El viajero que se perdió en la ruta

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El viajero que se perdió en la ruta

Llego al fin del año y constato que, entre muertos y heridos, oleadas de piedras como para sepultar esperanzas, el grito alucinado frente a la riada de malaventuranzas, estoy vivo. Estar vivo es un milagro constante. Por poca cosa se escapa la vida: un coágulo de sangre en el cerebro, una caída, un virus, un tiro, un accidente de tránsito, un suceso casual, el vaciamiento ético, la penuria moral.

Cada mañana se repite el renacer. Ahora sé por qué el niño se vuelve remolón cuando el sueño comienza a vencerle la resistencia. Teme la muerte, la segregación del ambiente querido, el retorno a las cavernas uterinas. El sueño le apaga los sentidos, la conciencia, el (con)tacto con manos y miradas afectuosas.

Crecer es dormir sin miedo. Confiando en que se va a despertar al día siguiente. En este momento confío en que despertaré en el Año Nuevo. Espero que no sólo del sueño pos-cena de fin de año, sino también de ese sopor que me acosa, de ese propósito de debilidad que me asalta, de esa lúgubre angustia de viajero que, además de perder el rumbo, se perdió en el rumbo.

En este año que se acaba a veces me creí un idiota dostoyeskiano, entre crimen y castigo, pero como si todo dependiese de la habilidad semántica del jugador. Como en “Tom Jones”, de Fielding, mi idealismo ficticio se deshilachó en realidad. Se desmoronó el cielo y me vi pisando el suelo de estrellas, cuyas puntas truculentas para nada evocaban la canción de Orestes Barbosa. Y comulgué en el dolor, ese dolor inconsútil que traspasa silenciosamente, uno por uno, los hilos que, en nuestra subjetividad, tejen la certeza de que el sueño es el preanuncio inconsciente de que todo lo real es vulnerable.

Sin embargo, no sucumbí. Como el bambú, me doblo pero no me quiebro. De mis poros brota un delicado sonido de flauta. No soy dado a la amargura y sé que la vida es una apuesta. Todas mis fichas están colocadas en el tablero de los desheredados. Juego del lado de los perdedores. Sólo esto me interesa: el pan y la paz para el hambriento. ¿Para qué sirven todos los poderes del mundo si no logran ofrecer un plato de comida? ¿De qué valen todos los reinos si no llenan el alma del sabor de uva?

No soy disecador de pájaros. Los quiero vivos, libres, con su vuelo arisco frunciendo los vientos. Los quiero saltarines entre las flores que cultivo en mi jardín íntimo. Los quiero gorjeando melodías todas las mañanas. Los quiero despertándome en el Año Nuevo, aunque con ello me provoquen el vértigo de las alturas.

Sé bien que tendremos un año nuevo de lides electorales, de confrontaciones políticas, de promesas de campañas. Pero prefiero esto al orden macabro de las dictaduras y al genocidio de guerra que supone el imponer la democracia por la fuerza de las armas. Sólo no sé cuándo mi pueblo se levantará de la desolación, cuándo los jóvenes dejarán de ser meros espectadores. De nuevo serán ocupadas las calles y las plazas, desalojando a la política de sus palacios y cámaras parlamentarias y volviéndola, de hecho, lo que siempre debió haber sido: ese ejercicio colectivo de imprimir futuro al futuro, por más que la expresión parezca una redundancia.

Quiero la vida despertando pletórica en la ciudadanía, en la terquedad de los inconformes, en la ociosidad intemporal de los mendigos, en las mujeres condenadas a bordar dolores descoloridos, en la humillación de los que claman por un pedazo de tierra, de suelo, de casa, de derecho. Que todos tengamos acceso a la vida, distribuida copiosamente como pan caliente por la mañana, sin temer nunca las intermitencias de la muerte.

Frei Betto
                                                                                             

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