“El grano de granada”

 

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“El grano de granada”

x-hhhhhabía una vez un zapatero muy pobre que, aunque se pasaba el día trabajando, muchas noches no tenía nada que dar de cenar a sus hijos.

Un día pasó junto a una panadería de la que salía un delicioso olor a pan recién hecho. “Voy a llevarme uno”, pensó de pronto. “Mis hijos lo necesitan, y el panadero ni siquiera se dará cuenta. Cuando reúna unas cuantas monedas, vendré a pagarlo”.

El zapatero agarró una hogaza, pero el pan se le resbaló y el panadero empezó a gritar:

-¡Al ladrón, al ladrón!

Llegaron dos guardias, arrestaron al zapatero, y lo encerraron en una celda en la que no entraba más que un poco de luz procedente de una minúscula ventana enrejada.

Una mañana, el zapatero notó un golpe en la mejilla. Un caballo que pasaba por la calle le había dado una patada a una granada que estaba en el suelo; y el fruto, tras pasar por la reja de la celda, se había estrellado contra la cara del zapatero. Cuando estaba a punto de comérsela, se le ocurrió una idea. De pronto empezó a decir en voz alta:

-Si el sultán supiera mi secreto, seguro que me perdonaría la vida, y a los guardias que me llevasen, les daría una magnífica recompensa.

Los guardias, al oír aquellas palabras, llevaron al zapatero ante el sultán, que preguntó inmediatamente al prisionero:

-¿Es verdad que guardas un secreto maravilloso?

-Si, señor.

-¿Y de qué se trata?

-De un regalo que mi hizo mi padre. Él lo heredó de mi abuelo, y mi abuelo lo recibió de mi tatarabuelo. Se trata de este grano de granada. Si uno lo planta al anochecer, a la mañana siguiente tendrá en su jardín un granado crecido y cargado de frutos. Y lo más asombroso es que cada uno de los granos de esas granadas será tan prodigioso como éste que os estoy enseñando.

-Te diré lo que vamos a hacer: al atardecer nos encontraremos en los jardines de mi palacio y plantaremos el grano. Si mañana por la mañana se ha convertido en un árbol cargado de frutos, te dejaré en libertad. Pero si me has mentido, mandaré que te encarcelen para siempre.

-Me parece muy bien -dijo el zapatero con una gran sonrisa.

Los guardias se llevaron al zapatero al calabozo, pero al atardecer volvieron por él y lo condujeron hasta los jardines de palacio. Enseguida apareció el sultán, acompañado por sus ministros, y le hizo una señal al zapatero para que plantara la semilla. El zapatero cavó un hoyo, se agachó ante él, pero, cuando parecía a punto de arrojar el grano, levantó la cabeza y dijo:

-¡Oh sultán! Mi padre me advirtió que, para que el granado crezca durante la noche y dé fruto por la mañana, es preciso que sea plantado por un hombre honrado. Yo no puedo plantarlo, pues he robado una hogaza de pan para dar de comer a mis pobres hijos, que están muertos de hambre…

Nada más decir estas palabras, el zapatero se volvió hacia el gran visir y añadió:

-Vos, en cambio, que sois el hombre de confianza del sultán, sí que podéis plantar la semilla. La gente os tiene por la persona más honrada del reino…

El visir permaneció callado unos instantes, y luego dijo en voz muy baja:

-Ehhh… No soy digno de plantar ese grano, pues, una vez, hace años, me apropié de un consejo que alguien me dio para el sultán y lo hice pasar por mío. Gracias a ese consejo, me ascendieron y obtuve una recompensa por mis servicios. Por tanto, no puedo decir que sea un hombre completamente honrado.

Entonces, el zapatero se volvió hacia el tesorero y le tendió el grano.

-Vos sois un hombre muy importante y respetable -le dijo-. El sultán os confía su fortuna. Sin duda sois una persona honrada. Hacednos, pues, el honor de plantar la semilla para que mañana podamos probar las granadas del árbol.

El tesorero inclinó la cabeza y susurró:

-Por desgracia, creo que yo tampoco puedo plantarla. Hace algún tiempo, el sultán me ordenó que le diera una espléndida recompensa a un buen hombre que se la merecía y me guardé una parte del dinero para mí sin decírselo a nadie.

El zapatero se dirigió entonces al sultán.

-¡Oh, sultán! -le dijo-. No hay duda de que Su Majestad es el hombre más honrado del reino. Tomad esta semilla y plantadla con vuestras manos.

El sultán bajó la mirada y susurró:

-Por desgracia, creo que yo tampoco puedo plantar la semilla. Más de una vez he declarado la guerra a otros pueblos sin más propósito que el de enriquecerme…

-¡Oh sultán! -dijo entonces el zapatero-. Vos y vuestros ministros habéis alcanzado un alto grado de poder y riquezas, pero aun así no sois lo bastante honrados para plantar este grano de granada. ¿Qué hay, pues, de horrible en que un pobre zapatero como yo robara una hogaza de pan para sus pobres hijos? Cierto es que robar está mal, pero debéis entender mi situación…

De pronto, el sultán soltó una gran carcajada y exclamó:

-¡Eres un hombre inteligente, zapatero, y nos has enseñado a todos una lección muy importante! Te prometo que ni tú no los tuyos volveréis a pasar hambre nunca más. Te devolveré la libertad y te dejaré marchar a tu casa con una buena recompensa.

El zapatero volvió a casa muy contento, montado en un carruaje del sultán. Y, nada más llegar, apareció el tesorero, quien le entregó tres cosas: un cofrecillo lleno de monedas de oro, un documento en el que el sultán le nombraba zapatero real y una cesta enorme llena de vistosas granadas.

Peninnah Schram, de su libro “El rey de los mendigos y otros cuentos hebreos”.

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