Casandra

Casandra es uno de los  poemas inéditos de la inolvidable poetisa chilena Gabriela Mistral, parte de los alrededor de 300 poemas hallados, no hace mucho, entre las pertenencias de la estadounidense Doris Dana, albacea de la poetisa. El poema, según los estudiosos de su obra, parece escrito a partir de los años veinte, y es una analogía surgida a partir de Casandra y la vida de la propia Gabriela Mistral, con sus traumas y dolores. Este bello y doloroso poema, nos habla de Casandra (en la mitología griega, “la que enreda a los hombres” o “hermana de los hombres”), hija de los reyes de Troya, Hécuba y Príamo, y que ya tiene cabida en textos míticos como La Iliada, La Odisea o La Eneida, que llegó a ser sacerdotisa de Apolo, de quien obtuvo el don de la adivinación a cambio de una relación carnal. Cuando Casandra consiguió el poder de la predicción, rechazó el amor de Apolo, el cual, viéndose burlado, la maldijo escupiéndole en la boca; ella seguiría teniendo su don, pero ya nadie creía en sus pronósticos, como la tragedia de Troya, la muerte de Agamenón y otras predicciones. En su ocaso, incomprendida y tachada de loca,  encarcelada o recluida en su casa, Casandra acaba por enloquecer, sufriendo maltratos y humillaciones que acaban con su muerte. Espero que os guste este bello y a la vez dramático poema, J.L.Soba

Representación de Miguel Ángel de la Sibila délfica, a veces identificada con Casandra y como una alusión del autor a la Grecia clásica. (Fresco en la Capilla Sixtina).

La Sibila délfica, a veces identificada con Casandra, de Miguel Ángel. (Fresco en la Capilla Sixtina).

“Casandra”

A las puertas estoy de mis señores
blanca de polvo y roja de jornadas,
yo, Casandra de Ilión a la que amaron
en su patria los cerros y los ríos,
la higuera oscura y el sauce pálido,
el cordero del mes y el cabritillo,
el huérfano y también lo inanimado.

También la hora y el día me amaron,
menos el día yerto del exilio.
Al primer carro de los vencedores
subí temblando de amor y destino
en brazos del que amé contra mí misma
y contra Ilión, la que hizo mis sentidos,
y cuando ya mis pies no la tocaron
mi Patria enderezada dio un vagido
como de madre o hembra despojada:
voz de ciervo o leoncillo
ternerillo o viento herido.
Miré el tendal oscuro de mi raza
y tales rostros no me vi en los bárbaros.

Todo me amaba dentro de mi casta
y sobre el rostro de Ilión todo fue mío:
dátil de oro y semblantes de oro,
las islas avisadas, los riachuelos.
Pero yo, para ser hembra eterna
no amé el amor y he amado al enemigo.
El vencedor cuyo rostro da frío
en su carro me trajo y en su pecho,
y he cruzado arenales y bajíos,
y las aldeas arremolinadas
al eco de mi nombre ya maldito,
y yo no las he visto ni escuchado
de traer en mi bien los ojos fijos
y he de venir recitando mi muerte
como un refrán desde niña sabido.

Escucho tras de las puertas de bronce
los pasos de la hembra que se acerca
y que me odia antes de haberme visto.
Tampoco en la Tebas le valen puertas
de bronce a la mujer apercibida
para no oír la hora que camina
sin sesgo hacia Casandra y Clitemnestra.

Yo soy aquella a quien dejara Apolo
en pago de su amor los ojos lúcidos
para ver en el día y en la noche
y ver lo mismo arribar su ventura
que su condenación. Así Él lo quiso.
Todo lo supe y vine a mi destino
sabiendo día y hora de mi muerte.
Vine siguiendo a mi enemigo y dueño,
rehén y amante, suya extranjera,
sabiendo de su muerte y de mi muerte
y de la eternidad de ambos hechos.
A las puertas estoy oyendo el paso
de la hembra que me odia antes de verme
escuchando los pasos presurosos
de la que ya apuró su vaso rojo
y viene en busca del segundo sorbo.

¡Voy, voy ! Ya sé mi rumbo por la sangre
de Agamenón que en su coral me llama.

Tampoco la mujer apercibida
que está golpeando a las puertas extranjeras
dejó de oír la hora que venía y venía
recta hacia ella y Clitemnestra.

Todo lo supe y vine a mi destino
recta hacia el sitio de mi acabamiento.

Sin llanto navegué por mar de llanto.
Yo vine, aunque bien sabía
y bajé de mi carro de cautiva
si rehúsa, entendiendo y consintiendo.

No vale ¡ guay !  el bronce de la puerta
para que yo no vea a la que viene
por camino de mirtos a buscarme
ebria de odio y recta de destino.

La mujer sanguinosa me destestaba
pero es la sangre de él la que me ciñe
y el hilo del coral quien lleva
consigo a aquella que es rehén y amada
y las puertas se cierran sobre aquella
que de veinte años lo tuvo sin amarlo
y a quien yo amé y seguí por mar, islas, penínsulas
y aspirando en el viento del ábrego
la bocanada de la patria suya.

Vi Atenas antes de tocar su polvo
y veo la chacala de ojos bizcos,
le veo la señal apresurada
y el botín de mi cuerpo en sangre tinto.

Ya abre las puertas para recibirnos
según recibe el cántaro reseco
el chorro de su sidra o de su vino,
con tu cuerpo gastado cual las rutas
deseada fui como la azul cascada
que ataranta los ojos del sediento.

Ya estamos ya, los dos, ricos de púrpura
y de pasión, ganados y perdidos,
todo entendiendo y todo agradeciendo
al Hado que sabe y me salva.

Ya me tumban tus sanguinarios siervos
y ya me levantan en faisán cazado
pero el alto faisán de tu deseo
después de su rapiña y de su hartazgo
te dejará en las manos de sus siervos
y volarás conmigo los espacios
ricos de éter y de constelaciones.

Antes del alba habré recuperado
yo al Agamenón, al rey de hombres
en él voy de vuelo, ya voy de vuelo.

 

Gabriela Mistral, poema extraído del diario “El Mercurio”, Santiago, Chile, N 62.927, pp. E1, E2 y E3, Domingo 22 de julio, 2007.

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