Pasadizo para la muerte

El otro día en clase de Yoga, estuvimos reflexionando sobre nuestra forma de ver y afrontar una de las pocas cosas de las que estamos seguros, que vamos a morir, por ello creo acertado compartir este relato de Fernando Jiménez del Oso,  un psiquiatra y periodista español, especializado en temas de misterio y parapsicología, y que fué un afamado director de revistas y programas de televisión. J.L.Soba

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Obra del artista y diseñador digital polaco Adán Martinakis

Pasadizo para la muerte

xEEE.jpgl hombre hizo una pausa para encender un cigarrillo, después continuó hablando.

—Hay gentes para las que la vida es algo que merece la pena, gentes que hablan y ríen, aman, comen y parecen esperar cualquier cosa del futuro; las ciudades están llenas de ellos, son como perros de caza siguiendo el rastro de la pieza, atentos y tensos, deseando lanzarse sobre cualquier presa que la vida les ofrezca. Yo no soy uno de ellos, eso es todo.

—A veces pienso que tú no eres nada.

Era la frase final, la puerta que dejaba entrar el silencio… En veinte años de matrimonio, las pausas, las miradas, los gestos ínfimos, pesan más que las palabras y se espera ansioso que algo suceda… el teléfono, la llegada de alguien, cualquier cosa que rompa el cordón del silencio y lo anude a otras palabras, a otras ideas.

Fue ella, como casi siempre, la que volvió a hablar; conciliadora, casi humana, probablemente aburrida de permanecer callada esperando que, al menos por una vez, él reiniciara la conversación.

—No te entiendo. Lo intento, te juro que lo intentó, pero no te entiendo. Debes estar deprimido, aunque tú no quieras reconocerlo.

—No, por favor, otra vez no. Ya lo hemos discutido mil veces. No estoy triste, gozo haciendo el amor o ante una buena comida. Me agradan las puestas de sol y todas esas cosas. Aprecio en lo que vale ser rico, me gusta el dinero y el poder…, de veras. Pero tengo ganas de que acabe todo, deseo morirme; pienso que ya he vivido lo suficiente, ya he visto y gustado bastantes cosas, y las que queden no me interesan. Quiero pasar a otra cosa, a otra etapa.

—¿Cómo sabes que hay otra etapa? ¡Me exaspera esa seguridad tuya en que hay algo después de la muerte! ¡Qué sabes tú!

—De acuerdo, de acuerdo, no hay necesidad de enfadarse. Estoy seguro de que hay otra existencia después de ésta, lo hemos hablado mil veces. No pienso que vaya a ser tocar el arpa o quemarse en el infierno, esas estupideces no las creen ya ni los más simples. Nada de premios y castigos, sencillamente se pasa a otra forma de existencia, a otro plano distinto… y si no hay nada tampoco importa mucho, será como estar dormido sin soñar.

—Como tú quieras, pero sigo pensando que necesitas un psiquiatra… o terminaré yendo yo. No es fácil vivir con un hombre que lo único que desea es morirse. Ni yo ni el hijo que vendrá te importamos.

Como otras veces, como tantas otras veces, ella lloraría y él tendría que consolarla, cortésmente, con ternura que ya estaba gastada, con palabras que nunca eran nuevas.

Si ella supiera… si supiera que Bert la mentía siempre que hablaban del tema. La verdad es que no gozaba haciendo el amor, al menos con ella, que no apreciaba el dinero, que estaba aburrido hasta la inmensidad y que no quería dejar de estarlo. Quería huir, huir de todo y especialmente de ella, quería morirse, y no volver por este mundo para evitar el riesgo de encontrársela de nuevo. Y ahora es cuando más deseaba la muerte; por una extraña broma del destino, Angela se había quedado embarazada, y eso le aterrorizaba. No sentía el menor deseo de ser padre, no quería a aquel hijo concebido por error, casi sin placer, que dentro de unos días iba a nacer para sujetarle más a la vida, para darle nuevas angustias, para obligarle a permanecer año tras año junto a aquella mujer que odiaba. Si amara la vida intentaría el divorcio, escapar, cualquier cosa, pero estaba cansado, no tenía ganas de luchar, lo único deseable, la solución lógica, era la muerte… y no había razón para seguir esperando.

El dulce sopor del principio era solamente un recuerdo; ahora el cuerpo había dejado de tener sentido, como si no existiera, como si no hubiera existido nunca. Sólo quedaban las ideas, y éstas surgían libres, ajenas al concepto de cerebro.

Había sido sencillo, demasiado sencillo, y hacerlo no representó angustia, tampoco alegría, sólo la sensación de estar representando un papel, de estar protagonizando una historia que no era la suya, como un actor eficiente que no se siente identificado con su personaje. Era curioso comprobar cómo en momentos aparentemente tan trascendentes en la vida de un hombre lo único que importaban era los detalles. Había elegido un pijama de seda y su bata más nueva, como si eso fuese importante, casi sonreía al recordarlo. Sonreír… ¿con qué? En ese mundo de ideas no existían músculos, ni boca…, costaba un poco acostumbrarse a la nueva situación.

En los libros se decía que en circunstancias semejantes uno se sale del cuerpo y es testigo de lo que sucede, se ve a sí mismo, a lo que fue el soporte físico; sin embargo, nada de eso sucedía, estaba en… ningún sitio, era como estar solo consigo mismo, sin sensaciones, sin sentimientos, en una oscuridad que no era ausencia de luz porque el concepto luz no existía.

En cualquier caso, su cuerpo estaría en algún sitio. Probablemente no lo habían descubierto aún…, ¿o quizá todo había sucedido mucho tiempo atrás? Curioso…, era otro concepto que había perdido, el del tiempo; podía llevar minutos en ese estado o años, tal vez miles de años. ¿Qué habría sido de su cuerpo? A lo mejor estaba aún sentado en la silla de la cocina y nadie se había dado cuenta de lo sucedido.

* * *

Fue lógico elegir el gas, era lo más fácil, aunque le llevó algún tiempo tapar todas las rendijas; era importante que no se percibiera el olor, ni mucho menos que muriera también Angela. Habría sido gracioso abrir los ojos a una nueva existencia y encontrarse con ella, con su cara que, según los demás, era atractiva, con sus reproches, con su amor pegajoso y dependiente… Extrañamente, aún podía odiar, pero era un odio amortiguado por la distancia, un odio que no merecía la pena recordar, pertenecía a otro tiempo, a otra vida.

¿Cómo sería el hijo? Tal vez había muerto ya de viejo, era tan difícil acomodarse a la inexistencia del tiempo. La verdad es que nunca tuvo la sensación de que ese hijo fuera alguien, de que tuviese personalidad propia. Angela tenía más de cuarenta años, posiblemente su fruto fuera un fruto sin alma, uno de esos seres cuya vida sólo es física…, quizá ni llegó a nacer vivo. Qué importaba ya, él se sentía lejos, absolutamente lejos de aquellas cosas, de aquellos sentimientos, de aquellos problemas, él era libre, aunque no supiera qué era, ni dónde estaba.

De todas formas, él esperaba otra cosa. Los que habían estado al otro lado de la vida y volvieron contaban sensaciones muy distintas a las que él sentía; ellos hablaban de un túnel oscuro que recorrían y la sensación de abrirse a un mundo distinto en el que se veía a otras personas, seres que ya habían muerto y estaban esperando al recién llegado, incluso hablaban de un ser luminoso con el que se hacía balance de la existencia que había terminado. Algunos contaban haber vislumbrado una ciudad lejana. A él no le sucedía nada de todo aquello, tenía recuerdos, pero carecía de sensaciones; sólo sabía que estaba, pero ignoraba dónde y desde cuándo.

De súbito le asaltó el temor de no estar muerto o que la muerte fuera algo distinto de lo que tantas veces había imaginado. Tal vez estaba en un punto intermedio, en una especie de zona neutral entre las dos existencias; de hecho, se iba alejando de lo que fue su vida, cada vez le costaba más trabajo recordar cómo era antes y qué hacía, sólo venían imágenes desdibujadas de un pasado que ya era muy lejano; curiosamente, era el rostro de Angela lo que más nítidamente persistía, su rostro y la idea de odiarla o haberla odiado en otro tiempo. ¡Qué extraño era estar muerto! ¿O no lo estaba? De alguna parte estaban naciendo sensaciones, como si notara… Sí, estaba notando su propio cuerpo, un cuerpo indefinible, distinto a lo que podía recordar. Sin duda estaba entrando en una nueva existencia al fin. Por un momento había sentido miedo, hubiera sido horrible no estar muerto y tener que volver de nuevo a lo de antes, a las mismas cosas, los mismos sentimientos, volver de nuevo a la compañía de ella. Ahora estaba seguro de que no sería así, había comenzado a tener sensaciones, aunque de forma imprecisa notaba que tenía un cuerpo y lo percibía como algo diferente a lo que recordaba del anterior. Poco a poco iría tomando más conciencia de su nuevo estado, de su nueva vida, ya no le cabía duda, todo iba a ser tal como estaba descrito en los libros de ocultismo, igual a lo que se relataba en las sesiones de espiritismo o en los trabajos que recogían el testimonio de los que estuvieron clínicamente muertos; nunca había dudado que fuera así y ahora su propia experiencia lo estaba confirmando; tenía un cuerpo distinto, lo sentía… y empezaba también a sentir otras cosas… un ruido extraño, hacía tiempo que le llegaba, pero cada vez era más perceptible, un rumor lejano, como el batir monótono y acompasado de un tambor que, curiosamente, producía paz; un ritmo relajante y protector que le envolvía, como si junto a él latiese un inmenso corazón.

*  *  *

Todo era diferente a cualquier sensación experimentada antes, era consciente de que existía, incluso tenía un cuerpo, y de éste le llegaba alguna sensación, hasta el punto de ir conformando en su mente un esquema, una idea aproximada de su nueva forma; no podía verse, la oscuridad era total, ni siquiera sabía si en esta nueva etapa tenía ojos o algo que hiciese su función, pero, evidentemente, tenía un cuerpo, lo sentía, aunque fuese distinto al de antes, al de la vida anterior; éste era más pequeño, como el resumen de un cuerpo, como el boceto del antiguo. Lo percibía porque algo estaba apretándole… algo le empujaba. En ese instante brotó la angustia. Su mente empezó a trabajar febrilmente, trató de relacionar esa sensación con los relatos que había leído, con las descripciones que recordaba y la angustia creció hasta desbordarse porque esa sensación se estaba transformando en dolor, un dolor físico, definido, concreto, y eso sólo podía significar que… estaba vivo. Enterrado probablemente y ¡aún vivo!

Trató de calmarse, de alejar el pánico, de razonar; tenía que haber una explicación, era preciso dejar de prestar atención a esas sensaciones y pensar, pensar con calma…, con calma. Poco a poco fue serenándose hasta el punto de poder ordenar sus ideas. No debía estar muerto, era capaz de oír y de sentir dolor físico; pero si estaba vivo, ¿dónde estaba? ¿Enterrado? No, demasiado melodramático; si se había suicidado tenían que haberle practicado la autopsia antes de enterrarle y entonces era inevitable estar total y definitivamente muerto. No, no estaba enterrado. Pero, entonces, ¿qué era el sitio donde se encontraba, y qué había pasado con su cuerpo? Lo sentía distinto; si pudiera tocarse…, pero algo sujetaba sus extremidades, si es que las tenía; lo mas que llegaba a percibir era la sensación de estar en un cuerpo, un cuerpo que no reconocía.

Le resultaba imposible entender qué estaba sucediendo. A no ser que todo fuera lo normal; en definitiva, ¿qué sabía él de la muerte? Algunos libros, experiencias ajenas que ahora, le parecían más que dudosas… ¡Claro! Ellos estaban equivocados, lo que contaban no correspondía con la muerte, eran personas que estuvieron «clínicamente muertas», pero no muertas realmente, esa era la diferencia… Pero ¿y el dolor? Porque estaba sintiendo dolor, no demasiado intenso, pero dolor en definitiva, ahora era como si algo le apretase, le estuviese oprimiendo alrededor del cuerpo y especialmente desde abajo, desde los pies. Sí, algo le estaba empujando y empezaba a notar una presión en la cabeza, como si ésta fuera abriéndose paso por algún sitio a consecuencia del empuje; no había duda, estaba saliendo de algún lugar en el que hasta ahora había estado encerrado. Casi le entraron ganas de reír… estaba imaginando llevar mucho tiempo muerto y, en realidad, era en ese momento cuando estaba muriendo, en ese preciso instante. Lo había leído miles de veces, casi todas las experiencias coincidían: en el momento de la muerte se tenía la sensación de ser empujados por un túnel. ¡Un túnel! Y al final de él estaba la luz, el otro mundo, la otra existencia.

¡Qué necio había sido! Y pensar que se creía vivo y enterrado… Todo iba bien, todo era como él esperaba que fuese. Ya había llegado el momento definitivo; notó que aquella presión que le empujaba aumentaba en intensidad y salía, estaba saliendo al otro mundo. Definitivamente había dejado la vida anterior y a ella, a Angela. Aún la odiaba cuando salió.

Y era como él pensaba, fue una explosión de luz que cegó sus ojos pese a tenerlos cerrados. Y en ese instante comprendió, y al hacerlo sólo pudo gritar. En ese grito todo se borró de su memoria.

El médico puso al recién nacido en las manos de la comadrona; sería un chico fuerte a juzgar por el grito que lanzó nada más salir. Ya estaba tranquilo, era el momento de ocuparse de la madre.

—Ya está. Angela; ha sido un niño precioso, en seguida podrá tenerle con usted.

Luego hizo un gesto triste al mirar al niño y pensó que la vida era injusta a veces: «Pobrecillo, ha nacido unas horas después de suicidarse su padre. Una vida que empieza cuando otra termina».

Fernando Jiménez del Oso

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