La vida

“Necio es, muy necio, el que, descubriendo un secreto a otro, le pide de manera encarecida que lo calle”. Miguel de Cervantes en  “El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha”.

catalán Ferrer Dalmau que representa al hidalgo con su escudero Don Quijote y Sancho en la playa de Barcino, obra del catalán Ferrer Dalmau.

La vida

xppppppppedro estaba enfermo; se dirigía en su coche a un lejano manantial salutífero; era todavía joven y se encontraba, empero, aventajado, entrecano, marchitas las facciones, sin brillo en la mirada. A la entrada de un pueblo había una fuente que manaba grueso caño que caía con apacible murmurio en ancho pilón. Pedro mandó parar: un criado sacó del coche una silla de tijera y Pedro se sentó al lado del agua cristalina. Había hecho Pedro su carrera en Valencia; estudió perseverantemente y con entusiasmo; frecuentaba el famoso manicomio valenciano, y desde entonces cobró afición a las dolencias del espíritu. Con viva cordialidad consideraba a los enajenados; se complacía en estudiar toda la varia gradación que va desde el peligroso arrebato a la melancolía mansa e inefable. Digo inefable, porque es imposible expresar con palabras esa leve aura de tristeza que a veces nos envuelve, y de que no podemos librarnos. No podemos y tal vez no queramos, puesto que, circundados de ese ambiente, nos sentimos más de nosotros mismos -con todos nuestros desvaríos- y más apartados del mundo.

Pedro continuaba sentado a par de la fuente: había puesto el codo en el muslo y apoyaba la cara en la mano; sus ojos miraban el agua -acaso sin verla- y su imaginación corría hacia lo infinito. Llegó a la fuente una moza con un cántaro y lo dejó en el reborde de la pila; se sentó luego en una piedra. El criado de Pedro sacó un primoroso vidrio veneciano para henchirlo de agua; pero se le escurrió de entre las manos y se hizo añicos en el suelo. Pedro no dijo nada; su mirada estaba fija en la muchacha que tenía sentada enfrente; la actitud de la moza era la misma que la de Pedro: el codo hincado en el muslo y la cabeza reclinada en la mano. La cara de la moza estaba pálida; había en toda la persona como un aire de profundo cansancio. Hizo señas Pedro a la moza de que se acercara; cuando la tuvo a su lado, silenciosa, mirándole con ojos entristecidos, Pedro se puso en pie, estuvo un momento examinando a la muchacha, le alzó un párpado, observó el globo del ojo y se tornó a sentar calladamente.

-¿No tienes ganas de comer? -preguntó a la moza.

La muchacha movió la cabeza denegativamente; había llegado a la pila también una anciana con un cantarito.

-¿Por qué no comes? -tornó a preguntar Pedro.

La anciana voceó entonces:

-¡Porque tiene penas, señor!

-¡Ah, tener penas! -exclamó con profundo desaliento Pedro.

Y sacó de una bolsita una moneda de plata y se la entregó a la moza. La anciana, como suplicando, volvió a gritar:

-¡Yo soy su abuela, caballero!

Pedro entregó otra moneda a la anciana. Cuando las dos mujeres, la vieja y la niña, tornaban al pueblo, volvían de cuando en cuando la cabeza para mirar a Pedro. En el pueblo, a poco, se había esparcido ya la nueva de la llegada de un caballero tan generoso: en la plaza, la multitud rodeó el coche de Pedro; le costó a Pedro trabajo abrirse paso entre la gente; deseaba dar un corto paso por las calles. De pronto, se detuvo ante un labrador que le estaba observando; se le acercó Pedro, le puso las manos en los hombros y le miró fijamente, en tanto que en sus labios aparecía una sonrisa melancólica. Transcurrió un momento sin que los dos hombres dijeran nada, y al fin se dieron un apretado y largo abrazo.

Se acercaba el mediodía; Pedro y el labrador habían estado conversando en una ancha y clara estancia; en la cocina de la casa, el trajín era afanoso; la mujer y la hija del labrador disponían un copioso yantar para su huésped.

-¡Qué días aquellos, amigo Sancho Panza! -exclamaba Pedro.

-¡Los días más felices de mi vida! -contestaba Sancho.

-¿Y aquel caballero a quien tú servías? -preguntó Pedro Recio de Aguero.

Sancho se enterneció; contó cómo Don Quijote había muerto, años hacía, de aflicción y tristeza.

-¿Murió de melancolía? -profirió, admirado, el doctor.

La mesa estaba ya aparejada; se hallaban ya todos sentados en su torno; las viandas aparecían puestas de una vez, a uso extranjero, sobre los blanquísimos manteles. Sancho sentía por adelantado un vivo agrado al pensar en la complacencia que iba a proporcionar al doctor: una comida exquisita tras el viaje que abre el apetito. Pero el doctor Pedro Recio de Aguero, va sentado a la mesa, volvió a tener el gesto de profunda tristeza que tuvo junto a la fuente. Sí, él no podía comer de todo aquello. Sí, él no podía probar ni las perdices asadas, ni los conejos guisados, ni la suculenta olla. Su régimen severísimo, se lo impedía.

-¡Así es la vida, amigo Sancho! -exclamó. -Yo aquel día, en la ínsula Barataria no te dejé comer lo que tú ansiabas, interpuse mi varita de ballena y te lo vedé todo. ¡Y ahora soy yo quien, en tu casa, al cabo de tantos años, no puedo probar bocado de lo que me ofreces!

Cuando el doctor y Sancho se despidieron, tornaron a estar abrazados un largo rato; Pedro Recio se sentía profundamente triste; como por la mañana, ante la muchacha pálida, volvió a exclamar:

-¡Ah, tener penas!

 

José Augusto Trinidad Martínez Ruiz, más conocido por su seudónimo Azorín (Monóvar, Alicante, 8 de junio de 1873-Madrid, 2 de marzo de 1967), publicado en ABC el 5 de junio de 1942.

 

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