La niña mendiga

Hoy comparto un hermoso relato que he leído en la red, firmado por  Boris Akopian, autor del que no he hallado más datos, relato que me parece muy bello y me hace recordar las sabias palabras de Concepción Arenal:«El amor es para el niño como el sol para las flores; no le basta pan: necesita caricias para ser bueno y ser fuerte». J.L.Soba

Evgraf Semenovich Sorokin, Chica mendiga española (1852)

Chica mendiga española (1852), obra del pintor ruso Evgraf Semenovich Sorokin.

La niña mendiga

xlllkoa niña mendiga de mi pequeña ciudad tiene una edad indefinida entre once y…años. Ella dice que su nombre es Anahí y nadie recuerda exactamente cuánto tiempo hace que se la ve por las calles del pueblo, con su hatillo y su bolsa de cuentos.

Anahí nunca pide dinero, solamente se sienta en algún banco del parque y, cuando se pone a leer, la gente que pasa y la ve sabe que necesita unas monedas para comer y poderse comprar cuentos de segunda mano a su amigo el trapero y se las dan.

-Gracias, es dinero bien empleado -responde siempre con un guiño y una sonrisa cuando se guarda el dinero en un bolsillo de su chaqueta.

Solo necesita pequeñas cantidades para comprar pan, queso, chocolate y naranjas que son las únicas cosas que come a diario. Si le ofreces caramelos o golosinas se los queda pero, más tarde, los reparte a otros niños con los que juega a la hora de la salida de los colegios. La ropa la toma de la beneficencia pero es muy exigente en conservar un estilo de desaliño moderado, aunque ella vaya siempre muy limpia y aseada.

Los otros chavales la adoran, en especial los que son más pequeños. Muchos le dicen que se vaya a vivir a su casa y que sea su hermana mayor. A Anahí le gusta que le pidan eso, pero como sabe que no es posible, contesta con una mueca de aprobación, pero luego dice que no sabría qué casa elegir y que se lo pensará con calma para tomar una decisión acertada y correcta.

Una vez un grupo de señoras ricas y con mala conciencia emprendieron una cruzada para que los de ayuntamiento la metieran en algún orfelinato. Antes de eso la llevaron a la fuerza a un hospital para que le hicieran un reconocimiento, con análisis, radiografías y pruebas de enfermedades contagiosas. Los médicos coincidieron en que estaba mucho más sana y, aparentemente, mejor alimentada que la mayoría de niños de su edad. Anahí le dijo a la asistenta social, que la quería mucho, que si la encerraban se escaparía y se iría del pueblo. A la funcionaria le dio pena y dejó el tema en una carpeta de asuntos pendientes en su mesa que, con el tiempo, fue cogiendo polvo y más polvo.

Anahí desaparece por las noches, más pronto si aprieta frío, y nadie sabe dónde duerme. Es otro de sus secretos, como también la forma en que llegó hasta la ciudad, aunque la gente dice que la abandonaron unos feriantes con los que viajaba. Eso, cuentan, fue hace varios veranos, pero nadie puede confirmarlo. También se difundieron otras versiones, a cada cual más llena de misterios.

Nadie comprende como la niña se entiende con otros pequeños de los recién llegados de lugares lejanos y que aún no hablan ninguna de nuestras lenguas. A veces se aparta y, en susurros, la puedes ver conversando con los hijos de los chinos del bazar que, como todo el mundo sabe, sólo se comunican apenas con sus padres o familiares porque sólo hablan su idioma llevando como llevan pocas semanas en el pueblo, y que solamente se alejan unos metros de su puerta para jugar en la calle entre ellos.

Un día, sin que ella se diera cuenta, la oí como les contaba a un grupo de niños del parvulario que la escuchaban embobados junto a la fuente de los columpios, que en otros pueblos había otros muchachos como ella, viviendo igual; que no podían juntarse y formar grupos porque eran diferentes y la gente no los aceptaba más que de uno en uno como máximo. «Los que nacemos así amamos la libertad y, sobretodo, la fantasía de los cuentos -dijo mientras me miraba«. Al final acabó diciéndoles con una sonrisa muy iluminada en sus labios: “Si las islas no estuvieran rodeadas de agua no existirían. ¿Lo entendéis? Pues con la imaginación ocurre lo mismo, como las islas necesitan a los continentes, ella necesita de la realidad para existir…”

A veces, aunque pasen los meses y los años y yo la siga viendo igual, me pregunto qué será de la vida de Anahí cuando crezca y se convierta en una mujer.

Será como observar a una isla acercarse hasta fundirse con la tierra firme.

Simplemente inimaginable para mi mente fatalmente tan adulta.

Boris Akopian

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2 respuestas a La niña mendiga

  1. Gracias por el cuento, es precioso.

  2. Gracias a ti Carme, a mi me encantó también cuando lo leí por eso me parece merecer la pena el compartirlo.
    Namasté

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