La mujer de luto

Hoy comparto un relato de  Lisa Vargas Padín, autora muy interesante, pero de la que apenas he encontrado dato alguno, sólo que está publicado en “La bicicleta” Periodico USC, de Michael Vargas, y que me ha gustado mucho, por su forma de narrar y de mantener el interés por el desenlace de la historia. Espero que os guste.

MUJER DE LUTO

 La mujer de luto

xlla ciudad estaba fuera de control. Una mujer de gran influencia en la sociedad, que había enviudado meses antes, era la causa. Todo comenzó cuando Elena Torregrosa, mujer muy elegante, perdió a su marido en una carrera de autos. La viuda, en honor a su amado compañero, decidió seguir la antigua tradición de llevar el duelo vistiendo únicamente de negro. Echó a un lado su fabuloso ajuar para dar paso al luto.

La acongojada mujer visitó las tiendas más distinguidas de la ciudad y escogió la ropa que utilizaría el tiempo que fuese necesario. Al ser conocida por todos, importantes diseñadores se acercaron a ella para ofrecerle servicios de alta costura. El día en que la viuda se presentó a la primera actividad pública después de la muerte de su esposo, todos se maravillaron. Elena vestía un moderno vestido negro que rebasaba las últimas tendencias de moda y llevaba un fino velo que cubría ligeramente su rostro. Parecía triste, pero a su vez emanaba sensualidad.

Las mujeres la miraban con curiosidad y los hombres con asombro. La prensa y los medios televisivos resaltaron por varios días, la elegancia con que la viuda llevaba su ajuar de luto. A esa primera actividad siguieron otras más, en las cuales, cuando Elena llegaba, deslumbraba a todos con su encantador aspecto afligido. La joven mujer no sonreía, no bailaba y apenas probaba algún entremés durante dichos eventos. Simplemente se sentaba, cruzaba sus largas piernas y dejaba a la vista las modernas sandalias negras de tacón alto. La admiración de las mujeres crecía cada vez más y, en secreto, deseaban parecerse a ella.

Al cabo de un tiempo, la viuda realizó una actividad benéfica en su casa e invitó a mucha gente. El único requisito para asistir era ir vestido de negro. Al llegar, los invitados se sorprendieron de que la mayoría de los objetos en la residencia de la señora Torregrosa fueran tan oscuros como su ropa. Los sofisticados platos en que se sirvieron los entremeses eran del mismo color de su vestido. Igual sucedía con las elegantes copas donde se servía el vino. Los manteles, los cojines que adornaban los muebles, las cortinas que cubrían las largas ventanas, era todo de color negro.

Elena, por su parte, lucía glamorosamente triste en su vestido negro de mangas transparentes y fino brocado. Un delicado velo oscuro, de tul bordado, cubría su exquisito rostro triste. Esa noche la viuda fue la envidia de todas las mujeres y el sueño oculto de muchos hombres.

Luego de esa actividad, que resultó exitosa al recaudarse bastante dinero, los dueños de las tiendas del área notaron que la clientela solicitaba muebles de color negro. Por varias semanas la mercancía de tonalidades rojo, amarillo y verde quedó rezagada por el nuevo gusto de los compradores por el sombrío color. Los dueños de las tiendas por departamento estaban preocupados y se vieron obligados a ordenar objetos en tonos oscuros en tiendas de ciudades más distantes. Tuvieron que vender la mercancía de colores brillantes a precios ridículamente bajos, por temor a perderla.

Las mujeres comenzaron a vestir de negro. Las tiendas de ropa no daban abasto con la limitada mercancía de ese color. Los dueños se vieron obligados a solicitar ropa y calzado de color negro en otras tiendas para suplir la exigencia de los compradores. Las escuelas recibieron solicitudes de estudiantes que demandaban que el color de sus uniformes escolares fuera cambiado de azul a negro. Los recién nacidos salían del hospital vestidos en fina estopilla negra.

Todas las mujeres querían lucir tan fascinantemente compungidas como la viuda Torregrosa. Muchos hombres también sucumbieron a la moda de vestir en ese color.
La cuidad parecía estar de luto.

El alcalde del distrito estaba de plácemes, pues la ciudad comenzó a recibir más turistas que de costumbre. Los visitantes manifestaban que viajaban hasta allí movidos por la curiosidad de conocer el lugar en que sus habitantes parecían estar en duelo.

Luego de varios meses, una inquietud se apoderó de algunas mujeres. Era el hecho de que aunque llevaban tiempo vistiendo de negro, no lucían tan fascinantemente sugestivas como la viuda. Una tarde, varias mujeres estaban reunidas en un café y el tema de la viuda Torregrosa salió a relucir.

–La razón por la que no nos vemos tan deslumbrantes como ella es porque no somos viudas –dijo una de ellas.

– Es cierto. No podemos imitar su dolor ni su sufrimiento. Solo siendo viudas podríamos lucir un rostro tan afligido como el de ella –dijo Nora, la mayor del grupo.

Ninguna de las mujeres presentes dijo nada más, pero algunas de ellas, aunque no lo confesaran, de manera secreta deseaban ser viudas para lucir un rostro tan enigmático como el de la señora Torregrosa.

Aunque para las mujeres el deseo de ser viuda había sido solo un pensamiento oscuro que cruzó sus mentes, para Nora no lo fue. Esta mujer casada era la más temperamental del grupo.

Cuando Nora llegó a su casa, una idea se apoderó de ella. Se le había ocurrido deshacerse de su marido para entonces pasar a ser viuda como Elena. Luego de elaborar un plan para acabar con la vida de su esposo, lo puso en marcha y logró su propósito. Fue ordenada una autopsia, la cual reflejó de inmediato la causa de muerte del hombre. Aunque la mujer creía que había logrado el crimen perfecto, ante la presión de los investigadores, confesó. Fue encarcelada aunque alegaba y juraba que había sido en defensa propia. Dijo que había matado a su marido porque este solía maltratarla. Cuando las otras mujeres supieron de la alegación de maltrato de la acusada, acudieron en su ayuda. Todas iban vestidas de negro, con más razón en ese momento en el que había otra viuda en la localidad. Al acercarse la fecha del juicio, una de las mujeres preparó una carta y, luego de recoger firmas, la envió a la señora Torregrosa. En la misiva le solicitaban que, por tener ella tanta influencia en la ciudad, se presentara a la corte en apoyo a Nora.

El abogado de la acusada utilizaría la causal de locura temporal para defender a su cliente. Por otra parte, el fiscal señalaría que la mujer había matado a su esposo solo para lograr el aspecto afligido de la señora Torregrosa. Argumentaría que la acusada había cometido dicho delito para sobresalir entre las mujeres que, al igual que ella, llevaban la moda del luto. Insistiría en que Nora se había obsesionado con la idea de vestir a manera de duelo, pero quería hacerlo con la misma gracia y distinción que la viuda.

Elena leyó la carta tan pronto fue puesta en sus manos. Luego de analizar la situación decidió asistir a la corte. Tan pronto las personas se enteraron de que la viuda más comentada de la ciudad estaría en el juicio, se prepararon para la ocasión. La ciudad recibió aun más turistas. Todos querían ver a la elegante Elena Torregrosa entrar en la corte y, por supuesto, apreciar el modelo de vestido que llevaría puesto en esa ocasión.

Las mujeres abarrotaron las tiendas en busca del vestido negro perfecto. Los diseñadores estuvieron bastante ocupados confeccionando trajes de ese color y asegurándose de que el diseño de sus clientas fuera exclusivo.

El día del juicio las aceras frente a la corte estaban repletas de gente vestida de color negro. Las carreteras estaban llenas de autos. Los periodistas se apostaban en el lugar para ser los primeros en entrevistar a la señora Torregrosa. Empleados de varios canales de televisión tenían sus cámaras listas para fotografiar a la viuda.

–Hay rumores de que la mujer había dicho en una ocasión que para lucir tan fascinante como la viuda Torregrosa era preciso ser viuda –dijo una turista.

–Estoy seguro de que no lo mató en defensa propia –dijo el esposo de la turista.

–En realidad todos vienen a ver a la viuda que es famosa por ser una enigmática mujer que al parecer no desea abandonar el luto.

Faltando diez minutos para comenzar el juicio, el chofer de la señora Torregrosa detuvo el auto frente al edificio de la corte.

–¡Llegó! ¡Llegó la famosa viuda!

–¡Avanza, avanza, quiero retratarla!

Los miembros de la prensa y televisión corrieron hasta el vehículo de la distinguida mujer. Varios policías que ponían el orden entre los presentes se movieron hacia el área para escoltar a la viuda.

Uno de los oficiales se apostó frente al lugar para lograr espacio de manera que la mujer pudiera salir. Al abrir la puerta, Elena Torregrosa salió del auto y los asistentes, sorprendidos, soltaron exclamaciones de asombro.

–¡Oh!

–¡Increíble!

Elena Torregrosa se hizo paso entre la concurrencia mostrando su atractivo rostro sin velo y ataviada con un deslumbrante vestido fucsia.

Al día siguiente, el juicio contra Nora Suárez era un tema olvidado.

Lisa Vargas Padín

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