Frankenstein y el amor

Hoy comparto una reflexiòn de Jaime Barylko, (Buenos Aires, 1936 – 2002), educador, escritor, ensayista y pedagogo argentino, que acercó la filosofía a la gente de la calle. “Frankenstein y el amor”, es un relato perteneciente a su libro ”Los hijos y los limites”, publicado en 1995, y del que ya he compartido en el blog otros relatos, pues creo son de gran ayuda, como bien dijo Jaia, la viuda de Jaime:

“Si hay libros que al leerlos les hacen bien a otros, bienvenidos sean. Los textos de Jaime son profundos. El se definía filósofo y tenía la capacidad de hablar de las cosas más difíciles en un lenguaje al alcance de todos”.

Cubierta de Frankenstein de Mary Shelley, en la edición de 1831.

Cubierta de Frankenstein de Mary Shelley, en la edición de 1831.

Frankenstein y el amor

Les cuento la historia, la vera historia de Frankenstein, la narrada por Mary W.

Shelley; y es de 1818 y no es terrorífica; es sumamente educativa y para meditar.

Victor Frankenstein, un científico, llenó su cabeza con lecturas de magia y

transmutaciones de origen medieval (como lo había hecho don Alonso Quijano,

luego Quijote enloquecido de fantasías) y alcanzó la quimera que le inflamó la

imaginación de crear un hombre.

Primero ensayó con otros elementos inertes de la naturaleza, una piedra por

ejemplo, y logró darle vida. Se dijo, en su arrogancia, que también podría hacer un

hombre.

Y lo hizo. Un gigante, poderoso hombre, que al nacer causó el estupor de su

propio padre o hacedor. Victor quedó aterrorizado al verlo y escapó de él, y nunca

más supo de su existencia.

El hijo de Victor Frankenstein, ese hombre hecho por el hombre, vagaba por el

mundo alimentándose de frutos naturales. Luego fue aceptado como siervo en una

familia de gente muy pobre, de campesinos; de esa manera adquirió los rudimentos

del habla, y luego de la lectura, y luego de la conciencia y del saber.

Este Frankenstein, el del libro de Mary Shelley, por así decir el auténtico

Frankenstein, era todo un hombre. Nada que ver con ese bruto y estúpido ser del

terror que la historieta y la filmografía consagraron. Era pensante. Tenía plena

conciencia y total desarrollo de la razón. Le faltaba —no confundir— cultura,

educación. Lenta y progresivamente las fue adquiriendo.

A medida que fue creciendo en alma como en cuerpo, Frankenstein tomó

conciencia de su soledad. Veía y observaba las relaciones humanas, el amor, la

amistad, y se sentía muy solo y abandonado.

El hijo malquerido

Frankenstein era un hijo no querido. No querido por su padre, no querido por los

demás. Eso lo desesperó.

No era malo. Nadie es malo. Uno se vuelve malo y cae en malas actitudes, en

destrucciones. No hay ser malo, no hay ser bueno. Hay actuaciones y éstas,

motivadas por factores detonantes especiales.

El resentimiento lo hizo malo. Había amor en el mundo, pero no para él.

Frankenstein, el auténtico, es un ser plenamente humano y por tanto

plenamente angustiado por la ausencia de amor en su vida. El horror de su figura

espanta a la gente. La soledad sentimental lo espanta a él. Hasta que se encuentra

con su creador, su hacedor, Víctor, y le dice:

—Soy malvado porque soy desgraciado. ¿No me odia y me rehuye la

humanidad? Lo que pido de ti es razonable y modesto: te exijo una criatura de otro

sexo, pero horrenda como yo. Es cierto que seremos monstruos y viviremos lejos

del resto del mundo, pero por esa razón nos sentiremos más unidos el uno al

otro….

“Si carezco de lazos y de afectos, el odio y el rencor serán mi destino; el amor

de otra criatura eliminará la causa de mis crímenes.

Victor se resiste. Primero le promete que cumplirá su pedido, pero luego

renuncia a ese proyecto. Le basta con haber hecho un monstruo, de lo cual se

arrepiente; no hará dos.

Victor conoce el amor. Victor está enamorado de Elizabeth, la dulce,

maravillosa, romántica, excelsa, purísima Elizabeth. Para él hay amor. Para su hijo

Frankenstein ni hay ni debe haber. Así lo decreta Víctor.

Frankenstein no resiste esta injusticia. Toma su venganza: mata a Elizabeth el

día de la boda. Luego elimina a su hacedor, a Víctor. Luego se elimina a sí mismo.

La necesidad de amar y ser amado

La novela del personaje de Frankenstein fue escrita más de ciento setenta años

atrás. Sin embargo, fíjese el lector cuánta actualidad tiene.

Frankenstein es pervertido por la falta de amor. Criado en el odio y la repulsa,

ese hijo no tiene más escapatoria que el crimen y el suicidio.

La sociedad ha de revisar constantemente quiénes son sus hijos dañinos y por

qué motivo lo son.

Nadie, repito, es malo ni es bueno. El hombre es todo lo que puede ser y lo que

puede hacer, en concordancia con la educación, el medio ambiente, y sobre todo las

posibilidades de amor que pueda ejercer.

El que ama y es amado ve en el mundo su casa. El que se cría en el

resentimiento y el rechazo ve en el mundo su guarida.

La ciencia de Victor Frankenstein puede hacer un hombre. No estamos hoy muy

lejos de esa posibilidad. En la probeta están ocurriendo hechos que antaño serían

calificados de milagros o magias portentosas. Es ciencia que da vidas, que hace

vida.

¿QUE hará luego esa vida? Eso no lo decide la ciencia sino la educación. ¿Y QUE es

la educación? La relación humana, el modelo, mi bien y tu bien, nuestro bien. Que

el mundo no sea una guarida, que sea una casa.

Estas reflexiones vienen al caso porque nuestra realidad de este fin de siglo sólo

conoce y reconoce el saber de la ciencia que concluye en realizaciones tecnológicas.

Debemos recuperar el otro saber, el del sabor, el de la sabiduría de la vida, el

de la comprensión y el de la renuncia, es decir el del amor.

Historia, triste historia, de alguien que fue creado para ser hombre pero lo

dejaron sin amor, y en consecuencia lo condenaron al crimen y a la muerte.

Progenitores que no son padres

El mensaje es claro: ese ser era el hijo de su autor, de su creador. El padre fue

progenitor pero no fue padre. Le dio vida, le dio movimiento, le dio todo, menos la

posibilidad de amar. Para la autora de la novela lo que sobra es maquinaria de vida

y lo que falta es sentimiento.

Sin amor, la existencia no tiene sentido. Se puede tener éxito, pero no sentido,

es decir dicha.

Hemos endiosado tanto al éxito, que nos olvidamos del porqué de nuestra

estadía en la Tierra, de nuestro paso por la vida: el sentido, vivir por algo, para

algo, para alguien. Ese es el defecto de Frankenstein; defecto significa ausencia.

Concluyamos con este monólogo de Frankenstein delante de su padre Victor:

“En todas partes veo la felicidad, de la que sólo yo me encuentro

irrevocablemente excluido. Yo era afectuoso y bueno, y la aflicción me ha

convertido en demonio. Haz que sea feliz, y seré virtuoso otra vez.”

Gran tema este para la meditación. La metáfora es clara: el ser progenitor y no

ser padre puede desencadenar tragedias.

El progenitor produce la física simiente de tu nacimiento. El padre —debería ser

la misma persona, claro está— es el modo en que el sujeto aquel no mira hacia el

pasado, hacia el acto de procreación realizado, sino al futuro, ese que te

corresponde, hijo, y por tanto te ama en cuanto procura tu crecimiento, tu

desarrollo afectivo, intelectual, espiritual.

Amar es apoyar y exigir el crecimiento ajeno.

Jaime Barylko, en su libro ”Los hijos y los limites”

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