Los buenos modales, ¿para qué sirven?

El marco de la pintura. La más genial de las pinturas de Picasso necesita de un

marco, enseña Ortega. El marco, es cierto, no vale gran cosa, por más artístico que

sea. Lo que vale es la pintura. Pero sin marco no existe, no puede ser expuesta, no

puede ser vista por otros.

Lo esencial es qué se dirá después del buenos días, qué tal, cómo te va, y la

familia. Eso, lo anterior, es apenas una introducción para facilitar el contacto, la

conexión. Lo importante es lo que viene luego. Pero sin el marco, la introducción

fútil, no podemos llegar a lo importante.

 

Raffael, Madonna della Sedia, 1513,

Virgen de la silla (Virgen con Niño y san Juanito), obra de Rafael Sanzio (1513-1514) Galería Palatina del Palacio Pitti de Florencia, Italia.

Los buenos modales, ¿para qué sirven?

 Interesante es descubrir que esta revolucionaria de la educación, del enfoque

sobre el niño, la doctora María Montessori, entendía que los buenos modales, las

buenas costumbres, la manera de relacionarse debidamente con el prójimo son

elementos fundamentales en el crecimiento de la persona.

Desde temprano debe ser educado el niño en este orden, que también es orden,

el orden de la manera de relacionarse con el otro, y que se manifiesta en los

modales.

Los modales no son un fin en sí, son un medio, una especie —decía

Montessori— de aceite que contribuye al funcionamiento suave de la maquinaria

social.

En nuestro tiempo este tema, el de los modales, fue considerado como

totalmente arbitrario, tonto, absurdo, imbécil, y se dejó a menudo a crecer a los

jovencitos en un caos de manifestaciones personales mientras toda la dedicación se

cargó sobre su mundo intelectual o sobre su problemática psicológica.

Los modales, las buenas formas, las buenas maneras, que parecen ser temas de

María Castaña hoy vuelven al tapete, por su total ausencia. Ocurre que si no te

enseñan modales, tú no eres capaz de inventártelos solos. Simplemente porque los

modales no dependen de tu creatividad subjetiva.

Los modales son siempre ajenos, por cierto.

Son siempre banales, es cierto.

Son siempre superficiales, también es cierto.

Por eso precisamente son valiosos, porque no requieren de ninguna

profundidad, ni comprensión ni estudio de posgrado universitario, por eso mismo

surgen en las primeras etapas de la existencia con ninguna finalidad sino, meramente,

la de ser mediadores en las rutinas de la existencia (¿qué tal, cómo te va?

hola, dar la mano, plegar la servilleta, un beso en la mejilla, un beso en cada

mejilla, la ropa limpia, el cabello aseado, saludar al que se despide y se va, sonreír

a los amigos o a los que parecen serlo o a los que queremos que crean que

nosotros los consideramos amigos, y así sucesivamente).

Nadie piensa erigirle un monumento al semáforo ni al inventor del semáforo.

Son totalmente intrascendentes. Pero cuando faltan, uno tiene cierta sensación de

vacío, y de peligro, y una zozobra de cómo hago para cruzar la calle.

Así son los modales, las buenas formas conectivas.

Son, justamente, para que no tengamos que mirarnos, para que no tengamos

que inventar qué te digo cuando te encuentro, ¿te ladro, te grito, te miro en

silencio, no te miro?

Para eso existen los modales.

—¿Qué tal, como te va?

Dar la mano. O el beso. O el abrazo.

A partir de ahí, nos conectamos y hasta podemos comunicarnos en profundidad.

Jaime Barylko en su libro “Los hijos y los límites”.

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