Mi niño Jesús

xCristo en casa de sus padresJohn Everett Millais1850

Cristo en casa de sus padres (1850), obra de John Everett Millais.

 Mi niño Jesús

En un mediodía de fin de primavera
Tuve un sueño como una fotografía.
Vi a Jesús Cristo descender a la tierra.
Vino por la ladera de un monte
Volviéndose otra vez niño,
Corriendo y rodando por la hierba
Y arrancando flores para dejarlas fuera
Y riendo de modo que se oyera de lejos.

Había huido del cielo.
Era demasiado nuestro para fingir
De segunda persona de la Trinidad.
En el cielo todo era falso, todo en desacuerdo
Con flores y árboles y piedras.
En el cielo tenía que estar siempre serio
Y de vez en cuando de tornarse otra vez hombre
Y subir para la cruz, y estar siempre muriendo
Con una corona toda enrededor de espinos
Y los pies estacados por un clavo con cabeza,
Y hasta con un trapo en vuelta de la cintura
Como los negros en las ilustraciones.
Ni siquiera lo dejeban tener padre y madre
Como a las otras criaturas.
Su padre eran dos personas…
Un viejo llamado José, que era carpintero,
Y que no era padre de él;
Y el otro padre era una paloma estúpida,
La única paloma fea del mundo
Porque no era del mundo ni era paloma.
Y su madre no había amado antes de tenerlo.

No era mujer, era una maleta
En que él hubo venido del cielo.
¡Y querían que él, que sólo naciera de la madre,
Y nunca tuvo padre para amar con respeto,
Clavara la bondad y la justicia!

Un día que Dios estaba durmiendo
Y el Espíritu Santo andaba volando,
Él fue a la caja de los milagros y robó tres.
Con el primero hizo que nadie supiera que él había huido.
Con el segundo se creó eternamente humano y niño.
Con el tercero creó un Cristo eternamente en la cruz
Y lo dejó clavado en la cruz que hay en el cielo
Y sirve de modelo a las otras.
Después huyó hacia el sol
Y descendió por el primer rayo que tomó.

Hoy vive en mi aldea conmigo.
Es una criatura bonita y natural.
Limpia la nariz en el brazo derecho,
Chapotea en los pozos de agua,
Recoge las flores y gusta de ellas olvidándolas.
Tira piedras a los burros,
Roba la fruta de los pomares(*)
Y huye llorando y gritando a los canes.
Y, porque sabe que ellas no gustan
Y que toda la gente lo encuentra gracioso,
Corre atrás de las rapacitas
Que van en grupo por los caminos
Con las vasijas en las cabezas
Y les levanta las faldas.

A mí me enseñó de todo.
Me enseñó a mirar a las cosas.
Apúntame todas las cosas que hay en las flores.
Muéstrame como las piedras son graciosas
Cuando la gente las tiene en la mano
Y mira lentamente hacia ellas.

Me dice mucho mal de Dios.
Dice que él es un viejo estúpido y enfermo,
Siempre escupiendo en el piso
Y diciendo indecencias.
La Virgen María lleva las tardes de la eternidad haciendo media.
Y el Espíritu Santo se rasca con el pico
Y se posa en las sillas y las ensucia.
Todo en el cielo es estúpido como la Iglesia Católica.
Me dice que Dios no percibe nada
De las cosas que creó –
«Si es que él las creó, de lo que dudo» –
«Él dice, por ejemplo, que los seres cantan su gloria
Pero los seres no cantan nada.
Si cantaran serían cantores.
Los seres existen y nada más,
Y por eso se llaman seres.»
Y después, cansado de hablar mal de Dios,
El Niño Jesús se adormece en mis brazos
Y yo lo llevo al cuello para casa.

Él vive conmigo en mi casa en medio de la colina.
Él es la Eterna Criatura, el dios que faltaba.
Él es el humano que es natural,
Él es el divino que sonrie y que juega.
Y por eso es que yo sé con toda certeza
Que él es el Niño Jesús verdadero.

Y la criatura tan humana que es divina
Es ésta mi cotidiana vida de poeta,
Y es porque él anda siempre conmigo que yo soy poeta siempre,
Y que mi mínimo mirar
Me llena de sensación,
Y el más pequeño sonido, sea de lo que fuere,
Parece hablar conmigo.

La Criatura Nueva que habita donde vivo
Me da una mano a mí
Y la otra a todo lo que existe
Y así vamos los tres por el camino que hubiera,
Saltando y cantando y riendo
Y gozando nuestro secreto común
Que es el saber por toda la parte
Que no hay misterio en el mundo
Y que todo vale la pena.

La Criatura Eterna me acompaña siempre.
La dirección de mi mirar es su dedo siempre apuntando.
Mi oido atento alegremente a todos los sonidos
Son las cosquillas que él me hace, jugando, en mis orejas.

Nos damos tan bien uno con el otro
En la compañía de todo
Que nunca pensamos uno en el otro,
Pero vivimos juntos y dos
Con un acuerdo íntimo
Como la mano derecha y la izquierda.

Al anochecer jugamos a las cinco piedritas
En los escalones de la puerta de casa,
Graves como conviene a un dios y a un poeta,
Y como si cada piedra
Fuera todo un universo
Y fuera por eso un gran peligro para ella
Déjala caer en el suelo.

Después yo le cuento historias de las cosas sólo de los hombres
Y él sonrie, porque todo es increible.
Rie de los reyes y de los que no son reyes,
Y tiene pena de oir hablar de las guerras,
Y de los comercios, y de los navíos,
Que dejan humo en el aire de las altamares.
Porque él sabe que todo eso falta a alquella verdad
Que una flor tiene al florecer
Y que anda con la luz del sol
Variando los montes y los valles
Y haciendo doler a los ojos los muros calcáreos

Después él adormece y yo lo dejo.
Lo llevo al cuello para dentro de casa
Y lo dejo, despidiéndolo lentamente
Y como siguiendo un ritual muy limpio
Y todo materno hasta él estar desnudo.

Él duerme dentro de mi alma
Y a veces despierta de noche
Y juega con mis sueños.
Pone algunos patas para arriba,
Pone unos encima de los otros
Y bate las palmas solo
Sonriendo para mi sueño.

Cuando yo muera, hijito,
Sea yo criatura, o más pequeño.
Agárrame tú al cuello
Y llévame para dentro de tu casa.
Despide a mi ser cansado y humano
Y déjame en tu cama.
Y cuéntame historias, en el caso que yo despierte,
Para yo volver a adormecer.
Y dame sueños tuyos para que yo juegue
Hasta que nazca cualquier día
Que tú sabes cuál es.

Ésta es la historia de mi Niño Jesús.
¿Por qué razón que se perciba
No ha de ser ella más verdadera
Que todo cuanto los filósofos piensan
Y todo cuanto las religiones enseñan?

Fernando Pessoa, firmado bajo el heterònimo de Alberto Caeiro.

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