeña feligresía, tan grande casi como la palma de la mano, la cual no he visitado hace tres años. Son grandes amigos míos aquellos buenos y honrados pastores; de cada treinta cabras que guardan, una es suya; hacen muy bonitos cordones de lana de diversos colores, y tocan los aires de sus montañas en unos pequeños pitos con seis agujeros. Necesitan que de cuando en cuando se les hable del buen Dios. ¿Qué dirían de un obispo que tuviese miedo? ¿Qué dirían de mí si no fuese por allá?

-Pero, monseñor, ¿y los ladrones?

-Calle –dijo el obispo-, ahora caigo. Tenéis razón, puedo encontrarlos, y ellos también deben necesitar que se les hable de Dios.

-Monseñor, esa gente es una banda de forajidos, un rebaño de lobos.

-Señor alcalde, precisamente de ese rebaño es de quien acaso Jesús me hizo pastor. ¿Quién sabe cuáles son las miras de la providencia?

-Monseñor, os robarán.

-Nada tengo.

-Os matarán.

-A un pobre y anciano sacerdote que pasa la vida mascullando sus rezos, ¿para qué?

-¡Oh, Dios mío! ¡Si llegáis a encontrarlos!

-Les pediré limosna para mis pobres.

-Monseñor, no vayáis. En nombre del cielo no expongáis vuestra vida.

-Señor alcalde –dijo el obispo-, ¿no es más que eso? No vivo ni estoy en el mundo para guardar mi vida, sino para guardar las almas.

Fue preciso acceder a su voluntad y marchó acompañado solamente de un niño que se ofreció a servirle de guía. Su obstinación metió ruido en el país y causó no poco susto.

No quiso llevar consigo ni a su hermana ni a la señora Magloire. Atravesó la montaña en una mula; a nadie encontró, y llegó sano y salvo al territorio de sus «buenos amigos» los pastores.

Permaneció allí quince días, predicando, administrando, enseñando y moralizando. Cuando se acercó el día de su marcha, resolvió cantar pontificalmente un Te Deum. Habló de ello al cura, pero ¿qué hacer careciendo de ornamentos episcopales? No se podía proporcionarle más que el servicio de una mala sacristía de aldea, y algunas viejas casullas de damasco, muy usadas y adornadas con galones falsos.

-¡Bah! –dijo el obispo-. No nos apuremos. Señor cura, anunciad desde el púlpito nuestro Te Deum. Ya se arreglará.

Buscaron ornamentos en las iglesias de los alrededores. Todas las magnificencias de aquellas humildes parroquias no hubieran bastado para vestir convenientemente a un chantre de una catedral.

Hallábanse sin saber cómo salir del paso, cuando dos hombres desconocidos, montados en sendos caballos, llevaron y dejaron en casa del cura un gran cajón para el obispo. Abriose éste y se vio que contenía una capa de tisú de oro, un magnífico báculo y todas las vestiduras episcopales robadas.

Marché llevando sólo mi esperanza puesta en Dios-dijo el obispo-, y vuelvo trayendo el tesoro de una catedral.

Por la noche antes de acostarse volvió a decir:

-No temamos nunca ni a los ladrones ni a los asesinos: ésos son los peligros exteriores, los pequeños peligros. Temámonos a nosotros mismos. Las preocupaciones, ésas son los ladrones; los vicios, ésos son los asesinos. Los grandes peligros existen dentro de nosotros. ¿Qué importa lo que amenaza a nuestra cabeza o a nuestra bolsa? Pensemos con preferencia en lo que amenaza a nuestra alma.

Después volviéndose a su hermana dijo:

-Hermana mía, nunca por parte del sacerdote debe tomarse precaución alguna contra el prójimo. Lo que el prójimo hace, Dios lo permite. Limitémonos a rogar a Dios, cuando creamos que nos amenaza un peligro. Roguémosle, pidámosle, no por nosotros, sino por nuestro hermano, que va a caer en falta por causa nuestra.

Victor Hugo

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