La parábola del criador de perros loco

Comparto con vosotros esta interesante parábola del colombiano Hernán Toro, del grupo Escépticos Colombia, donde el autor adapta una analogía anónima y nos da un punto de vista ateo sobre la respuesta de Dios al mal del hombre.

Mar en ascenso, obra del pintor hiperrealista australiano Joel Rea.

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La parábola del criador de perros loco

xhhjhgace mucho tiempo vivió un hombre que criaba perros. Un día decidió criar una camada de animales fuertes, inteligentes y leales. Al final creyó obtener una raza que reflejaba lo mejor de su propia naturaleza. Viendo que la raza era buena, quedó satisfecho y se puso a descansar. Pero ésto duró poco.

Los animales comenzaron a luchar ferozmente entre ellos. Se herían y se mataban por trivialidades; a veces sin motivo. Lo peor a los ojos del criador, fue que sus perros se volvieron desobedientes y ni siquiera lo reconocían como el amo.

Como el criador amaba tanto a sus perros, no pudo soportar semejante salvajismo ni tolerar tal desobediencia arrogante, así que decidió acabar esa violencia. Tomó a sus perros amados y los ahogó a todos, excepto al puñado que consideró más bueno y obediente. Esto, pensó, acabaría con el mal en su perrera.

Pero no funcionó: los canes “justos” comenzaron a reproducirse y sus descendientes siguieron atacándose y despedazándose entre ellos de manera inmisericorde.

El criador amaba tanto a sus perros, a pesar de su salvajismo irremisible, que decidió buscar otra solución.

Tras pensar un poco, la encontró: pondría a su propio hijito en la perrera como un modelo de inocencia y virtud para los perros; así los salvaría de ellos mismos.

De seguro, ante la presencia de tan maravilloso ejemplo, un maestro enviado por su propio amo, los perros se volverían humildes y aprenderían a rechazar su monstruosa forma de comportarse.

Pero en su corazón, el criador sabía que esto no pasaría. Él sabía que los perros matarían a su hijo. Y así lo hicieron.

Los perros comenzaron a gruñir y ladrarle al joven, se abalanzaron sobre él, desgarraron sus vestimentas, comenzaron a morderlo inmisericordemente, y lo despedazaron entre sus fauces mientras derramaban toda su sangre en el piso, hasta la última gota.

Entonces, el criador se acercó a sus perros amados y les dijo:

“Cualquiera de vosotros que coma los trozos de carne y beba de los charcos de sangre de mi hijo, aceptando en su corazón que lo dejé matar por vuestra causa, no lo castigaré sino que lo llevaré a que viva para siempre conmigo, en mi propia casa” .

Dicen los que pasan cerca a la casa del criador, que aún hoy día se escuchan los gruñidos, ladridos y aullidos de los perros que se siguen despedazando a mordiscos entre ellos.

El que tenga oídos para oír, que escuche, y el que aún tenga moral para despertar, que despierte.

Hernán Toro

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